Texto de los lunes

Música
Plagios

1) Hasta donde sé, que es bien poco, en la llamada música académica no se han dado plagios en el sentido de robarse la música de otra persona y capitalizarla como propia. (E insisto en llamarla académica —o música culta, clásica o buena música—, porque en lo que se refiere a la música popular sí han acontecido plagios memorables. Agustín Lara solía quejarse de que había sido víctima de tal o cual plagio, y a su vez otros músicos lo señalaban a él como plagiario inclemente.)

2) Naturalmente que plagiarse una sinfonía no ha de ser cualquier cosa. ¿Quién se atrevería a cometer semejante atropello? Sería imposible por varias razones. Para empezar, quien tendría que hacerlo sería un compositor. Un músico que se identificara con aquella voz, la del plagiado. Se estaría hablando de una obra sin estrenar. El ratero se allegaría la partitura —en la cual se registra la música de cada instrumento— y ya con ella en la mano se ocuparía de elaborar todas las partes, es decir la particella de cada instrumento. Como se ve, la sola idea de sentarse a reescribir tanta música suena descabellado.

3) Ésa es una cosa, y otra la admiración. Pensemos en Beethoven. Admirador de Haydn —en alguna época alumno suyo, aunque la amistad entre ambos no fructificó—, decidió hacerle un homenaje en el segundo movimiento de su cuarteto 13, el cual intituló Presto y que basta con escucharlo para percatarse de que está escrito a la manera de Haydn. Esto es más común de lo que podría pensarse. Por ejemplo, el violinista austriaco Fritz Kreisler era muy proclive a componer a la manera de fulano o de zutano. Maestro violinista del siglo XIX, sobre todo trajo a numerosos compositores del barroco a su legión personal. Lo hizo en tantos casos, que nadie sabe si simplemente componía música al modo de equis compositor o retrabajaba alguna obra que a él le parecía eminentemente violinística y que funcionaba bien para sus intereses. Un caso: el Preludio y Allegro de Pugnani-Kreisler.

4) Aquí es donde entra el tema de las variaciones, y que bien podría servir de ejemplo a incontables artistas. ¿Qué hizo Ravel cuando escuchó Los cuadros de una exposición de Moussorgsky, y que hizo Brahms cuando oyó los Caprichos de Paganini, y Schumann y Rachmaninoff cuando escucharon la misma obra, y Schoenberg cuando se desparramó en sus oídos el cuarteto en sol menor de Brahms? Pues simplemente tomaron aquella obra, la pusieron en el atril y la orquestaron o crearon variaciones alrededor de ella. Con lo cual lo que hicieron fue honrar al compositor y honrarse ellos mismos. Práctica que se sigue haciendo y que nadie ve mal. Es como si un escritor leyera el cuento “La Cuesta de las Comadres” de Juan Rulfo y a partir de ahí escribiera una novela. ¿Alguien podría reclamarle, si damos por sentado que bien podría intitularse Variaciones sobre la Cuesta de las Comadres? Creo que no.

5) Así pues, multitud de compositores han tomado ideas musicales de otros y las han hecho suyas. Quizás lo verdaderamente importante es el enriquecimiento espiritual. Vamos a pensar que existe una montaña de la música, y que la música es la arena de la que aquella montaña está hecha. Vamos a pensar que los compositores se aproximan a aquella fuente y extraen las ideas musicales que les parezcan idóneas. Y que trazan sus sinfonías, sus conciertos, sus oberturas, o bien la complejidad de su música de cámara con aquella materia prima. Con la condición de que publiquen dicha música en forma anónima. Porque le pertenece a todos.

Texto de los jueves

En algún valle de lágrimas de José Revueltas

1) Qué modo de penetrar en el alma de un hombre. Qué modo de abrir el pecho de un hombre, extraer el corazón y arrojárselo a los perros. Sin lugar a dudas me atrevería a decir que En algún valle de lágrimas es la más grande novela de la literatura mexicana. Cuán desgarradora. Cuán terrible. Cuán atrozmente humana es esta novela. En ningún momento complaciente. Cada vez parece que la historia llegó a su fin, y cada vez avanza más en el alma de sus protagonistas. Como si atrás del dolor hubiese una punción que obligara a ir más allá. Más allá de cualquier tormento inimaginable.

2) Porque el alma avanza en su propia tortura. Aunque se remonte en alta mar como un navío sin distracciones. A salvo de cualquier embestida. Hay que meter el escorbuto de la confesión hasta las heces mismas de lo inconfesable. ¿Por qué el protagonista masculino de En algún valle de lágrimas se mantiene impoluto? ¿Por qué está armado de una coraza que lo hace inconmovible, sujeto a su propia moral? Para que se salve. Para que sienta la mano de Dios sobre su nuca. Sabe que la peor miseria puede ser curada por el Redentor. Por eso actúa así. Porque representa la parte más abyecta de la sociedad. Y sabe que se va a salvar a través de sus eruptos malignos. Ni siquiera el demonio es tan hijo de puta.

3) Este personaje vive apegado a su criada. Una noble mujer que no ve maldad en él. Aunque quizás por miedo oculta sus emociones. Quizás porque en el fondo de su corazón sabe que su patrón —tan cuidadoso de sentarse correctamente en la taza del baño— es capaz de matarla. Lo ha visto hacer cosas atroces —arrojar los cachorros de su gata en el escusado, cuando el hombre decide que ella, la gata, es una puta, como “todas las mujeres”. Pero como la criada —Macedonia, una anciana decrépita, consagrada al arte de atender a su patrón— permitió que su gata anduviera de caliente por las azoteas, en lugar de encerrarla en el desván, no merece estar en su casa. Se apresta a darle un castigo ejemplar. Aunque en forma simultánea piensa en comprarle un féretro humilde. Como la condición misma de su criada. Desde luego no podrá disponer para ella un féretro de lujo porque los pobres tienen que atenerse a su condición social. ¿Cómo si no funciona el mundo?

4) Otro de los personajes más acuciantes es el director de la escuela a la que el personaje asiste cuando es un niño. El director era el hombre más severo del mundo. Quien imponía medallas y castigos por igual. Y a quien le fascinaba hacer escarnio de la miseria a costa de los que lo rodeaban. Humillar a los alumnos de origen humilde, por ejemplo preguntándoles lo que habían hecho cada mañana. Y se relamía la boca entre más severa era la confesión de los chicos. Si un niño decía llegué tarde porque mi mamá me mandó a comprar la leche, y no había dinero porque mi papá llegó borracho anoche y se gastó todo el gasto, entonces el director le pegaba al niño para que sintiera en carne propia el error del padre. Así pues, un día el ínclito director llega tarde a la escuela perdido de borracho. Los maestros tratan inútilmente de que los niños no lo vean. Pero el propio director lo impide. Entonces se busca en los bolsillos y les da caramelos a los chicos. Poco a poco se aproximan y descubren en la mirada del director un brillo de piedad. En ese momento se presentan en la escuela dos judiciales con un policía. Lo esposan y se lo llevan arrestado. En cosa de minutos, se corre la voz de que acaba de matar a su mujer.

5) Y eso para no hablar de la tensión dramática.

6) En fin. La mejor novela mexicana. Con mucho.

Texto de los lunes

Música
Fanny

Félix Mendelssohn no tuvo el impulso para levantarse de la cama. Era la enésima mañana que se quedaba acostado. Dos fuerzas se disputaban su pensamiento. Cada una de ellas tiraba con igual potencia hacia la dirección opuesta. Cada una quería apropiarse de su voluntad. De un lado escuchaba claramente las palabras: levántate y haz música. Aún tienes muchas cosas que decir. El piano te espera. Del otro lado oía, con palabras que parecían martillazos: Quédate acostado. No te levantes. Deja que el sueño bendito se adueñe de tu alma. Ya compusiste lo que te correspondía. Ya engendraste la música que te atañía. Ahora descansa. Has ofrecido tu vida a la música. Es suficiente. Que nada perturbe tu sueño.

Unos toquidos lo volvieron en sí. No podía ser otra más que Cecilia, su esposa. O alguno de sus hijos. Pero ellos no hubieran llamado, habrían abierto la puerta y entrado como una estampida. Mejor que no entrasen. Era una suerte que no estuvieran en casa. Menos podría descansar con su presencia. Cecilia los había alejado. Sí. Seguramente.

En efecto, era su esposa. Como cada mañana en los últimos dos meses —desde que la melancolía había hecho presa de él—, acudía presurosa a verlo apenas despuntaba el sol. Con el desayuno en una charola. “No quiero nada”, dijo él cuando se hubo aproximado ella. Y simplemente hundió la cabeza en el almohadón. “Mi amor, tienes que desayunar. Nadie puede resistir sin comer”, imploró ella.

Pero él no escuchó nada. Le hizo la seña de que se retirara. Obedeció al instante. Con los ojos anegados de lágrimas. Nadie lo conocía tan profundamente como ella. En algún momento de su vida había sentido celos de Fanny. Era tal el amor que Félix sentía por su hermana, que sencillamente todo desaparecía alrededor. Por supuesto que su esposo le había hablado de ese inmenso amor. De que un hermano y una hermana podían amarse espiritualmente cuando las almas eran afines. Porque ambos hacían música. Ambos tocaban el piano —y ella toca mejor que yo—. Ambos pintaban y escribían poesía. Ambos practicaban esgrima y equitación. Pero si él había destacado por encima de ella, se debía a que su padre se había opuesto a que ella hiciera una carrera en la música. “No quiero tener una hija que llame demasiado la atención”, había amenazado. Así que Félix publicaba aquella música escrita por la mano femenina, con su propio nombre. Que en la práctica ella le llevara cuatro años, no significaba nada.

—Se me olvidaba —dijo ella, regresando abruptamente—, esperamos la visita de Klara Schumann. Vendrá a visitarte. Como todo mundo, está muy preocupada por ti.

—No la quiero ver. No quiero ver a nadie —dijo él.

—Excepto al médico. El doctor Schuppanzing vendrá a visitarte hacia el medio día.

—Que se vaya al diablo —sentenció él y se sumergió una vez más en la nostalgia de su hermana.

Vino a su memoria aquella vez del paseo a la Selva Negra. Eran muy jóvenes. Solteros. Cada quien iba en su montura favorita. Él, una hermosa yegua a quien había puesto el hermoso nombre de Juno; ella, un pura sangre negro como el carbón, brioso, cuyo pelaje brillaba al sol y a quien había nombrado Marte. Se vio corriendo atrás de su hermana. Pero se alarmó cuando se dio cuenta de que la velocidad era cada vez más pronunciada. Quiso alcanzarla para ordenarle que bajara el ímpetu, pero no pudo hacerlo. De pronto, ella voló por los aires. Él se apeó y corrió hasta ella. Había perdido el conocimiento. Aunque se recuperó a los pocos minutos. Por sus sienes escurrían gotas de sudor. Y sus ojos reflejaban una honda consternación. Como si se hubiera asomado a la caverna de la muerte.

—Qué susto me has dado —alcanzó a proferir…

—Yo tuve la culpa… No debí dejar que mi caballo compitiera con el viento.

Félix sabía que aquella caída había sido una premonición. Esta vez, su hermana se había resbalado en la escalera principal. El golpe había sido letal. Le había provocado la muerte casi al instante. Apenas unas horas después. ¿Para qué vivir si su hermana estaba muerta?

Una idea musical vino a su cabeza. Que ya no fue capaz de concretar.

Texto de los jueves

Cuentos de Gabriela Torres

Vengo en son de paz. Soy enemigo de las presentaciones de libros. En la Ciudad de México —de donde vengo— es inusitado que asista a una conmemoración semejante. Pero ahora es diferente. Porque el libro de cuentos que nos convoca está armado con paciencia y sabiduría. Lo cual me parece una virtud muy rara en estos tiempos, en que las cosas parecen correr a velocidades vertiginosas.

Conozco a Gabriela Torres desde tiempos ya remotos. No inmemoriales, pero sí lejanos. Ella es una mujer joven y yo un viejo vetusto. Pero eso me da autoridad para expresar lo que siento y pienso. Siempre la consideré una autora sumergida en la seducción de las palabras. Que es la primera condición para subirse en el barco de la escritura. Me consta su obcecación por encontrar el mejor modo de decir las cosas. Cuando leo sus cuentos —éstos que ahora mismo conforman el volumen Prisioneros, tan cuidadosamente editado por Lectórum—, advierto las particularidades del artesano de historias. Me atrevería a decir que son textos tallados con el mismo amor y esmero que un orfebre talla sus piezas. Un trabajo que está por encima de la frialdad y la innoble distancia que impone la soberbia, tan cara a los enanos de espíritu.

Advierto asimismo la tensión dramática. Son textos escritos desde el corazón mismo del conflicto que significa estar vivo. Llevan a cuestas la enorme responsabilidad de invocar a la reflexión y al deleite. Pocos escritores pueden aspirar a este peldaño de la escalera literaria. Gabriela Torres, sí.

Sin embargo, no se trata de una tensión calcada del cliché de los manuales. Sino de la filigrana de la palabra. Porque conforme el cuento se lee, crece en el interior del lector una suerte de angustia. No sabe hacia dónde se dirige. Sólo está consciente de que algo se está armando en el tramado de esas líneas. Éste es un recurso de Gabriela. El de cautivar por medio de situaciones que de pronto rayan en la fantasía.

Estructura y estilo, trauma y trama son vectores que apuntan hacia un mismo punto: conmover al lector.

Veamos. Soy de los pocos que aún cree que la literatura debe conmover. Más allá del pelotón de fusilamiento de las palabras formadas en fila, de que esas palabras deben asombrarnos por su sonoridad, su cadencia, su propuesta semántica, me seduce la emoción. El inmenso Dostoievsky solía decir a los prospectos de escritores: “Primero sufra, luego escriba”. Yo me atrevería a decir que Gabriela Torres está empapada de experiencias humanas que le urge contar.

Dije líneas atrás que la conozco desde hace cierto tiempo. Lo cual me honra. Sé que coordina talleres de creación literaria —llegué tarde a la repartición de canonjías, pero me habría encantado ser su alumno, dicho sea esto con todo respeto—, sé que tiene voz en la radiodifusión, sé que ama los perros. Quien converse con ella. Quien conversa con ella, sabe que le espera un menú de temas fecundo y variado.
Para terminar, he seleccionado un solo cuento que ahora mismo me propongo comentar. Lleva el título de “Composta”. Y a mi modo de ver me parece una pieza de artilugio notable. Una maquinaria que va modificándose delante de nosotros. El personaje protagónico masculino se transforma conforme el tiempo de la narración transcurre. Y uno como lector lo celebra. Porque uno también está atravesando cambios que provocan esa difícil mudanza, por la que tanto apostaba Henry James.
En fin. Sólo me resta desearle los mejores parabienes a Gabriela Torres. Se lo merece. Y ya que la noche ha avanzado, lo que sigue es beber.
Gracias.

Nota: Texto leído en la presentación del libro Prisioneros de Gabriela Torres (edit. Lectórum) el 20 de febrero en Guadalajara, Jal.

Nuevos textos de los lunes

Lo que fue es. Y es porque fue.

Tantas cosas. Me quedo estacionado en una calle solitaria de Tlalpan. La busco con denuedo. Antes era tan fácil. Y cuando digo antes no voy más allá de 35, 40 años. Había muchos menos miedos. La gente no andaba de aquí para allá con su mochila al hombro. Simple y llanamente se las ingeniaba para llevar sus cosas. Cada quien fumaba donde se le daba su regalada gana. Que podía ser en la sala de espera de un consultorio, en un elevador o en el atrio de una iglesia. Cuando se aproximaba la esquina donde esa persona habría de apearse, jalaba un cordón. Y el camión —Peralvillo-Cozumel, Peralvillo-Nonoalco— se detenía. Nadie hablaba de asaltos, aunque en la Olivar del Conde la pandilla de Los Panchitos (¡qué nombre!) hacía de las suyas. Se oía el radio en aquellas estaciones —Radio Mil, Radio Éxitos, Radio Capital— que hacían sentirse enamorados a los escuchas. Los gambusinos de historias preferían RCN o la XEW —Porfirio Cadena, el Ojo de Vidrio, Chucho el Roto, Kalimán. Los hombres le iban al Guadalajara. Los mariconcitos al América. Cuando alguien salía del país significaba que tenía resueltos sus próximos 50 años. Las palabras colesterol, diabetes, triglicéridos e hipertensión no existían en la cotidianidad. Nadie las conocía. Ni los médicos. Nadie tenía toneladas de dinero para hacerse una química sanguínea. Todo mundo tenía erección. Las parejas se besaban en los automóviles. —bajo la sombra, si era de día; o bien escondiditos, si era de noche. Nadie telefoneaba al extranjero, porque era muy caro. Los hombres no usaban cartera en la adolescencia. Y algunos fingían ser adultos en los restaurantes. Se le besaba la mano al padre, al padrino y al abuelo, y sólo los nerds usaban gafas. Se despreciaba a los gordos —todavía—, y las mujeres no se esmeraban más de la cuenta en fingir una belleza de la que carecían. Nadie leía a Octavio Paz. Y por supuesto, todo mundo se sabía cuando menos un chiste. Nadie iba a la Condesa, y mucho menos a Polanco. Aunque cualquiera admiraba un Mustang. Un Barracuda. O un Dart GTS de 320 caballos de fuerza. Los celulares no pertenecían ni a la ciencia ficción, y todos sabían dónde quedaba la caseta telefónica más próxima. Era de ley robarle unos traguitos de whisky a la botella del progenitor. Las güeras eclipsaban a las morenas. Y quien tenía una novia güera provocaba la envidia en todos los que lo rodeaban. Se aprendía a manejar de muy chamaco. Con el solo propósito de presumir. Porque nadie entre los jóvenes tenía coche. Todos se sabían el nombre de los miembros del gabinete. Porque en seis años no cambiaban. Se les identificaba hasta por su fotografía. Había un día del agente de tránsito. A los de crucero, les llovían regalos. Hasta refrigeradores. Los soldados no provocaban miedo, sino respeto. Como los bomberos y los policías. Enrique Guzmán era un ídolo. Aunque menos que Raphael. César Costa tenía una colección de suéteres. Los Teen Tops, los Locos del Rirmo, los Hooligans, los Hermanos Carrión se escuchaban a todas horas. La gente iba al centro a cualquier hora de la noche, sin temor a sufrir asaltos. En diciembre llovían las tarjetas postales de Navidad. Los carteros no se daban abasto. Los niños creían en Santa Clos y en los Santos Reyes. El cielo se cubría de globos con cartas en el extremo de la cuerda. Los chicos de la casa se cogían a las criadas. Las enfermedades venéreas iban de un punto al otro de este país. Que destilaba pureza.

Texto de los jueves

Música
Un trío

Para Amalia

Dejó la partitura del trío en el atril del piano. Le atraía ese género. A su esposa Obdulia también. Por eso había emprendido su elaboración. Quería darle gusto en todo. Desde que la había conocido en una plaza pública. Aquel día de lluvia. Con las calles enlodadas. La vio caminar descalza. No resistió la curiosidad, se aproximó y respetuosamente, muy respetuosamente, le preguntó la razón por la que no usaba zapatos. Porque nada más tengo un par, y no puedo llegar con el calzado sucio a mi trabajo. Soy maestra. Con eso le había bastado. Le pidió permiso para formalizar su encuentro. Ella lo miró y le sonrió. Con lo que daba por sentado que lo esperaría. Fue la primera de muchas visitas. Hasta llevarla a los pies de Jesucristo. Pero aquella vez, lo primero que hizo fue presentarse ante los progenitores de la joven. Lo invitaron a sentarse en una sala que se veía tan antigua como perteneciente a un museo de muebles. Cuando el padre le preguntó a qué se dedicaba y él respondió que a la música, le señaló el piano vertical. Joaquín Turina se puso de pie y se dirigió al instrumento. Sus 23 años hablarían por él. Pasó entonces de Beethoven a Chopin. Y enseguida tocó sus propias composiciones. El padre de Obdulia gritó bravo, bravo. Cada grito acompañado de una sonora palmada. Pero a Joaquín Turina no le interesaba la reacción del hombre sino la de su hija. Se volvió a mirarla. Vio aquellos ojos con los que ya soñaba, los vio anegados de lágrimas. Y supo que eran por él. Y para él. Se sintió doblemente orgulloso. Había encontrado el amor de su vida. Como hombre y como músico.

Casi le había escrito la palabra fin a la partitura. Llevaba tres, ahora el cuarto trío que le había brotado desde sus mismas venas. Había esperado más tiempo del prudente para componer la obra y dedicársela. Pero ésas eran cosas que decidía la vida; no él. Escuchó los gritos de sus hijos jugando en el patio. La verdad es que cada vez lo fastidiaban menos. Pero más que otra cosa porque habían crecido, y los juegos casi habían desaparecido. Quizás por eso. Escanció un coñac de la licorera. ¿De verdad Obdulia lo seguía amando como desde un principio? Reparó en que se estaba convirtiendo en otro hombre. Su música era cada vez más aclamada. Tenía el éxito del público y de la crítica. La pasión la vaciaba en su música. Pero no nada más ahí.

También en Aline. ¿Cómo se había enredado con ella? ¿Cuándo? Lo ignoraba. La buscaba en cada concierto. Terminaba, y lo primero que hacía era rastrear aquellos ojos, aquellos labios, aquella naricita respingona. Hasta dar con ella. En ese momento respiraba aliviado. Tendría una noche de amor plena. No tendría que justificarse con Obdulia. No sólo porque ella no iba más a sus conciertos. Simple y llanamente le diría que la fiesta se había armado en la casa de Modesto Olivares, el violín concertino de la Sinfónica de Madrid. Y que, como siempre, había decidido pasar la noche ahí.

Sin embargo, se encontraba en una disyuntiva. De un lado, cada minuto de su tiempo anhelaba pasarlo al lado de Aline. Le bastaba con mirarla desnudarse frente al espejo. De un talle soberbio, con la punta de sus senos mirando al cielo, los muslos delgados y musculosos. Una mata áurea de pelo en el pubis. Muy a su pesar se lo confesaba: ésa era una mujer. Y era suya. ¿Cómo su esposa?

Su esposa…

Más que nunca se sentía obligado con ella. De jóvenes se habían entregado por completo. Quizás por eso toda su música la componía para ella. Sobre todo su música de cámara. Que él veía como un río que brotaba de sí mismo. La amaba pero no como la había amado en su juventud. Ahora era un amor producto de la reflexión.

Obdulia entró a su estudio con un juego de té. “Es la hora de tu estimulante, cariño”. Y se volvió a mirarlo. Con una sonrisa tan dulce como aburrida. Tuvo la intención de darle un beso. Pero prefirió guardarlo para Aline.

Nuevos textos de los lunes

1) Prefiero cambiar de mujer que de trago.

2) En la escala social, quien se lleva la crítica punzocortante no es quien está hasta abajo sino hasta arriba. Porque llegar hasta abajo cuesta esfuerzo. Todo el mundo lo sabe. Y entre más abajo, más se desparrama el respeto. Y entre más arriba, el respeto se resbala hasta filtrarse en las alcantarillas.

3) Cada trago de whisky que consumo me aproxima a Armando Manzanero. Cuando llego a mi estudio luego de una jornada ardua, abro mi botella de JB —Johannes Brahms— y escancio una buena dosis. Doy el trago y siento que mi cuerpo se fortalece. Alguna vez conocí la casa de Armando Manzanero —en Altavista—; la de Johannes Brahms jamás. Regreso. Escucho a Brahms —lo que sea, pero podríamos empezar por su trío en Do mayor—y al calor de ese whisky mi espíritu se colma. Mi trabajo es proporcionarle quietud a mi alma. Adiós a las mujeres. Mi alma quiere paz. No violencia. Prefiero vivir sumergido en el alcohol que en la pasión devastadora. En Brahms que en Schumann.

4) La mujer no me trae más que insatisfacciones. La mujer no cuenta en mi acervo de la experiencia. Porque es un ser impensado. Nunca actúa de la misma manera. Es tan imprevisible como la carrera de un tigre.

5) Los lunes doy mi clase de apreciación musical en el Centro Cultural Elena Garro. Soy tan feliz hablando de música. Es lo que vine a hacer a este mundo. Todo lo demás me resulta irrelevante. Mis clases de creación literaria en los reclusorios de la ciudad de México me entusiasman tanto como colgar la ropa mojada en la azotea. Sólo tengo oídos para mí si es a través del arte del sonido.

6) Tiro el dinero a lo imbécil. Lo poco que tengo. Que no es mucho. Pero me alcanza para tirarlo. Cada peso va a dar a la osamenta de mi corazón. Disfruto más el dinero que se me va de las manos que el que ahorro. Que no ahorro cinco centavos. Sólo los débiles ahorran. Es mejor vivir al día. Siempre habrá alguien que te saque del agujero. Siempre habrá alguien que se apiade de ti y te tienda su putrefacta mano. Provocar lástima tiene más mérito que causar arrobo o admiración.

7) Todos estamos en las últimas; pero yo lo tengo claro.

8) Soñé que hoy conocía a una mujer.

9) Platico con el cantinero de Xocongo. Mi amigo Ángel Romero. Paso a saludarlo luego de mi clase en la Sogem. Me tiene una paciencia enorme. Hablamos de Pessoa. De José Revueltas. De Octavio Paz. Coincidimos en unas cosas, y en otras divergimos. He conocido a tantos cantineros. A tantos interlocutores. Pero este hombre tiene algo especial. Como en mi clase del Reclusorio Oriente. Un alumno levanta la mano y me dice “Schubert era un prodigio”. Su apreciación me conmueve. Le pregunto por qué, y él prosigue: “Porque se dice que escribía su música en las servilletas”.

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