Cuento

Me gusta que los hombres me miren

Para una personita

Si ustedes hubieran conocido a mi madre, habrían visto un dejo de ira en sus ojos. Era como si hubiera traído un hacha en la frente. Porque siempre odió que los hombres se le quedaran viendo. Ése era el motivo. Y eso nunca lo pudo soportar, ni al final de su vida. Le producía un escozor terrible. Cuando entrábamos a un restaurante —porque eso sí, le encantaba ir a restaurantes—-, comenzaba su sufrimiento. Porque era muy bonita, extremadamente guapa, y siempre había un hombre que se le quedaba viendo. “Ya van a empezar”, me decía. “¿Cómo puede una mujer decente deshacerse de esta monserga? Es tan molesto soportar este tipo de hombres”, reclamaba. Y todo hacía, menos levantar sus ojos de la sopa. Yo me preguntaba: si ir a un restaurante le producía urticaria, ¿por qué ir a la fuerza? Si para ella representaba algo tan insoportable, ¿por qué someterse? Hasta que un día la puse, según yo, contra la pared: mami, ¿cómo le hiciste para que mi papá se te acercara? Sobre eso no quiero hablar, me respondió. Tú sabes bien que tu padre y yo nos casamos por las tres leyes, pero ni a él le admitía que me viera con ojos de deseo. Para eso existen las putas. Le decía a tu padre. Vete a mirarlas a la calle. A los hombres hay que ponerles un freno. Como lo manda la santa iglesia católica. Si nosotras no educamos a los hombres, ¿quién se va a encargar? Tú eres mujer, y ya tienes que haber sentido en carne propia el peso abrumador del machismo. Hay que ponerles un freno, de lo contrario la bestia que traen los hombres se sale de su jaula. Porque el brillo maldito y degenerado de la bestia está en todo lo que hace un macho: te mira cómo te subes a un coche, te mira cómo te bajas, te mira cómo te sientas. Los machos son tan monstruosos que te desnudan con la mirada. O con las palabras. Con los piropos. Que son vulgaridades para que la mujer caiga. Atraída por la obscenidad. Yo sé por qué lo digo. Yo sé mi cuento. Mira tú, ¿no te has fijado en el metro cómo te miran, con qué lascivia, con qué lujuria, sólo porque te vas pintando los ojos o la boca? Son horribles. Dime tú, ¿qué pensarías de una mujer que le gusta que le vean los calzones? ¿Te parece correcto? ¿Dirías que es una mujer decente? ¿Dirías que es una mujer que se da su lugar? ¿Verdad que no? Es una cualquiera. La mujer decente siempre es decente. Eso es la ley. La ley de Dios. Aquella mujer que se siente honrada. Dueña de su cuerpo. Inmaculada —que quiere decir sin mancha, ya lo sabes. Consigue marido con enorme facilidad. O tú dime: ¿a quién crees que prefiera un hombre: a una mujer fácil, o a una mujer que se da a desear? ¿Por qué crees que han disminuido tanto los matrimonios?¿Por qué crees que a los hombres cada vez les atraen menos las mujeres? Por facilotas. Porque ya el hombre no tiene que conquistar nada. La mujer está ahí, como la fruta del mercado. Enseña todo para que se antoje. Sobre todo a los machos. Para que los hombres la deseen. Ya la mujer no es como antes. Ya no es espiritual. Ya no va a la iglesia. Ya no reza. Ya no se persigna. Yo sé que tú no eres así. Ni yo tampoco lo fui. Nunca. Para mí no había nada más importante que encomendarme a Dios en las mañanas. Y por las noches agradecerle que nadie me había visto con ojos de demonio. Bueno, ni siquiera que nadie me había visto las piernas o los pechos. Así fuera disimuladamente. Porque ya te lo dije: enséñales un poquito a los machos, y les sale la bestia. Se ponen como locos. Bájate el escote tantitito y vas a ver cómo se ponen. Entonces sí. Te prometen todo. Son unos hipócritas. A cambio de un poquititito te bajan las perlas de la virgen. Tramposos. Tú como mujer te la pasas tapándote, y ellos como hombres se la pasan destapándote. Por fortuna no todos. Gracias a Dios.

—A mí sí me gusta que me vean, mamá. Me encanta. La sensación es riquísima. Siempre me gustó. Y a ellos también.

Poema

Me exprimió y la exprimí

Fueron seis años
de una fuerza contra la otra.
No he amado a ninguna otra
mujer como a ella.
Ni ella ha amado a ningún otro
hombre como a mí.
Me lo dijo. Y se lo dije.
Cada correo. Cada llamada.
Era un duelo.
Cada encuentro. Cada beso.
Cada acostón.
Cada golpe —¿tenía que decirlo?
Era un camino hacia el infierno.
Vivíamos atenidos al desafío.
El trago dictaba la medida.
Hicimos cosas indecibles.
Ni siquiera aptas para confesarse
entre líneas.
Nos juramos amor eterno.
Ahora cada quien sigue su camino.
Como dos personas estúpidamente
civilizadas.

Adrenalina

La capacidad de asombro

Para Bárbara

Hasta el día de ayer —miércoles 13 de abril—, consideraba irremisiblemente perdida mi capacidad de asombro. Una virtud que me ha acompañado a lo largo de mis 64 años de vida. No exagero cuando digo esto. Pues desde que era un chiquillo de meses, mis sentidos —en particular el del oído y la vista— vivían pendientes de todo lo que me rodeaba. Aun cargado por mis progenitores, cualquier estímulo me llamaba poderosamente la atención. Espero no sonar demasiado arrogante, pero el mundo estaba hecho a mi medida. Y en esa misma proporción, lo acomodaba al tamaño de mis manos. Le quitaba cosas. Le añadía cosas. Aún no tenía la capacidad de nombrar. O de nombrar el universo que me rodeaba, pero me bastaban sonidos guturales salidos de mi garganta para decir esto es esto, y esto otro es aquello.

Así crecí. Mis sentidos se convirtieron en una especie de tamiz por donde se filtraba el mundo que me rodeaba. Yo iba separando lo que consideraba lo mío. Y me atrevería a decir que tiene que ver con el placer. Pues el tacto, el gusto y el olfato —tan preciados para muchos— permanecían excluidos de mis intereses ontológicos. En cambio allí estaban el oído y la vista. Que se transformaron en la piedra de toque de mi existencia cotidiana. Gracias al cielo esos sentidos eran mis esclavos. La música era el incentivo cardinal. Como si hubiese venido al mundo a ponerme a prueba a través de mi sentido del oído, a través de mis tímpanos filtraba lo que para mí sería la belleza del alma. Era yo un niño de cinco años, cuando ya discernía la gran música de toda esa masa enfermiza y atrofiada. Mi espíritu se complacía en distinguir las armonías juguetonas de Mozart, las severas de Beethoven, las encantadoras de Brahms. No me resultaba nada difícil. Al punto que de pronto le pedía a mi madre que me tocara alguna melodía de cualquiera de estos maestros. Mi madre se sentaba al piano, y yo me complacía como una mascota cuando le arrojan un hueso. Paso a paso, el oído se fue convirtiendo en mi modo de relacionarme con el mundo. Ni idea tenía yo de que a la vez iba depurando mi sentido del gusto. Al punto de que no tardé mucho en ser un verdadero intolerante. Sobre todo en mi adolescencia, cuando no admitía yo réplica alguna a mis preferencias musicales. ¿Por qué no fuiste músico?, solían ponerme contra la pared. Y yo respondía inequívocamente lo mismo: porque mi papá no tiene paciencia para enseñarme, y yo quiero que me enseñe él o nadie. Así que mis manos sobre el teclado —porque también intenté ser pianista— tocaban lo que estaba escrito. Y hasta ahí.

Pero mi otro sentido que me permitiría ver las cosas a través del ejercicio del asombro, fue, ya lo dije, el de la vista. Pero no se piense que por el adiestramiento en separar lo bello de lo cursi. En admirar los pintores del Renacimiento —que tanto le gustaban a mi madre—, en inventariar a los artistas emanados del impresionismo, sino porque a través de la vista descubrí el mundo íntimo de la mujer. Ahí estaba. Todo para mí. Para que mi vista recorriera las piernas femeninas, los ojos con sabor a mujer.

Así tenía mi mundo construido. El oído y la vista. Cosa de ejercitarlos todos los días. Hasta que de pronto se atascaron en el pantano de la vida diaria. De la decepción amorosa. De la frustración sincopada. Ya rayaba yo en mis sesenta años, cuando me percaté de mi estulticia cerebral. Y así hubiera seguido, de no haber estrechado el corazón de una joven que al momento de darme por vez primera la mano —luego de haber impartido la materia de Cuento III, en el plantel Cuautepec de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México—, me preguntó: ¿Usted es el hijo del maestro Higinio Ruvalcaba?

Extraje fuerzas y le respondí lo único que vino a mi cabeza: —Sí.

“Ésta sabe de música”, me dije. Y un torrente de sonidos perfectamente articulados vino a mi cabeza. Me sentí imbuido de vida. Por fin podría descargar en un alma bella y afín mi amor por la música. Y por la vista.

Aforismos

¿Por qué le pegamos a las mujeres?

1) Porque se lo merecen.

2) Porque no entienden de razones.

3) Porque son aferradas, necias, pueriles, vacías.

4) Por que encarnan a nuestra madre. Y siempre quisimos golpear a nuestra progenitora.

5) Porque nos desesperan.

6) Porque les echamos la culpa de nuestros infortunios. De nuestras bajezas. De nuestros fracasos.

7) Porque se burlan de nuestras apetencias sexuales.

8) Porque se mofan de lo que amamos.

9) Porque nos engañan.

10) Porque los hombres somos desalmados, injustos, abusivos, cobardes.

Cuento

Una madre

—¡Dame más! —exigió el niño.

—¡No! Es lo que te mereces. ¿Crees que gano todo el dinero del mundo para estarte complaciendo, escuincle baboso?

El niño se le quedó viendo a su madre. Tenía tres años, y no entendía aquellas palabras. Aunque sí las comprendía. Ya se iba acostumbrando. Todos los días las escuchaba. Todos los días su madre las escupía.

—¡Dame más! —insistió, con lágrimas en los ojos.

—¡Que no! A ti te debo mi desdicha. Mi soledad. Mi abandono. Tu padre me amaba como a ninguna otra. Mucho más que a la puta de la Margarita. Con la puta que anda ahora. Ya te he platicado de ella. Y más me deseaba. Cogíamos donde le entraba la calentura. En el taxi. En el garage. En la sala, cuando ni mi papá ni mis hermanos, ni nadie de mi familia se daba cuenta. En el atrio de la iglesia —¡pero para qué te menciono a ti qué chingados es un atrio, ni idea tienes de lo que es eso!—, o fíjate muy bien, recargados en un coche, acostados en el cofre. Ésas eran las locuras de tu padre. Pero es que tu papá era un bárbaro. Un caliente. Pero cuando le dije que estaba embarazada, en ese momento me mandó a la chingada. Para él una mujer embarazada era como una diosa. Fíjate lo que digo. No se podía tocar. Ni siquiera con los ojos. Nada de meterle la mano. Y eso que yo me cuidaba tanto. No quería embarazarme. Traer al mundo un pinche chamaco idiota como tú. Porque sabía las consecuencias. Si me embarazaba, me iba a llevar el diablo. Cómo chingados no. Tu papá me lo había dicho un millón de veces: el día que te embaraces te dejo. Porque las mujeres son para coger. No para traer hijos. Así era tu padre. Un caliente. Así son los hombres de una pieza. Cabrones. Ojalá algún día tú seas así.

—¡Dame más! ¡Tengo hambre!

—Ya sé que tienes hambre. Me vale madres que tengas hambre. Mejor. El hambre te va a quitar las ganas de andar cogiendo a lo pendejo. Ya verás cuando pasen los años. Primero se come y luego se coge. Chúpate el plato. No seas remilgoso.

Cuento

De ida y vuelta

Para Angélica García

En unos cuantos minutos llegaría a su destino. Ya era hora. No conocía la ciudad ni el trayecto, pero el conductor le había dicho que calculara alrededor de cinco horas. Anduvo preguntando entre sus amigos. Hubo quien le habló mal de Guanajuato, de esa ciudad bicicletera para cursis y relamidos. Y hubo quien le habló bien. De esa ciudad de ensueño y encantamiento. En realidad, la ciudad le importaba un rábano. Estaba allí porque quería estar con una mujer: Cristina. Apenas la acababa de conocer —el jueves, dos días atrás—, pero de acuerdo con su experiencia se había establecido un puente indestructible entre los dos. Nada que ver con los fracasos que iban abultando su currículum en lo que a las mujeres se refería.

La había conocido en la sala Carlos Chávez de la UNAM. Se habían sentado juntos, y de pronto ya estaban enfrascados en una conversación que si algo tenía era el lugar común. Él preguntaba y ella respondía. Nada de afeites. Nada de malicia. Lo que en realidad llamó la atención de ambos fue la mirada. Había en esas ojeadas del uno al otro mensajes de promesas no muy ligeras.

Salieron del concierto —que a ambos los había empapado de aburrimiento—, y se dirigieron al Sanborns más cercano. El bar le gustaba a él. La vida de cada uno salió a la luz cuando estuvieron frente a frente. Ella era abogada, él veterinario; ella leía vorazmente, él era lector de revistas de musculatura masculina. A los 35 años de él, y 28 de ella, solteros ambos.

Cuando se percataron, ya habían consumido sus platillos y un par de tragos cada uno.

—Me encantaría conocer Guanajuato —la sorprendió él. Ella no captó el mensaje. O cuando menos no cabalmente. ¿Se estaría insinuando? Ya habían hablado de que ella vivía con sus padres, y de que no tenía lo que se decía en una sola palabra: compromiso.

—¿Te atrae mi pueblo?

—Sí. Pero más me atraes tú. Me gustaría caminar contigo por los callejones…

—Algunos son muy aburridos.

—Quizás. Pero no el del beso. Tan famoso y cotizado.

—¿Cotizado?

—Sí, ya anduve preguntando.

Quedaron de verse el sábado. Apuntaron sus celulares. Él llegaría hacia las tres de la tarde. Comerían juntos, y se pasearían en la tarde. El tiempo luce muchísimo en Guanajuato, le había dicho ella con esa sonrisa suya de la que él empezaba a enamorarse. Le reservaría una habitación en algún hotel del centro, y al día siguiente lo acompañaría a la central camionera. Retornaría a la ciudad de México hacia las diez de la noche.

El trayecto estaba por concluir. Sin duda era una locura lo que estaba haciendo. Ni siquiera tenía la seguridad de que ella lo estaría esperando. Tal vez había cambiado de opinión. Las mujeres eran tan imprevisibles. Eso sí, sus tetas lo habían dejado embobado. Esa parte de la mujer ejercía una verdadera fascinación en él. Más que cualquier otra. Apenas la víspera había soñado que las lamía. Aunque tendría que ser cauto y no sembrar en ella una sensación equívoca. Porque de que la mujer iba a estar paradita ahí, iba a estar. Faltaba poco. Ya el camión había entrado a la ciudad. Aunque un pensamiento lo invadió. Sus amigos le habían dicho que las mujeres del Bajío eran muy dadas a sembrar ilusiones. O acaso abrigaba el deseo de casarse con él. Buen tipo, buen trabajo, lindo auto. Con ingresos suficientes. En fin. No estaba en sus manos impedir que una mujer lo catalogara como un buen partido.

El camión se detuvo en el andén que le correspondía. 500 pesos había costado su boleto. La línea camionera era de las más caras; pero de las más cómodas y seguras. Así que al imaginársela en sus brazos, concluyó que el costo bien había valido la pena.

Miró hacia un lado, miró hacia el otro, y no la vio. En cambió localizó la salida general. Todos los pasajeros iban para allá. Sin duda, ella lo estaría esperando allí.

Pero no estaba. Decidió conservar la calma y buscarla acuciosamente. Le marcó, pero el celular lo mandó al buzón por enésima vez. Revisó hacia todos los ángulos que su vista abarcaba. Marcó una vez más. Cuando menos, ya había transcurrido media hora desde su arribo. Se dio cuenta de que no tenía más datos de ella. Podría tomar un taxi y preguntar en los hoteles del centro, que no habría más que unos cuantos. Se sentó a esperar. Diez minutos. Quince minutos. Media hora. Se dirigió entonces a la ventanilla de la línea. ¿A qué hora sale el próximo a México?, preguntó.

Cuento

Te traje esto

Mientras yo mismo controlara mis manos no habría ningún problema. Porque se veía como si acariciarla fuera mi meta. Para empezar yo tengo 67 años, y ella 19 recién cumplidos. Aunque no me crean mucho, porque toda la vida he sido pésimo para calcular las edades.

Daba por perdido su correo electrónico. Aunque la evocaba de vez en cuando —muy de vez en cuando—, había apuntado el dato en un libro de cuentos. Fue una grata sorpresa encontrármelo. De inmediato le puse unas cuantas líneas. Y de inmediato me respondió.

Es una chica tan engreída como linda. Se cree —como decía mi madre— bordaba por la virgen. Es decir, que el mundo está hecho a su medida. Pero este axioma no le caía del cielo sino de su padre: un hombre cincuentón —no lo conocía yo— de quien se la pasaba hablando. Porque según ella, su progenitor no hacía más que consentirla.

Pues finalmente me temblaban las manos cuando le escribía. Procuraba ser cada vez más imprudente. Avanzar un poco más en mi seducción. Si no voy por buen camino, me va a parar en seco. Pero al contrario. Me contaba por qué había tronado con su novio —con el que se la pasaba haciéndose arrumacos en la clase. Cuán lejos estaban los hombres de su generación, del ideal que se había creado. “Seguramente se debe a que son tan jóvenes como yo misma. No tienen ni la menor idea de lo que es ganarse la vida”, se atrevió a escribir en uno de esos correos que yo guardaba tan celosamente. Y quiérase que no, me pareció que allí había un mensaje.

El caso es que nos fuimos acercando a un encuentro. Se me ocurrió invitarla a una cantina. Le dije el lugar que se trababa, y, contra lo que yo esperaba —un no definitivo, pues siempre me había dado la impresión de ser una chica muy discreta—, me dijo que aceptaba encantada de la vida. Que si no se veía mal que llevara vestido. Porque su padre le había dicho que una mujer tenía que vigilar las formas, y que no había necesidad de arriesgarse. En fin, me lo preguntó. A lo cual yo respondí exactamente como su padre le habría respondido: si vas con vestido mejor te llevo a un lugar de buen ver.

Fue de vestido. Y no fuimos a la cantina.

Qué sorpresa tan cachonda fue verla. La cité a las tres de la tarde en el André de Miguel Ángel de Quevedo. Llegué media hora antes. Ordené mi whisky. Abrí el libro de Marvin Harris que llevaba conmigo —Nuestra especie— y me dispuse a leer. Cuánta sabiduría se desparrama por sus páginas. De pronto avisté un taxi que se detenía en las puertas del restaurante. Y enseguida distinguí un zapato de tacón al calce de una pierna hermosa. Entonces apareció ella.

Me puse de pie. Se aproximó hasta mí, y me tendió los brazos al cuello. Nos besamos en las comisuras. “Hola papi”, me dijo. Pero lo verdaderamente notable fue la reacción de los comensales varones. No dejaban de mirarnos. Más bien de mirarla a ella. Pensaría que era yo su amante. Quizás. “Te traje esto —añadió, al tiempo que extraía un regalo de su bolsa— para que corrijas tus exámenes.” Me di cuenta de mi torpeza. Yo no le había llevado nada. Ante mi reacción estupefacta, le bastó reírse con dulzura. El mesero se acercó para ofrecerle algo de beber, y ella estaba a punto de abrir la boca, cuando surgió un hombre desde dos mesas más allá que a pasos agigantados se dirigía a nosotros.

—¡Hija! ¿Qué haces aquí? ¿Y este hombre?

Me levanté y lo enfrenté.

—Señor. Mi nombre es Samuel Cedillo. Soy maestro de su hija. Y estamos celebrando la clausura del curso que lleva conmigo.

—¿Y venir a un restaurante es costumbre entre maestros y alumnos?

—Pues sí. Porque además es mi cumpleaños —dije y le señalé el regalo. Con eso fue suficiente. El hombre se quedó tieso. Tragó saliva, se despidió —le dio un sonoro beso a su hija— y emprendió el camino rumbo a su mesa. Un matrimonio lo esperaba.

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