Archive for 30 mayo 2012


Poesía

Rompimiento

Lo mejor del amor es el rompimiento.
Gracias a que existe el rompimiento,
la adrelina alcanza niveles peligrosos.
¡Me va a dejar!, se dice él.
¡Lo mato si me deja!, dice ella.
Y ambos se prometen un reencuentro.
Por fin sepultar los fokin celos.
No se dan por vencidos.
Pero en el fondo de su alma añoran esa sensación.
De que ya todo se fue por el caño.
Vale la pena abrevar de esa incertidumbre.
Las cosas se ven más claras.
Al punto de que en seguida del rompimiento,
ambos corren a la búsqueda de un nuevo amor.
Del cual le platicarán al otro
apenas se reencuentren.
Un poco de alcohol y una cama,
no se requiere más para soltar la pasta.
Y aguantar candela.

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Música

Smilovits

Nada nos detiene. Sentado a mi derecha, el violinista uruguayo Jorge Risi y yo nos dirigimos a Cuernavaca. Atrás de nosotros, ocupando casi todo el asiento, viene su violín. Manejo rápido, más rápido que de costumbre. Conduzco un Caribe, es el año de 1990 y es un vehículo que se ha ganado su lugar entre los autos veloces de aquella época.

Vamos escuchando música de cámara. Un cuarteto de Brahms, seguido de uno de Schumann.

Llevo apuntado en un papel hecho bolita el domicilio de Joseph Smilovits. Segundo violín del mundialmente famoso Cuarteto Lener, el maestro vive en una modesta casa para ancianos. Porque en efecto es un anciano de 95 años, más lúcido que un intelectual universitario. El único de los integrantes del Lener que aún sobrevive.

Por eso Jorge Risi me convenció de que fuéramos. Admirador impertérrito del Cuarteto Lener —al que nunca oyó tocar, pero de cuyo prestigio supo—, me dijo: “Hermano, llévame a conocer al maestro Smilovits; no quiero perderme el privilegio de darle la mano”.

Conseguí, pues, la dirección, y emprendimos el viaje. Los temas de conversación se sucedían casi tan rápidamente como las curvas. Hablamos sobre nuestros favoritos —Brahms y Mozart, en primer término—, y sobre la música de cámara en general, sobre mi padre —primer violín del Lener; cosa curiosa: un tapatío alternando en los atriles con tres húngaros severísimos.

Pronto llegamos a Cuernavaca. Costó trabajo dar con el asilo, pero al cabo ya estábamos estacionándonos frente a la puerta.

Llamamos, y una empleada nos indicó la habitación en donde se encontraba el maestro.

Tocamos.

Nada.

Esperamos un tiempo prudente y volvimos a tocar.

La puerta se abrió y apareció delante de nosotros la figura alta y delgada de Joseph Smilovits. De golpe me devolvió la imagen de Fritz Kreisler. Como si Fritz Kreisler —ese enorme violinista austriaco, cuyo esplendor aconteció en la segunda mitad del siglo XIX— hubiese envejecido en cosa de segundos.

Habían transcurrido 25, 30 años de que no había vuelto a ver al maestro Smilovits. Le tiendo la mano —que espero se traduzca en un abrazo—, pero él la deja tendida para pellizcarme los cachetes al tiempo que me dice: “Cayito, Cayito”, como me decían mis padres cuando yo era niño. En un solo instante, mi vida me rebasa de golpe.

Le presento a Jorge Risi. Pero el maestro no lo mira. Sus ojos sólo se detienen en el violín. Todo le da igual. Excepto el instrumento.

—¿Cómo ha estado, maestro?

Y antes de responder, le pide su violín a Jorge Risi, quien gustosamente lo extrae del estuche y lo pone en las manos de Smilovits. Se lo coloca al hombro, y comienza a tocar. Unas cuantas notas de Mendelssohn. Confieso que es la peor versión que he escuchado. No da con la afinación de una sola nota. Pero es la versión más honda, la más linda, que cualquiera podría imaginar.

Le devuelve el violín a Risi, y responde la pregunta que se había quedado en el aire. Dice que no vive atorado en los recuerdos como cualquier anciano decrépito. Que lee mucho sobre historia prehispánica —siempre fue coleccionista de arte mexica. Y entonces se interrumpe para pedir, rogar sería más apropiado decir. Se dirige a Risi, a quien no le quita la mirada:

—Tócame el violín.

Su petición nos conmueve. A los dos.

—Delante de usted sería incapaz de tocar —le responde Risi con voz trémula—. Tome en cuenta la veneración que siento por usted, maestro.

—Está bien, no importa —dice Smilovits, y prosigue hablando con ardor. Como si tener dos interlocutores le inflamara el pecho. Pero no es eso. A los pocos minutos, se interrumpe una vez más y vuelve a insistir:

—Tócame el violín.

Y Jorge Risi respira hondo para acotar:

—De verdad, maestro, que no me atrevo. Sería faltarle al respeto.

—Mira, hijo, cuando ustedes crucen esa puerta no los veré nunca más. Me quedaré solo en este cuarto hasta el día de mi muerte, que ya me está llamando. Si me tocas el violín, la música se quedará impregnada en las paredes. Y cuando me sienta muy solo, me bastará cerrar los ojos para que inunde mi corazón. Y cuando muera, la evocaré y estará conmigo en mis últimos segundos. Me llevará de la mano a la muerte.

Entonces Jorge Risi se pone de pie, toma el violín y toca la Chacona de Bach.

A mí, en ese momento, se me reveló el poder de la música.

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Ensayo

José Pablo Moncayo (1912-1958)

Hay obras que nacen para ser aclamadas., para marcar una época y apuntalar un estilo. Generalmente son obras gigantes, creadas en un momento vigoroso de la existencia humana. Son tan grandiosas, que aplastan a sus propias hermanas. Tal acontece con el Huapango de José Pablo Moncayo. No solamente ha dado la vuelta al mundo, sino que ha sentado sus reales en la producción musical del siglo XX. Y de paso, ha ocultado el resto de la obra del compositor jalisciense. Injustamente, pues tiene en su acervo obras de excelente factura.

José Pablo Moncayo nació en Guadalajara, Jalisco, el 29 de junio de 1912. Buena raigambre traían sus padres, Francisco Moncayo y Juana García de Moncayo, que dieron a la música mexicana dos elementos de altura: José Pablo, el compositor y pianista, y Francisco, violinista de sonido portentoso. La niñez de José Pablo transcurre en medio de carencias y alegrías; carencias, por cuanto la situación económica de la familia es precaria; alegrías, porque José Pablo era un niño singular: el más tierno de los chamacos del barrio, de un corazón enorme, que disfrutaba como ninguno otro de los juegos y de la compañía de los demás, aunque su carácter ligeramente retraído solía apartarlo de los grupos numerosos.

Como su hermano Francisco, desde pequeño demuestra una decidida inclinación hacia la música. Y mientras Francisco se pasa las horas estudiando el violín, él se aplica al piano. Conforme avanza en el estudio del instrumento, se adentra en la singularidad de las notas, en la sutileza de los sonidos que van a dar a su corazón y que evocaría años más tarde.

Adolescente todavía, y para ayudar a la manutención de la casa, se dedica a ofrecer sus servicios como pianista en cualquier lugar donde se le abran las puertas. Y luego de pequeñas pruebas —que para él son minucias— lo admiten en cafés, tabernas, circos, cines y cabaretuchos. Precisamente en estos antros, se especializa en salvar situaciones embarazosas para las improvisadas cantantes, quienes, al no poder cantar en el tono que debía ser, le piden que las acompañe en un tono “ni muy mayorcito ni muy menorcito”. Y prodigiosamente, Moncayo traslada las canciones de un tono a otro sin el menor esfuerzo.

Se marcha con su hermano a la ciudad de México. Ambos pretenden perfeccionar sus estudios, y, claro, encontrar trabajo. Y como había solicitud urgente de pianistas, José Pablo se ubica rápidamente, una vez más como pianista de cafés. Ahora es un adolescente fino y silencioso, características que conservará el resto de su vida.

Ingresa en el Conservatorio Nacional de Música, y Eduardo Hernández Moncada le enseña técnicas más sólidas para tocar el piano. Pone en las manos del joven músico obras maestras que consolidarán su formación; pero José Pablo tiene inquietudes que van más allá de la mera interpretación: le fluyen las ideas musicales, localiza temas que desean ser expresados y escritor de una vez por todas. Él quiere ser compositor.

Conoce entonces a tres compositores que influirán decididamente en su carrera: José Rolón, Candelario Huízar y Carlos Chávez, pues no sólo los tomará como figuras en el arte de la música sino en su propia condición de seres humanos. De Huízar diría: “Fue para mí algo más que maestro; tuve su consejo siempre en el momento que lo necesité; le debo muchísimo. Su música me parece excelente, especialmente la Cuarta Sinfonía, que me llenó de alegría al dirigirla”. Y era lógico: Huízar se caracterizaba por su consejo pronto y desinteresado. De Chávez se expresaría así: “Fue para mí una persona queridísima. ¡Le debo tanto!… Una de las cosas que más admiro es su fuerza, esa rigidez y esa disciplina que en él son esenciales. De su música admiro la pureza y sobriedad”. Y de Rolón: “Los conocimientos armónicos de Rolón, en especial sobre modulación, me abrieron campos nuevos”.

Recibe clases, pues, en un momento brillante no sólo del Conservatorio sino de la música en México. Descubre asimismo otra vertiente de su personalidad musical: la dirección musical. Se encanta cuando ve dirigir a Revueltas, y él quisiera expresar en el pódium ese extraordinario vigor.

Pero la música es algo que requiere tiempo. Exige constancia y concentración, dos categorías que pocos, muy pocos, llevan hasta las últimas consecuencias. Moncayo sí.

Se dedica con entusiasmo a sus clases. Si hay un alumno constante, es él. Hace amistad con muchos compañeros. Encuentra en almas semejantes la afinidad que había buscado entre los amigos de la niñez y la pubertad. Hay sobre todo tres jóvenes con los cuales se relaciona. Porque entre ellos parece fluir la misma fuerza. Coinciden en puntos tan importantes como la alegría, la frescura, la ilusión. Todos quieren ser grandes músicos, aunque cada quien a su manera. El deseo de triunfo, o, más que eso, de ver la obra hecha, creada, madura, los anima. Son jóvenes poseídos de impulso y creatividad: Daniel Ayala, Blas Galindo y Salvador Contreras. Moncayo comparte con ellos paseos, discusiones, exámenes —y piropos a las estudiantes de música.

Los cuatro se acercan a Carlos Chávez e integran un taller de composición musical que pasaría a la historia. Las sesiones se llevan a cabo en el Conservatorio, en un aula que Chávez indica. De hecho, la égida del autor de la Sinfonía India los impulsaría notable y decididamente en su carrera.

Chávez los impresiona. A cada quien en diferente grado, pero imprime en ellos una actitud ante la música. Los torna disciplinados y severos, como una especie de soldados de la música. Así, se alejan de una vida exacerbada. Moncayo ve cómo su hermano Francisco se junta con amigos de la bohemia, y hace del placer, el desenfado y el gozo, sus mejores aliados. Se parecen cada vez menos, pero se siguen queriendo igual —se cuidan entre sí las espaldas —y cada vez que pueden tocan juntos, por radio u ofreciendo conciertos.

El taller que coordina Chávez no es propiamente un taller de composición, sino de creación musical. El rígido maestro no hace hincapié en que sus alumnos dominen las reglas de los manuales —que, por lo demás, tampoco desprecia—, sino en que sientan el valor de los intervalos musicales. Cuando asumen esa posibilidad, cuando efectivamente han percibido ese valor, entonces deja la tarea: componer algo de acuerdo con esa comprensión, ese sensación que acaba de tener efecto. Decía Moncayo que llegar a su casa y componer era una sola y misma cosa; que la tarea se facilitaba al unto de que alguien parecía dictarle la música.

Sostenido de una mano por Chávez, y de la otra por Huízar en las clases de contrapunto y armonía, Moncayo va armando una estructura de acero; conocimientos y métodos a su alcance, sin embargo no pierde frescura ni espontaneidad.

Cuando la asignatura de creación musical desaparece al dejar Chávez la dirección del Conservatorio, los cuatro le siguen pidiendo consejos aunque de manera informal. Permanecen así un tiempo hasta que Chávez se va a Nueva York. El taller entonces parece quedar a la deriva; su guía no está más. Pero en los cuatro arremete el mismo ímpetu. Se turnan las casas y se reúnen cada dos semanas. Puede decirse que allí nació el grupo como tal, pues en esas reuniones se compenetraron más entre sí, advirtieron sus posibilidades y trazaron el camino que cada uno seguiría. Aprenden algo fundamental para todo artista: escuchar la crítica de los demás. Y claro, como Chávez no está, no hay una opinión absoluta; los cuatro pesan igual, y unos a otros se estimulan, se contraatacan. Son cuatro sensibilidades, educadas de muy diferente modo; hasta por su lugar de nacimiento, pues si bien Galindo y Moncayo son de Jalisco, Contreras, en cambio, era de Guanajuato, y Ayala de Yucatán.

Tanto trabajo habría de canalizarse en forma conjunta. La iniciativa parte de Salvador Contreras y los invita a estrenar sus obras en público. Los cuatro se entusiasman, y el 25 de noviembre de 1935 ofrecen su primer concierto como grupo. Moncayo estrenó su Sonatina para piano, que él mismo interpretó, y Amatzinac, una deliciosa pieza de cámara para flauta y cuarteto de cuerdas. A raíz de este debut, el crítico José Barros Sierra lo denominó Grupo de los Cuatro.

José Pablo Moncayo había empezado a asentar su vida. Para ayudarlo a solventar sus necesidades y permitirle una existencia más decorosa, Chávez le ofreció una plaza de percusionista en la Orquesta Sinfónica de México, que ocuparía hasta 1944. Por ese entonces conoce a su primera mujer, con la que nunca podría formar una pareja estable.

Acontece el segundo concierto del Grupo de los Cuatro. Es el 15 de octubre de 1936. Moncayo estrena su Segunda sonatina para violín y piano, la cual toca con su hermano Francisco al violín, y su Romanza para violín, piano y violonchelo, con Guillermo Argote al violonchelo. Va definiendo su estilo, modulando su propia voz. Es inspirado, y sabe dar profundidad a sus melodías con soltura y precisión. Gustan sus obras, porque tiene un peso específico propio, muy suyo. Fino y popular, simultáneamente.

En dos conciertos más con el Grupo de los Cuatro, Moncayo estrenará un bello Trío para flauta, violín y piano, y una sonatina más, el 23 de agosto de 1938, y los días 22 y 25 de noviembre, el poema sinfónico Hueyapan, dirigido por él mismo. Esta última audición significó el final de las actividades del grupo. A partir de ahí, cada quien y por separado sortearía las dificultades —y la gloria— que se presentan en la vida de todo compositor.

Moncayo compone como enfebrecido. Todo lo que se le viene a la cabeza. Inclusive le da a su obra un original sentido del humor. Escribe en ese tenor la Fantasía intocable y la Romanza de las flores de calabaza, de la cual diría: “Si Debussy escribió para la muchacha de los cabellos de lino, ¿por qué no he de escribir yo para las flores de calabaza?”.

Carlos Chávez está de nueva cuenta en México, y una vez más auxilia a sus alumnos del taller de creación. Por un lado, les encarga que orquesten piezas infantiles; esto les permite a los jóvenes compositores conocer a fondo la instrumentación. Por el otro, ante la perspectiva de organizar un concierto de música tradicional, Chávez les encarga obras basadas en temas populares. Corre el año de 1941, y de esa experiencia nacería el Huapango. Moncayo escribió: “Fuimos Blas Galindo y yo a Alvarado, Veracruz, uno de los lugares en donde se conserva la música folklórica en su forma más pura, y durante varios días estuvimos recogiendo ritmos e instrumentaciones. Al transcribirlos, nos causaban una gran dificultad los huapangueros, porque nunca cantaron dos veces igual la misma melodía. Cuando regresé a la ciudad de México, le mostré a mi maestro Candelario Huízar el material que había recolectado. Huízar me dio un consejo que le agradeceré siempre: ‘Exponga usted primero el material tal como lo oyó, y desarróllelo después, de acuerdo con su propio sentimiento’”.

Queda listo el Huapango y su estreno marcó un acontecimiento en la vida musical de México. Ninguna otra obra escrita por compositor mexicano alguno se incrustaría tan definitivamente en el alma del mexicano.

El Huapango —basado, por cierto, en tres sones veracruzanos: el Siquisirí, el Balajú y el Gavilancito— le abre las puertas. Es becado por la Universidad de Berkshire para componer y perfeccionar algunos conocimientos; justo allí compone, por encargo de Copland y Kussevitzky, su poema sinfónico Llano alegre.

De vuelta en México, su Sinfonía obtiene el premio del Concurso Anual 1943.

Se le increpa continuamente que el Huapango se parece demasiado al Bolero de Ravel. A lo que responde: “Me importa muy poco si se parece o no a la melodía de Ravel, lo que importa es la música que escribí con ella”, con lo cual dio por terminadas las comparaciones.

A partir de 1945 cristaliza uno de sus más caros anhelos: dirigir la Orquesta Sinfónica de México, primero como subdirector, luego como director artístico y finalmente, en 1949, como director titular. Quizá sea ésta la época de mayor esplendor en su carrera artística. Compone abundante música orquestal, aunque ninguna se compara con su Huapango.

Desconoce, por otra parte, la vanidad. Más que nunca su espíritu rebosa paz. Su estado de ánimo lo mantenía imperturbable, y nadie podía decir que lo había visto furioso o exaltado. Se casa por segunda vez, pero llama a su nueva esposa Josefina Segunda, por parecérsele mucho a la primera. Mas cuando Moncayo dirige, crece; su capacidad se triplica y la orquesta suena más como una extensión orgánica suya que como un conjunto orquestal independiente.

Compone su Sinfonieta para orquesta (1944); Tres piezas para orquesta (1947); Homenaje a Cervantes (1947), para dos oboes y orquesta de cuerdas; Cumbres (1954) poema sinfónico; La Mulata de Córdoba; Bosques (1954) para orquesta, y el ballet Zapata o tierra de temporal (1958).

Aquejan a Moncayo fuertes achaques del corazón, y muere el 16 de junio de 1958. Satisfecho espiritualmente, como nunca lo había estado.

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Consejos para chavos

1) Nunca aceptes consejos de nadie.

2) Ahí te va uno: no bebas con tipos que se mueren por ser los más listos del mundo. Por ejemplo, con los que se la pasan dando lecciones de vida. Porque nadie puede dar lecciones de vida. Excepto una roca. O un árbol. Sea una roca o un árbol, pregúntales lo que te inquieta. Míralos, quédateles mirando, y pregúntales. Lo que te salga del corazón. Por qué la vida te golpea, por qué nadie te comprende, por qué sientes que estás de sobra en el mundo. Por qué todos se llevan las mejores chavas. Por qué siempre fallas. Pero cuando escuches la respuesta, no llores.

3) Otro: no bebas si tu tendencia es la mala copa. Por ejemplo, que sin más ni más te paras y le echas la bronca al anfitrión de la casa, al que está enfrente fajándose a su vieja, al que trae la moto chida y que las chavas se ponen como loquitas por darse un jale y treparse a esa moto. Y tú te sientes agredido o desplazado y te da por desafiar a todos. Si es el caso, eres de hueva. Hace siglos que dejaron de ser interesantes los bravucones, los rudos, los que se enamoran a la primera. Y madrean a los que no estén de acuerdo en ese amor.

4) Si tu chava le da jalón a otro, déjala en paz. Es ella y no tú. Es otro y no tú. No hay nada que provoque más pena ajena que un hombre llorando por una mujer que no es de él. Y que se le lanza a otro wey. Esos fokins son de dar lástima. Neta.

5) No te esfuerces más de la cuenta por abotonar la blusa de la chava con la que estuviste, abrocharle el vestido, subirle el zíper. A la chava le vale, y tú tan preocupado. Mejor mírala concienzudamente. Saborea sus esfuerzos. Valora lo que haga para quedar hermosa, tal como cuando te la llevaste al cuarto de ese hotel. Saboréala porque en la esquina la está esperando otro wey. Que coge más rico que tú.

6) No le pidas billete a tu jefe. Deja que sea él quien se ofrezca. Delante de él vacíate los bolsillos del pantalón. Mueve nerviosamente los pies. Enjúgate el sudor que solamente existe en tu imaginación. Y de pronto recárgate en el muro más cercano, como dándote por derrotado. Adopta la pose James Dean. Entonces tu padre va a tragar el anzuelo. Deja que te ofrezca la marmaja. Que te diga: ¿te alcanzará con esto? Acepta humildemente, si es débil te ofrecerá un poco más.

7) No seas esnob. Eso déjalo para los irrelevantes. Vístete como se te dé la regalada gana. No importa si usas ropa de marca o no. Nunca pienses en complacer a nadie, menos, pero mucho menos, en lo que se refiere a tu forma de vestir. Que además de todo, a nadie le importa. Neta. Mucha banda piensa que la forma de vestir les abre las puertas. Espero que no seas tan wey como para creerlo.

8) No te des más importancia de la que te imaginas. Nunca la vas a tener. Mejor disfruta lo poco que eres.

9) Cualquier decisión ―aun sea la más zafia―, defiéndela. Hazles creer que es una decisión que ha llevado tanto tiempo madurar como el nacimiento de una cascada. La toma de decisiones no es lo que define a un hombre, sino llevarlas a cabo, que son cosas muy diferentes.

10) Mete siempre las manos en los bolsillos. Y siempre es siempre. Eso te dará solvencia moral. Porque te quitará los estorbos de encima. Cuando la gente te mire y observe que tienes las manos ocupadas, se dará media vuelta y mirará hacia otro lado. Se dirá: ése es un joven preocupado, no un vándalo. Aunque esa persona ni siquiera tenga cabeza de racionalizar lo que está pensando.

11) Exagera las cosas. Sobre todo delante de tus fokins jefes. Si tienes que escribir un cuento de cinco cuartillas diles que es de diez; si tienes que inventar diez problemas de mate, diles que son veinte. Pensarán que eres un gran chico, a quien bien vale aumentarle la mesada ―de 300 a 500.

12) No veas a ninguna mujer a los ojos, excepto si ya decidiste llevártela a la cama. Porque todo está ahí, en los ojos. Lo bueno y lo malo. Lo probable y lo imposible. Lo que deseas y lo absolutamente irrealizable. Lo matutino y lo vespertino. Aunque venga una chava y te diga que ama tus manos, no le creas. Si algo ama de ti es tu mirada.

13) No le digas a una mujer por su nombre, porque el día de mañana te vas a confundir y vas a salir madreado. Dile “terroncito”, “mi amor”, “cariñito”, “solecito”, cualquier pendejada de ésas. Pero eso sí, hazlo con cariño.

14) Aspira el olor de su ropa interior como si fuera el olor de una flor o de una fruta. Y grábate ese olor en tu cabeza. De eso depende tu felicidad. Tenlo presente. Muy presente.

15) Inventa.

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Cuento

—Podríamos pensar en un martes.

—O en cualquier otro día.

Mi trabajo consiste en contratar gente para la empresa que me paga. O en despedirla. Tengo una oficina ad hoc. Sobria y dura, es decir, que refleje mi carácter. O mejor todavía, el carácter de la transacción que está a punto de realizarse.

Sé lo que significa una entrevista de trabajo. Y precisamente la delicadeza de mi trabajo estriba en no crearles expectativas a los candidatos. De ahí que no exista en mi oficina el menor detalle humano o personal. Nada de fotografías con la familia —ay, se ve que es una buena mujer—, menos referencias que le revelarían intimidades a un buen observador. Como por ejemplo, un suéter tejido a mano, un bolígrafo demasiado femenino; en fin, las personas que entran a mi oficina deben tener en el acto la idea de que no habrá un trato personal sino estrictamente profesional.

Con las personas que despido, las cosas toman otro cauce. Para empezar, procuro ser lo más precisa posible —la precisión obliga al futuro desempleado a admitir que se merece ser puesto de patitas en la calle. Si, por ejemplo, traigo una blusa, antes de abrirle al fulano me pongo un blazer y me recojo el pelo. Que sienta de este lado a una mujer enemiga de la amabilidad y comprensión. Una mujer severa, sin complacencias, a quien no va a resultar nada fácil convencer. Naturalmente que siempre hay quien se sale de control. Como un chofer de sesenta años —el chofer del señor Castillo— a quien corrí con especial elegancia. Lloró. Dijo que con su salario mantenía a sus nietos. Que vivían con él —aquí fue donde derramó sus lágrimas sebáceas—, y que de dónde iba a sacar dinero. Le ofrecí un klínex, me puse de pie, le indiqué que pasara a recursos humanos por su finiquito y abrí la puerta. Dejó impregnada la habitación de un perfume maloliente.

Como sea, tuve una ocurrencia —iniciativa, la llamaron algunos— que fue aplaudida en la última junta con el señor director y las cabezas de la empresa. Yo, Sonia Cantú Cantú, me entrevistaría con las candidatas a un empleo en un restaurante cinco estrellas. Y la coyuntura que se avecinaba era ideal, pues a la brevedad el señor Castillo —director general— requeriría una secretaria. Pero no la invitaría a comer ni mucho menos, sino nada más y únicamente valoraría su comportamiento en una situación comprometida. Porque ser secretaria del director general no es cualquier cosa. Hay que ser muy sutil e inteligente para decir mentiras, o bien de lo más atenta y dulce para engatusar a un posible socio. Pero para eso se requiere de una malicia peculiar, algo que no enseñan en las academias para secretarias.

Así pues —proseguí mi explicación en la junta—, no es difícil imaginar la situación. Digamos dos de la tarde; digamos el restaurante Les Moustaches; digamos que ahí la entrevistada se sienta enfrente de mí —para esto tiene que llevar su mejor atuendo, Les Moustaches no es cualquier restaurante, y ahí es donde yo empiezo a calificar. Porque vean. Imagínense que yo como una deliciosa sopa de ajo, o una ensalada mixta, o ya de plano una trucha almendrada, y que la probable secretaria —luego de haber esperado en el vestíbulo más de una hora— se le queda mirando a mis platillos, se me queda mirando a mí mientras los devoro, hasta que empieza a ponerse nerviosa. Notablemente nerviosa. A simple vista. Tache. No sirve. Inmediatamente yo le pongo tache a su solicitud. Que para que este cuadro funcione bien, lo mejor es que la entrevistada no haya comido; que a las dos de la tarde es lo más probable. Y si ya comió, tache. Aunque mi obligación —por mera cortesía— es invitarla. Nadie con la cabeza sobre los hombros, aceptaría. Por supuesto, la prueba se repetiría hasta que m topara con la candidata ideal. Bastante dinero se fuga en personal contratado que no da los resultados esperados…

Por cierto, la iniciativa no fue aprobada por unanimidad. Una sola voz se levantó en contra, la de Samuel Corona, el jefe del área de proveedores. Le pareció demasiado cruel, dijo que era una estrategia de abuso y prepotencia, típica de una mujer subvalorada. Iba bien, pero cuando pronunció esos dos vocablos se ganó una rechifla general. Nadie estuvo de acuerdo con él. Lo tildaron de antiguo y de previsible. Y así se lo hizo ver mi jefe.

Pues bien. Ahora mismo estoy esperando a la primera candidata. Ya me lo hizo saber el capi. Pobrecita. La tengo ahí desde hace veinte minutos. No son muchos en la vida de una persona si en cambio va a salir con un trabajo que le dará seguridad y solvencia.

Pero la gracia será entrevistar a varias. De lo contrario qué chiste tendría esta estratagema.

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Aforismos

Aforismos sobre el sonido

Para Lidia Camacho, que ama el sonido

1) El sonido permea nuestra vida diaria. Cuando el entorno resulta amable, el sonido es grato. Así, el sonido es el anfitrión de nuestra presencia en esta vida. Vigila que nuestra fugaz estadía sea soportable.

2) El sonido de la palabra es dulce. Por eso el hombre siempre está hablando. Cuando la palabra de un hombre y de una mujer se topan, surge lo imprevisible. Aunque haya acontecido millones de veces.

3) La música cristaliza el sonido. A través de la música, el sonido estalla en nuestro oído a modo del grito de la madre cuando llama a su hijo a la distancia. En ese grito va la vida toda. En la música va la vida toda.

4) El sonido de las voces animales nos concilia con la vida. Por más alejados que estemos del corazón, aquellas voces nos recuerdan que existe un orden ontológico. Las voces de los animales ejercen más influencia en el hombre que las escuchadas desde el púlpito. Porque son irrevocables.

5) El sonido del silencio proviene de las oquedades más profundas de la condición humana. El sonido del silencio se escucha cuando no hay nada más que oír como seres conscientes. Cuando se han agotado los miasmas de la experimentación. Al menos tres caminos se distinguen para la audición de este sonido: el sueño, la muerte y la lectura de Fray Luis de León —la sordera es relativa pues evoca sonidos o es capaz de crear sonidos en nuestro interior.

6) Si lográsemos escuchar los sonidos interiores de nuestro cuerpo, aun los más imperceptibles, nos asombraríamos de las armonías que prevalecen. ¿Acaso el corazón llevaría el compás?

7) El ruido puede devenir en sonido, tan así que está pendiente un concierto de celulares —¿o ya existe?

8) El sonido de un cuarteto de cuerdas contiene los sonidos terrenales.

9) El sonido de la poesía reverbera en nuestro interior, en tanto el entorno cruje.

10) Nuestro oído reconoce el sonido de los instrumentos aun sin saber de qué instrumento se trate.

11) La métrica es a las palabras lo que el metrónomo a las notas. Pero así como la métrica más rigurosa —musical, podría decirse— no garantiza la tensión poética —ni siquiera lo que podría denominarse la poesía—, el metrónomo más rígido no garantiza la música. La métrica —con el patito feo de la rima— y el metrónomo son herramientas de trabajo. Y así hay que tomarlos.

12) La mujer posee dos sonidos que la distinguen en el mundo de los seres vivos: la voz y el corazón. La voz por el timbre; el corazón, por el seno que lo cubre.

13) El estetoscopio puso delante de los entusiastas del sonido un orbe inusitado; fue el equivalente de la ciencia ficción para los escritores. O mejor aún, fue como entrar a la ciudad de los insectos. Cantidad de sonidos inadvertidos para el oído humano cobraron dimensión inusitada. ¿Que no…? Basta con poner un estetoscopio a flor de tierra.

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Cuento

En una esquina de la ciudad de México

Apenas se puso el alto, el niño caminó entre las filas de los automóviles. Extendía la mano y pedía limosna. Él hubiera preferido lavar parabrisas, pero su madre se lo prohibió: “El día que te vea lavando los cristales de los coches te rompo el hocico. Y sabes que te lo cumplo”. Claro que lo sabía. Ya lo había hecho varias veces, siempre por situaciones que no se volvían a repetir.

Vino una a su mente.

Sucedió un par de años atrás, cuando él tenía seis años. En lugar de pedir las acostumbradas monedas, su mamá lo descubrió jugando al yoyo. Es hora de trabajar, le gritó al tiempo que le quitaba el juguete. Y antes de que pudiera explicarse qué estaba ocurriendo, le soltó un golpe en la cara que lo aventó un par de metros más allá. Se tentó la boca y sus dedos se empaparon de sangre. ¿Por qué su madre no lo quería, si todas las madres querían a sus hijos?, no dejaba de preguntárselo. ¿Porque era feo?, ¿porque siempre andaba mugroso?, ¿porque tenía piojos? Pero si muchos niños andaban todavía más cochinos y sus mamás los besaban como si estuvieran recién bañados.

Nunca tendría respuestas para eso. Como las tenía para el juego. Porque de todo lo habido y por haber, lo que más lo atraía era el juego. Y aprovechaba cualquier momento que se encontrara lejos del campo de visión de su madre para jugar. Traía los bolsillos repletos de juguetes, que iban desde canicas y un trompo hasta corcholatas y suelas de zapatos. Todo le resultaba útil. En cualquier cosa hallaba la diversión. El juguete perdido. Que se había descuidado con el yoyo era un hecho. Le ganó el impulso. Sabía de sobra a lo que se exponía, pero aun así decidió atarse la cuerda al dedo índice y hacer el cochecito, una de sus suertes favoritas. Porque era bueno. Sobre todo con los lups. Vueltas y vueltas que describían una trayectoria parabólica, y así hasta el infinito. Que había suertes que le salían con maestría, nadie podía discutirlo. Como el perrito, la vuelta al mundo, el columpio…Ya había jugado el yoyo con los amigos que de pronto se cruzaban con él, y no sólo había salido airoso de la prueba; veía en aquellos ojos infantiles el asombro, o, más que eso, la incredulidad. Y su espíritu se hinchaba.

Se puso de pie y vio a su madre arrojar el yoyo a una alcantarilla, y dirigirse hacia su escondite. Ahí hacía lo que le venía en gana: emborracharse, aspirar solventes, escuchar el radio, leer periódicos atrasados, quedarse dormida. Muchos de los vagos del rumbo deseaban ese lugar, pero ella lo defendía como una hiena la carroña. Entre cartones de cajas, pedazos de tapetes de automóvil y trozos de papel periódico, lo había acondicionado a su gusto. Como estaba al pie de una de las columnas gigantescas que sostenían aquel paso a desnivel, el sol jamás le daba. Aspiraba el monóxido de carbono de los miles de autos que circulaban a unos metros, pero eso le daba igual; es más, lo agradecía. Porque gracias a eso, una vez al mes iba al Hospital General donde le obsequiaban medicamentos para despejar sus vías respiratorias, que luego ella vendía.

De pronto, una idea cruzó por su cabeza.

Su madre le estaba dando la espalda. No lo veía. Era la oportunidad de oro. Contó hasta tres.

Uno.

No sabía leer ni escribir. A sus ocho años, le daba vergüenza confesárselo a quien fuera. Siempre lo ocultaba. Cualquier mentira era buena para salir del paso. Ya lo había hecho innumerables veces. Y también había golpeado por esa misma razón. Si alguien se atrevía a hacerle un comentario burlón, soltaba un golpe despiadado. Ya había dejado a más de uno babeando sangre.

Dos.

Su madre aún distaba un par de pasos, más o menos, para llegar hasta su escondrijo. La vio caminar y la recordó panzona, o, más que eso, mucho más, con una panza enorme. La recordó porque durante esa etapa, ella no admitía siquiera que él le dirigiera la palabra. Ni siquiera que la mirara. Había sido la peor época. Cuando menos no recordaba ninguna otra tan atroz. Tan llena de miedo.

Tres.

Apoyó el pie derecho como si en eso le fuera la vida, y echó la carrera. Precisamente en el momento en que su madre volvía la cabeza. Escuchó su nombre, la orden de que se detuviera, pero no obedeció. Como si sus oídos estuvieran tapiados. Sentía en sus labios la sangre ya reseca, como pedregosa. Corrió aún más duro. La voz imperiosa de su progenitora no le hacía mella; al contrario, lo impulsaba a poner tierra de por medio.

Por fin el cansancio lo venció. Había llegado hasta un camellón. Aminoró el paso. Su madre había quedado muy atrás. Aquel crucero se había perdido sin más. Se volvió cautelosamente. Nadie venía por él. Mucho menos su madre, quien con dificultad daba un paso tras otro. No como él, que era un verdadero tigre —así se veía. Un tigre pleno de vigor y juventud.

Era libre.

Caminó relajado por completo. Con una calma como no sentía hacía mucho. Se entretenía mirando los árboles que franqueaban el camellón. Uno de ellos le llamó particularmente la atención. Desde donde estaba, distinguió un corazón trazado en la corteza. Era un corazón de amor. Se aproximó. Por un instante se le olvidó de que no sabía leer, y quiso saber qué decían aquellas palabras. Sabía que en un corazón se escribían los nombres de las personas que se amaban. Puso los dedos en aquellos signos. Los acarició. ¿Y si era el nombre de su madre?, ¿y si era el nombre de él? Acarició la silueta del corazón, la flecha que lo cruzaba.

Se descubrió llorando.

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