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Mozart 2/8

Escucha un ladrido, y se incorpora
de inmediato.
Sobrevienen entonces
aquellas lamidas en la cara,
cuando recién le habían regalado
a Pimperl, su mascota.
¿Qué nombre le vendría bien?
Su hermana Nannerl
sugirió uno.
Su madre, otro, que apoyó su padre.
Pero el pequeño Mozart
no había estado de acuerdo.
Él quería uno que sonara a música.
Y a eso sonaba Pimperl.
A dos notas
extraídas de ese extraño instrumento musical,
dotado de rabo y cuatro patas.
Lo cargó por encima de él,
y lo llevó a la habitación de sus padres.
Se veía hermoso con el perro a cuestas.
Los dos se veían hermosos.
Llamó a la puerta,
y apenas entró a aquella enorme recámara
su padre le ordenó que se preparara
porque hoy le tocaba bañar a Pimperl.
La sonrisa de Mozart
desapareció al instante.
¿Me puedo bañar con él?
Por supuesto, dijo su padre.
Por supuesto que no, acotó su madre.
Y dos lágrimas escurrieron espontáneamente.
Pero ahí no había nada más que hacer.
Mozart lo sabía:
cuando su madre daba una orden,
nadie protestaba.
Ni su padre Leopold,
que esta vez se limitó a bajar la cabeza.

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Mozart

En la enfermedad.
En la rutina de la existencia cotidiana.
En el dispendio amoroso.
En el núcleo familiar.
En la aplastante soledad,
está Mozart.

En el viaje de la vida diaria,
cuyo fin se avista inexorablemente.
En la naturaleza, que se levanta alrededor nuestro
y que de pronto parece desplomarse.
En el fragor de la lucha por la sobrevivencia,
está Mozart.

Nadie se explica el fenómeno Mozart.
Hay quien lo adjudica a una distracción
de Dios.
Hay quien lo atribuye a una confabulación
fuera del entendimiento.
Como un hoyo negro sideral.

Como las palabras de Homero.
Como los colores del Sanzio,
Mozart nos permite remontar el día de mañana.
Paliar nuestro desconsuelo.
Atisbar el alivio.
—mientras nos quede una sinfonía por oír,
tenemos un día más de vida.
Garantizado.

Nada más fácil de escuchar.
Es el principio mismo de la naturalidad
en la música.
Su torrente sonoro semeja el viento y la lluvia.
Se le escucha y nos investimos de esperanza.
Pues donde hay armonía con el mundo
está Mozart.

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Lo peor

Lo peor que le puede pasar a un hombre es que se enamore.
Todas las cosas cambian de perspectiva.
Su entendimiento lo utiliza como jerga
para la entrada de casa.
Aun en las cosas más insulsas encuentra la gracia
que diferencia a los hombres de los animales.
Respeta a los que apenas ayer aborrecía.
Y se carcajea de sus ocurrencias con la risa
que distingue al discapacitado cerebral.
Le pide a Dios que la noche no sobrevenga,
porque ella se ocultará en el limbo de los sueños.
Y cuando por fin su cerebro empieza a perderse
en el perímetro del duermevela,
se despide de ella empapado de sudor.
Se promete verla al día siguiente.
No se le quita de encima
la idea de que amanecerá con aquella imagen
en su cerebro.
Quién quita.
Dios premia a los fracasados
sedientos de esperanza.

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En torno al padre

1) Si cuando menos el hijo tratara al padre como al peor amigo.

2) El padre resiste; está hecho para eso. Primero se forjó como hijo. Maltratar a la madre resultaba demasiado arduo. Cuesta arriba. Pero en cambio, el hijo advirtió que el padre resistía los más duros embates. Hombre al fin, estaba hecho para lamer la yunta. De la madre no necesitaba más que ternura, una sonrisa de vez en cuando y unos cuantos besos.

3) Una vez que el hijo se torna progenitor, vienen a su mente las vicisitudes —los dolores, sería más apropiado decir— que le hizo pasar a su padre. Cuando esto acaece, significa que ya está preparado para resistir las mismas embestidas, y más fuertes aún.

4) Llega un momento en que el padre ruega por que su hijo despliegue las alas y remonte el vuelo. Aunque cada vez que lo piensa se arrepiente. Porque ante el ataque filial, recuerda a aquel pequeño que se le trepaba a la espalda y que a cuestas lo llevara a recorrer el mundo en miniatura.

5) Ante la inclemencia del hijo, el progenitor sabe que ahí está la verdadera medida de las cosas. Aunque se merezca la paz que dan los años —si es que se lo merece—, ésta no sobrevendrá jamás. Tal vez por eso, tal vez porque querían gozar de la sublime serenidad que da el saber que se está en el camino correcto, los grandes de espíritu no tuvieron hijos. Con tres ejemplos basta: Jesucristo, Beethoven y Brahms.

6) Infortunado el progenitor que se asume como ejemplo de tenacidad, de honradez, de trabajo. En la carcajada siniestra de su hijo, debe adivinar lo que opina de esa conducta irreprochable el único hombre que de veras le importa.

7) No hay padre que se cobre los desplantes de su hijo hacia él. En el fondo se arredra. Porque no está hecho para educar sino para soportar —nadie está hecho para soportar. Así hizo su padre con él. Me lo merezco, se decía al momento de conciliar el sueño. Todas las noches.

8) Ser padre significa una escalada de temores, cuando no de congojas. ¿Soy hijo de mi padre?, hay quien se pregunta con justa razón. ¿Soy padre de mi hijo?, hay quien se pregunta. Desde luego y también con justa razón.

9) Cuando un padre ve en su hijo determinada señal de herencia suya —el color de los ojos, la forma de la nariz, la caía del pelo—, lo que estará viendo será una réplica manipulada por él mismo, por su propia imaginación.

10) Finalmente termina por desaparecer el vínculo más fuerte que une a un padre con su hijo: el juego. Todo lo que significa la relación entre dos hombres —las luchas, la cascarita, los aventones, las vencidas— termina yéndose por el caño. La vejez paterna más la adolescencia que avanza soberbia y adusta, acaban por cancelar cualquier posibilidad de reconciliación.

11) Cada uno contribuye a sepultar aquel lazo lúdico: el hijo con sus nuevas amistades, sus adicciones, su desprecio por cualquier forma que huela a tradición; el padre con su cada vez más ostensible ostracismo, con el agotamiento que viene arrastrando, con sus enfermedades agolpadas, con su alcoholismo. Por cierto, las redes sociales ponen su granito de arena en este distanciamiento.

12) Bajo la óptica del hijo, un padre comete un error tras otro. Aunque no contempla que el primer error de su progenitor fue engendrarlo a él.

13) Aunque a decir verdad, y vistas las cosas desde el extremo opuesto, no hay padre que no se merezca la guillotina de su hijo. No hay padre que pueda tirar la primera piedra. Absolutamente todos cometen los mismos, terribles, nefandos, salvajes errores. Todo eso se paga. Si se piensa que traer al mundo a ese vástago fue el primer error, los subsecuentes caen por su propio peso. Porque el padre es irracional —bajo el pretexto de estarle haciendo el paro a su hijo, permite que las cosas se salgan de control—, es egoísta —si él salió del paso por sí mismo, que su hijo lo haga también—, es endémico intelectualmente hablando —no privan más que sus puntos de vista, y menos admite discrepancia o discusión alguna—, es veleidoso —su humor cambia según las copas que traiga entre pecho y espalda—, y, peor aún, es innoble —quien es así, se empeña en no ver en su hijo las virtudes que va generando aquel ser. Que necesariamente han ido cambiando al paso del tiempo. Y por último, es avaro. Siempre trae en la cartera el dinero que bien comparte con sus amigos o su amante, pero no con su hijo. En el fondo piensa: que se lo gane. ¿O no me costó el sudor de mi frente? Ahí se acaba la moral de este hombre. Ahí principia su doble moral.

14) Dichosos los hombres que no tienen que probarse como padres de hijos varones

Cuento

Me gusta que los hombres me miren

Para una personita

Si ustedes hubieran conocido a mi madre, habrían visto un dejo de ira en sus ojos. Era como si hubiera traído un hacha en la frente. Porque siempre odió que los hombres se le quedaran viendo. Ése era el motivo. Y eso nunca lo pudo soportar, ni al final de su vida. Le producía un escozor terrible. Cuando entrábamos a un restaurante —porque eso sí, le encantaba ir a restaurantes—-, comenzaba su sufrimiento. Porque era muy bonita, extremadamente guapa, y siempre había un hombre que se le quedaba viendo. “Ya van a empezar”, me decía. “¿Cómo puede una mujer decente deshacerse de esta monserga? Es tan molesto soportar este tipo de hombres”, reclamaba. Y todo hacía, menos levantar sus ojos de la sopa. Yo me preguntaba: si ir a un restaurante le producía urticaria, ¿por qué ir a la fuerza? Si para ella representaba algo tan insoportable, ¿por qué someterse? Hasta que un día la puse, según yo, contra la pared: mami, ¿cómo le hiciste para que mi papá se te acercara? Sobre eso no quiero hablar, me respondió. Tú sabes bien que tu padre y yo nos casamos por las tres leyes, pero ni a él le admitía que me viera con ojos de deseo. Para eso existen las putas. Le decía a tu padre. Vete a mirarlas a la calle. A los hombres hay que ponerles un freno. Como lo manda la santa iglesia católica. Si nosotras no educamos a los hombres, ¿quién se va a encargar? Tú eres mujer, y ya tienes que haber sentido en carne propia el peso abrumador del machismo. Hay que ponerles un freno, de lo contrario la bestia que traen los hombres se sale de su jaula. Porque el brillo maldito y degenerado de la bestia está en todo lo que hace un macho: te mira cómo te subes a un coche, te mira cómo te bajas, te mira cómo te sientas. Los machos son tan monstruosos que te desnudan con la mirada. O con las palabras. Con los piropos. Que son vulgaridades para que la mujer caiga. Atraída por la obscenidad. Yo sé por qué lo digo. Yo sé mi cuento. Mira tú, ¿no te has fijado en el metro cómo te miran, con qué lascivia, con qué lujuria, sólo porque te vas pintando los ojos o la boca? Son horribles. Dime tú, ¿qué pensarías de una mujer que le gusta que le vean los calzones? ¿Te parece correcto? ¿Dirías que es una mujer decente? ¿Dirías que es una mujer que se da su lugar? ¿Verdad que no? Es una cualquiera. La mujer decente siempre es decente. Eso es la ley. La ley de Dios. Aquella mujer que se siente honrada. Dueña de su cuerpo. Inmaculada —que quiere decir sin mancha, ya lo sabes. Consigue marido con enorme facilidad. O tú dime: ¿a quién crees que prefiera un hombre: a una mujer fácil, o a una mujer que se da a desear? ¿Por qué crees que han disminuido tanto los matrimonios?¿Por qué crees que a los hombres cada vez les atraen menos las mujeres? Por facilotas. Porque ya el hombre no tiene que conquistar nada. La mujer está ahí, como la fruta del mercado. Enseña todo para que se antoje. Sobre todo a los machos. Para que los hombres la deseen. Ya la mujer no es como antes. Ya no es espiritual. Ya no va a la iglesia. Ya no reza. Ya no se persigna. Yo sé que tú no eres así. Ni yo tampoco lo fui. Nunca. Para mí no había nada más importante que encomendarme a Dios en las mañanas. Y por las noches agradecerle que nadie me había visto con ojos de demonio. Bueno, ni siquiera que nadie me había visto las piernas o los pechos. Así fuera disimuladamente. Porque ya te lo dije: enséñales un poquito a los machos, y les sale la bestia. Se ponen como locos. Bájate el escote tantitito y vas a ver cómo se ponen. Entonces sí. Te prometen todo. Son unos hipócritas. A cambio de un poquititito te bajan las perlas de la virgen. Tramposos. Tú como mujer te la pasas tapándote, y ellos como hombres se la pasan destapándote. Por fortuna no todos. Gracias a Dios.

—A mí sí me gusta que me vean, mamá. Me encanta. La sensación es riquísima. Siempre me gustó. Y a ellos también.

Poema

Me exprimió y la exprimí

Fueron seis años
de una fuerza contra la otra.
No he amado a ninguna otra
mujer como a ella.
Ni ella ha amado a ningún otro
hombre como a mí.
Me lo dijo. Y se lo dije.
Cada correo. Cada llamada.
Era un duelo.
Cada encuentro. Cada beso.
Cada acostón.
Cada golpe —¿tenía que decirlo?
Era un camino hacia el infierno.
Vivíamos atenidos al desafío.
El trago dictaba la medida.
Hicimos cosas indecibles.
Ni siquiera aptas para confesarse
entre líneas.
Nos juramos amor eterno.
Ahora cada quien sigue su camino.
Como dos personas estúpidamente
civilizadas.

Adrenalina

La capacidad de asombro

Para Bárbara

Hasta el día de ayer —miércoles 13 de abril—, consideraba irremisiblemente perdida mi capacidad de asombro. Una virtud que me ha acompañado a lo largo de mis 64 años de vida. No exagero cuando digo esto. Pues desde que era un chiquillo de meses, mis sentidos —en particular el del oído y la vista— vivían pendientes de todo lo que me rodeaba. Aun cargado por mis progenitores, cualquier estímulo me llamaba poderosamente la atención. Espero no sonar demasiado arrogante, pero el mundo estaba hecho a mi medida. Y en esa misma proporción, lo acomodaba al tamaño de mis manos. Le quitaba cosas. Le añadía cosas. Aún no tenía la capacidad de nombrar. O de nombrar el universo que me rodeaba, pero me bastaban sonidos guturales salidos de mi garganta para decir esto es esto, y esto otro es aquello.

Así crecí. Mis sentidos se convirtieron en una especie de tamiz por donde se filtraba el mundo que me rodeaba. Yo iba separando lo que consideraba lo mío. Y me atrevería a decir que tiene que ver con el placer. Pues el tacto, el gusto y el olfato —tan preciados para muchos— permanecían excluidos de mis intereses ontológicos. En cambio allí estaban el oído y la vista. Que se transformaron en la piedra de toque de mi existencia cotidiana. Gracias al cielo esos sentidos eran mis esclavos. La música era el incentivo cardinal. Como si hubiese venido al mundo a ponerme a prueba a través de mi sentido del oído, a través de mis tímpanos filtraba lo que para mí sería la belleza del alma. Era yo un niño de cinco años, cuando ya discernía la gran música de toda esa masa enfermiza y atrofiada. Mi espíritu se complacía en distinguir las armonías juguetonas de Mozart, las severas de Beethoven, las encantadoras de Brahms. No me resultaba nada difícil. Al punto que de pronto le pedía a mi madre que me tocara alguna melodía de cualquiera de estos maestros. Mi madre se sentaba al piano, y yo me complacía como una mascota cuando le arrojan un hueso. Paso a paso, el oído se fue convirtiendo en mi modo de relacionarme con el mundo. Ni idea tenía yo de que a la vez iba depurando mi sentido del gusto. Al punto de que no tardé mucho en ser un verdadero intolerante. Sobre todo en mi adolescencia, cuando no admitía yo réplica alguna a mis preferencias musicales. ¿Por qué no fuiste músico?, solían ponerme contra la pared. Y yo respondía inequívocamente lo mismo: porque mi papá no tiene paciencia para enseñarme, y yo quiero que me enseñe él o nadie. Así que mis manos sobre el teclado —porque también intenté ser pianista— tocaban lo que estaba escrito. Y hasta ahí.

Pero mi otro sentido que me permitiría ver las cosas a través del ejercicio del asombro, fue, ya lo dije, el de la vista. Pero no se piense que por el adiestramiento en separar lo bello de lo cursi. En admirar los pintores del Renacimiento —que tanto le gustaban a mi madre—, en inventariar a los artistas emanados del impresionismo, sino porque a través de la vista descubrí el mundo íntimo de la mujer. Ahí estaba. Todo para mí. Para que mi vista recorriera las piernas femeninas, los ojos con sabor a mujer.

Así tenía mi mundo construido. El oído y la vista. Cosa de ejercitarlos todos los días. Hasta que de pronto se atascaron en el pantano de la vida diaria. De la decepción amorosa. De la frustración sincopada. Ya rayaba yo en mis sesenta años, cuando me percaté de mi estulticia cerebral. Y así hubiera seguido, de no haber estrechado el corazón de una joven que al momento de darme por vez primera la mano —luego de haber impartido la materia de Cuento III, en el plantel Cuautepec de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México—, me preguntó: ¿Usted es el hijo del maestro Higinio Ruvalcaba?

Extraje fuerzas y le respondí lo único que vino a mi cabeza: —Sí.

“Ésta sabe de música”, me dije. Y un torrente de sonidos perfectamente articulados vino a mi cabeza. Me sentí imbuido de vida. Por fin podría descargar en un alma bella y afín mi amor por la música. Y por la vista.

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