Poema

SILVESTRE REVUELTAS EN DURANGO

I
Nunca he salido de México.
Ahora mismo
estoy en Durango de Guadalupe Victoria.
No conocía esta ciudad.
Camino por la calle
y en mi cabeza se imbrican
escenas de las diferentes ciudades
que he conocido,
y cuyo nombre no sabría precisar.
Entradas de cantinas.
Meseros que me ofrecen una copa.
Rostros de mujeres que se desdibujan
en la cama.
Taxistas cobrándome.
Mi cabeza es un marasmo.

II
Estoy tan ebrio
que veo a mi amada Mariana
dirigirse a mi mesa.
En este momento se encuentra en la ciudad de México.
Pero apenas se sienta a mi lado
le ordeno al mesero que traiga un tequila doble
para ella.
Blanco, por favor.
Pasaremos una noche feliz.
Es suficiente que soporte el calor
que despido.

III
Vine a Durango a hablar sobre Silvestre Revueltas.
Por sus 75 años de muerto
El más grande compositor mexicano
de todos los tiempos.
Armé una presentación alternando música y literatura:

+ Sensemayá
+ Poema
+ Esquinas
+ Cuento
+ Homenaje a García Lorca
+ Ensayo
+ Ocho por radio
+ Crónica
+ Redes
+ Carta apócrifa de Silvestre Revueltas a Beethoven

En fin. Textos de mi autoría.
Vergüenza me da decirlo.
Como el mantelito
en el que escribo
esta obra maestra.

IV
Me detengo en un restaurante
tan modesto como pintoresco
del centro de la ciudad de Durango.
Sobre la calle Constitución.
Dice el pizarrón:
Aquí se comen tacos de alacrán.
Entro.
Ordeno uno.
El mesero me pregunta si también
quiero
mezcal de alacrán.
Por supuesto, respondo.
Y en cosa de diez minutos
tengo delante de mí el taco.
Saltan a la vista tres alacranes
güeros.
Sé que son güeros
porque el color es notable
y porque a la entrada del local
hay una especie de pecera de alacranes.
Alrededor de 200 alacranes
van de un lado a otro.
Hay un pequeño tronco
y suben y bajan por él.
Más un letrero que dice:
“Peligro. No tocar”.
Enseguida me traen el mezcal.
El caballito con un trago.
Y un alacrán que enseguida saco
y me lo llevo a la boca.
Pido otro mezcal.
Y otro taco.
El taco a sesenta pesos.
El mezcal a 100.
Todo en orden.
Remojo el alacrán
en el mezcal.
Lo espolvoreo de sal y de chile piquín
y me lo trago.

Durango de Guadalupe Victoria
22 de julio de 2015

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Sobre la culpa

He conocido dos tipos que no han resistido sus errores, y que la culpa los ha dejado vueltos una jerga deshilachada y apestosa: Judas y yo mismo.

Judas no me preocupa. Yo mismo, sí.

Los sentimientos de culpa son terribles porque no sólo te carcomen paulatinamente sino porque exigen resarcir el error. Acometer el ajuste de cuentas inevitable.

Estamos en 2015, y cabe acotar que todo comenzó en 2010. Cuando era un cincuentón tardío, dispuesto a enfrentar la vida hasta sus últimas consecuencias. Por el solo hecho de estar vivo. Nada me sonreía. Todo venía envuelto en un estuche de papel explosivo. Y sin embargo, me sentía irremisiblemente atraído por la vida. Yo había venido a este mundo a equivocarme. Eso me queda claro. Siempre y cuando cada equivocación se viera inevitablemente compensada. Error-acierto. Acierto-error. Ajuste de cuentas. Ése era el punto. ¿Tengo que ser más específico para explicar este asunto?

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Veinte años de matrimonio se dice fácil pero no lo es tanto. No es fácil conciliar el sueño noche tras noche al lado de la misma persona. Pero esto es la rutina. Y cualquier animal se adapta a la rutina. Empezando por mí.

Lo verdaderamente doloroso es la separación espiritual. Al paso del tiempo, ambos cónyuges se desapegan hasta que se contemplan como dos intrusos que viven bajo el mismo techo.

La separación espiritual —a uno le gusta leer, al otro no; a uno le gusta el cine, al otro no; a uno le gusta Bach, al otro no— es ciertamente grave, más que la separación física, o financiera —que también cuenta. En cuanto a la física, los besos y las caricias pueden sustituirse. Tan fácil como suplirse con una buena dosis de masturbación.

No hay ser humano que no pueda cambiarse mediante un tanto de imaginación. Que principia en la complacencia, y termina en el erotismo, exacerbado o no. Cada quien. Esta parte es linda. Exige un descaro sutil.

La separación espiritual antecede al aburrimiento. Porque las afinidades colectivas permiten columbrar la vida en común. Y enriquecerse conforme pasa el tiempo. Cuando un hombre y una mujer comparten el gusto por —digamos— Chopin, por Chejov, o por —digamos— Diane Arbus, aquella pareja será más difícil de sustituir. Cambiar un amante por otro es tan fácil como cambiar un puesto de quesadillas por otro. Pero cambiar a Manuel José Othón por otro, exige cierta carroñería. Por eso los matrimonios sumidos en la ignorancia no se divorcian.

&

Los sentimientos de culpa provocan que los demonios afloren. Y parir demonios no es lo más recomendable. Los estímulos para que brote el sentimiento de culpa son incontables. Pensemos en un hombre que abandonó a sus hijos, le bastará ver a una familia paseando por el parque en una mañana soleada de domingo, para que el sentimiento de culpa estalle en su pecho y le pulverice la existencia. O si dejó sin auto a su familia, le bastará toparse con una familia disfrutando de un paseo en carretera para que su entereza se desplome.

¿Hacia dónde van estos sentimientos? Hacia el insomnio, la gastritis, el alcohol.

¿Qué podría sugerírsele a este individuo atravesado por la culpa?

Sólo una cosa: que sonría. Eso lo conducirá a compartir aquel sentimiento abyecto. La culpa es menos pesada si se carga entre dos. Porque ambos tienen responsabilidad en partes iguales. Lo admitan o no. Nada es más fácil que echarle toda la carga a uno solo. Quizás los únicos que se salvan son los hijos. Si es que son pequeños. Se pueden lavar las manos. Que la culpa sobrevendrá tarde o temprano. Quién no lo sabe.

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Los alegres

1) A todo le ven el lado bueno. Quién fuera como ellos, que aun delante de las más atroces tormentas encuentran sublime el sonido de la tempestad.

2) Los alegres andan con la cabeza muy en alto. Entre más despiadado sea el dolor que los acosa, más son portadores de ideas luminosas.

3) Cualquier pena que acongoja, los alegres saben cómo sortearla. No los amedrentan las malas noticias —por más malas que sean, saben que son pasajeras.

4) Los alegres establecen jerarquías de los pensamientos humanos. Si aquella triste música —de nobleza mozartiana— los deja atolondrados, lo atribuyen a la confusión sonora y no a que sea propensa a la desolación. Yo sigo mi camino —dicen, cuando acaban de escuchar el adagio del concierto de clarinete—, y no vuelven más la cabeza a la fuente del sonido.

5) ¿Cómo podríamos ser de otro modo —arguyen—, cuando el allegro forma parte de las más grandes obras de la música?

6) Los alegres gimen en lugar de protestar. Nada más para provocar risa; pues hay quien ve en el gemido la lucha de un hombre por complacer a una mujer.

7) Jamás se exceden en nada. Pues tal exceso los conduciría a la introspección, y ésta a la solemnidad, y ésta a la renuncia de su condición humana.

8) El menor chiste, broma u ocurrencia los lleva a reírse cien veces más del motivo que lo provocó.

9) Los alegres se miran entre sí cuando avistan una mujer de trasero hermoso. Esperan que la risotada brote del más triste.

10) Los alegres son enemigos de la comedia. Les aburren los imitadores.

11) Cuando la noche sobreviene, los alegres andan de puntillas. No quieren despertar al que sueña pesadillas.

12) De entrada, los alegres no toman café negro —para no entristecerse; menos habrían votado por Obama.

13) Cuando Dios separó los estratos de la vida, puso a los alegres en la punta de la pirámide. Pero pronto se dio cuenta de su error. Con tanta risa y carcajadas inocultables, nadie podía tomar en serio las Sagradas Escrituras.

14) Cuando de satisfacer el apetito de los leones se trataba, los romanos enviaban por delante a los alegres. Con la esperanza de que los leones los disfrutaran sin riesgo de contraer enfermedades gastrointestinales. Pues sabido es que la carne de animal corajudo genera trastornos de tipo diarreico.

15) La música más triste de Schubert pone al alegre de excelente humor. Es la música que andaba buscando tanto tiempo para acompañarlo en sus momentos de infortunio. A partir de ese momento tiene todo en las manos: desconsuelo y música colmada de nostalgia melancólica. Suficientes motivos para pasarse una noche de agasajo. Cuando menos inolvidable. Localiza entonces a su novia, que si en ese momento está con su amante, mejor todavía. Ya no le falta nada para sentirse colmado de dicha.

16) Los alegres aborrecen ir a un parque de diversión la mañana del domingo. Ver que todo mundo está contento les provoca inquina. Prefieren detenerse en las rejas de los jardines de niños. Y desde ahí mirar el embrión del dolor.

17) No suelen escuchar el Himno a la Alegría. Lo consideran un pleonasmo.

18) Los alegres visitan los templos cuando —cosa rara— están de pésimo humor. Contemplar las imágenes de la Pasión los mueve al llanto, y de ahí a la risa hay un solo paso.

19) Los alegres se abstienen de hacer bromas. Es suficiente con la broma que significa estar vivo.

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Chisme

Un chisme se disfruta más si lo compartes. Si se comete la indiscreción de contarlo. Que un chisme se desparrame por el alma del otro es de lo más bello que existe. Para nada trivial. Para nada irrelevante. Según el grado de la indiscreción —mejor entre más grave e inmoral sea el chisme—, el placer aumenta. Tú lo has visto en la cara de la persona que escucha. Si se emociona, significa que el chisme está haciendo lo suyo. Está provocando escozor, impudicia. Ése es un deleite que nadie resiste. Por más que el tapete de la moral se extienda entre los interlocutores. Hay placeres que venimos a disfrutar, y que ya han echado raíces desde antes de Jesucristo. Como el chisme. Basta con preguntarle a un niño si quiere oírlo. Añadido de la advertencia de rigor: “No se lo cuentes a nadie”. Desde luego lo primero que hará ese niño será parar la oreja. Venga el chisme. Para enseguida jurar que no se lo contará a nadie. Y en seguida se lo irá a contar al que esté más cerca. Porque el chisme tiene las dos instancias narrativas: que alguien lo cuente y que alguien lo escuche. Ahora bien. El chisme habrá de poseer un mínimo de verosimilitud. Sólo así socavará la moral de quien lo dice. Y del referente. Que ese pobre tiene los días contados. Y sólo así será plenamente, morbosamente aceptado.

Poema

Estás en la música

Cuando escucho las sonatas para violín y piano
de Johannes Brahms
descubro tus ojos.
Mirándome sin mirarme.
Cuando escucho la Patética y la Hammerklavier
te revelas tras el divino rostro de Beethoven.
Y si mis oídos se detienen en el Concierto para violín de Tchaikovski
lo que escucho es tu voz perentoria
ordenándome que te haga el amor.
Y si oprimo el play para activar las sonatas de Schubert,
entonces la música porta la dulzura.
La bienaventuranza.
Que pones en mi cuerpo cuando me acaricias.
Pero falta alguien: el más grande: Mozart.
Cuando escucho su Fantasía para piano
lo que cimbra mi ser
es tu voz diciéndome que me amas.

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Carta 1

20/ junio/ 2015

Alguien está golpeando con un martillo en la casa de junto. Pero no me molesta. Porque estoy pensando en ti.

Cuánta tristeza y rabia vi en tus ojos. Ayer viernes. Me miraste y te miraba. Fueron minutos infernales. No querías estar ahí. Ante mí. Querías estar en otro lado. Lejos. Infinitamente lejos. No aceptaste una invitación a comer. Menos un trago. Ni una mierda cerveza. Sin embargo apareciste. Con el reclamo por delante, pero con la boca cerrada. Pasamos horas en silencio. Lo único que veía yo era una cara demudada, un rostro en extinción. Un rostro que no era el tuyo. Menos quisiste que te llevara a tu casa. No sé de dónde sacaste fuerzas para despedirte de mí. Me recordaste todo el resentimiento de la condición femenina.

Cuando iba en el auto a mi estudio, bajo el dictado de la velocidad —hacía tiempo que no corría tanto—, reflexioné sobre los sentimientos culpígenos. Se pueden sobrevivir de varios modos. Con una buena dosis de cinismo, es la solución ideal. Echarle la culpa al otro, también cuenta. Someterse a la artillería del alcohol, no puede despreciarse. Lo mejor es no abrazarlos —no ser cínico, pero ser libre. Pues los sentimientos de culpa ejercen su brutalidad a partir de que se topan con una víctima. Idónea. Vulnerable. Alguien que se deje aplastar. Como una cucaracha. Como se aplasta una cucaracha. Tal cual. Con esa templanza.

Apenas llegué a Tlalpan, me fui al Rayuela. Bebí como poseído. Un whisky tras otro. Un whisky tras otro. Un whisky tras otro. Con Brahms en el alma. Extraje de mi mochila el libro de Leopoldo María Panero que llevaba para ti. No sabes —sí sabes— cómo me conmueve ese hombre. Leí. Y empecé a escribir. El texto que me pidieron para el anuario del Museo Iconográfico del Quijote. Hasta título le puse: Cascada sonora. Y dice así. Te lo paso al costo.

Para que la música brote en una comunidad, para que el arte del sonido devenga en placer y esperanza, debe ser firme y perdurable. La constancia de escucharla habrá de ser ardua. Lo cual se logra con el esfuerzo de todos.

No nos engañemos. Los corazones sostienen el cometido de hacer música. Cada comunidad está integrada justamente de corazones. Por donde se le vea. Desde el compositor que pone su imaginación y su conocimiento al servicio del arte del sonido, hasta el ejecutante que se planta delante del público para tocar aquella obra y conmover a quienes lo escuchan. Desde el luthier que tuvo en sus manos la fabricación de aquel violín, hasta el afinador que dejó el piano en su punto.

Pero la música exige sentirla desde ambos lados de la barra. ¿Pues qué sería de esa cascada sonora si no existiera un público —o mejor dicho, un hombre— que la escuchara? Sólo cuando la música inocula de sentimiento el alma de un individuo, y en consecuencia de una sociedad, cumple su misión. Por eso se dice que la música demanda la participación de todos. También de las instituciones.

El Museo Iconográfico del Quijote (MIQ) es claro ejemplo de lo que significa la tenacidad en el camino de la música. Basta con pasar los ojos por las páginas de esta programación para que el asombro surja con espontaneidad y deleite. Las dotaciones musicales más diversas pululan por estas páginas. Tanta versatilidad como es posible exigir. Porque el MIQ es fuente de prodigio y maravilla. Y aquí la música destila su esencia. El público que lo visita con asiduidad lo sabe. Apenas cruza el umbral, siente en carne propia la grandeza. Hay de todo. El silencio y el respeto son primordiales. Pero también la algarabía y el feliz desparpajo —toda vez que son ingredientes del arte en todas sus manifestaciones. Así como la iconografía dedicada a la figura emblemática del Quijote y su séquito inequívoco; el solaz que da estar en un sitio dedicado a la gratificación del espíritu, o bien —y es lo que da motivo a estas líneas— la propagación de la música.

Una vez dentro, la música irriga el alma. De aquellas paredes impolutas, el sonido escurre hasta colmar los oídos. De por sí Guanajuato es una ciudad que invita a la meditación, con mayor razón el templo del espíritu. Ahí nada sobra ni nada falta. Mucho menos la belleza invitada a departir, que es la música. Se siente cuando se está en un recinto sagrado. Cuando todo contribuye a la contemplación y al recogimiento. No abundan los sitios así. Lo que impera ahí no es la adulación. Ni el vestigio de la lisonja. Lo que subyuga es cerrar los ojos, y escuchar los sonidos como aquellas gotas de agua cristalina que colman nuestros sentidos.

Por encima de todo, vivir la música. Donde sólo los humildes tienen cabida.

Uno se preguntaría, luego de ojear el presente catálogo, en dónde está el secreto. Y no hay que darle muchas vueltas: en dejarse arropar por el arte del sonido. De Bach a Beethoven, de Mozart a Brahms, de Prokofiev a Ponce, la música nos lleva por los más recónditos rincones del alma humana. Se trata de sentir en carne propia, de valorar el arte de vivir cuando finalmente se ha llegado al conocimiento de uno mismo. Y aceptarlo: la dicha es ésta.

La música viaja de un ámbito a otro en un periplo eterno. Se desparrama a la búsqueda de un espíritu afín. Desde esta óptica, el MIQ es una suerte de terminal de viajeros. Porque quien entra, sabe que todo puede acontecer en una estación de trenes caracterizada por la magia. De ahí que los jueves sean sagrados para los guanajuatenses. No es posible modificar la buena estrella que se avista como final del camino. Y principio de la jornada venidera.

Los recitales que se llevan a cabo en el auditorio del MIQ no son otra cosa más que el acopio de sensibilidades. De llamar a las cosas por su nombre. No hay secretos —excepto el del misterio de la divinidad—, no hay miradas de soslayo. Sólo la veneración al dios de la música.

Terminé exhausto. Regresé a mi estudio, y creí que con el trago y el cansancio habría de dormir como fardo. Pero no fue así. Me desperté hacia las 3 de la mañana y me puse a leer. Desde luego con música de mi amado Brahms. Leí un cuento de Joseph Conrad. Se intitula La Bestia. Me dejó temblando de la impresión tan fuerte que me causó. Algún día te lo contaré. Como te conté los dos cuentos de Graham Greene en nuestra velada. Y en cuanto a la poesía, volví a Panero. Releí este poema —que por cierto, leí en el taller: “No es tu sexo lo que en tu sexo busco/ sino ensuciar tu alma”. Por fin el sueño me venció. Te dediqué mi último pensamiento. Y concilié el sueño con los dos libros debajo de las cobijas. Sustituyeron tu cuerpo. Tu respiración. Confieso que nunca había dormido en la compañía de dos hombres de genio.

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Los tristes

Caminan cabizbajos. En su cerebro las ideas intentan ordenarse. Seguir un guión. Se representan el mundo como si lo que tuvieran enfrente fuera una calle desolada, y no una cascada incontenible. Cuando en realidad el mundo navega de un extremo al otro.

Intentan llamar a las cosas por su nombre. Pero es un modo de cerrarse las puertas. Por eso fingen olvidar cómo se llama su perro. O sus seres amados. Cada día, la vida les devuelve el retrato de la realidad cruda. Van al cine para modificar sus puntos de vista. Quisieran que todas las personas con las que se topan tuvieran una sonrisa tan hermosa. Como la sonrisa de una estrella del cine. Que aun el más desangelado poseyera un brillo en la mirada. Ese brillo, el triste se lo ha descubierto a sí mismo cuando advierte su alma destrozada. Alguna mañana, Dios lo miró de reojo.

El triste se aproxima a la belleza para extraer su aliento vital. Quizás en Bach encuentre el hálito de vida. Que le permita mirar con certidumbre. Quizás en Maupassant. Pero no importa a quien escoja. El rechazo sobreviene. La esperanza se vende a cuentagotas. Y el triste no suele asomarse a los tianguis del alma humana.

El triste. Los tristes.

Llevan años así. Suelen ocultarse del sol. Bañarse con agua tibia. Bajarle una rayita a su aparato. Evitan hablar de temas que los vulneren. O incorporarse a conversaciones que los hagan sentirse inseguros.

Para ellos, la naturaleza suple a la belleza. Porque no les exige nada. Ni siquiera sentir. Menos mentir. Sólo la mera contemplación. Excepto los crepúsculos o los eclipses, nada parece atraerlos con más fuerza.

Los tristes hurgan en los roperos, en los armarios de su casa. Buscan aquella prenda cuyo olor los conducirá a una época ya desaparecida. Ese suéter. Esa camisa. Esa blusa que les permitirá revivir el momento. Aquel tramo de vida que el horizonte les devolvía a regañadientes. Con un sol inclemente al fondo.

El triste posee un olfato inequívoco. No falla. Deposita en su instinto la sabiduría. Como sea, está a un paso de su propia extinción.

Cuando el triste se comunica, las manos le tiemblan. Sabe que no debería estar haciendo esa llamada. Que esa comunicación sólo lo hará trastabillar. Y perderse aún más en los entresijos de lo escabroso. No está preparado para sortear el río. Nunca lo estará. Carece de aplomo para adaptarse a una nueva realidad. La seguridad no es lo suyo. Lo suyo es la indecisión. Entre más cerca del suelo, mejor. Oculta la cabeza entre las manos. ¿Por qué tenemos que tener cabeza?, se pregunta.

Nada le provoca más congoja y desconsuelo que ver a los niños jugar en un parque. ¿Para esto se vive?, inquiere. Y cuando advierte la respuesta que viene en seguida. Cuando se percata de que en efecto la vida es eso: dejar que el sol irrite la piel, pasar bajo el chorro del agua, correr tras la pelota, entonces la zozobra se presenta. ¿A esto he venido yo al mundo?

El triste no espera nada de los otros. Ni palabras de alivio. Ni miradas de comprensión. Ni palmadas en la espalda. Que las cosas sigan su marcha. Pero en pocos ojos como los suyos, se distingue el alivio cuando el agradecimiento lo sobrepasa. ¿Para eso compuso Beethoven esa música tan profunda, capaz de conmover a las piedras? ¿Para eso pintó Turner ese sol tan vigoroso, nada más para que me tocara la piel, y me inoculara de vida? ¿Para eso escribió Andersen esos cuentos tan colmados de dolor, para que yo sintiera lo que es el sufrimiento, el verdadero, atroz y desesperante sufrimiento?

En la vida de todo hombre triste, hay un instante en que su corazón pertenece a la antología de la tristeza.

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