Archive for 28 diciembre 2012


Aforismos

Aforismos infernales

1) En la soledad de tu casa, con el perro al lado y los hijos jugando a tus espaldas, el tiempo que la evoques no lo malgastes en escribir palabras que no van a ninguna parte. Por más sinceras que te suenen. Porque quieras hacer una aclaración. Porque te imaginas que es hora de cruzar confidencias, promesas. Porque sientas que las palabras tienen prioridad sobre los vulgares sentimientos. Por lo que sea. Esas palabras son las que más hieren. Si quieres que te hieran a ti, allá tú. Estás en tu derecho. Pero no se las muestres. Te arrepentirás toda tu vida. Siempre será preferible el peor de los poemas

2) Sé trivial. Déjate seducir por la trivialidad. En el amor, la trivialidad va un paso delante de la sabiduría.

3) Nunca adivines lo que va a decir; puedes atinarle.

4) No enloquezcas cuando mire a otro; es la penitencia que estás pagando por un pecado que cometiste. Recuerda. Recuerda.

5) Aunque sea de vez en cuando, procura mirar sus ojos cuando la ames. Ahí radica el deseo, no más abajo.

6) El agua suple a la inteligencia. Dale a beber agua de tus labios.

7) Absorbe su aliento, fuente de vida. Llévatelo para prolongar un par de minutos el momento de tu muerte.

8) No le hables de tu muerte; excepto cuando sus ojos descubran a otro hombre.

9) No es la única mujer en la tierra; ni la última; pero para ti sí.

10) ¿Ya escribiste tu nombre en su piel? Y ni eso te garantiza nada.

11) Cuando no puedas más, cuando quedes exhausto, cuando te des por vencido sé un sacerdote: léele poemas al oído. Te recuperarás.

12) Cuando sientas que la ira te acomete, acaricia su lóbulo izquierdo; es prolongación de su corazón.

13) Halágala siempre. No te detengas. De todas las formas posibles. Es lo único digno que puedes hacer. Si tira tus obsequios, vas por buen camino.

14) Comparte con ella tus secretos espirituales; los de la carne le pertenecen al vulgo.

15) Que en tu corazón circule la paz luego de amarla. Nada debe perturbar la sensatez.

16) Mientras escribes estas líneas, está con otro.

17) Contén el búfalo de tu franqueza.

18) Mete el dedo en su boca y extráelo impregnado de saliva. Es el dedo de Dios.

19) Mírala y piensa; piensa y mírala. No la toques si no has resuelto el dilema.

20) Hurga en sus axilas. Huélelas. No hubo antes ni habrá después. La música es axial. El eje. El ritmo. El fundamento. La axila.

21) Coloca su mano derecha en tu pene. Y emite una plegaria de agradecimiento. Hay cosas que en este mundo van de la mano.

22) Ocasionalmente, muy ocasionalmente, déjala con la palabra en la boca. Alguien tiene que recordarle que es mortal.

23) Ve en ella a la mujer más fea del universo. Pídele una explicación a la poesía.

24) La ingratitud aguarda. Colócasela a modo de diadema. Aún se verá más hermosa.

25) No escuches sus pasos aproximarse. Corres el riesgo de despreciar a Brahms.

26) Cuando enfrente de ti se desnude ante el espejo, imagínate que no lo ha hecho para nadie más; aunque no puedas responder qué ocurrirá al día siguiente, ni qué aconteció cinco minutos antes de que llegaras.

27) Dedícale una novela; lo más probable es que la desaire, pero tendrás pretexto para dirigirle la palabra.

28) Despierta su piedad. Escríbele cartas como si fueras corresponsal de guerra, y ella el periódico receptor. Vigila que cada carta sea más angustiante y desesperada. Hasta el límite del suicidio.

29) Dale motivos para que te deje. Si falla uno busca otro. Porque tú nunca lo harás. Por los siglos de los siglos.

30) Delante de ella es delante de la única mujer que no puedes ser como eres.

31) Espíala. Un día completo. Excúsate porque no podrás pasar a verla. Pégate a sus espaldas como su propia sombra. Vigila todos sus pasos. No pierdas detalle. Si de pronto no alcanzas a ver la expresión de sus ojos, guíate por el lenguaje de su cuerpo. Ahí está todo. Síguela. Anota si es necesario. Dónde entró. Dónde se detuvo. Pero si temes que habrás de confirmar lo que tanto sospechas, mejor ni lo intentes. Sigue de largo y búscate una mujer como tú: pusilánime.

32) Chopin no es nada más uno de los más grandes compositores de todos los tiempos. Chopin es un enlace amoroso. Hazla enojar para comprobarlo. En el momento climático, llámala por otro nombre. Cuando sus ojos pergeñen una lágrima, levántate y pon Chopin. Te amará con doble denuedo.

33) Heráclito ya puntualizó que nadie se baña dos veces en el mismo río. Cambia la palabra río por mujer, y sigue su ejemplo.

34) Donde hay mujeres hay conflicto. Donde hay conflicto hay vida. Donde hay vida hay literatura —la música está por encima de estas niñerías.

Anuncios

Read Full Post »


Novela

Desgajar la belleza
Primera Parte
Capítulo Tres

Me atrae este tipo de mujeres, a cuyo alrededor gravita el talento. Dijiste mientras veías atentamente la imagen de Klara Schumann. Es una ilustración célebre. Klara está sentada al piano y Robert se encuentra de pie, a su lado. Constituían un matrimonio respetado —y reprobado por los mojigatos, que nunca faltan—. Aunque tuvieron que superar muchas dificultades para estar juntos. Como la oposición del padre de Klara, excelente maestro de piano pero un hombre porfiado y torpe, enceguecido por el amor que le tenía a su hija. Y por el dinero que significaba tener una hija prodigio. Pues en el diario que llevaron juntos Robert y Klara —¿te gustaría que tú y yo lleváramos un diario así?; escribiríamos ahí nuestras experiencias, nuestros deseos, nuestras satisfacciones. Naturalmente habríamos de ser muy cuidadosos para que ni tu marido ni mi esposa lo descubrieran. El que se quedara con el cuaderno correría un gran riesgo. Porque desde la primera página el amor habría de ser el protagonista. Sería un diario en común de nuestros encuentros. Me gusta la idea. Piénsalo—. Digo que en el diario de Robert y Klara está implícita toda esa carrera de sufrimiento que los había llevado a amarse y no poder estar el uno sin el otro. También están los celos. Mira que si no. Como Robert estaba impedido de tocar el piano (un aparato que él mismo inventó lo lastimó para siempre) no tenía más remedio que quedarse sentado mientras Klara tocaba Schubert a cuatro manos con Mendelssohn. Con el generosísimo e infausto Mendelssohn; el hombre que se propuso rescatar la obra de Bach, así fuera —como lo fue— contra viento y marea. ¿Te imaginas haber estado ahí, en esas tertulias, en la casa del matrimonio Schumann, con los señores Mendelssohn, Joachim, Brahms? Tú y yo habríamos sido bienvenidos. Tú por tu belleza y pasión por Bach (todos y cada uno de ellos se habría enamorado de ti); yo, por amarte. Pues los celos hacían preso del maestro Robert luego de esas reuniones. Aunque sutilmente, así lo deja entrever en el diario. Con Brahms ya no alcanzó a sentirlo. Y ahí sí habría habido motivo, pues la profunda impresión que cada uno tenía del otro —Brahms de Klara y Klara de Brahms— no era otra cosa más que amor sublimado. Así que los dos artistas cimeros del romanticismo trágico alemán, Robert Schumann y Johannes Brahms, amaron a la misma mujer. Hasta la locura. Quién sabe qué habría opinado Schumann de no haber perdido la razón. ¿Qué tienen esas mujeres que provocan pasiones semejantes?, le diste un sorbo a tu copa y lo depositaste en mis labios. Sabe mejor el vino así, ¿no crees?, aventuraste. Y seguramente esas mujeres de las que hablamos lo sabían. Pero. Todas ellas, o cuando menos las que por ahora nos interesan, amaron a sus hombres al mismo tiempo. Cuando menos a dos hombres. Y algunas significaron un lazo poderosísimo entre esos dos hombres extraordinarios. Como Bettina Bretano, que amó a Beethoven y a Goethe y no descansó hasta que los reunió. ¿Nos amamos ahora mismo?, me interrumpiste y te seguí hasta la recámara. Llevabas puesta la tanga roja y los tacones negros. Nada más. No sabes cómo aprecio, en lo más profundo de mi ser, que no tengas esos prejuicios ridículos de algunas mujeres de no usar determinada ropa. De no calzarse determinados zapatos. De no lucir determinada lencería. Uno qué culpa tiene. Pon música, sugeriste. Quién sabe qué mecanismos se accionan en la cabeza cuando se selecciona la música que habrá de escucharse. Te detienes delante de los compactos y paseas tu mirada hacia un lado y hacia el otro. Sin decidirte. ¿Qué quieres oír? ¡El cuarteto para piano de Schumann!, respondiste sin titubear. Desde la cama. Tenías que escoger esa, que es precisamente una de las obras de cámara cumbre del camarada Schumann, y que además estuvo —¿está?— injustamente relegada por su quinteto. Algo me pasa cuando escucho este cuarteto porque los ojos se me inundan de lágrimas. Algo se quiebra y me obliga a llorar. Como ayer, cuando en la cruda lloré como un niño porque nunca podré tener un hijo tuyo. Cómo pude ser tan imbécil de hacerme la vasectomía. Esa sensación maravillosa de tener un hijo no podré sentirla jamás contigo. Pero volvamos con Schumann. Desde los primeros acordes del cuarteto, qué excelsa e intensa música. Escucharla y que el espíritu se impregne del ardor schumanniano es una sola y misma cosa. De su dolor. De la pasión con la que acometía cada obra suya. Precisamente este cuarteto para piano y cuerdas constituyó para Schumann su vuelta a la vida, pues un poco antes había atravesado acaso uno de los periodos más críticos, cuando con máximo desplante la locura parecía desplegar sus negras alas. Se manifestaba de muchos modos. La locura. Por ejemplo, Schumann invitaba a su mesa a los ilustres Bach, Schubert, Beethoven, que ya ni siquiera eran banquete de gusanos. Les decía a sus hijos saluden a Bach, qué esperan. Y a su esposa le indicaba que tocara alguna fuga del maestro de Eisenach. Todo mundo lo obedecía para no provocar su ira. O su pesadumbre. Al final de su vida, en la putridez del manicomio, Schumann le pidió perdón a Klara por haber fallado. ¿Fallado en qué…? Sin encontrar la respuesta, Klara comentó en su diario este desasosiego que había avivado el sufrimiento de su esposo.

No sé a quién amo más, te preguntaste en voz alta, si a Brahms o a Schumann. Comprendo tu desazón. Brahms mismo la sufrió. Estar enamorado de la mujer de su protector, su ángel guardián, el hombre que depositó en él la confianza y el amor por la música, estar enamorado de la esposa de ese hombre no habrá sido cosa fácil. Tal vez por eso en el corazón de Brahms se abrigaba una tácita competencia: si Schumann había compuesto cuatro sinfonías, él compondría cuatro; si Schumann había compuesto un concierto para violín, él emprendería uno; si Schumann había acometido un quinteto y tres cuartetos de cuerda, él haría lo mismo. Y lo hizo. Que Klara decidiera con quién quedarse. Si con un hombre de carne y hueso que, además, en música le daba lo mismo que su marido, o aún más, o con el recuerdo de su esposo genial. ¿Tú que habrías hecho? No me lo digas.

Read Full Post »


Varia

Fin del mundo

1) Por fin. Esto se acabó. Pero no. El mundo sigue igual de absurdo e injusto. Y en la misma medida de noble y hermoso. Como sea, el 21 me preparé.

2) Simplemente escribí unas cuantas líneas —que transcribo a continuación—, me dispuse a escuchar música, y me serví un Alacrán —mezcal de culto. Y al momento en que el primer trago resbalaba por mi garganta, la música se filtró por mis oídos. A veces me pregunto cuántas veces ha acontecido esto. La música ha besado mis oídos más allá de lo que ha hecho cualquier mujer. La música ha sido mi cómplice, mi interlocutora, ha estado conmigo en las buenas y en las malas. En los instantes de máximo dolor, y de introspección sublime. O de llana incertidumbre. La música ha sido todo en mi vida. Más allá de cualquier amor. Ojalá me hubiera encontrado una mujer que fuera como la música. Hubo una que estuvo cerca. Me daba todo. Hacíamos el amor como dos locos. Oíamos música como desequilibrados. Me golpeaba y la golpeaba. En la cama, en la calle, donde fuera. Hasta que se quiso apropiar de mí. Cada vez me exigió más. Más y más. Terminamos mandándonos al infierno. De donde nunca debimos salir. Mis amigos que la conocieron se enamoraron de ella.

3) Empiezo con Schubert. Cada vez estoy más enamorado de él. Es el príncipe de la melodía. Por encima de todos. De Beethoven mismo —a quien más lo inquietaban las estructuras que las melodías. O de cualquier gran melodista, llámese Armando Manzanero o Agustín Lara. Schubert sale airoso de cualquier prueba de fuego. Basta con escuchar los primeros compases de cualquier pieza; estoy hablando en serio. Arranco con su sonata en si bemol mayor para cuatro manos. Beethoven dijo de Schubert cuando tuvo delante de sí esta música: “Éste tiene la chispa divina”.

4) Para mí la música va seguida inmediatamente de la amistad. Prefiero la amistad de un hombre que el amor de una mujer. La amistad es exclusiva de machos. Las mujeres no entienden el sentido místico de la amistad. Es de cándidos pensar en la estabilidad de un amor, es decir en la apacibilidad de la condición femenina. No hay modo de extraer la sabiduría de la mujer; excepto cuando es niña, cuando aún no ve a los hombres como ejemplares porcinos. La mujer se apropia de la voluntad de un hombre. Lo domestica a cambio de la manipulación del deseo. El hombre está en sus manos. Y zafarse es demencial. Hay que huir de las  mujeres si se quiere conservar la dignidad. Porque precisamente la mujer se encarga de alimentarse de la dignidad de un hombre. No da su cuerpo a cambio de nada. Se acuesta y abre las piernas pero el penetrado es el varón. No se percata de que su ser se ha podrido por el veneno de la mujer. Podrido para siempre. Excepto si abandona a esa mujer, que no podrá hacerlo. Y máxime si es bella y ama rico.

5) El mezcal me incendia.

6) Me veo caminando por mis calles favoritas. San Juan de Letrán, Madero, Bolívar, Cinco de Mayo, Isabel La Católica. Me veo caminando hacia ningún punto. Ése soy yo. Un individuo solitario. Reconozco que tengo muchos amigos —alguna vez publiqué un libro de sonetos sobre mis amigos—, pero mi estado ideal es la soledad. Malo cuando se marca el teléfono de una mujer. Allí comienzan los problemas. Porque por marcar ese número se deja de marcar otro.

7) Nada importa que ames a una mujer o no. Lo que de verdad importa es que esa mujer haga realidad tus fantasías. Cuando eso acontece da igual si se mandan al diablo. O no. Que como sea, en el infierno habrán de encontrarse.

8) Los hombres duros triplicamos la propina. Algo que jamás entienden los blanditos, estilo damas hermosas y celestes —y weyes que las acompañan.

9) Entre más hermosa es una mujer, más se celebra separarse de ella.

10) Separarse de una mujer es un motivo de celebración, que no todos los hombres comprenden. Hay quien se lamenta (porque en el fondo de su corazón le gustaba aquella dama), hay quien se muestra especialmente constreñido (porque en el fondo de su corazón aquella chica lo inquietaba al punto de la masturbación), hay quien decide mandar todo al diablo, incluido al amigo (porque en el fondo de su corazón aquella mujer era el nacimiento y la muerte del amor). Y tú, ¿a cuál de estos rangos perteneces? ¿O vas a decir que no te gusta la mujer de tu amigo? Seguro que sí.

11) El único hombre que me puede sacar de este embrollo es Franz Peter Schubert.

12) Cambio el mezcal por un calvados Busnel, que me trajo una dama de París —de ahí es ella y de ahí lo trajo. Apenas alcanzo a pergeñar estas líneas. Y no he dicho ni la centésima parte de lo que quería decir.

Read Full Post »


Ensayo

La práctica de la inspiración

La inspiración puede surgir en cualquier momento. Puedes estar recargado en el marco de una puerta, en un poste, en un árbol. Puedes ir en la retaguardia de una marcha, estar comiendo en la fonda de la esquina, orando en un templo o escuchando música de cámara.

La inspiración es espontánea. Surge independientemente de la voluntad de quien, sin querer, la convoca. No depende de ningún conjuro para atraerla. De ninguna magia. Los artistas del siglo XIX ─y algunos del XX, y algunos del XXI─, pensaban que no había forma de eludirla bajo la férula del hachís. O del ajenjo. O de cualquier medio de acuerdo con la cartera y las amistades.

Hay quien no puede trabajar sin la inspiración de una mujer. Lo que sí está claro es que sin la mujer no existirían los sonetos de Petrarca, ni los poemas de Salvador Díaz Mirón, ni de López Velarde, ni de…

La inspiración es confiable; el resultado no, pero la inspiración sí. Cuando sobreviene, se desparrama por el cuerpo a través de las terminales nerviosas. Aquel hombre se siente imbuido de una fuerza vigorosa. Nada que acontezca en torno puede hacerlo desistir. En esos instantes está acometido de una lucha sobrehumana que acaece en su interior, y habrá de darle salida. Porque unas fuerzas luchan contra otras por darle cauce a esta inspiración. Es como cuando se contempla la superficie del mar, que todo parece quietud y paz; pero en el fondo hay una lucha a muerte por sobrevivir.

La inspiración nace en contra de algo.

La inspiración es confiable porque no engaña. Aparece ante los ojos como un poliedro que tiene las líneas de un poema, o los compases de una sinfonía. Hay que permanecer atentos al cuerno de caza de la inspiración. Y actuar bajo su égida. Se requiere de fuerza de voluntad para aceptarlo y ponerse manos a la obra.

Atrás de la inspiración siempre hay un resultado ─aun si no se la escucha, ese resultado se llama pusilanimidad.

La inspiración bien recuerda la urdimbre de una alfombra. En efecto, aun la alfombra más compleja y vasta, principió siendo el extremo de un hilo. Así principia la inspiración, como aquel hilo cuyo destino se antevé pero en la misma medida se ignora. Si es que cristaliza, pues el camino se encuentra colmado de accidentes, vicisitudes, trampas.

La inspiración es frágil. Su nervio radica en su calidad de volátil. Porque cuando se manifiesta no es nada. Nadie sabe en qué devendrá. Ni siquiera el propio asaltado por la idea. Que puede decirse: “Se me está ocurriendo un cuadro”. Y en su cabeza se lo puede representar, pero hasta que no esté concluido no verá las consecuencias de aquel arrebato.

“No confío en la inspiración, confío en el trabajo ─o: la mesa de trabajo es la única inspiración en la que creo”, dijo Valery. Pero para haber dicho eso tuvo que haberse asido de la inspiración.

La inspiración es el mejor camino para eludir el compromiso. Amparados en que no se presenta, en que es inatrapable o esquiva, cantidad de poetas, pintores, novelistas, se pasan la vida esperando el momento cumbre. Y hasta ahí. Esperando que la inspiración llame a su puerta. O les diga trépate en forma de nube.

La inspiración da el primer paso. Allí está, a unos milímetros cúbicos ─¿en qué unidad se mide el espíritu? La tarea del artista consiste en seguir el impulso. Que no es divino, ni es mágico. Es químico. Es una sinapsis que se produce en el campo minado de la experiencia. O en la memoria genética, antes que en el reino de la obscuridad. O la luminosidad.

Read Full Post »


Ensayo

El oficio de la nostalgia

La ausencia y la pérdida están íntimamente ligadas a la nostalgia. La ausencia del ser amado, del lugar de origen, de la patria —aunque no se haya nacido ahí.

Nostalgia y tristeza son sinónimos en el espíritu. Aunque en sentido estricto no signifiquen lo mismo. Pero así como no es posible que el nostálgico esté alegre, menos puede esperarse que el triste sude optimismo.

La nostalgia entona el alma y embellece el rostro. Cuando una mujer peca de nostálgica va dejando un vaho de desconsuelo por donde pasa, y entonces dan ganas de aproximarse. De decirle palabras dulces al oído. De compartir con ella su dolor. Que puede ser escaso o cuantioso, eso no importa. Aquella dama intuirá en ese varón un gesto que con mucho rebasa la caballerosidad.

La nostalgia estropea los mejores momentos, que son los momentos que no acontecerán jamás. Es decir, son insuperables porque simple y llanamente no acaecen. El nostálgico se pierde de esos instantes. Pero tiene otros. Que él no cambiaría por nada. Son aquellos tramos de máximo desgarramiento. De un ajuste de cuentas consigo mismo. Porque no hay hombre atravesado por la nostalgia que no sienta en carne propia el peso rotundo del error, de la equivocación. Si se mira a sí mismo sin complacencias, se repite en un momento de la jornada cotidiana: Estoy haciendo mal. Voy por mal camino con este costal de abatimiento a cuestas. Que cada vez me encorva más. Cómo quisiera dar marcha atrás. Dónde di la vuelta equivocada.

Cualquier suceso que provoque el conocimiento de uno mismo es bienvenido. Y, quién no lo sabe, la factura se paga tarde o temprano. Porque la nostalgia despide un tufo que recibe el nombre de desolación, y que causa el alejamiento de la gente. El hombre atorado en la nostalgia se queda solo. Y peor aún la mujer. Porque la nostalgia va en contra de la naturaleza femenina. Por la simple razón de que la mujer contiene la vida, y su misión es impulsarla, no detenerla; estimularla, no paralizarla.

El alma nostálgica le pone peros a todo.

Paradójicamente su felicidad está anclada en el pasado, y al pasado no hay modo de regresar. El nostálgico desconfía de todo lo que huela a nuevo. Rehúye de lo novedoso, la sola palabra le produce un vuelco en el estómago.

A nadie como al hombre imbuido de nostalgia le viene mejor aquella frase de que todo tiempo pasado fue mejor. Y ni siquiera lo reflexiona. No está en sus manos. Su oído nada más registra dos palabras: pasado y mejor. El resto lo articula como un jugador de billar articula sus jugadas, de una sola vista.

El hombre que pierde un amor y sigue sumido en la nostalgia, se cierra las mejores opciones.

La nostalgia convoca a un examen de introspección.

La parte más bella de la nostalgia consiste en que remite a estimar el mundo del ayer. Porque un sentimiento conduce a otro. Y algo en el fondo del corazón de todo individuo persuadido de hiperestesia, le dice que hay algo de valioso e inobjetable en la nostalgia. Mirar con ojos melancólicos las manifestaciones artísticas que preceden a los tiempos actuales, tiende un puente emocional. Y entonces las cosas se entienden mejor. Aquella catedral gótica se manifestará en su belleza más oscura; aquella sinfonía de Chaikovski se escuchará con oídos empolvados; aquel poema de Baudelaire se leerá con los ojos imbuidos de perversión.

Si a los niños se les enseñara a amar a su patria a través de los ojos de la nostalgia, habría más tolerancia.

Read Full Post »


Varia

Escritos en los libros

1) Bebo y escribo. Escribo y bebo. Estoy perdiendo el control. Trabajar en casa es lo peor que me pudo haber pasado. A las 10 de la mañana ya estoy jarra. Todo tiene entonces el color de la acrimonia. Las cosas se me revelan bajo el manto del conflicto. Y donde hay conflicto hay literatura. Busco en los libros líneas escritas por mí en la soledad de una mesa de 90 x 90. Porque el bebedor de cantina necesita de un interlocutor. Y a veces la palabra cumple ese cometido. Localizo montones de cosas. Como las que siguen.

2) Ningún concepto más caduco hoy día que el de la virginidad. Antigua trinchera del machismo, pensar en la virginidad obliga a teclear el reward cerebral. Nadie le da importancia a ser virgen; menos las mujeres. Apenas ayer considerado un privilegio que atesoraban las mujeres, hoy día no lo estiman como un bien sino como un estorbo. La virginidad aleja a los hombres. Antiguamente, las madres les hablaban a las hijas de ese bastión que deberían conservar a salvo de las manos masculinas. Es lo más valioso que posees, el símbolo de tu pureza, y así debes de conservarlo. Mientras seas pura, los hombres te respetarán. Y te considerarán para desposarte.

3) Las ideas vienen a mi cabeza en tropel. Como un torrente hediondo. Como un incendio. El gran caballero Robert Louis Stevenson alguna vez le prendió fuego a un bosque. Lo animaba una curiosidad científica. Cuando el desastre fue incontenible, salió huyendo a la máxima velocidad que le daban sus piernas. Se encontraba en Estados Unidos, en el inclemente estado de Virginia. Entiendo su fascinación. Por algo las llamas recuerdan al infierno.

4) Honor: una palabra que con seguridad ya no existe ni en los diccionarios. Antigua bandera de la hombría, el varón sentíase mancillado cuando su honor era pisoteado. Concepto inoculado de una autoestima sobrevalorada, es de los equívocos más pantanosos, en los cuales se cae ridícula y fácilmente. Quien siente que su honor ha sido humillado, no tiene más que mirarse al espejo y preguntarse si con esa cara puede defender algo. Como sea, alguien menos pedante se aproximará y le dirá que no hubo tal ignominia, que lo que él considera su honor en realidad no es más que un malentendido. Que más bien le hicieron un favor. Que a fin de cuentas, entre menos honor se tenga más libre se es. Que el honor lo único que arroja es pesadumbre e ira sobre la cabeza del usuario.

5) Hubo una época en que se decían axiomas que entraban por los oídos del niño, y que ahí permanecían hasta que aquel niño se convertía en un anciano decrépito. Y moría. Cuando menos había dos de estos axiomas que tornábanse ponzoñosos. El primero decía que una cáscara de plátano tirada en el suelo era un arma más peligrosa que una pistola cargada y sin seguro; el segundo, que el demonio vive en el infierno, que su rostro se distingue tras las llamas, y que basta con cerrar los ojos basta para invocarlo.

6) Pocos conceptos tan polémicos como el de la belleza. Ni se debería escribir acerca de ella. Si ahora lo hago es porque el vodka me permite decir todas las tonterías que me vienen a la cabeza. Si todos los conceptos tienen que ver con la educación, pocos tan firmemente acendrados como éste. Cuando menos hay dos clases de belleza: la sublime y la efímera. La sublime es la que no cambia, si no es para enriquecerse a través del tiempo, por más que de pronto y en circunstancias adversas se aproxime a la orilla del abismo —aunque al cabo se mantenga impertérrita. Acaso porque la belleza sublime le devuelve a sus espectadores un tanto cuanto de alivio y otro de admiración por lo inalcanzable. Piénsese si no en una sinfonía de Beethoven, una Madonna del Sanzio, o un poema de Vallejo. En cuanto a la belleza efímera, es la que pertenece a la mujer, la que está ahí y al cabo del tiempo desaparece indefectiblemente.

7) Brindo a la salud de la mujer que está cantando. Estoy en La Cosmopolita, una cantina en el barrio de San Jerónimo. Entre Pino Suárez y 20 de Noviembre. Los borrachos interrumpen constantemente a la cantante. Creo que se llama Ivonne. Me encantaría pedirle un lied de Schubert. Con una lanita de por medio. A ver si sí…

8) La risa es lo más hermoso de un hombre; más que los ojos, porque hay ciegos que ríen.

9) Cuando traspaso el umbral del Reclusorio Oriente rumbo a mi clase, mis ojos tardan cosa de segundos en acostumbrarse a la maldad.

10) Jamás regreso a una casa que haya habitado de niño; por temor a que el encanto desaparezca, y de que donde yo veía paredes infranqueables no haya más que bardas insignificantes.

Read Full Post »


Cuento

Fokin noche

Para Paco Valencia

Se despertó con este pensamiento: lo más difícil ya lo había hecho, que era ligarse a la chava. Ahora venía lo fácil: pintar un graffiti en una pared del Reclusorio Oriente.

Le arrojó unas piedritas a la ventana. Siempre y cuando se despertara ella y no su hermana; pero no, como estaba gorda lo más probable era que no abriera los ojos aunque la casa se viniera abajo. Eran las cinco de la mañana y se volvió a mirar la bóveda celeste. ¿Qué estaba a punto de hacer?, se dijo. Pintar un graffiti en uno de los murales del Reclusorio Oriente era algo no sólo descabellado sino peligroso. Las consecuencias podrían ser imprevisibles. Pero valía la pena, con tal de que Citlalli le diera el sí. La había conocido enfrente de la delegación Iztapalapa, paseando tranquilamente por los corredores del parque. Él la había mirado, y ella le había sostenido la mirada. Lo siguiente fue seguirla. La observó de pies a cabeza, como decía su tío Toño que debía observarse a una mujer. Nomás para ver si no estaba renca, si no tenía un barril por cintura, si no le salía debajo de la falda un rabo de perro. Lo cual no. Esa niña era perfecta. Linda. Bien hechecita por donde se le viera.

Lo siguiente fue hablarle. Como era raro que una chica tan bonita anduviera solitaria, no había más que de dos: o estaba esperando a alguien o la habían dejado plantada. Se aproximó con paso cauto. Más le valía estar preparado por si ella le soltaba un revés, o cuando menos un desaire. Las mujeres son buenas para aplicar destamples, le había dicho su tío Toño. Y él sabía de mujeres. Si le arrancaba una sonrisa, había valido la pena el intento. Y para su fortuna, no sólo fue una sonrisa sino la perspectiva de un ligue.

Así pues, se asomó, y más con señas que con palabras le dijo ahí voy. Ahorita bajo.

El ahorita fueron más de cincuenta minutos. Habían quedado a las cuatro de la mañana y ya eran las cinco. Cinco para las cinco. Que si Citlalli hubiera vivido en la colonia Condesa no habría corrido ningún peligro. Pero aquí estaban a unos pasos del Reclusorio Oriente. Con cierta frecuencia pasaba la patrulla o bien la perrera con custodios, y lo más sensato era que no lo vieran. Ahí estaba el éxito de su trabajo. Nadie le habría creído la razón que lo tenía postrado ahí, con sus herramientas en la mochila para pintar un graffiti. De por sí había tenido que caminar una distancia respetable desde Santa María Aztahuacán. Al fin abrió la puerta. Bajo la penumbra del foco que colgaba a la entrada de la casa, sí que se veía hermosa. Traía una sonrisa que parecía extraída de las chicas que salían en las películas. Así de increíble. Una sonrisa con un reclamo: no avientes piedras tan grandes ni tan fuerte, que casi despiertas a mi hermana. Imagínate. Ahorita estarías aquí con ella y no conmigo. ¿O eso hubieras querido? Iba a protestar pero prefirió no hacer caso. Total, ya estaba ahí con Citlalli, a quien no se podía quitar de la cabeza. Cosa que le llamaba la atención: ni teniéndola enfrente podía dejar de pensar en ella. Ya su tío Toño le había advertido: a ningún lado se va con una mujer así. Te va a enajenar. Al rato vas a andar haciendo cosas disparatadas con tal de darle gusto. Y de ahí al matrimonio no hay más que un paso.

¿Matrimonio? No era matrimonio lo que le había pedido Citlalli. Era algo peor: pintar un graffiti en una pared del Reclusorio Oriente. Como vivía a la vuelta del RO, quería ver cuando lo hiciera. Ése era el plan. Tal día y tal hora. Él pasaría por ella y lo vería pintar el susodicho graffiti. Que por las prisas tenía que haber cierta improvisación, era inevitable; que por el peligro de que los cerdos lo cacharan no podía regodearse en los terminados, no había forma de evitarlo. Pero en cambio Citlalli tendría su graffiti: todo un elemento churrigueresco y estrambótico alrededor de la letra C. ¿Podía pedir más?

Sobre Reforma, enfrente del reclu, había varios autos estacionados. Siempre había. Muchos familiares de los reclusos acostumbraban quedarse a dormir a bordo de su vehículo para ser de los primeros en pasar los días de visita.

Se ocultaron tras uno de los coches. Querían cerciorarse de que no viniera a lo lejos ninguna patrulla. Lo malo era que los custodios vigilaban desde varios ángulos. Sería una proeza si lograba graffitear. Le dijo a ella que no se cruzara la calle. Que sólo lo viera. Y que si veía una patrulla que se echara a correr a su casa. Con que bajo la luz del sol mañanero viera la inicial de su nombre, con eso era suficiente. Porque si acaso lograba dejar plasmado su talento, no duraría ni 24 horas.

Dame un beso para que me sirva de inspiración —le rogó ya casi con un pie en el pavimento.

¿Estás loco? ¡Nunca! —dijo ella, y subrayó sus palabras con un beso sonoro y prolongado.

Entonces se cruzó. Llevaba dos latas destapadas: la plateada y la azul. En el trayecto seleccionó una pared. No había nadie a la vista. Se plantó, y en un santiamén trazó una curva que apuntaba al cielo. Tuvo que forzar la vista porque no veía bien. Sacó la casta y echó por delante su estilo. Era líder de un crew y sabía cómo hacer las cosas. Su taja era inconfundible. A sus 16 años ya era considerado maestro. Delante de sus ojos, aquella manifestación de su amor empezó a adquirir forma. ¿Pero cómo le haría para pronunciar el carácter de aquella C? No había de otra más que con rojo sobre dorado, a modo de una descarga eléctrica. Pero había dejado los aerosoles en la mochila. Qué wey, se dijo. Como diablo, cruzó una vez más la calle pero ahora en sentido contrario. De un brinco, llegó hasta donde estaba Citlalli. Aventó las dos latas que traía, extrajo las que buscaba, le ordenó a su prospecto de novia que se regresara y corrió una vez más hasta su graffiti inconcluso. O eso iba a hacer; pero ella lo tomó del brazo y le pidió otro beso. No iba a hacerlo porque ya empezaba a clarear y lo podían cachar. No iba a hacerlo pero lo hizo.

Semejante a un cow boy con una colt en cada mano, disparó las latas. Pintó el rojo con violencia y el dorado con dulzura. Cosa que sólo se podía hacer cuando se dominaba el golpe del aerosol. Cuando pasaba de ser una herramienta para convertirse en un instrumento al servicio del hombre. Su corazón se hinchó de alegría. Y se habría quedado allí toda la vida para contemplar su trabajo, pero no había tiempo que perder. Subió las escaleras que lo separaban de la banqueta, y de pronto llegó a sus oídos la orden inconfundible de los motorizados: ¡deténte! Pero no se detuvo. Le imprimió a sus pies toda la velocidad que tenía reservada. Su condición física había mermado por tanto jale que se metía, pero no se iba a dejar agarrar. Se dio vuelta en la calle, y, exactamente cuando pasó enfrente de la casa de Citlalli, la puerta se abrió y aquella belleza le hizo la seña de que entrara. La patrulla siguió de largo. Con su torreta encendida.

Ahora sí, luego de que le reclamó por poner en peligro su vida, lo llenó de besos.

Read Full Post »

Older Posts »