Archive for 27 abril 2012

Música

Chausson

Camille Mauclair lo distinguió de lejos y apresuró el paso. Tenía tiempo que no cruzaba palabra con él, y apenas la víspera había cantado un lied suyo. No era fácil hablar con Ernest Chausson. Compositor de tiempo completo, dedicado al ejercicio de la música en todas sus facetas, sin embargo era poco afecto a hacer vida social. París era una ciudad efervescente de arte, sobre todo de música. Aún privaba la huella de Chopin tocando en la sala Pleyel, de Berlioz dirigiendo su Sinfonía Fantástica, de Liszt defendiendo con música la genialidad de Wagner. Y ya se avistaba en el horizonte la aquiescencia de Debussy.

Admirador irrestricto de Cesar-Auguste Franck, además de su discípulo, Chausson prefería caminar por los abundantes jardines parisienses, donde existían muy pocas posibilidades de que alguien lo identificara y le dirigiera la palabra. Cosa que odiaba. Consideraba su tiempo sagrado no porque en eso se le fuera la vida como a cualquier mortal, sino porque era tiempo que le robaba a la música. Sobre todo en lo que se refería al arte de componer. Como Cesar-Auguste Franck, Chausson era autor de obra magra. No abundaba en su catálogo ni la música sinfónica ni la de cámara, ni música para la escena o el drama. Lo suyo era la música para escasos instrumentos, una dotación sobria. Las grandes orquestaciones estaban reservadas para otros temperamentos.

Cuando escuchó su nombre se volvió enseguida, con cara de pocos amigos; pero cuando identificó a Camille Mauclair su semblante se dulcificó. Le tenía en gran estima. No sólo por su espléndida voz de tenor consumado, sino por su sencillez —virtud que Chausson justipreciaba. Así que se abrazaron y decidieron caminar juntos.

—Cada vez se le ve menos en los conciertos, maestro, supongo que cada vez resultan menos exigentes.

—No es por eso, a mí todo lo que proviene del corazón de la música me conmueve. Yo no juzgo. Yo celebro —respondió el compositor con voz grave. Por un segundo estuvo a punto de arrepentirse de haber entablado conversación con Camille Mauclair. Pero valoraba profundamente su amistad.

—¿A dónde se dirige, maestro?

—A la casa de un gran violinista, Eugène Ysaye, con toda seguridad lo ha oído usted mentar.

—Por supuesto. Vieuxtemps, Saint-Saëns, todo mundo le ha dedicado algo —demasiado tarde se percató de que había cometido una imprudencia, pues Chausson no le había dedicado nada—, aunque a veces una dedicatoria puede modificar su destino —añadió, tratando de cambiar el curso de su ligereza—. Como las de Beethoven, ¿no cree, maestro?

—¿Está usted diciendo que Beethoven se equivocó? ¿Se atreve usted a profanar el nombre de Beethoven?
Camille Mauclair no supo qué decir. Quizás hubiera sido mejor no acercarse. Pero una idea vino a su cabeza, que tal vez reblandecería la dureza de Ernest Chausson.

—¿Y va usted a la casa de Ysaye a escuchar una obra en particular?

—Sí. Mi Concierto para piano, violín y cuarteto de cuerdas. Con su cuarteto y conmigo al piano. Más otro atrilista, claro, al violín.

—Me han hablado de esa obra, maestro. Se asegura que es el colmo de la exquisitez y el buen gusto.

—Exageraciones de gente que no sabe lo que es la música. De cuando acá la exquisitez tiene que ser requisito de una música para que sea buena… En fin. ¿Quisiera usted acompañarme?

***

La casa de Eugène Ysaye se veía más como un palacio que como la casa de un violinista que se ganaba la vida tocando. O acaso era el entusiasmo que se tornaba en esplendor de la gente que entraba, ávida de escuchar música. Como fuera, Ernest Chausson se perdió rumbo hacia el escenario, y Camille Mauclair ubicó una silla que le permitiera disfrutar a plenitud. La gente que lo rodeaba se veía más interesada en la música que en su lucimiento propio. Por desgracia, París se había convertido en la capital universal de la música —atrás habían quedado Viena y Venecia— pero también en la capital del esnobismo. Si la crítica y el público parisinos aceptaban una obra, significaba que esa obra tendría éxito; pero cuánta música no alcanzaba ese nivel de aprobación. Entonces estaba destinada al cesto de la basura. Donde había ido a parar música tan valiosa. Sobraban los nombres.

El cuarteto, el pianista y el violinista hicieron su aparición. Y la música principió. De inmediato vinieron a la mente de Camille Mauclair los lieder de Chausson que había interpretado. Había en esa música lirismo y poesía, alma y melodía. De una introspección rayana en la dulzura más honda, trágica. Una dulzura trágica, eso era aquella música. Sin duda, Chausson era el más importante compositor francés vivo. Para él. Y para otros cuantos cultos.

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Ensayo

Las Prostitutas

“Las que practican el oficio más antiguo del mundo”, les llaman los que suelen repetir lugares comunes, esos señores cuyas bocas se hinchan al apropiarse de la idea de otro. “Las del tacón dorado”, dicen los que se imaginan que así habrá de identificárseles como hombres de mucho mundo. El diccionario acusa sinónimos de risa: suripantas, zorras, tías, perendengas, furcias, pingos, pellejas, pelanduscas, pupilas, maturrangas, heteras, zurronas, calloncas, bagasas, coimas… Sinónimos que escritores insulsos y periodistas ignorantes acostumbran utilizar. Los primeros para indicar que se han acostado con una muy buena cantidad de ellas, y que conocen todos sus secretos; los segundos, para señalar que bien pueden ser catalogados como reporteros de la noche, y cuando menos el lenguaje lo dominan. Ambos contingentes excluyen denominarlas por su verdadero nombre, el nombre que muchos maridos les susurran a sus esposas en la cama, cuando el alcohol los desinhibe. Y porque eso querrían que fueran sus esposas: putas.

Las prostitutas encajan mejor en la noche que en el día. Porque la noche se come su sombra, que tiene alas. Y las alas, al batirse, alejan a los clientes. Las prostitutas encajan mejor en la noche porque la oscuridad es un manto común y bueno, porque es de todos. Y en esa medida abriga y protege a los que acostumbran cubrirse con él. A los que se pierden en la noche.

Las prostitutas se comen a mordidas los corazones de los poetas. Porque los poetas depositan en ellas justo eso, su corazón. Entonces las prostitutas parten ese corazón, exactamente del mismo modo que un chef el jitomate, y se lo comen. No hay poeta cuyo corazón no le guste ser comido por una prostituta. Incluso lo muestran orgullosamente a la primera oportunidad. “Muéstreme su corazón”, le ruega la joven virgen a su poeta. Y éste lo enseña. Cuando la joven virgen pregunta: “¿Y estas mordidas, qué significan, quién te las hizo?”, el poeta responde: “Así nací. Se las hicieron a mi padre. Mi madre”.

Porque así como el poeta es sabio y vaticina, en la misma medida reconoce su pasado. Y sabe que en la vida de todo hombre alguna ascendiente, aunque sea la tatarabuela de su tatarabuela, ejerció la prostitución. Sabe que aun en las genealogías más apretadas, más quisquillosas, en las propias de príncipes y sumos pontífices, de duques y jerarcas de la paz, la moral y las buenas costumbres, hay, rascándole un poco, escarbando menos de lo que podría pensarse, una prostituta. Por eso reza la sabiduría popular: “Es un hijo de puta”. Y hay razón. Dicha sabiduría no se equivoca.

Las prostitutas caminan de puntitas. Por eso el uso de los zapatos de tacón. De tacón de aguja. Porque aun sin esos zapatos, cuando caminan descalzas en el cuarto del hotel de paso, los pies se arquean independientemente de la voluntad de ellas. Lo hacen para estar más cerca del cielo, porque su cuerpo alado quiere remontar el vuelo.

De ahí que las prostitutas hayan sido confundidas con ángeles, pájaros que surcan por lo alto y animales mitológicos. El origen de este malentendido acaso estriba no sólo en las alas que adornan su espalda, sino en que han proporcionado consuelo, alivio, alegría, comprensión y, muchas veces, amor. Por lo que enseguida de haber estado en la cama con una prostituta, un hombre contempla la vida de otro modo (lo que es muy fácil de inferir, si desde la acera de enfrente de dicho hotel se observa con atención a los hombres que vienen de hacerlo; si se mira acuciosamente aquel rostro, ese nuevo rostro suyo). Más aún: cuántas veces ese hombre no deja en aquella mujer toda la podredumbre que lo acompañaba segundos antes de haberla tenido en sus brazos. Son hombres que muchas veces ni siquiera el amor quieren hacer. Que se conforman con hablar. Pero con hablar con una mujer que es de todos. Y en consecuencia suya. Suya por un par de horas, por una hora. Nadie podría aspirar a más.

Aun el más notable de los filósofos, poco tiene que hacer al lado de una prostituta. Porque una palabra pronunciada por una prostituta vale más que todos los manuales de filosofía, gramática o historia del arte juntos. Esos labios no son los labios de cualquier mujer. Esos labios son los labios de una mujer que abre las piernas para un hombre que se lo ha ganado, sin contar cómo lo ha hecho, sin que medie una carta de buena conducta, un título nobiliario o universitario, un rostro simpático, una posición acaudalada. Hay hombres que por su mal aliento, su fealdad, su torpeza al expresarse o su cuerpo contrahecho, sólo se atreven a tomar la mano de una prostituta, a acariciar con suma delicadeza el dorso de esa palma. Entonces la prostituta los acaricia a ellos, les otorga confianza; los torna risueños e individuos colmados de ternura. La prostituta les devuelve la fe.

Las prostitutas son transparentes en su trato y evitan a los hombres proclives a pasarse de listos, de simpáticos o de ingeniosos. Porque abundan los clientes que se acercan a ellas con tal de darles lecciones de vida. Que formulan preguntas estúpidas y comentarios ramplones. Que recitan diálogos aprendidos en novelas. Son odiosos. Precisamente a esos clientes, las prostitutas les cobran por anticipado.

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Dramaturgia

Una noche con Leonard Cohen

Obra en un acto

PERSONAJE: Un hombre treintañero.

ESCENARIO: Cantina.

SONIDOS AMBIENTALES

Pocos hombres como yo tienen conciencia —o acaso debería precisar: valor— de lo que voy a decir, pese al juramento de verdad que tengan hecho consigo mismos, o a su grado de honestidad probado en el trabajo o en las relaciones amorosas, terrenos ambos que exigen cierta entrega. (Transición) Odio a mi madre. Odio a mi madre, es algo que me gustaría gritar en medio de una cantina atiborrada de hijos dóciles y educados —como ésta en la que ahora mismo estoy—, de una función de cine para niños donde los mocosos sólo sueltan la mano de su mami para llevarse a la boca un puñado de palomitas, o de un espectáculo por el día de las madres. ¿Alguno de ustedes se ha preguntado qué pasaría? ¿A alguno de ustedes le gustaría hacer la prueba? Primero tendría que hacerse un examen de conciencia y atisbar muy dentro de sí, aunque sea con la luz de un cerillo alumbrar ese sórdido interior y descubrir la podredumbre. La detesto por dos razones. Porque es mi madre, la primera, y porque está viva —porque vive, sería menos brutal decir—, la segunda. Y aquí no cabe aquello de que matamos todo lo que amamos, de que no he podido sublimar complejos o estupideces así. Si las palabras tienen algún significado es aquel que se manifiesta con su evidencia aplastante y brutal. Te dicen entra, y entras, así de simple; te dicen vete y te vas, así de sencillo; te dicen cállate y te callas, así de fácil. Las palabras son las palabras, y yo aquí, ahora y siempre las utilizo para lo único que sirven: para decir lo que siento y pienso. ¿Quién no odia a su madre?, alguno de ustedes se preguntará por ahí, y añadirá por lo bajo: el tema más trillado del mundo. Cierto, pero qué ocurre cuando el hijo ha sido educado bajo las imbatibles alas del amor, cuando su madre le cantaba canciones de cuna noche tras noche, le narraba cuentos de prodigio y maravilla, le preparaba sus tortas para el recreo, o le almidonaba los cuellos de las camisas, ¿qué sucede entonces? ¿Qué habrá de acontecer en el alma de esa persona cuando en lugar de guardarle gratitud al ser que lo trajo al mundo, sólo tenga por él desprecio, repulsión que se traduzca en odio? ¿Qué tuvo que haber pasado? No sé en el caso de otras persona, ni me importa; en el mío, lo tengo claro: odio a mi madre porque me dio la vida. Y eso es lo que estoy a punto de gritar. Quiero ver cómo se descompone la cara de todos estos pusilánimes, que no ponen en tela de juicio su presencia en este universo. Porque no es cualquier cosa estar aquí. Y no me refiero a las hambrunas ni a los incendios forestales, todo eso me tiene sin cuidado. En lo que estoy pensando es en la ignominia que significa ser una persona. En el deshonor, en la degradación que simboliza el desastre de estar vivos. Y estoy seguro que estos imbéciles se volverán contra mí a golpes. Que ni siquiera pensarán en la posibilidad de que les esté hablando con la verdad. Con su verdad. Quizás una sola voz se levante y me asegure que a quien hay que odiar es al padre. Que le rebata esa apreciación. Lo cual haría de las mil maravillas. Le preguntaría: ¿qué le duele más, que insulten a su padre o que insulten a su madre? Y cuando me respondiera que a su madre, lo acosaría brutalmente: ¿por qué, por qué? La respuesta es una: porque nunca estamos seguros de que nuestro padre sea nuestro padre. En cambio, siempre sabemos que nuestra madre es nuestra madre. Por eso digo que ella es la culpable, la verdadera causante de nuestro sufrimiento, de nuestra estulticia, de nuestra miseria. Desconozco las consecuencias de esto que estoy a punto de hacer. Les abriré los ojos a todos estos estúpidos. Me escucharán. Por un segundo los aturdiré. Algunos fingirán que no han oído bien, o que no es asunto de ellos. Pero cuando identifiquen esa palabra de cinco letras, volverán su cabeza hacia mí. Alguno me dirá que soy un mal hijo, y que mi única salvación es el infierno. Otro me dirá que me calme, e incluso me ofrecerá una copa. Y alguno más se me quedará mirando desconcertando. Pero sin reflexionar, sin contemplar lo que ha sido ni lo que le espera. Por supuesto que existe la posibilidad de que uno entre todos estos me desafíe a golpes, o de plano se levante y me tunda a puñetazos y patadas. Todo esto es claramente posible. Y lo acepto. Pero si hay uno solo, uno, que por un segundo odie a su madre, que luego de oírme coincida conmigo, entonces me daré por satisfecho. No sé qué estoy esperando.¡Una!, ¡dos!, ¡tres! ¡Escúchenme!

TELÓN

 

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Crónica

Mariana

Cada vez que voy a Ixtapan de la Sal pienso en ella.

Aquella ocasión me fui a meter a cualquier hotel de la carretera que conduce hasta el centro de la ciudad. Un hotel que si en vez de hotel dijera casa de huéspedes no habría ninguna diferencia.

Quería estar solo y de paso relajarme en las aguas termales, en lo que se conoce como baños romanos que están a un lado del carísimo Hotel Ixtapan.

Estaba pagando mi boleto para bañarme, cuando me llamó la atención el anuncio de un recital de piano que iba a tener lugar esa misma noche en una de las muchas salas del Hotel Ixtapan. Se iba a presentar una pianista. Bueno, escuchar Los Adioses de Beethoven, unos Preludios de Chopin, la Suite Bergamasque de Debussy y una Elegía de Rachmaninov, a nadie le cae mal. Tenía ya un par de días de estar en Ixtapan de la Sal y no había abierto un libro ni escuchado radio ni disco alguno. Lo cual está bien, porque de pronto es bueno aislarse de cuanta carajada, por más hermosa y disfrutable que sea, parece asediar la vida diaria. Aquellos días se me había ido el tiempo nada más en comer, beber, bañarme en las aguas medicinales y dormir. Pero el gusanito de la curiosidad me picó y decidí ir al concierto. Como la entrada era libre, ni siquiera tenía el pretexto para no ir de pagar dos o trescientos pesos, que es lo que se acostumbra en México por un buen concierto.

Y me disponía a escuchar cuando las cosas dieron un vuelco. Salió la pianista, se inclinó para agradecer los aplausos de bienvenida, y de pronto se dirigió al público: tal vez habría alguien ahí que supiera leer música y que le diera vuelta a la página mientras ella tocaba; un asunto de lo más común del mundo. Nadie se puso de pie. Ella suplicó una vez más, dijo incluso que se le dificultaría mucho hacerlo ella misma —la persona que lo iba a hacer tuvo que regresar intempestivamente a México; esto para mí es una emergencia, por favor. Así que levanté la mano y en menos de que lo cuento ya me encontraba sentado al piano, a un lado de ella, volviendo las páginas de la música. Debo decir que sentí una gran emoción. Porque ella se embebía del espíritu de los compositores que había seleccionado. No solamente dominaba la técnica de su instrumento, al punto de que la música brotaba con inusitada facilidad, sino que había encontrado un nuevo modo de decir las cosas, de hacer suya aquella música hasta dotarla de su propia voz. Ni hablar que se trataba de una pianista magnífica. Sumado a estar tan cerca de la fuente de la música, mirar atentamente las partituras, y volver las páginas en el momento exacto, todo esto representó para mí un verdadero acontecimiento, o cuando menos un motivo de júbilo.

Y algo se me notaría porque cuando fui al camerino a felicitarla, ella —Mariana— fue la primera en exteriorizarme su agradecimiento invitándome a cenar, con mi esposa o quien yo deseara. “Todo está pagado —me dijo—, es parte del convenio con el hotel”, añadió. Le aclaré que estaba yo solo y que accedía gustosamente. Cenamos, conversamos de mil cosas —el único tema fue la música— y el tiempo siguió su marcha. Me enteré de que era una mujer divorciada, y que su hermana era quien la acompañaba a dar sus recitales y, por cierto, quien se encargaba de darle vuelta a las páginas. “Siempre he tenido mala memoria —confesó—, y por esa razón necesito a alguien ahí, sentado junto a mí. Qué suerte haberlo encontrado”, agregó sin quitarme los ojos de encima.

Pedimos Undurraga para acompañar la cena, y sin quererlo nuestras manos ya se habían hecho una. No se necesita mucho para animar a dos seres solitarios —y máxime en esas circunstancias: en una población extraña, sin compromiso, ajenos a todo—, a que se acerquen y se abran de capa. Sin saber exactamente cómo, aun con la promesa de que yo habría de regresar a mi hotel, la acompañé a su habitación. Me franqueó la entrada y me invitó a pasar.

No es usual hacer el amor con una mujer que ha provocado una emoción estética y humana. Quiero decir, que es difícil separar a la mujer de la artista. Al momento de amarla, ni siquiera me detuve en su cuerpo. Jamás me percaté de sus piernas, de su cintura, de sus senos. Me gustaba, desde luego, pero toda ella me parecía una suerte de emanación espiritual, una mujer a la que hay que amar porque encarna un conocimiento y una capacidad de irradiar emociones privilegiadas. Ni siquiera al día siguiente, cuando nos amamos en los baños privados —los baños romanos que mencioné al principio—, sentí el llamado de la selva; quiero decir, que ni teniéndola ahí, desnuda, toda para mí, a mi disposición absoluta, ni en esas circunstancias me comporté como suelo hacerlo con una mujer. Nunca pude dejar de tratarla con un respeto más allá, digamos excesivo. Más aún, hicimos el amor con el cuerpo casi por completo sumergido en esas aguas calientes y densas. La poseí con el borbollón del agua debajo de nosotros —no exagero cuando digo que me sentí levitar al momento de eyacular. Y ni así logré salvar la distancia; es decir, sentirla una mujer común y corriente.

Nada aconteció después de eso. Nos despedimos y cada uno regresó a su colonia, a su casa, a su mundo. Me dio todos sus datos, con lágrimas en los ojos me hizo prometer que la buscaría, que no sería yo un canalla. Pero no fui capaz de hacerlo.

Han pasado los años y cuando veo su nombre en el periódico el corazón me da un vuelco.

Tampoco he vuelto a escucharla.

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Aforismos

Aforismos musicales

1) La música provoca una elevación espiritual; sólo equiparable a la plegaria.

2) Un condenado a muerte habría de escuchar música antes de morir. Tiene ese derecho. Advertir el lado bello de la humanidad le permitirá morir en paz. Cualquiera se merece morir en paz. Aunque le esté vedada esa paz.

3) Escuchar música equivale a la gimnasia que vigoriza los músculos y prepara al cuerpo para la jornada diaria.

4) La música achispa tus sentidos, y te permite descubrir la belleza donde antes permanecía oculta.

5) Cuando escuches música déjate llevar de la mano. Atravesarás bosques y corrientes acuáticas. Caminarás planicies y remontarás cordilleras. Sentirás el sol y la noche. Distinguirás en el cielo amasijos de estrellas, aun de día. Advertirás una nube de colores desconocidos para ti, al filo del horizonte. Déjate llevar, estás en buenas manos. Oirás platicar al viento.

6) La música prende el corazón. Incendia la paja y retrocede ante la esencia granítica del alma humana.

7) Más allá de la música sólo hay silencio. El silencio que rodea al cadáver.

8) Todo hombre tiene derecho a escuchar música cuando esté en el límite de la vida y contemple el advenimiento de la muerte. Unas cuantas notas que iluminen el camino, a modo de velas diminutas a punto de apagarse. Unas cuantas frases musicales que le evoquen la voz de la madre. Cuando la música logra este efecto, se torna universal. ¿O qué madre no ama a su hijo? De ahí que la música sustituya a la madre en los momentos más dolorosos de la existencia humana.

9) La música tiene el cometido de alumbrar el alma. De ahí que no haya música superior ni música inferior. Cada quien arropa en su corazón la música que le recuerde el amor ido entre la noche de los tiempos; la música que lo ponga entre las piernas de su padre, cuando le hacía caballito, o cuando el progenitor lo cargaba y se lo echaba en las espaldas; la música que escuchaba su madre mientras cocinaba muy quitada de la pena. La música que oía en el corazón mientras paseaba a su perro. Cada hombre es un estuche de música. Y no hay música superior o inferior, por la misma razón que no hay hombre superior o inferior.

10) Cada quien debe alcanzar su propio bien. La música es el ángel guardián de ese fin. La música nos beneficia porque al tiempo de procurarnos nos permite vislumbrar más allá del horizonte, donde se distingue una nube de colores para nosotros desconocidos. La música es una adicción, tan fuerte como la proclividad a la belleza femenina, el alcohol o la droga; pero es la única adicción que no le cobra factura al usuario.

11) Hay que escuchar música a raudales. Todo el tiempo. Todos los días. Hasta que encontremos aquella cuya forma sea la de nuestro corazón.

12) Cuando un niño corre, está oyendo música.

13) Cuando un niño toca un instrumento, la música está jugando.

14) Cuando la escuchamos, la música crece dentro de nosotros y rebasa nuestras propias dimensiones. Nos olvidamos de nuestra pequeñez. Advertimos en nuestro interior el ímpetu creador.

15) Cuando escuchamos música, una fuerza interior va cobrando forma hasta crecer desproporcionadamente, más allá de nuestras fuerzas. Entonces sentimos que podemos darle la mano a Dios.

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Cuento

En una esquina de la ciudad de México

Apenas se puso el alto, el niño caminó entre las filas de los automóviles. Extendía la mano y pedía limosna. Él hubiera preferido lavar parabrisas, pero su madre se lo prohibió: “El día que te vea lavando los cristales de los coches te rompo el hocico. Y sabes que te lo cumplo”. Claro que lo sabía. Ya lo había hecho varias veces, siempre por situaciones que no se volvían a repetir.

Vino una a su mente.

Sucedió un par de años atrás, cuando él tenía seis años. En lugar de pedir las acostumbradas monedas, su mamá lo descubrió jugando al yoyo. Es hora de trabajar, le gritó al tiempo que le quitaba el juguete. Y antes de qué pudiera explicarse qué estaba ocurriendo, le soltó un golpe en la cara que lo aventó un par de metros más allá. Se tentó la boca y sus dedos se empaparon de sangre. ¿Por qué su madre no lo quería, si todas las madres querían a sus hijos?, no dejaba de preguntárselo. ¿Porque era feo?, ¿porque siempre andaba mugroso?, ¿porque tenía piojos? Pero si muchos niños andaban todavía más cochinos y sus mamás los besaban como si estuvieran recién bañados.

Nunca tendría respuestas para eso. Como las tenía para el juego. Porque de todo lo habido y por haber, lo que más lo atraía era el juego. Y aprovechaba cualquier momento que se encontrara lejos del campo de visión de su madre para jugar. Traía los bolsillos repletos de juguetes, que iban desde canicas y un trompo hasta corcholatas y suelas de zapatos. Todo le resultaba útil. En cualquier cosa hallaba la diversión. El juguete perdido. Que se había descuidado con el yoyo era un hecho. Le ganó el impulso. Sabía de sobra a lo que se exponía, pero aun así decidió atarse la cuerda al dedo índice y hacer el cochecito, una de sus suertes favoritas. Porque era bueno. Sobre todo con los lups. Vueltas y vueltas que describían una trayectoria parabólica, y así hasta el infinito. Que había suertes que le salían con maestría, nadie podía discutirlo. Como el perrito, la vuelta al mundo, el columpio…Ya había jugado el yoyo con los amigos que de pronto se cruzaban con él, y no sólo había salido airoso de la prueba; veía en aquellos ojos infantiles el asombro, o, más que eso, la incredulidad. Y su espíritu se hinchaba.

Se puso de pie y vio a su madre arrojar el yoyo a una alcantarilla, y dirigirse hacia su escondite. Ahí hacía lo que le venía en gana: emborracharse, aspirar solventes, escuchar el radio, leer periódicos atrasados, quedarse dormida. Muchos de los vagos del rumbo deseaban ese lugar, pero ella lo defendía como una hiena la carroña. Entre cartones de cajas, pedazos de tapetes de automóvil y trozos de papel periódico, lo había acondicionado a su gusto. Como estaba al pie de una de las columnas gigantescas que sostenían aquel paso a desnivel, el sol jamás le daba. Aspiraba el monóxido de carbono de los miles de autos que circulaban a unos metros, pero eso le daba igual; es más, lo agradecía. Porque gracias a eso, una vez al mes iba al Hospital General donde le obsequiaban medicamentos para despejar sus vías respiratorias, que luego ella vendía.

De pronto, una idea cruzó por su cabeza.

Su madre le estaba dando la espalda. No lo veía. Era la oportunidad de oro. Contó hasta tres.

Uno.

No sabía leer ni escribir. A sus ocho años, le daba vergüenza confesárselo a quien fuera. Siempre lo ocultaba. Cualquier mentira era buena para salir del paso. Ya lo había hecho innumerables veces. Y también había golpeado por esa misma razón. Si alguien se atrevía a hacerle un comentario burlón, soltaba un golpe despiadado. Ya había dejado a más de uno babeando sangre.

Dos.

Su madre aún distaba un par de pasos, más o menos, para llegar hasta su escondrijo. La vio caminar y la recordó panzona, o, más que eso, mucho más, con una panza enorme. La recordó porque durante esa etapa, ella no admitía siquiera que él le dirigiera la palabra. Ni siquiera que la mirara. Había sido la peor época. Cuando menos no recordaba ninguna otra tan atroz. Tan llena de miedo.

Tres.

Apoyó el pie derecho como si en eso le fuera la vida, y echó la carrera. Precisamente en el momento en que su madre volvía la cabeza. Escuchó su nombre, la orden de que se detuviera, pero no obedeció. Como si sus oídos estuvieran tapiados. Sentía en sus labios la sangre ya reseca, como pedregosa. Corrió aún más duro. La voz imperiosa de su progenitora no le hacía mella; al contrario, lo impulsaba a poner tierra de por medio.

Por fin el cansancio lo venció. Había llegado hasta un camellón. Aminoró el paso. Su madre había quedado muy atrás. Aquel crucero se había perdido sin más. Se volvió cautelosamente. Nadie venía por él. Mucho menos su madre, quien con dificultad daba un paso tras otro. No como él, que era un verdadero tigre —así se veía. Un tigre pleno de vigor y juventud.

Era libre.

Caminó relajado por completo. Con una calma como no sentía hacía mucho. Se entretenía mirando los árboles que franqueaban el camellón. Uno de ellos le llamó particularmente la atención. Desde donde estaba, distinguió un corazón trazado en la corteza. Era un corazón de amor. Se aproximó. Por un instante se le olvidó que no sabía leer, y quiso saber qué decían aquellas palabras. Sabía que en un corazón se escribían los nombres de las personas que se amaban. Puso los dedos en aquellos signos. Los acarició. ¿Y si era el nombre de su madre?, ¿y si era el nombre de él? Acarició la silueta del corazón, la flecha que lo cruzaba.

Se descubrió llorando.

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Aforismos

Jirones

1) En cada silencio se rompe un himen.

2) Vestida, pecas de juiciosa; desnuda, te sobran juicios para pecar.

3) En los hospitales nunca sabe uno dónde terminan las sábanas, y comienzan los residentes.

4) —Ven de este lado, por favor.

—¿Qué venda cuál helado, dices?

—No, que vendas este lado.

5) Mi llave es de tipo maestra: abre cualquier himen de castidad.

6) Tu sexo sólo aplaude la actuación del mío.

7) Mamíferos: ¿mami feroz?

8) Con frecuencia se me pierden las cosas; el corazón, incluso.

9) Una mano en tu boca, otra en tu nariz, y darte respiración de sexo a sexo.

10) Soy ajonjolí de todos los hímenes.

11) Déjame tender mi semen en la hamaca de tu himen.

12) Sube tu himen, que la función va a comenzar.

13) Agazapado frente a ti, ser Alí-Babá y ordenar: “¡Ábrete, himen!”.

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