Archive for 25 febrero 2013

Cuento

El robo

Para Eugenia Montalván

Juan Jacinto aprovechó que la puerta estaba entreabierta y entró. Nunca se imaginó que finalmente la oportunidad se presentaría. Le había echado el ojo al departamento desde hacía casi dos semanas. Porque a leguas se veía que el nuevo inquilino del 101 era tan distraído como adinerado, o cuando menos esa impresión daba. Al contrario de los arrendatarios de los otros departamentos de ese edificio maloliente y maltratado, el ocupante del 101 tenía auto, por cierto un automóvil de modelo reciente, más caro que barato. Y todas las mañanas el hombre sacaba cosas de la cajuela —generalmente mochilas atiborradas de libros; lo sabía porque en una ocasión se le desfondó una, y todos los libros fueron a dar al suelo. Pero la cosa era que el tipo se pasaba de distraído. Del estacionamiento al edificio había como doscientos metros, y el hombre de pronto se detenía en la tienda y compraba un refresco; de pronto se alejaba hasta la siguiente esquina —cincuenta pasos más— y compraba el periódico del día, de pronto se quedaba mirando hacia ninguna parte.

De soslayo, pero lo había espiado. Cada mañana, Juan Jacinto se levantaba con esa idea. Observarlo acuciosamente. Porque además sabía que el tiempo no se prolongaría indefinidamente. Lo tenía muy claro. Tarde o temprano ese hombre terminaría de transportar sus libros, y adiós. Cambiaría todos sus hábitos, se encerraría por horas. Y aquella oportunidad habría volado al cielo.

El problema de fondo consistía en que él no era un ladrón.

¿Qué ganaba entonces con meterse al departamento y robar todo lo que cupiera en la bolsa negra de plástico que llevaría consigo?

Dos cosas, cuando menos dos cosas ganaba.

Aceptación y autoestima.

Porque él quería pertenecer a la pandilla de la unidad. Mejor dicho, a una de las pandillas. Pues aunque era una unidad relativamente pequeña, había dos pandillas que se disputaban el territorio: los Nazis y los Sioux. Tenían de ser rivales un poco más de cinco años; de hecho, siempre lo habían sido —cuando menos siete u ocho años—, pero nunca lo habían declarado. Sus escarceos no pasaban de miradas intimidantes, amagos en algún corredor de la unidad, mensajes temerarios.

Su sueño era pertenecer a los Sioux. Ya había sondeado la posibilidad y muy solemnes le habían dicho: Tienes que asaltar una casa o a un pendejo. Y mostrarnos lo que te hayas clavado. Pero cuidado con engañarnos porque no te la vas a acabar.

Ésa era la primera cosa. La segunda, sentir que valía algo. Que él valía para algo. Para lo que fuera, eso no importaba.

Porque todos sus familiares lo veían como un joven despreciable. Ninguno de los suyos apostaría cinco centavos por él. Casi no había grado escolar que no hubiera reprobado. Le decían el litro porque había hecho cuatro cuartos. Ahora por fin estaba en el segundo año de preparatoria. Y por más que se esmeraba en demostrar su valía, en atraer la atención de alguna chica, todo era inútil. Si el día de mañana dejara de ir a la escuela, nadie notaría su ausencia. Y eso dolía.

Así que vio la puerta entreabierta y entró.

Tuvo una descarga de adrenalina.

Todos los departamentos eran iguales, pero a él éste le parecía absoluta y totalmente distinto. Lo sabía porque precisamente en ese edificio había vivido sus ya casi 18 años. Por relaciones con los vecinos, había pisado cada departamento. Con los propietarios del 101 había sostenido una relación que él calificaba de telenovelera. Porque toda su vida había permanecido enamorado de Evangelina, la hija más pequeña de la familia —él le llevaba apenas un par de años. Pero una cosa era haberse sentido poderosamente atraído por ella, y otra muy diferente que ella le hubiera siquiera devuelto una mirada. Cero. Por más que se la quedaba mirando —hasta la necedad misma, ¿o no la miraba sin despegar la vista, sin mover un párpado, diez minutos reloj en mano?

Pues una sola y misma cosa fue que cruzara el umbral del 101, y que se la imaginara saliendo de la cocina. Sintió que su corazón estallaba. Jamás en su vida había palpitado tan fuerte. Diablos, tenía que concentrarse. Eso era lo único verdaderamente urgente en ese momento. Reparó en que era muy posible que el ruco ya viniera en camino. Si entraba en ese instante a él no se le ocurriría nada, y las cosas se complicarían en serio. Miró un modular. No era nada de lujo, pero le serviría. Los Sioux sabrían de eso. Observó alrededor: discos de música clásica por aquí y por allá. Con seguridad el ruco oiría ese tipo de música, aburrida y sangrona como él mismo. No se requería mucha ciencia para darse cuenta de lo obvio: un ruco lleno de libros y de música insoportable, tenía que ser alguien insoportable. Se aproximó al aparato y estaba a punto de desconectarlo cuando la voz de Evangelina vino a sus oídos: ¿Qué vas a hacer, Juan Jacinto? ¿Te das cuenta de que estás a punto de convertirte en un delincuente? Fue como si le hubieran dado un mazazo.

Quitó la mano como si se hubiera dado un toque.

Y salió corriendo.

O esa era su intención. Porque a través de la celosía que daba al exterior, distinguió al ruco. Venía a paso regular. Con dos mochilas al hombro y otra sostenida en su mano derecha. No tardaría ni un par de minutos en llegar. Tres, con un poco de suerte. Se dio media vuelta. Desconectó el aparato, lo echó a la bolsa de plástico y una vez más salió corriendo. Pero ahora rumbo al piso de arriba, desde donde alcanzaría a ver cuando el ruco entrara a su departamento. Primero escuchó sus pasos subir lentamente, enseguida lo vio entrar. Instante que él aprovechó para bajar la escalera y salir como un suspiro, silencioso e impenetrable.

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Cuento

El coleccionista de almas

Cuánto tiempo tendré que esperar hasta que venga. Llevo aquí más de media hora como idiota. Esperando. Esperando. Menos mal que me traje mi anforita. Un trago, dos tragos me hacen menos arduo el tiempo. Con un alcohol entre pecho y espalda, la longitud del tiempo se acorta. De lo contrario la espera sería insoportable. La mitad de la vida de un sacerdote se reduce a la espera. Para que me salgan con idioteces. Como aquella señora que vino a confesarme que le pegaba a su nieto. Y eso a quién le importa. Me dieron ganas de salir y golpearla. Nada más para que aprendiera a distinguir entre un pecado y una estupidez. O aquel imbécil que quería más a su perro que a su mujer. Más bien debí aplaudirle su decisión. No cualquiera se atreve a ser tan hombre. Pero en vez de eso le dije lo que quería oír: dos padres nuestros y dos aves marías de penitencia. Eso de la penitencia nunca me lo he explicado. Cómo evaluar los pecados. Qué penitencia imponer. Y para lo que sirve. Todo mundo vuelve a pecar. Y vuelve a hacer exactamente lo mismo. El asesino vuelve a matar, ya probó lo que es el crimen y eso le dejó un delicioso sabor en la boca que no está dispuesto a sacrificar, así que a la primera oportunidad lo vuelve a hacer; el ratero vuelve a robar, le resultó fácil llevar dinero a su casa, o gastarse el dinero en el vicio, comprobó que robar es de lo más simple del mundo, y en consecuencia lo volverá a hacer. Lo trae en la sangre. Y allí no hay nada que hacer. Pero si ella viene, ya me hizo el día. Poco me importa todo lo demás. Si viene alguien más o no. Si alivio la angustia de alguien más o no. Pero que venga ella. Que me acaricie con su voz de ángel. Que colme mi espíritu de su delicioso perfume. Que me haga sentir que mi vida tiene un sentido. No sabe cómo la deseo. ¿O sí lo sabe? Yo no le he dado ninguna pista. Pero además de angelicales las mujeres son tremendamente intuitivas. Y adivinas. Saben todo lo que va a pasar. A ellas no se les debería imponer penitencia alguna. Son sabias. La penitencia no sirve para nada. Por más que quieran. ¿Pero qué penitencia imponer? Hete ahí lo complicado. Eso nunca te lo enseñan en el seminario. Porque no hay modo. Te orientan pero el criterio siempre es personal. Yo cuando siento que debo ser blandito soy brutal, y al revés. Una mujer que me confesó que había torturado a su hijo hasta matarlo, le dejé de penitencia un padre nuestro todos los días en ayunas, apenas abriera los ojos. Hasta que sintiera que ya no había más remordimiento. Que ése era el momento de suspender la penitencia. Los que más gracia me producen son los sicarios. Porque matar no lo consideran un pecado sino una chamba. Y la chamba es chamba. Y así me lo dicen, muy quitados de la pena. Que yo comprenda, que tienen que hacerlo, que esa misión les tocó en la vida. Como a mí predicar. Que a cada quien le toca algo. Ni modo. Y que si ellos no acaban con los traidores la vida sería un infierno. Eso me dicen. Y hablando de chamba, ¿mandará el capo por mí para que le vuelva a oficiar? Una misa para los tres años de su hijito no estaría mal. Fue genial ese bautizo. El mejor que me ha tocado. Hinchó mi bolsillo. Yo cumplí mi destino. Debo sembrar la fe en Dios. Bautizar es cosa sagrada. ¿Pero vendrá ella? Hoy le toca. Un día sí y otro no. A esta hora. Cómo me encanta oírla. Me pregunto si lo hará a propósito. Que me cuente lo que me cuente y con esa voz. Si lo hace a propósito está en el camino correcto. Por la erección que me provoca. Endiablada. Mortal. Y no se baja por más que me masturbo. Cuando me describe a todos los hombres con los que se ha metido. Todos y cada uno. Como si en cada uno le fuera la vida. Siento que yo soy todos y cada uno de ellos. Que lo hace para excitarme a mí. Mejor que ni me hable de su marido. Para qué. Un idiota más en el imperio de los cornudos. Nunca he visto su dulcísima cara más que tras la cortina de esta inmunda habitación, si es que la puedo llamar así. Cómo me gustaría seguirla un día y enterarme de sus pormenores. Saber si me está mintiendo o hablando con la verdad. Suman varias las fieles que me he llevado a la cama. Pero ninguna me había excitado como ésta. Me tiene vuelto loco. Y eso que nada más conozco su voz. ¿Para qué quiero más? El mío es el amor más puro del mundo. Sin parangón posible. Sin parangón posible, eso mismo dije para mis adentros cuando me ordené. Me creía investido de una santidad prodigiosa. La llamaba la vocación divina. Me sabía perteneciente al ejército de los soldados de Cristo. De los elegidos. Habría dado la vida por Él. Y ahora no soy más que un mortal como cualquier otro. Un coleccionista de almas. El más asqueroso. ¿Por qué siempre llego a este punto? ¿Qué pruebas me está exigiendo Dios, a mí, el más grande pecador? ¿Por qué no puedo detenerme? ¿Y toda esta gente que cree en mí? Si mi padre me viera. Si mi madre me viera. ¿Por qué tuvo que morir la víspera de mi ordenación? Pobrecita. Si alguien quería verme hecho un sacerdote era ella. No le pude dar gusto. Nunca le pude dar gusto en nada. Ni a nadie. A ninguno de los dos. Toda mi vida no fui más que portador de malas nuevas. Siempre. Un cero a la izquierda. Pero eso fue ayer. No ahora. No este día. Mi olfato me dice que viene en camino. Ya percibo su olor. Ya se aproxima. Un trago. Un trago. Aunque me emborrache. Sólo así podré controlarme. Le pediré que sea más específica. Y me masturbaré cuando me cuente los detalles. Espero no gemir más de la cuenta. Que ella sabe el placer que me provoca. Estoy seguro. Es peor que yo. No, no hay nadie peor que yo.

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Música

En el negocio del señor Dvořák

Antonin Dvořák pegó el recorte del periódico en el último reducto que le quedaba en su carnicería. Cuando alguien entraba a su negocio, la reacción de la gente no se hacía esperar. Había quien ordenaba lomo de res, y él lo despachaba. Pero antes de entregar cada pedido, preguntaba ¿y usted ha oído la música de mi hijo, Antonin Dvořák, que lleva mi nombre?

Desde hacía muchos años, el padre del compositor era conocido y respetado en el barrio. Porque el oficio de la carnicería no era cualquier cosa. Como el de la carpintería, o el de la costura. Eran oficios que beneficiaban a la comunidad. Y en cuanto a las artes, el del músico era especialmente bien visto. Nadie podría poner en tela de juicio que la música era “una medicina para todos, buenos y malos, inteligentes y tontos, pobres y ricos”, como se comentaba. Y, cosa muy distintiva, en particular la música de Antonin Dvořák. Quien sin sostener la mirada recibía elogios, encargos y ofertas de trabajo. Justamente en esos días había recibido la propuesta de irse a dirigir el Conservatorio de Música de Nueva York. Lo pensaba todos los días, pero finalmente tendría que tomar una determinación. El tiempo apremiaba. La oferta era realmente tentadora. Ganaría veinte veces más de lo que ganaba en su actual trabajo. Los neoyorkinos lo valoraban con justa admiración. Se decía de él que era el más grande compositor vivo después de Brahms —y eso que Grieg y Tchaikovsky eran sus contemporáneos.

Entró a la carnicería cuando su padre pasaba la mano por encima de la hoja del periódico para plancharla. Porque el engrudo siempre dejaba arrugas. Se alcanzaba a leer: “Antonin Dvořák, el más grande compositor checo”. Dvořák lo leyó y no hizo el menor comentario. Por respeto a su padre había decidido guardar silencio ante las manifestaciones de ese amor filial. Qué más daba con tal de que su progenitor se mostrara feliz.

Sus ojos se detuvieron en unos hígados que estaban a la vista. Siempre le acontecía lo mismo. Era un recuerdo de su adolescencia. Su padre le había impuesto la tarea de repartidor en la carnicería. Y el pequeño Dvořák cumplía al pie de la letra su tarea. Pero esa vez había sucedido una situación fuera del alcance de su mano. Llegó en su bicicleta ante la puerta de su destino, llamó con el aldabón y se apareció una jovencita de 13 o 15 años. La sorpresa de Antonin fue tan inusitada, que no pudo decir palabra. Tenía en la mano el paquete de hígados y se le resbaló aparatosamente. El paquete se rompió y los hígados se desparramaron a sus pies; mejor dicho, a los pies de ambos. Era inútil recogerlos. Se habían enmugrecido. Y antes de que pudiera reaccionar, aquella niña lo besó en la mejilla. En ese momento se asomó la mamá de la chica, y lanzó al aire una exclamación de horror: ¡Mis hígados!, gritaba, a lo que Dvořák le respondió que no se preocupara, que iría por otra ración, que todo no había sido más que un accidente sin consecuencias. Por toda respuesta, la señora desapareció unos segundos y volvió a salir con una escoba: “¡Deja mi casa como estaba! ¡Barre esa porquería!”.

—Padre, ya me he decidido…

—Dime, hijo, qué has decidido finalmente —pero el hombre no esperó de frente la respuesta. Algo en su corazón le decía que Antonin se marcharía a ese lejano y extraño país. Enjugó el sudor de su frente y fingió acomodar unas cajas para poderse volver y esperar las palabras de su hijo de espaldas. Desde siempre supo que lo perdería. Era dueño de un talento de tal magnitud que nadie se habría imaginado que para él Praga sería suficiente. No habría ningún problema en que su hijo remontara el vuelo y se marchara. Simplemente una punzada en el estómago lo estrujaba. Cada vez más violentamente. Desde tiempo atrás. Impelido por su esposa, había consultado un médico. El diagnóstico había sido claro y rotundo. Tenía cáncer. En alguna parte de su sistema digestivo, eso el médico no lo había podido precisar. Pero qué más daba una enfermedad u otra. Qué bien había hecho en prohibirle a su esposa que no comentara la enfermedad entre la familia. No quería ser un estorbo en la vida de su hijo. Que se fuera. Si acontecía su muerte, simplemente que le avisaran.

—Padre, me voy.

—Con toda tu familia, por supuesto.

—Sí, padre. Desde luego. Mis hijos cursarán sus estudios en Nueva York. Dicen que hay excelentes maestros. Los hijos de mi cuñada Josefina están estudiando allá y nadie tiene quejas.

—Pero Josefina está aquí.

—Sí, ella no quiso irse —el corazón de Antonin Dvořák evocó a aquella mujer, para quien había compuesto sus cuartetos Los Cipreses.

—Hijo, te deseo con el alma que triunfes. Cosecharás muchos éxitos. Ven, acércate y déjame que bese tu frente.

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Poesía

Poema amoroso

I
Te miro venir hacia mí.
El sol sigue tu caminata.
Se desparrama delante de ti.
Teje urdimbres de luz a tu paso.
Mirarte me sobrecoge.
Sé lo que vendrá.
Palabras de amor.
Miradas que se tornarán caricias.
Tu cuerpo en el mío.

II
La vanidad de las flores se estremece
a costa tuya.
Susurran secretos de envidia cuando
pasas a su lado.
Se miran entre sí sedientas de compasión.
Quisieran ser tú.
Me lo han dicho.
Vengarse de algún modo.

III
Eres Elena de Troya.
Sólo así se entiende
que una mujer
haya engendrado una epopeya.

IV
No eres la mujer de mis sueños.
La mujer de los sueños de un hombre
habita sus noches
en el limbo de lo inexplicable.
Tú eres lo único verdadero.
La única realidad posible.
Para mí.
Hacia ti voy.
Y de ti vengo.

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Varia

Carta a Vicente Quirarte

Vicente querido, estamos aquí para celebrar dos acontecimientos que se reducen a uno: la aparición de La Invencible, tu libro, y la persona de tu padre, el maestro Martín Quirarte. Eje toral del texto.

El padre es figura emblemática en la literatura y en la vida. O en la vida y en la literatura. Cada vez que lo evocamos, una sensación de vitalidad recorre nuestro sistema nervioso. Por alguna extraña razón, el varón reconoce en el padre la fuente de su existencia. Todos tenemos una deuda con el dador de vida, que es nuestro padre. Venimos de él y hacia él vamos. Porque nos está esperando. La diferencia es de horas. Acaso es de lo más fuerte que me une a ti: el amor por el padre. De no ser así, no estaría yo aquí. Conforme han pasado los años, conforme te he conocido con mayor acuciosidad, he sido testigo de cómo el amor por tu progenitor, la nostalgia de él, ha ido cobrando forma en tu corazón. No podía ser de otra manera. Eres afortunado de haber sobrevivido a tu padre tantos años, y haberlo hecho con la pluma en la diestra. Porque te ha permitido mostrar al maestro en su dimensión más profunda, que es la del hijo. Y no sólo a través de este libro, sino de diversos ensayos y poemas.

No pude evitar que en varios episodios de la lectura del libro, los ojos se me enturbiaran. Soy de los que piensan que la literatura debe conmover. Por donde la emoción llegue, es bienvenida. Finalmente el maestro era un hombre pleno cuando lo conocí. Más pleno que yo ahora. Tuve suerte. Pudo haber sido nada más mi maestro. Como son los maestros, hombres lejanos y en su nicho. Pero él me invitó a que pusiera un pie en su casa. Un acaecimiento que me marcaría.

Hay un extraño fenómeno entre el hecho de haber conocido a una persona, y al cabo del tiempo ver su nombre escrito en un libro. A mí me parece un suceso extraordinario. Cuando el nombre de aquella persona aparece en un volumen, la emoción se acrecienta, la ansiedad del corazón se da por satisfecha. Es como si desde algún punto del alma humana se nos dijera que las cosas van por el camino correcto. Mirar aquella persona a través de las palabras, revela indefectiblemente un aspecto más real, que había permanecido invisible para el hombre común y corriente —como en este caso lo soy yo. Porque lo que en realidad leemos es la versión del escritor acerca de esa persona, y a partir de ahí vemos a aquella persona en un aspecto que se había negado a mostrar.

Aún recuerdo cuando iba a la casa de don Martín Quirarte. De lunes a viernes, todos los días a las 4 de la tarde. Trabajaba para él. En esos gestos de comprensión de aquel espíritu bienhechor, me dio trabajo. Era mi maestro en la facultad de Filosofía y Letras. Yo me le acerqué. ¿No me podrá recomendar con alguien?, le pregunté. Necesito trabajar. Véngase usted a trabajar conmigo, me respondió de inmediato. Necesito un asistente, alguien que me ayude a ordenar y clasificar mis libros, y usted puede serlo.

Se me abrieron las puertas de la casa de un hombre sabio y fascinante, de cuya vida habría yo de aprender cuestiones fundamentales.

Llegaba yo a la residencia del maestro a las cuatro de la tarde en punto. Me lo topaba en la cocina, comiendo. Joven que era yo, padre de dos chiquillos, venía de otro trabajo y aún no había comido. Se me ofrecía de comer, pero jamás acepté. Me parecía un desacato. Cómo se me antojaba lo que el maestro se llevaba a la boca. Digamos arroz rojo con un par de piezas de pollo. Todo estaba a la mano: las tortillas, la salsa, la coca cola. Pero más que el alimento, me embebía la charla. La conversación del maestro era inagotable. Hablaba sobre tantos temas, llevado de la mano de la elocuencia. Yo aprendía escuchándolo. Tanto como leyéndolo. Porque la palabra era su fuerte. La palabra en el marco de esa personalidad suya, enérgica, granítica. A mí siempre me pareció eso: invencible. Esa personalidad suya, monolítica, de una sola pieza, me atraía. Sabía que allí había un hombre de pundonor. Además de un romántico. Alguien en quien se podía confiar. No es fácil toparse con ese tipo de hombres.

Ahora bien, que su nombre vaya de la vida real a las líneas de un libro, me emociona y me cuesta trabajo creer. No puedo evitarlo, pero el nombre del maestro Quirarte viene a mi cabeza con una frecuencia que a mí mismo me enriquece. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, Vicente querido, pienso en él. Bueno, voy por partes. Desde siempre, tengo claro que el maestro es un motor que te mueve a escribir. Que en la vida te darás por satisfecho. Tu deuda con él es eterna, y nutrirá tu existencia en tanto vivas. Eso te hace grande, y genera en torno respeto y cariño. El amor al padre es de las pocas, contadísimas cosas que se respetan, y más allá, que se veneran. Y es algo que tú tienes y lo prodigas alrededor. Cosa de agradecerse.

Te abraza, tu amigo Eusebio.

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Cuento

El ángel guardián

—Aquí una vez se sentó un tipo: yo —le digo a la chica al mismo tiempo que señalo el sitio en la banqueta donde alguna vez me quedé dormido.

—¿Usted cree en el presidente? —prosigue ella con la siguiente pregunta. Viste una diminuta falda tableada color verde, un chaleco guinda y una blusa blanca, casi tan blanca como ella.

—En el brandy sí, aunque no te lo recomiendo.

—Estoy preguntándole en serio, señor.

—Y yo te estoy respondiendo en serio. Creo que nunca le había respondido a nadie tan en serio. ¿Y sabes por qué? Porque a excepción de don Agustín, el dueño de este lugar, nadie me dirige la palabra, y menos para preguntarme nada. Pero sigue.

Ladro, y los perros de la casa de enfrente se asoman por el filo de la azotea. Siempre pasa lo mismo. Llevo años curándome la cruda en La Perla, un discreto barecito de la colonia Carrasco. Para más señas, atrás de la Ollín Yoliztli. Me tomo un par de tragos y luego me gusta salir a respirar aire contaminado. Entonces le ladro a los perros. Es lindo. Soy buenísimo para imitar ladridos y relinchos. Alguna vez sustituí los ladridos de un pastor alemán en una función de títeres. Los niños estaban felices. Cuando mi hijo cumplió tres años. No volví a tener otro hijo. Mi mujer se separó de mí cuando el niño se murió. De leucemia. Yo quería ir con una doctora homeópata, pero mi mujer no quiso. Tengo la estúpida sensación de que los doctores alópatas forman parte de una maquinaria criminal. Aunque ni ellos mismos se den cuenta. Porque los laboratorios son dueños de nuestro pensamiento. Nos manipulan a su antojo. Son cabrones. Prolongan las enfermedades y nos atemorizan. Mi hijo se murió y mi mujer y yo ya no pudimos hacer una vida en común. Todo empezó en una discusión que se agigantó. Y desde ese momento no hay mujer que se me acerque. Me eché una maldición encima. Mi ex y yo nos mandamos mutuamente al diablo echándolos la culpa de la muerte de Benjamín. Así se llamaba, como yo. Pero la boca se me llena cuando alguien me pregunta cómo me llamo y le digo Benjamín. Benjamín, repito, como si esa persona no me hubiera oído.

El dueño del bar me conoce. Es un hombre respetuoso y amable. Se llama Noé, don Noé, para los amigos, y siempre tiene una palabra de aliento para el derrotado, como lo soy yo. Solemos conversar de muchas cosas. Sin platicar. Es una conversación que transcurre en jirones. A él le gusta el whisky. Lo disfruta. Digo que todas las mañanas paso a echarme un par de tragos. Sin fallar un solo día. Y cuando salgo, respiro una bocanada de aire puerco. Sabe rico, a botana. Dejo que se llenen mis pulmones y ya tengo fuerzas para proseguir la jornada. Que no es muy larga. Me dedico a la venta de autos usados. Esto suena muy fastuoso, pero no hay tal. Tengo un solo automóvil que vender: el mío. Un Caribe 86. Está viejo y más o menos desmantelado, pero se defiende. Lo principal es que me lleva a todos lados. Siempre traigo una anforita de Oso Negro para sobornar a los patrulleros cuando me detienen, que es seguido. Siempre la aceptan, y cómo no. Me ven amolado con ese auto. Que me dejen ir es para mí un acto de conmiseración.

—¿Qué partido político tiene más presencia en la ciudad de México?

—Esa pregunta sólo te la puedo responder con un vodka de por medio. En la mesa, entre tú y yo. Como un ángel de la guarda que nos cuidara, como nuestro ángel guardián. ¿Te gusta la idea? A ver, ven, te invito un trago.

—No puedo…

—Ordénale a esa boquita cachonda que diga que sí…

—No me obedece…

—¿Ya ves?, eso es un sí. Ven, vamos al bar. Nos echamos un traguito y te respondo lo que quieras…

La tomo de la mano y no hace el menor esfuerzo por soltarse. Soy malo para calcular edades, pero cuando menos le llevo treinta años. Veinte de este lado y cincuenta del otro, se ve bien. Es una combinación prodigiosa, aún más que el invento de la rueda.

—Siempre no —dice, se suelta de mi mano y se dirige hacia la salida.

—¡Espera! —le grito. Pero no se detiene. Se encamina con paso firme hacia la fuente de luz que proviene desde la calle.

—Se le fue la palomita —acota de pronto don Noé.

—Pues sí, pero atrás de ella vendrá otra. Y otra. Y otra. Sírvame otro vodka, por favor. Que las penas con pan son menos.

Me siento en mi mesa favorita. Me gusta la que está junto al baño de las mujeres. Porque las veo entrar y salir. Y es un gusto para la vista y el olor. Don Noé me trae mi vodka, y lo bebo a la salud de la chica sin nombre. ¿A quién estará aplicándole la encuesta en este momento? Por cierto, el ángel guardián es ella.

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Poesía

Tú y yo a cuentagotas

Acaso el miércoles te mire cruzar
el umbral del bar de sanborns
y aproximarte a mi mesa.
Entonces comprenderé —aun antes
de que hayas dicho una sola palabra;
aun antes de que sepa si acudes a mí
para insultarme o para prodigar
tu amor; aun antes de haber percibido
tu olor;
aun antes de imbuir mi espíritu
de tu perfume; aun antes
de escuchar la música de tu voz;
aun antes de extraviarme
en tus ojos con esa alegría
que caracteriza a los niños
cuando encuentran el objeto perdido;
aun antes de depositar mis labios
en tu mejilla aduraznada;
aun antes de que averigüe
si te acuerdas de mi nombre—,
entonces comprenderé
aun antes de que las manecillas
se hayan desplazado lo mínimo; aun
antes de que el sol haya cambiado
de humor; aun antes
de que te nombre; aun
antes de que mi corazón estalle; aun antes
de que mis venas se hinchen hasta
adquirir el calibre de una magnum—,
entonces comprenderé —aun
antes de que haya recuperado mi devoción
por la música; aun antes de que mi piel
se haya erizado por imaginarte
desnuda; aun antes de que pase mis dedos
por tus caireles, y detenga en mis yemas
la suavidad de esos lóbulos tuyos; aun antes de
que agradezca a Dios que estás ahí—,
entonces comprenderé que me amas.

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