Archive for 31 marzo 2013

Música

Zum roten Igel

Johannes Brahms miró aquella mujer como se contempla un crepúsculo umbrío. Habría preferido descubrirla antes —meses, años atrás— cuando la belleza de esa mujer no palidecía. Entonces habría podido darla a conocer a sus amigos, y compartir el rostro resplandeciente.

Pero no había sido así.

Ubicado en la parte superior del Zum roten Igel —el café en el que Brahms, amigo leal y dilecto acostumbraba hacer sus alimentos cotidianos—, el burdel sólo abría sus puertas a clientes recomendados; jamás a nadie que se presentara intempestivamente, de la noche a la mañana, así fuera el mismísimo zar de todas las Rusias. Brahms no era lo que se considerara un cliente habitual. Recomendado por su amigo, el crítico Edouard Haskil, solía ir acaso un par de veces al año, máximo tres. Pero no para hacer el amor con alguna de las mujeres del prostíbulo —ciudad civilizada, en la Viena de la segunda mitad del siglo XIX nadie se lo hubiera tomado a mal a un hombre soltero—, sino simple y llanamente para evocar con nostalgia —no exenta de una dosis de amargura— los años de su niñez prolongada.

Una música proveniente de un piano rubricaba la escena. Era una música más melancólica que alegre. Aunque su agudísimo oído creyó descubrir algunas armonías provenientes de Chopin —que se había desparramado en el gusto de los pianistas, lo mismo de los profanos que de los consagrados, y que todo el mundo tocaba; y hablando de tocar, ¿quién estaría tocando el piano? Miró de reojo al ejecutante. Era un hombre mayor, cuando menos rebasaría los cincuenta años. Se vio en él. ¿Qué tuvo que haber acontecido en su vida, en la suya, para que sufriera el cambio radical que lo marcaría por el resto de su existencia?

Se vio tocando ese instrumento, allí mismo o en cualquier otro lupanar. Era él, aquel pianista cincuentón era él. El destino había decidido la vida de aquel niño pianista. Tenía mucho talento, pero cuántos pianistas no lo tenían. Su predisposición a la música no tenía punto de comparación con ningún colega que se hubiera topado en el camino. Pero esto era lo de menos. En el ámbito de los jóvenes pianistas, de los jóvenes compositores, sobraban prodigios. Que por una u otra razón se estancaban, era otra cosa.

Se miró en aquel ejecutante, su contemporáneo. Hasta se le parecía un poco. Cuando menos lucía una frondosa melena rubia, ojos chispeantes y azules, y enérgico mentón circundado por lengua barba.

Se volvió a mirar una vez más a la mujer.

Quien ahora, sin dejar de fumar, lo observaba abierta y detenidamente. Con suspicaz interés. Claro, no era común. El aspecto de Brahms era el de un caballero distinguido y adinerado. Conspicuo. De hombre enaltecido, elegante pero mesurado, altivo pero sencillo, con quien se podría conversar de cualquier cosa, o bien de temas específicos. Y dueño de un carácter que haría sonrojar a cualquier mujer.

Se sonrió con él.

Incapaz de no responder a un saludo —de hombre o de mujer, de niño o de anciano, de indigente o de acaudalado—, Brahms sonrió a su vez. Pero no se aproximó a la mesa de la dama, como se supondría que habría hecho. Ella tuvo el impulso de hacerlo, pero a su vez se dominó. Ciertamente el hombre se encontraba bebiendo una cerveza, pero su aspecto imponía. Quizás pertenecía a la nobleza, y ésa era gente de no fiar.

Como no había más que unos cuantos parroquianos, el pianista captó aquel vaivén entre la prostituta —Marianne, se llamaba— y el cliente —para él, aquel caballero no era más que eso bajo la iluminación trémula y sombría, sin contar la espesa cortina de humo que se alzaba entre él y los sujetos de su observación. Siguió tocando aquella música. Se esmeraba por hacerlo lo mejor posible. Transcurría de una melodía a otra. Estaba impuesto a hacerlo, con tal de mantener entretenida a la gente; pero ahora ni bebedores había.

De pronto, una ventisca venida desde la calle despejó el ambiente. Aquella jaula de bruma se tornó respirable y visible. El pianista vio una vez más al hombre que yacía sentado en uno de los extremos del salón. Muy lejos de él. En el acto un estremecimiento lo sacudió. Se le fue el aire. Intentó llenar sus pulmones antes de volver la vista una vez más. ¡Era Johannes Brahms!, el genial compositor, el músico más notable de Alemania, el pianista magnífico, quien se encontraba a sólo unos pasos de él!, y él tocando el piano como si nada. Qué profanación.

Entonces Brahms lo miró, y comprendió la aprensión de aquel pianista humilde. Con la sola mirada se lo dio a entender. Y le dio a entender más cosas: que no se angustiara ni se mortificara. Que siguiera con lo suyo, porque él estaba por irse. Que no quería interrumpir una jornada de trabajo. Porque él sabía lo que era ganarse el pan.

Ordenó su cuenta. Miró una vez más a la mujer, pagó y salió de aquel lugar.

A sus espaldas, alcanzó a escuchar una de sus danzas húngaras.

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Poesía

King Kong

I

Lorenzo da Ponte hubiera hecho
un argumento de su vida,
y Mozart habría corrido a ponerle música.
Porque no es común que a un varón
se le obsequie
una mujer
como muestra de admiración y temor.
No es común que se le brinde
a un macho
la elocuencia del alma femenina
para disipar soledad y pesimismo.
Y menos es común que ese varón
se enamore
hasta matar por ella
como lo hace el adolescente por su vecina,
de esa mujer que sólo ha entrevisto en sueños
y por la que amanece con el miembro erecto.
Nada de esto es común.
Enamorarse sí lo es.
Enamorarse es un lugar común del tamaño del planeta
Júpiter,
y que se designen parejas al gusto de terceros también.
Todo eso es lugar común.
Pero que la mujer sea rubia en una tribu de negras
—cual negra en una tribu de rubias,
cosa de imaginarse—
cuenta,
y que el novio posea tanta testosterona
como ímpetu las cataratas del Niágara,
tiene lo suyo.
Nadie lo podría negar.
Pero el fondo no está ahí.
No en este caso.
El fondo está en el amor.
En ese desgarramiento que deja el alma
como mandil de carnicero,
en ese sacarse el corazón para que la mujer
lo destroce a dentelladas.
Ahí está toda la gracia
de King Kong,
a cuya salud bebo todas las noches.

II

Larga paz a tus huesos, King Kong,
y que el levísimo rubor de las mujeres
rubias
sea contigo.

Cual guerrero proveniente de aquellas
sagas irlandesas,
fuerte y solitario
cambiaste tu reino
por un amor que ni la más atormentada
de las óperas
habría vislumbrado jamás.

Abusaron de tu ternura,
de tu flagrante ardor
y de aquello que poetas y cineastas llaman
condición humana.

Gloria a ti, King Kong,
que no titubeaste en seguir
la dulce y trágica
llamada del destino.

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Varia

La cultura del agua

Las lágrimas. Las lágrimas son agua. Así sean saladas, son agua de mar. No todo mundo conoce el mar (Beethoven no lo conoció, y sufría por eso); pero todos lloran. Por lo que se te ocurra: el amor, la muerte, la miseria, el engaño, el arrobo.

El tequila blanco. Es agua bendita. Un tequila se disfruta doblemente cuando nos evoca el vaso de agua que el sediento se lleva a la boca. Entonces todo es cosa de prodigio. Ya nada puede languidecer. Se ha apropiado de nuestro espíritu el hálito refrescante.

Las botellas para saciar la sed. De la marca que sean, no importa. Pero abrevan de una misma misión: derramar el agua que contienen —de preferencia en flores lindas y de colores alegres, o en su contraparte: el puto pasto, verde y viril— y sustituirla con tequila blanco. Es genial. Porque así puedes beber todo lo que quieras donde se te dé la gana. ¿Quién te pondrá un pero por subirte al metro, entrar a la Catedral Metropolitana, ir a un recital de Mozart —si es que todavía los hay—, con tu agüita en la mano? Nada más sano. Nada más confiable. Y tú, chupe y chupe tu tequila blanco.

El agua para calmar la sed de los autos. Que es la misma con que se riegan las plantas, se llena el depósito de los escusados, se baña a las mascotas y se lavan las ventanas de los rascacielos. Es el agua que se utiliza en los laboratorios para elaborar los jarabes.

El agua con la que una mujer se baña. Ésta es la única agua piadosa, la única que contiene la palabra dulzura, y la única que es una extensión de la mano del hombre. Es la misma que se utiliza en la pila bautismal.

El agua que bebemos mientras escuchamos a Brahms. Es la gasificada, y cuya sensación a burbuja mejora si le agregamos vodka.

El vino tinto. Todo vino tinto fue agua potable, y si no pregúntesele a Jesucristo.

El agua que escurre por las cascadas, y que no siempre proviene de los ríos. ¿O no es común observar la cascada y no el río, en aquellos óleos del romanticismo que tanto perturbaran a Schumann?, ¿de dónde surge esta maravilla: de la mente del pintor o de aquella expresión heraclitiana de que nadie se baña dos veces en el mismo río?

El agua que escurre por las axilas, y que algunos llaman sudor. Ésta es una agüita milagrosa, capaz de provocar reacciones opuestas. Lo mismo convoca a la exacerbación del deseo —sobre todo cuando escurre de una axila femenina, a la cual se articula un brazo que va a dar a unos pechos que devienen de una cabeza en la cual yace la promesa del amor por fin complacido, y que hacia abajo apuntan, esos pechos paraditos y coronados por un pezón sonrosado, hacia una zona altamente peligrosa—, pues lo mismo invoca a esa exaltación de la pasión que hacia la repulsión atroz (para lo cual basta descubrir en la línea A del metrofierro, acaso desde una distancia de dos metros, a aquel tipo que viaja agarrado del tubo, que por toda prenda superior porta una camiseta sin magas, y que por su axila escurre un sudor generoso por la que no ha sido untado un jabón desde hace varios días).

El agua que no has de beber y que algunos llaman saliva. Es la que más se antoja, y sobre todo cuando proviene de la boca de la mujer de tu amigo querido —ni siquiera estimado, querido. Es un agua que de sólo imaginar su sabor puede hacer que pierdas la cabeza. Más vale que te mantengas apartado de ella. Sueñas con lamer esa agua, con pasar tus labios por aquella boca, expulsar la lengua y saborear aquellas mínimas, sutiles, apenas visibles gotas. Es un agua que tu amigo se chupa los fines de semana —luego de que han bebido juntos los tres, en aquel bar yupi, al que vas con tal de estar cerca de ella—, es un agua que la dama deja en el filo de la copa, y de la que eres capaz de abrevar bajo el pretexto de apoderarte de sus secretos. Es un agua que jamás será tuya.

El agua que cae del cielo y que algunos llaman lluvia. Esta agua es recurso narrativo. En algunas novelas se la bendice, y en otras provoca tragedias cuando llueve sin detenerse por milenios. En ciertas culturas indígenas se invoca su presencia con danzas y reclamos o súplicas a dioses, al punto de que cuando por fin sobreviene la gente se arrodilla o bien se descuece en lágrimas (ver primer apartado de este artículo). En el Génesis se abusa de sus efectos y el único remedio es la paciencia de Noé y su arca.

El agua que imitan los compositores. Chopin lo hizo, Dukas lo hizo, Schubert lo hizo, pero nadie como Debussy, que en su poema sinfónico El mar sentimos el movimiento del agua, que viene y va bajo el ropaje de las olas. O bien que de pronto se encoleriza y estremece todo alrededor. O que simplemente es un remanso de paz, aunque bajo cuya superficie las especies se devoren entre sí.

El agua bajo la cual los niños corren, brincan y juegan y que brota de una manguera. Es agua benigna, poco importa que los conservadores y mojigatos se encolericen cuando contemplan el espectáculo. Porque un agua que deviene en alegría no es agua que se desperdicia. Los tiesos, los que dicen no —como argumentaban Kavafis y Tournier—, siempre reprobarán estos actos maravillosos.

El agua de riñón. Recibe este nombre un agua milagrosa, que algunos emplean, como el gran Zeus, para enardecer a su víctima —arrojada sobre ella recibe el nombre de lluvia de oro—, y otros para hacer rabiar a su cónyuge —sobre todo cuando la depositan en el poste, el árbol más cercano o de plano la llanta del auto.

El agua de guanábana. Es híper deliciosa. Más que la de limón, y no se diga que las de fresa, de jamaica, de chía, de mango y de horchata. Mi madre —que era experta en la confección de aguas de frutas— me enseñó a hacerla. Tendría diez años (yo), y estaba jugando en el patio cuando me llamó con aquellos gritos colmados de amor y autoridad. En menos de diez segundos ya estaba plantado ante ella. Me ordenó que le echara agua a aquella mezcla de leche carnation, pulpa de guanábana y azúcar que yacía depositada en el vaso de la licuadora, y que le diera on. ¿Cuánta agua?, pregunté confuso. La que te nazca, respondió. Lo hice, la probé y conocí el paraíso.

El agua que te imaginas. Justo ésa.

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Cuento

Gabriel Pérez Rolón

Tomé el metrobús en la estación Ayuntamiento. Llevaba prisa, y cuando se aborda ese medio de transporte con el tiempo encima, no hay que hacerlo a las ocho de la mañana; excepto si se quiere llegar una hora tarde.

Siempre subía al área de mujeres, ancianos y discapacitados —de la que varias veces mujeres gorilas me habían corrido; hasta que inventé el pretexto de que anciano no era pero discapacitado sí. “Usted no tiene nada”, alegó una de esas gorilas; “claro que sí”, repliqué, ¿quiere ver mis almorranas?”.

Bueno, esta vez no cupe ni ahí; por lo que me desplacé a la última parte del camión, donde ya no cabía ni un alfiler. Ahí hay que acomodarse como Dios le dé a entender a cada quién.

En ésas estaba, recargado a un lado de la puerta, cuando entró la siguiente camada de pasajeros. ¿En dónde van a caber éstos?, me pregunté un tanto fuera de lugar pues eso es lo que menos le importaba a cualquiera de los usuarios.

Entonces lo vi.

Su cara quedó a unos centímetros de la mía; yo lo veía de perfil, y él en cambio no veía un milímetro de mi cebosa piel.

Era Gabriel Pérez Rolón. La vida lo había golpeado duro —¿tendría 70, 75?—, hacía mucho, cuando menos 30 años, que no nos veíamos; pero era él. Él, en cuerpo y alma.      Toneladas de recuerdos me apabullaron.

En aquella época, cuando apenas había dejado de ser un adolescente, en todos mis viajes a Guadalajara me le pegué como una lapa. Dueño de un taller mecánico, vivía en una zona más o menos céntrica de aquella ciudad. Cada vez que yo iba, lo primero que hacía era apersonarme en su taller. De ahí lo que venía eran parrandas en tropel. Él andaría por los 40 años, y era conocido en todos los burdeles de Guadalajara —en La Huaracha y en Las Encueradas le fiaban hasta las mismas mujeres. Lo conocían, les caía bien a las meretrices, y lo apapachaban como si fuera un hijo descarriado.

Pero quien más lo quería era mi padre. Anciano retirado de la vida pública —había sido fotógrafo de varias dependencias— nada más iba a Guadalajara para estar en la oficina del taller, platicar con la secretaria de Gabriel, o bien dar vueltas alrededor de algún automóvil en reparación, o charlar con algún cliente. Y allí, en esas estadías de mi padre en la capital del estado de Jalisco, fue donde vino la ruptura con Gabriel. De un préstamo en otro, se encargó de dejar a mi progenitor sin un centavo. Con su carisma y don de gentes lo convencía para invertir en negocios absurdos; al cabo de un par de años, mi madre se percató y cortó la amistad y toda influencia de Gabriel; cosa que a mi padre le costó muchísimo trabajo aceptar, pues él continuaba deslumbrado por el encanto aplastante de Gabriel Pérez Rolón.

Sobrevino pues la ruptura y otras cosas negativas salieron a colación: que Gabriel había violado a una de mis hermanas, que uno de los autos que le había vendido a mi padre —pues además de mecánico era vendedor— había resultado robado, que… que… que…

De todo eso me acordé, y tuve el impulso de darle un empellón y gritarle un impulso.

Pero entonces me asaltó otro recuerdo.

Sucedió una vez que me presenté en el taller sin previo aviso. Vivíamos en la ciudad de México, y yo o mi padre solíamos ir a Guadalajara, pasar ahí unos cuantos días, y regresarnos.

Pues me presenté en el taller. Era sábado por la tarde, y estaba cerrado al público; excepto a las personas de confianza, que sabíamos un truco para que la puerta cediera. Lo hice, entré, y de inmediato me sentí a mis anchas. Me dirigí a la oficina y una música tropical llamó mi atención. Estaba a todo volumen. Abrí de golpe y vi a mi padre y a Gabriel, bailando desnudos, estrechamente abrazados y absolutamente ebrios.

Cuando mi padre me vio, conservó la calma como si nada hubiera pasado; el primer sorprendido fui yo. Creí que el viejo iba a estallar. Gabriel en cambio corrió a esconderse atrás de un escritorio. Con la misma tranquilidad, mi padre comenzó a vestirse, hasta ponerse saco y corbata. Me indicó que lo esperara afuera. Lo obedecí. No supe qué pasó entre él y Gabriel, simplemente salió a los cinco minutos y nos fuimos. Cuando finalmente regresamos a México, ni en el camino ni nunca, mencionó el incidente. No le dije una palabra a mi madre. Por cierto, mi padre moriría un par de meses más tarde.

Ése era Gabriel Pérez Rolón; pero ahora se le veía decrépito, enfermo, sin vida. Llegamos a la siguiente estación y las puertas del vagón se abrieron. Descendió ahí. Yo no tenía que bajarme, pero me abrí paso atrás de él.

Y lo seguí.

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Poesía

Jirones de música

Tacho Flores
En Guadalajara tocó el quinteto para clarinete
con el cuarteto Lener. Nadie se imaginó aquella
capacidad para hacer de su instrumento el enlace
entre Mozart y el paraíso. El público acudió
al camerino, para acariciar el clarinete.

Carlos Luyando
Tocaba los timbales y su pelo ensortijado
tornábase indomeñable. Los músicos le guardaban
reverencia. “Al dios del ritmo”, le firmó Stravinsky
una fotografía, que tenía colgada en la sala.

Enrique González Philips
Hijo de Enrique González Rojo, vivía en la Álamos.
Se empeñaba en que sus alumnos estudiaran
música de cámara.
Las mujeres lo peinaban
mientras interpretaba a su adorado Bach.

Silvestre Revueltas
Un día pasó una banda por su pueblo,
y se quedó bizco del pasmo.
Se dice que estropeó una tina de tanto
golpe que le dio. Por imitar el tambor.

Cuarteto Lener
Si había algún niño en el ensayo,
Joseph Smilovits, el segundo violín,
ponía delante de él un bote
de caramelos. Para que se entretuviera.

Juan F. Mora
Él mismo liaba sus cigarros. Vestía traje claro,
zapatos blancos. Limpiaba sus quevedos de oro
con una servilleta, luego de echarles vaho. Se los
ponía cuando revisaba su sonata para violín y piano.

Augusto Novaro
Vivía en la calle de Progreso, por Escandón.
Fue matemático, además de fabricante de pianos, guitarras,
violas y violines. No sé si violonchelos.
Su hija Rosita conservó esos instrumentos. Y los mostraba.

Guty Cárdenas
Con su título de contador en las manos,
le dijo a su padre: “Con esto pago
mi deuda.
De aquí en adelante soy músico”.

Manuel M. Ponce
Salía a caminar por la calle
de Damas, en la Guadalupe Inn.
En su cabeza, la guitarra y el piano
se disputaban el cetro.

José Rolón
Viajó a caballo de Zapotlán a la ciudad
de México para escuchar a Paderewsky.
La equitación y el piano los había aprendido
en el rancho El Recreo, propiedad de su padre.

Arturo Xavier González
Le decían El Güero. Tocaba Paganini al chelo
como cualquier cosa. Nació en Tequila y murió
en Guadalajara. Fue director de la banda del estado
y de una orquesta de baile. Sus ojos eran verdes.

Mario Lavista
Apenas el sol clarea sobre la ciudad de México,
su Responsorio emprende el vuelo
desde el árbol de la Noche Triste.

Agustín Lara
Mis maestros fueron los prostíbulos, respondió
alguna vez. Cuando cumplía años, las putas
le obsequiaban una mujer virgen. Afuera de la XEW
lo esperaban por centenares. Noche a noche.

José Pablo Moncayo
Sacaba a rastras a su hermano Francisco,
El Barrilito, de las cantinas. No bebas tanto,
le decía, que te vas a morir. El Barrilito,
violinista de prosapia, le sobrevivió años.

Higinio Ruvalcaba
Tocó de zurdo. Los mariachis lo miraban sonrientes.
Y recogían las monedas que el público de la calle
le arrojaba. Atilano González, su padrino, dijo:
“Este niño me gusta para mariachi”. Y se lo llevó.

Ricardo Castro
De palidez extrema, su rostro parecía marcado
por un romanticismo trágico. Las mujeres
lo espiaban cuando tocaba en su piano Steinway
de media cola. Murió joven, con su madre al lado.

Armando Lavalle
Se acodaba en la barra y pedía una botella
de Wyborowa. Conforme el contenido iba
disminuyendo, sus ojos se llenaban de lágrimas.
Murió en Coatepec, rodeado de verdes y de amor.

Raúl Lavista
Como alguien salpica agua cuando pisa un charco,
él desbordaba música por donde pasaba.
La música le escurría, hasta empapar los guiones
de las películas. Cuando asistía al cine, sonreía.

Gilberto García
Asombraba por su modo de tocar la viola.
Todos se preguntaban de dónde
provenía aquella genialidad. Pero él
se limitaba a sonreír y desearle suerte a todos.

Leonardo Coral
Desarmaba sus camioncitos
para encontrar
el secreto de la música.

Gildardo Mojica
La gente acudía en tropel cuando interpretaba
Mozart. Era tal la dulzura con la que tocaba
la flauta, que algunos se preguntaban si dentro
de esa flauta no habría un canario agonizando.

Luis Ximénez Caballero
En sus giras a bordo de un camión bajo
el sol inclemente de Sonora, se detenía
en cualquier poblado para dirigir
la Orquesta Sinfónica del Noroeste.
Le obsequiaban agua para saciar su sed.

Federico Ibarra
Duerme profundamente,
excepto cuando una idea musical
adquiere forma en su cabeza.
Que es todas las noches.

Eusebio Ruvalcaba
Tuvo dos preceptores: Mozart y Brahms.
Desayunaba vino con Schubert,
comía pato y cerveza con Beethoven
y cenaba arenques y ajenjo con Schumann.
Perdió la cabeza cuando puso papel pautado
en la máquina de escribir.

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Novela

Desgajar la belleza
Primera Parte
Capítulo Cuatro

¿Cómo es posible que el genio más grande de la música, Bach, fuera tan humilde, que resistiera una humillación tras otra, que ni siquiera pudiera tocar el órgano cuando lo deseaba, pues indefectiblemente se aparecía el encargado de la iglesia y lo reconvenía; que su música debía ser aprobada por burócratas, por lo que escribió música maravillosa que sólo escucharon los oídos de los funcionarios, cómo es posible esto y uno ve debatirse a artistas mediocres para hacerse de un nombre, o para conservar el suyo a costa de lo que sea? ¿Cómo es posible que no se tome la vida de Bach como ejemplo irrevocable?

Dijiste y yo tomé tu pie y lo descalcé. Vi tu extremidad en toda su magnificencia. Sería capaz de amar exclusivamente tu pie. Toda mi vida. Podría prescindir de tus ojos, de tu cabello, de tus piernas. De tu voz, de tu boca, de tu vientre. Porque se ama por completo o no se ama. Y tu pie forma parte de ti. Es parte de tu belleza. De la belleza. Porque cada poro tuyo se haya concentrado de esa entidad indefinible. Así que lo besé como se disfruta una ambrosía.

Bach. Los admiradores de Bach —insististe— se dividen en dos: los que lo conocen y los que sólo han oído hablar de él. Me revientan. Los que por esnobismo externan palabras de admiración por su obra; los que nada más por sonar my cultos lo ensalzan. Gente que no tiene ni la menor idea de lo son sus Variaciones Goldberg o su Pasión según san Mateo o su concierto para dos violines o sus suites para chelo solo, gentes así que oyen ese monosílabo y se unen a la admiración con una sonrisa estudiada y previsible. Pusilánimes. Además —proseguiste— está bien. Que Bach sea un compositor para muy poca gente me parece correcto. Creo que la verdadera música, la verdadera poesía sólo es para contados. ¿Cuándo san Juan de la Cruz, o Luis Cernuda, o José María Álvarez, cuándo alguno de ellos va a ser para los lectores de libros de autoayuda o de best sellers, que cada vez se leen más, lo cual es síntoma de que cada vez se lee menos? ¿Cuándo? Pero ese tipo de apologistas gratuitos siempre los ha habido. Individuos incapaces de confesar su ignorancia, que de pronto prefieren decir de alguien uh, sí, qué extraordinario es, me encanta, a preguntar de quién se está hablando o de plano a quedarse con la boca callada. Que siempre será lo mejor.

Estabas enfurecida. Vi tu pie a mis anchas. Lo contemplé como se contempla la extremidad de una estatua perdida e inferí la belleza restante. Admiré tus uñas. Esas pequeñas y risueñas piezas ambarinas, y comprendí entonces, por vez primera, el sentido del poema de Paz, cuando afirma: “Las uñas de tus pies están hechas del cristal del verano”. Te lo dije y me ordenaste que te leyera a Paz. Y lo leí:

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,

bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,

cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,

boca del horno donde se hacen las hostias,

sonrientes labios entreabiertos y atroces,

nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible.

Leí y besé tu pie. Qué lejos estábamos en ese momento —y cuánto lo agradezco— de las críticas al hombre Paz, a la figura Paz. De la estulticia. Pero qué cerca de su virilidad, de su entraña, de su pasión. Qué felices nos hacía leerlo. Leerlo y escucharlo. Tan felices como ese beso en tu pie. Descubrimos entonces ese flujo inmarcesible de la poesía; eso extraño y vital que permite a dos seres amarse por encima de la mezquindad. Sólo un gran poeta es capaz de poner en la boca de un hombre, aquello que ese hombre que ama es incapaz de decir.

Hago mal en cumplir tus caprichos. Dime algo que me hayas pedido y que no te haya complacido. Tú decides cuándo nos vemos, cuánto tiempo, en dónde, bajo qué condiciones. Esta relación la llevas de las bridas. Tú. Digo que hago mal en complacerte en todo. Ponme la Pasión según san Mateo. Ordenaste. Pónmela y te prometo darte gusto en lo que ordenes.

La oímos y mi corazón voló hasta Mendelssohn. Cómo luchó este hombre para dar a conocer la Pasión. Para que el mundo supiera quién era Bach. Por encima de consumar su propia obra —y que la obra de Mendelssohn es grande—, por encima de velar por su propia música, Felix Mendelssohn Bartholdy, hijo del banquero Abraham Mendelssohn, y nieto del filósofo Moses Mendelssohn, se prometió como único cometido en su vida estrenar lo que para muchos es la obra cumbre de la música. Hubo de pasar humillaciones para lograrlo. Fundador del Conservatorio de Leipzig, director de la orquesta de la Gewandhaus, las puertas se le cerraron cuando propuso el estreno de la magna obra. Nadie quería oír de un judío que se proponía dar a conocer una obra que versara sobre la tragedia de Jesucristo, y menos había curiosidad en escuchar una obra escrita por un organista de iglesia, enterrado en el área de los menesterosos del cementerio de san Juan y cuyo nombre carecía del menor interés. Cierto que este músico había armado esa composición como ninguna otra; cierto que su viuda Ana Magdalena la conservó consigo hasta el día de su muerte, cuando apenas tuvo fuerzas para señalarle el paquete de la música al dueño de la buhardilla que justo ese día se había presentado para cobrarle el alquiler; cierto también, que el señor Martin Koheler, carnicero de Leipzig, envolvía los kilos de filete con la partitura de la Pasión, y cierto, por último, que la primera audición no oficial de la altísima obra fue ejecutada por carpinteros, obreros e incluso prostitutas, en un granero, todo eso es rigurosamente cierto. Pero más que nada lo que consterna es la fe de Mendelssohn en que esa música se asentara entre los hombres y sirviera de bálsamo para el dolor. Y de júbilo para los desgraciados.

Escuchamos la Pasión, me volví a mirarte y tenías el rostro anegado de lágrimas. Me acerqué y las bebí una a una. Todas tus lágrimas. Sabían a sal. Como saben tus frutos más sagrados. A una sal prodigiosa. Cada lágrima tenía la virtud de concentrar el mar. Fue como si estuviéramos en el mar. Para por fin amarnos. Para por fin saber a sal. Los dos.

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Cuento

El sentido de la vida

Para Daniel Miranda

Tengo más o menos veinte años de no vivir en la ciudad de México. Circunstancias de lo más diverso me llevaron a residir en Xalapa, población a la que si en un principio me costó trabajo adaptarme —sobre todo por la humedad pues soy muy propenso a padecer enfermedades bronquiales—, actualmente la disfruto a plenitud y conciencia.

De vez en cuando me doy una vuelta por el D.F. De pronto, algún viejo amigo me invita a pasar un fin de semana; o de plano me desplazo para sentir un poco la nostalgia en la piel.

Eso aconteció en mi última visita. Tenía tres días para revisitar la ciudad más grande del mundo. Tomé un taxi y le ordené al conductor que me llevara por los recién inaugurados cambios viales. Me percaté de tantas y tan extraordinarias innovaciones, que lograron quitarme el aliento.

En ese recorrido sin ton ni son, de pronto ya estaba yo en mi antigua colonia: la Escandón. Hasta donde pude ver, no había cambiado nada; a excepción de que ya era muy complicado estacionarse. Recorrí las calles de la Escandón con las lágrimas a punto de desbordarse. Sentía los ojos agolpados. Agrarismo, Martí, Astrónomos, Progreso, los nombres de aquellas calles cuajadas de recuerdos se sucedían como el paso de las nubes.

Entonces descubrí un lugar que había olvidado por completo.

Estaba todavía ahí. El café que solía visitar para leer —los periódicos y las revistas a los que siempre he sido tan afecto—, y, por si fuera poco, para reunirme con Laura, mi novia.

Decidí entrar.

Sabía de sobra que no me toparía con Jesús, el antiguo dueño —que en aquella época era quien atendía—, ni menos con don Casimiro, un tierno anciano que era el mozo y el mesero. Así pues, me senté en uno de los extremos del área de comida. Exactamente en la misma mesa donde siempre me había sentado. Me parecía el más adecuado porque quedaba parcialmente oculto tras la puerta, o, mejor dicho, tras una hoja de la puerta. Se acercó un mesero con cara de persona amable, y le pedí un descafeinado. “No tenemos, sólo café normal, con polvorones de cortesía”, respondió con la comanda y la pluma, listo para tomar la orden. Bueno, entonces un té de yerbabuena, dije yo perfectamente resignado. Y me dispuse a disfrutar mi visita efímera. Acaso pasarían otros veinte años antes de que regresara. Para mi esparcimiento, vi que en una mesa contigua había varios periódicos, supuse que del día. Me estiré para tomar uno, y apenas lo tuve en mi poder, una mujer entró directamente al baño. Me bastó mirarla, aun de espaldas a mí, para reconocerla. Era Laura, mi ex, la chica que veinte años atrás había extraído de mí toda la dicha y la esperanza de la vida. Todas las ilusiones y las borrascas —que sólo transcurrieron en mi imaginación, pues Laura era una mujer conciliadora, y yo un joven tímido y acomplejado.

La seguí con la mirada —ahora estaba más caderona, además de que llevaba una falda corta y estrecha que permitía entrever la sinuosidad de sus piernas—, hasta que se perdió en el baño. Recordé algún momento en el que su padre me había corrido. Nos descubrió besándonos y acariciándonos sin importarnos que estábamos en una casa y no en la parte trasera de un automóvil. En fin. Eso bastó para que le impusieran un severo castigo a Laura —no la dejaban ni que se asomara a la calle—, lo que se tradujo en una conducta que hasta la fecha no he comprendido: reaccionó contra mí, me cortó y me aseguró que yo era el culpable de la reacción de su padre por no educar mis emociones, y que no quería volver a saber nada de mí.

Si Laura supiera que desde que me fui de la ciudad de México no he conocido mujer alguna. Que a mis 35 años sigo sumido en un abismo insondable, cuyo fondo no avisto. Si supiera cómo he tratado de imponerme a su ausencia.

Lo que más añoro es su aroma a mujer. Apenas lo entreví aquella vez que su padre me puso de patitas en la calle. Había yo tocado su parte más íntima, y aunque sólo fue en forma fugaz —tan breve como un suspiro, tan intensa como un relámpago—, su perfume se quedó impregnado en mis dedos. Y aún lo conservo en mi memoria olfativa.

Escuché la palanca del excusado, y enseguida el agua del lavabo. ¿Le dirigía la palabra o no? No; no me sentía con fuerza para que la escuchara mandarme al diablo, o que de plano ni siquiera me reconociera. Cuando la vi venir, pasó a un lado y siguió su camino hasta la salida. Entonces me levanté y fui hasta el baño. Vi que en el cesto de la basura sólo había un papel sanitario usado. Evidentemente era de ella. Se adivinaba húmedo. Lo extraje y lo llevé hasta mi nariz. Aspiré aquel perfume. ¡Era el mismo! O así lo quise entender. Lo doblé delicadamente, y lo guardé en mi cartera. Donde se encuentra ahora mismo. Apenas un par de veces lo he vuelto a sacar para olerlo una vez más.

Está casi deshecho, pero le pido a Dios que me acompañe hasta el último día de mi vida.

 

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