Archive for 29 agosto 2012


Ensayo

la figura del padre en cinco apostillas

De niño, y casi siempre por un fútil motivo, mi padre me imponía un castigo corporal y me encerraba en un oscuro cuarto. Al poco tiempo me traían un plato con frutas y me soltaban. Después, yo veía a mi padre y sentía por él una tristeza y una piedad infinitas; pero nunca lo he perdonado.

Silvestre Revueltas

I

Franz Kafka principia así su Carta al padre: “Una vez, hace poco, me preguntaste por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre no supe contestarte nada, en parte precisamente por ese miedo que te tengo, y en parte porque en la argumentación de ese miedo entran muchos detalles, muchos más de los que yo hubiera podido coordinar hablando. Y si ahora intento contestarte por escrito mi respuesta resultará de todos modos muy incompleta, porque también al escribir me cohíben frente a ti el miedo y sus consecuencias, y porque la magnitud del tema rebasa grandemente mi memoria y mi entendimiento”.

Y suelo preguntarme qué habría acontecido si el personaje protagónico de Pedro Páramo hubiese ido a buscar a su madre y no a su padre.

La figura del padre es fuerte. Granítica. Por muy reblandecido que el padre sea, es toral, de toro. El solo hecho de saber que provenimos de su sexo enhiesto, en pie de guerra, le da esa categoría.

Crecemos a semejanza del padre. Por parecernos a él. O por no parecernos en lo más mínimo, de ser esto posible. Aunque terminemos evocando rasgos suyos —y más todavía nuestros hijos, sus nietos—, aun sin quererlo. Queremos hacer lo que él hace: si el padre siembra surcos, queremos sembrar surcos; si cultiva jardines, queremos cultivar jardines; si levanta paredes, queremos levantar paredes. Sólo así se explica que las mejores cosas se sucedan de padres a hijos, y que infinitud de veces el hijo supere al padre —como en ciertas familias italianas constructoras de violines, o en ciertas familias colombianas dedicadas al narcotráfico. Porque el hijo advierte que en aquella tarea el padre ha volcado su conocimiento, esto es su experiencia de vida. Se sigue, pues, el oficio del padre no sólo porque constituya una fuente de trabajo familiar sino porque lo hecho por el padre es ejemplar; y volvemos a lo mismo: o se agradece aquel oficio heredado, o se reniega de él hasta las últimas consecuencias. Dice John Fante en su novela La hermandad de la uva, que a mi modo de ver es uno de los homenajes literarios al padre más conmovedor que existe; dice el personaje protagónico, luego de que su padre, alarife más que albañil, reniega de que su hijo no quiera seguir el oficio de la albañilería: “Había llegado el momento del razonamiento, de la paciencia, de las palabras amables, de la contención, de los buenos sentimientos, de la caridad y de la generosidad filial. Le dije que lo sentía, papá. Le dije que había unas cosas que yo no le pediría a él y que había otras que él no me pediría a mí. Le dije que no era enemigo de transportar costales de cemento ni de colocar piedras. Le dije que la albañilería era un oficio honorable, la mejor garantía de nobleza y la aspiración del género humano. Le hablé con gratitud de la Acrópolis, de las pirámides, de los acueductos romanos y de las ruinas aztecas. De pronto empezó a desesperarme aquel viejo terco e irascible, perdí la paciencia y se apoderó de mí la irritación: ‘Hablando con franqueza, viejo —dije—, detesto el mundo de la construcción. Lo detesto desde que era pequeño y tú volvías a casa con salpicaduras de hormigón en los zapatos y en la cara. Creo que los pintores de brocha gorda y los albañiles son unos borrachos, creo que los plomeros son unos rateros. Creo que los carpinteros son unos sinvergüenzas y creo que los electricistas son salteadores de caminos. No me gustan las losas, ni el mármol, ni el granito, ni los ladrillos, ni las tejas, ni la arena, ni el cemento. Me importa un rábano si no vuelvo a ver en la vida otra chimenea de piedra, otra pared de piedra, otra escalera de piedra o cualquier otra piedra vulgar y corriente’… Cuanto más gritaba y aporreaba la mesa, más bebía él, y cuanto más bebía, más lágrimas asomaban a sus ojos. Sacó del bolsillo un pañuelo de lunares, se sonó la nariz y se tomó otro trago de vino”.

La admiración que su hijo sienta por él, en buena medida está en las manos del progenitor. La educación arranca desde un principio. Nuestros padres nos cargan de modo diferente. El padre nos levanta por los aires, como el primer paso para arrojarnos de sí; la madre nos carga y nos aproxima a ella, hasta acogernos en su regazo. El padre nos carga por encima de él para que veamos el mundo, para que nos broten las alas, para que veamos lo que nos espera.

El padre es el apoyo verdadero. Sobre todo cuando está muerto. Entonces su figura se agiganta. Vivo, el padre falla. A los ojos del hijo, construye las cosas para que se derrumben. Delante de él la barda crece, pero no delante del hijo. Nadie juzga tan acremente a un padre como el hijo. Nada le satisface al hijo. Todo el esfuerzo de aquél le parece pobre. Y más aún en el caso del hijo varón; bien dice Vicente Quirarte en su libro Peces del aire altísimo: “Como todos los adolescentes, yo también tuve vergüenza de mi padre”. Aunque habría que preguntarse si esto sucede en la misma medida en el varón que en la hija, que como mujer deifica el esfuerzo del padre, lo magnifica. Basta leer unos fragmentos del poema Retorno de Elektra de Enriqueta Ochoa en el que la figura del padre y la de Jesucristo se hacen una: “Para poderte hablar,/ así, de frente,/ tuve que echarme toda una vida/ a llorar sobre tus huesos./ Tuve que desandar lo caminado/ desnudando la piel de mi conciencia./ Para poderte hablar/ tuve que volver a llenarme de aire/ los pulmones./ Y cuidar de que no se me encogieran las palabras,/ el corazón, los ojos,/ porque aún se me deshacen de agua/ si te nombro./ Ya me creció la voz, padre, patriarca,/ viejo de barba azul y ojos de plomo; ya te puedo contar lo que ha pasado/ desde que tú te fuiste./ Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos;/ no me atreví a buscar,/ porque no habría/ un roble con tu sombra y tu medida/ que me cubriera de la llaga de sol en mi verano./ Uní la sangre que me diste a otra sangre;/ malherida,/ borré la sombra del sexo entre los hombres/ y me quedé vacía, a la intemperie…/ Y no pude decir,/ hasta que se hizo carne de mi carne el amor,/ lo que era bailar la propia sombra, entregándose./ Después quise ubicarte en mí, te pesé,/ te ultrajé, te lloré, medí tus actos;/ di vuelta atrás,/ y volví a caminar lo desandado;/ por eso puedo hablarte ahora, así,/ porque entendí tu medida de gigante.// No podemos hacer nada con un muerto, padre,/ se suda sangre,/ se retuerce el aullido, tirado sobre las tumbas,/ en un charco de culpa./ Padre, yo soy Pedro y Santiago,/ el sable que doblado de sueño/ castró su espíritu en tu oración del huerto./ Yo soy el viscoso miedo de Pedro/ que se escurrió en la sombra/ a la hora de tus merecimientos./ Soy el martillo cayendo sobre tus clavos;/ el aire que no asistió al pulmón en agonía;/ soy la que no compartió/ el dolor anticipado que se encerró a devorarse;/ la hendidura irresponsable,/ la desbandada de apóstoles…/ Soy este pozo de noche en que se hunde la conciencia./ Di, ¿qué se hace con un muerto, padre?/ Di cómo lavo estas llagas,/ si todo queda inscrito en el tiempo/ y todo tiempo es memoria.// Padre,/ no puedo amar a nadie,/ a nada que no sea este fuego/ de sucia conmiseración/ en que se consume mi lengua./ Quiero otro aire,/ otro paisaje que no sean los muros de mi cuerpo”.

Por alguna fascinación perteneciente más al orden de la elevación espiritual, las hijas, insisto, maximizan al padre desaparecido. Las mujeres se ven hermosas cuando hablan del padre muerto. O no muerto. Se transforman. Pareciera que una luz brotara de su frente. En sus ojos parece vibrar la comprensión, o latir la alegría, como si acabaran de dar de comer a quien no tiene nada que llevarse a la boca. Hasta su pelo brilla de un modo diferente. Tal vez aquella mujer evoque la mano paterna acariciando esa mata. Aunque desde luego algunas mujeres no perdonan a su padre. Generalmente por el consabido abandono. Sufren muchísimo. Se amargan. Se les atoran las lágrimas. No pueden llorar. Se muerden los labios y se sacan sangre cuando piensan en el viejo, y no porque su madre les haya envenenado el corazón —que ésta es casi regla de vida. Ven a su padre en todas partes. No podía ser de otra manera: en el modo en que su hijo se rasca la oreja, en el gusto que su hija tiene por el agua de jamaica. Algo muy dentro les dice que ese hijo suyo es el vivo retrato de su padre. ¿Y a la inversa? Tal vez el padre ve en su hija a todas las mujeres. La ternura, el amor, la comprensión, la energía, la inflexibilidad, la dulzura, todas las características de la mujer, el padre las ve encarnadas en ese ser pequeñito que va creciendo vertiginosamente delante de sus ojos. Que poco a poco, día a día, va prefigurando una mujer, que el día de mañana será el sueño de otro hombre. Porque así está escrito y así ha sido siempre. Tal padre se maravilla entonces de haber creado ese ser. De que ese ser sea producto de su simiente. Toma entonces de la mano a su hija y sale a caminar con ella por la calle. La levanta en vilo para que la niña contemple el mundo que le espera. Le muestra los colores del universo, le enseña a paladear los sabores, a identificar las voces de los animales. No le exige nada a cambio, salvo que se deje llevar. Aunque de pronto quisiera preservarla así para toda la vida. Que las hijas subliman esta preservación, es un hecho. Cuando menos vienen algunos ejemplos a cuento: Micaela, la hija de Candelario Huízar; Isabel, de Salvador Contreras, y Rosita, de Augusto Novaro: tres mujeres gracias a cuya tenacidad se ha sostenido la memoria de su progenitor, compositor en los dos primeros casos, luthier y matemático, en el tercero. Las hijas son seres humanos que se fortalecen a través del dolor; no a la inversa, que puede alejarnos de la entrega total, situación tan socorrida por los varones: “El desgarramiento [la muerte de mi padre] me ha destrozado tanto que yo, que ya era padre para entonces, saqué de mi sufrimiento una enseñanza: me he esforzado en frenar mi ternura, por no educar a mi hijo entre demasiadas caricias para no hacerle físicamente mucha falta, el día que yo tenga que faltarle”, sentencia Alfonso Reyes en su Oración del 19 de febrero.

Ningún padre sabe si es padre verdadero, y, a su vez, si él es hijo verdadero de su padre. Su ascendencia se quiebra en mil pedazos si mira hacia atrás —cuando se atreve a hacerlo. El punto de ruptura con el padre es constante. Con él principia y termina su generación. Es absolutamente el ser más solo sobre la tierra, sin comparación con la mujer. Por más fidelidad que respire en torno. Por más promesas y votos que se hayan hecho, nadie podrá asegurarle que proviene de quien proviene. ¿Acaso será ésta una de las razones por las que el padre es tan socorrido en la literatura?, ¿querrán compensar los escritores aquella sensación de desventura paterna y filial que sufren todos los hombres?

La primera línea divisoria entre el bien y el mal —que difícilmente franquearemos a lo largo de nuestra vida—, la marca el padre. Lo que él hace, lo que él dice, lo que él afirma, lo que él niega; en lo que cree, de lo que abjura; si camina hacia adelante o hacia atrás; si gusta de que el viento se le incruste en el rostro por las noches o que el sol quiebre sus facciones por el día; si bebe o no bebe; si en la mujer admira más el cuerpo que la inteligencia; si cuando cierra los ojos evoca a su propio padre para guardarle fervor u odio, todo esto lo observa el hijo varón. De todo esto se nutrirá el corazón de aquel hijo. Sabrá lo que diga cuando afirme: “Ése es mi padre”. Y lo acompañará el resto de su vida. Por eso precisa Alfonso Reyes en su ya citada remembranza: “A la hora de las mayores desesperaciones, en lo más combatido y arduo de las primeras pasiones, mi instinto acudía de tiempo en tiempo al recuerdo de mi padre, y aquel recuerdo tenía la virtud de vivificarme y consolarme”.

Para ganarse el pan, para hacer la guerra, para amar a otras mujeres, desde tiempos inmemoriales el padre ha salido de casa apenas amanece. El padre sale y nunca se sabe si regresará. El hijo se acostumbra a esta forma de ser y lo ve bien. Tal vez de pequeño no se lo explique pero pronto comprenderá que el mundo está hecho de esa forma. Ve a su padre regresar por la noche. Ahí está otra vez, una vez más: la figura monolítica, autoritaria, enérgica. De todos los de la casa, el padre es el que tiene el cuerpo más grande, la voz más gruesa; los brazos más fuertes, el nervio más tirante. Regresa y todo girará alrededor de él. Se roba la atención. Es el centro. Lo que le da gravedad al hogar. Lo que lo sostiene. El hijo toca los brazos del padre, y siente el designio de la naturaleza. Y a la mañana siguiente aquel hombre saldrá a la calle y una vez más se enfrentará al mundo tal como ha ocurrido siempre. Nada parece haber cambiado.

El sufrimiento que acarrea el padre lo vuelca en el hijo. El hijo le ayuda a llevar la losa. No más la carga es para el padre solo. De ahí en adelante todo se comparte. Cada vez que un padre abre los brazos para recibir y proteger a su hijo. Cada vez que el hijo corre hasta el padre y le echa los brazos, el sufrimiento del padre se acrecienta. Es una alegría agrietada, que Dios castiga. Bajo esta óptica, la del hijo, es luminoso el poema de Adrián Román “Algo así como felices”: “He planeado mi vida una y otra vez./ Siempre pensando en la definitiva./ Con mujeres que ya no están./ Con amigos que he perdido o que se casaron./ Y también con empleos que nunca tendré./ Pero jamás te he contemplado en mi futuro.// Eres una especie de derrota para mí./ Y sé que te respondo de la misma forma.// Disfrutaba viéndote cazar gatos —era increíble que/ Los dejaras inmóviles./ Y que me cargaras de caballito,/ Porque entonces nadie era más alto que yo./ Nadie en todo el mundo.// No me gusta que la gente diga que nos parecemos,/ Que tenemos la misma voz,/ Los mismos ojos,/ Que somos igual de altos./ Quizá por eso odio los espejos.// Una tarde olvidaste pasar por mí a la escuela./ Regresé a mi casa empapado./ Desde entonces aprendí a disfrutar la lluvia.// Hubo una temporada en que fuimos algo así como felices./ Tú trabajabas en una fábrica,/ (…) Me dejaste crecer solo/ Pero para serte sincero,/ Creo que me hubieras estorbado/ Porque ni siquiera sabes jugar futbol.// ¿Recuerdas el día que me dijiste que iba a fracasar,/ igual que tú —es la única ocasión en que hemos hablado en serio—/ ¿Que no tenía caso que fuera a la escuela y menos de paga?/ Tenías razón./ Fracasé.// Me regalaste el fracaso./ Igual que un día me diste un cardenal/ Que atrapaste en la calle./ Lo traías en las manos: rojo, vivo./ Y él y tú eran algo tierno en ese momento de la tarde”.

II

Cuando el padre muere por fin vemos el mundo en su verdadera dimensión. Aquel estorbo se ha quitado de en medio. Ahí está el horizonte. Ahí está, al alcance de la mano, todo lo que es posible abarcar con la mirada. Por eso es tan importante que el padre se muera a tiempo.

La muerte del padre es el primer paso de nuestra muerte. Advertimos entonces a la muerte en su expresión más inextricable. Porque le da claridad a nuestra vida. Un acicate de dolor nos impulsa y permite columbrar el mañana. ¿Qué hizo nuestro padre por nosotros? A veces todo, a veces nada. Los poetas tienen la respuesta; en este caso María Elena Cerecero, que dice en su poema Mi padre: “Mi padre no vivió, no murió,/ no inventó nada.// Supe que caminaba con botas,/ con chamarra y pantalón de cuero/ en medio de los bosques;/ que al tocar su corteza/ conocía la edad de los encinos.// Y, sin embargo, sé/ que no vivió mi padre/ porque, de mis cumpleaños, mis quince o mis cuarenta,/ él no conoció nada.// No acarició mis hojas;/ no tocó mi corteza,/ no escuchó mi primera crinolina./ Me dijeron que pisaba aserrín/ que en una noche fría/ me trajo una cobija,/ que construyó una banca para el parque/ donde dejó su nombre aprisionado/ (eso decían los labios de mi madre/ mientras miraba no sé adónde y sonreía),/ pero yo sé que mi padre no vivió ni murió./ No inventó nada”.

La primera montaña que habrá de escalarse es la del padre muerto. Subir a la parte más alta —se llama cima, habría de llamarse pater—, justo ahí donde las nubes adquieren la forma que uno desea, y desde ahí gritar con esa voz proveniente desde las entrañas más profundas. No gritar una palabra, no gritar un nombre. Gritar solamente. Extraer tanto rencor acumulado. Tanta desolación. Para dejar atrás el escollo y levantarnos. Escuchemos una vez más a Alfonso Reyes: “Después de la muerte de mi padre me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprender a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas”. Aunque la muerte del padre con idéntico desamparo mueve a la reflexión, lo que a la larga inocula de fortaleza al hijo cuando el valor y la nobleza del progenitor vienen a cuento. No en balde Jorge Manrique escribió las Coplas por la muerte de su padre el maestre de Santiago, don Rodrigo Manrique. Repasemos unas cuantas: “Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando;/ cuán presto se va el placer,/ cómo, después de acordado/ da dolor;/ cómo a nuestro parecer,/ cualquier tiempo pasado/ fue mejor.// (…) Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en el mar/ que es el morir;/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos,/ allegados son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos.// (…) Si fuese en nuestro poder/ tornar la cara hermosa/ corporal/ cómo podemos hacer/ el alma gloriosa,/ angelical,/ ¡qué diligencia tan viva/ tuviéramos toda hora/ y tan presta (…) // Ved de cuán poco valor/ son las cosas tras que andamos/ y corremos,/ que, en este mundo traidor,/ aun primero que muramos/ las perdemos:/ De ellas deshace la edad,/ de ellas casos desastrados/ que acaecen,/ de ellas, por su calidad,/ en los más altos estados/ desfallecen.// Decidme: la hermosura,/ la gentil frescura y tez/ de la cara,/ la color y la blancura/ cuando viene la vejez/ ¿cuál se para?/ Las mañas y ligereza/ y la fuerza corporal/ de juventud,/ todo se torna graveza/ cuando llega el arrabal/ de senectud.// (…) No dejó grandes tesoros,/ ni alcanzó muchas riquezas/ ni vajillas;/ mas hizo guerra a los moros,/ ganando sus fortalezas/ y sus villas;/ y en las lides que venció,/ muchos moros y caballos/ se perdieron/ y en este ofició ganó/ las rentas y los vasallos/ que le dieron”.

III

Los padres que abandonan son imprevisibles. Se les ve cumplir con sus obligaciones en el trabajo; se les ve entrar desenfadadamente a un bar y pedir la cerveza para saciar la sed; se les ve arrodillarse delante de la Virgen y orar por el día de mañana. Son seres humanos como cualesquiera otros. Salvo por una razón: ellos crean su propia ley de la vida. Al día siguiente no están más.

Nada provoca tanta ternura como ver a un niño tocar el chelo, o, lo que sería equivalente: ver a un padre jugar con su hijo pequeño. Justo ésta es la ley de la vida que rige para todos, aun para los animales. Menos para los padres que abandonan. Los mueven extrañas razones: poner a prueba a la mujer que dicen amar, mantener a toda costa su libertad, hacer hijos a diestra y siniestra porque es un modo de demostrar su vitalidad. O de eludir la muerte.

El padre que abandona ve a los demás padres ser padres y de pronto piensa en aquel niño. Muy en el fondo se siente ufano: pase lo que pase, aquel niño siempre será su hijo —se repite, enamorado de sí mismo—; aunque tenga otro padre, aunque niegue su verdadera paternidad, aunque se cambie nombre y apellido, aunque su madre le oculte quién es su progenitor. O le trastoque el alma.

El padre que abandona siempre se ve tentado a regresar; no por la mujer sino por el hijo. Quiere enmendar las cosas. Porque sabe que siempre existe remedio, que en el corazón de los hombres inequívocamente se anida una sutil llama de perdón. Quiere cargar a aquel niño, levantarlo por los aires, sentir que por ese ser corre un brioso torrente de sangre. O, si han pasado los años, quiere imaginarse su voz, su estatura, su físico y sus sentimientos, qué le gusta y le disgusta, qué lo mueve a la risa o al llanto. Aquel padre se imagina esto y su rostro se transfigura. Sobre todo cuando la soledad lo abruma. Le sobreviene entonces el impulso de correr hasta aquella casa y hacer locuras.

Los padres que abandonan crean su propia ley. Para ellos nada es igual. De algún modo por eso abandonan: porque quisieran volcar en ese hijo abandonado los sentimientos más abstrusos, pero legítimos, que parecen ser el motor de cada una de sus acciones. Que el niño se abra paso por sí solo, que luche a brazo partido, que aprenda en carne viva lo que es la existencia humana: un camino pedregoso y hostil en el que no caben reblandecimientos de ninguna especie. Que conmueva y se conmueva, aunque no exista, como en este poema de Mark Strand intitulado Mi hijo: “Mi hijo,/ mi único hijo,/ el que nunca tuve,/ sería hoy un hombre.// Se mueve/ en el viento,/ sin nombre ni carne./ A veces// viene/ y apoya la cabeza,/ más leve que el aire,/ en mi hombro// y le pregunto:/ Hijo,/ ¿dónde te quedas?/ ¿dónde te escondes?// Y me responde/ con aliento frío,/ nunca oíste/ cuando te llamé// y llamé/ y seguí llamándote/ desde un sitio/ más allá/ más allá del amor,/ donde todo,/ donde nada/ quiere nacer”.

Para los padres que abandonan nada es como dictan las normas. Van en contra de todo: de las buenas costumbres, de los preceptos religiosos, éticos, sociales. Son rebeldes por antonomasia, y siempre podrá esperarse de su conducta lo más inusitado. Abandonar al hijo puede significar el principio de una larga cuesta que hay que trepar. En fin, todo padre que abandona sabe que no habrá de esperar la misma reacción del hijo abandonado: si es varón, podrá contar con una última reconciliación, tal vez el perdón; si es mujer, habrá de perder toda esperanza.

IV

El padre marca el destino. Por parecerse a él, o por desapegarse y alejarse de su influencia, la vida da determinados giros, muchas veces de forma consciente, a todas luces en forma volitiva. Hasta un punto determinado es posible tomar medidas, exactamente como las toma un poeta para hacer suyas o desviarse de las metáforas. salvo que aquí no se trata de literatura, sino de la propia sangre. Pues no siempre ocultarse bajo el manto del imperio paternal, beneficia el crecimiento de un hombre. Al respecto dice Rafael Adolfo Téllez en su poema La casa del padre:uno tiene un padre/ o no lo tiene/ no hay ambivalencia en esto/ de cualquier modo existe;/ no tener madre es muy diferente a no tener padre/ y no sólo es cuestión de semántica/ o de constelaciones familiares/ es saber de qué material está hecho uno// el peso del nombre inmoviliza,/ alguien me dijo que el nombre de su padre/ es un peso difícil de llevar/ tanto como un árbol peregrino/ o el peso de una yedra/ que sofoca los pasos de una casa;/ comenté entonces/ que para superar al padre hay que hacer/ una cosa diferente a su oficio/ dedicarse a navegar el aire/ si es marino,/ salvar ahogados si es sepulturero/ aunque hay ocasiones/ en que es ineludible el destino del oficio:/ mi padre es albañil y yo construyo/ ajadas metáforas,/ él edificó una casa para sus hijos,/ en la mía viven específicas palabras/ mientras busco un lugar dónde habitar”.

V

¿Pero un padre que se suicida es un padre que abandona? Traigo a colación la siguiente analogía: padre-piedra-poder-pared. Cuatro palabras y tres consonantes: p, d, r, al servicio de un golpe demoledor, de una embestida de toro.

Los suicidas acumulan la furia. Los suicidas hacen del coraje su bandera, y deciden ser héroes de su propia batalla. A veces son héroes triunfales y a veces son simplemente hombres honrados. Los suicidas dan todo por visto: el conocimiento, la emoción, las desdichas y los juegos —desde luego los placeres. Descreen del futuro porque no confían en los interlocutores invisibles. Los suicidas domésticos dejan un estigma en la familia: la culpa es de todos. Los suicidas elegantes —Yukio Mishima— dejan un estigma en la patria.

Digamos que Kurt Cobain y Ernest Hemingway —por citar, a modo de ejemplo, sólo dos personajes, progenitores ambos, que optaron por el suicidio en circunstancias muy distintas— no se ganaron el derecho a la inmortalidad por haberse suicidado. Como sí se lo ganó el conde Fernando de Morcerf, enemigo acérrimo de Edmundo Dantés el conde de Montecristo. Pocos escritores tan conocedores de la naturaleza humana —no sólo de la condición humana, que son los círculos concéntricos de que estamos hechos, a la manera de la edad de los árboles, sino de la naturaleza humana, que es el modo como se mide la historia—, pocos novelistas tan capacitados y eficaces para adentrarse en el misterio de los hombres, para revelarnos el mecanismo de las pasiones, como Alexander Dumas. Cuando en El Conde de Montecristo se enfrentan por fin sus dos personajes antagónicos —que en última instancia lo que se está enfrentando es la integridad contra la corrupción, la generosidad contra la maldad—, el lector ha llegado al punto más alto de la tensión dramática a que puede aspirar un narrador. Pero lo que aquí nos importa es que el suicidio del conde Fernando de Morcerf no es inocuo; por lo contrario —y esto lo infiere el lector— su figura crecerá delante de Antonio, el hijo. Ni así es bienvenido el suicidio de un padre, pero se justifica.

VI

Sólo basta mencionar una última figura literaria, cuya encarnación se ubica en el mismo pozo de la vida: la del padre violador, de quien por regla general aun los escritores más sórdidos procuran evadirse; Nabokov estuvo a punto de lograrlo, pero se salió por la tangente. No cualquiera se atreve a correr en un campo minado. Ni a eso puede aspirar un padre violador, a inspirar las páginas de un hombre de letras; salvo excepciones, que seguramente las hay, pues bien visto un padre violador representa un desafío literario: ¿o no se encuentra en esa encrucijada la conducta humana más abyecta, precisamente donde habría de cristalizar el amor, la fuente del conocimiento y la protección por antonomasia?

Coda

Toda esta suerte de sentimientos encontrados obliga a volver la moneda y advertir lo que ocurre en el lado inverso, cuando el hijo decide el destino de su progenitor—porque en el fondo lo que quiere decidir es el suyo—, como si por fin le fuera dado ejecutar aquel ajuste de cuentas, con el inequívoco convencimiento de que está en el camino correcto. Nada más dramático que cuando la muerte del padre a manos del hijo decide el devenir de la historia. Véase si no: Gladiador de Ridley Scott, Días de furia de Paul Schrader o bien Otro día para morir de Lee Tamahori. Tres narraciones en las que el padre, con su muerte, deja el camino franco al hijo. Acaso por eso apuntó Thomas Bernhard: “Cada padre que se muere deja abierta una puerta”. Acaso.

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Novela

Desgajar la belleza
Primera Parte
Capítulo Dos

Nos impactó la muerte de Marguerite Duras. Era una escritora de una pieza, aseguraste. Y tanto como autora de aforismos como de novelas. Y añadiste: así ha de haber amado. Como sus aforismos acerca del acto de escribir. De la escritura en su totalidad. De lo que ha significado la acción de leer y escribir. Siempre. Desde tiempos inmemoriales. Intensamente, demencialmente. Escribir como amar. Eso ha significado escribir. Eso dijiste. No son palabras mías. Yo lo recuerdo tan claro que te estoy viendo ahora mismo decirlas. Con esa vehemencia tuya.

La noticia nos sorprendió en mi casa. Te habías empeñado —ah, las mujeres— en conocer mi espacio, el lugar donde escribo. Como si tuviera algún chiste. Pero si escribo en cualquier parte: en el comedor, en la cocina. ¿Pero no tienes un sitio especial? —me preguntaste cuando íbamos en el coche. Pues sí, tengo un escritorio lleno de imágenes de músicos. Pues quiero conocerlo. Y lo conociste.

Tuvimos que esperar, naturalmente, que mi esposa se fuera a Cuernavaca con los niños. Así que entramos y lo primero que te sorprendió fue la sobriedad en que vivo y la escasez de libros. Ven, y te llevé de la mano al estudio. Bueno, si es que eso es un estudio: una habitación de escasos dos metros cuadrados. Me pediste que te dijera los nombres de los compositores que protegen mi escritorio: Schumann, Mendelssohn, Schubert, Beethoven, Mozart, Tartini, Tchaikovski, Bach… Entonces, no sé cómo, pero abrimos el periódico y nos encontramos la amarga nueva. Algo se ensombreció entonces. Te me quedaste mirando, me diste un beso y suplicaste —con esa voz tuya, con esa divina voz que me enciende la sangre—, me suplicaste —con esa voz espléndida, cuya sola evocación me trastorna el sistema nervioso—, me suplicaste que te pusiera música francesa y que bebiéramos vino francés. No importaba que Marguerite Duras hubiera nacido en Asia, me dijiste al oído, su lengua era el francés y eso era lo único importante. Fui a la esquina por el vino. Salí a la calle y de pronto cerré los ojos. Le pedí a Dios que no fuera todo un sueño, que estuvieras ahí cuando regresara. Que no fueras a desaparecer, no sin haberte amado.

Cuando volví la música de Debussy llegó hasta mis oídos. Ya habías puesto música francesa: su cuarteto de cuerdas. Ah, qué música tan bella, tan sutilmente bella, exenta de todo arrebato, de todo temperamento exacerbado. Bruñida como un lienzo de Manet. Salpicada de emociones, como un lienzo de Seurat. Descorché la botella y desbordé —es un decir— dos copas de cristal cortado, verdes, en las que mis abuelos maternos brindaron el día de su boda. Qué importaba que el vino se hubiera oxigenado lo suficiente o no. Qué más daba si las copas se rompían en ese momento. ¿Pero dónde estabas tú? Grité tu nombre pero nadie respondió. Grité aún más fuerte y lo mismo. Se fue, pensé. Esto es demasiado fuerte. Se marchó. Me dirigí entonces a mi recámara, que es la recámara que compartimos mi mujer y yo, para beberme la botella a solas. Y ahí estabas, semidesnuda, ataviada con la lencería de mi esposa. Tu cabello rubio alcanzaba a cubrir la superficie de la almohada: aun estando boca abajo, como lo estabas. Perdí la cabeza. O, mejor aún, todo se me vino a la cabeza: Eugène Ysaÿe, aunque belga, el más grande violinista francés del siglo XIX, apodado El León, estrenando el cuarteto de Debussy; cierta mañana, cuando él, Debussy, gritaba a medio mundo su amor por Gaby, la cortesana que sólo lo amaba a él. Vi a Ysaÿe entrar a la recámara y despertar a gritos a Debussy: “¡Ha escrito usted una obra maestra inconmensurable. La acabo de tocar con mi cuarteto!” Pensé en eso, en la fe que tenía Debussy en componer una música nueva, que volviera de cabeza todo lo que hasta ese momento se había compuesto. Pensé en eso y te vi. Nada se comparaba contigo. Ni toda la música de Debussy, Ravel, Fauré, Poulenc y César Franck (el gran César Franck, de quien escucho su sonata para violín y piano cuando avisto el abismo). Te di tu copa. E iba a acercarme pero me rechazaste. ¿Me deseas? ¿De veras me deseas tanto?, inquiriste. Entonces escribe sobre mí, en mis piernas, en mi espalda, en mis nalgas, en todo mi cuerpo, quiero estar tatuada de Marguerite Duras. Por completo. Dame la vuelta y escribe en cada poro tus aforismos favoritos de Duras. ¡Y me extendiste su libro! Pero antes dime, ¿te gusto con la ropa de tu esposa?, ¿más que con la mía?

Qué había hecho yo para merecer estas cosas… Nada, absolutamente nada. Simplemente mirar. Mirar con asombro. Simplemente tener los ojos abiertos. Los oídos abiertos. Siempre abiertos. Y entonces copié: “Siempre he llevado mi escritura conmigo, donde quiera que haya ido”. “Alrededor de una persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir”, “Rara vez he estado absolutamente sin amantes”. “La soledad no se encuentra, se hace”. “La soledad, la soledad también significa: o la muerte o el libro. Pero ante todo significa del alcohol. Whisky, eso significa la soledad”. “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en la soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea del libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía”. “Ya que uno está perdido y ya no tiene nada que escribir, que perder, entonces uno escribe”. “Cuando me acostaba, me tapaba la cara. Tenía miedo de mí. No sé cómo, no sé por qué. Y por eso bebía alcohol antes de dormir. Para olvidarme, a mí. Enseguida pasa a la sangre, y luego uno duerme. La soledad alcohólica es espantosa. El corazón, sí. De repente late muy de prisa”. “No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo”. “El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el del autor anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro soñado, como el último hijo, siempre el más amado”. “Escribir es siempre la puerta al abandono. El suicidio está en la soledad de un escritor. Uno está solo incluso en su propia soledad. Siempre inconcebible. Siempre peligrosa. Sí. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar”.

“Gritar”…

Gritaste cuando escribí la palabra. Te había lastimado. O, mejor, Duras te había lastimado. En tu talón. Y lo lamí…

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Aforismos

Entre el arte de la frivolidad y la superficialidad

Ser superficial no cuesta ningún esfuerzo. Por eso los superficiales son longevos ―¿no es cierto que las mujeres viven más que los varones?―, felizmente longevos. Aquellos ancianos de excelente buen humor ―son adorables― siempre se inclinaron en la vida por la superficialidad. En cambio los frívolos son incapaces de llevarse la fiesta en paz. Siempre están buscando el modo de sobresalir, aunque sea con la máscara de pasar inadvertidos.

Se llega a la frivolidad por la vía del conocimiento, la inteligencia, la sensibilidad o el dolor.

El frívolo puede ser superficial en el momento que se le antoje; el superficial no puede ser frívolo. Carece de esa suspicacia.

El frívolo provoca admiración; el superficial, aburrimiento.

Nada más peligroso que una mujer frívola; sobre todo cuando navega con bandera de superficial.

La frivolidad de Wilde es única e irrepetible. Llevó la frivolidad a tal altura, que se tornó profunda ―la factura todavía la está pagando.

El frívolo no se toma en serio ante los ojos de los demás porque de los hombres es quien más se toma en serio. Pero es un maestro en el arte del ocultamiento. Lo que genera en derredor es confusión: los superficiales lo tildan de banal, y las mujeres de encantador.

El superficial cree que siempre tiene la razón.

El frívolo hace un platillo de sus errores, y lo pone a la mesa para la degustación de los comensales.

Los superficiales miden el alcance de su superficialidad cuando cuentan los pasos de la bailarina. O las sílabas del endecasílabo. Es el límite del ejercicio de la superficialidad ―el cual llevan a cabo de forma espontánea; si lo hicieran deliberadamente serían frívolos.

En el momento en que el superficial se advierte como superficial, se vuelve frívolo. Lo que asume con una gran sonrisa. Es el alpinista que llega a la cima y no hay nadie para recibirlo. La cumbre del anhelado fracaso.

El superficial es solemne, y cree que el mundo está hecho a su medida. El frívolo sabe que el mundo está hecho a su medida.

El frívolo sabe que ciertos gestos tienen aún más elocuencia que la palabra. Su mejor consejero es el espejo, y de cuerpo completo mejor todavía.

El superficial pone énfasis en sus palabras, sobre todo cuando, zafio, las considera profundas.

El superficial recita un poema en el momento en que nadie se lo espera, porque piensa que así no será considerado superficial.

El frívolo jamás recita un poema, excepto si lo inventa en ese momento y se lo adjudica a otro; es decir, excepto si es para reírse de sí mismo.

Para que el frívolo sobreviva, necesita del superficial. Es el mérito del superficial.

El frívolo defiende su semblante; el superficial, sus facciones.

El superficial sueña con la lencería; el frívolo sabe los precios de la lencería.

El superficial permanece superficial toda su vida. Para él no es cosa de mérito. Si hubiese doctorado en superficialidad, el frívolo se llevaría el galardón.

Se nace superficial. La frivolidad se advierte a lontananza no como un premio sino como el colmo de la fatalidad.

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Música

La plegaria

Para don Héctor Trinidad Delgado

El terrible acceso de tos con sangre le impidió proseguir el Inflamatus et accensus. No sabía qué hacer ni qué actitud tomar. Estar en el monasterio franciscano de Pozzuoli le proporcionaba cierto bálsamo y alivio a la enfermedad de la pobreza. Nunca se imaginó que aquellas fiebres que iban y venían, sumado a los sudores secundarios, al enflaquecimiento, a la inflamación en el cuello, las axilas y las ingles, todo aquello fácilmente soportable para él en un periodo del padecimiento, terminaría manifestándose en esta enfermedad, que precisamente el médico de los monjes franciscanos había denominado como enfermedad de la pobreza —“esto es resultado de mala limpieza, de mala alimentación, de mala habitación, de argucia en grado menor, de lo que suele acontecer a los pobres. Por pobres, y que Dios me perdone. Que a la gente noble este martirio no le afecta”.

Giovanni Battista Pergolesi —aunque en realidad se apellidaba Draghi; el Pergolesi se lo había adjudicado él mismo por provenir de Pergola— se arrodilló ante la imagen de Jesús e imploró. Sabía que la música que estaba componiendo no era otra cosa que una plegaria. Aquel instante en que la Virgen María contempla a su Hijo agonizar en la cruz. Era una oración prodigiosa, que estaba en la boca de todos los férvidos. Llamaba a las lágrimas pero también a la reflexión; a la conjoga espiritual pero también al combate físico. ¿Cómo era posible contemplar el sufrimiento atroz de una madre y quedarse con los brazos cruzados?, un sentimiento que incendiaba la sangre de los napolitanos.

Escuchó un toquido a la puerta de la celda. Era la cena. Los padres franciscanos lo procuraban. Con nadie tenían esas atribuciones; pero sabían que Giovanni Battista Pergolesi era un grande e importante compositor, se dolían de él no nada más por su enfermedad sino también por su juventud —¿o veintiséis años no era una edad floreciente en cualquier hombre? Y sabían que iba a morir. El médico les había explicado que en los pulmones del músico había una especie de caverna. Que esas fiebres, ese mal apetito, esa deshidratación, esa postración eran los síntomas del avance de la enfermedad. De que no había modo de detenerla. Que lo único que él se atrevía a sugerir era el camino de las punciones, que había que extraerle la sangre maligna. A ver si Dios se condolía. Y ustedes no se le acerquen más de la cuenta, que todas las enfermedades son contagiosas, por disposición del demonio.

No le tememos al contagio sino a abandonarlo en los momentos en que más necesita de la misericordia, había dicho el padre abad. Y para obrar con el ejemplo, él mismo le llevaba su alimentación a Pergolesi; aunque el músico se negaba a abrir. Había rogado que le dejaran el plato a un lado y él lo recogía, se alimentaba y volvía a depositar el plato en el mismo sitio de donde lo había tomado.

Pero esa vez, el padre abad se había propuesto verlo, aun a riesgo de cometer un pecado; pues el morbo de ver al compositor movía su voluntad. Tenía más de una semana que no cruzaba palabra con Pergolesi —ni él ni nadie más—, y cuando por fin el músico abrió la puerta el prelado cruzó el umbral. Se fue para atrás, y se arrodilló con la cabeza entre las manos. Por todo el suelo vio pañuelos ensangrentados. Pero eso no fue lo que lo impresionó sino la delgadez del joven. A simple vista era posible distinguir su debilidad, su agotamiento, y desde luego su desmedido sudor, ojos saltones, pómulos muy marcados, labios y lengua extremadamente secos por la respiración de la boca y no de la nariz.

Bendito sea Dios, padre. Cuando menos no tengo dolores.

¿Ningún tipo de dolores?

Acaso el agotamiento es un dolor. Pero de verdad nada insoportable. Si lo comparamos con los dolores de nuestro señor Jesucristo en la cruz.

Se me ha dicho que está usted componiendo un Stabat Mater.

Estoy en el final. Le pido fuerzas a nuestra dolorosa madre para que me permita escribir el Quando corpus morietur.

Cuando el padre abad escuchó estas palabras se persignó y, sin decir palabra, salió de la habitación.

Giovanni Battista Pergolesi se inclinó, y, por su gesto, tuvo la intención de asir la mano del abad para besarla; pero fingiendo una distracción el monje prefirió retirarla. Salió como una exhalación. Extrayendo fuerzas de flaqueza, el compositor sumergió la pluma de ganso en el tintero. Comprendía perfectamente la reacción del abad. Jamás se habría atrevido a juzgarlo. Sopló el papel pautado y escribió el título de la treceava parte de su Stabat Mater. Tengo que resistir, se dijo. Madre mía, déjame que termine esta plegaria para ti. Es lo único que te pido, y que perdones mi pecado de soberbia.

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Aforismos

El ejercicio del cinismo

1) El cínico le lleva enorme ventaja al resto de los hombres. Su categoría de cínico le permite adaptarse a las circunstancias más difíciles o embarazosas. No tiene que dar cuentas a nadie —como el resto de los mortales— de los actos que emprende. Para él, las cosas se acomodan a su modo de ver la vida. El que no quiera ajustarse a su criterio, que siga su camino.

2) El cínico se deja llevar por la corriente de los vientos. Nunca de los nuncas constituye un obstáculo. Descree de los preceptos que guían el criterio de los hombres sin criterio. Él le ve el lado bueno a la vida. Sabe que las cosas no tienen compostura, o en todo caso que otros se encarguen de arreglarlo.

3) El cínico revisa la historia y advierte que los ganones siempre son los mismos, es decir quienes sospechosamente creyeron en sus ideales. Para que a la vuelta del tiempo traicionaran sus valores. Ése ir y venir lo pone contra la pared. Mejor ser un cínico, se dice. Mejor no creer en nada, ni en uno mismo, se repite. Y dejar que la vorágine de los conflictos arruine los sueños de los idealistas, de los que mueren por sus convicciones.

4) El cínico lleva en la mano su verdad, que incomoda y provoca malestar en unos y urticaria en otros. La exhibe en los momentos álgidos, a modo de una cuchilla despiadada pero envuelta en fina seda. Cuando ninguno de los interlocutores se la esperaba, la muestra. Todos se vuelven a mirar aquella arma. Su palabra es invencible. Y quienes lo rodean lo saben. El hecho de no tomarse las cosas en serio, lo hace resbaloso, como el cuerpo de los gladiadores. Porque los abanderados de la verdad son enemigos acérrimos de enfrascarse en una contienda donde lo único que priva es la inteligencia corrosiva, no la erudición ni mucho menos la solemnidad.

5) Los mortales le tienen envidia a los cínicos. Saben que atrás de cada cínico hay un alma que les puede brincar a la yugular. Un enemigo en potencia. No entienden cómo un cínico logra sobrevivir. Revisan entonces su cuenta bancaria. Miran con desconfianza su automóvil último modelo. Si él tiene todo, cómo es posible que un cínico —a quien no le quitan el sueño los avatares del consumismo— lo sobrepase, se burle de él.

6) El cínico desconfía de todo, incluso del amor. No ve en el amor más que una forma de esclavizarse. Él, que defiende su libertad a costa de todo y contra todos, advierte en el amor un guiño de la heroicidad. Asume que tras lo actos épicos, el amor es capaz de filtrarse. Entonces denuesta del amor. Lo hace a un lado y se dispone a lo que viene.

7) El cínico hace de cada día el colmo del aburrimiento. El mundo se puso delante de él para que lo viviera. Pero cada día es exactamente igual que el anterior. Aunque cada día le provoque connatos de sonrisa. Nunca de melancolía.

8) La palabra riesgo no entra en el vocabulario del cínico. Quien tiene los pelos de la mula en la mano no tiene por qué arriesgarse. Otras palabras constituyen su acervo cotidiano: epicureísmo, placer, vuelta en U. Porque ese insignificante peldaño que va de una situación a otra que acaso se torne trágica, el cínico la identifica de inmediato y prefiere seguir su camino. Ahora es él quien sique su camino.

9) Sin quererlo, el cínico da lecciones de vida. Este cometido no figuraba en su manual del cinismo, pero al fin y al cabo a él le viene bien.

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Ensayo

El arte del amor

Lo mejor del amor es que se acaba. Única y nada más por esta circunstancia es posible valorar sus repercusiones.

El amor vuelve zafios a los de finos y atentos modales, de conversación hábil y mirada escrutadora; mentecatos a los inteligentes, esos que siempre están esperando el mejor momento para hacer reír a los demás; débiles a los de voluntad férrea, los llamados duros, y previsibles a los indomeñables. No es difícil adivinar en aquel individuo los estragos del amor. Se distrae fácilmente, todo parece haber pasado a segundo plano. Lo que antes extraía poderosamente su atención, ahora lo deja indiferente. Está enamorado y las cosas a partir de ahí adquieren otra dimensión ─para él, la verdadera.

Lo que se torna difícil de creer es el hombre que pierde su voluntad. Ese individuo ha mutado determinación por enmudecimiento, bríos por docilidad. Come de la mano de su amada, y todo en torno pasa a segundo plano. ¿Dónde habrá quedado aquel hombre que asumía la vida con dignidad y pundonor?, habrá quien se lo pregunte. Y si lo mira más a fondo, verá en sus ojos que aquel brillo de ingenio y arrojo ha desaparecido. En cambio es posible descubrir cierta melancolía, cierta nostalgia. Una especie de brillo en proceso de extinción, porque algo en el fondo le dice que todo se va a acabar yéndose por el caño. Que la vida, el destino, Dios, el azar, o como se quiera, le ha permitido asomarse al precipicio donde las cosas cambian de nombre, pero que no está en su mano perpetuarlo. Tal vez sea este convencimiento lo que provoca ese estado de levitación. Si tuviera la seguridad de que habría de ser para toda la vida, viviría en un estado de sobreexcitación continua. Pagado de sí al cien por ciento. Simple y llanamente, estaría aniquilado. Como vaca que será ejecutada en el rastro.

Sólo se valora el estado de libertad cuando el amor se ha extinguido. Primero sobreviene el desconcierto. Aquel hombre anda como desorientado. Como si de pronto perdiese la noción de los puntos cardinales. O la noción del bien y del mal. Sabe que las cosas no son lo que aparentan. Él viene de una situación extrema. Se ha jugado algo cuando cruzó ese campo minado. Pudo haber volado en pedazos. Se salvó porque su instinto de sobrevivencia le susurraba al oído dónde podía pisar y dónde no. En esa situación que vivió midió sus alcances respecto de la estulticia que lo habita. No salió fortalecido sino mal librado, y lo sabe. Y ya está esperando volver a atravesar el mismo tramo. Excepto si la libertad que ahora es suya se convierte en un acicate y no en un estancamiento.

La mediocridad va de la mano del enamoramiento. Porque el enamoramiento comprende cierto optimismo, cierta complacencia que termina por traducirse en una sonrisa de oreja a oreja. Ese hombre es fácil blanco de la comodidad. Tan fácil que es vivir. Tan agradable que resulta despertarse cada mañana pensando en qué momento habrá de toparse con la persona amada. Todo lo demás deja de tener relevancia. Trabajo, proyectos, planes, qué importancia pueden tener al lado de que tendrá aquellas manos entre las suyas, aquellos ojos a su disposición. Aquel perfume… Aquella caricia…

Todo mundo está en su derecho de trinchar el trozo de amor que le corresponde. Aunque cada quien quiere la rebanada más grande. Se lo merece. Porque el lado bueno del amor es compartible. Aquél que lo vive se ha puesto la armadura del caballero. Nada le puede pasar si el amor lo ha hecho suyo. Piensa.

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Ensayo/ semblanza

José Rolón (1877-1945)

En José Rolón, compositor de carácter nacionalista, que supo imprimirle un fuerte impulso a la música en Guadalajara —capital del estado que lo vio nacer: Jalisco— y en la ciudad de México, se reúnen cualidades de compositor depurado, inclinado por la melodía, de profunda y cálida inspiración.

Nació en 1877, en Zapotlán el Grande —hoy Ciudad Guzmán—, en el seno de una familia terrateniente, de campo. Rolón entró en contacto con la música desde muy niño por aliciente de su padre, Feliciano Rolón. Hombre de sensibilidad educada, Feliciano no sólo se encargaba de la administración de El Recreo —rancho de su propiedad— sino de fomentar en su hijo el gusto por la disciplina musical. Tan así, que por las noches, después de la faena diaria del rancho, en el piano y el armonio que lucían en la sala de la casa campestre, padre e hijo hacían música a cuatro manos. ¡Cuánto influirían esas noches en el alma de José Rolón, que a lo largo de su vida las evocaría en su correspondencia y en su intimidad!

Al cumplir la edad suficiente para ingresar a la escuela, José Rolón tuvo como maestro de piano a Arnulfo Cárdenas, personalidad jalisciense, pianista y organista reconocido. Rolón no sólo le debió a este maestro un estudio más serio y rico del piano —que reafirmaría su vocación—, sino el conocimiento de las sinfonías de Haydn, Mozart y Beethoven, que Arnulfo Cárdenas tocaba en reducciones para piano.

Pero no únicamente de su padre había heredado Rolón el amor por la música; también de su madre, arpista que gustaba hacerse acompañar al piano por su hijo. 13 años tenía Rolón cuando estas sesiones se llevaban a cabo, y si bien aún era corto de edad no lo era de talento, que ya demostraba en su forma de modular y de entrelazar las frases y los arpegios, cosa que complacía sobremanera a sus padres y a Arnulfo Cárdenas, quien ya se jactaba de ser maestro de discípulo semejante.

Acontecen un poco más tarde circunstancias que le dan un tinte pintoresco a la vida de José Rolón. Víctor Villalvazo, propietario entusiasta de Zapotlán, y que con el tiempo sería suegro del propio Rolón, organiza en su casa varias funciones de zarzuela en beneficio del hospital de Zapotlán. Participan solistas, coros, y, desde luego, músicos. Se manda hacer utilería, escenografía, vestuario… pero un par de días antes del estreno cae en cama Feliciano Rolón, el director de la orquesta y gran concertador. José Rolón, que se había encargado nada más de revisar su parte a cada cantante, se decide a dirigir la orquesta, hazaña que logra con extraordinario éxito, y que hace correr su fama.

Los últimos años del siglo representan para José Rolón momentos de experiencias intensas e inolvidables. Mientras que su padre Feliciano va declinando a los ojos de todos, José contrae nupcias con Mercedes Villalvazo. Apenas tienen 20 y 18 años, respectivamente. Por la enfermedad de su padre, José Rolón abandona todo estudio formal y se aplica con vehemencia a la administración del rancho; sabe que en ese momento su obligación está ahí y no lo piensa dos veces. En 1899 nace su hija María Luisa, y justo en ese año viaja a caballo —junto con sus cuñados— hasta México, para escuchar en vivo al célebre pianista y compositor polaco Ignaci Jan Paderewski. Si se piensa por un instante en la incomodidad del viaje —de Zapotlán a México, alrededor de 800 kilómetros— se comprobará sin dificultad la fuerza de la vocación en José Rolón. A tal punto conmovió el ánimo del joven compositor el arte de Paderewski, que decidió dejar todo y dedicarse de lleno a la música.

Precisamente tres meses después de esa decisión irrevocable muere don Feliciano, cortando de tajo la felicidad que ya embargaba a Rolón. Pero el sufrimiento venía engarzado: un año más tarde, al dar a luz a su segunda hija, Mercedes Villalvazo pierde la vida. José Rolón tiene 22 años, y se debate en la encrucijada de un destino incierto e implacable o un suicidio resuelto e irreversible.

Para su fortuna, don José García, su padrino, que ha ido a visitarlo para extenderle su pésame, y que es hombre práctico, de empresa, dueño del Banco de Jalisco, le propone a su ahijado la gerencia del Banco, y sabiendo de antemano que éste no iba a aceptar le formula una propuesta más audaz: que venda todas sus propiedades e invierta el capital, de tal manera que él, José Rolón, pueda viajar a Europa y dedicarse al estudio, sin mortificarse por obstáculos económicos; mientras tanto, sus dos hijas serán cuidadas por la familia Villalvazo. José Rolón acepta en el acto, y de allí en adelante su vida da un giro.

1900 es el año en que el compositor jalisciense llega a París, la ciudad en donde perfeccionará sus estudios de teclado y, sobre todo, de composición. Toma entonces clases con Moritz Moszkowsky, famoso concertista de órgano y de piano, que vuelca en la docencia todos sus conocimientos. Se inscribe, también, en el Conservatorio de París, donde estudia no sólo armonía, contrapunto y fuga, sino estética e historia de la música. Por otra parte, toma cursos de filosofía, pues José Rolón siempre se había sentido atraído por las más diversas manifestaciones del pensamiento.

Seis años duró la enseñanza con Moszkowsky, y Rolón tiene dos caminos: iniciar una carrera de concertista, que le dará prestigio y fortuna, o dedicarse al magisterio. Por su timidez, espíritu reservado y modestia innata, opta por lo segundo. Y si en un principio el propio Moszkowsky lo increpa, termina por apoyarlo y nombrarlo su colaborador en los cursos de técnica pianística intensiva.

Pero quiérase o no las cosas marchan de la mano, y mientras Rolón va cimentando un respeto como maestro, se presenta una mujer en su vida, que si bien no le hará olvidar a su primera esposa en cambio le dará a su existencia la exaltación que había quedado atrás. Se llamaba Eugènie Belard, también pianista y desde luego discípula de Moszkowsky. Mujer eminentemente culta, doctorada en letras inglesas, alemanas y francesas, fue una figura trascendental en el sentido más amplio de la formación de Rolón. De hecho, se encargó de moldear el carácter, de afinar sus sentidos, de mostrarle los privilegios de un gusto exquisito y educado; en fin, de acicatear su superación espiritual. Juntos recorren lo mejor de Europa, y se aproximan el uno al otro con lo mejor de sí mismos.

Sin embargo, una desgracia inesperada interrumpe la felicidad de José Rolón: Mercedes, su hija menor, muere. Queda María Luisa (o como él la llamaba: Mariluisa); sin pensarlo más, Rolón regresa a su terruño. Le promete a Mimí (Eugènie Belard) retornar a París y casarse con ella.

Tenía apenas 29 años. José Rolón era entonces un hombre alto, robusto, de pelo rizado y fino bigote negro. Ver a su pequeña hija y decidir no dejarla fue una sola y misma cosa. Siete años tenía la niña, y el compositor se sintió impelido a forjar su educación, y, él lo pensaba así, a no desampararla más.

Le escribió a Mimí rogándole que viajara a México, que él la haría su esposa en cuanto pisara tierra mexicana; pero ella se negó en forma rotunda: en París estaba el futuro de ambos, y eso era lo único que tenía claro.

Después de su rompimiento con Eugènie, Moszkowsky y París, José Rolón se dedicó de tiempo completo a promover la música en Guadalajara, a su hija y a su obra, y en ese orden.

Cristalizó entonces la realización de un sueño que a muchos les parecería utópico: la fundación de la Academia de Música de Guadalajara, hazaña que Rolón consumó con el auxilio del eminente violinista Félix Bernardelli —quien, por cierto, estrenó en México la Sinfonía Española de Lalo—, del pianista José Godínez y del maestro don Benigno de la Torre. Al poco tiempo de creada, estos dos maestros murieron y la escuela cambió su nombre por el de Escuela Normal de Música de Guadalajara. Una vez egresados los primeros alumnos, José Rolón funda la Orquesta Sinfónica de Guadalajara, a cuyo frente estrenaría numerosa música orquestal. También, con la colaboración de la violinista Tula Meyer, se empeña en estrenar música de cámara.

Un acontecimiento en la vida de Rolón lo empuja con firmeza hacia la composición: la muerte de Leonor Rivera, una bella joven de quien entonces se había enamorado y con la que se aprestaba a iniciar una nueva vida. Aunque propiamente no debe hablarse de muerte sino de algo más terrible: su desaparición por haber contraído la lepra. De esa época datan las primeras obras de importancia de José Rolón: su Cuarteto romántico, la Sinfonía para orquesta y la Obertura.

Motivado por la reacción de la crítica y del público, y estimulado por sus largas estadías en los ranchos de Tatalpa, Jalisco, Rolón compone una obra muy importante, El festín de los enanos, que es premiada por la Universidad Nacional y el Congreso de Música; a esta obra le sigue El andante melancólico, que también recibe el reconocimiento unánime de la crítica.

Los años pasan. Y una vez que su hija Mariluisa, su compañera de trabajo y de tantas desventuras, se casa, José Rolón decide partir para Europa, con el propósito de asimilar e integrarse a las últimas corrientes en el terreno de la composición. Antes de emprender el viaje, contrae matrimonio por segunda vez, y da por terminada la vida de la Escuela Nacional de Música de Guadalajara.

En París, acude directamente con el maestro de las nuevas generaciones: Paul Dukas, pianista y compositor, a quien nada le parece exagerado si de música se trata. Junto con Ponce y Villalobos, Rolón se cuenta en ese momento en la tríada favorita de Dukas. Sometido a una revisión exhaustiva de las más disímiles técnicas en composición, y bajo la asesoría de Nadia Boulanger en armonía y contrapunto, y específicamente de Dukas en fuga y orquestación, Rolón compone un poema sinfónico memorable: Cuauhtémoc, que Carlos Chávez estrenaría en 1930 con la Orquesta Sinfónica de México.

En esa estadía de tres años en París, el músico de Zapotlán compuso, además, un Cuarteto de cuerdas, que le dedicó al violinista Higinio Ruvalcaba, y un Concierto para piano y orquesta. De regreso a su patria, ocupó la dirección del Conservatorio Nacional, así como del Departamento de Música de Bellas Artes, y se aplicó al enriquecimiento de su producción musical. De este último periodo hay que destacar su suite sinfónica Zapotlán, estrenada en el año de 1932, obra en la que parecen perpetuarse las fiestas del pueblo que lo vio nacer, sus colores y tristezas; también merecen un lugar aparte sus Danzas indígenas jaliscienses para piano, en cuyo registro quedó captada la fogosidad del pueblo jalisciense, así como su desesperanza y amargura, tan características de las zonas áridas.

El 3 de febrero de 1945, después de un tiempo de haberse separado de su segunda y última esposa, muere José Rolón. Enfermo del corazón, entregó su vida para encontrar la dicha que tan infructuosamente había buscado. Sus restos reposan en la Rotonda de los Hombres Ilustres de Jalisco.

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