Archive for 27 noviembre 2012


Amor

I
En ti me pierdo.
Como sólo un hombre
al que el abismo le produzca
fascinación,
puede perderse.

II
Una persona que no conozco
me pidió que le escribiera
una carta para su amor inconquistable.
Ignora su nombre,
pero está enamorado de verla pasar.
Que le hablara de su belleza,
de su candor, de su sonrisa.
Me suplicó.
Le escribí la carta pensando en ti.
Le dijo que sí.

III
De pronto te da por peinarme.
Me alisas el pelo,
entremetes tus dedos y lo peinas
como si para eso hubieras venido
al mundo.
Yo te miro y te lo agradezco.
Casi tanto como amarte,
gustarte es el único cometido
que tengo claro.
Ahí termina y principia mi vida.

IV
Apenas nos conocimos
—tres o cuatro años atrás—
me arrancaste la promesa
de que tarde o temprano te leería
poemas de amor al oído.
Aún no lo he hecho
porque sé que en ese momento
dejarás de ser mía.

V
Está escrito.
Te levantarás la falda
y otro hombre se incrustará
en ti.
Por eso cada día te amo
como si fuera el último.

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Ensayo

El arte de la melancolía

Se dice que los tristes son melancólicos, pero no siempre que los melancólicos son tristes.

La melancolía pesa como un costal de piedras que habría de llevarse de un lugar a otro a cuestas. Pero no desde que se nace.

Pobre del niño que se torna melancólico. Como una bruja de los cuentos de Perrault, la melancolía infestará sus mejores días, que son los de la fantasía y el arrobo por lo sobrenatural, o de plano por lo cotidiano vuelto sobrenatural. Sin embargo, la melancolía es una palabra fuerte, y nadie en su juicio diría de un niño taciturno: es un niño melancólico; mejor: es un niño triste, eso cuadra con todo.

En determinados seres, la melancolía va manifestándose al paso de los años. Conforme aquel hombre escudriña en sí mismo, o se percata de la indiferencia de la humanidad para con él. En esta transición hacia la melancolía, ese individuo hace de las cosas que lo rodean un amasijo de nervios. De nervios devastadores que lo aguijonean. Que lo van hundiendo en un pozo sin fondo, sin rescate posible.

No se llega a la melancolía de la noche a la mañana. Porque ser melancólico no es una meta. Salvo en el romanticismo, precisamente ser melancólico era signo inequívoco de genialidad mórbida —al punto de que también había quien actuaba como melancólico sin serlo, con tal de ser aceptado en círculos en los que reírse a carcajadas era visto como una profanación—, de que se estaba en el camino correcto hacia la inmortalidad apesadumbrada.

Para un santo, la melancolía declaraba un estado entre el dolor y la introspección, en el que se caía sin remedio —y mejor aún, si iba acompañado de un ayuno prolongado—, entre un desconsuelo y un dejarse arrastrar, como una mota de polvo. Aunque bien podría ubicarse a ese hombre más cerca del padecimiento mental que de la santidad.

La melancolía acerca entre sí a las almas desvalidas. Un hombre y una mujer asaz melancólicos, se miran, se escudriñan, atisban sus interiores más profundos sin dirigirse la palabra. Apenas han cruzado un par de miradas y con eso les basta. Saben que en ese ser que tienen enfrente —cuando van en el metro, no es difícil imaginarlos—, o a un lado —digamos en el centro de trabajo, digamos en el centro escolar—, es alguien en el cual se ven reflejados. Y que por eso mismo no podrán intercambiar palabras, por mejores que sean las intenciones.

Cantidad de gente se escuda en la melancolía para urdir y ejecutar planes aviesos. Proyectos que persiguen un fin del cual podrán obtener beneficios personales. Piénsese si no en el individuo que, bajo el manto de la melancolía, que lo hace ver desamparado a los ojos de los demás, despierta la compasión con tal de irse con la cartera abultada.

Un melancólico jamás podrá definir la melancolía.

La palabra melancolía tiene un halo trágico, y apapacha el desconsuelo aun antes de que se presente. Cuando se le dice a un hombre que es melancólico —aunque no lo sea—, le provocará cierta complacencia perversa. Se sentirá comprendido. Se sabra diferente a los demás por ese estado de aletargamiento indefinible. Más todavía si es mujer. Se acentuará las ojeras de ahí en adelante. Pero que no le digan, a ese hombre o a esa mujer, que es depresivo, porque se sentirá incómodo. Hay mucha diferencia entre venir al mundo a causar interés y causar lástima.

La melancolía es algo más que tenerle miedo a la vida, como alguna vez se pensó. Es otro modo de amar la vida.

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Ensayo

El arte de dedicar

¡Qué misterio es una dedicatoria, una entrega de símbolos!

Jorge Luis Borges

La dedicatoria es la acción y el efecto de dedicar.

Se pueden dedicar muchas cosas: un combate boxístico  (“dedico esta pelea a mi madrecita, que me está viendo”), una sinfonía (Beethoven dedicó su tercera sinfonía a Napoleón, aunque finalmente destruiría esa dedicatoria por considerar que el general había pasado de ser un héroe a un tirano), una película (como Tess, que Polanski dedicó a la memoria de la que fuera su esposa, Sharon Tate), un libro (Stefan Zweig dedicó su libro Tres maestros a Romain Rolland, y Borges Los justos a María Kodama: “De usted es este libro, María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas?).

Pero también una dedicatoria significa agregarle un peso a una persona. De todas las tribulaciones por las que tiene que pasar un hombre, en buena medida una dedicatoria contribuye a aumentar el infortunio. Qué bien estarían Jomi García Ascot y María Luisa Elío antes de que García Márquez les dedicara Cien años de soledad, y doña Clara antes de que Juan Rulfo hiciera lo propio con El llano en llamas.

Hay de dedicatorias a dedicatorias. Las más cándidas son las que figuran en las primeras páginas de las tesis: “Dedico esta tesis a mis padres Emiliano y Rosa María, que con su ejemplo me mostraron el camino del triunfo. A mis hermanos Emiliano, Rosa María y Germán, que siempre estuvieron cerca de mí, apoyándome con su ejemplo y abnegación. A mis tíos Filemón, Margarita y Amílcar, a mi padrino Fausto. A todos mis amigos que he tenido desde la primaria y  que no menciono por no herir a nadie que no incluya en la lista, bien sea por olvido u omisión. A mis maestros y compañeros de generación, que vieron en mí un futuro triunfador”.

Bien podría decirse que la dedicatoria —que no el autógrafo— es género literario (como el obituario o el epitafio). Pero sobre todo las líneas que pergeñan los escritores cuando se ven presionados. Por ejemplo, en la presentación de un libro de su autoría. Es inaudito su  afán por ser inmortales. Como si de veras cualquier palabra salida de su pluma habría de ser memorable. En efecto, el escritor se prepara. Hasta su actitud cambia cuando ve venir al lector con el libro en la mano. Permanece a la expectativa. Aquel individuo que se acerca obtendrá una firma del ungido. Observa pues que se aproxima sigilosamente, ceremoniosamente, y lo espera como un señor feudal al siervo. El supuesto lector extiende el libro delante del hombre de letras, quien lo mira como preguntándose ¿y qué querrá este pobre diablo, que lo traduzca? Por último, le pregunta su nombre, y firma: “Para Fulano, con afecto”. O más simple todavía.

Hay coleccionistas de dedicatorias. Pero no se sabe si la razón que obliga a un coleccionista es el amor a la literatura o la ambición. El amor a la literatura porque cuántas personas no atesoran como oro molido un libro de su autor favorito que lleve su firma. La ambición porque, quién no lo sabe, un libro dedicado, digamos, en una edición príncipe, vale más que uno sin dedicatoria alguna. Y eso el tiempo lo valora.

Cioran cuenta que alguna vez compró un libro usado precisamente por su dedicatoria: “Que en estos momentos difíciles la lectura de Cicerón te procure alivio”.

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Cuento

Él era todo, menos cobarde

Para Miguel Ángel Lozano

Bueno, ahora sí se va a poner como Dios manda, siquiera…”, se dijo el violinista. Coronada por mechones de canas, su cabeza era grande, aleonada, de abundante caballera peinada hacia atrás. Siguió a los demás músicos hasta la mesa de donde los habían mandado llamar. En torno de ella había más de una docena de norteamericanos, tantos que parecían estar en las ruinas de Teotihuacan y no en una cantina del centro de la ciudad de México. En apenas una mirada, pasó lista a todos y cada uno de ellos. No distinguió más que caras irrelevantes, sin expresión. Con los belfos caídos, como en una exposición de perros. Excepto por una jovencita. Hermosa, sonriente, de mirada agridulce. Y con algo de coquetería y arrojo a flor de piel. O cuando menos eso le pareció a él. Seductor incansable, toda su vida se había mantenido cerca de las mujeres. Las olía, y sabía cuándo podría llevarse una mujer a la cama. A sus casi sesenta años, la mujer le seguía pareciendo el próximo bastión que habría de caer en sus manos.

Se puso el violín al hombro y dejó que el arco frotara las cuerdas. Se trataba de un violín corriente, cuya caja parecía de plástico, adornada con vetas en negro y blanco, a manera de una piel de cebra. Pero ése no era obstáculo para que el violín sonara bien o sonara mal. Porque su afinación era buena; no, más que eso: espléndida. Desde pequeño lo había oído decir. No en balde de niño se había esmerado en sus estudios, los de violín, aquellos que le impartió su maestro, cuya memoria veneraba. Estudios que él aprendió junto con las letras de las canciones. Eso había sido ayer; ahora, ya de grande, nunca cantaba, ni menos marcaba el ritmo como lo hacían los guitarristas. Pero se sabía elemento indispensable, sobre quien pesaba una gran responsabilidad. Por eso había violinistas en cualquier conjunto que se respetara, fuera mariachi, orquesta, tango o lo que fuera. Estaba convencido de que su instrumento sonaba bonito, como “la voz de un ángel”, y que bien tocado servía lo mismo para enamorar a una mujer que para hacer retumbar las paredes con los acordes del Himno Nacional. Y si él, ahí, en la cantina, no tenía oportunidad de demostrar sus habilidades, en casa les tocaba piezas difíciles, de concierto, a sus hijos y a sus nietos; para lo cual se preparaba. Una semana le dedicaba al estudio. Regresara como regresara del trabajo, cansado y de mal humor, o como fuera, se encerraba y no había poder humano que lo sacara de la recámara. Un hombre estudiando no podía ser interrumpido, le gustaba advertir a sus familiares.

Eso sí, qué elegante se veía. De reojo, mientras hacía unas florituras para terminar las Mañanitas que habían pedido los gringos, se descubrió de cuerpo completo en el espejo de enfrente. Alcanzó a mirar las puntas doradas de las botas y los estoperoles que adornaban sus pantalones —eran veinte, cosidos por cuatro puntos, y, le habían asegurado, tallados a mano. Cada uno lucía en su centro el perfil de un bronco. Las botas, la corbata de moño, el fino cinturón y la pistola en su funda de becerro, lo hacían verse apuesto, casi joven. Como jalado por un impulso, buscó en el espejo el rostro de la gringa jovencita, y lo localizó. Como lo esperaba, lo estaba mirando a él. La tenía en las manos. Era suya. “Todas las mujeres son mías”, solía decir en su juventud. No le quitó la mirada, hasta que la chica bajó la vista.

Recordó entonces cuando se había iniciado en esto de la tocada, en Guadalajara.

Hijo y nieto de mariachi, su maestro, en cambio, había sido violinista de orquesta. Eso le había ganado el respeto de todos, haber aprendido con un violinista profesional, desde que había decidido seguir la carrera de los hombres en su familia. Pero no nada más por eso lo respetaban. Desde luego y más que por eso, por su manera de tocar. Porque le imprimía a su técnica un sabor muy suyo. Como de enamoramiento. Como de salvajismo. Según.

¿Y el sombrero? ¿Dónde estar… el sombrero? —preguntó una de las gringas, la única anciana y la más fofa de todas.

La verdad les cansaba el sombrero. A todos. Él siempre lo había dicho. No sólo era demasiado pesado y le impedía mover la cabeza libremente de un lado a otro, sino que la nuca le sudaba a torrentes… y eso no lo pagaban los gringos; ni los románticos, los pocos que sobrevivían y que les llevaban gallo a sus amadas. Ya no quedaban, pero de vez en cuando alguno que otro, con unos cuantos tragos encima y un poco de lágrimas o un mucho de alegría, se animaba.

Los gringos se habían unido al canto, y en su pésimo español se esforzaban por imitar al vocalista. En situaciones semejantes, prefería que su violín descansara. No valía la pena tocar su instrumento más allá de lo necesario. Esta vez era suficiente con hacerlo sonar apenas —para qué sacarle jugo, se dijo, si éstos no entienden nada. Bastaba con tener un poco de paciencia y sacar fuerzas de flaqueza.

Llevaba ahí cerca de diez horas. El cuerpo le pesaba como si fuera de plomo. Sus piernas no resistían más. Otro poco, entonces, no significaba gran sacrificio. Sea como fuere, tenía que llevar dinero a casa. Se lo estaban urgiendo. Y debía ahorrar para comprarse otras botas; qué se le iba a hacer: las suyas parecían, si se las veía por abajo, queso gruyere. Se talló los ojos, bostezó abriendo la boca como el gran rey de la selva, se paró en firme y se dispuso a seguir tocando medianamente. Pero en ese momento se percató, una vez más, de que aquella gringa lo miraba. Pero ahora se veía embelesada. Su hombría habló por él: le había gustado a esa mujer. Y él era todo, menos cobarde. Así que se sonrió con la gringuita —¿cuántos años tendría: veinticinco, veintiocho?, imposible saberlo— y decidió tocar como nunca lo había hecho. Tocar para ella. Desesperadamente. Intensamente. Todos los demás, todo lo que lo rodeaba, cantina y gentes, podía desaparecer. De hecho, ya había desaparecido. Tocaría para ella con todo el garbo del mundo. Como un grande. Como el más grande.

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Cuento

Bajo el agua

No hace mucho, me invitaron a la presentación de un libro —“de la novela más ingeniosa de los últimos tiempos”, decía la publicidad que me llegó vía Internet. Confieso que en mi condición de enfermero no soy afecto a ir a presentación alguna, concierto, exposición ni nada que se le parezca. Pero esta vez la situación era diferente porque justo un paciente era el autor de la dichosa novela. Se había establecido un click entre él y yo, y cuando dejó el hospital me preguntó si tenía correo electrónico, se lo di —que su esposa apuntó con letra grande y de imprenta en una bolsa de papal estrasa—, y hete aquí que en un par de semanas me llegó el anuncio.

Fui a la presentación y me pareció lo más aburrido del mundo. Si la novela era tan ingeniosa, por qué los presentadores tenían que ser tan monótonos, me preguntaba yo, ¿o así serían todas las presentaciones? Tal vez.

Estaba a punto de ponerme de pie y marcharme cuando mis ojos se detuvieron en los ojos de una mujer que estaba sentada a un par de lugares, y que de casualidad se volvió a mirarme. Era evidente que venía sola.

Todo lo que para mí era aburrido, a ella parecía llamarle inmensamente la atención. ¿O no demostraba eso su cabeza que iba de un lado a otro, para no quitarle la mirada a quien en ese momento tuviera la palabra?, ¿o no delataban ese interés sus piernas, que las cruzaba de izquierda a derecha y a la inversa, con tal de tener una posición más cómoda?

En la misma medida sus facciones, su piel, su sedoso y brillante pelo me atrajo. Yo tengo 27 años —cinco de casado— y ella andaría por los 40 o los 45. No sé, siempre he sido malísimo para calcular edades. Pero de inmediato sentí el jalón de la carne —que fue exactamente lo que sentí cuando conocí a mi mujer, y que es exactamente lo que ha hecho que ella sea el monstruo de los celos personificado.

Decidí pues esperarme a que la presentación terminara y acercarme a la cuarentona. De vez en cuando un poco de adrenalina no está mal. Cada vez la veía más atractiva y deseable. Ella se percató de mi nerviosismo, se sonrió conmigo y me dirigió la palabra. Me preguntó si ya había leído la novela y le respondí que no —iba a responderle que en la vida había leído ni una sola, pero temí decepcionarla. Y enseguida investigó si el novelista era mi amigo. Claro que sí, hemos estado juntos en las buenas y en las malas. Oh, qué maravilla, ¿me contarías acerca de él?, estoy tomando un diplomado de literatura mexicana y me encantaría incluirlo. Por supuesto, yo la llamo, dije, extendí la palma de mis manos y escribí los números. Qué romántico, dijo ella, tenía siglos que no veía a nadie escribir en su propia piel.

Entonces la conversación comenzó a fluir. No soy casado, respondí. Y dije, muy quitado de la pena, que era subdirector de una clínica que se ubicaba en Polanco, en la esquina de Eugenio Sue y Ejército Nacional. Cuando me preguntó mi especialidad le dije que era ginecólogo, y que lo que yo perseguía era una suerte de misión imposible: atender a mujeres carentes de recursos que estuvieran embarazadas, que las había por miles en los cinturones de miseria de la ciudad de México. Qué maravilla, dijo, y entornó los ojos.

Pronto sirvieron el vino. Distinguí a lo lejos a la esposa del novelista. Ella también me vio, y a las claras me dio la espalda. Claro, mi profesión de enfermero seguramente no representaba para ella ningún atractivo. Yo tampoco insistí en mirarla. Al contrario, mejor que siguiera su vida y yo la mía. Lo único que me preocupaba era que mi acompañante tuviera su copa llena. Ser enfermero me permitía saber de las enfermedades. A simple vista identificaba a quien entraba con el coma diabético a punto de atacarlo, o con el infarto en puerta, o al que estaba a unos centímetros de la congestión alcohólica. Pero con la misma facilidad —cinco años de enfermero titulado y en activo me autorizaban— sabía las propensiones de cada quien. Y la mujer que estaba a mi lado —de nombre Alicia— no podía disimular su simpatía por el alcohol; ni creo que le hubiera interesado hacerlo.

Salí con el ánimo hasta arriba. Llegué a casa y mi esposa aún se encontraba despierta. Cuando me oyó salió a recibirme con la mejor cara. Te hice tu costilla a la mexicana, dijo. Quítate la chamarra y ve a lavarte las manos. Quiero que me cuentes todo, detalle por detalle.

Me miré al espejo mientras el agua escurría del grifo. ¿Ése era yo? ¿Un cobarde que pondría aquel teléfono bajo el chorro con tal de que su mujer no lo notara? Sí, ése era yo. Un antihéroe.

Los números finalmente habían desaparecido.

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Varia

Que se jodan

1) Echo a andar un taller de creación literaria en la Santa Solita, una pulquería del centro de Tlalpan. ¿Cómo se va a llamar?, me preguntan. Y la respuesta surge inclemente: “Alfredo Bryce Echenique”. Es una buena oportunidad de ponerme a mano con los románticamente llamados amantes de lo ajeno. De agradecerles su ejemplo.

2) Siempre he admirado a los rateros. Han ejercido una suerte de fascinación en mí. Tienen algo superior, que los hace inmortales. Yo de pequeño solía robar dinero de la cartera de mi abuelo. Cuando lo hacía me sobrevenía una erección incontenible. Pero en mi caso creo que lo hacía por venganza.

3) Un ratero tiene algo que lo hace heroico, y es esa capacidad de apropiarse de lo que no es suyo. Crear armonías disonantes, como lo hizo Mozart. Pero hay que reconocer que exige más temple meter la mano en la bolsa de una mujer y extraer la cartera en un transporte público, que publicar como personales textos de otro autor.

4) Bienvenidos los escritores que plagian, porque de ellos será el reino de los premios literarios.

5) Hace poco presenté el libro del poeta Argel Corpus. Él mencionó que el maleante don Alfredo Ríos Galeana le había inspirado una serie de los poemas de su libro. Yo creo que el ratero Bryce Echenique ya rebasó a aquel sanguinario de buena cuña. Porque los señores que escriben en las secciones culturales ya repararon en él. Es un ídolo. Todos los días aparecen artículos, comentarios, editoriales acerca de su actuación. Y no es común que los extremos se toquen. Allí está el pillo. Dichosa la rata que se escabulle de una habitación a otra.

6) Plagiar tiene algo de morbo y de genialidad. Descubrir el plagio, nomás de morbo.

7) Un mundo para Julius, del aludido Bryce, está entre mis libros de cabecera. Y ahí permanecerá hasta el día de mi muerte. Algo tuvo que haber acaecido para que este enorme novelista se quedara sin frenos. A lo mejor de chiquito era ratero como yo.

8) Es difícil creer en el acto del plagio cuando el arte pertenecía a la comunidad y el artista no inscribía su nombre en el vitral, en los poemas provenzales, en aquellas canciones que los trovadores llevaban de una población a otra como aves cantoras.

9) Los músicos llaman a las cosas por su nombre. Por ejemplo, inventaron el término variación. Así, utilizan la melodía de otro autor y a partir de ahí construyen una montaña. Con una mano en la cintura plagian aquella melodía que los subyuga, le dan un nuevo formato y aquella obra ve la luz en medio no de la indignación sino de la honra. En efecto, para un compositor equis es motivo de nobleza que otro lo plagie.

10) Paganini crecía no sólo por su técnica de prodigio y maravilla, no sólo por sus Caprichos y sus conciertos que se desparramaban de unos oídos a otros y se iban apropiando de la humanidad culta; Paganini crecía en la medida que otros compositores se adueñaban de sus melodías —no bastaba con inspirarse— y divulgaban la misma pieza, con todos los elementos que la identificaban, que la caracterizaban, pero simple y llanamente le daban un acabado diferente.

11) Para seguir con el ejemplo de Paganini, Brahms compuso sus Variaciones sobre un tema de Paganini para piano y orquesta, desde luego basado en uno de esos temas paganinianos levantamuertos. Y Rachmaninov hizo lo propio. Es celebérrima y endiabladamente difícil su Rapsodia para piano y orquesta sobre un tema de Paganini. Aún más radical Liszt, tomó la Campanella del primer concierto para violín de Paganini y la transcribió para piano. Schumann no se quedó atrás. Son cotizadísimos sus Estudios sobre los Caprichos de Paganini, y sus Estudios de concierto sobre los Caprichos de Paganini. Y cuando menos hay una docena de más casos. Lo cual, vale la pena insistir, no provocaba un mal rato en el ánimo de Paganini sino un bienestar que se reflejaba en su semblante por donde pasaba. Pero no era nada más el sentir del eminente violinista, sino el general. Los músicos siempre se han saludado de esa manera. Se han pasado de unos a otros la estafeta de la admiración. De pronto indicando la fuente y de pronto no. Y nadie se enoja. Por ejemplo, el cuarto movimiento (Allegro ma non troppo) de la sonata para violín y piano No. 5 en fa mayor La Primavera Op. 24 de Beethoven, está basado en un tema de Mozart (aria de Vitellia Non più di fiori de la ópera La clemencia de Tito). Beethoven era muy dado a estos plagios, y no precisamente por que le faltara inspiración.

12) Sea por Dios, por una vez honremos a las ratas.

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Poesía

Nuestros lugares

Tú no lo sabes.
Pero al día siguiente
regreso al sitio donde estuve contigo.
Desayuno en el mismo restaurante.
Procuro sentarme en la misma mesa.
Recuerdo entonces tu sonrisa.
Algunas palabras que dijiste
y que mi corazón capturó.
Extiendo mi mano y te toco.
Te huelo. Me impregno de tu olor.
Salgo del restaurante con el sol
indicándome el camino.
Sigo los mismos pasos.

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