Archive for 31 marzo 2012

Dramaturgia

Las dulces soledades
(Obra en un acto y tres escenas)

Personajes:

 

Rigoberto: de cuerpo proporcionado y fuerte; viste ropa de gimnasio.

Enrique: en traje gris, de calle.

Ambos de 25, 30 años.

 

(Gimnasio. Colgados por todas partes, carteles de fisicoculturistas. Y diseminados sin ningún orden los aparatos propios: pesas, barras, mancuernas, resortes. Un gran espejo, para contemplarse de cuerpo entero, retoca la estancia. Aparte, el caballete de un pintor, en una esquina. Por el extremo que se quiera, una puerta.)

 

Escena I

 

RIGOBERTO: (Frente al espejo. Templa los músculos. Hablando consigo mismo.) ¿De veras Enrique daría la vida por mí? ¿Se rompería la madre por mí, así nomás porque sí? (Deja de contemplarse y hace lagartijas, sentadillas, templa los resortes, brinca la cuerda y nuevamente al espejo.) Siempre me confunde, me deja todo descontrolado… Aunque a veces creo que lo conozco tan bien… (Pausa.) Pero qué elegante se ve con su traje nuevo. Por Diosito que sí. (Se vuelve y mira como idiotizado un cartel de un míster Mundo. Lo imita en la pose. De pronto, Enrique entra.)

ENRIQUE: Ándele, con que embelesándose con los bíceps de Frank Robinson, ¿eh?

RIGOBERTO: (Apenado.) Carajo, esa pinche costumbre mía de no cerrar la puerta con llave.

ENRIQUE: (Sopesando cualquier presa.) Es que te sientes muy fuertecito, maestro.

RIGOBERTO: ¿Me siento? (Hace un gesto de “hombre fuerte”.)

ENRIQUE: (Junto al espejo.) A ver, Rigoberto, ven para acá. En ocho días seguro progresaste algo, ¿no? A ver, lánzate, quiero ver. Muéstrame tus progresos.

RIGOBERTO: (Sin moverse.) Oh…

ENRIQUE: Ándale. ¿A poco no es la mejor manera de preguntarte cómo has estado?

RIGOBERTO: …te vas a reír.

ENRIQUE: No, qué me voy a reír. Órale.

RIGOBERTO: De veras que te vas a reír.

ENRIQUE: Que no, hombre. Es más: te lo prometo. Tú llégale…

RIGOBERTO: Pero conste. Lo prometiste, ¿eh? (Se acerca al espejo.)

ENRIQUE: (Localiza aceite y lo frota en los brazos, el tórax, los muslos y las pantorrillas de Rigoberto, quien se mira fascinado al espejo.) Tus bíceps tan fuertes y simétricos. Tu enorme tórax, como de atleta griego. Tu vientre duro, ¡duro! Tus muslos rectos, musculosos. Tienes un cuerpo hermoso, Rigoberto, envidiable, como una fortaleza. (Pausa.) Qué linda aspiración, ¿verdad? Ser Míster México. Andar por las calles, por las grandes avenidas, en el Metro, en los camiones, pero siempre con camisas ajustadas y de manguita corta. Así, como no queriendo la cosa, templar los bíceps y que se note, que se note quién es quién. (Pausa.) Te imaginas, Rigoberto,  ¿hacer todo eso sabiéndote el hombre más fuerte del país, de este país de puros chaparros y alfeñiques? (Rigoberto se limita a sonreír sin dejar de contemplarse. Enrique sigue acariciándolo, pero en silencio. Al cabo, agrega:) Sume el estómago. Anda: ¡súmelo! (Rigoberto obedece inmediatamente.) Mira, contémplate, observa tus pectorales: parecen dos volcanes potentísimos a punto de estallar y hacer añicos el espejo. ¡Endurécete! Todavía más: ¡endurécete más! (Rigoberto cumple las órdenes al pie de la letra. Enrique se queda contemplándolo, pero ya sin tocarlo.) ¡Siente tus antebrazos, siente tus bíceps, siente tus muslos! ¿Y tus pantorrillas? Míralas, están flojas: que se calienten, ¡que se calienten! ¡Vamos, a lo acostumbrado! (Rigoberto salta de puntas 20, 25, 30 veces mientras Enrique le marca el ritmo aplaudiendo.) ¡Un-dos!  ¡Un-dos!  ¡Un-dos!  ¡Un-dos!

 

Escena II

 

(Mismo escenario, cinco minutos después.)

 

ENRIQUE: ¡Ya, ya, ya! ¡Es suficiente! Ahora contémplate. ¿Ves? ¿Sientes? Eres un súper hombre. (Pausa breve.) A ver: manos a la cintura, endurece el cuello, piernas firmes, ¡ínflate!, ¡ínflate! ¡Así! ¡Así! (De pronto, Enrique estalla en carcajadas.) ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja! Ora sí, ¡ja, ja, ja!, por Dios que no me pude aguantar la risa. (Se desploma en una silla. Y añade, sin dejar de carcajearse.) Discúlpame, pero qué ridículo te ves.

RIGOBERTO: (Se vuelve a Enrique.) ¡Cállate, no te burles!

ENRIQUE: Pero cómo no me voy a reír, maestro, si pareces un costal de papas de la cintura para arriba. (Se carcajea.)

RIGOBERTO: Te odio, ¡no te rías!, que me duele aquí adentro.

ENRIQUE: Pues ponte vitacilina. (Más carcajadas.)

RIGOBERTO: ¡Carajo! Sabía que te ibas a reír, pero siempre caigo en la trampa.

ENRIQUE: (Se va agotando su risa.) Bueno, ya. Discúlpame. Se me salió.

RIGOBERTO: (Se pasea nerviosamente por la estancia. De pronto, recoge unas pesas del suelo y la levanta tres veces sobre su cabeza al tiempo de decirle a Enrique.) ¡A ver, haz esto! Demuéstrame que tu cuerpo sirve para algo…

ENRIQUE: (No hace el menor intento por levantarlas.) No seas orate, así no demuestras nada. ¿Crees que por
levantar pesas ya estás del otro lado? No mames…

RIGOBERTO: Claro que sí. El cuerpo es fuerza, resistencia, elasticidad. Tú qué: ¿piensas que el tuyo vale más porque eres un pintorcillo desconocido y un dibujante de publicidad?

ENRIQUE: Cada quién su vida, ¿no? Además, al rato, algún día dejaré de ser ese pintorcillo desconocido. Me canso…

RIGOBERTO: Eso no tiene ningún chiste. Aprende a cultivar tu cuerpo y entonces sí.

ENRIQUE: Mira, es suficiente con que uno quiera (énfasis en la palabra quiera) su cuerpo para que sea el más hermoso del orbe, cualquiera: el de un tullido, el de un deforme, el de un jorobado, el que sea.

RIGOBERTO: A otro perro con ese hueso.

ENRIQUE: Créeme…

RIGOBERTO: Lo único que creo es que ustedes, los quesque muy artistas —los pintores, los músicos, los que escriben, todos ustedes— se descuidan. Sé que son viciosos y débiles, como mujercitas.

ENRIQUE: Está bien, hombre, no quiero discutir. No te enojes… Y por lo anterior, ya, una vez más, discúlpame.

RIGOBERTO: (Continúa caminando de aquí para allá.) Sí, eh, discúlpame… Mira, tú, Enrique, primero que nada me envidias. Por eso me acaricias, por eso me admiras, porque nunca podrás desarrollar un cuerpo como el mío… tienes que conformarte con pintarlo, lo cual es nada (Énfasis en la palabra nada). Por eso es que yo, yo soy tu modelo, porque me idolatras, porque te pierdes conmigo. (Enrique se levanta y se pone delante de Rigoberto. Se le acerca y comienza a hacerle cosquillas.) No, Enrique, por favor, cosquillas no me hagas, no ahora…

ENRIQUE: A ver, a ver: cálmese mi muchachito. Cálmese…

RIGOBERTO: No, Enrique, no. (Hace débiles esfuerzos por quitárselo de encima.)

ENRIQUE: Unas cosquillitas, una sonrisita…

RIGOBERTO: (Empieza a carcajearse.) No, no. Espérate. Ja, ja, ja, cosquillas no, cosquillas no.

ENRIQUE: Sí, sí, sí. Cómo no…

RIGOBERTO: Te digo que te esperes, tantito, tantito…

 

(Carcajeándose, y luego de un forcejeo grotesco, cae al piso con Enrique encima haciéndole cosquillas.)

 

ENRIQUE: Ya ve, así se ve más bonito.

 

Escena III

 

(Mismo escenario, a la mañana siguiente. Enrique, casi listo para irse, se acomoda la corbata. Rigoberto en pants, brinca la cuerda lentamente.)

 

ENRIQUE: Rigoberto, deja eso y dime si la corbata está bien puesta. Dame una mano con el nudo.

RIGOBERTO: (Se acerca. Le acomoda el nudo.) Mmm… así está mejor. Oye, ¿y ya pensaste qué vas a hacer en tu próxima pintura? ¿Se te ha ocurrido un nuevo tema?

ENRIQUE: No…

RIGOBERTO: ¿No…?

ENRIQUE: No, el mismo de siempre: retratarte…

RIGOBERTO: ¿Por qué no pintas ahora a tus hijos o a tu mujer? No es que yo me niegue a seguir posando. Pero para variar un poco…

ENRIQUE: ¿Para qué? No me interesa. Te lo repito: retratarte es lo único que me importa. Y la próxima vez que venga comenzaré un nuevo cuadro.

RIGOBERTO: Bueno, allá tú. Oye, un último favor: ¿me tomas unas fotos? Ya sabes, para mandarlas a las revistas, ¿sí? Ándale, así como tú mandas las tuyas. Con seguridad me las publican. (Localiza una cámara y se la da a Enrique.)

ENRIQUE: De acuerdo, no se diga más. Pero sólo unas cuantas porque tengo prisa. Ah, pero antes, y para que salgas bien, a calentar unos minutos. Vamos, ¡un-dos!, ¡un-dos! (Enrique aplaude marcando el ritmo al tiempo que Rigoberto se tira al piso y comienza a hacer lagartijas.) ¡Un-dos! ¡Un-dos! ¡Un-dos! ¡Un-dos!

 

T E L Ó N

 

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Música

El apolo húngaro

Aquella mañana mortecina, Liszt se dirigió al palacio de la familia Sayn-Wittgenstein. Había sido convocado para ultimar las clases que le daría a la princesa Carolina.

Inequívocamente, sus amigos le decían que no fuera, no en particular a la casa de aquella familia, sino en general a cualquier lugar donde hubiera la probabilidad de que lo humillaran. Te tratan como sirviente, ellos tienen que acudir a tu casa, o enviarte la propuesta con un propio, le decían. A lo que Liszt respondía: Cada cosa en su lugar, ellos me van a pagar a mí, no yo a ellos. Y aunque no cobre las clases, yo salgo beneficiado. Pues me deberán un favor.

Y de alguna manera así acontecía. Franz Liszt no cobraba porque lo consideraba una vulgaridad. ¿Cobrar por tocar el piano? Para él, habría sido como si una madre le cobrara a su hijo por enseñarlo a caminar.

Llamó a la puerta del palacio, y un criado de librea lo condujo hasta la sala de música, donde se encontraba la princesa de Wittgenstein.

Se veía especialmente hermosa esa mañana. Vestida con sencillez y de colores claros, sus veintinueve años resplandecían ante los veinticinco de Liszt, como gemas que podía aprisionar con sólo estirar la mano.

—Me han dicho que usted es el mejor maestro del momento, mejor aún que Chopin —exclamó la princesa al tiempo que extendía su mano a la espera de un beso sutil.

—Una belleza como usted no necesita un maestro de piano, necesita de un ángel guardián que la proteja del asedio masculino.

—Mi marido no es un ángel guardián, pero lo hace.

—¿Y dónde está él ahora?

El criado se presentó con el servicio de té. Se disponía a llenar las tazas, pero con una indicación silenciosa la princesa le ordenó que se retirara. Ella se encargaría.

Liszt sonrió.

El rostro de Liszt era como su música: luminoso. No había quien pudiera resistirse a mirarlo sin despegar la vista. Cuando aparecía en el escenario, las pupilas femeninas se detenían en aquellos rasgos como si contemplaran a un dios. No en balde se le había acuñado el epíteto del Apolo húngaro.

—Lo he citado por dos asuntos, pero antes de decírselos quiero expresarle que me embelesó su interpretación del domingo por la mañana. Con conocimiento de causa, puedo decirle que nadie toca como usted la Hammerklavier de Beethoven.

—No la ha escuchado usted con Thalberg. ¿Y lo otro que me quería decir?

—¿Por qué me interrumpe? Usted es mejor que Thalberg, sin duda alguna.

—Pronto tendremos un duelo, y el público decidirá. Pero nuestra plática tiende a ser una fruslería. ¿Cuál es el otro asunto? Soy todo oídos.

—Sí, quiero pedirle, rogarle mejor dicho, que toque usted en un concierto a beneficio de los niños huérfanos del Orfanato de Saint Hélène de Tichoux.

Estuvo a punto de responder que sí en forma inmediata. Pero algo lo detuvo. Sabía que dicho orfanato era subvencionado por la más retrógrada nobleza parisina, y que la contribución que él pudiera aportar en nada afligiría la situación de aquellos niños. ¿Qué se proponía entonces la princesa, haciéndole esa petición?

—La idea es que no nada más asista el público en general, quiero decir las familias ilustres, sino que los niños lo escuchen. Imagínese, oír a un dios del piano como lo es usted.

—¿Y alguno de esos aristócratas reconocerá en algún niño expósito sus ojos, el color del pelo, su sonrisa? ¿Reconocerá, sea hombre o mujer, a la criatura que abandonó en la puerta del Orfanato de Saint Hélène de Tichoux?

La princesa se puso de pie. Sus ojos despedían un brillo de ira.

—Franz Liszt, no pensé que usted…

—No he dicho mi última palabra —acotó Liszt, y por un momento se le reveló en aquella mujer la hembra y la fuerza, la feminidad y el coraje, la belleza y su par, la voluptuosidad, se casaría con ella; en aquel instante la determinación vino a su mente como un relámpago—, por supuesto que daré ese concierto para los niños bajo la condición de que no se exija donativo alguno, no quiero que nadie se adorne a mi costa, que las puertas sean abiertas a todos los paseantes, y desde luego que mis emolumentos no sean cubiertos. Yo toco en un estado de gracia, no por irrelevancias financieras. ¿Y lo otro, qué es?

Un levísimo rubor tiñó el rostro de la princesa. Tomó aire y repuso:

—¿Aceptaría usted ser mi maestro?

Liszt se volvió a mirar el piano que yacía en un extremo de aquella sala, al lado de un cuarteto de cuerdas que se encontraba en una vitrina mandada hacer ex profeso.

No salió una palabra de su boca.

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Crónica

Amanda

De pronto volví la cabeza y estaba ahí. Vi dos piernas enfundadas en medias negras. La falda gris apenas le cubría hasta la mitad del muslo. También los zapatos me llamaron la atención: negros, de tacón alto, como una aguja. Entonces miré su rostro y descubrí que ella me había estado mirando, que en lo que yo recorría esas extremidades suyas, ella había visto mis ojos observarla. Ella se supo, sí, observada en su intimidad, y yo me supe descubierto, como esos fisgones detestables —para algunos—, o adorables —para otros. Ni siquiera sabía su nombre y ya conocía más de ella que el resto de mis compañeros.

Pero no le dirigí la palabra. Ni siquiera cuando ambos coincidimos en el comedor. Los dos estábamos ahí, a escasos metros de distancia. Comiendo un vulgar espagueti; pero advertí con malsana curiosidad que ella se detenía, o, más que detenerse, se deleitaba exacerbadamente en el acto de comer: con mucha, insólita calma, absorbía un espagueti y enseguida se relamía los labios. Dirigía entonces su mirada hacia mí, ciertamente unos ojos que prometían el mejor momento de la noche. La escena se repitió una y otra vez. Miraba su lengua hacer ese movimiento que se inicia en las comisuras de los labios y que da toda la vuelta a la boca hasta dejar aquella superficie brillante y jugosa.

¿Cómo se llama la nueva?, le pregunté al mensajero, que siempre está enterado de esas cosas. Amanda, respondió. Si quiere se la presento… Me reí y le dije que no, que gracias, que en el trabajo uno termina por conocerse, y que eso de que alguien te presente es una cursilería.

Amanda, me gustó su nombre. Lo comencé a escribir en el papel membretado de la oficina, en las hojas de los memos, en el calendario que tengo en mi escritorio. Lo escribí con tinta azul, con tinta roja, con tinta verde. Sobre todo con tinta verde. Parecía como un nombre que proviniese de la selva, que frecuentara el reino vegetal. Un nombre irreal, animado de clorofila, un nombre que seguramente al amanecer encendía aún más su color. Amanda, lo escribía con letra de imprenta y manuscrita. Con H y sin H. Con acento y sin acento. Y como para subrayar la divina palabra, dibujaba al calce unas piernas cruzadas con sus respectivas medias negras, unos senos, un par de zapatos de tacón.

¿Qué haces tan entretenido?, escuché de pronto a mis espaldas. Supe que era ella. No sé si me explique, aun sin antes haberla escuchado reconocí su voz, esa voz que parecía acariciar y conmover; si los ángeles tienen voz es como la de ella, me dije sin volverme a mirarla. Porque me aguanté las ganas de voltear y contemplarla a mi gusto. Estoy loco, lo sé; pero quería prolongar ese momento, porque a partir del siguiente todo se volvía previsible. Así que me tomé mi tiempo. Giré la cabeza lentamente como si me viera a mí mismo en cámara lenta. Escribiendo tu nombre, le respondí. Había una canción que se llamaba así, mi favorita. Salpicando estas hojas de vida, inoculándoles tu savia. ¿Mi qué?, preguntó sin sonreír. Y yo supe que era la mujer, que esa mujer había nacido para mí, para que yo la gozara, la sintiera, volara con ella sobre las cataratas del Niágara, ahí, en ese instante, sin movernos de ese sitio.

Vengo a preguntarte tu nombre. Me gusta ser sociable cuando recién entro a un trabajo. Y creo que a ti también te gusta ser sociable. Se lo dije. Suave y despacio, para que quedara depositado ahí donde el aliento y el corazón se hacen uno. Para que no lo olvidara jamás. Porque una vez ella con mi nombre, y una vez yo con el nombre de ella, quedábamos enganchados de por vida.

Se llevó mi nombre en el puño. La vi darse media vuelta y marcharse con el puño cerrado. La vi sentarse. Entonces tomó su bolígrafo y se lo metió a la boca. Lo paladeaba como se paladea un pirulí. Lo lamía por los extremos, por el centro y el final. Y cada rato incrustaba sus ojos en los míos.

Bajé la vista y descubrí que Amanda había abierto un poco, muy levemente, muy sutilmente, las piernas. Estaba sentada de tal modo que flexionando apenas el cuerpo alcanzaba yo a atisbar hasta las últimas consecuencias. Me quedé paralizado. Distinguí perfectamente el extremo de las medias, y más allá el muslo desnudo. ¿Qué hay ahí?, pensé, en ese punto que reúne todas las miradas, todas las palabras, todos los olores, todas las texturas y las lenguas. Miré lo que creí un mechón oscuro. No distinguí más. Pero habría de poner ahí mis dedos, mi boca. Mi hombría. Y ella lo sabía. Me volví a mirarla y advertí en sus ojos el gesto de quien va a llorar, pero no como un gesto tragicómico sino porque se está en el umbral de lo insospechado.

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Poesía

Anoche lloramos juntos

No sé exactamente cómo aconteció.
Estábamos en la cama. Yo dentro de ti.
De pronto me di cuenta que la belleza
era mi ángel guardián.
Te dije que te amaba.
Como nunca había amado a nadie.
Me dijiste lo mismo.
Y sobrevino el llanto al mismo tiempo
que el semen.
Lloraste aún con mayor intensidad.
Nos juramos amor.
Las almohadas quedaron empapadas
de lágrimas.

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Artículo

Un paseo con mezcal

1) Leo Cuentos infieles (Lectórum) de Lorenzo León Díez. Celebro su lectura. De entrada me entusiasma su confección. Escritor pulquérrimo, sus cuentos son organismos perfectos en los que nada falta ni nada sobra. Se trata de una compilación de cuentos eróticos, y soy de los que piensan que la literatura erótica exige un tratamiento doblemente riguroso. Al parecer, es tan fácil volcar la calentura en letras. Cualquier hombre es feliz contando sus aventuras con las mujeres. Cuando menos hasta cierta edad. Haciendo apologías de sí mismo. Como si fuera el tipo a quien las mujeres no le niegan nada. Pues bien, vaciar esa omnipresencia no es cualquier cosa. Cuentos infieles está escrito por un hombre, pero por un escritor que conoce los alcances de la palabra. Es lascivo cuando hay que serlo; contemplativo cuando la situación que narra lo requiere; sucio, si el cuento apuntala ese sentido. En fin, con talento y enjundia recorre un amplio espectro de emociones. Va un ejemplo. El cuento “Huyente deseante” es la historia de un paciente que desea a su odontóloga. Todo acontece en el consultorio. Mientras la mujer, de senos pródigos, ojos expresivos y sonrisa franca, le inyecta anestesia al personaje protagónico, el hombre lo que hace es admirar la línea de carne que prodiga el escote. Hasta que de plano le dice, ya con la anestesia en la boca, que la desea, y que si se puede… Bajo la sentencia de que será la única vez y no habrá otra, hacen el amor en el sillón del paciente. Cuando terminan, ella le cobra sus honorarios, le hace la próxima cita y le recomienda no masticar en dos horas. De alguna manera, todo mundo queda contento.

2) Pruebo un mezcal delicioso: Del Maguey. Single Village Mezcal, que puso en mis manos la escritora Susana Galván. Es simplemente una pieza maestra. Me bebo al hilo un par de caballitos y decido escuchar Beethoven. Transcribo el texto de la etiqueta, porque de verdad es un lujo esta bebida: “Del Maguey le trae una colección de mezcales de pueblos únicos. Hecho en las mágicas y remotas montañas, planicies y valles de Oaxaca, México. Cada mezcal es nombrado por el pueblo donde está hecho. Chichicapa tiene un aroma medio y complejo gusto de cítricos y un largo acabado suave con matices menta y chocolate. La elevación del pueblo es de 1,860 m sobre el nivel del mar con un micro clima desértico tropical en un valle amplio. Los mezcales Del Maguey son dos veces destilados, no son mezclados, de 100 % agave espadín, con una óptima madurez y producidos de manera original, orgánicos, con una tradición de 400 años de fabricación artesanal. La producción está limitada para preservar al máximo la calidad. No se utilizan químicos, colorantes o aditivos en los Del Maguey. Single Village Mezcal”. En fin, le llamo a Susana Galván para agradecerle tan fino obsequio. Y para invitarla a que me proporcione algún capítulo de la novela que está trabajando. La Furia del Pez la aguarda.

3) Me remito a Beethoven. El mezcal me permite disfrutarlo aún más. Se ha hablado mucho de que su obra está dividida en tres bloques, cada uno de ellos caracterizado por un estilo, o, más que eso, un modo de hacer música. Así, el primero correspondería a su juventud, desde su época de Bonn —propiamente su adolescencia y primera adultez— hasta los treinta años; el segundo periodo abarcaría de los treinta años hasta los cuarenta y cinco, y el último de los cuarenta y cinco hasta su muerte, los 57. Bien intencionada, sin embargo esta elucidación es absolutamente insatisfactoria. Por una sola y llana razón. Porque Beethoven emprendió la construcción de una obra orgánica, que reflejara a la humanidad en su conjunto. Cualquiera entiende, entonces, que no es posible separar la complejidad de ese raro bicho llamado hombre, que no es de gente sabia esquematizar la historia humana bajo periodos tan rústicos. Desde luego que él fue cambiando su modo de componer. Influido en su obra temprana por Haydn y Mozart, sin embargo, aun en sus obras más impúberes, se escucha un Beethoven telúrico —según testigos de aquel Beethoven treintañero, todos opinaban que algo tenía su música que nunca antes nadie había escuchado; que esto se opinaba cuando lo escuchaban improvisar. Lo que hace Beethoven —uno supondría que más allá de su voluntad—, lo que hace es permear su música del mismo encono. Una obra arrastra a la siguiente. Se van diluyéndose entre sí. Como si de una a otra desparramaran una marca. Un sello. Tan es así, que en obras tempranas uno puede decir: “¡Ahí está el Beethoven de la Coral!” Y en obras postreras, “¡Ahí está el Beethoven de los tríos para cuerdas!”. Y darle un sorbo al mezcal. Como yo, ahorita mismo.

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Aforismos

Aforismos con aliento de mujer

Para Nacho Valdés

1) A través de su cuerpo, la mujer revela la indumentaria de su espíritu.

2) La mujer no necesita de la poesía; pero la poesía sí necesita de ella.

3) En la noche, los ojos de la mujer son crueles; en el día, son dos nubes que pasan y se pierden en el infinito. Siempre habrá un hombre que decida emprender ese vuelo. O someterse a la maldad.

4) Los muslos femeninos son el regazo para la condición masculina.

5) La mujer se esmera en su recato, que es el mejor modo de rendirle cuentas a la belleza.

6) A la vista del voyeur, la desnudez femenina se torna trémula.

7) La mujer se sabe presa. En la desnudez de su intimidad clama por que una mirada la contemple, sea masculina o femenina.

8) En su cuerpo al desnudo, una mujer da por terminada la polémica.

9) Toda mujer desnuda eleva al cielo su propio canto espiritual.

10) Una mujer desnuda es un instrumento musical, a la espera de que en su cuerpo se toque Mozart.

11) Hay cuerpos que llevan inscrita la poesía, invisible a la vulgaridad. Hay que observarlos detenidamente para descubrir la metáfora.

12) Todos los cuerpos nacieron para ser tocados.

13) En la niña del ojo de cada mujer, palpita la desnudez secreta.

14) La desnudez es el abrigo de las mujeres inteligentes.

15) En la desnudez de una mujer, se dan la mano sabiduría y carroña.

16) La desnudez femenina se eleva espiritualmente al momento de tocarla. Por eso es inútil tratar de atraparla.

17) En el corazón de toda mujer yace una fortaleza inexpugnable. En su boca, un nido de canarios. En su sexo, un follaje que oculta los rayos del sol.

18) La mujer no envejece en sí misma; envejece a los ojos del hombre.

19) Aun la mujer más anciana y deteriorada conserva un gramo de belleza. Es tarea del seductor descubrirlo. Y honrarlo.

20) Para enaltecer la belleza de una mujer ningún sentido estorba. Beethoven es la prueba más elocuente.

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Cuento con traducción

El buen Eucario

Nunca me llevé bien con Eucario. Conviví con él unos cuantos días, y con eso bastó para que me pareciera uno de los tipos más despreciables que he conocido en mi vida.

Sucede que hoy día, cualquier persona que desee progresar en su centro de trabajo —por progresar hay que entender simple y llanamente percibir un salario progresivo—, debe de sacrificar su tiempo y de vez en cuando tomar algún curso de motivación personal.

Que eso fue lo que me pasó a mí. Y a Eucario.

Motivado por Castillo —que canceló a última hora, cosa que jamás le perdonaré—, me inscribí a un curso que llevaba por título el de Los diez puntos básicos en el proyecto personal de un hombre de éxito. La cita no sería en la ciudad de México sino en un hermoso centro vacacional, a un par de horas de la capital. La promoción incluía el transporte, desde luego el hospedaje y el consumo; excepto de bebidas alcohólicas.

Desde que el buen Eucario —no le digo así por mofa; él mismo nos suplicó a todos que lo llamáramos de esa manera— se subió al camión, se acabó mi tranquilidad, y la de todos. Con el puño derecho en alto, le gritaba hurras a la firma organizadora, así como a la compañía para la cual trabajaba, y hasta a su jefe, que le había permitido viajar para que se superara. De pie en el pasillo, se detenía ante cada pasajero, le levantaba el brazo y lo obligaba a que se uniera al “festejo”. Cuando llegó ante mí, fingí estar dormido con tal de que me dejara en paz. Pero fue al revés. Me sacudió un par de veces, y me gritó a boca de jarro: “¡No es hora de dormir! ¡Es hora de triunfar!”. Juro que si el camión no hubiese iniciado su marcha, me habría bajado.

Lo siguiente que hizo fue peor. Abrió una de sus maletas y extrajo bolígrafos y tazas con el logotipo de su empresa. Las repartió a cada uno de nosotros y empezó a declamar la mística de su trabajo. Cuando se dio cuenta, todos estábamos a punto de quedarnos dormidos.

Y como si estuviéramos pensando lo mismo, apenas el camión se detuvo a las puertas del hotel lo primero que hicimos fue correr a la recepción para verificar que nuestra habitación fuera individual, y, en caso de no serlo, para apartarla con cualquiera menos con el buen Eucario. Pero por fortuna resultó individual.

Las sesiones comenzaron cuanto antes. La primera estuvo dedicada a la coherencia entre la educación y el proyecto de vida. El expositor estaba explicando cómo el éxito se puede inocular en un hombre desde que es niño, cuando el buen Eucario levantó la mano. El expositor le dio la palabra y Eucario contó su niñez. Ninguno lo podía creer. Pero allí estaba, narrando su infancia paso a paso. Hasta que el expositor lo conminó a que cerrara la boca y se sentara.

Dos sesiones en la mañana y dos en la tarde, jueves, viernes y sábado, y en todas y cada una el buen Eucario interrumpió el flujo de la ponencia del expositor, lo que provocó que firmáramos una queja dirigida a la dirección. Clamor que, por supuesto, no trascendió.

Pero aún faltaba lo peor. Y no estoy pensando en el ridículo que hizo cuando se metió a la alberca para mostrar sus estilos de natación —eso dijo él que iba a hacer—, sino en el cierre del evento que se llevó a cabo con una cena en el salón de usos múltiples.

Nos habían convocado desde que se abrió el curso. En el índice de contenidos, se le daba una relevancia especial. Al final de la lista de sesiones y conferencias, se podía leer: Como clausura de las actividades, se invita a todos los participantes, expositores y directivos a la cena que tendrá lugar el sábado 2 de abril a las 20:00 horas.

El salón de usos múltiples es muy amplio, y las mesas se distribuyeron dejando suficiente espacio para que la gente bailara en una suerte de pista improvisada.

Y todo habría salido a pedir de boca, pero de pronto hizo su aparición el buen Eucario. Muy pocos se percataron. En mi mesa no había lugar, pero en la de enfrente sí. Esa mesa estaba ocupada casi exclusivamente por mujeres. Entonces pasó lo inevitable, pero que nadie hubiera podido prever: el buen Eucario se dirigió a esa mesa, se aproximó a la primera mujer que tuvo a su alcance, le puso las manos en la cabeza y la empezó a despeinar; pero no se piense que en forma suave y delicada, sino brusca y violentamente. Y de la primera se pasó a la segunda, y a una tercera. Fue tal la sorpresa, que ni siquiera las mismas mujeres pudieron reaccionar; hasta la última que gritó como si la estuvieran asaltando. Se armó el escándalo. Uno de los expositores se lanzó sobre el buen Eucario y le estampó un derechazo en la mandíbula. Y a su vez, uno de los participantes zarandeó al dicho expositor y lo proyectó contra una mesa.

Fue imposible restaurar la compostura. La cena se canceló y al día siguiente emprendimos el regreso. El buen Eucario no iba en el camión.

L boen eokreo

Traducción de Emilia Hernández

Nnk m ieve bn qn Eokreo. Qonveevee qn l 1s qntz deeaz ee cn ezu bztu p q m przeera 1 d lz teepz + dzprzeblz q e qnzeedhu n mee vhedha.

Zuucd q hoe deea, qlqr przunha q dzee prugrezr n zhu zntru d trbhoo –x prugrezr hae q ntndheer zempli e ianmnt przeebr 1 zlareo prgrziivu-, db d zakrefkr zhu tmpu ee d vz n qoandu tmr algoon qrzu d mtvazehon przunhal.

Q ezu foe l q m pzu a mee. Ee a Eokreo.

Mteevdu x Kstiiio –z qncelu a oltmha urha, qsa q hmaz l prdunaré-, m nzcrebee a 1 qrzu q ievab x teetuloo l d Lz dz poontz bziqz n l proieqtu przunl d 1 hmbr d xiitu. L zeeta no zereea n l ziudd d Mxquu seenu n 1 ermuzoo zntu vkceonal, a 1 pr d hrz d l kpeetal. L prumzeeun nqluea l trzpurt, dsd loegu l hzpdahe ee el cnzumoo, xcptuu d bbeedz alqholkz.

Dzd q l boen Eokreo –nu l deegu aze x mfha; l mzmu nz zoopleqo a t2 q lu iamaramz d eza mneraa- c sbeo al kmeon, c akbu mee trnqeledd, ee l d t2. Qn l pooñu drexu n altu, l greetabha hoorrz a l fermha rganzadurha, aze qmo a l qmpaniia p l qoal trbhaba, ee hzta a zu hefe, q l hbeea prmitdu veeahar p q c zuprarha. D pieh n l pzeeo, c dtneea ant qda psaheruu, l lvntabha l brazu ee lu ubligab a q c uneerha al fsthoo. Qndu iegu nte mee, fenhee q stabu drmeedu p q m dhara n pz. Pru foe al rvz. M zaqdeo 1 pr d vcz, ee m greetoo a bk d harru: ¡Nu s oora d drmeer! ¡S oora d treeunfr!. Hooro q see l qmeon nu oobieze eeniziadu zhu mrxa, m hbrea bahadoo.

Lu zgiient q hezu fue l peeur. Abreu 1 d zuz mletz ee xtrhu ploomz ee tzuz qn l lgoteepu d zu mprezu. Lz rparteeo a qda 1 d nztruz ee mpzu a dklmr la mzteek d zoo trbho. Qndo c deo qnta, t2 stabamuz a poontu d kdrnuz drmeeduz.

Ee qmu see stoobramuz pnsndoo lu mzmu, apnz l qmeon s dtoovu a lz poertz dl otl lu 1eru q hezeemz foe qrrer a la rcpzeon p vrifeeqr q noestr habeetazeun fra eendevdoal, ee, n qsu d nu zeerlu, p aprtrla cn coalqraa – qn l boen Eokreo. Pru x frtoonha rzooltu eendevdoal.

Lz zezionz cmnzaroon qntu ntz. L 1ru ztoobu ddikdha a l qherenzea ntr l edooqceon ee l pruiiectu d veedha. L xpuseetur stba xpleeqndu qmu l exitu c poed eenoqlar n 1 humbr dzd q s ninio, qnd l boen Eokreo lvantu l manu, L xpuseetur l deo l plhrabru ee Eokreo qntu zu neeñz. Nngoonu l pdea qreer. Pru ahee stbu, nrrndhu zoo enfnzea pzu a pzu. Hzta q l xpuseetur l qnmeenu a q crrarha l bk ee c cntrha.

2 sseonz n l maniiiana ee 2 n l trd, hooevz, vrnz ee zabadhu ee n tudz ee qda 1 l boen Eokreo nterrompeeo l fluho d l pnnzea dl xpuseetur, lu k pruvooqo q frmaramuz 1 qha deereheda a la direxeon. Qlamur q, x zpztu, nu trascndeeu.

Pru awn fltabha lu peeur. E nu stoe pnzndu n l reedeeqlo q hezu cndu s meteo a l albrq p mztrr zuz ztilooz d ntazeon –ezu deeho l q eeba a hzer-, seenu n l zierr dl evntu q c ievu a qbu qn 1 cna n l zalun d uzuz moltlipz.

Nz hbean qnvucadu dzd q z abreo l crzu. N l eendze d qntni2, s l dba 1 rlevancea zpezeal. Al fhinl d lz aqtiveedadz s podeea ler: Qmu klauzurha d lz aqtiveedadz, c nveeta a t2 lz prtizeepntz, xposeeturz ee drqtivuz a l zena q tndra loogr l zabadu 2 d abrl a lz 20 hrz.

L zalun d uzuz mooltlplz s moe ampleo, ee lz mzaz c deestribuiierun dhandu zoofiznt zpaceo p q la hent baelara n 1 soert d peesta mprovzad.

Ee tdu hbrea zaleedu a pdeer d bk, p d prntu heezu zoo apreceon l boen Eukreo. Moe pqz s prktarun. N mee mza nu habea loogr, p n la d nfrnt see. Eza mza stabu oqpada qsee xcluseevamnt x muherz. Ntuncz pazu lu inveetabl, pru q ndie oobiera pdidu prver: l boen Eukreo c dereheu a eza mza, c apruximu a la 1ª muher q toovo a zu lknc, l pzu lz manuz n l kbza ee la mpezu a dzpeinar; pru nu ze pnze q n frmha zoave ee dleekda, seenu brsq ee veolntha. Ee d la 1ª pazu a la 2ª, ee a 1 3ª. Fhoe tl l zurprza, q nee seeqra lz mzmas muheerz podrun reaxionr, hzt l ooltim q greetu qmu zee l ztobiern azltndoo. C armu l sqndaloo. 1 d lz xpusiturz s lnzu sbre l boen Eukreo ee l ztmpu 1 drexazu n l mndeebula. Ee a zoo vz, 1 d lz prtizeepntz zarndeu al deexu xpusitur ee lu proiectu qntra 1 mza.

Foe mpuzibl rstaorar l qmpustura. L zana c qncelu ee al deea zignt mpredmz l rgrezu. L boen Eukreo nu eeba n l qmeon.

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