Archive for 30 octubre 2012


Ensayo

El arte de mentir

Para decir mentiras y comer pescado hay que tener mucho cuidado”, decían los abuelos. Y seguramente hay mucho de cierto en esto.

Mentir es una prueba de fuego, y no hay quien salga bien librado. Tarde o temprano, aun la más ingeniosa mentira sale al aire. Pero en idéntica medida, mentir es un deleite. Nadie, o muy pocos —digamos los pusilánimes— no disfrutan cuando mienten. Al momento de mentir, la boca ensaliva. Es una sensación que va colmando los sentidos, en particular el del gusto. Porque la mentira se disfruta aun antes de pronunciarla. El cuerpo se va preparando para brincar a la yugular de la víctima.

A veces hay mucho tiempo para urdir una mentira, y de pronto surge de forma casi tan espontánea como un reflejo.

Cuando la mentira se arma como una maqueta —¿no toda maqueta es una mentira?—, que lleva su tiempo arquitecturar, que paulatinamente va creciendo ante los ojos de su creador como cualquier obra que se respete, significa una proeza. El hombre que la forja tiene la obligación de calibrar los riesgos que implica su construcción. Habrá de antever por dónde puede reblandecerse la estructura, ceder a la presión (interna o externa; más peligrosa todavía la interna), derrumbarse como castillo de naipes. Precisamente ésa es la mentira que lleva sus horas de trabajo acometer. Y que va creciendo ante los ojos de su instigador hasta que lo rebasa. Es la mentira que más ponzoña contiene y despide. Suele haber un momento que hasta su mismo creador se espanta de lo que ha hecho. Porque son mentiras de consecuencias imprevisibles.

Las mentiras espontáneas son igual de imprevisibles, no importa cuáles hayan sido las intenciones de su autor. Surgen como el resplandor de un relámpago en la mentalidad de quien las piensa. Acaso menos. Y tal instigador ni siquiera se pregunta las consecuencias, cuando la frase ya está dicha. Pero este tipo de mentiras generalmente no van inoculadas de veneno, apenas de la mínima dosis de carroña —para que sea mentira. Pueden obedecer a un espíritu de envidia o de competencia no resuelta. A veces se trata simplemente de salir del paso. Un sí estuve ahí cuando no hay tal, un eran las seis de la tarde en punto cuando ni idea se tiene de la hora que era, ponen al mentiroso contra la pared. ¿Y si se dan cuenta? ¿Y si me caen en la mentira? Bueno, yo creo que no —se dice para consolarse.

Los sabios apuntan que no hay día que el hombre no mienta, y, según Borges, varias veces al día. A veces hasta siete (¡siete mentiras por día!, no se necesita entrenamiento propedéutico). Mientras que Stendhal afirmó que en el arte de mentir las mujeres les llevaban a los varones kilómetros andados.

Es posible. Aunque la diferencia estribaría en las razones para mentir. De entrada, lo mismo privan razones aviesas que piadosas. Maestra de la mentira fue Madame Bovary. Y, cosa curiosa, el semblante de Flaubert todo refleja menos un experto en la mentira. ¿O será que todo escritor lo es, por más cara desprovista de maldad que posea?

La mentira acerca a los hombres, cuando menos a los varones adolescentes. Basta mirarles la cara de fascinación que tienen cuando uno de ellos narra sus experiencias con la novia. Todo mundo sabe que es mentira lo que aquél cuenta, pero lo hace de un modo tan sabroso. Que finalmente es lo que se quiere oír. Como la mentira de Orson Welles. La más grande que haya habida. Más honor merece Welles por esa mentira que por su Citizen Kane.

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Ensayo

El arte de la templanza

Virtud cardinal que consiste en moderar los apetitos, la define el diccionario. Entiéndase por cardinal, dos elementos: fundamental y primordial.

Pero es mucho más que eso.

Pocos hombres pueden moderar sus apetitos. Porque el hombre es proclive a los excesos. Nada como el exceso atrae con tanta fuerza.

Se educa para la templanza. Ningún progenitor con la cabeza bien puesta sobre los hombros, sería capaz de educar a su hijo en el camino de la perdición. Pero atrás de la palabra educación viene otra, que de suyo provoca temor: la pasión.

Templanza vs. Pasión.

No es necesario saber mucho para adivinar hacia qué lado se inclinan los hombres.

Los excesos se avistan como la tierra prometida. Como el oasis en el desierto, cuando, paradójicamente, todo se daba por perdido. Los excesos están ahí, atrayendo poderosamente aun al hombre de sangre fría. Ese individuo se aproxima sigilosamente y prueba. Y toca. En ese momento, la contención se va al diablo.

La templanza detiene, y propicia la reflexión. Durante la templanza, en ese tramo particularmente espinoso, el hombre realiza un acto de conciencia. Se mira en el ejercicio de los excesos y se pregunta cuál es su destino. Desfilan delante de él instantes de intensidad luminosa y apabullante, que lo han acercado al conocimiento de sí mismo. Se mira desde su conciencia, medita y concluye. La templanza —quizá ni siquiera acuda a su cabeza esta palabra— se levanta delante de él como un muro infranqueable. Claro que cuesta trabajo. Enorme esfuerzo remontarlo. Porque lo que hay más allá es nada. El hombre en su absoluta esencia. En contraposición con los excesos, qué significa la esencia.

El hombre en su esencia más cruda y acre decepciona más que ninguna otra cosa. Sobre todo a sí mismo. La templanza le permite tener una visión despiadada de su persona. Así soy. Sin afeites ni caretas. ¿Podría pedir más? Pero no todo mundo está conforme con lo que es.

Bajo el manto de la templanza, se robustece el carácter. El hombre que se pone la armadura de la templanza, es un hombre fuerte. Para vencer las incitaciones tiene que revestirse de aplomo. Dejar que los excesos revoloteen en torno y mantenerse impertérrito.

Mas la templanza y la pusilanimidad son vecinas de cuna. Cuántas veces, ante el exceso humeante de apetitoso, no se da el siguiente paso no por una convicción sólida sino por mero temor. Aunque posiblemente el resultado sea el mismo —la contención—, en el caso de la mediocridad la satisfacción no existe.

Cuando se elude el exceso en virtud de un ejercicio de voluntad férrea, aquel hombre crece. Cuando se elude el exceso en aras de un temor pusilánime, la estatura de aquel hombre se pierde en el horizonte.

Hay que detenerse de un asidero cuando los excesos llaman con toda su melódica voz. O taparse los oídos.

Pero los hombres educados en la templanza, que han optado por ella a lo largo de su vida, acaso se pregunten si han hecho lo correcto. Y aquí sí no hay respuesta universal. Sí, has hecho bien, se responderán algunos. Quienes no han visto el mundo en su maquinaria implacable. Que avanza y a su paso muestra la vida en todos sus matices. Quizás el secreto estribe en que hay que probar de todo. El secreto para no terminar siendo un costal pestilente de amargura. Probar de todo como lo hizo Liszt, que enseguida de una noche de lujuria desatada, se fustigaba para resarcirse a los ojos de Dios. Como sea, situarse en el extremo de la templanza o de la pasión, impele al arrepentimiento. El único maestro.

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Música

La pasión de un pintor

Carolina Giacinti, la mujer que se había convertido en una obsesión para él, se lo había pedido como condición para darle su amor.

Siempre que entraba a su estudio, lo primero que Arcangelo Corelli hacía era observar su Johannes Vermeer. Podía pasarse toda la vida en la contemplación. Incontables veces, antes de subir a sus habitaciones, se dirigía hasta el óleo y no le quitaba la vista. Si el maestro violinista portaba en su estuche algún problema de la calle, la sola visión de la obra lo hacía olvidarse, y en su cara se dibujaba una expresión de éxtasis. El cuadro le parecía describirlo a él mismo: un hombre de pie, con la jarra de vino en la mano, agachado muy ceremoniosamente, ofreciéndole vino a una mujer —que yace sentada bebiendo de una copa—; en una silla, entrevisto apenas, un laúd, y, sobre la mesa, partituras. Sin duda se trataba de una lección de música interrumpida. El maestro era el hombre, y ella, desde luego, el pupilo. Se nombraba el cuadro de dos formas: La copa de vino, o bien, Hombre y mujer bebiendo vino. Cada invitado a la casa de Arcangelo Corelli le decía como le viniera en gana. Para él no tenía nombre. Lo llamaba Mi Vermeer. Él se imaginaba ser ese hombre. Cuánta complacencia espiritual sobrevenía entonces. La pintura había sido la ofrenda de un admirador de su música en una de las muchas giras que Corelli había emprendido por algunas de las principales capitales europeas de la música: París, Nápoles, Amsterdam y Venecia, en primer término. Así pues, un admirador le había obsequiado aquel cuadro. Que él, Arcangelo Corelli, no había dudado en aceptar. Pues además de ser primer violinista de Roma, su fama corría como maestro compositor y coleccionista. A la par. ¿Vermeer? Nunca había escuchado el nombre, pero de ahí en adelante, estaba convencido, no lo podría olvidar jamás.

¿Pero cómo decírselo a ella? ¿Cómo convencerla de que la amaba pero no era capaz de desprenderse de su cuadro? Si ella se lo insistía tanto. A veces de forma sutil y a veces sin tapujos. Cada vez que se veían. Incluso le llegó a señalar con la punta de la nariz la habitación donde los esperaba la cama. Un gesto que él admiraba en ella. Se volvía loco por los movimientos de aquella nariz femenina. Podrían acostarse, pero él sabía el precio.

Favorito de la reina Cristina de Suecia —quien había hecho de Roma su lugar de esparcimiento, única y exclusivamente porque ahí residía Arcangelo Corelli—, protegido del cardenal Benedetto Pamphili, jamás se le había escuchado al violinista alardear de sus privilegios. Por el contrario, su modestia y sencillez —así como su amor a los perros (no podía ver un perro extraviado porque lo adoptaba)— era proverbial. Amante del ejercicio de la caminata, lo más común para los transeúntes habituales era mirarlo por las calles circunvecinas al Coliseo. Saludaba a todos los comerciantes ambulantes y niños con los que se topaba, así como se descubría ante el paso de una mujer, sobre todo si iba de acuerdo con su concepción de la belleza femenina.

Se volvió hacia su estudio, miró la vitrina mandada hacer ex profeso para sus violines, y vino a su mente el Concerto Grosso que había compuesto para una orquesta de 150 instrumentistas. El concierto se había llevado a cabo precisamente en el palacio de la reina Cristina de Suecia, y los más lo habían enaltecido, mientras que los menos lo habían vituperado. ¿Qué pretendía este hombre haciendo sonar 150 violines al unísono? ¿A dónde quería llegar? Si de eso no se trataba la música. Pero los amantes del violín, y en especial devotos de ideas adelantadas, habían saltado de sus sillas mientras aplaudían a rabiar: aquel concierto representaba el más grande avance en el arte de la composición jamás imaginado por nadie. Pero eso no le importaba a ella. Para aquellos ojos, lo único valioso era la pintura.

Y como siempre, Arcangelo Corelli respondía en su imaginación a sus propias incertidumbres. Vivía en Roma, capital de la música, en la que se estrenaba cuando menos una ópera al mes; pero él no había compuesto nada para la voz. Toda su pasión estaba volcada en el violín. Como la pasión de Vermeer en aquella pintura. Había creado el Concerto Grosso —del cual ya habían empezado a proliferar los imitadores, y no nada más en Roma—, y lo había trabajado en todas sus posibilidades. Así que —se dijo, ahora con la vista en el cuadro una vez más—, no cedería y jamás haría música para la voz humana. Lo suyo era el violín. Y se miró caminando por la Vía Apia, recogiendo cualquier perro callejero. O de plano, ofreciéndole una copa a una mujer. A Carolina Giacinti, para acabar pronto. Tenía que hacerla suya sin despojarse de su Vermeer. Acaso componiendo para ella un Concerto Grosso para 200 violines. No tenía nada más que darle.

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Música

La mosca

Se rascó el labio inferior. No había logrado paliar la comezón. Conforme transcurría el día, la hinchazón iba en aumento. Un gran bigote poblaba su cara. Negro y abundante. A su padre siempre le había llamado la atención que su hijo hubiese sido de tanto pelo. ¡Yo soy lampiño! ¡Soy único entre los rusos! Y así debería ser mi hijo: Alexander Scriabin.

A ese hombre no le gustaba que lo contradijeran. Ni tampoco a su hijo.

Apegado a su madre, era a ella y no a su padre a quien le mostraba sus trazos, que hacía sin detenerse. Pero eran unos trazos extraños, sin figuras reconocibles. Un montón de colores desparramados sobre la superficie de aquellos cartones. Embarrados con pinceles, salpicados, escurridos directamente del tubo. Alexander Scriabin los mostraba a su progenitora, y con una sonrisa subrayando su cara, esperaba la aprobación de aquel ser humano que para él era todo en la vida.

Pero no nada más era eso, la crítica más entusiasta de su vena plástica; también era su maestra de piano. Todos los días le daba clase. Aún de siete años, el pequeño Scriabin avanzaba a pasos agigantados. Podría decirse que ya dominaba las bases para la obtención de matices pianísticos que otros no alcanzaban ni en plena adolescencia. Pero la señora Scriabin se sumía en oleadas profundas de preocupación porque su hijo no aprendía el piano como todos los niños —era pedagoga del conservatorio de Moscú, y sabía de lo que hablaba—; al contrario, porque si se topaba con un acorde que lo atrajera por encima de los demás, entonces lo enganchaba en su cabeza con una melodía inventada por él en ese momento; pero lo que la inquietaba no era propiamente la improvisación melódica —a la que eran tan afectos los niños, y en especial los niños rusos— sino la armónica: porque de aquellas manos pequeñas —más pequeñas que lo normal— salían armonías que para ella resultaban insólitas por su atrevimiento y belleza.

La irritación en el labio no le permitía concentrarse.

A sus 43 años era un pianista y compositor consagrado. Revolucionario por antonomasia, sus presentaciones siempre causaban expectación. La Europa culta se disputaba sus conciertos. Solía tocar la música de sus compositores favoritos: Chopin, de quien admiraba la poesía; Schumann, cuya intensidad lo subyugaba; Brahms, a quien había visto de lejos. Cuando se sentaba al piano, permanecía impávido, sin transmitir emoción alguna; como quitándose de encima los bichos, maldiciones, estorbos que acaso se le habían adherido en la calle. A partir de ahí, no había más que esperar el alud de la música, que lo sobrepasaría en cuerpo y alma.

Se maldijo por aquella molestia. La víspera había acudido a un médico. Luego de auscultarlo en forma fugaz —le había bastado con detener su mirada en aquel salpullido por dos segundos—, el galeno había dicho: Una mosca contagiada de carbuncosis le inoculó su veneno. No existe antídoto capaz de paliar su efecto; excepto la oración. Usted morirá de septicemia en fecha próxima. Si usted tiene un dios que lo proteja, es el momento de orar.

Delante de él, se levantaba el centro ceremonial Darjeeling, en las cimas del Himalaya —cordillera que a sus ojos parecía un collar divino. Su idea era tocar ahí un concierto monumental, cuya ejecución sumara siete días. Un viejo sueño que había acariciado desde su más temprana madurez. Cuando no tenía más que extender la mano y alimentarse de los frutos de los árboles. ¿Por qué no escribir una obra magna, que se llamaría Mysterium, en el que la música, la poesía, los colores, los olores, todo entrara en armonía y produjera la más extraordinaria música jamás escuchada? Sus conocimientos de teosofía lo habían llevado a esa conclusión. Era posible. Más los de Nietzsche, y desde luego los de Newton y de Goethe a través de los colores. Porque él oía los colores. Le llevó mucho tiempo decir Dios soy yo. Lo cual le restó admiradores y le sumó detractores. No sólo en Rusia. También en Francia. En Alemania. Pero no muchos, porque siempre hubo quien creyó en él. Las mujeres, sobre todo. Algo tenía su música, una seducción inagotable, que las hacía suyas como las flores al rocío. Bastaba con escuchar su Poema del Éxtasis o sus sonatas para piano. Era como cabalgar entre las nubes. Que todo se ve bajo el imperio de la emoción.

De pronto, tuvo la sensación de que jamás vería representar Mysterium. Su labio sangró de la mordida que se hizo. Pero no sintió nada.

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Ensayo

La práctica de la soledad

Sólo bajo el manto de la soledad, un hombre conoce sus posibilidades —y limitaciones.

La soledad impele.

La soledad ubica a un hombre en su verdadera dimensión. Lo hace sentirse grande, cuando de verdad lo es; e increíblemente débil, igualmente cuando lo es. Esto es, la soledad le devuelve a ese hombre su rostro sin careta alguna.

Las mujeres resisten la soledad con mucha mayor entereza que los varones. Porque están preparadas emocionalmente para hacer frente al mundo desde el púlpito del aislamiento. Toda la vida lo han padecido, sin chistar.

Los hombres huyen de la soledad, como si fuera una peste. Se miran a sí mismos desvalidos, arruinados. A las primeras horas que pasan en soledad, la angustia los carcome. No están educados a vivirla. Carecen de respuestas. Preguntarse qué harán los próximos minutos quiebra su estructura. Es una pregunta que les llueve desde un cielo negro y hostil. Una pregunta maldita, que se repite ad infinitum, cada vez que esos cinco minutos transcurren. Rebasa su capacidad de sobrevivencia.

Precisamente porque la soledad empuja al individuo hacia el descubrimiento de sí mismo. A hurgar en su interioridad. Ningún otro vector tan impío. La soledad atraviesa el entendimiento de un hombre hasta pulverizarlo.

La soledad es un estado de gracia. Bajo el imperio de la soledad, las ideas bullen y se enciman entre sí. Porque la soledad extrae lo mejor de un hombre, que es su razonamiento.

Con la soledad como única acompañante, un hombre piensa. Da cuenta de lo que ha sido su existencia. Pone en una balanza los principales acontecimientos que, buenos o malos, que, para bien o para mal, le ha tocado vivir. Y la soledad —siempre y cuando se trate de un hombre honesto consigo mismo, que es lo más difícil de alcanzar— no le permite esquivar respuestas. No sólo es inclemente; también es implacable.

El hombre habla consigo mismo a través de la soledad.

Cada mañana que ese hombre se mira al espejo, a quien está mirando es a su soledad. Que lo devasta. Lo hace trizas. No son más que unos cuantos minutos. Acaso segundos. Sesenta segundos. En los que ese hombre se formula preguntas esenciales. Cuya respuesta ninguno otro sabría. Es la sabiduría que la soledad proporciona, aun más que la más confiable terapia O el más elevado sacramento de confesión.

La soledad se concentra en un solo punto. Se desparrama de un extremo a otro de aquella obstinación y termina anclándose en un punto nodal. Si un hombre ha llegado hasta este sitio, el camino a la muerte le será menos arduo.

Beethoven vivió siempre en la soledad. Lo acompañan en ese estado de beatitud, Brahms y Chaikovski.

También se llega a la santidad por la práctica constante de la soledad. Porque la soledad desgaja. Obliga al protagonista a despellejarse. Finalmente, la soledad es insobornable —de lo poco insobornable que queda. Devuelve la peor cara: la de quien se sabe descubierto. Avistado desde un ángulo que no tenía contemplado: su propio yo. Que es el más atroz de sus yoes.

Lo mejor de la educación es que se practique la soledad como método de aprendizaje. Vivir la soledad es como sumergirse en un estanque de agua helada. Que todos los nervios se excitan, hasta que la templanza termina por imponerse.

Soledad: sol al que se llega por la edad.

Cuando un niño advierte el desamor que se ejerce en su persona, está atisbando el corazón mismo de la soledad. Porque las mejores prendas de la soledad son el autodesprecio, la baja estima, la flagrante y acuciante derrota. Bajo ese atuendo, la soledad no da lugar a equívocos.

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Música

Ujier a la puerta

El ujier llevaba más de media hora esperando la respuesta. No se le había permitido entrar a la casa. Allí, en plena calle, aguardaba la nueva. El mensaje era claro: Su Alteza, la condesa Mme. Anne Marie Lucquin necesitaba saber si Jean-Philippe Rameau se presentaría esa noche en su palacio a efecto de reservarle el mejor lugar. Ésta era la segunda y última misiva que recibía. La primera había resultado curiosa, cuando menos para el compositor. Cuando distinguió al enviado de la condesa, Jean-Philippe Rameau había fingido no estar en casa. Hasta que el empleado se retiró, el célebre clavecinista respiró en paz. Sabía de qué se trataba. A sus oídos había llegado la noticia de un fenómeno de la música: un niño prodigio —¿de seis años, de siete años?— originario del imperio austro-húngaro, y de nombre Mozart, se presentaría en París para dar pruebas de su genialidad. Y eso a él qué le importaba. Cuando alguien le había hablado de que no había habido nada semejante en la historia de la música, él, Rameau, se había reído y exclamado a grandes dentelladas: ¡Qué le puede enseñar un niño músico de seis años a un genio compositor de 80? Malditos.

En el último año, Jean-Philippe Rameau se había mudado trece veces. El compositor vivía abrumado por sus indisposiciones nerviosas. A su paso suscitaba reacciones insospechadas. Pocos sucedidos le habían provocado un dolor de estómago tan pronunciado como aquellas líneas escritas por el polémico pensador —y músico— Jean-Jacques Rousseau. Flagelo que no sólo había sido impreso en gacetillas y pegado en las paredes, sino en las páginas de la Encyclopédie Française. Y como si esto fuera poco, para que su nerviosismo se sumiera en oleadas de acritud y amarga venganza, no había día que Rameau no leyera aquellas líneas, que a la luz del sol decían:

En cuanto a las contrafugas, dobles fugas y otras difíciles estupideces de Jean-Philippe Rameau que el oído no puede sufrir y que la razón no puede justificar, son evidentemente restos de barbarie y de mal gusto que no subsisten, como los portales de nuestras iglesias góticas, más que para vergüenza de quienes tuvieron paciencia de hacerlas.

Todas las cosas estaban en su contra, se decía. Ni siquiera cuando le suplicó a su amigo Voltaire que respondiera esa ignominia, el filósofo había rechazado la sugerencia. En asuntos de música, había dicho, me gusta lo que me gusta. No me importa de qué lugar del mundo provenga.

Su nombre, pues, había sido vituperado por una reyerta entre él y el oportunista Lully —compositor mal venido a París, que sin embargo se había colado hasta la corte, y había hecho una mancuerna prepotente con Molière. Sus ideas frescas habían contravenido las de Rameau, que se inclinaba por incorporar el ballet a la ópera.

Mientras que los adictos a la música francesa defendían la solemnidad, los italianos se inclinaban por la frescura y el desparpajo antes que cualquier otra cosa.

¿A quién se le había ocurrido quitarle esa investidura a la música y hacerla tan estúpidamente ridícula?, se preguntó Rameau mientras se ceñía su enorme peluca. A los italianos, a quiénes más. Un pueblo tan proclive al escándalo y la veleidad.

Se miró al espejo al tiempo de ceñirse la segunda peluca. Qué horror. Aun era más estrambótica que la primera.

Hasta su recámara alcanzaba a escuchar los tosidos del ujier reclamando una respuesta. Que espere más todavía, se dijo. Aunque la respuesta ya la sabía.

Lo que vio fue la imagen de un hombre demacrado pero firme, anciano pero granítico. De ahí se dirigió directamente a su espada. Sabía del prodigio que para un hombre avezado tenía el uso de esa arma; pero eso a él no lo turbaba. Los violinistas italianos le tenían tanto respeto a la espada como al violín. Estaban locos. Idiotas. Mezquinos, se repitió. Vivía una época de inmoralidad. Nunca había sido un caballero de armas. Poner en juego su vida siempre le había parecido descabellado. Los valores radicaban en su cabeza, no en los corredores de los palacios.

Él, Jean-Philippe Rameau, sabía de su poderío musical. Se le admiraba y se le respetaba, siempre y cuando la admiración y el respeto provinieran de algún allegado a la música francesa, que era la suya.

Se sentó al necessaire, y escribió en una hoja lacrada con su nombre: Su Alteza, una crisis de gota de última hora me impide asistir al concierto de este niño prodigio admirado y sublime. Le ruego disculpar mi ausencia, y besar la adiestrada mano infantil desde mi humilde persona.

Al cabo de aquellas líneas, imprimió su sello y estampó su nombre:

Jean-Philippe Rameau.

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Ensayo

Gramática urbana II/III

III

La Ciudad de México es un amasijo de nervios, y corre de aquí para allá como aquellas esferas de varas en el desierto. Millones de chilangos se apresuran en las mañanas para ir a trabajar. Todos tienen necesidades particulares, y todos y cada uno saben el mejor modo de resolverlas. Algunos por conocimiento y otros por casualidad. Pero entre esa masa informe y gelatinosa, siempre hay un individuo que llama la atención. Es el representante de ese conglomerado urbano que pisotea las ilusiones, pero que por la razón que se quiera es diferente. Un hombre que de pronto se detiene a admirar el paso de alguna mujer que para él es la encarnación de la belleza misma; un hombre que se pone de pie para cederle su asiento a un anciano arterio-esclerótico, o simple y llanamente nonagenario; un hombre que hace un alto en el camino para leer las declaraciones del político en boga, y que termina por sonreír ante las soserías del funcionario en turno. Ese hombre confía más en sus pies que en cualquier modelo automotriz. Y no porque sea un atleta consumado, sino porque le gusta contar con lo suyo. Pero tampoco es un hombre excepcional. Es un chilango que vive atento. Que se cuestiona. Es un chilango hermoso.

IV

Los adolescentes urden algo. Tienen el mundo en sus manos. La vida en un puño, y son capaces de abrirlo a la menor provocación y dejar que la vida se vaya como polvo citadino. Caminan por esta ciudad que de pronto parece abrirles las puertas, y de pronto cerrarles el paso. Son guapos, vigorosos y llenos de ideas y de imaginación. De enjundia. Miran su ciudad. Saben más de lo que muestra cualquier guía de turistas. Les revienta la disciplina familiar, y traman caminos alternos. De pronto ya están paseándose por Polanco. Allí abundan niñas hermosas. Un ligue no caería mal. Mirar y aproximarse. Mirar y desear. Mirar y decidirse. Aunque a veces la presencia de la mujer impone e intimida. ¿Si se pudiera tratar a una chica como se trata a una heroína de los video juegos? Aunque también podrían ir al cine. Sentarse cómodamente y ver una peli de las que conforman su espectro personal, o de las que tanto hablan los progenitores en sus borracheras de fines de semana. Con las manos en los bolsillos, se recargan en un árbol a dejar pasar la vida. O se apoltronan en el asiento de su automóvil a disfrutar la música y darse un jale. La ciudad tiene todo para ellos. Y ellos también para la ciudad.

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