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Aforismo

Tchaikovsky hizo de las mujeres materia prima del tálamo amoroso. Sin proponérselo siquiera, desató los hilos de la caja de pandora vaginal.

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Mozart VII

Dice un amigo muy querido:
Todo Mozart es bailable.
Y acaso tenga razón.
Él mismo baila Mozart con sus nietos.
Cuando regresa exhausto del trabajo.
Cuando la sangre parece agolparse
en sus venas.
Cuando sus nietos lo miran azorados
pidiendo su cuota diaria de acción,
entonces él pone Mozart.
Y todos bailan al ritmo de una música
emanada desde el centro mismo de la tierra.
Vuelta trinos en los oídos de los niños.
Vuelta la voz de sus progenitores en los oídos
de mi amigo.

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AUTOBIOGRAFÍA MUSICAL
Scherezada de Rimski-Korsakov

Sobran ejemplos de la seducción que el Oriente ha ejercido en artistas de la más diversa índole. Músicos, escritores, arquitectos, pintores, se han dejado arrastrar por ese polvo de estrellas que colma el aire ante la mera pronunciación de la palabra “Oriente”.
De verdad que contadas evocaciones provocan tal fascinación. Me pregunto si la carencia de imaginación que caracteriza al hombre occidental es lo que lo lleva a hacer suyo el encanto del Oriente.

También los compositores han abrevado de esta magia. Por ejemplo Mozart, por ejemplo Puccini. Por ejemplo, Rimski-Korsakov.

Scherezada es una obra que, como hombres de Occidente, no nos pertenece. Su reino es de otros hombres que nada, o muy poco, tienen que ver con nosotros.

Basta con poner atención desde el acorde con el que principia. En forma instantánea, inmediata, el ya multicitado Oriente se revela ante nuestros ojos en todo su esplendor. Caemos en la cuenta de que a través de esa música aquel universo ignoto nos está haciendo suyos, se está apropiando de nuestra voluntad —y nuestro sosiego.

Armado de siete notas, Rimski-Korsakov, sin otra bandera que el arte, capturó la esencia oriental, la ató con las cinco líneas pautadas del pentagrama, y la puso a los pies de nosotros, los hombres de Occidente.

Los hombres occidentales: escépticos por naturaleza. Hombres porfiados que a todo le ponemos un pero. ¿Cuándo íbamos a dejarnos conducir de la mano por el territorio de la fantasía?

Pero Rimski-Korsakov sí que lo logra. O tal vez una mujer vuelta leyenda —Scherezada— le inspiró esta obra maestra. En ese entrecruzamiento de sus cuatro tiempos musicales, no hay otra cosa que una sensualidad que va de un extremo a otro de la obra. Una sensualidad que deja al escucha en el arrobo.

Y nos dejamos atrapar por ella. No podía ser de otra forma.

Después de la pasión voluptuosa de los dos primeros movimientos, en el tercero se cae en lo que bien podríamos llamar un suspenso narrativo, un interludio que nos lleva derechito al cuarto tiempo, en el que parece desembocar todo aquel torrente. Si habría que etiquetar esta suite, bien podría calificársela de amor sugerido, de caricia sutil.

En fin, Scherezada es una obra musical portentosa, que nos pasea por los avatares de la fantasía humana. Aun sin saber una palabra de la historia que permea por abajo del agua, nos dejamos mecer como niños de cuna.

Cuando se la escucha, hay que poner especial atención a los solos del concertino, es decir del primer violín. Es de esas piezas orquestales que permite el lucimiento de este atrilista. Hay tantos solos para su ejecución, que de pronto casi parece que estamos ante un concierto para violín y orquesta. Y conste que cada solo —que para muchos es justamente la voz de Scherezada suavizando la ira de su señor— lleva en sí la misión de cautivar, de producirnos el ensueño de una quietud bienhechora.

(Yo siempre he insistido en que no hay música para niños específicamente escrita; en que, por el contrario, un niño es capaz de deleitarse con cualquier clase de música; pero hay que verlos jugar bajo el manto de Scherezada de Rimski-Korsakov. Yo lo viví en carne propia cuando mis hijos tenían tres, cuatro años. Entonces había que verlos jugar. Parecía que entraban a otro mundo. Con esa música de fondo, todo parecía estar en armonía entre ellos. Cuando menos su semblante reflejaba cierta alegría emblemática.)

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Mozart VI

Cuando una mujer escucha
Mozart
su rostro se dulcifica.
En su fuero interno
las cosas se reacomodan.
Descubre que el dolor está hecho
de alivio espiritual.
Y que el sufrimiento
no siempre es punzocortante.
Toca su corazón
y advierte el origen de la humanidad.
Porque en cada mujer
está el origen del hombre.
Son palabras que se imaginó dichas
por su propia madre.
Aquella vez que escucharon a Mozart
llamar a la puerta.

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Libro de Marco Ornelas

Hay poetas, qué bueno, que el amor por la música trasciende su propia poesía.

Tengo en las manos El concierto conciliatorio, libro de poesía de Marco Ornelas publicado en León, Guanajuato, por Editorial San Roque. Desde el primer poema, se advierte el apego a la música. Como si el torrente sonoro dotara de estructura a las palabras. Dice el poema: “He pasado la imagen de los jardines ecuatoriales a la partitura./ Cuando regrese del viaje, mujer,/ reconóceme por la melodía./ No fui a conquistar tierras lejanas,/ fui por un obsequio,/ a traerte aquel paisaje en estas canciones de amor”.

Y entonces uno se pregunta si se está leyendo un poemario del amor –-pues el tema de la incandescencia amorosa se filtra verso tras verso—, o un canto musical en el que se significan las mutaciones del amor a través de su esquema sonoro.

Pero no basta con decir que son poemas respetuosos de las estructuras poéticas. Es decir, de las estructuras convencionales. Gambusino incansable de la forma, de pronto Marco Ornelas recorre los límites de los linderos poéticos. Trayecto en el que audacia y espíritu lúdico se dan la mano. En el poema intitulado de eternidad se divierte de lo lindo haciendo de cada verso un peldaño hacia la eternidad. Dice:

de eternidad

alcanzó una nota

el canto de los enamorados

En el concierto del amor

Ciertamente nada hay nuevo bajo el sol. Pero eso no debe arredrar al poeta verdadero. Pero asimismo, tampoco conformarse con ventilar el sentimiento amoroso. Impelido por la exploración, Ornelas va de un límite a otro del perímetro poético. Dice:

Para descifrar los signos del amor
transformé mi pensamiento en notas musicales
donde la razón fue ruta de extravío
la música
dilucidará ahora
lo inefable

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Mozart V

Escucho la música de Mozart
y viene a mi corazón
la infancia de un niño feliz.
En mi casa siempre había
música de Mozart.
Al piano, al violín,
en tríos o en cuartetos,
la música de Mozart
me daba la bienvenida.
Era como el permiso que necesitaba
para cometer cuanta diablura
se me ocurría.
Porque si mis padres
se encontraban concentrados
en la música,
yo disponía de la casa a mi antojo.
Al lado de mis juguetes favoritos,
la música de Mozart tenía
su lugar de honor.

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Mozart IV

Mozart también ha generado envidias.
Compositores contemporáneos suyos
—y no tan contemporáneos.
Mediocres que se quebraban la cabeza
preguntándose de dónde provenía tanto prodigio.
En vez de admirar y postrarse.
Como si ese camino estuviera cerrado para ellos
—que sí lo estaba.
Seguramente veían en ese ámbito
la contundencia de lo inexplicable.
¿Por qué Dios se empeñaba
en dar tanto —todo— a uno solo,
y tan poco al resto de la humanidad?
—se preguntaban con la frente empapada
de sudor.
¿Qué había hecho Mozart para merecerlo?
Algún día —se repetían en el cuchicheo—
la humanidad ajustaría cuentas.
Siguen esperando.

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