Texto de los lunes

Padre

Padre: Me confieso. He cometido pecados. Algunos graves. Otros no tanto. Cosa de todos los días. Ya sabe, padre. No rezar mis oraciones por las mañanas. No ir a misa en días santos. Lo cual me convierte en un gran pecador. No acariciar la cabeza de mis hijos. Su pelo tan lindo. Padre. He cometido otros pecados. Como serle infiel a mi mujer. Que a estas alturas no sé si sea pecado o no. Yo digo que no. Pero ella dice que sí. Y ya sabe cómo son las mujeres de necias. No hay manera de llevarles la contraria. Y otros pecados. Maté a un chico. Se lo juro. Lo maté. También he violado mujeres. Por eso digo que soy infiel. Las he violado, y he purgado penitencias. Usted lo sabe. Usted me las impuso. Saliendo de aquí. De su confesionario. Pero ahora no se trata de asuntos que tengan que ver con el sexo. Sino con la ley. Maté a un chico. Le digo. A un adolescente. Y eso estoy seguro que Dios no me lo va a perdonar. O a lo mejor sí. Si se apiada. Porque alguna vez en su vida Dios fue adolescente. Y sabe que los adolescentes son imprudentes. Se lo juro que Dios lo sabe. Y en su infinita memoria, como ya le digo, si se apiada, me va a perdonar porque va a tener presente cuando fue chico. Digo yo. Padre, qué puedo decirle. Usted me conoce. Soy agente de la policía encubierto. Nadie sabe que lo soy. Obedezco cuando me mandan. Y hago lo que me dicen que haga. No lo discuto. No lo pienso. Obedezco las órdenes. Y tan tan. Si me ordenan que balacee a un ministro de la corte, lo hago. Y punto. ¿Me explico, padre? ¿Me escucha usted? Pues fíjese usted bien. Yo actué bajo las órdenes del crimen. Mata, me ordenaron, y maté. Le juro a usted que cuando tiré del gatillo tuve lo que algunos llaman la disyuntiva. Porque una cosa que tenemos los hombres por dentro me decía no mates, no mates. Y otra fuerza me decía mata, mata. Yo tenía ante mí los ojos de ese chico. Reflejaban tanta fe, tanto apego a la vida. Como que algo le hacían decirme no te atrevas. Sus ojos me decían eso. No su voz. Pero yo estaba aferrado. Tenía su vida en mis manos. En fin. Yo me decía: ¿Te perdono la vida, sí o no? Con todo respeto, padre, sí lo ha sentido, ¿verdad? Tener la vida de alguien en las manos. Yo lo he vivido. He visto lo que puede hacer un sacerdote en la vida de una persona. Yo lo he vivido. Mi hermano se confesó —no sé cuáles pecados andaba cargando— y salió otro. Tan fuera de pecado. Limpio. Tan otro. Tan limpio a los ojos del Señor. Y seguro tenía más pecados que yo. De ahí en adelante Dios pareció decirle ven. Te perdono. Como va a ser conmigo apenas salga de aquí. Pero no vengo aquí a decirle eso, padre. Vengo a que me hable de Jesús, y a que me diga si puedo aspirar al perdón. Porque maté, padre. A uno de estos jóvenes normalistas de Ayotzinapan. Le sorrajé un plomazo en el corazón. Antes de que lo enterráramos en la fosa. Conste que le dije: “Arrepiéntete, muchacho, porque de lo contrario te vas a morir”. Tan fácil que se dice. Pero nadie lo hace. Nadie se arrepiente. Si me hubiera dicho que se arrepentía lo dejaba correr y perderse en la noche. No importa lo que hubiera hecho. Pero por algo estaba ahí. Con el cañón en la cara. Porque ni lo supe. Padre, por favor perdóneme y dígame cuál es mi penitencia esta vez. Porque quiero estar limpio.

Texto de los lunes

Delirio

Quisiera morirme ya mismo.
A la hora en que esté hablando de música.
Luego de la audición de una sonata
de Brahms, o de un cuarteto de Beethoven.
O al momento de charlar con un amigo.
Enfrente de él. Podría ser
en una mesa cantinera.
O después de haber mirado
los ojos verdes de una mujer.
De cierta mujer.
O, por qué no, luego de acariciar
la mano de mi hija.
También disfrutaría morir
a la mitad de un cuento de José Revueltas.
O de un poema de Pessoa.
O acaso dando mi taller de creación literaria.
Pero también podría morir
mientras reverbera en mis oídos
el violín de mi padre.
O el piano de mi madre
cuando tocaba Chopin para mí.
En cualquiera de estas circunstancias
me gustaría morir.
Si acaso no le parecen excesivas a Dios.
Que él decida. Yo me adapto.
Y desde ahora le doy las gracias.
Con tal de que no se tarde.
O no más de la cuenta.

Texto de los jueves

Dos poemas

Mi padre

A la memoria de mi padre Higinio

Ayer, cuando crucé la calle
descubrí que iba de la mano de mi padre.
A mis sesenta y tres años de vida,
aún mi padre me guía.
¿Vendrá del paraíso, vendrá del infierno?
Su sombra me protege del sol
y con su pie hace a un lado los escollos.
Se siente responsable de mí.
Él me trajo al mundo, sembró esa semilla
como un campesino que ama su labor.
Sembró esa semilla exactamente como
lo han venido haciendo
cientos de miles de generaciones de hombres.
Es hombre, como lo soy yo, como lo fue su padre.
Y el padre de su padre.
Que a él lo guía en donde esté.

Una madre se arrepiente de ser madre

A la memoria de mi madre Carmela.

Ve a su hijo crecer.
Ve a su hijo sufrir
injustamente por ella.
Lo ve devastarse,
perderse en la ignominia
y la traición.
Lo ve en la mitad de la calle
llorando
con el corazón escurriendo
bajo la lluvia implacable.
Una madre ve eso.
A su hijo fustigado
y dolido como un perro hambriento.
Una madre ve eso
y se arrepiente de haber sido madre.
Quisiera regresar a su hijo al interior,
al sitio de donde vino.

Texto de los lunes

Los tríos
Segunda parte

III

Pero, ¿y qué acontecería si intentásemos agrupar según un criterio geo-político la producción de trío? Porque está visto que los compositores crean impelidos no nada más por esa parte sustantiva que se llama la pasión, el sentimiento, sino también por factores de índole política. De ahí las escuelas nacionalistas.

Sólo así se entiende la tragedia de los tríos checos (léase Smetana, Dvorák, Suk, Novák). La exquisitez de los tríos franceses (piénsese en Fauré, en Ravel, en Chausson, en D´Indy). La sobriedad e intensidad de los tríos alemanes (considérese a Brahms, a Schumann, a Mendelssohn, a Fanny Mendelssohn, a Klara Schumann). La fortaleza infausta de los tríos rusos (cavílese respecto de Glinka, Rimsky-Korsakov, Tchaikovsky, Arenski, Taneyev, Rachmaninoff; o bien de Shebalin y Shostakovich. Y eso para no mencionar al inmenso Babadzhanian). Imposible pasar por alto los briosos tríos de autores españoles (Turina y Granados, para no ir más lejos). O de plano húrguese en los inclasificables César Franck o Edward Grieg. Que dotaron a la música, en lo que al género del trío se refiere, de sobria brevedad.

IV

Estas líneas —de suyo incompletas— estarían doblemente incompletas de no aludirse a la interpretación. No son muchos los tríos —vigentes o no, da igual— que marcaron una forma de tocar, engendraron escuchas y provocaron polémica. Baste con recordar al Trío Oistrakh, al Trío Borodin, al Trío Israel, al Trío Wenderer, al Trío Beaux Arts, al Trío Lowenthal. Y al efímero trío integrado por el violonchelista Pablo Casals, el violinista Jacques Thibaud y el pianista Arthur Rubinstein.

Pero México también ha dado lo suyo. En cuanto a los compositores de tríos, ahí está el maestro Manuel M. Ponce. Y en lo que se refiere a los intérpretes —aquellos maestros de mano trémula—, viene a la memoria el Trío México. Conformado por el violinista Manuel Suárez, el pianista Jorge Suárez y el violonchelista Carlos Prieto, constituían un plantel con arrojo y soltura. Quien esto escribe, los escuchaba cada vez que le era posible. Se presentaban con frecuencia. El éxito estaba asegurado. Su repertorio era tan vasto como novedoso, aunque iban de lo clásico a lo moderno con una facilidad inaudita. Les escuché lo mismo Smetana —mucho mejor interpretado, en vivo, que con el trío Beaux Arts—, que Mozart, Shostakovich que Brahms. Sesiones de verdad memorables. Alguna vez se lo comenté al ya finado Manuel Suárez, y simplemente soltó una sonora carcajada.

Epílogo

A la hora del dulce reposo, cuando el sueño acomete con toda su gravedad, tener un trío a la mano obliga a la sensatez y a la quietud.

Texto de los jueves

Los tríos

Primera parte

I

Los tríos están en todas partes. En aquellas tres estrellas que conformaban la estela de los Reyes Magos, y que en enero los papás les señalaban a los hijos acuciosos. En los puntos suspensivos —signo puntual de la gramática— que dejan una idea en el aire, como volando en la bóveda celeste. En la punta de la flecha con sus dos extremos a los lados, y que de sólo verla uno se la imagina surcando el viento rumbo al corazón de un hombre. En la regla de tres, que permite ahondar en los secretos de la caverna de lo insondable. En esos tres aviones que en forma de punta cortan el cielo, durante los desfiles militares, y cuyo solo estruendo provoca estupor.

Pero también en los tríos amorosos, que incontables veces permiten salvar la vida a matrimonios extraviados. En el tercer hijo que dota de feliz equilibrio —como quería Mendelssohn— a los maridajes que consienten más de la cuenta a los dos primeros. En la jauría de tres perros que viene en sentido opuesto, y que el sensato prefiere esquivar. En los tres bolígrafos —negro, azul y rojo— que el mesero trae en el bolsillo superior de su camisa. En los tres colores patrios, que incontables banderas combinan: verde, blanco y rojo; azul, blanco y rojo; amarillo, café y rojo.

Signo que Carl Jung adoptó como tema de estudio, los tríos de tres —¿habrá tríos de dos, o de cuatro? seguramente que sí para otra matemática—, estos tríos convencionales y previsibles se filtraron en la música.

¿Qué sería del feliz arte, si no existiera esta mixtura? Dotación amable por antonomasia —menos áspera que el cuarteto de cuerdas, más dulce que la sonata para violín y piano, más rica en su timbre que la sonata para violín solo, o para piano también solo—, si no es exagerada la hipérbole —no hay hipérboles que no sean la mar de exageradas, de lo contrario no serían hipérboles—, poco habría aportado la música a la parcela espiritual del hombre de no existir el trío. Sobre todo del llamado trío de piano —porque bien que existe el trío de corno, piano y violín, o el de clarinete, piano y violín, o el de violín, viola y violonchelo. En fin. Los tríos socorridos para piano, violín y violonchelo. Un tema en el que vale la pena abundar. O un tema que vale la pena abultar —como el lector lo decida.

II

Y como suele acontecer, los viejos alguna vez jóvenes dan los primeros pasos. El nombre de Haydn ilustra esta idea peregrina. Cuando los países imperialistas se disputaban a espadazos las naciones que habrían de hacer suyas, Franz Joseph Haydn creaba tríos tan soberbios como el de Mi mayor, o el de Fa sostenido menor, o el inequívoco de Mi bemol mayor. Tríos que abrirían horizontes a compositores que venían compitiendo en el maratón de la música, como Beethoven y Schubert.

Y mientras los soldados obedecían órdenes de muerte y destrucción, Mozart tallaba —exactamente como un alfarero sus humildes piezas— los tríos en Si bemol mayor K 502, o el inolvidable en Sol mayor K 564. Cosa que hacía a la vista de todos. O en la intimidad más inexpugnable. Le daba lo mismo. Mozart hizo del acto de componer, un banquete que compartir.

De ahí —y como siempre sucede hablando de música— la historia da un brinco hasta Beethoven. De pronto la música se desparramó por el mundo. El mundo se inundó de música. Y la gente aficionada al asombro y la estupefacción tuvo oídos para el trío en Do menor, o para el trío en Re bautizado como “Fantasma”. Que el autor fuera sordo le imprimía una dosis de fascinación morbosa al acontecimiento.

De la fuerza inexorable de Beethoven, tomó aire Franz Peter Schubert. Y ahí están sus dos tríos para confirmarlo: el número 1 en Si bemol, y el número 2 en Mi bemol. Pero no son tríos que se destaquen por su avasallamiento, sino por una extraña combinación de vectores opuestos: dulzura vs coraje, ternura vs brío. Tríos que ponen a prueba —como todas las grandes obras— el nerviosismo de los intérpretes. Que no es decir cualquier cosa.

Texto de los lunes

Música
Plagios

1) Hasta donde sé, que es bien poco, en la llamada música académica no se han dado plagios en el sentido de robarse la música de otra persona y capitalizarla como propia. (E insisto en llamarla académica —o música culta, clásica o buena música—, porque en lo que se refiere a la música popular sí han acontecido plagios memorables. Agustín Lara solía quejarse de que había sido víctima de tal o cual plagio, y a su vez otros músicos lo señalaban a él como plagiario inclemente.)

2) Naturalmente que plagiarse una sinfonía no ha de ser cualquier cosa. ¿Quién se atrevería a cometer semejante atropello? Sería imposible por varias razones. Para empezar, quien tendría que hacerlo sería un compositor. Un músico que se identificara con aquella voz, la del plagiado. Se estaría hablando de una obra sin estrenar. El ratero se allegaría la partitura —en la cual se registra la música de cada instrumento— y ya con ella en la mano se ocuparía de elaborar todas las partes, es decir la particella de cada instrumento. Como se ve, la sola idea de sentarse a reescribir tanta música suena descabellado.

3) Ésa es una cosa, y otra la admiración. Pensemos en Beethoven. Admirador de Haydn —en alguna época alumno suyo, aunque la amistad entre ambos no fructificó—, decidió hacerle un homenaje en el segundo movimiento de su cuarteto 13, el cual intituló Presto y que basta con escucharlo para percatarse de que está escrito a la manera de Haydn. Esto es más común de lo que podría pensarse. Por ejemplo, el violinista austriaco Fritz Kreisler era muy proclive a componer a la manera de fulano o de zutano. Maestro violinista del siglo XIX, sobre todo trajo a numerosos compositores del barroco a su legión personal. Lo hizo en tantos casos, que nadie sabe si simplemente componía música al modo de equis compositor o retrabajaba alguna obra que a él le parecía eminentemente violinística y que funcionaba bien para sus intereses. Un caso: el Preludio y Allegro de Pugnani-Kreisler.

4) Aquí es donde entra el tema de las variaciones, y que bien podría servir de ejemplo a incontables artistas. ¿Qué hizo Ravel cuando escuchó Los cuadros de una exposición de Moussorgsky, y que hizo Brahms cuando oyó los Caprichos de Paganini, y Schumann y Rachmaninoff cuando escucharon la misma obra, y Schoenberg cuando se desparramó en sus oídos el cuarteto en sol menor de Brahms? Pues simplemente tomaron aquella obra, la pusieron en el atril y la orquestaron o crearon variaciones alrededor de ella. Con lo cual lo que hicieron fue honrar al compositor y honrarse ellos mismos. Práctica que se sigue haciendo y que nadie ve mal. Es como si un escritor leyera el cuento “La Cuesta de las Comadres” de Juan Rulfo y a partir de ahí escribiera una novela. ¿Alguien podría reclamarle, si damos por sentado que bien podría intitularse Variaciones sobre la Cuesta de las Comadres? Creo que no.

5) Así pues, multitud de compositores han tomado ideas musicales de otros y las han hecho suyas. Quizás lo verdaderamente importante es el enriquecimiento espiritual. Vamos a pensar que existe una montaña de la música, y que la música es la arena de la que aquella montaña está hecha. Vamos a pensar que los compositores se aproximan a aquella fuente y extraen las ideas musicales que les parezcan idóneas. Y que trazan sus sinfonías, sus conciertos, sus oberturas, o bien la complejidad de su música de cámara con aquella materia prima. Con la condición de que publiquen dicha música en forma anónima. Porque le pertenece a todos.

Texto de los jueves

En algún valle de lágrimas de José Revueltas

1) Qué modo de penetrar en el alma de un hombre. Qué modo de abrir el pecho de un hombre, extraer el corazón y arrojárselo a los perros. Sin lugar a dudas me atrevería a decir que En algún valle de lágrimas es la más grande novela de la literatura mexicana. Cuán desgarradora. Cuán terrible. Cuán atrozmente humana es esta novela. En ningún momento complaciente. Cada vez parece que la historia llegó a su fin, y cada vez avanza más en el alma de sus protagonistas. Como si atrás del dolor hubiese una punción que obligara a ir más allá. Más allá de cualquier tormento inimaginable.

2) Porque el alma avanza en su propia tortura. Aunque se remonte en alta mar como un navío sin distracciones. A salvo de cualquier embestida. Hay que meter el escorbuto de la confesión hasta las heces mismas de lo inconfesable. ¿Por qué el protagonista masculino de En algún valle de lágrimas se mantiene impoluto? ¿Por qué está armado de una coraza que lo hace inconmovible, sujeto a su propia moral? Para que se salve. Para que sienta la mano de Dios sobre su nuca. Sabe que la peor miseria puede ser curada por el Redentor. Por eso actúa así. Porque representa la parte más abyecta de la sociedad. Y sabe que se va a salvar a través de sus eruptos malignos. Ni siquiera el demonio es tan hijo de puta.

3) Este personaje vive apegado a su criada. Una noble mujer que no ve maldad en él. Aunque quizás por miedo oculta sus emociones. Quizás porque en el fondo de su corazón sabe que su patrón —tan cuidadoso de sentarse correctamente en la taza del baño— es capaz de matarla. Lo ha visto hacer cosas atroces —arrojar los cachorros de su gata en el escusado, cuando el hombre decide que ella, la gata, es una puta, como “todas las mujeres”. Pero como la criada —Macedonia, una anciana decrépita, consagrada al arte de atender a su patrón— permitió que su gata anduviera de caliente por las azoteas, en lugar de encerrarla en el desván, no merece estar en su casa. Se apresta a darle un castigo ejemplar. Aunque en forma simultánea piensa en comprarle un féretro humilde. Como la condición misma de su criada. Desde luego no podrá disponer para ella un féretro de lujo porque los pobres tienen que atenerse a su condición social. ¿Cómo si no funciona el mundo?

4) Otro de los personajes más acuciantes es el director de la escuela a la que el personaje asiste cuando es un niño. El director era el hombre más severo del mundo. Quien imponía medallas y castigos por igual. Y a quien le fascinaba hacer escarnio de la miseria a costa de los que lo rodeaban. Humillar a los alumnos de origen humilde, por ejemplo preguntándoles lo que habían hecho cada mañana. Y se relamía la boca entre más severa era la confesión de los chicos. Si un niño decía llegué tarde porque mi mamá me mandó a comprar la leche, y no había dinero porque mi papá llegó borracho anoche y se gastó todo el gasto, entonces el director le pegaba al niño para que sintiera en carne propia el error del padre. Así pues, un día el ínclito director llega tarde a la escuela perdido de borracho. Los maestros tratan inútilmente de que los niños no lo vean. Pero el propio director lo impide. Entonces se busca en los bolsillos y les da caramelos a los chicos. Poco a poco se aproximan y descubren en la mirada del director un brillo de piedad. En ese momento se presentan en la escuela dos judiciales con un policía. Lo esposan y se lo llevan arrestado. En cosa de minutos, se corre la voz de que acaba de matar a su mujer.

5) Y eso para no hablar de la tensión dramática.

6) En fin. La mejor novela mexicana. Con mucho.

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