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El mundo está al revés

Cada vez que veía una pareja me pasaba lo mismo: me entraba la nostalgia por mi novia. Porque yo había tenido novia, y una novia que era un encanto y que provocaba la envidia de todos mis amigos. Se llamaba Dulce. La había conocido en Guanajuato, en la capital del estado, de donde era originaria. Vaya que si destacaba entre todas las muchachas con las cuales me topaba. Todo en ella era delicado, fino, hermoso. Fuimos novios casi cinco años —lo cual es mucho en una población de este país. A lo que voy es que todo mundo, es decir los parientes y los amigos, querían que nos casáramos. Pero yo me negaba. De plano no quería matrimoniarme. O no tan pronto. Ya vendrán otros tiempos, me repetía. Pero no me animaba.

Dulce tenía un primo que me perturbaba. Cada vez que lo veía se me quedaba mirando como diciéndome me gustas. Y nos veíamos con cierta frecuencia. Porque en Guanajuato se acostumbra que cualquier motivo es bueno para echar la casa por la ventana. Se convocaba a toda la familia, y se desparramaba la música y el alcohol. La verdad es que no había quien no quedara harto de las comilonas. Yo el primero.

Pero qué iba yo a saber que precisamente gracias a estos banquetes, habría yo de conocer el amor. El verdadero y más pleno amor.

La casa de la familia Dulce era lo suficientemente grande para que todos —más de 100 invitados— se sentaran donde quisieran y disfrutaran sin cortapisa alguna. Había dos baños para hombres y dos baños para mujeres. Yo soy lo bastante meón para estar yendo cada rato al baño. Y así pasó. Ya había ido un par de veces cuando de pronto tuve ganas una vez más. Y fui. Grande fue mi sorpresa cuando llegó el primo de Dulce —Adán, se llamaba. Se plantó en el mingitorio vecino, se sacó el pene y empezó a orinar. Se volvió a verme. Yo estaba haciendo lo mismo. Entonces extendió su mano y me tocó. Yo no supe qué hacer. Si gritar, quitar su mano de un golpe o darle un empellón. Sin embargo, contraviniendo todas mis suposiciones, lo dejé hacer. Mi verga creció desmesuradamente. Como nunca me la había hecho crecer Dulce —que con trabajos me la agarraba. Y Adán se aproximó y me besó. Lo cual también fue delicioso. No sabía yo qué disfrutar más, si el beso o su mano en mi verga.

Salí transformado del baño. No podía concentrarme en Dulce. Cada rato volvía la cabeza hasta dar con la mirada de Adán, quien tampoco me quitaba la vista de encima, y no sólo eso, sino que me arrojaba besos con su boca sensual. Sus labios gruesos y expresivos.

¿Qué diablos me estaba pasando? Esa noche no pude dormir. Me masturbé dos veces. Mi verga no se cansaba de su erección. La tenía tan parada como no la había tenido nunca antes. Dibujé en mi memoria el rostro de Adán. Era muy guapo. Increíblemente guapo. Sus pestañas eran largas —más largas que las de Dulce—, sus ojos eran color verde pasto, de nariz recta y piel más morena que blanca. Un poco más alto que yo.

Pues no sé cómo le hizo pero en la mañana del día siguiente me marcó al celular. Confieso que me apené horrible. Pero acepté comer con él. Nos fuimos a la Clave Azul, una cantina famosa y de mucho prestigio, aunque nada cara. Lo que me sorprendió fue el lindo trato con el que todos los empleados lo trataban. Él pidió por mí. Ni siquiera me dio la opción de que yo escogiera lo que iba a comer. Y con la misma autoridad pidió la cerveza que yo habría de beber. Que fueron dos.

Dulce no quiso volver a verme. Quería despedirme de ella, pero no lo aceptó. “Nunca pensé que fueras maricón”, me dijo. “Jamás vuelvas a llamarme. Ya les dije a todos en mi casa, y todos te odian”. Y me colgó. Aquella tarde vi a Adán y nos fuimos a caminar a la Presa de la Olla. Me escuchó, y la tristeza voló como una mariposa que remontara el vuelo. Qué feliz me sentía a su lado. Fuimos al pequeño departamento que rentaba y nos amamos todas nuestras fuerzas.

Ahora vivimos juntos. Solemos caminar por toda la ciudad de Guanajuato. Somos tan afines. Hay tantas cosas en común entre él y yo. Le doy tanto las gracias a Dios por haberme bendecido con esta pareja. Estamos pensando mudarnos a otra ciudad. Quién sabe. En fin. Cuando Adán y yo nos cruzamos con una pareja, Dulce viene a mi mente. Su recuerdo me oprime el corazón. Si tan sólo hubiésemos podido ser amigos. El mundo está al revés.

Epitafio

Demasiado tarde.

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El violonchelo

Para César Martínez Bourguet

Es la voz de Dios en la música.
Nadie osa interrumpirlo.
Se identifica desde kilómetros.
De pronto semeja un violín gigante.
Como el violín de un monstruo.
Cuando suena, todo se estremece.
Tiemblan las manos firmes.
El cuerpo granítico parece de trapo.
¿Qué se necesita pata tocar ese violinzote?,
se preguntan los niños.
La mujer lo coloca entre las piernas,
y quien suda es el espectador.
Hasta donde se sabe
Mozart no lo incluyó en su repertorio.
No importa,
Bach lo trajo al mundo
para satisfacción de los débiles.
Mstislav Rostropovich lo toca con devoción.
Más que Mischa Maysky.

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Novela de Héctor Trinidad Delgado

En este alud de libros que invade la mesa de novedades de las librerías, así como la mentalidad de los lectores, ha hecho su aparición una novela que por su trama, su lenguaje y su estructura, no se parece a ninguna otra. Se intitula Negrura (Almaqui Editores) y la conversación es con su autor: Héctor Trinidad Delgado —por cierto, doctor además de escritor.

—¿El peso de la novela está en su aportación médica o en su aportación narrativa?

Negrura es al cien por ciento un acto narrativo. Cierto es que se apalanca en material tradicionalmente perteneciente a la medicina, pero su cuerpo y esencia son narrativos. En Negrura, a diferencia de la causalidad del mundo científico, importa más lo que sucede que la causa por la que sucede.

—¿Se trata de personajes inmortales?

—No y sí, en ese orden: no, porque son personajes humanos, cuyo diseño por naturaleza es finito y nunca infinito. Mis personajes están enfermos y empeorando y al menos uno morirá en el transcurso de la historia. Y sí porque, como cualquiera de nosotros, posee una dotación genética que ha sido reciclada y renovada, actualizada dirían hoy, conforme transcurre nuestra vida. Es decir, tenemos una parte del material genético de cada uno de nuestros padres, que a su vez lo heredó de cada uno de sus padres y así hasta el primer genoma reconociblemente humano que, por lo tanto, no ha muerto del todo desde aquellos lejanos tiempos, generaciones atrás.

—¿Cuál es el trasfondo psíquico de la novela?

—La demencia. Ese proceso atroz que llega sin avisar, nos invade sigilosamente y todo nos lo quita. Incluso para el enamoramiento que presenciamos y para el amor que trasciende, la locura es el motor de personajes e historia. No podría ser de otra forma siendo que también el amor es tanto una manifestación como una de las tantas causas de la locura: prueba de ello es la lastimosa conducta observable de quienes nos enamoramos. Y de la no observable ni hablar.

—¿Cuánto tiempo le llevó escribirla?

—Un año y medio, considerando allí unas cuantas semanas en que hubo que tirar cantidad de cosas que ya vistas desde la distancia eran completamente inútiles. No digo que lo que quedó sea útil, digo que para darle su forma final hubo que desechar muchísimo material. Es bien sabido que escribir implica borrar y ambas cosas toman tiempo.

—¿Es difícil conciliar la ciencia y la literatura?

—Siendo ambas integrantes de la lista de mis obsesiones consentidas, la ciencia resultó prácticamente el único terreno sobre el que podría haber escrito.

—Su pasión por la descripción es deslumbrante. Para comprender la historia, ¿ayuda más la descripción o el diálogo?

Negrura tiene largos momentos dirigidos hacia las experiencias internas de sus personajes. La conversación nos guía, pero incluso en los puntos definitorios es la descripción de entornos y sucesos personales lo que nos hace entender y avanzar.

—El olor a sangre permea la novela de principio a fin hasta convertirse en personaje protagónico. ¿Es deliberado?

—Mmmh, el olor a sangre. Si algo cumplí con Negrura es justamente ese quirúrgico y sublimado gusto. Hay quienes disfrutan las novelas rosas, hay quienes gozan los haikús, hay quienes preferimos otras cosas. Hay comunidades enormes de amantes de lo oscuro en el mundo, la escena oscura mexicana es particularmente fuerte y propositiva.

—¿Su novela se inscribe en alguna modalidad literaria?

—Yo le pondría tres etiquetas: vampiros, horror y ficción. Añadiría una advertencia: “heterodoxia vampírica”.

—Nada más lejos de un lenguaje tieso que el de su novela, ¿se propuso ser antisolemne?

—Se trata más de un punto de balance entre los conceptos técnicos y científicos que expongo con el lenguaje llano que empleamos cotidianamente. De no atorarse en los fenómenos biológicos que por allí nos encontramos. De deslizarse en breves conversaciones como pienso que ocurren cuando platicamos con alguien: habla una persona y luego la otra, sin el uso de guiones y sin necesariamente especificar (como en los textos de teatro) quién está hablando, porque el lector es perfectamente capaz de entender eso y más.

—¿Cómo darle identidad a cada personaje femenino aunque en un momento dado dichos personajes tengan el mismo nombre?

—Punto crucial para la historia que además se tomó agridulces semanas: el tono psiquiátrico, la despersonalización -yo diría repersonalización puesto que conserva huellas de otra mujer- de nuestro personaje principal es justamente su identidad. Conforme presenciamos su transformación nos damos cuenta de que contiene dentro de sí memorias de doscientos años atrás que la desorientan, deseos y rencores que sólo al final le quedan claros. Enfermedad y locura, cosas de la vida diaria para muchos de nosotros.

—¿Cuál condición humana de su novela le parece más compleja, narrativamente hablando: la masculina o la femenina?, ¿por qué?

—El microambiente de mi novela es lo de menos: en la vida y en el universo entero nada me parece tan complejo como la mujer, su lado narrable incluido. Mis personajes masculinos son un mucho como yo: simples, con un sistema binario primitivo tipo encendido-apagado, algún esporádico signo de vida emocional. Misterio o no el origen de la complejidad femenina, será justamente eso lo que nos impele a estar allí, allí con ellas. Hasta en la letra escrita, siempre con ellas.

hectortrinidad

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El pan, que siempre es posible compartir

Miramos el pan y pan nos mira. Como si nos contemplara desde los más remotos y oscuros rincones de la historia, como si contuviese la ansiedad del muerto de hambre o la belleza serena que reveló a los ojos de Jesucristo. Al centro de la mesa el pan, que siempre es posible compartir.

Alguna vez, leyendo un diccionario que habla del origen de las palabras, mi vista cayó en la definición de compañía. No me extrañó saber que esa palabra proviene del latín cun, que significa con, y de panis, que significa pan. Compañía: con pan.

No me extrañó porque siempre he creído que hay por ahí algunos pocos, contados elementos, que suelen reunir al hombre en torno; que provocan un acercamiento entre los individuos. Por ejemplo la música —o bien la palabra—, por ejemplo el fuego, por ejemplo el pan. O el vino.

Uno de los recuerdos de mi infancia que tengo más vivos, que me asaltan con mayor frecuencia, es cuando mi madre me enviaba por el pan. Como siempre fui un niño al que le gustó levantarse temprano —qué aburrido era yo, y sigo siendo—, ponía en mi mano unas cuantas monedas y me ordenaba: traes un peso de pan blanco y dos de pan dulce. Salía de la casa, aún con el estómago vacío, y todo el camino se me iba haciendo agua la boca. La panadería quedaba a escasas cinco cuadras, y en verdad me parecían tramos interminables.

Pero es que iba yo pensando, invariablemente, qué pan dulce habría de escoger. Eso siempre me costó muchísimo trabajo definir. En mi cabeza repasaba las posibilidades más sugerentes: una concha —blanca, nunca de chocolate—, un moño —eso sí, colmado de azúcar, que al primer bocado los labios quedaran cubiertos de ese polvito blanco y maravilloso—, una trenza —que calentada en el comal sabía deliciosa—, una cema —que con frijoles y chile verde podría llevármela a la escuela en lugar de torta—, un panqué, de esos envueltos en papel rojo acanalado. Pues finalmente llegaba a la panadería y escogía otro, cualquier otro que no se me hubiera ocurrido en el camino —como una chilindrina, cuya superficie está llena de pelotitas de azúcar.

Pero había algo que hacía aún con más gusto, y era meter la cara en la bolsa y aspirar el olor del pan blanco. Ese olor me volvía loco. Llegaba hasta detenerme unos segundos para oler bien, para que todo mi ser se sobrecogiera, como tocado por una vara prodigiosa.

Pero no nada más era olerlo; también tentarlo, aunque el pan llegara a su destino todo manoseado. Porque poner los dedos en un bolillo calientito o en una telera recién salida del horno, era la sensación más grata de la mañana. Por esto, mi madre me enviaba cuando el pan estaba fresco —es decir, el pan correspondiente a las siete de la mañana—; con la idea de que apenas estuviera el pan sobre la mesa, mi padre se sentara a desayunar. Él, que además de maestro violinista había sido un hombre de rancho, al que nadie le había enseñado buenas maneras, acostumbraba desmenuzar el bolillo o la telera y vaciarlo en el café con leche. Lo comía así y me consta que sabía delicioso. Eso lo vi hacer muchas veces; o sopear. Qué extraordinario era eso, y lo sigue siendo: remojar el pan en el café con leche, en la leche helada o en el chocolate. Aquello sabía a un manjar de elaboración instantánea. Pero había otra combinación insuperable: meter el pedazo de pan blanco a la salsa. Y bien remojado, darle el bocado.

Buenos recuerdos se tienen del pan.

Como también del pan de pueblo, ese que no se consigue en cualquier panadería y que se vende en las ferias, las que se instalan de pronto en los barrios, generalmente a propósito de la fiesta de algún santo patrono o alguna virgen. Es un pan sencillo, a veces cargado de un fuerte sabor a anís; los niños se lo comen felices, porque lo asocian a los caballitos, al trenecito o a la exposición de animales deformes. Como vivíamos en Mixcoac, cada rato se celebraban fiestas. Y cada rato llegaba mi padre cargado con bolsas de pan de pueblo.

Por eso tengo tan presente que el pan congrega a la gente. O cuando menos así siempre lo vi yo. Ahí estaban todos reunidos, alrededor de la rosca de reyes, del pan de muerto.

Algo tiene el pan, me digo. Quizás de lo que esté hecho, quizás su sencillez; quizás porque es milenario, algo de lo más antiguo y familiar que ha creado el hombre.

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gracias a mis bros que me acompañaron. lo mejor fue el pulque de vodka y tuna roja.

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Elogio del demonio

Paganini cargó por encima de él a su hijo recién nacido. El niño lanzó un grito que se escuchó hasta más allá de las habitaciones reales. Favorito de la nobleza, no faltó quien le ofreciera habitación y servicios médicos dignos de un soberano. Paganini aceptó. Siempre estaba de acuerdo en recibir cualquier dádiva que proviniese de la clase encumbrada. Ganaba dinero a montones —con Liszt, era el intérprete mejor pagado de la historia, además de su propio empresario—, pero le gustaba extender la mano y apretarla con los billetes bien aferrados.

Ahora se encontraba en el palacio de la condesa Francesca de Fiutti, de quien varios se disputaban sus favores. Pero ella no veía a ningún otro más que a Niccolo Paganini. Precedido de una fama solo comparable a la de Rossini, se contaban de Paganini atribuciones demoniacas. Que si había hecho un pacto con el diablo —había quien aseguraba haberlo visto ensayar sus famosos Caprichos con Satán deteniéndole el arco—; que si su enorme y desorbitada melena ocultaba dos cuernos nacientes; que si hablaba un idioma extraño e ininteligible, sólo para unos cuantos sectarios; que si un rabo le brotaba de la espalda.

Mientras su esposa (ella y la condesa se soportaban cordialmente) lo miraba subyugada —aunque nadie podría decir si por el violinista o por su bebé—, la mente de Paganini era un marasmo. Se preguntaba qué nombre ponerle al niño. En primer término, que hubiese sido varón ya era para él harto significativo. Él había sido un niño golpeado. Sin el menor ápice de piedad, su padre solía golpearlo cada vez que daba una nota falsa. Como había acontecido con otros padres de niños músicos, quería ver en su hijo a un Mozart, que encima de todo lo sacara de pobre. Su padre había sido así con él, pero él no lo sería con su hijo. Nunca. Y sin embargo, encontró un parecido notable entre su hijo y su violín. Si a los violines se les ponía nombre, por qué no a su hijo. Un nombre de violín.

Tenía al niño bien afianzado con sus largas y enflaquecidas manos. Lo admiraba como acostumbraba admirar un violín. Ningún detalle pasaba inadvertido para él. Lo mismo se detenía en el barniz que en el remate, en las efes que en la encordadura. Y entonces se ponía al hombro aquel instrumento y tocaba. Cuántos violines había mandado al diablo porque no correspondían al precio.

En tanto el recién nacido no dejaba de llorar, su vista recorría cada parte del cuerpo de su hijo: la hinchazón de sus rasgos por el esfuerzo al pasar por el canal de parto; lo escaso de su pelo, pegado a la cabecita; el aroma de su aliento; su lengua, perfecta y de color rosado; lo diminuto de su nariz, como un pellizquito sobre la cara; la perfección de sus rasgos a escala miniatura, y, sobre todo, lo inusitadamente lago y perfecto de sus dedos, un réplica exacta de los dedos adultos, desde luego con todo y uñas.

Mi hijo será violinista, se dijo. Tiene los dedos de violinista, y mi genio. Pero cómo se llamará. Podría ponerle “Ruiseñor”, como mi Guarnerius; o “Cañón”, como mi Stradivarius.

Entonces la voz femenina lo interrumpió. ¿Estás pensando qué nombre ponerle?, escuchó. Yo ya lo decidí. Es el nombre de un guerrero y de un artista. De un hombre que no conoció el miedo y que el valor fue la única pasión que movió su voluntad. De un héroe que desde su montaña distinguía entre la cobardía y la valentía.

¿Qué nombre es ése?, preguntó Paganini, cegado por la curiosidad.

Aquiles, respondió la mujer.

Que ése sea su nombre. Aquiles Paganini, hijo digno de su padre.