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Antología de la tristeza

¿Por qué una antología de la tristeza?

Fue el nombre que se me ocurrió para el curso que estoy impartiendo de apreciación musical (y literaria) en la Fonoteca Nacional. Recién arrancamos, el pasado jueves 14 de mayo. Pero regreso al punto de partida. Leo entonces lo que escribí para los participantes.

Para mí, la tristeza tiene que ver con muchas cosas. Cuando menos tres:

1) Soy el individuo más apático en lo que a la conciencia ecológica se refiere. Por ejemplo, nunca me ha importado el desperdicio del agua, la tala de bosques, la abundancia de especies en peligro de extinción. Pero algo sí me provoca escozor: el cambio climático, porque eso no lo puede uno cambiar. Una amiga —muy clavada en estos temas—, me dijo: nosotros los humanos estamos provocando estos cambios. Antes los hombres sabían leer las nubes. El advenimiento de las lluvias era claro para ellos. Ahora todo eso es historia muerta. A nadie le importa. Te despiertas con sol, al medio día está lloviendo y en la noche hace un frío del carajo —por supuesto me invadió una sensación de tristeza.

2) El índice de la violencia en nuestro país. En todos lados. De punta a punta. Baste con un ejemplo: Jalisco ha dejado de ser aquel terruño donde los hombres se mataban entre sí por una situación de honor (mi tío Heriberto Ruvalcaba se llevó una docena a la tumba). Ahora las parcelas jaliscienses pertenecen al crimen organizado. Los miembros de la corporación portan armas de alto poder —con las cuales derriban helicópteros federales— de fabricación rusa. Una pregunta me atormenta: ¿Hacia dónde va México? Lo ignoro. Pero en mí genera una tristeza que crece como un salpullido.

3) Mi tristeza personal. Todos los hombres somos tristes. Lo sé. Pero —en mi caso— la tristeza permanece soterrada, hasta que —en mi caso, insisto— me acomete un estímulo que doblega mis ojos. Por regla general, este estímulo viene apuntalado por la música, o la literatura. O la nostalgia de haber vivido. La música me lleva hasta los recovecos más profundos de mi ser. Donde no hay más allá. Por ejemplo. Escucho los fragmentos chopinianos —acaso los preludios, los estudios, los nocturnos conformen una esfericidad inequívoca—, y ni siquiera puedo tragar saliva. O los quintetos con dos violas de Mozart. O los cuartetos centrales de Beethoven. O sus sonatas para piano. O las sinfonías de Brahms. O el segundo y el tercer concierto para piano de Rachmaninov. O los lieder de Schubert. Escucho esa música, y un estremecimiento me sacude el alma —y yo que quise impregnar el espíritu de una mujer de esa maravilla. Pero no lo logré. Sólo obtuve desprecio empapado en veneno de alacrán. Para mí, la literatura viene en el mismo vagón que la música; sólo que en la parte de atrás. No puedo releer “Patriotismo” de Yukio Mishima; “Una tragedia estival” de Arna Beautemps; el soneto 30 de Shakespeare; las coplas de Jorge Manrique a la memoria de su padre; el poema “Los conjurados” de Borges; o los cuentos “El hijo tonto”, “Lo que sólo uno escucha” o “Dormir en tierra” de José Revueltas. O la novela El guardián entre el centeno de Salinger. No puedo leer nada de esto, sin que me quiebre. Se me han caído los libros de las manos. Por el llanto. Porque esos textos son tsunamis que se impactan en mi corazón y lo dejan irreconocible.

4) Y en cuanto a la nostalgia de haber vivido. Me basta con escuchar la voz de mi madre llamándome para que dejara a mi perro y fuera a comer. Me basta con ver la mano de mi padre encender el switch de su automóvil aquellas veces del paseo a Chapultepec. En fin. Me basta con evocar esos momentos para que mi corazón se detenga.

Cuento

El sexagenario

Era claro que nadie podía competir con él, cuando se trataba de atraer la atención de una mujer. Y no es que fuera particularmente guapo, o seductor. Nunca lo había sido. Más bien era que tenía algo de hostil, de podredumbre, de don nadie. Y eso para no hablar de sus canas. De sus 63 años.

Pero a él le gustaba esa —¿cómo llamarla?— inconformidad. Porque le gustaban las mujeres. Y mucho. Alguna vez se había propuesto escribir un libro de sus amores. Para el caso, había comprado un cuaderno pautado. Simplemente había escrito la llave de sol. Y había pergeñado la palabra Osbelia. Su idea era escribir todo lo que aquel amor de su niñez/ juventud le evocaba. Entusiasmado por el proyecto, enriqueció la lista: Dulce María, Pita, Margarita, Eduviges, Esther, Carmen, Florina, Karen, Ivonne, Luz María, Nancy… Pero se cansó. No se separaba del cuaderno. Pero tampoco avanzaba. Lo ponía a un lado de su copa de whisky —porque era lo que tomaba, religiosamente: una cerveza y dos whiskys— y pasaba las hojas a modo de abanico. Como para refrescarse la cara, y que sobreviniera la energía. Inútilmente. El proyecto se había pulverizado en su cabeza.

Todos los días iba al tugurio. Y todos los días las chicas acudían hasta su mesa presurosas. Algunas querían tocarlo. Darle la mano. Otras se conformaban con mirarlo. Sexagenario, maestro de música —impartía sus clases de piano en su departamento de las calles de Presidentes, a un par de cuadras de la calzada de Tlalpan—, pianista frustrado —su debut y despedida fue en la Sala Ponce, de donde salió derrotado por haber olvidado la partitura; noche que marcó su entrada triunfal al alcoholismo—, compositor en ciernes que nunca supo solfear, cada vez le resultaba más cansado caminar. Subir los dos piaos qu lo conducían hasta su departamento. Llegaba pues arrastrando los pies hasta la mesa que ocupaba habitualmente en aquel tugurio. Fiel a su costumbre, revisaba la cartera antes de cruzar el umbral. No podía darse el lujo de no llevar suficiente dinero y correr el riesgo de que lo corrieran. Sería una vergüenza. Mejor llevarse la fiesta en paz. Pidiendo y pagando, como decía en las paredes del tugurio. Que por cierto, ni nombre tenía.

Aquella vez, llevaba el ánimo entre el cielo y el infierno. Una alumna le había dicho —sin decírselo— que lo amaba. Lo había mirado con una insistencia que a él le había parecido obscena. O espiritual. Ya no distinguía una cosa de la otra. ¿Pero acaso el arte no era obsceno? Franz Liszt, su ídolo, ¿no era feliz poniendo su piano, o, mejor aún, su arte pianístico, al servicio de la condición femenina? Si él lo había hecho, el mayor pianista de todos tiempos, pues entonces significaba que no había nada de malo en ello. Que tan normal era que una alumna se enamorara del maestro, como que el maestro se enamorara de una alumna. Era justo lo que había acontecido. Ése era el cielo. El infierno vendría enseguida.

Porque odiaba la idea de iniciar otra relación. Hasta la palabra le molestaba. Relación, bah. Cada una de las mujeres de la lista significaba una relación. Lo cual equivalía a llevar en las espaldas un rémora maldita. Estaba curado de espantos. A cual más era más insoportable. Más imprevisible. Más destructiva. O bien más insólita. Más inaudita. Concluyó que a eso se debía su soltería. A que nunca se había topado con una mujer verdadera. Alguien que hubiera dado la vida por él. ¿Existía esa mujer?

Abrió su cuaderno pautado. Y decidió escribir a partir de esta joven. Su nombre era Scarlett. Todo podría quedar en un par de párrafos. No tendría más que describirla. ¿Un simple maestro de piano? Estaba por verse. Se puso la armadura en contra de la relación. Y escribió:

Cuento

Bajo el cielo gris

Me paladeo la comida en la fonda de doña Lidia. Trabajo en la Secretaría de Hacienda. Mi jornada es de nueve de la mañana a seis de la tarde, con una hora para comer. Cosa que hago a las dos. Mi centro de trabajo está rodeado de fondas. Las he probado todas. Sin duda, la mejor es la de doña Lidia. El único problema es el cupo. Siempre está lleno. Híper lleno. Así que es de lo más común que un desconocido ocupe un lugar en tu mesa. Luego de musitar un vulgar compermiso, ¿puedo?

Digo que es de lo más común, pero yo aborrezco que eso me pase a mí. Como ayer. Empezaba a comer, cuando escuché la voz de alguien: disculpe, ¿el señor se puede sentar aquí? Preguntó como cualquier cosa. Y como cualquier cosa yo dije sí. ¿Me ayuda, por favor?, pidió el hombre que estaba a punto de sentarse. El otro ya se había ido. Ayudarlo a qué, maldije para mis adentros. Interrumpí mi crema de calabaza y me volví a mirarlo. Diablos. Se trataba de un ciego. No podía creerlo. Pero en efecto iba a sentarse. Nunca lo había visto en los alrededores. Caminando por ahí. Entrando a la Secretaría. O a una fonda. Qué sé yo.

Extendió la mano en un evidente gesto de buscar mi apoyo. De mala gana me puse de pie, lo conduje hasta la silla, y me volví a sentar.

—¿Puede llamar a la mesera?, ¿es mesera verdad, o mesero?

No contesté nada. Pero sí le hice la seña a la mesera de que se aproximara.

Se aproximó. Y le tomó la orden al ciego.

—¿Hay pan? —preguntó. Pero cometió la imprudencia de buscarlo él mismo. Su mano tropezó con la salsera. La viscosa masa roja se regó estrepitosamente embarrando todo alrededor. ¡Carajo!, exclamé yo.

Él se disculpó cien veces. Perdón, perdón, tiré la salsa, ¿verdad? Sí, repliqué. Con un tono de voz muy lejano de la amabilidad. Ya, ya, alcancé a decir.

—Aquí está su sopa de verduras—le dijo la mesera. Indicándole exactamente dónde la había dejado. Apenas se asombró cuando vio la salsa derramada. La limpió enseguida. De muy buen modo.

Él tomó la cuchara y la hundió en la sopa. Dio un gran sorbo. Está rica, sentenció. Mientras un hilillo de caldo resbalaba por sus comisuras.

—Mejor directamente del plato —se dijo a sí mismo.

Entonces, y con sumo cuidado, sacó la cuchara, tomó el plato como si fuera una jícara, y se lo llevó a la boca. Esta vez el sorbo fue estridente. Si con la cuchara se escurrió un hilillo de caldo, ahora su boca semejó un torrente. Me sorprendió su tolerancia a la sopa, que según yo estaba hirviendo.

Los presentes en torno se volteaban a vernos. Algunos se apiadaban. Otros no podían evitar la risa. De pronto, una señora —tan obesa que apenas cabía en su silla— se puso de pie en una mesa vecina. Traía una servilleta en la mano. Se fue acercando como si fuera la estrella de un desfile. Llegó hasta nosotros y le limpió la boca. Me miró con odio.

—Ya, mi niño, ya —le dijo. Quien le agradeció el gesto con palabras empalagosas.

—¿A poco cuesta mucho trabajo hacer esto?, ¿no se da cuenta que este hombre es discapacitado? Pero hay un dios —dijo con un tono de reclamación tan ensordecedor que todo mundo se volvió a mirarme. No podían evitar la ira. Si hubiéramos estado en una plaza de la Nueva España, me habrían quemado vivo.

La señora, moviendo cadenciosamente su gordura, regresó a su mesa. Me dio asco el pollo en chile morita que habitualmente era mi platillo favorito. Parecía que estaba comiendo un estropajo.

—Quiero pollo en chile morita —ordenó el ciego en cuanto la mesera le dio a escoger lo que seguía. Se relamió los labios. Y sonrió.

Música

Así hablaba Strauss

Apenas concluyó la música de Así hablaba Zaratustra, Richard Strauss sumergió el punto de su pluma de ganso en el tintero. La mano le temblaba. Pero ahora lo que tenía delante de sí no era papel pautado sino en blanco, con su nombre a modo de membrete.

La mano —y todo su ser— parecían sufrir un espasmo. Las palabras comenzaron a escurrir. Como gusanos negros.

“Madre amantísima: Me agradaría comprobar que mis esfuerzos por lograr un entendimiento entre mi mujer y mi familia fuesen exitosos. Te aseguro que mi esposa trata sinceramente de corregir sus defectos, defectos que son menores e inofensivos y de los cuales ella tiene plena conciencia. Compruebo con pena que mi padre y tú no procuran comprender las características de su personalidad, ni tratan de perdonarlas. Cuando compruebo que habladurías despreciables bastan para que ustedes hagan atroces acusaciones contra Pauline, tal como lo hicieron esta mañana, anulando así todos mis esfuerzos y los de Pauline para llegar a un entendimiento, entonces me pregunto si no será mejor interrumpir las relaciones entre Pauline y ustedes. Sé que Pauline es grosera, brusca y violenta. Pero en el fondo tiene una personalidad generosa, infantil e ingenua. Aun con la mejor de las voluntades, no podría cambiar rápida y drásticamente su comportamiento. Ese comportamiento no es del agrado de ustedes, pues bien, de ahora en adelante, ella desea evitarles disgustos; aunque en el fondo de su corazón siente afecto y admiración por ustedes. No tengo la menor intención de seguir explicando, sin éxito, cómo es el carácter de mi mujer, si ustedes no se toman el menor trabajo para tratar de conocerla…Tanto Pauline como yo deseamos verlos, queridos padres, felices y tranquilos. Me es muy penoso comprobar que esto no es posible en tanto que la mujer que, luego de meditarlo mucho, he convertido en mi esposa y a la que, a pesar de sus defectos, amo y admiro, les cause irritación y amarguras…”

Cuando escribió la palabra amarguras, un movimiento en falso provocó que el tintero se derramara sobre la carta. A unos milímetros de la partitura de Así hablaba Zaratustra. Trató de salvar el documento, pero fue inútil. No había nada que hacer. Lo embargó un sentimiento desesperado. A todas luces creyó que era un aviso de Jesucristo. “¡Pauline, Pauline!”, gritó. La tinta ya había estropeado por completo la carta. Aunque en su memoria se encontraba incólume. No la había concluido. Pero ahora ignoraba si tendría fuerzas para emprenderla una vez más. En ese momento, Pauline entró visiblemente alarmada. Richard Strauss no era proclive a perder la ecuanimidad. Ni siquiera cuando dirigía las obras de Beethoven o de Wagner, sus favoritos.

—¡Mi amor! ¡Ayúdame a limpiar esto! ¡Mira nada más mis torpezas! Eché a perder la carta que le estaba escribiendo a mi madre.

—¿A tu madre? ¿Para qué le estabas escribiendo a esa mujer?

—Pues para que te acepte. La carta iba dirigida a mi madre, pero igualmente le insistía en que tanto ella como mi padre estaban equivocados en sus juicios respecto de ti.

—¿Estás loco? Me odian. Como todos tus amigos. Como la esposa de Stefan Zweig, como Alma Mahler. La gente no me tolera. La única que me considera es Cósima Wagner. Quizás porque es la esposa de un gigante. ¿Y tú andas mendigando cariño para mí? Por amor de Dios. Qué bueno que echaste a perder esa carta. Ya me imagino todas las sandeces que les habrías dicho. Y para nada. Tus padres son gente que no comprende. Son necios y cerrados a las nuevas ideas. No me comprenden a mí ni comprenden tu música. No los mando al infierno nada más porque soy piadosa.

—Pauline, Pauline, reflexiona en lo que dices. Que si Dios me da licencia, reescribiré esta carta.

—Por encima de mi cadáver —dijo, y salió dando un portazo.

Poesía

Hielos

Hago sonar los hielos.
Aproximo el vaso a mi boca.
Doy el trago, y dejo que el whisky
resbale por mi garganta.
Salvo esta ceremonia,
no pido nada al mundo.

Odio viajar.
Prefiero trasladarme de mi recámara al baño
que ir a París y empaparme de su cultura.
Amo el viaje cuando es hacia dentro.
Porque no necesito moverme de mi sitio.
El alcohol es el transporte
en el cual emprendo ese viaje.
A mis 63 años
tengo dos necesidades:
beber —cuyo costo lo pago con plácemes.
Y escuchar música —que es gratis.
La música cae del cielo
en forma de oleadas crepusculares.
Extiendo la mano y toco jirones de Brahms.

Cada semana me preparo para beber.
Me abstengo de otros gastos
con tal de sentir cómo el whisky
irriga mi sistema nervioso.
Me percato del efecto
cuando a mi memoria vienen los ojos
de un alma en pena,
a mi conciencia las carcajadas de mis amigos,
a mi corazón las melodías de Schubert.

Poesía

Sirviendo y pagando

Todo transcurre en la convocada quietud.
Bebo y miro pasar los cientos
de automóviles sobre la Calzada de Tlalpan.
Del centro al sur.
Estoy entre San Antonio Abad
y Chabacano.
En un sótano.
Un tugurio desde el que apenas
se alcanza a ver la banqueta.
La mesera me trata con un respeto
providencial.
Que ya lo quisiera la mesera
de un Sanborns.
Pido otro whisky.
Mi mesa da a la calle.
Trabajosamente alcanzo a ver
a los transeúntes.
De cada cinco mujeres que pasan
tres son putas.
Algunas se vuelven a mirarme.
Memorizo su rostro.
Por si regresan.
José José suena a mis espaldas.
60 pesos el whisky.
No está mal.

Texto de los lunes

Dos poemas

Las cosas son así

Hay quien todavía cree
en los retratos
que se parecen
a la gente, y en los poemas
sobre la naturaleza.
Generalmente son puntuales
y discretos
no asisten a manifestaciones
de ninguna especie
ni firman desplegado alguno.
Si observas
con cuidado
localizarás
cuando menos uno
por familia.

Entre enemigos

Soy el peor enemigo de mí mismo.
Vivo en el corazón mismo de la decadencia.
Apenas abro los ojos sé que habré de vencerme
para sobrevivir una jornada más.
Acudo al baño y no me atrevo a mirarme a los ojos.
Carezco del valor.
¿Qué he hecho para desayunar una cucharada
de ignominia?
Me orino en los pantalones.
Una camisa me dura hasta una semana.
Mis padres están muertos.
Nadie más que ellos habrían dado la vida por mí.

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