Cuento

Servicio de taxis

Desde que le hacía la parada a un taxi, Gabriel comenzaba a relamerse los labios. Apenas se subía, miraba al taxista sin despegarle los ojos. Si era viejo o feo, en la siguiente esquina le ordenaba que se detuviera. Y furioso abandonaba el vehículo. Una vez tras otra podía repetir la prueba, hasta que se sentía satisfecho. A partir de ahí sobrevenía el Gabriel simpático y carismático.

Qué hábil era para entablar conversación. No había quien se le resistiera. Menos un taxista. Hablaba, preguntaba, inquiría. Que si había tenido una buena jornada de trabajo, que si el tráfico estaba resultando demasiado arduo, que si no se le había descompuesto el auto… Inmediatamente se presentaba. Decía su nombre y su profesión. El taxista respondía con una sonrisa forzada.

Por fin llegaba a su destino. La casa de él. Es decir, su departamento. Pues vivía en el tercer piso de un edificio elegante. A todas luces, de renta y mantenimiento elevados.
Entonces escurrían de sus labios aquellas palabras que sopesaba en el alma: ¿No gusta una copa? Permítame invitársela. Tengo lo que se le ocurra —¿lo puedo tutear?—: tequila, mezcal, vodka, whisky, brandy… La verdad lo que se te antoje. ¿Qué son cinco minutos?
De cada diez taxistas, uno accedía. Cuando decían bueno, una es ninguna, Gabriel se ruborizaba. ¡Un hombre en su casa! Caminaba de puntitas hasta la puerta de su departamento. Siempre delante del taxista, como para que su trasero pudiera ser admirado. Abría la puerta, y le hacía el gesto al taxista de que finalmente podía pasar.
De ahí en adelante todo era cortesía y sonrisa afectada. Le indicaba que se sentara en el sillón más cómodo de su sala de piel, y en el acto ponía música. Generalmente Enya o Celine Dion. ¿Y qué bebida se le antoja? O: ¿Y qué bebida se te antoja? El taxista se le quedaba mirando absorto. Asombrado de tanta atención. Pedía su trago. Y Gabriel lo atendía de inmediato.

—Espérame un segundo —suplicaba, y en efecto se desaparecía unos cuantos minutos. Salía transformado de su habitación. Vestido de bata y pantuflas. Sin más prenda. Corría hasta su pequeño bar, se servía su trago —generalmente un etiqueta negra—, y se sentaba enfrente del taxista. Con las piernas cruzadas.

Ahora más que nunca se esmeraba en su simpatía. Hablaba con gran desparpajo de cualquier tema. Pero por dentro se burlaba de su interlocutor. Sabía que lo estaba deslumbrando. Como una serpiente a su víctima. Y que realmente se necesitaba de muy poco para deslumbrar a un hombre ignorante. Aunque calculaba con exactitud geométrica hasta dónde era posible llegar. Para no provocar la ira de aquel hombre. Peligroso, sin lugar a dudas. O cuando menos así lo veía él. Porque todos los provenientes de las clases populares, para él eran poco menos que maleantes sueltos. Pero como fuera, aquellos cinco minutos de ensueño —que al final eran treinta, cuarenta— se pulverizaban. Y se quedaba solo. Una vez más. Como cada noche. A expensas de su soledad.

La verdadera experiencia vino cuando solicitó el servicio Uber. Sus amigos le habían hablado mucho de él. Que era lo más seguro del mundo. Que se pagaba con tarjeta. Que no importaba la hora que se le solicitara. Y que encima no era más caro que cualquier sitio. Por eso y porque quería vivir algo nuevo, se inscribió. Hasta nervioso se puso cuando solicitó un auto en su celular. Lo esperaría en el restaurante El Convento, en Coyoacán. A las seis en punto. Y en efecto, el mesero acudió a esa hora a decirle que su taxi había llegado. Pagó la cuenta con su tarjeta Platinum, y se dispuso a abordar el vehículo. Se asombró de la disposición del conductor. No solamente era joven, sino bien vestido, y bien parecido. Desde luego magníficamente educado. Nada que ver con los choferes de los taxis que estaba acostumbrado a solicitar. Así fueran de sitio. El empleado de Uber le ofreció una botella de agua, además de que le suplicó que le dijera qué música quería oír en el trayecto. Se sintió apabullado. Si el que conquistaba era él. Pero en fin. Le indicó el domicilio, y el auto llegó en un tiempo récord. Ni siquiera tuvo que guiarlo. Simple y llanamente, el conductor —de nombre Israel— se dejaba llevar de la mano por su GPS.

Por fin llegaron. Hizo su invitación. Pero Israel se negó a aceptarla. Alegó que lo tenía estrictamente prohibido. Que lo podían despedir. Pero ante la insistencia del pasajero, cedió. Una nada más y me voy.

Y subió. Cuando Gabriel salió del baño vestido de bata y pantuflas, Israel se había marchado. El hombre leyó en el espejo, con letras escritas en rojo escarlata: Váyase a chingar a su madre. Viejo puto y miserable. Ojalá se muera.

Gabriel se echó a llorar.

Cuento

DOÑA FELIPA

Ese día decidí levantarme temprano, y abrir el negocio a las ocho de la mañana. Dos horas antes de lo acostumbrado. Se dice fácil pero no lo es. Tuve que poner el despertador a las seis en punto. Como vivo solo, abrir los ojos me cuesta uno y la mitad del otro. Luego vino la faena de bañarme. Con el chorrito de agua que sale de la regadera apenas alcanzo a enjuagarme. Enseguida prepararme un par de huevos estrellados —que canto victoria cuando no se revientan. Y por último, encaminarme a mi negocio —que a buen paso hago más de una hora.

Trabajo en el mercado Isidro Fabela del barrio de Carrasco, en la delegación Tlalpan. Mi negocio es un local de ropa usada. Hay de todo. Para todos los gustos. Lo mismo para el caballero que para el niño. Para la dama que para la niña. Ropa seminueva. Pantalones, vestidos, chamarras, camisas…

Pues unos cuantos minutos antes de las ocho ya estaba yo levantando la cortina. Entonces me llamó la atención una suerte de quejido lastimoso. Era doña Felipa, la dueña y cocinera del puesto de comida que está enfrente del mío. “¡Ay, Jesusito de mi corazón, mira nomás cómo vienes! Tan temprano y ya estás tomado”, le increpaba. Todos los escasos peatones que pasaban por ahí se volvían a verla a ella, y enseguida al tal Jesusito.

Que era su hijo.

Un muchachote de 15 o 16 años, tan alto y flaco como el mástil de un barco, y desgarbado como una jirafa. Su mala fama iba de boca en boca entre los locatarios. Se le conocía por su violencia y sus adicciones —alcohol y mariguana, para empezar. Era apenas un adolescente, y las chicas del barrio se echaban a correr cuando lo veían a lo lejos, a la hora que fuera. Para nadie era un secreto que los de seguridad del mercado lo tenían amenazado —más bien a la que tenían amenazada era a doña Felipa. Se le sabían delitos menores, como su afición al robo de cuanta mercancía le salía al paso, así fuera una manzana —que en un mercado una manzana es más cotizada que una cartera.

—¡Mira cómo vienes, hijito! Y no son ni las ocho de la mañana.

—¡Ya no me muelas con esa monserga! Me encontré a mis compas. Ellos me invitaron un traguito.

—¿En dónde están? Tráelos y les doy de desayunar. El departamento de vigilancia anda vigilando. Los van a arrestar por andar bebiendo a esta hora.

—Ni se los llevan ni les hacen nada. Nos tienen miedo. Cabrones coyones.

—Hijito, desayuna. Si no te va a hacer daño. ¿Qué te preparo?

—Traigo un hambre de perro. Hazme lo que quieras. Que pique. Mientras pásame una coca.

Y como si nada, sacó una anforita y vació la mitad en un vaso. En el que enseguida vertió la coca-cola. Dio un gran trago y emitió un eructo estruendoso.
En menos de un santiamén, doña Felipa puso el desayuno delante de su hijo. Que lo devoró. Dio otro sorbo a su bebida. Se levantó y se dirigió hasta donde su madre lavaba los trastes. Abrió los cajones de los cubiertos, y de repente levantó los brazos con unos cuantos billetes en las manos y clamó al cielo. Como dando las gracias a una corte celestial que solamente él veía.

Su madre lo contemplaba paralizada. Y no nada más su madre. Todos los que alcanzábamos a contemplar la escena.

—¡Hijo, no te atrevas a robarle a tu propia madre! ¡Dios te va a castigar!

—¡Me canso! —exclamó, mostrándonos a todos los mirones el tesoro que había extraído del cajón de los cubiertos.

—¡Hay que pararlo! —gritó el locatario de la verdura, y se aferró a Jesusito. Enseguida otro hizo lo mismo. Y otro. Y otro. Yo también me sumé. Pronto éramos más de diez. Pese a su flacura, el muchacho era endemoniadamente fuerte. Seguro llevaba mariguana entre pecho y espalda. Lo sacamos al pasillo. Lo tiramos al suelo —que él puso su grano de arena para desplomarse en posición fetal, como si supiera que de ese modo se protegía— y empezamos a tundirlo a patadas. Le llovían en la cara, en el estómago, en la espalda. Si bien en un principio trataba de esquivar los golpes, pronto se dio por vencido. La sangre le escurría empapando la camisa, y a la sangre le siguieron las lágrimas, y el grito de ¡mamá, mamá! ¡ayúdame!

Vino a mi mente el rostro de Jesús.

En ese momento sentí un golpazo en la sien. Era doña Felipa, que había agarrado una cuchara y a todos nos lanzaba palazos, al grito de ¡dejen a mi hijo, montoneros desgraciados!

Uno tras otro, nos fuimos retirando.

Cuento

UN INDIVIDUO DE NOMBRE CARLOS GUTIÉRREZ

Hay un hombre que se llama Carlos Gutiérrez. Su padre murió atropellado por un taxista ebrio. Hace más de cincuenta años. Tanto, pero cuando lo cuenta, los ojos de Carlos Gutiérrez se apeñuscan.

Carlos Gutiérrez vive de comprar y vender cualquier cosa. Por ejemplo un vecino le pide un tapete que diga Welcome. Carlos Gutiérrez se lo consigue. Así sea que se tarde semanas. No importa que el tapete sea usado. Eso a nadie le importa.

Todo mundo piensa que es el hombre más aburrido del mundo. Pero no. A sus casi 65 años, alto, de barba entrecana, bien parecido, de pronto le suceden acontecimientos extraordinarios.

Un día le encargaron algo realmente difícil de conseguir. Aun para él. Que le iba a llevar muchos desvelos. Muchas caminatas. Si es que lo conseguía. Se trataba de un cucú. Un reloj de pared que al momento de dar la hora se abría una puertecilla, brotaba un pajarito y emitía un simpático cucú. Tantas veces como era la hora que indicaba. El cliente acompañó el pedido con un dibujo para darse a explicar. No quería confusiones. “Estoy dispuesto a pagar bien —acotó—, pero quiero un cucú con estas especificaciones. No es para mí. Es para mi hijo de seis años. Padece leucemia y quiero hacerle ese regalo antes de que se agrave su estado. Por eso me urge. Lo vio en una película de animación. El reloj era un personaje. Mejor dicho el cucú”.

Carlos Gutiérrez salió con aquella encomienda en el corazón. Se le había dicho que era algo urgente, casi una emergencia, y cuando eso sucedía ponía todo su empeño. De entrada, empezó por recorrer dos establecimientos: las relojerías de viejo —que las había— y los bazares. Todo en el barrio de Tlalpan, donde vivía.

—¿Tendrá un cucú como éstos? —le preguntaba al encargado con el dibujo en la mano. —¿O no sabe de alguien que lo venda?

Pero las respuestas siempre eran negativas. ¿Cómo era posible? En alguna casa tendría que haber uno. Y que estuvieran dispuestos a venderlo. Bueno, ya encontraría la manera. Si de algo se jactaba era de que sabía convencer a la gente. Los días se convirtieron en semanas. Y las semanas en un mes. Dos meses. Hasta cuatro meses. La paciencia empezaba a apabullar el ánimo de Carlos Gutiérrez. No es que fuera impaciente. Nada de eso. Al contrario. Para surtir un pedido requería investirse de paciencia. Y como si fuera poco, tenía encima la exigencia de su mujer. Que todas las mañanas le decía que necesitaba dinero. Que para cubrir los gastos de la casa se requería peso sobre peso. Si tuviéramos hijos no sé cómo le ibas a hacer. ¿Por qué no buscas en Internet?, lo acometía la mujer babeando de coraje. A lo que él respondía: Porque ni muerto voy a meterme a esa estupidez. Yo resuelvo las cosas a mi manera. Y no voy a alegar contigo. Estás loca si quieres cambiar mi modo de pensar.

Con el ánimo en el suelo, Carlos Gutiérrez se daba cuenta de que la maquinaria del tiempo avanzaba en forma implacable. Repasó las colonias que había visitado. Barrios donde los bazares y las ventas de garage predominaban: la Condesa, la Roma, la Cuauhtémoc, Polanco, la Anzures, la Doctores… Inútilmente. Incluso hizo algo que nunca en la vida había hecho: Detener a los peatones y preguntarles si sabían de algún reloj despertador de cucú que estuviera en venta. De alguna familia que estuviera deshaciéndose de sus cosas. De alguien que hubiera caído en bancarrota. Hasta en un desahucio podría encontrarse el cucú. Y desde luego al momento de preguntar extraía de la bolsa de su camisa el dibujo, que a estas alturas ya apenas resultaba inteligible. Pero en fin. Alguien le daría razón. Aunque ese alguien, dónde diablos se encontraba.

Aún estaba en la cama con su mujer cuando tomó la decisión. Iría a hablarle al cliente. Le explicaría todo. Ya habían pasado casi seis meses. Era hora de darse por vencido. Odiaba presentarse con cara de fracasado, pero era preferible a que el niño pasara más tiempo en la incertidumbre. Si es que su padre no le había conseguido el cucú por otro lado.

Tuvo suerte. El propio cliente le abrió la puerta. Su semblante era taciturno. No reflejaba ninguna emoción.

—¿Consiguió el cucú? —preguntó de inmediato, con un dejo de esperanza en su voz.

—No, en ninguna parte. Lo busqué por los últimos rincones de esta ciudad. Y no tuve éxito. Me vine a disculpar con usted. Y a pedirle que me amplíe el plazo. Se lo ruego. Por su hijo.

—Mi hijo murió hace cosa de un mes, mes y medio. Habría tenido un poco de consuelo con ese maldito cucú. Murió preguntando por él. Ni modo. Siempre tuvo mala suerte. Su madre murió cuando lo dio a luz. ¿Le debo algo?

—Nada, nada. Gracias. Perdóneme —respondió Carlos Gutiérrez y se dio media vuelta.

Echó a andar. Caminó varios metros. Hacia lo lejos, la calle se perdía en una especie de línea sinuosa. De pronto, vino hasta sus oídos el cucú de un reloj despertador. Prefirió no detenerse ni volver la cabeza.

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La sangre se limpia con sangre

Que su madre lo estuviera viendo no le quitaba el sueño. No era la primera vez ni sería la última que golpeara a un niño por mirar a su hermana. Cuando su padre llegaba por la noche, lo primero que hacía era mostrarle el puño a su progenitor y decirle: Ya le quité otro novio a mi hermana. Entonces su padre soltaba una carcajada estentórea.

A sus trece años de edad, ésa era la vida cotidiana para David Delgado. Sus amigos —algunos lo toleraban, otros andaban con él por el terror que les causaba imaginarse aplastados bajo aquel puño implacable— se empeñaban en facilitarle la vida escolar: le resolvían las tareas, ilustraban su cuaderno de apuntes, inventaban los problemas de aritmética. Incluso resolvían el examen que le habría correspondido a él.

Todo esto lo sabía su padre. Para quien David Delgado no guardaba secreto alguno. Pero su madre no. Ella permanecía ajena a toda esta maquinaria. Simplemente se lamentaba cada vez que David Delgado le mostraba la boleta de calificaciones salpicada de dieces. “Ya no pelees, hijo. Porque algún día la maestra te va a poner cero en conducta, y va a ser como una mancha de estiércol en tu boleta.”

Pero a David Delgado estas palabras más que frenarlo lo motivaban a buscar nuevos rivales. Su padre se lo había dicho: “La dignidad de un hombre, jamás la comprenderá una mujer. Tú cuida a tu hermana y se acabó. Aleja a puñetazos al perro que se le acerque”. De trece años, su hermana María Antonieta era una niña codiciada por todos aquellos que la veían con ojos que nada tenían que ver con la inocencia. Pero ella se empeñaba en que su hermano se trabara a golpes con quien se atreviera a acercársele. Desde chicos había entre los dos esa complicidad. Nadie sabía a ciencia cierta por qué. Ni sus propios padres. Había quien decía que era normal entre hermanos gemelos. Como lo eran ellos. Pero también había el que afirmaba que eso se debía a que ambos poseían un corazón malvado. Sea como fuere, cuando David golpeaba a quien fuera con saña, María Antonieta contemplaba la riña desde lejos. Deseaba que su hermano destrozara la cara de su rival. Cosa que ya se había vuelto costumbre.

Sin embargo, un niño que se había presentado de la noche a la mañana, se había atrevido a poner sus dedos en la mejilla de la niña. La voz se había corrido como agua, y ahora todo mundo se dirigía a la calle trasera de la escuela, donde se llevaban a cabo los pleitos. Caminaba ese niño unos pasos atrás de David Delgado, quien ya se había arremangado la camisa. Iban rodeados por una turba de chiquillos. Que no cejaban de azuzarlos. Un poco atrás, María Antonieta marchaba nerviosa. Por primera vez, no acariciaba el deseo de que su hermano golpeara salvajemente al temerario. Haber sentido en su cara los dedos de aquel chico, la había hecho consciente de una sensibilidad dormida, que bien tenía que ver con su ya inminente despertar sexual. Que además le gustara el niño era otra cosa. Ni siquiera sabía su nombre. Y no por otra cosa, sino nada más porque era de reciente ingreso. Juan Carlos, decidió que se llamaría Juan Carlos. ¿Por qué no?

Los dos combatientes se pusieron en guardia. Por el simple modo de apretar los puños era evidente la superioridad de David. Con un movimiento de cabeza que revelaba un entrenamiento que iba mucho más allá de una simple afición —justo eso era lo que más emocionaba al público infantil; había quien decía que su padre lo entrenaba—, el primer puñetazo de David fue a dar a la nariz de su contrincante, que sangró en forma inmediata. El chico se sintió apabullado. Sin control de su cuerpo. Rodó por el suelo. Con David Delgado arriba de él, que lo empezó a moler a golpes. Pero entonces se escuchó la voz de María Antonieta. Se acercó con los puños al aire y golpeó a su hermano. ¡Déjalo, animal! ¡Déjalo! David reaccionó tardíamente. Todavía alcanzó a darle un golpe en la boca al ya absolutamente derrotado. Con su pañoleta, María Antonieta limpió la cara del vencido al tiempo que le decía ya Juan Carlos, ya mi amor. “No me llamo Juan Carlos”, susurró el otro. Sin saber qué hacer, David permanecía atónito. Hasta que escuchó las palabras de su hermana que lo atornillaron al suelo: Si vuelves a meterte con él, te acuso con mi mamá. Y con la directora de la escuela. Ya verás si no, idiota.

Sumido en el desconcierto, emprendió el regreso a casa

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La maestra Carito

Hasta el segundo año de primaria fui lo que se entiende por un niño rico. Es decir, el primero y segundo año los hice en una escuela particular, muy cara y muy famosa en los años cincuenta: el Franco Inglés. Y ya el tercer año mi madre me envió a una escuela oficial: la Alfonso Herrera, ubicada en la calle de Juan de la Barrera casi esquina con Atlixco. Hay que aclarar que de Mixcoac nos habíamos cambiado a la Condesa no por subir de categoría sino por bajar cuando menos un peldaño en la escalera civil. Me explico: si en el barrio de Mixcoac vivíamos en una casa enorme, con un jardín donde desarrollé todas mis posibilidades imaginativas, en la colonia Condesa habitamos un modesto departamento, sin ni siquiera macetas, muy propio de la clase media de aquel entonces.

Aún me estoy viendo. Mi madre —empleada en una farmacia de la Portales— se esmeraba en que yo me vistiera apropiadamente. La limpieza y el esmero iban de la mano en mi aseo personal. Así que no podía hacer mis argollas que había heredado de mi padre y que tenía en la azotehuela, por temor de que fuera a ensuciar mi uniforme: pantalón de gabardina azul, camisa blanca y suéter azul. Pues habría de llegar impecable a la puerta de entrada. Aunque a la salida mi madre me revisara casi tan meticulosamente como en la mañana. Esta ropa la lavo yo a mano, me decía. No la ensucies. Tiene que durar limpia toda la semana. Cuando la escuchaba decir esto, el corazón se me desplomaba. Procuraba no darle el menor raspón, no recargarme en ningún lado, no arrodillarme para recoger nada; nomás de imaginar a mi madre lavando mi uniforme las lágrimas se me salían.

Pues bien, ese lunes en que fui por vez primera al Alfonso Herrera iba más atento que si me hubiesen llevado al aeropuerto a ver despegar los aviones. Desde que crucé el umbral, sentí que el mundo se me venía encima. ¡Todos los niños me veían como diciendo me la vas a pagar, cochino marrano! Volví la cabeza y me di media vuelta para alcanzar las manos de mi madre. Pero con la firmeza de un sargento, me ordenó que avanzara. Si mi padre hubiera sido el que me dejara, otro habría sido mi destino. Débil por naturaleza, no habría soportado verme llorar —que era lo que estaba a punto de hacer. De buen talante, me habría regresado a casa para tratar de convencer a mi madre. Pero como ya estaba muerto, no se contaba con él. Había fallecido dos años atrás. Y ahora el ejemplo emanaba directamente del sargento de mi madre.

Así que luego de la ceremonia de la bandera, pasamos a ocupar el salón. Distinguí a la maestra del grupo. Se llamaba, o, más bien, le decían Maestra Carito. Desde luego la identifiqué porque nos condujo al aula. Le calculé alrededor de 80 años. Su rostro lo tenía surcado de arrugas absolutamente por todos lados. De hecho, por más que se la mirara con atención, no había en esa piel carcomida por el sol y la ancianidad un solo espacio impoluto. Lo mismo pasaba con sus manos. Blanqueadas por el gis, parecían quebrarse al menor movimiento. Su espalda también era testigo de la maquinaria del tiempo. Casi jorobada, escuálida, todo el tiempo daba la sensación de que rodaría por el suelo.

La cosa es que me despertó una ternura sobrecogedora. Mientras que el grupo se esmeraba en desplegar todas las diabluras inimaginables, yo decidí no moverme un centímetro, ni menos hablar con nadie. En ese momento nos ordenó que guardáramos silencio. Que se aprestaba a pasar lista para que todos nos conociéramos entre sí. Difícil tarea cuando sumábamos 58 alumnos. Y, por mi apellido, era el 55.

Y empezó. Con una voz casi inaudible: Abreu Bravo Sebastián… Bermúdez González Ariel… Bonilla Meléndez Alejandro… Cada alumno decía simple y llanamente, cuando escuchaba su nombre: Presente, presente, presente. Hasta que oí mi nombre: Rivera González José Ángel. Me puse de pie y dije la palabra mágica. Me volví a sentar. Cuando por fin la Maestra Carito terminó de pasar lista, le dijo al grupo: Quiero felicitar a José Ángel Rivera González porque fue la única persona que se puso de pie al escuchar su nombre. Le pido que se ponga de pie y nosotros vamos a brindarle un merecido y generoso aplauso.

Muchos años han pasado desde entonces. Por alguna circunstancia que no vale la pena mencionar, hace un par de meses, o menos, me percaté de que iba sobre Juan de la Barrera. Proseguí unas cuantas calles y estacioné el auto delante de la escuela Alfonso Herrera. Me bajé. Contemplé a mis anchas aquella fachada. No había cambiado en lo más mínimo. La Maestra Carito vino a mi mente. Sentí un pinchazo en el estómago.

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[El 11 de enero de 1905 nació mi padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. El 15 de enero de 1976 falleció. Sirvan estas líneas para recordarlo.]

EL PERRO QUE ME MORDIÓ SELLÓ SU SENTENCIA DE MUERTE

Tendría yo siete años. Tal vez ocho. Y entre mis posesiones favoritas era dueño de un perro al que no adoraba pero sí quería mucho —esto lo sé porque con el paso del tiempo tuve más perros, a los que quise en forma enfermiza. Me gustaba jugar con él, y acaso molestarlo. Se llamaba Whisky. Mi padre le había puesto el nombre. Callejero cien por ciento. De hecho, así llegó a la casa. Vio el garaje abierto y decidió probar suerte y meterse, alguna vez que mi padre abrió la puerta para meter el coche. A mi padre le pareció muy gracioso el animal, y como él y mi madre adoraban los cánidos, de inmediato lo adoptaron.

Se quedó a vivir y adoptó la casa como suya. Que encima era muy grande. Se ubicaba en la calle de Miguel Ángel número 93, por el barrio de Mixcoac. Todo parecía hecho a la medida de Whisky. El Whisky retozaba en el pasto, corría de un extremo al otro, jugaba conmigo a Rin Tin Tin. Además de comer hasta hartarse.

Pero aquella vez le entró no el pingo sino el demonio. Se metió debajo de mi cama y mi madre me ordenó sacarlo. Muéstrale un pancito para que salga. Pero yo en lugar de hacer eso, también me metí bajo la cama y comencé a tirar de sus patas. Y de sus orejas. Cada vez me aproximaba más hasta que hubo un escaso par de centímetros entre su hocico y mi cara. Entonces gruñó y se abalanzó sobre mi nariz hasta casi arrancármela. Salí llorando de ahí. El susto que se puso mi madre fue tremendo. Había un doctor en la esquina —doctor Salcedo, en la esquina de Miguel Ángel y Rembrandt— y hasta allá me llevó cargando. Yo no paraba de llorar, y ella otro tanto. El doctor me curó la nariz, que casi me dolió tanto como la mordida, y mi madre y yo regresamos a la casa —el llanto me volvió en cuanto me sentí en sus brazos.

Mi madre me estaba arropando bajo las sábanas cuando entró mi padre. Estaba hecho una furia. Con toda seguridad mi hermana le había contado. Me dijo que le mostrara la herida. “Y eso que no lo viste sangrando”, sentenció mi madre en forma imprudente.

Mi padre salió de la recámara. Iba mascullando palabras. “Te vas a morir”, alcancé a escuchar. Entre el dolor, mi inconciencia y mi sentido común, sabía que se refería al Whisky. Brinqué de la cama. Mi madre intentó detenerme pero me zafé de su brazo. Salí de la recámara y busqué a mi padre. Allí estaba. Atisbando en la tarde-noche. Le gritaba al perro pero el animal no se acercaba. ¿Sabía el riesgo que estaba corriendo? Quizás estaba más asustado que yo mismo. Mi padre recorrió el patio por completo. Hasta que dio con él. Entonces lo cargó con una sola mano. Whisky aulló cuando se sintió en el aire. Le estaba doliendo la agresión. Yo lo alcancé y de rodillas y con el llanto incontrolable, le rogué a mi padre que no lo matara. Que la culpa había sido mía. Por toda respuesta, el jefe de la familia abrió la portezuela del auto y aventó al Whisky al interior. ¿Qué vas a hacer!, le grité yo. Llevármelo de aquí. Para siempre. O lo mato. Abrió el garage, sacó el coche y se fue. En mi imaginación le dije adiós a mi perro. Al que no volví a ver nunca más.

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De una buena peda no pasa

Sábado 11 de julio
Qué horrible día. Monótono. Llevar a los niños a su clase de natación no tiene ningún chiste. Regresar y hacer la despensa, menos. Tal vez lo mejor de la mañana fue haber escuchado a Claudio Arrau tocar los Preludios de Chopin. Dios mío, qué gran música. No pude evitarlo, nunca lo había hecho. Pero ahora me miro hacerlo: ir hasta la cantinita de mi marido y prepararme un ron como él lo hace. Guácala, me quedó horrible. La primera. La segunda ya me quedó mejor. Ahorita me estoy tomando la tercera. Y creo que voy por la cuarta. No sé qué tenga la bebida que te relaja tanto y te ayude a soportarte (¡dije “soportarte”!). Pero no se te vaya a ocurrir verte al espejo cuando estés tomando. Se ve una cosa horrible. Toda sudorosa y brillante como una charola de plata. En eso se convierte tu cara. Además las sombras y el rímel se caen, y adiós rouge. O quizás el problema es la cantidad. Quiero decir, que con dos copas como máximo no hay problemas del ridículo. Una va al baño y luego de una manita de gato ya no hay ningún problema. Porque tiene una el pulso firme. Pero ya con cuatro. ¡Ay, Dios! Todo se puede venir abajo. Qué suerte. De verdad qué suerte, que se me ocurrió beberme estas copas. De mis hijos no hay problema. Están con su tía Ximena. Ella me prometió que los iba a recoger a la natación. Ojalá no me hable con su vocecita de rata chillona para decirme que algo le pasó. Porque es de una incumplida que qué barbaridad. Pero no. Ya me hubiera hablado. Ahorita está en el Desierto de los Leones. Con sus hijos y los míos. Le encanta presumir su camionetota. Por eso los lleva a todos. Y que luego los iba a llevar a un espectáculo para niños. Qué horror. Qué lindo que los lleve pero qué horror llevarlos. Se requiere mucha paciencia para eso. Y mucho dinero. Es dinero tirado a la calle. Peso sobre peso. Oír a diez mil niños en tu coche. Guácala. No creo que nadie en sus cabales lo soporte. Le voy a hablar a Miguel Ángel. El otro día fue su cumpleaños. Me acordé. Porque el 4 de julio lo celebrábamos en la cama. Algo que el pazguato de mi marido ni se imagina. Para él todo es rutina aburrida. Pero si le marco me va a pedir que lo vea y no me voy a aguantar las ganas de decirle por supuesto, si me la paso pensando en ti. Ven a mis brazos y te hago un lugar en mi cama. Te doy una mamada que no te la vas a acabar. O mejor que me invite unos tragos y nos vamos a un hotel. Nunca lo he hecho pero cómo me encantaría hacerlo. No por ponerle el cuerno al pazguato de mi marido. Sino por la pura emoción. Pocas cosas tan excitantes como hacer cosas prohibidas. Le voy hablar y al mismo tiempo me voy a masturbar. Algo que a él le encanta. Para él yo era la peli de las chaquetas. Se la pasaba masturbándose a mi salud. Me lo decía. Me hablaba por teléfono para decírmelo. Y para calentarme. Y yo feliz de la vida. Todo el tiempo con el dedo adentro. Puta madre. Ya me acabé la cuarta. ¿Me tomo la quinta?¿Y si viene mi marido? No tiene nada de malo. Una esposa también necesita echarse sus drinks. Para sentirse deseada. Total. De una buena peda no pasa.

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