Archive for 30 julio 2012


Poesía

Las piernas

Esta afirmación no es fácil
de creer.
Parece descabellada.
Pero no lo es:
Sus piernas son simple y llanamente
las piernas mejor hechas
que haya visto nunca.
El otro día estuve en la colonia Roma,
y para mirar hacia la calle
tenía un ángulo muy restringido.
Casi a ras del suelo.
Entonces me dediqué a observar
las piernas femeninas.
Vi de todo.
Anchas y esqueléticas.
Morenas y blancas.
Torneadas y escasamente atractivas.
Vinieron a mi cabeza
las piernas de esta mujer
que ahora mismo evoco
y cuyo nombre juré no escribir
nunca más.
Son de piel blanca.
Delgadas en el tobillo
y robustas en el muslo.
Cuando esta dama se pone falda
o vestido,
no hay hombre que no se vuelva a mirarla.
Con ojos fecundos de deseo.
Esta mujer no es más mía.
Pero la erección que sus piernas me provocan
morirá conmigo.

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Artículo

Delirio de mezcal

1) Abro una botella de mezcal Delirio. Aspiro esa fuente de aromas prodigiosos. Podría pasarme horas alimentando mi espíritu de esta manera. Aun antes de dar el primer trago, me colmo de lo que esta bebida significa: tradición, historia, ceremonia, rito. Cada cosa que llega a nuestros sentidos y los afecta, está imbuida de culto. Nuestra vida

2) Pongo música de Haendel. Sus Concerti grossi. Haendel es un dispendio para el oído. Con él de la mano, las cosas más ásperas resultan dulces. El mismo efecto provoca en mi ánimo este mezcal. Lo bebo con tanto deleite como cautela. Se trata de disfrutar la cara oculta del mezcal, que es la balsámica.

3) Haendel y el mezcal —el mezcal Delirio, no cualquier agave— transportan al usufructuario, que en este caso soy yo, al ámbito de la poesía de Jal Magrive: “Lamento breve/ Disimula mi alma/ El contenido”. “Triste a solas/ La noche estrellada/ Me alimenta”. “Sin ti sin miedo/ Mi sombra me protege/ De otras sombras”. “Noche mágica/ Guardián inesperado/ De mi angustia”. “Qué es el amor/ Acaso solo viento/ A cada paso”.

4) De pronto el arte de vivir se reduce a esto. Para degustar el arte de vivir no se requiere más que humildad. Poner nuestros sentidos —y nuestra alma, para que la poesía pueda entrar— al servicio del placer. Y del conocimiento. El alma avanza por el camino pedregoso del encanto. Todo lo que es gozo le resulta familiar. Nada hay nuevo para el alma. Porque está en la mejor disposición de disfrutar los dones de la vida.

5) La leyenda cuenta que la ancestral zona de Mitla, en Oaxaca, era la óptima para encontrar magueyes mágicos con el símbolo teómetl, aquel del maguey sagrado. De allí proviene este mezcal. Un mezcal prémium de agave espadín orgánico al cien por ciento. En sus versiones platino, reposado y añejo, el mezcal Delirio rinde tributo a lo sagrado. En eso radica el prodigio: en la articulación de las cosas. Lo mejor de la vida está concatenado. Una cosa depende de otra para su sobrevivencia. Se escucha Haendel y el deleite se desparrama en todo lo que rodea esa música de maravilla. Al punto de que el mismísimo mezcal ofrece aun una versión más acabada.

6) ¿Por qué conformarse con la mediocridad si es posible disfrutar la quintaesencia? Siguiendo un impulso hedonista —a cuyo altar me remito— prosigo la lectura de Jal Magrive: “Camino lento/ Disfruto el espacio/ Que me acoge”. “La eternidad/ Al fin ha comenzado/ A disiparse”. “Contemplo la luz/ Su contenido grave/ Chispa a chispa”. Paso a paso/ La montaña asciende/ Se engrandece”. “En un minuto/ La vida que me queda/ Es un segundo”.

7) Me sirvo un trago más de Delirio. Hasta en el nombre de este mezcal distingo la sabiduría —¿se le habrá ocurrido a don Rodolfo de León, su propietario?—, porque beber un sorbo de delirio pone al espíritu en ebullición. Pues las emociones se pueden adquirir en botellas a la medida de cada quien. Por ahí anda quien preferiría comprar una anforita de Sufrimiento, u otra de Esperanza. Y más allá quien pregunte por una botella de Desconsuelo. Pero Delirio le va bien al mezcal. Si por delirio entendemos quimera, fantasía. Porque el hombre está construido de quimeras, de fantasías. Es el único lado humano que vale la pena enriquecer. Todo lo demás se puede comprar en un centro comercial. Pero alimentar la fantasía le permite a un individuo enfrentar la podredumbre que significa la existencia cotidiana. La quimera en cambio quiere decir la ilusión, el ensueño. Algo de estricta resolución personal. Nadie más que el que se siente en el límite del abandono puede convocar la quimera que habita en su corazón, y arrojarse a los brazos de la pasión.

8) Haendel es la pureza misma de la música. Antes de que la música se contaminara de enjundia y arrebato, ya su música entretejía melodías de materias aladas.

9) “Voy cavilando/ Al lado no estás tú/ Soy mi presente” “Nieves eternas/ Que a las cumbres guardan/ En su esencia” “Destino frágil/ Al techo de la cima/ Hemos llegado” “En el celaje/ Dibujo con mis manos/ Paz y alivio” “El horizonte/ Al fin el horizonte/ En el arcano”. Leo y el poema se desliza en mi interior. Va a dar al mismo lugar de la música, al punto destinatario del mezcal: a mi espíritu. De ahí nadie podrá sustraerlo. Lo más valioso permanece intocable.

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Poesía

Las cucarachas

Una sola y misma cosa es entrar a la cocina
y que mi vista descubra una cucaracha en el fregadero.
Se da cuenta de mi presencia, y corre de un extremo a otro.
Con parsimonia, con torpeza,
como si su vida no estuviera en juego.
Más bien como poniendo a prueba mi puntería.
Porque sabe que algo habré de arrojarle.
Mi hijo inventó un modo de liquidarlas.
Las rocía con un spray y prende un cerillo en el disparador.
En automático la cucaracha se transforma en llamas.
Yo me conformo con menos.
Porque soy menos ambicioso.
Decido no arrojarle nada
—lo más probable es que no le dé.
Simplemente me acerco y la aplasto con la mano.

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Ensayo

El oficio de la ingratitud

1) Ser ingrato no lleva tiempo. Incluso a los niños se les educa en el oficio de la ingratitud apenas tienen conciencia de los móviles que mueven a los seres humanos. Que son la abyección y la inmundicia.

2) Es menos complicado ser ingrato, que congruente con los protocolos del hombre que se inclina por la gratitud. Es decir, del hombre sin dobleces.

3) Los ritos de la gratitud son muy simples. Se reducen a tres incisos: a) ser humilde; b) tener buena memoria, y c) inclinar la cabeza —y no por sometimiento, sino por reconocer en esa persona alguien superior. Que en algún momento dado de la vida, tendió la mano. Ése es el único signo de supremacía que habría de reconocerse. La ingratitud no reconoce protocolos. Simplemente seguir por donde se venía.

4) Cuando aquella persona piensa que se lo merece todo, nunca reconocerá que deberá nada a nadie. Me lo merezco, pensará en sus entrañas. Y no tiene por qué practicar la gratitud. Al contrario, en su estima pensará que la gratitud es cosa de débiles.

5) La gratitud es tan clemente, que se agradece aun cuando el beneficiario sea otra persona. Cuando se es testigo de una acción que corresponda a un acto relacionado con la gratitud, la benignidad se desparrama. Como si se tratara de la sombra protectora que beneficia a terceras personas por el solo hecho de que estén próximas.

6) Hay personas que se resisten a practicar la gratitud. Que optan por la ingratitud porque les da clase, importancia. Piensan que en la medida que son ingratos la gente se vuelve a mirarlos. Un halo ilumina su presencia. No se dejaron vencer por un sentimiento noble. Porque es mejor esgrimir a contracorriente.

7) Sin decir una palabra, el perro practica la gratitud. No se requiere hablar para lamer la mano del amo que le da de comer. Tiene menos conflictos en la cabeza que el hombre inteligente.

8) “Da las gracias”, les decían los progenitores —sobre todo las madres— a los hijos. Era el principio de la gratitud. Y de la educación. Así pues, educación y gratitud van de la mano. En aquel caso, no se sabe dónde principia una y termina la otra. Como sea, la educación es el aceite que permite el funcionamiento de los engranes de la maquinaria social. Mientras que la gratitud le da resplandor a esa maquinaria.

9) Dar las gracias es hermoso. No le quita nada a un ser humano. Dar las gracias y celebrar.

10) La humanidad siempre se mantendrá en deuda de Mozart. Demostrar su gratitud cada mañana apenas se abran los ojos. Ya bastante sufrió la ingratitud de sus contemporáneos. ¿O acaso no habría que agradecerle sus quintetos para cuarteto y viola, su Sinfonía Concertante para violín y viola? ¿Su sinfonía Júpiter? En fin, la magnanimidad de un genio estriba en no esperar nada de nadie. Si lo mismo hiciésemos los simples mortales, las cosas marcharían mucho mejor.

11) No esperar nada de nadie, he ahí la clave para la quietud interior. Porque siempre decepcionará la palabra que provenga del hombre que practique el oficio de la gratitud. Siempre se esperará más de él. ¿Cree que con un simple gracias ya quedamos a mano? Este hombre ignora que la palabra gracias es una bendición. Un acto de buena fe.

12) El hombre que ejercita la gratitud tiene un sueño conciliador. La gratitud revela la hondura de un alma dispuesta a la contemplación. El mundo se puede caer a pedazos en torno a ese hombre, y no se sobresaltará.

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Ensayo/Semblanza

Julián Carrillo (1875-1965)

La música es tan amplia como la naturaleza humana. Hay músicos cuya aportación se ciñe al orden artístico —como Silvestre Revueltas, por ejemplo—; otros, se inclinan por la organización y la difusión musical —piénsese en Carlos Chávez—; y, por último, hay quien se ocupa de trabajar en el lado pedregoso y oscuro de la música: el de la ciencia; como lo hiciera Julián Carrillo en la esfera de la acústica.

El maestro Carrillo, caracterizado por su infinita paciencia aplicada al estudio, y su capacidad de asombro y entusiasmo, nació en el pueblo de Ahualulco, en San Luis Potosí, el 28 de enero de 1875. Se dice que su nacimiento estuvo rubricado por un fuerte sismo, y que este acontecimiento pareció prefigurar una muerte prematura del bebé, por lo que sus padres, Nabor Carrillo y Antonia Trujillo, ambos de sangre indígena, decidieron bautizarlo de inmediato. Más aún, por antecederle 18 hermanos y por ser sietemesino, don Nabor y doña Antonia ni siquiera habían pensado qué nombre ponerle; así que a un asistente casual del bautismo se le ocurrió decir: “Pónganle Julián, hombre…” y Julián se le quedó.

Y como sucede con los niños precoces, Julián se entretenía más en la escuela estirando una liga y produciendo sonidos a un ritmo determinado, que atendiendo a las lecciones de la maestra. Pronto mostró tal preferencia por la música, que los progenitores decidieron que el chamaco debería estudiarla; y a lomo de burro la madre marchó con Julián Carrillo y su hermano Maximino a la capital del estado, donde seguramente se conseguiría un buen profesor; o cuando menos, respetable.

Y así fue. Como de hecho el violín era el instrumento por el cual Carrillo sentía predilección, tomó clases con el maestro Flavio F. Carlos. El trato fue el siguiente: Flavio F. Carlos se comprometió a enseñarle el violín al pequeño pueblerino no por una paga, sino porque lo ayudara a llevar el archivo musical de la orquesta que él dirigía, y asimismo a vigilar que todo estuviera al punto al momento de los conciertos. Con tal de aprender, el niño se esmeraba en hacer lo mejor posible su trabajo, y casi sin darse cuenta se fue involucrando con el sonido y las características de los instrumentos. Y si bien seguía estudiando el violín con verdadera dedicación, los timbales despertaron su curiosidad y gusto. Y más temprano que tarde se vio tocándolos en pequeños números a los que era invitado por algunos músicos de la orquesta a quienes les había parecido simpático.

Por estas fechas data también la primera composición de Carrillo que, por cierto, le valió la animadversión del maestro Flavio F. Carlos. En efecto, el párroco de la iglesia de San Juan de Dios le hizo al joven músico una petición, no muy rara para la época: la composición de una misa, cuya música permitiera a sus fieles elevar sus cantos al Señor con nuevos bríos. Carrillo acometió la tarea con el aplomo que da la confianza de estar en el camino justo, pues, por otra parte, recibiría 25 pesos en plata una vez terminada la obra. Y sentirse desplazado fue lo que provocó la ira del maestro Carlos, que de ahí en adelante rompió lanzas con su alumno. Cuando la misa fue concluida y el compositor en ciernes cobró lo suyo, renunció a su puesto en la orquesta del maestro Carlos y se marchó a la ciudad de México.

Julián Carrillo se inscribe en el Conservatorio en 1895. Tiene 25 años y todo en la capital del país lo deslumbra. Suele pasear por las calles y detenerse frente a aquello que llama su atención: las grandes tiendas, los ahuehuetes de Chapultepec, los comerciantes que por vías fluviales llegaban en aquel entonces a la gran ciudad. La cabeza le fluye de ideas, pero si efectivamente es la música la meta de su vida, aún no tiene claro en cuál de sus áreas se desenvolverá mejor.

Ingresa, pues, al Conservatorio, y se inscribe en la materia de armonía con el maestro Nemesio Morales; de violín, con Pedro Manzano, y de acústica con Francisco Ortega Fonseca. Justamente en la clase de éste, Julián Carrillo daría inicio a su famoso descubrimiento del Sonido 13, por cuya aceptación cabal lucharía el resto de su existencia. Sucede que, siguiendo la teoría de la acústica, y habiendo pasado de la enseñanza de la física y la matemática, el maestro Ortega Fonseca explicó entonces las leyes relativas a la división longitudinal de las cuerdas. Ya en su casa y en la soledad —que es un ángel guardián del conocimiento—, Carrillo dobló por la mitad cada cuerda de su violín y advirtió que daba un octavo superior, y al dividir la distancia entre un sol y un la, encontró un puente acústico de 16 sonidos diferentes, claramente diferenciados.

Julián Carrillo estudia con ahínco sus materias, y tanto, que adelanta cursos en la mitad del tiempo reglamentario. Esto lo obliga a realizar actividades musicales fuera del plantel. Verbigracia, en 1897 se integra a una orquesta que va rumbo a Matehuala; lo hace tocando el triángulo y los timbales. Ésta sería la primera gira de las muchas que emprendería Carrillo por confines tan diversos como alejados.

Pese a que algunos historiadores afirman que Porfirio Díaz tenía un pésimo oído y que era incapaz de silbar melodía alguna, se impresionó vivamente de la forma en que Julián Carrillo tocaba el violín, al grado de ofrecerle una beca para que estudiara en el extranjero. Corría el año de 1899 —Juventino Rosas había muerto en la indigencia en 1894, y quizás Díaz se lamentara de la suerte del autor de Sobre las olas—, y la audición tuvo lugar en una ceremonia realizada en el Teatro Iturbide, a propósito de una entrega de premios.

Carrillo se marcha al Viejo Continente y estudia en el Conservatorio Real de Leipzig. Allí tendrá como maestros a Salomon Jadassohn, en composición, y a Hans Sitt, en violín. Por su propia iniciativa y el afán de comprender con mayor amplitud el mundo de la música, Carrillo multiplica sus quehaceres. Por un lado, se incorpora como violinista a la orquesta de la Gewandhaus, que dirigía Arthur Nikish. Siendo un grupo orquestal de renombre, la filarmónica solía ser conducida por directores cumbres, como Paderewsky, Puccini y Saint-Saëns; naturalmente, desde su modesto atril, el violinista mexicano aprovecharía las indicaciones de estos gigantes de la música. Por el otro, intenta descubrir, a base de estudio, los más porfiados secretos del violín.

En cuanto a su Sonido 13, Carrillo empieza a hacer ruido con su teoría. En 1900, participa en un congreso musical que se lleva a cabo en París, y propone un nuevo nombre para las notas musicales, y no sólo eso sino una nueva grafía musical. Todavía Carrillo no tiene la suficiente autoridad intelectual, o cuando menos los eruditos de la música no creen en el resultado de sus investigaciones.

De Leipzig, Julián Carrillo se traslada a Bélgica, donde es admitido en el Conservatorio. Termina de perfeccionar sus estudios violinísticos bajo la tutela del maestro Zimmer, obtiene singulares reconocimientos y emprende el regreso a México. Desde luego, Porfirio Díaz se congratula de los progresos de aquel muchacho en el que alguna vez confió y depositó su fe, y lo felicita a viva voz, entregándole un valioso violín Amati para que continúe su carrera.

Se le nombre maestro de composición en el Conservatorio, y un poco más tarde inspector de música. Inquieto por antonomasia, en 1909 funda la orquesta sinfónica Beethoven, para la cual convoca a la participación de alumnos del propio Conservatorio. Cuando la orquesta queda formada, efectúa al frente de ella varias giras por el interior de la República.

Pero no pierde de vista cualquier acontecimiento musical importante en el que pueda exponer sus ideas sobre la acústica. Es 1911 y asiste como delegado de México al Congreso Internacional de Música que se celebra en Roma. Julián Carrillo no ha perdido sus viejos hábitos de caminar por las ciudades y detenerse ante sus magnificencias. En Roma, a unos días del Congreso, se le ve contemplando las fuentes de Roma, los palacios, los monumentos imperiales. Precisamente allí, en ese Congreso, Carrillo expuso, ya con la debida seriedad y respaldo intelectual, su teoría del Sonido 13. La ponencia causó expectación —no era para menos—, y el público escuchó atentamente las ideas del investigador potosino. Su charla se intituló “Reformas a las formas clásicas de la composición”.

En 1913 Carrillo es nombrado director del Conservatorio, pero por problemas de índole política —estaba en el poder Victoriano Huerta, usurpador del gobierno de Madero—, sólo permanece un año como cabeza de la institución. Fija entonces su jugar de residencia en Nueva York, donde realiza su actividad musical a través de la orquesta América, fundada por él mismo.

Regresa a su patria en 1918 y plasma una agitada vida musical. Por una parte, es nombrado director de la Orquesta Sinfónica Nacional y director del Conservatorio —rango que ocupará hasta 1923. Por la otra, organiza conciertos extraordinarios, de acuerdo con el propósito de José Vasconcelos de llevar la mejor música a todos los estratos de la población. De este modo, ejecuta ciclos completos de la obra de Beethoven ante públicos que desconocían en su totalidad la obra del Sordo de Bonn. Vasconcelos —ministro de Educación— asiste orgulloso a estos conciertos. Aún no es el momento de la música mexicana, pero Carrillo está educando los oídos profanos. Por lo pronto.

Mientras tanto, su Sonido 13 se consolida. Escribe tratados en que resume sus ideas, y en 1925 presenta en el Teatro Principal un concierto con obras suyas, todas ellas basadas en dieciseisavos de tono; y en 1926, en el Town Hall de Nueva York, repite la audición; al siguiente año, Leopold Stokowsky programa el Concertino de Carrillo, y en 1931 el célebre director conduce en conjunto integrado por instrumentos reconstruidos según el Sonido 13.

De ahí en adelante, Carrillo se sujetará básicamente a la difusión de su teoría musical. Y en forma incansable. Promueve festivales del Sonido 13 lo mismo en México que en el extranjero. Y concursos. En 1940 convoca a todos los violinistas, mediante la participación de diversas asociaciones, a concursar tocando su primera sonata para violín solo. El evento provoca un revuelo formidable. Y el primer premio lo obtiene Higinio Ruvalcaba, el segundo Lauro Uranga y Arturo Romero el tercero. En ese mismo año se ordena en Alemania la construcción de 15 pianos “metamorfoseados”; es decir, sujetos al Sonido 13. En uno de ellos, su hija Lolita dará conciertos en capitales de Europa y los Estados Unidos.

Realmente un hombre de trabajo, Carrillo dejó más de 25 libros de teoría e incontables instrumentos. Le fueron otorgados decenas de premios y condecoraciones, y aunque un gran público no acabe de admitir el Sonido 13 —o, quizás, las obras que su inventor compusiera con este sistema—, es dable pensar que toda revolución técnica exige su tiempo para asentarse definitivamente.

Julián Carrillo murió el 9 de septiembre de 1965, y en 1975 sus restos fueron trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres.


 

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Varia

Carta a AMLO

Estimado Andrés: Te escribo esta carta impelido por el fervor que un hombre despierta en otro. Bueno, antes que otra cosa me disculpo por hablarte de tú; no es falta de respeto sino una muestra de la confianza inmerecida que me tomo.

Déjame decirte que nunca había visto tantas caras tristes como me tocó el lunes 2 de julio. Será por el ámbito en el que me muevo —gente que se gana la vida trabajando, en el sur de la ciudad de México—, pero no veía más que expresiones de congoja, de frustración, de desesperanza. Más aún, pero mucho más, que cuando batean a México en el Mundial y que todo mundo le ha apostado como triunfador.

A mí en lo personal me dolió muchísimo. Sentí que algo se había muerto dentro de mí. Cuando la boca te sabe amarga, y traga uno camote para no llorar. Tengo 60 años, y no creo que me toque vivir un gobierno de izquierda. La muerte me llama constantemente, y en lo absoluto creo que me dé permiso para vivir otro sexenio nomás para ver qué se siente.

Pero dónde estuvo el error. Lo ignoro. Nunca he seguido porfiadamente los acontecimientos políticos. No firmo desplegados, aunque esta vez fui constantemente invitado. No fui a las marchas convocadas por ti o por tu partido. Jamás en la vida he sido proclive a participar en manifestaciones multitudinarias; de ningún tipo. Siempre olfateo el tufo de la trampa.

Sí vi los debates. Y advertí en tus ojos la pureza, esa cosa que ya no existe en los ojos de los hombres. Me percaté de que eres un individuo de honor, de hombría, de coraje. Un tipo cabal. Eso se ve claro en la mirada. Como hombre no se te podía engañar, pero como político sí. Te oía hablar, echarle carroña a EPN, y me decía yo que todo eso era una pérdida de tiempo. Eso no sé quién lo decide. Si tú o tus asesores. Pero yo dije está equivocando la puntería. Toda esa batería descargada sobre Peña Nieto está mal encausada. Pues el priísta siempre estuvo súper consolidado. Los golpes se le resbalaban. En cuanto a la señora, la tenía perdida desde un principio. Nomás había que escucharla hablar… Un cero a la izquierda. La cosa no era denostar de ella, sino ganarte a sus electores. A los panistas. Hablando netas, con bases. Ponderando las virtudes de ambos rivales; pero no insistir hasta la saciedad en sacar los trapos al sol, que no deja de ser mezquino y cuyo efecto se revierte: hablas mal de alguien y le arrimas adeptos —digo dos rivales y no tres, porque el nerd Quadri es un advenedizo que ni existe.

Como hombre te sobra, eres un tipo íntegro, intachable, sin dobleces; pero eso no cuenta en política, o no es lo más importante. En política hay que embarrarse si se quiere triunfar, hay que soltar el billete, fomentar la corrupción. Y ahora se está viendo con el robo de votos. Era de esperarse viniendo de los priístas, viejos lobos en este asunto de meter zancadillas, picar los ojos, dar golpes bajos.

Pero en última instancia, saliste ganando. Los jóvenes son tuyos. Y eso cuenta para la próxima. Te allegaste cantidades espectaculares de seguidores; algunos refrendaron su posición, otros se lanzaron a muerte tras de tus principios. Que eso es lo que te da un plus, por encima de tus rivales: que eres un hombre de ideas que no terminan en el aire sino en principios. Y son principios que todos entendemos. Muchos de ellos —y he aquí el doble mérito— principios que se pueden aplicar en la vida cotidiana. Te escuchaba hablar y lo que oía yo era a un padre de familia que se preocupa por el destino de sus hijos. Algo tienes de espíritu mesiánico. Algo que obliga, a quien te escucha, a volver los ojos hacia su interior. Y reflexionar. Porque mueves a la reflexión. Tu amor por la paz es ejemplar. Tu inclinación por la no violencia exige una toma de conciencia.

¿Y cuál es el siguiente paso? Me estoy poniendo en la más calamitosa de las situaciones. Supongamos que el sistema aplaste las impugnaciones y Peña Nieto deje de ser un presidente virtual para serlo de facto. Desconozco cuál es la decisión más inteligente. Lo que tú decidas es muy importante porque una decisión tuya no es personal; hay cientos de miles que te siguen, y que son capaces de actuar a ojos cerrados si tú así lo decides. Ojo con eso. Sé lo que haré yo: no ser una piedra de tropiezo —para mí esto significa no cerrar los ojos, no olvidar la terrible lección de los priístas, no confiar en la demagogia, pero tampoco ser una urticaria en la cola de nadie. Menos en acciones que representen un beneficio para la mayoría. Si es que se dan.

En fin. Va un fuerte abrazo.

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Música

Bajo el manto de la nieve nórdica

Edvard Grieg acarició a su perro. Apenas abría los ojos, su mano descendía hasta la parte inferior de la cama y frotaba las orejas del animal, como si fuera la más pura felpa. Porque no nada más era un placer para el viejo pastor irlandés —que tenía con él más de quince años—, sino también para él, sin duda el pianista y compositor más venerado de Noruega.

Esa tarde, Johannes Brahms acudiría a comer. La sola idea no le había permitido conciliar el sueño. Pese al intenso frío, un calor insoportable lo había despertado varias veces. Aquella temperatura era de tipo emocional, y provenía de su estado nervioso. Cada vez que se había despertado, veía a Brahms bajando de un carruaje y dirigirse hacia su casa a paso veloz, caminando sobre la nieve. Pero entonces algo sucedía, porque el rubicundo compositor se tropezaba y caía en un pantano de nieve. Se hundía paulatinamente hasta perderse en las arenas movedizas de hielo puro. Eso no podría suceder. En cualquier lugar del mundo podía fallecer Johannes Brahms, pero no en las puertas de su casa. No su compositor más querido y admirado. Desde que Brahms le había anunciado la fecha exacta en que se presentaría a comer, este sueño, mejor dicho esta pesadilla, se había vuelto recurrente.

Recordó la vez que lo había conocido. En Berlín. Cuando fue convocado a una cena en la cual estarían presentes dos hombres de la misma altura, pero cada uno dueño de un concepto distinto de la vida y de la música: Piotr Ilich Tchaikovski y Johannes Brahms. Ahí había trabado amistad con el alemán. Ya lo admiraba. Desde que había escuchado su primera sinfonía, entonces sintió que un nuevo horizonte se abría delante de sí. El modo cómo resolvía los grandes escollos de una paleta orquestal, lo arrobaba. ¿De dónde le venía esa pasión contenida, esa fuerza lírica que iba de un extremo al otro del teclado, o bien de esa música de cámara para instrumentos de cuerda frotada, que lo hacía transportarse a instantes de éxtasis y encantamiento? Cómo quisiera conocer más obra suya, pero en Oslo, aunque pululaban por aquí y por allá colectivos musicales, los conciertos no habían alcanzado el nivel de popularidad deseada. Algún día, Noruega sería semillero de nuevas ideas musicales y centro de gravedad de la música europea.

Lo primero que hizo fue apresurar a Nina, su esposa adorada —para quien había compuesto los lieder que todos los enamorados cantaban. Era su amor eterno. Quería que todo estuviera listo desde el medio día, cuando menos dos horas antes de que Brahms se presentara. Pero mi amor —se había atrevido a replicar—, todavía falta mucho. Además, con este clima y los caminos atascados de nieve es posible que no venga.

En su casa le habían inoculado el respeto a la esposa. Pero esto era demasiado. ¿Cómo se había atrevido siquiera a sospechar que acaso Brahms los dejaría plantados?

—Venga o no venga —respondió desde su rincón—, nosotros haremos de cuenta que vino. Porque si viene, nos arrodillamos. Y si no viene, me como su porción.

Se sentó al piano a revisar la música en la cual estaba trabajando. Tenía muchas cosas pendientes, y eso le serviría de distracción. Necesitaba alejar de su mente a Brahms.

Y lo logró. Su actividad lo atraía tanto, que el reloj había corrido sus buenas tres horas.

Entonces se salió al porche y decidió esperar la llegada del maestro. El frío había tocado los 16 grados bajo cero. No quitaba la mirada del camino. Vivía a la mitad del bosque. Desde pequeño había convivido con los animales montañeses. A todos los protegía. En cada ser que lo rodeaba, veía una manifestación de lo divino, que iba más allá de cualquier explicación. El camino que provenía desde Oslo le devolvía una soledad inextricable. Muy poca gente lo transitaba. Por ese camino él mismo había llevado el cuerpo de su hija al hospital. Ya estaba muerta y aun así sobrevivía la esperanza. Su mujer lo acompañó hecha un estropajo de lágrimas. Era un pésimo conductor de carruajes, pero precisamente ese día le había tocado descansar a Olaf. Cuando pensaba en su hija —imposible no evocarla todos los días, sin faltar uno solo—, pensaba en su concierto para piano. Porque se lo había dedicado a ella, con la promesa de que tarde o temprano lo tocaría. La muerte se encargó de pulverizar esta promesa.

De eso se acordaba ahora, cuando el frío repercutía en sus huesos como una tenaza al rojo vivo. Escuchó la voz de su mujer que le ordenaba que se metiera, que pescaría un resfrío si seguía allá afuera. Que Brahms no tardaría.

Brahms… entonces las facciones de Edvard Grieg se traslaparon con la vida real. Allí estaba él. En persona. A cincuenta metros. Desde la parte trasera del carruaje, Johannes Brahms le hizo señas. Su cara reflejaba una franca alegría.

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