Poesía

Hielos

Hago sonar los hielos.
Aproximo el vaso a mi boca.
Doy el trago, y dejo que el whisky
resbale por mi garganta.
Salvo esta ceremonia,
no pido nada al mundo.

Odio viajar.
Prefiero trasladarme de mi recámara al baño
que ir a París y empaparme de su cultura.
Amo el viaje cuando es hacia dentro.
Porque no necesito moverme de mi sitio.
El alcohol es el transporte
en el cual emprendo ese viaje.
A mis 63 años
tengo dos necesidades:
beber —cuyo costo lo pago con plácemes.
Y escuchar música —que es gratis.
La música cae del cielo
en forma de oleadas crepusculares.
Extiendo la mano y toco jirones de Brahms.

Cada semana me preparo para beber.
Me abstengo de otros gastos
con tal de sentir cómo el whisky
irriga mi sistema nervioso.
Me percato del efecto
cuando a mi memoria vienen los ojos
de un alma en pena,
a mi conciencia las carcajadas de mis amigos,
a mi corazón las melodías de Schubert.

Poesía

Sirviendo y pagando

Todo transcurre en la convocada quietud.
Bebo y miro pasar los cientos
de automóviles sobre la Calzada de Tlalpan.
Del centro al sur.
Estoy entre San Antonio Abad
y Chabacano.
En un sótano.
Un tugurio desde el que apenas
se alcanza a ver la banqueta.
La mesera me trata con un respeto
providencial.
Que ya lo quisiera la mesera
de un Sanborns.
Pido otro whisky.
Mi mesa da a la calle.
Trabajosamente alcanzo a ver
a los transeúntes.
De cada cinco mujeres que pasan
tres son putas.
Algunas se vuelven a mirarme.
Memorizo su rostro.
Por si regresan.
José José suena a mis espaldas.
60 pesos el whisky.
No está mal.

Texto de los lunes

Dos poemas

Las cosas son así

Hay quien todavía cree
en los retratos
que se parecen
a la gente, y en los poemas
sobre la naturaleza.
Generalmente son puntuales
y discretos
no asisten a manifestaciones
de ninguna especie
ni firman desplegado alguno.
Si observas
con cuidado
localizarás
cuando menos uno
por familia.

Entre enemigos

Soy el peor enemigo de mí mismo.
Vivo en el corazón mismo de la decadencia.
Apenas abro los ojos sé que habré de vencerme
para sobrevivir una jornada más.
Acudo al baño y no me atrevo a mirarme a los ojos.
Carezco del valor.
¿Qué he hecho para desayunar una cucharada
de ignominia?
Me orino en los pantalones.
Una camisa me dura hasta una semana.
Mis padres están muertos.
Nadie más que ellos habrían dado la vida por mí.

Texto de los lunes

Cuarta de forros para el libro LOS 43
de próxima aparición en la editorial Los bastardos de la uva

Bajo la dictadura del tequila blanco El Tesoro de San Felipe, se me ocurrió emprender una antología que llevara por nombre Los 43. Se trataría de convocar a 43 escritores —entre narradores y poetas— que pergeñaran un texto alusivo al trágico acontecimiento de Ayotzinapan.
Como parece quedar claro, el cometido del libro no fue otro que mostrar la ira, el coraje. Por supuesto, al margen del panfleto y del lucro. Sin duda, la desaparición de los 43 normalistas generó un clima de indignación como hacía mucho no se había incubado. Yo en lo personal no voy a marchas ni a mítines, no cargo pancartas ni reparto volantes. Soy enemigo acérrimo de las multitudes. Pero tampoco podía quedarme con los brazos cruzados. Y como lo único que sé hacer es escribir y lavar los trastes, me decidí por tomar la pluma y redactar. No sin llevarme a varios escritores entre las patas. El primero, el maestro Jorge Borja, que fue el primero en enterarse de este proyecto —pues estaba junto a mí cuando se me ocurrió—, y el primero en entusiasmarse y poner manos a la obra. Sin él, este libro jamás habría visto la luz.
Salvo contadas y honorables excepciones, todo mundo dijo yo le entro. Por lo que desde estas líneas les doy las gracias —en particular al maestro Francisco Toledo, que no dudó en facilitarnos la imagen para la portada. Y he aquí que se reunieron los 43 textos. Hay tantas formas de decir lo mismo —me dije yo. Lo único que se exigió fue la huidiza calidad literaria. Ojalá no nos hayamos equivocado.

EUSEBIO RUVALCABA

Texto de los jueves

Una temporada en el alcohol

1) Cuando por vez primera cruzo el umbral del Zirahuén, una punzada se agandalla en mi columna vertebral. Nunca me pasa. Para mí un antro es un antro y tan tan. Quizás sea porque está en el subsuelo. Quizás porque despide el vaho típico del alcohol y el cigarro entreverados.

2) Fui con cantidad de amigos y amigas. Por ejemplo con Víctor Roura. Por ejemplo con Bertha. O con Esther. Cosa de verse. Víctor y yo nos instalábamos en la parte de atrás. Con Bertha. O con Esther. Entonces invitábamos a Bertha a que bailara en la mesa. Tenía las piernas más ricas del mundo. Se trepaba a la mesa. Se subía la falda. Nos enseñaba las medias. Se subía la falda otro poco. Abajito del calzón. Nos sacábamos la verga. Mientras ella bailaba a un ritmo trepidante, él y yo nos masturbábamos. Cada uno con su ñonga en la mano. Sin dejar de beber vodka. Víctor con jugo de naranja, yo con agua mineral.

3) La mesera del Zirahuén, que en paz descanse, se llamaba Rosita. Doña Rosita. La mujer más dulce sobre la tierra. En una ocasión, apenas entré al antrillo, la miré llorando, oculta en una mesa. ¿Qué le pasa, doña Rosita?, le pregunté. Su respuesta fue rotunda: Mañana sábado mi hijo se gradúa y no tuve para comprarle una camisa. ¿No le quedará ésta?, le pregunto. Y le muestro una camisa azul cielo que yo acababa de adquirir. Me dice que sí con los ojos anegados de lágrimas. Tómela, es suya, o, mejor dicho, de su hijo.

4) El baño era cosa aparte. El baño de hombres. El más diminuto que se recuerde en la historia de las cantinas mexicanas. Si te sacabas la verga para miar, no cabías. Tenías que acomodar nalgas, piernas, panza. Así que tú veías a los que estaban bebiendo contigo, y te cagabas de la risa. Todo mundo quería pararse a miar, pero nadie se atrevía.

5) Don Abel era el guitarrista. Se murió en el cumplimiento de su deber. Alguna vez se lo llevaron a dar serenata unos clientes. Agarraron carretera y se mataron en el camino. Tan briagos iban. Pero yo lo recuerdo con deferencia y respeto. Estaba yo bebiendo en un gabinete y se me acercó. ¿Sabe quién se sentaba exactamente aquí?, preguntó. Cuando vio mi cara demudada, simplemente dijo: “José Revueltas”.

6) Llego al Zirahuén y no me quieren servir. Pregunto la razón. Nadie sabe por qué. Me levanto encabronado, doy media vuelta y me dirijo hacia mi auto. ¡Felices tiempos en que no había alcoholímetros! Me alcanza un mesero. “Don Eusebio, perdón, pero don Aníbal dio orden de que no se le sirviera”. “¿Por qué?”, pregunto entre encabronado y herido. “Pues porque usted escribió una novela donde sale don Aníbal, doña Rosita, don Abel y toda la banda del Zirahuén.” “Se equivoca usted. Yo no escribí esa novela. La escribió Víctor Roura”, respondo. Naturalmente, la novela viene a mi cabeza. El brindis, era su título. Y por supuesto que yo la había escrito. Me regreso al Zirahuén abrazado del mesero.

7) Invito a una mujer al Zirahuén. Lleva un vestido amarillo que trasluce sus adorables piernas. Le pido su trago. Pido el mío. Nos atiende José Luis, el hijo de don Aníbal, ya fallecido en ese momento. José Luis no resiste las ganas de sentarse la mesa con nosotros. Nos cuenta tantas anécdotas como su imaginación lo permite. Le levanto un poquito el vestido a la mujer. Me llega el tufo de su sexo. Es cachonda.

8) Paso enfrente del Zirahuén. Ya no existe.

Texto de los lunes

Jirones

1) Para mí los días letales son los viernes. A esas alturas de la semana estoy harto de la vida. De sábado a sábado —excepto los domingos— tengo talleres sin parar. Lo mismo en la Sogem (artes) que en el Reclusorio Oriente y la Penitenciaría (viernes), en el centro de Tlalpan que en la Casa de la Cultura. Cuando salgo de los reclusorios estoy devastado. Desde Santa Martha Acatitla me dirijo a Tlalpan. Donde vivo. Directamente al Carro del Sol. Donde bebo. Hasta el embrutecimiento.

2) Al rato doy mi clase en la Sogem. ¿Pero de qué puedo hablar yo, un hombre que está viviendo la más abstrusa decadencia? Sin embargo, algún tema sobrevendrá. La asignatura que imparto lleva el pretencioso nombre de Novela II. El principio, los jóvenes están obligados a escribir una novela, concluir la que principiaron el semestre pasado, o pergeñar el adelanto de otra. Para mí eso equivale a una falacia. Es imposible escribir una novela bajo esas condiciones. Una novela se resiste a ser escrita. Ahí radica su grandeza. Cada línea es un peldaño hacia la muerte. Por eso las novelas se resisten a ser escritas. Porque el escritor sabe que el proyecto de su novela lo mantiene con vida. Mientras no la concluya, tiene esperanza. Dios no puede dispararle a los hombres que se empeñan en levantar una barda. Por más que este ganoso de matar. Cuando concluyan los pondrá en la mira. Y abrirá fuego.

3) La palabra cáncer se ha extendido como reguero de pólvora. Rarísima la familia donde no haya un canceroso. Es como si los médicos se empeñaran en descubrirlo. Alguien tiene que hincharse la cartera de esta explotación. ¿Los laboratorios? ¿Los oncólogos? ¿Los hospitales?

4) Me topo a Jesús Pacheco en la Feria del Auditorio. Me invitaron a hablar sobre literatura y alcohol. Compartiré la interlocución con Jorge Borja, amigo de buena entraña. El tema de la charla me resulta lejano. Yo no tengo nada que ver con la literatura, y menos con el alcohol. Sin embargo, ese día —1 de abril— iba crudísimo. Busco un fuerte con desesperación. Pero en la feria no venden trago. Gentilmente, Jesús Pacheco —narrador de frescura envidiable— sale a la calle y me consigue un pegue. Gracias a las preguntas de Jorge Borja, la plática despliega las alas y la algarabía remonta el vuelo. Comento algunos momentos memorables de los que he vivido bajo la férula del alcohol con ciertos escritores, la mayoría muertos —como pronto lo estaré yo: Sergio Magaña, Alí Chumacero…

5) Sé muy poco de lo menos.

6) Localizo en los atajos de mis circunvoluciones cerebrales el epitafio de Woody Allen: Ligero como una pluma de ave. Denso como una caca de caballo.

7) En términos generales, la cultura me da náuseas.

8) Los escritores son lambiscones del espíritu; los músicos viven sumergidos en el espíritu.

9) Salí de la Feria del Auditorio con la mochila llena de Ibros. Y no compré ni uno. Tengo suerte de que me regalen. Hubo una época en que gastaba carretadas de dinero en libros. Y en discos. Ahora nada más en discos.

10) Propios y extraños me dicen que cambie mi celular. Que es una verdadera reliquia. Pero no lo haré. Con trabajos uso celular. Del círculo de gente en el que me muevo, fui el último en adquirir uno. Por algo me decían El último de los mohicanos.

Texto de los lunes

Padre

Padre: Me confieso. He cometido pecados. Algunos graves. Otros no tanto. Cosa de todos los días. Ya sabe, padre. No rezar mis oraciones por las mañanas. No ir a misa en días santos. Lo cual me convierte en un gran pecador. No acariciar la cabeza de mis hijos. Su pelo tan lindo. Padre. He cometido otros pecados. Como serle infiel a mi mujer. Que a estas alturas no sé si sea pecado o no. Yo digo que no. Pero ella dice que sí. Y ya sabe cómo son las mujeres de necias. No hay manera de llevarles la contraria. Y otros pecados. Maté a un chico. Se lo juro. Lo maté. También he violado mujeres. Por eso digo que soy infiel. Las he violado, y he purgado penitencias. Usted lo sabe. Usted me las impuso. Saliendo de aquí. De su confesionario. Pero ahora no se trata de asuntos que tengan que ver con el sexo. Sino con la ley. Maté a un chico. Le digo. A un adolescente. Y eso estoy seguro que Dios no me lo va a perdonar. O a lo mejor sí. Si se apiada. Porque alguna vez en su vida Dios fue adolescente. Y sabe que los adolescentes son imprudentes. Se lo juro que Dios lo sabe. Y en su infinita memoria, como ya le digo, si se apiada, me va a perdonar porque va a tener presente cuando fue chico. Digo yo. Padre, qué puedo decirle. Usted me conoce. Soy agente de la policía encubierto. Nadie sabe que lo soy. Obedezco cuando me mandan. Y hago lo que me dicen que haga. No lo discuto. No lo pienso. Obedezco las órdenes. Y tan tan. Si me ordenan que balacee a un ministro de la corte, lo hago. Y punto. ¿Me explico, padre? ¿Me escucha usted? Pues fíjese usted bien. Yo actué bajo las órdenes del crimen. Mata, me ordenaron, y maté. Le juro a usted que cuando tiré del gatillo tuve lo que algunos llaman la disyuntiva. Porque una cosa que tenemos los hombres por dentro me decía no mates, no mates. Y otra fuerza me decía mata, mata. Yo tenía ante mí los ojos de ese chico. Reflejaban tanta fe, tanto apego a la vida. Como que algo le hacían decirme no te atrevas. Sus ojos me decían eso. No su voz. Pero yo estaba aferrado. Tenía su vida en mis manos. En fin. Yo me decía: ¿Te perdono la vida, sí o no? Con todo respeto, padre, sí lo ha sentido, ¿verdad? Tener la vida de alguien en las manos. Yo lo he vivido. He visto lo que puede hacer un sacerdote en la vida de una persona. Yo lo he vivido. Mi hermano se confesó —no sé cuáles pecados andaba cargando— y salió otro. Tan fuera de pecado. Limpio. Tan otro. Tan limpio a los ojos del Señor. Y seguro tenía más pecados que yo. De ahí en adelante Dios pareció decirle ven. Te perdono. Como va a ser conmigo apenas salga de aquí. Pero no vengo aquí a decirle eso, padre. Vengo a que me hable de Jesús, y a que me diga si puedo aspirar al perdón. Porque maté, padre. A uno de estos jóvenes normalistas de Ayotzinapan. Le sorrajé un plomazo en el corazón. Antes de que lo enterráramos en la fosa. Conste que le dije: “Arrepiéntete, muchacho, porque de lo contrario te vas a morir”. Tan fácil que se dice. Pero nadie lo hace. Nadie se arrepiente. Si me hubiera dicho que se arrepentía lo dejaba correr y perderse en la noche. No importa lo que hubiera hecho. Pero por algo estaba ahí. Con el cañón en la cara. Porque ni lo supe. Padre, por favor perdóneme y dígame cuál es mi penitencia esta vez. Porque quiero estar limpio.

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