Archive for 21 junio 2012


Cuento con traducción

Los héroes

Para Samuel Segura

Todos rebosaban felicidad. Alegría asquerosa. Cada mesa tenía su banderita. Del techo colgaban rehiletes tricolores gigantes, por aquí y por allá se escuchaban trompetas de las que les dan a los niños en el desfile, y el colmo: colgado a medio paso había un póster del cura Hidalgo, que encima, como si no fuera suficiente, tenía su rostro por los dos lados, para que nadie se lo perdiera. Los brindis llovían a su salud. Alguien levantaba el vaso y los demás lo seguían.

Los parroquianos eran los de siempre. Pero como era martes 15 de septiembre, al día siguiente no irían a trabajar. Cosa que los enardecía. Burócratas mediocres, vendedores que ya no lograban ni venderle su alma al diablo, desempleados que entraban con la intención de que alguien les invitara un trago. Lo que siempre lograban. Esta vez, lo único que tenían que hacer era ponerse delante de Hidalgo y cuadrarse.

Pero aunque era una cantina habitualmente frecuentada por hombres, ahora parecía que las mujeres se habían puesto de acuerdo para citarse ahí y beber como si el trago se fuera a acabar. Había más de dos mesas ocupadas nada más por ellas. Y aún eran más provocadoras que los hombres. Se peleaban entre sí, de mesa a mesa, para ver quién hacía los brindis más escandalosos. ¡Brindo por sor Juana, que es la más chida de las heroínas patrias!, gritaban de una mesa. Y de otra: ¡Brindo por Zapata, a cuyos pies se arrodillan, cabrones!

Me empezaron a dar náuseas. No es que fuera yo un melindroso, pero el hartazgo sobreviene independientemente de tu voluntad.

Sin embargo, nadie más que yo se veía harto. Los meseros estaban felices. La gente pedía a lo bestia, y ya se relamían los labios por las propinas que con toda seguridad dejarían. ¡Son doscientos años!, gritó uno de los hombres acodados en la barra. Y me lo dijo a mí, como recriminándome mi cara de descontento. Pero no sólo me lo dijo, sino que además levantó su vaso para brindar conmigo. Brindis que yo ignoré. El hombre no iba solo. Otro lo tenía abrazado del hombro y se reía a carcajada batiente de todo lo que a su juicio era la ocurrencia del año. Algo le dijo entonces el que había brindado conmigo. Su amigo hizo un esfuerzo por localizarme, y lo hizo. Vi en su mirada el desprecio.

No sé por qué no pedí mi cuenta y me largué de ahí. Y no es que me sintiera achispado, para nada. Apenas llevaba tres whiskys, pero la curiosidad me obligaba a estar parado ahí, consumiendo. Quería quedarme hasta las once de la noche, al Grito. Estaba seguro de que la solemnidad del momento los haría guardar silencio. Y a lo mejor hasta el himno cantaban.

Pero para las once faltaba casi una hora. Por el espejo vi que una de las mujeres se ponía de pie a grandes penas, y con vaso en mano se aproximó al póster del padre de la patria. Ignoro qué pretendía, pero su actitud era la de un fan que se acerca a su ídolo y que es capaz de cualquier atrocidad. Me di media vuelta y me la quedé contemplando. No recuerdo haber visto una mujer tan ebria. Pese a su embriaguez, cada paso que daba semejaba el de una leona dispuesta a saltar sobre su presa. Varios teníamos la mirada en ella. Entonces vi claramente lo que iba a acontecer. Esa mujer estaba dispuesta a arrojarle su trago al cura. No me aguanté. Dejé mi vaso en la barra y me acerqué a ella para detenerla. Cálmese, le dije. Regrese a su lugar. Y a ti qué te importa, pendejo. Yo soy mexicana y soy libre para celebrar los doscientos años como se me dé mi regalada gana. Le voy a invitar su trago al mero mero. Cómo chingaos no. Y cuando vi que en efecto le iba a aventar el líquido, la jalé del brazo. Pero con tan mala suerte, que la maldita cuba vino a dar a mi cara. Me cegué por un momento. La mujer se atacó de la risa, y la burla se generalizó. En cosa de segundos, todos los borrachos se reían a costa mía. Emprendí la huida, o eso iba a hacer, cuando uno de los meseros me afianzó del hombro, con no disimulada violencia. Paga tu cuenta, o te la sacamos a madrazos. Regresé a la barra, y mi whisky había desaparecido. Me volví a ver al hombre que estaba acodado y en su mirada descubrí que él se había bebido mi trago. Su actitud era desafiante. A ver, reclámame, ojete, parecía decir. Alcancé a escuchar que se echaba un pedo, además de hacer un giro a su derecha para que percibiera la peste. ¡Maldito bicentenario!, le grité al cantinero cuando pagué. Gentes como tú avergüenzan a México, dijo el hombre acodado sin quitarme la vista.

Di media vuelta y salí.

Lz eruez…

P Zamoel Cgoora

T2 rboozbn fleezedd. Algrea azqruza. Qda mza tnea zoo bndreeta. Dl texu qlgabn reiletz treeqlorz heegntz, x aqe ee x aia c zqxabn trmptaz d lz q lz dn a lz ninioz n el dzfeele, ee l qlmo: qlgadu a ½ pazu abea 1 pzter dl qra Edalgu, q nzema, qmu zee un foera zoofeznt, tnea zoo rztru x lz 2 la2, p q ndie c lu prdiera. Lz brndeez iovian a oo salud. Algn lvntaba l vazu ee lz d+ loo zguian.

Lz prrokianz ern lz d 100pre. Pru qmu era mrtz 15 d sep, al dea sg un erean a trbahar. Qza q lz enrdezea. Broqratz mdeoqrz, vndedurz q ia un lgrabn nee vndrle zoo alma al deablu, dzmplea2 q ntrabn qn l ntenzeon d q algn lz eenvetara 1 tragu. Lu qzmpre lugrabn. Zta vz, lu ooniqo q tnean q azer era pnrze dlant d Edalgu ee qadrarc.

Pru aunq era 1 qnteena abetualmnt frqntada x umbrz, aura prezea q lz mooherz c abean puzto d aqrdu p zeetrc ae ee bbr qmu zee l tragu c foeraa akbr. Abea + d 2 mzaz oqpadz n+ x eiaz. Ee aun ern + prvokdorz q lz umbrz. C pleabn ntre zee, d mza n mza, p vr qn azea lz breendz + zkndalozoz. Brendu x Zor Huana, q z la + xeda d lz eruinaz ptreaz!, greetabn d 1 mza. Ee d otra: Brendu x Zpata, a qioz pz c arrudiian, kbrunz!

M mpazarun a dr nauzeaz. Un s q foera io 1 mleendrozo, pru l artzgu sobreviene ndpndientemnt d too voluntd.

Zeen mbargu, ndie + q io c veia artu. Lzmcruz ztabn fleezez. L hente pdea a lu bztea, ee ia c rlamean lz labeouz x lz prpeenz q qn tda cgooredd dharean. Zn 200 aniuz!greetu 1 d lz umbrz aqda2 n l brra. Ee m lu deeho a mee, qmu rqreemnndme mee kra d dzqntentu. Pru nu zlo m lo deeho, zeenu q ad+ lvantu zoo vzo p breendr qnmegu. Breendz q io eegnure. L umbre nu eeba zolu. Otru lu tnea abrzadu dl ombru ee c reia a qrqhada btient d tdo lo q a zoo hooizeo era la oqrrenzea dl anio. Algu l deeho ntonzez l q abea breendadu qnmeegu. Zoo ameegu ezu 1 zfoerzu x lkleezarm, ee lu ezo. Vee n zoo meerada l dzprezeo.

Nu c xq nu pdee mee qntaee m lrgue d ae. Ee nu s q m zntiera axeezpadu, p nada, Apnz ievaba 3 wiskz, pru la qreozed m obleegaba a ztar paradu ae, qnzoomndu. Qrea qdrme azta lz 11 d l noxe, al Greetu. Ztaba zegooro q la zolemneedd dl mmntu lz area guardar zeelenzeo. Ee a lu mhor azta l emnu qntabn.

Pru p lz 11 fltaba qze 1 hr. X l zpeho vee q 1 d lz mooherz c pnea n pie a draz pnaz, ee qn 1 vazu n la manu c aproxeemu al pdre d l ptrea. Eegnuro q pretndea, pru zoo acteetud era la d 1 fn q c azerk a zoo eedolo ee q s kpaz d qlqr atruzedd. Un rquerdu aber veeztu 1 mooher tn ebrea. Pze a zoo mbreagz, cdapazu q dba cmehaba l d 1 leona dzpzta a zltar zbre zoo prza. Vreoz tneamz la meerada n eia. Ntunzez vee qlaramnt lu q eeba a aqntezer. Eza mooher ztaba dzpuezta a arruharle zoo tragu al qra. Un m awant. Dhe mee vzu n la brra ee m azerq a eia p dtnerla. Qlmeze, l deehe. Rgreze a zoo loogr. Ee a tee q t mporta, pndeho. Io zoe mehekna ee soe leebre p zlebrar lz 200 anioz qmu c m d mee rgalada ghana. L voe a envetar zoo tragu al mru mru. Qmo xingauz nu. Ee qndu vee q n efktu eeba a avntr l leeqdu, l hale dl brazu. Pru qn tn mala zrte, q l maldeeta qba veenu a dr a mee kra. M zgue x 1 mmntu. La moohr c ataqo d la reeza, ee la boorla c heneraleezu. N qza d zeegoon2, t2 lz burraxoz c reian a qzta mea. Mprendee la ouida, o ezu eeba a azer, qndo 1 d lz mzeruz m afianzu dl umbro, qn nu deezemoolada veolenzea. Pga too qnta, o t la zakmuz a mdrazuz. Rgreze a la brra, ee mee wzky abea dzaparezedu. Me volvee a vr al umbre q ztaba aqdadu ee en zoo merada dzqbree

Cómo chingaos no. Y cuando vi que en efecto le iba a aventar el líquido, la jalé del brazo. Pero con tan mala suerte, que la q l c abea bbeedu mee tragu. Zoo aqtitd era dzafeeant. A vr. Rqlamam, ohet, prezea dzer. Alqnc a zcuxar q s exaba 1 pdu, ad+ d azer 1 heeru a la drexa p q przebiera la pzt. Mldeetu beezntenareo! Lgreete al knteeneru qndu pague. Hentz qmo too averwenzn a Meheeqo, deeho l umbre aqdadu zeen qtarm la veezta.

Dee 1/2 voelta ee zalee.

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Poesía

El palo del siglo

Mis coitos son irrelevantes.
Venirme me cuesta todo el trabajo del mundo.
No sé cómo le he hecho para engendrar hijos
—si es que son míos.
A la hora de hacer el amor
de pronto pongo a Brahms, de pronto a José José.
Y ni así tengo una venida rica.
Pero me topé con ella.
Si pasamos por alto que es la mujer más linda del mundo,
no tiene nada de especial.
A la vera de un tinto
yo quería hablarle de Schopenhauer y de Kant.
Pero puso su lengua en mi oreja y ordenó:
Métemela como un animal. Y vente.
Que tu amigo nos está espiando.
Y ya quiere cogerme.

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Artículo

Arturo Azuela en tiempos electorales

1) Leo en la portadilla de El tamaño del infierno de Arturo Azuela: “Eusebio Ruvalcaba Castillo, alumno distinguido y amigo de gran calidad humana. México, enero de 1974”. Rúbrica.

2) Es increíble el grado de egolatría a que se presta la publicidad de los candidatos. Coincido en que se habrá de estar familiarizado con la fisonomía de los presidenciables, pero ¿de todos los que van para delegados, diputados y demás fruslerías? La ciudad está invadida de caras compungidas, rostros de secretarias de quinto nivel para abajo, expresiones de violadores y sátrapas. Y para qué. Para que se olviden apenas son vistas. Como si no fuera suficiente con la fealdad de la ciudad. No creo que haya uno solo de estos candidatos que haya dicho yo paso. No me retraten, gracias. Al contrario, aquél se habrá puesto su mejor traje; aquélla, la chambrita que tenía guardada para las grandes ocasiones. Perfectamente, la firma podría sustituir a la cara. Pero eso suena a propaganda zen.

3) Conocí al maestro Arturo Azuela en la Facultad de Filosofía y Letras; tomé con él la materia de Historia de la Ciencia, en 1973. Yo cursaba la licenciatura en Historia. Me atraía la historia en general, y de la ciencia en particular. Por eso me inscribí; el apellido Azuela no lo había escuchado en la vida; ni de Arturo, ni de Salvador, ni del más grande: Mariano. En esos años, no escribía yo. Ni menos leía.

4) Creo que entre más se ve la cara de un candidato, resulta más repelente. Y más aún cuando se adivina en esa expresión una pose, el afán de agradar, de caer bien; esa especie de embadurnada de miel que acaba atrayendo a las moscas y ahuyentando a la gente con sentido común.

5) En aquella época el maestro Azuela era un hombre atractivo, carismático, sencillo y siempre de una amplia sonrisa que a todo mundo parecía agradar. Alto e inequívocamente bien vestido, solía yo escuchar opiniones de las compañeras de la carrera. Se referían a él como un caballero.

6) La importancia de las redes sociales ha crecido tanto, que uno se pregunta si el día de mañana los celebérrimos debates acaso podrían llevarse en feis o tuíter. Las ideas se desparramarían como lava; el formato les permitiría a los rivales entrar en discusión en serio (y olvidarse del formato de la televisión, que los mantiene tiesos y acartonados como si fueran a pasar al confesionario); además de que sobrevendría una interacción con los usuarios instantánea, franca y abierta.

7) Único alumno de su materia, el maestro Azuela me dio clase una sola vez, la primera; en la segunda sesión me preguntó si me gustaban las novelas, yo le dije que sí pensando en El Conde de Montecristo. Entonces me pidió permiso para leerme el primer capítulo de la novela que estaba escribiendo, El tamaño del infierno. Asentí, y vaya si lo tomó en serio. Porque no sólo fue el primero. En todo lo que duró su materia, se dedicó a leerme capítulo por capítulo directamente de su mecanuscrito. Por supuesto mi calificación fue la máxima.

8) Cuando el semestre se acabó, rara vez volví a cruzar palabra con el maestro Azuela. Aunque recuerdo una ocasión en particular. Lo fui a visitar a su casa para entregarle una reseña sobre su novela —aun no salía publicada en Joaquín Mortiz; pero él me lo pidió a modo de trabajo para presentar el examen final; yo lo hice no por obligación sino porque me provocó un profundo placer. Seguramente fue el primer comentario sobre la novela; aunque nunca vio la luz (por fortuna). La obra me encantó. El maestro vivía en la Villa Olímpica y hasta allá fui. Fue muy atento. El solo hecho de que un maestro recibiera a un alumno en su casa, era un honor. Platicamos un rato y la música salió a colación. Cuando me comentó que alguna vez había sido violinista segundo de la Ofunam, yo le comenté quién había sido mi padre. Al escuchar el nombre de Higinio Ruvalcaba, se puso de pie y me dio un abrazo. Me suplicó que lo llevara a saludarlo; yo repuse que en el momento en que así lo dispusiera, que mi padre ya no tocaba y que con toda seguridad lo saludaría. El encuentro nunca se concretó, lo que a mí me dejó un mal sabor de boca. Me pareció un mediocre.

9) 20 años después. O más. Estoy sentado con Víctor Roura en una cantina de la Santa María, me parece que en el Salón París. Bebemos y charlamos, charlamos y bebemos, cuando luego de dos horas finalmente pedimos la cuenta. El mesero nos dice que ya está todo pagado, que aquel señor ya la pagó. Nos volvemos para ver quién lo hizo, y desde su mesa Arturo Azuela nos dice salud con su copa, su carisma y su amplia sonrisa.

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Cuento con traducción

Jornada de trabajo completa

¿Y si lo despertaba?

Le hubiera gustado llegar a tiempo, pero lo único que Teresa Tejada alcanzó a ver fue a su hijo ya dormido. No había dejado de pensar en él todo el trayecto del trabajo a su casa. Primero en el metro y luego en la micro. O mejor dicho, en las micros. Porque vaya que si tenía que tomar transportes para ir de un lado a otro. Trasladarse desde la avenida Lieja, en la colonia Juárez, hasta Iztapaluca, en el Estado de México —en la parte más agreste del pueblo—, le tomaba cuando menos tres horas de camino. De ida y vuelta.

Algo había en su hijo que la hizo pensar en su infancia. Tal vez esa sensación de fragilidad que parecía emanar de su retoño. Porque a ella misma su progenitora le había dicho eso: “Teresa, eres tan frágil. Si el viento sopla fuerte te va a arrastrar y te vas a estrellar en una pared. Agárrate duro para que no te lleve el viento”. Por eso de niña se dormía aferrada a un tubo que había en la cabecera de su cama. Cuando menos hasta que el sueño la vencía, los dedos le dolían. En el día se había acostumbrado a esquivar el viento. Lo sentía a sus espaldas, lo veía venir y se metía a una miscelánea o a la entrada de una casa para eludirlo. O se guarecía delante de un automóvil.

Esa sensación no la volvería a dejar en paz, y cada noche le pedía a Dios que no soplaran vientos fuertes, que nada le pasara a su hijo de nombre Antonio y de apellido Tejada. Apenas de dos años, despierto era una persona y dormido otra. No dejaba de brincar todo el día, de derramar los vasos de agua, menos de treparse a la cama y orinarse cuando se le llamaba la atención. Ana María, la vecina, madre de siete hijos, quería al niño casi como si fuera suyo, y, por una cantidad mínima —que solía traducirse en servicios que la madre le prestaba los domingos—, lo cuidaba. Porque, le había dicho a modo de justificación, no había más remedio que ayudarse unos a otros para salir adelante. Si esperaban la ayuda prometida por papá gobierno, bien podrían hacerse ancianas.

Miró, pues, a su hijo, se aproximó y le dio un beso en la mejilla. Tenía la cuna repleta de juguetes. Porque pese al exiguo sueldo que percibía por su trabajo de galopina, se daba sus mañas para comprar juguetes de segunda mano. Era como si sus ojos siempre estuvieran atentos y descubrieran los anuncios de ventas de garage en los lugares menos pensados, o los ositos de peluche que los niños de la calle acostumbraban vender en los semáforos. Al principio le había parecido una hazaña encontrar juguetes en la calle, pero pronto se dio cuenta de que todo dependía de la necesidad de dar con ellos. Nada difícil, al fin y al cabo.

Pasó su mano por aquella mejilla tersa. Hacía tanto tiempo —tres días— que no jugaba con él, que no lo oía carcajearse ni decir sus primeras palabras. Le agradecía a Dios que tuviera trabajo. Cuántas mujeres había como ella que tenían que ejercer la prostitución con tal de solventar los gastos de su familia, generalmente uno o dos hijos de padre desconocido, o de alguna ilusión que se tornó en una carga pesada y eterna. También podría mudarse a un lugar más cercano de su trabajo. Se lo había repetido mil veces, pero jamás podría hacerlo. ¿Con quién dejaría a su hijo? Cambiarse de domicilio significaba exponerse a nuevos peligros. O buscar trabajo en un sitio cercano, no, eso era menos que imposible. En la situación que vivía el país, cada empleo era cotizado como una mina de oro. Y dejar el que tenía no era otra cosa que un desatino.

¿Y si lo despertaba? No, su descanso se vendría abajo. Realmente estaba exhausta. Lo excitaría y aquella paz nocturna se traduciría primero en llanto y más tarde en berrinche. Había pasado docenas de veces, que llevada por ese amor incontrolable prefería no descansar si el precio era cargar a su hijo, hablarle, jugar con él. Demostrarle que lo amaba. Porque no había muchas oportunidades. Sólo el domingo, pero ése era un día sagrado, que ella ocupaba para hacer un poco de despensa, lavar ropa, resolver tantos pendientes. Pagar sus obligaciones.

Lo miró una vez más. Esto ya era cosa de todos los días. Llegar, contemplarlo y dormirse. Como si estuviera muerta. Exactamente así. ¿Y qué significaba una hora más de vigilia? Total, si no valía la pena desvelarse por esa causa entonces por cuál. Poco a poco, aquella fatiga fue transformándose en una energía que le cosquilleaba por todo el cuerpo. Metió las manos por debajo del cuerpecito, lo cargó y lo estrechó contra su regazo. Le cantó una canción, y lo levantó por encima de ella. El niño abrió los ojos y sonrió.

Hornad d trbaho qmpleta

Ee zee lu dzpertaba?

L oobiera gztadu iegar a tmpu, pru lu ooniqo q 3A Thada alqnzu a vr foe a zoo eeho ia durmeedu. Un abea dhadu d pnzar n l todu l traiieqtu dl trbaho a zoo kza. 1º n l mtru ee loegu n la meeqro. O mor deexu, n lz meeqruz. Xq vaia q zee tnea q tmar trazprtz p eer d 1 ladu a otru. Trzladharze dzd la av Lieha, n la qolonea Hooarz, azta Eeztapaluk, n l stadu d Meheeqo –n l prte + agrzt dl poeblu-, l tmaba qndu – 3 hrz d qmeenu. D eeda ee voelta.

Algu abea n zoo eehu q la ezu pnzar n zoo eenfnzea. Tl vz eza znzazeon d fraheeledd q parezea emnar d zoo rtonio. Xq a eia mzma zoo proheneetora l abea deexu ezu: “3A, erz tn fraheel. Zee l vntu zopla foert t vha a arrztrar ee t vz a ztreiiar n 1 pred. Agrrat dooro p q nu t ieve l vntu”. X ezu d ninia c durmea afrradha a 1 toobo q abea n l kbcra d zoo kma. Qndu – azta q l suenio la vnzea, lz d2 l doleean. N l deea c abea aqztmbradu a zqeebar l vntu. Lu cnteea a zooz zpaldz, lu veía vneer ee c mtea a 1 mizelanea u a l ntrada d 1 kza p eloodeerlo. O c goarezea dlnt d 1 autmoveel.

Eza znzazeun un la vlverea a dar n pz , ee kda noxe l pdeea a Diuz q nu zplarn vientz foertz, q nada l pzara a zoo eehu d nmbre Ntoneo ee d apeiido Thada. Apnz d 2 anios, dzpiertu era 1 przoona ee drmeedu otra. Nu dhaba d brinkr todu l deea, d drramr lz vzuz d awa, – d trparze a l kma ee oreenrze qndu c l iamab l atnzeun. Ana Ma, l vzeena, mdre d 7 eehos, qrea al ninio kzee qmu zee foera suio, ee, x 1 qnteedd meeneema –q zolea tradoozerc n zrveezeoz q l mdre l prztaba lz dmeenguz-, lo qidaba. Xq, l abea dexu a mdu d hoosteefekzeun, un abea + rmedeo q aiudrze 1os a utroz p zaleer adlnt. Zee zprabn la aiiuda prmeteeda x ppa gbiernu, bn pdean azerc anzeeanz.

Meero, pz, a zoo eeho, c apruxeemo ee l dio 1 bzu n l meheeia. Tneea l qna rplta d hoogtz. Xq pze al exeewo zueldu q przeebea x zoo trbaho d galupina, c dba zooz maniaz p qmprar hoogtz d 2ª manu. Era qmu zee zooz ohuz zmpre ztobiern atntz ee dzqbriera lz annzeoz d vntz d grage n luz loogarz – pnzadooz, u lz ozeetuz t pluxe q lz ninioz d l qaie aqztoombrabn vndr n luz zmaforoz. Al prnzepeo l abea prezedu 1 azania nqntrar hoogtz n la caiie, pru prnto c dio qnta d q tdu dpndea d l nzezidd d dr qn eiioz. Nda deefeezel, al fn ee al qbu.

Pzu zoo manu x aqiia mheeiia trza. Azea tntu tmpu -3 diaz-q nu hoogab qn el, q nu lu oia krkhearc nee dzeer zooz 1as plabrz. L agradzea a Diuz q tooviera trbahu. Qntz mooherz abea qmu eia q tneean q eherzr l przteetuzeon qn tl d zlvntar lz gaztuz d zoo fmelea, gralmnt 1 o 2 eehoz d pdre dzqnozeedu, o d algoona eeluzeon q c trno n 1 krga pzada ee etrna. Tmbn pdrea moodrze a 1 loogr + zrknu a zoo trbahu. C lu abea rpeteedu 1000 vcz, pru hamz podrea azerlu. Qon qn dharea a zoo eeho? Qmbrze d dmzeleo zeegnefekba xponerc a nvos pleegruz. U bzkr trabahoo n 1 zeeteo zrkno, un, ezu era – q impozeeble. N lazetuazeon q veeveea l paiz, kda mpleo era qteezadu qmu 1 meena d oro. Ee dar l qtneea un era otraqza q 1 dzateenu.

Ee ze lo dzpertaba? Un, zoo dzknzu c vndrea abaho. Rlmnt ztaba exauzta. Lu etzeetarea ee aqeiia pz nqoorna c tradoocerea 1º n iantu ee + trde n brrenxe. Abea pzadu 12naz d vcz, q ievada x eze amur inqntrolable prferea un dzqnzar zee el prezeo era qrgar a zoo eeho, ablarle, hoogar qn el. Dmztraleq lu amaba. X q un abea mooxas oportoonidadz. Zolo l dmeengu, pru eze era 1 deea zagradu, q eia oqpaba p azer 1 pqo d dzpenza, lvar rpa, rzolvr tntuz pndientz. Pgar zooz oblegazeonz.

Lu meeru 1 vz +. Ztu ia era qza d t2 lz deeaz.Iegar, qntemplarlu ee drmeerze. Qmu zee ztoobiera moerta. Xactamnte azee. Ee q zeegnefeqba 1 hr + de veehelea? Totl, zee nuvalea la pna dzvelarze x eza kauza ntuncez x qal. Pqo a pqo, aqiia fateega foe trnzformndoze n 1 enrheea q l qzqiiaba x tdu l qerpu. Mteeo lz mnuz x dbahoo d aql qerpzeetu, lu crgu ee lu ztrexo qntra zoo rgazu. L qntu 1 qnzeun, ee lu lvantu x enzema d eia. L neenio abreo lz ohoz ee znreo.

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Aforismos

el oficio de la invisibilidad

Para Christophe Lucquin

1) Lo bello permanece invisible a los ojos del profano. Como las sinfonías de los pájaros a los oídos del sordo.

2) Dios es invisible. O preguntémonos, ¿a quién le rezamos cuando levantamos los brazos al cielo?, ¿habrá quien piense que a nadie?

3) Nada mejor que pasar inadvertido, que ser invisible. En la medida que no existimos para la humanidad, la humanidad nos deja en paz.

4) La invisibilidad es la capacidad de estar sin estar. De no figurar. Y no es precisamente la modestia llevada hasta sus últimos extremos. Es el hartazgo de esa bestia llamada hombre. Que obliga a ceñirse la corona del aislamiento.

5) La música es invisible. Si la ves tras una cortina de agua, sólo distinguirás alas de ángeles yendo de aquí para allá.

6) La invisibilidad nos permite disfrutar de las cosas sin el alto precio de figurar en escena. Acaso para las mujeres resulte aún más difícil. Por su avidez de figurar en los primeros planos del mundo. Que pasen inadvertidas es doblemente complicado. Porque su vanidad las obliga a estar ahí en donde transcurre la acción. Y no es que los varones no sean harto vanidosos, sino que la mujer necesita retroalimentarse de eso que ella misma da a torrentes. No puede pasar un día sin que la mujer se sienta impelida a exhibirse. Aun en el larguísimo trecho de la cama al baño. O a la inversa.

7) Cuando te aproximas a los labios de una mujer, siempre hay un ángel invisible que te impide besarla.

8) Los ojos, o, más que eso, la mirada, es básico para el éxito de la invisibilidad. Porque los ojos son como aquel corazón delator de Poe. Que se manifiesta su presencia a costa de lo que sea. De tal manera que los ojos atraen las miradas, y delatan. Allí está, se dirá alguien señalando al aludido. De ahí que sea prudente domesticar la mirada. Domeñar los ojos. No permitir que se salgan de sus cuencas.

9) La invisibilidad es la única cómplice de la Iglesia. Tal vez porque Jesucristo sólo se revela a los ojos del corazón. Tal vez porque el Nazareno fue invisible, y sólo lo distinguieron los impíos para su salvación eterna. Tal vez porque el Redentor no existió, salvo en su invisibilidad —que éste habría sido el argumento indiscutible del Diablo, en su demostración de la no existencia divina.

10) ¿Quién dice que el agua no es invisible? El sediento vulgar descubre el manantial en la fuente. El sediento hiperestésico descubre el manantial donde el resto sólo ve piedras áridas.

12) Ser invisible consiste en estar sin estar. El invisible no se pierde de nada. Tiene que estar donde su corazón se lo dicta.

13) La máxima aspiración de la invisibilidad es trocarse en aquello que está a la vista de todos y que nadie requiere: una cosa cualquiera. Digamos como un discreto florero. Entre ese hombre invisible y el florero no habría diferencia alguna. Nadie le va a pedir su opinión. Nadie se dará cuenta del color de su corbata. Nadie se empecinará en sentarse junto a él para salir beneficiado.

14) La mujer invisible es más imprevisible que el hombre invisible. La mujer invisible no deja huella por donde pasa; el hombre, deja un hijo.

15) A los visibles se les juzga por todos los ámbitos. Son escarnio aun en el caso de que sean buenas personas. Porque abren la boca más de la cuenta. Porque no se comportan como se esperaría de ellos. Porque no son capaces de tragarse su opinión. Porque ese carácter de visibilidad los convierte más en un estorbo que en un acicate.

16) Si la Sagrada Familia hubiera sido invisible, no seríamos creyentes. Ni sufriríamos tanto.

17) Nada hay oculto para la invisibilidad, excepto un desafío ante el espejo.

18) Los perros muertos que nos visitan en el tramo de la noche son invisibles; no así sus ladridos, sus aullidos, sus garras, su olor. O ni su pelambre a las manos del amo.

19) El practicante de la invisibilidad aprenderá a dejar su amor propio en el perchero de la entrada. Sobrevivir sin semejante recurso lleva más tiempo de lo imaginado. A veces más de lo soportable.

20) Cuando invocamos un ente invisible y se aparece, surge el milagro, o la intemporalidad, que aún es más peligrosa.

21) Cuando un hombre ha sido generoso, está rodeado de amigos invisibles. Los muertos, en primer término. De ellos, sólo se escucha el rumor de las viudas.

22) Las palabras son invisibles hasta que aparecen en el papel.

23) La mediocridad, como la genialidad, es invisible; y sólo se manifiesta cuando se la acorrala.

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Artículo

El oficio del beso

1) Se confía más de la cuenta en los besos. Por eso se besan los pies de los santos. Como si por ese solo hecho el bienaventurado se hiciera eco de la súplica y concediera el milagro, que es el perdón.

2) Entre las múltiples consecuencias de una catástrofe, la principal es que los dolidos tienden a besarse al menor pretexto. Hasta que finalmente se saludan por el solo hecho de toparse en el transporte subterráneo. Como si a través del beso se desearan suerte. De ahí que haya quien piense en el beso como un prodigio.

3) Cuando un perro y su amo se besan, la inquebrantable, sólida y granítica fortaleza humana se consolida de ternura. Y se quiebra.

4) El progenitor no suele besar a sus hijos varones; lo considera una debilidad. Cuando ese hijo varón crece, pasa de largo delante de las facciones suplicantes de su padre; considera una debilidad besarlo.

5) Cuando aquellos adolescentes se besan, cuando aquel chico aproxima sus labios a los de su amada y consuma el beso, los testigos guardan silencio. Saben que aquel beso conducirá al amor. Y al aburrimiento. Es la historia de la humanidad.

6) Cuando dos amantes se besan, el ardor crece y no hay modo de detenerlo. Las manos recorren aquel cuerpo deseado, producto de la imaginación o de la experiencia. Los amantes se aproximan, y el olor de cada quien se incrusta en el alma del otro. Se absorben de boca a boca, para hacer suyo ese aroma.

7) No hay nada más bienvenido que el beso prohibido. Por ejemplo, aquel que se da a la mujer ajena. En cualquier lugar puede llevarse a cabo. Basta con que el marido se distraiga un instante, para atrapar la cara de la mujer y besarla. No se va a quejar. No va a reclamar nada ni a decirle nada a su esposo. Al contrario, se va a relamer los labios cuando el hurtador de besos se dé media vuelta.

8) Sin lengua no hay besos.

9) Dame tu lengua, se le dice a una mujer cuando se perfora su boca. Entonces el beso se convierte en una experiencia letal. Todo sobreviene en ese momento: el alma varonil que exige comprensión, la búsqueda de la mujer, que es animal y es espíritu, el camino más corto hacia la lujuria, que anuncia al desconsuelo.

10) Pocos trucos tan valorados como exhalar en la boca que habrá de besarse. La mujer se estremece. No se explica qué está aconteciendo. Pero una flagrante humedad escurre de su imaginación.

11) Hay rincones ciento por ciento besables. Las plantas de los pies de los bebés y de los perros, por ejemplo. Su forma y su olor son una provocación.

12) Cuando un hombre besa a un líder político, es sospechoso. Hay gato encerrado, piensa el menos avezado. Por algo no se olvida el beso que Judas le dio a Jesucristo.

13) Tenía que ser de Jalisco el autor de esa canción que hasta los Beatles grabaron: Bésame mucho. Se llama Consuelito Velázquez, y abrió los ojos en Zapotlán —hoy Ciudad Guzmán—, tierra de inmortales: José Clemente Orozco, Juan José Arreola, José Rolón, entre otros.

14) Cuando dos hombres se besan, se consolida una fraternidad o un amor—que sólo los retrógrados no entienden. Que sólo los mojigatos reprueban.

15) A partir de un beso, el interés o el desprecio se manifiestan.

16) El beso le hace guiños a la inmortalidad. Por ahí anda un callejón en Guanajuato que lleva su nombre, y que hace felices a quienes lo habitan. Y si esos mismos habitantes hurgaran en los libros se toparían con El Beso de Gustav Klimt y el de Auguste Rodin. En el orden que se quiera.

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Ensayo

Chavos: fajen, no estudien

Porque si no lo hacen ahora, el día de mañana ni tiempo van a tener. Ni ganas.

Estudien lo mínimo para pasar, para que sus jefes no la hagan de jamón. Que se vayan con la finta de que están aprovechando el tiempo a lo bestia. Consideren las ventajas: primero que nada, llevarse la fiesta en paz —no hay nada más insensato que tener todos los días broncas con el jefe; porque los weyes son vengativos: empiezan restringiendo el uso de la nave (ya se les olvidó cuando eran chavos), o por bajarle el domingo (si te da, digamos, 200 morlacos, le quita 50 como si nada), o por insinuarte que en la casa hay muchos gastos, que le metes al MB o mejor te vas buscando chamba. (Pero la culpa es tuya porque tienes acostumbrado a tu jefe a que cuando quieres la haces, que nadie te supera, que eres muy piola, sácale punta y te la vienen pérez prado y sus cometas. De cualquier modo para qué te esfuerzas. Si al cabo de los años vas a acabar trabajando en cosas que ni te gustan.)

Siempre que doy una charla en prepa, me asombra que haya tantos chavos. Entonces les digo que les hacen falta huevos, que qué hacen ahí, a la expectativa de escuchar a un —perdónenme la palabra— escritor. Y les digo las cosas como son: que yo a su edad pues en primer lugar nunca iba un escritor —repito, perdón por el terminajo—a dar ninguna charla de nada, porque ni quien pelara a semejantes perdularios (córranle al diccionario). Que si no podrían estar haciendo algo mejor: como quemar en el coche del hijo de papi, o estar fajándose a una chava, o bebiéndose un jale nomás para soportar la melancolía, la decepción de que la vida es tan vacía, o simple y llanamente para quemar con lágrimas y mocos tanta tristeza, miseria y podredumbre que ni se explican. Me oyen los chavos y en los ojos de uno, de otro, de aquél, de pronto descubro el gesto de que este wey tiene razón, pero de aquí no me puedo mover porque la maestra me reprueba.

Pobres.

Fajen. Fajen a lo bestia. Mastúrbense. Huelan a las mujeres. Olfatéenlas. Síganlas. Por el puro olor. Por el puro amor a esas piernas maravillosas, cachondísimas —al carajo las gimnastas, pesistas, boxeadoras y demás hembras con cuerpo de hombre; enamórense de la femineidad, de la belleza, de las mujeres con senos prodigiosos, con labios jugosos que se antoja besar, morder, exprimir, sacarles todo el jugo. Por el puro amor a esas tetas grandes o chiquitas, siempre hechas a la medida de la boca, de la boca de ustedes: chavos con la vida en un puño, chavos nacidos para amar a una mujer —o a un hombre, cada quien—, a muchas mujeres (entre más mejor; no te detengas, no seas fiel —deja eso para los ruquitos que ya ni se les para—, no te enamores de una sola mujer porque te va a sacar hijos y te vas a joder, te jodiste para siempre. No vas a poder dar un paso en libertad, y vas a ver volar los pájaros y te va a dar envidia, y de pronto vas a querer amar a esa chava como lo hiciste alguna vez y te vas a dar cuenta que ya no es la misma, que algo pasó porque ya es otra: ya no coge igual, ya no se peina igual, ya no chupa contigo, ya no hace el amor en los sitios más impensados, y vas a llorar y te vas a preguntar qué hiciste, en dónde la cagaste, y no hay respuesta para todo eso).

Sin dolor, sin sentimientos de culpa —eso déjenlo para los fresas, para los poetas, para los intelectualitos. Fajen todo lo que puedan. Fajen sin fajar. Esa chava que los trae vueltos locos fájenla en su imaginación. Es de ustedes. Es tuya. Nadie se las podrá quitar. Pasen su lengua por esa piel. Cuando la vean. Cuando le hablen —si es que le hablan—, ella lo va a notar. Va a saber que ustedes la han visto desnuda. Que la han fajado en la clase, en la parada de la micro, en la biblioteca; subiendo la escalera, bajando, caminando por los pasillos, esperando —por los siglos de los siglos, amén— que salga de su casa, que entre, que se suba al carro, que se baje. No les va a quitar la vista porque sabe, muy en el fondo lo sabe, que ella es de ustedes. Que ella es tuya. Tuya y de nadie más. Así estalle la tercera, la cuarta o la quinta guerra mundial. Ella es tuya. Y tú eres capaz de matar por ella.

Y hablando de matar, no se maten estudiando. El día de mañana van a notar que ésa ni era su vocación. Que se equivocaron de carrera. Que tantas horas-nalga valieron para pura madre. El día de mañana se van a dar cuenta de que el gandalla ese que se terminó llevando las mejores viejas (denles las medallitas a ese wey) estudiaba lo mínimo.

Pero tampoco fanfarroneen. Es mejor hacer las cosas acá, por abajo del agua, porque se acaba sabiendo. Odio ponerme de ejemplo pero lo voy a hacer: yo hice cuatro años de prepa en lugar de tres, pero mis jefes eran híper confiadérrimos, confiaban ciegamente en mí, y néver les dije que había reprobado; así que según yo ya estaba yendo a la universidad, y seguía en la prepa. Cuando me preguntaron que quería de regalo por haber terminado la prepa les pedí un carro, que me dieron sin chistar. Puta, cómo la gocé. Llegaba yo a la prepa y me llevaba a las chavas a Cuernavaca, y en la carretera les hacía y les deshacía. Y mis jefes tan confiados. Jamás se dieron color. Pero para eso se necesitaba mucho aplomo. No cualquiera. Pero eso sí, nunca abrí la boca. Nadie sabía lo que yo estaba haciendo. Porque se hubiera sabido —todo se acaba sabiendo— y la madriza que me ponen.

Fajen, todo lo que puedan. Que esa vieja, acabando de fajar con ustedes se va a ir a fajar con otros. Así son. A quién carajos le importa la fidelidad. Y más vale que se acostumbren. Ustedes. Y más ahora que las mujeres son capaces de cambiar el amor sin mancha de un hombre por un par de pesas.

Deja que tu primo estudie, que saque las mejores calificaciones. Déjalo que hablen bien de él tus tías y tu abuelito, que sea el ejemplo. Ríete de él. Vale madre. Es aplicado porque le dan miedo las mujeres. Y si no fíjate dentro de un cacho de años con qué esperpento de mujer se va a casar. Con la más fea, de cajón. No hay de otra.

Fajen. Pero también espíen. Que por más que los mojigatos la hagan de tox y prohíban los placeres de la carne, siempre habrá una mujer que podrán espiar. Y dije siempre y lo subrayo. Así sea su hermana. La cual espero conocer algún día.

 

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