Archive for 28 abril 2013

Consideraciones sobre la novela Desde la tersa noche de Eusebio Ruvalcaba

Por Mariana Salido

Con estas líneas sólo pretendo compartir con ustedes lo que mi imaginación columbró y alcanzó a pergeñar mi reflexión, a partir de esta novela que nos convoca hoy para su edición conmemorativa y que emite significados que, estoy segura, no se agotan en una sola lectura.

            Concluí Desde la tersa noche con lágrimas en los ojos. Y podría pensarse que esto es fácil si se es mujer o se es sentimental o que mis lágrimas hace tiempo que son mérito del autor, pero se equivocaría quien así lo hiciera. Justo en el momento en que Gabriel Bonada, su protagonista, emprende a bordo de un auto la huida que cierra la novela, perseguido por dos patrullas y un helicóptero, más allá de lo excitante que pudiera ser el ímpetu de la acción, se revela la presencia de la tragedia y su cortante belleza; de la misma forma en que a una pequeña embarcación, tras el paso de un obstáculo de abstrusas proporciones se le revelara, en toda su magnificencia, un horizonte largamente presentido. La huida de Gabriel Bonada es un crescendo despiadado, una carrera entre el velocímetro y el canto de un coro espectral, aquel coro que en las tragedias griegas rodeaba al héroe, que intentaba contenerlo, advertirle y moderarle, y finalmente lo acompañaba hacia el supuesto castigo que todo héroe debe sufrir, después de realizada su audaz hazaña.

            Este amante heroico, inocente y cursi, cuyo existencialismo corroe la solemnidad y la hipocresía de los valores de la civilización, se lanza a asesinar padrotes, tal como hacían aquellos jóvenes machos primitivos para arrebatar a los padres los derechos sexuales que éstos tenían sobre sus hijas. Con esa misma rabia, con ese mismo deseo de poseer para sí a todas las hembras, liberándolas.

            Aventurero, corredor, alcohólico, asesino, cachondo insaciable, son encarnaciones del hombre que a un tiempo no quiere morir y se va muriendo al agotar su tiempo en la ansiedad de la acción. Alrededor de él giran otros personajes. Dos mujeres: Elena y Bárbara, la primera prostituta, y, la segunda, hija de familia; y un personaje un tanto fantasmagórico, íntimo amigo de él, indigente que responde al nombre del Táimex. Todos son ellos mismos valientes, trágicos y sensibles a la belleza. Impulsivos, voraces, pesimistas, sombríos, todos, de alguna u otra forma, viven y transitan en los lindes de lo que reconoceríamos como civilización, en su sombra, o, sería mejor decir, en el sótano oscuro en el que se fincan sus cimientos.

            Bárbara, su amante desbordada, que muere al impactarse el Mustang negro en el que correrían juntos la última carrera, le pedía “correr más”: más intensidad, más velocidad, acaso más vida; le pedía también aquello por lo cual, según ella, se define la hombría: el valor de vivir de cara a la muerte, como si frente a ella y sus oscuridades, la vida cobrara brillo y su único sentido posible. Arriesgar la vida, no para morir sino para vivir. Porque no es su imprevista vocación por la justicia, su nuevo disfraz de paladín, lo que en mi corazón lo hace entrañable, sino sus ansias de asomarse por encima de la tersa línea de la mediocridad. ¿Quién era el héroe sino aquel que se atrevía a mirar a los dioses a la cara?

            En el trayecto final, es la voz de Bárbara la que lo incita, con sus gritos, con su lengua voraz introduciéndose en su oído, con su amor delirante, y lo guía a esa misma roca en la que fracasara su amor. Si es Bárbara quien regresa para llevarlo con ella o él quien quiere seguirla, si es sólo el delirio, como pensaría la mente más llana, poco importa. Hay que morir como un hombre para ser un hombre, diría André Malraux en algún lugar. Mas, ¿qué hace a un hombre morir como un hombre sino vivir como uno? Quizás elevarse por encima de la humana condición sea suficiente para convertirse en hombre y eso constituya un acto heroico de por sí. Quizás no es demasiado lo que hace heroico un acto humano. Más allá de esos muy decorosos y tal vez necesarios linchamientos, al final de la trama Gabriel Bonada prefiere acometer el acto simple —y valiente— que implica asumir el amor hasta las últimas consecuencias.

            Como Bárbara y Elena, las mujeres no queremos ser las putas de hombres cobardes o pusilánimes, cínicos o hipócritas, tibios o entristecidos; tampoco las putas de hombres a cuyo cuello va atada una correa de perro; como Bárbara o Elena, algunas hembras preferimos siempre ser las putas de los héroes.

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Música

A ritmo de blues

No sabía hacia dónde lo remitía, hacia qué parte de su memoria lo llevaba ese ritmo de blues, pero él tenía que vaciarlo en música. No era cualquier música, no podía serlo una música que reflejara la tristeza del alma de un hombre.

Se sintió perdido entre aquella muchedumbre de negros. Hacia donde volviera su vista sólo veía negros. Hombres de color que lo rebasaban por su derecha o por su izquierda. Hombres de color que iban y venían, y cuyo rostro se perdía en el límite de su mirada.

No debió haber hecho viaje a Nueva Orleans. Pero la decisión tampoco había sido errónea. Era producto de su música. Él tenía que estar donde su música se lo demandara. El éxito que había obtenido en Estados Unidos era apabullante, y su público se lo exigía.

El blues venía a sus oídos en cada esquina, en cada rincón cubierto de noche. La oscuridad parecía ser la reina de aquellas calles. Protegida por el manto del peligro. Porque había algo fuera de control. No sabría decir exactamente qué, pero lo palpaba a cada centímetro. Como si la noche hubiera descendido en forma imprudente y avasalladora. Qué diferente parecía ser la vida en París. Para él, todo en su ciudad alma mater era presagio y prodigio. Luminosidad.

Siguió caminando. Sus pasos no lo llevaban a ninguna parte. Era conocido y reconocido en las más célebres capitales de la música. En cualquier ciudad del orbe culto, su nombre despertaba curiosidad y admiración. Lo mismo en París que en Moscú, en Roma que en Londres, llamarse Maurice Ravel era motivo de celebración, y acaso fervor. Se sentía seguro caminando por aquellas avenidas y calzadas. Pero aquí en Nueva Orleans el mundo parecía haberle dado la espalda. Si su madre estuviera con él.

Todo se lo debía a su madre. Incluso la pasión por la música.

Pero ahora no estaba a su lado. Ahora cualquier cosa le podría acontecer.

Siguió caminando y se detuvo delante de una banda, a todas luces callejera. Tocaban un blues tan sentidamente dramático que los ojos se le llenaron de lágrimas. Aunque no se permitió llorar. No estaba de acuerdo en que gente extraña fuera testigo de sus emociones. Uno de la banda lo miró. Era un negro más acuciante que un personaje salido de una novela de Richard Wright —cuya autobiografía, Mi vida de negro, había leído en el avión. Lo miró con insistencia. Ravel no le quitó la vista. Algo en su interior le decía que lo mirara. Allí estaba el secreto de una música que aún no alcanzaba a descifrar. El blues tenía un ritmo que lo sumergía en una suerte de infortunio.

El recuerdo de su madre se presentó una vez más, pero ahora con más fuerza. Por encima de todas las cosas la amaba. Vio en ella la cristalización de la música, y el punto en el que convergen las artes. Su madre se merecía ese amor. Había inoculado en él la pasión por la belleza. Por los placeres mundanos, por el ejercicio del libre pensamiento. Lo mantuvo alejado de la iglesia y de cualquier precepto que sonase a yugo. Maurice Ravel se apropió de esos ideales e hizo suyos el de la perfección musical y acaso el desdén por el sentimentalismo ramplón. La música es superficie —acotaba en los cafés parisinos—, se escucha lo de arriba y así hay que tomarla, separada de la profundidad. Se reía de los conflictos que marcaron a Beethoven. En cambio Bach, Mozart y Saint-Säens eran sus maestros.

Y ahora estaba embelesado, o, más que eso, estupefacto, escuchando aquella banda. Admiraba a Gershwin, se había compenetrado de aquella música que parecía reflejarle la ciudad de los rascacielos. Pero esta música —improvisada, podría haber metido la mano en el fuego de que así era— iba más allá que cualquier presagio. Sonaba inaudita.

Como inauditos eran los ojos del negro que se dirigía a él nada más con la mirada.

En París le había tocado ver a una banda, pero semejaban personas inválidas en comparación con estos músicos que tenía enfrente. Era como si cada uno fuera poseedor de su propio ritmo. Ninguno se movía igual a otro. Los sonidos llegaban a sus oídos como salpicados. Su preocupación no era la melodía sino la disonancia. Armonías que nunca se había imaginado se desparramaban en tropel. Pero eso era la música. Una fuerza compacta a punto de desbordarse.

Sintió el golpe de la noche. Estaba en un callejón sin salida. Percibió el aroma de la droga. Buscó una vez más la mirada de aquel negro. Pero se hallaba perdida en la bóveda celeste.

Dio media vuelta y regresó por donde había llegado.

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Música

Elogio del demonio

Para Coral

Paganini cargó por encima de él a su hijo recién nacido. El niño lanzó un grito que se escuchó hasta más allá de las habitaciones reales. Favorito de la nobleza, no faltó quien le ofreciera habitación y servicios médicos dignos de un soberano. Paganini aceptó. Siempre estaba de acuerdo en recibir cualquier dádiva que proviniese de la clase encumbrada. Ganaba dinero a montones —con Liszt, era el intérprete mejor pagado de la historia, además de su propio empresario—, pero le gustaba extender la mano y apretarla con los billetes bien aferrados.

Ahora se encontraba en el palacio de la condesa Francesca de Fiutti, de quien varios se disputaban sus favores. Pero ella no veía a ningún otro más que a Niccolo Paganini. Precedido de una fama solo comparable a la de Rossini, se contaban de Paganini atribuciones demoniacas. Que si había hecho un pacto con el diablo —había quien aseguraba haberlo visto ensayar sus famosos Caprichos con Satán deteniéndole el arco—; que si su enorme y desorbitada melena ocultaba dos cuernos nacientes; que si hablaba un idioma extraño e ininteligible, sólo para unos cuantos sectarios; que si un rabo le brotaba de la espalda.

Mientras su esposa (ella y la condesa se soportaban cordialmente) lo miraba subyugada —aunque nadie podría decir si por el violinista o por su bebé—, la mente de Paganini era un marasmo. Se preguntaba qué nombre ponerle al niño. En primer término, que hubiese sido varón ya era para él harto significativo. Él había sido un niño golpeado. Sin el menor ápice de piedad, su padre solía golpearlo cada vez que daba una nota falsa. Como había acontecido con otros padres de niños músicos, quería ver en su hijo a un Mozart, que encima de todo lo sacara de pobre. Su padre había sido así con él, pero él no lo sería con su hijo. Nunca. Y sin embargo, encontró un parecido notable entre su hijo y su violín. Si a los violines se les ponía nombre, por qué no a su hijo. Un nombre de violín.

Tenía al niño bien afianzado con sus largas y enflaquecidas manos. Lo admiraba como acostumbraba admirar un violín. Ningún detalle pasaba inadvertido para él. Lo mismo se detenía en el barniz que en el remate, en las efes que en la encordadura. Y entonces se ponía al hombro aquel instrumento y tocaba. Cuántos violines había mandado al diablo porque no correspondían al precio.

En tanto el recién nacido no dejaba de llorar, su vista recorría cada parte del cuerpo de su hijo: la hinchazón de sus rasgos por el esfuerzo al pasar por el canal de parto; lo escaso de su pelo, pegado a la cabecita; el aroma de su aliento; su lengua, perfecta y de color rosado; lo diminuto de su nariz, como un pellizquito sobre la cara; la perfección de sus rasgos a escala miniatura, y, sobre todo, lo inusitadamente largo y perfecto de sus dedos, un réplica exacta de los dedos adultos, desde luego con todo y uñas.

Mi hijo será violinista, se dijo. Tiene los dedos de violinista, y mi genio. Pero cómo se llamará. Podría ponerle “Ruiseñor”, como mi Guarnerius; o “Cañón”, como mi Stradivarius.

Entonces la voz femenina lo interrumpió. ¿Estás pensando qué nombre ponerle?, escuchó. Yo ya lo decidí. Es el nombre de un guerrero y de un artista. De un hombre que no conoció el miedo y que el valor fue la única pasión que movió su voluntad. De un héroe que desde su montaña distinguía entre la cobardía y la valentía.

¿Qué nombre es ése?, preguntó Paganini, cegado por la curiosidad.

Aquiles, respondió la mujer.

Que ése sea su nombre. Aquiles Paganini, hijo digno de su padre.

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Cuento

Las palabras de un padre

Lo máximo que puedes esperar de una mujer es una correa de perro. Que te la ponga o no depende de ti”, las palabras que su padre le había dicho en su lecho de muerte le perforaron el cerebro.

Apagó su celular. No quería oír más a aquella mujer. Ni quería dirigirle la palabra. Por ningún medio.

En realidad no había reñido con ella. Como cualquiera de las múltiples veces que lo había hecho. La ira, los celos, la turbación más fuerte jamás sentida, lo había abrumado desde que se le había acercado. Qué difícil era relacionarse con ella, cuyos altibajos de carácter eran imprevisibles. ¿Cómo era posible que fuera de una emoción a otra con tal naturalidad, como si se estuviera cambiando de zapatos? De pronto parecía tan dulce, y de pronto tan desalmada. Y por más que buscaba una explicación no la encontraba.

Quizás era él quien estaba ofuscado; pero la respuesta no le venía a la cabeza. Lo único que tenía claro era que debía alejarse de ella.

Por eso aquella mañana había puesto fin a la relación. Él.

Cuando acudió al desayuno que ella le preparó, el recibimiento no pudo ser más frío. Ella lo acosó a base de reclamos. Estaba enfermo, pero aun así lo puso contra la pared. La verdad es que las cosas se le habían complicado hasta salirse de control. Estaba casado, y el día anterior había comido con sus hijos —lo cual provocó que ella le echara en cara el abandono en que la tenía sumergida los domingos—; pero eso no era una novedad: llevaban haciéndolo cuatro años. ¿Por qué en las últimas fechas todo vínculo de él con su familia la exasperaba hasta el punto del insulto soez?

Los dos eran celosos en extremo. Pero celosos era decir poco. Vivían fuera de sí. Se insultaban, se golpeaban. Se decían las más atroces injurias. Parecían condenados al infierno. Lo que los atraía demencialmente.

Excepto esa mañana. En la que él había acudido al desayuno preparado con esmero y buen gusto: enfrijoladas con lechuga, cebolla y chorizo que habrían hecho las delicias del más exigente —incluso ella le había preparado un té de ajo, de verdad exquisito, para aliviar las molestias de la tos.

Miró su celular.

Como sea, con nadie había experimentado tanta afinidad. Y a sus más de sesenta años, no era cualquier cosa; ni a los treinta y cinco de ella. Maestro de pintura él, y de letras ella, les gustaba la misma música, la misma literatura, de pronto —porque ella era vegetariana no radical— la misma comida. El mismo cine. Los mismos autos.

Se resistía a activarlo. Porque entraría una llamada de ella y no sabría qué responderle. Se quedaría pasmado ante la lluvia de reclamos y exigencias que saldrían de aquella boca femenina que tanto había besado y enaltecido. Sobrio y bajo el manto del alcohol.

Cerró los ojos y la evocó en esa lencería que ella sabía lucir como ninguna otra mujer que él hubiera conocido jamás. Pues era dueña de una voluptuosidad cabalgante que lo trastornaba al punto de volverlo loco, y que lo hacía arrastrarse como si fuera un insecto delante de aquella madona.

Y alguna vez se jactó —delante de sus amigos, que siempre lo escuchaban boquiabiertos— que él podía con una mujer así. Que se daba abasto con sus propias armas. Que sabía técnicas que a ella la pondrían una vez más en el huacal.

Mentira.

Todas sus estrategias se desvanecían cuando se topaba con su mirada. ¿Hasta dónde podría resistir?, se preguntó. La ignominia, el engaño, la inequidad. Era el pan de todos los días. A cambio del amor que los empapaba de ansiedad y terminaba por aproximar y embarrar sus cuerpos. Le encantaba cómo hacía el amor. Porque más allá de la cama, era una señora experta en el arte de encender a un hombre. Se sabía toda una serie de trucos y los aplicaba con maestría. Era capaz de hacer lo imposible con tal de darle gusto al hombre que se llevaría a la cama.

Sólo de imaginarla con su lencería negra, redobló el esfuerzo para no llamarla.

Pasó sus dedos por la tecla roja. Bastaba con que la oprimiera para que su número apareciera en el display.

Habían reñido, aunque no como siempre. Ella era más hábil que él, y se cebaba en su ya de por sí maltrecha sensibilidad. Reincidía y reincidía. Quería que se fuera a vivir con ella. Que se adaptara a una vida azarosa. Y desde luego que no la considerara su mujer si no la complacía. Porque ella no lo consideraba a él su hombre. ¿Valdría entonces la pena someterse a ella? Todo mundo merece una segunda oportunidad, se dijo con el dedo vacilante sobre la tecla.

Pero en ese momento las palabras de su padre reverberaron en sus oídos.

Apagó su celular y lo guardó en el bolsillo interior de su saco de pana café, que tanto le gustaba a ella. Lo pensaría una vez más.

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Poesía

Música al aire libre

Para José Ángel Navejas

La música fue hecha para tocarse al aire libre.
Y para escucharse al aire libre.
Primero fue la música
y después ese afán del hombre de encerrarlo todo.
De ser propietario de todo.
De hacer suya la música
a costa de privarla para los demás.
La música se hizo para ser tocada al aire libre.
Que despliegue su belleza por los aires.
Que su sonoridad se extravíe en el cielo.
La más hermosa sala de conciertos no deja de ser una jaula de oro.
Con sus pájaros dentro.

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Ensayo

El arte de morir

Todos morimos, pero muy pocos están preparados para morir. Esto es, cuando se tiene la muerte en las manos. Que de suyo es un privilegio. En una sociedad caracterizada por la violencia. En una época en que la violencia es el pan de todos los días, la posibilidad de que cada quien escoja su muerte está cada vez más alejada. Es un imposible. Porque además el hombre de nuestro tiempo no está educado para enfrentar la muerte. Ni siquiera tiene valor para hacerlo. Que de la muerte se encarguen los doctores, piensa.

Hasta cierto punto se muere como se vive. Con lucidez. O con atolondramiento. Con sensatez. O  con melancolía. Pero también se muere en forma anodina, sin coraje y sin aplomo, como una vara que se quebrara en dos.

Y aquí entra la eutanasia, que es el arte del buen morir.

La eutanasia cumple un papel fundamental en la historia de la sociedad actual.

De verdad muy pocos están ejercitados para convocar a la muerte y recibirla con los brazos abiertos. Participar de la eutanasia es, entre otras muchas cosas, un acontecimiento de rebeldía. Porque la eutanasia es una decisión que va en contra de la mediocridad. Sólo quien es dueño de su voluntad es capaz de tomar esa determinación. Es la voluntad llevada hasta el último extremo. El definitivo. Acaso podría pensarse que la eutanasia es el paso categórico antes de hacer del cuerpo un taller de la especulación médica. Cuando la gracia está por abandonar la sensibilidad y que la mente se convierta en un lote baldío, se antoja el mejor tramo para la eutanasia. En contra de la educación. Que pretende alargar la vida por encima de todo. No importa el estado del cuerpo. Hay especialistas para lo que sea. Y si se trata de operar, mejor. No se diga de hospitalizar. O de entubar. Entre más aparatoso sea el recurso médico, todos los acreedores salen beneficiados. Hace mucho que curar dejó de ser un apostolado. Hoy día es un negocio de lo más lucrativo. Como vender automóviles de importación.

El hombre está hecho para la resistencia. Es decir para hacer frente a la adversidad, o, mejor aún, a la muerte. Hasta que sus fuerzas se lo permitan. Pero eso en el fondo no es cierto. Porque dicha resistencia se pulveriza cuando la maquinaria brutal de la medicina interviene. Hospitales, laboratorios, especialistas integran un organismo que se llama mercantilismo médico. Y en aras de abultar las cuentas bancarias, la muerte se prolonga como la vía de un tren cuyo fin no se avista. Que un hombre sobreviva con sus facultades mentales a la baja, es la peor insensatez. Dilatar  la vida a costa del sufrimiento del enfermo y de quienes lo rodean es acto vil. Vivir por vivir no siempre se justifica.

En una antigüedad no muy lejana, el hombre estaba bien dispuesto a la muerte. Desde niño se le hacía ver la fugacidad de la vida. Todo lo que principia termina era el precepto que se aceptaba y bajo cuya égida se vivía. No se le daban tantas vueltas a las cosas. Pero de pronto la vida dio un giro dramático. Conforme la ciencia evolucionó, los contenedores de la razón le adjudicaron a la medicina un poder por encima de todo, sin preguntarse las consecuencias.

La eutanasia aproxima a un hombre hacia su interior más profundo.

Optar por la eutanasia significa un pleno dominio de sí mismo.

La eutanasia obliga a la quietud. No hay antes ni habrá después, dice aquel hombre que se cuestiona y que no encuentra otra solución. Está en su derecho.

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Aforismos

El Centro Histórico de la Ciudad de México

Para don Jorge Muñoz, gerente de la Buenos Aires

1) El Centro Histórico acoge a su población flotante como el panal a sus abejas zánganos.

2) Nadie sabe el perímetro exacto del Centro Histórico. Excepto si se ha bebido en sus entrañas. Cuando esto acontece, la cartografía urbana de la zona se torna clarísima, porque está rodeada de llamas.

3) El Centro Histórico es el Olimpo de los dioses urbanos. El trago y las putas tienen altares que serían la envidia de Thor y Júpiter. O de Minerva —tan engreída, la pobre.

4) Desde un avión, el Centro Histórico tiene forma de cruz. Aunque se alcance a apreciar la sangre, que se distingue mártir y pecadora.

5) En el Centro Histórico, Jesucristo se desparrama en cenizas cuando se avista la Semana Santa. Contribuye al ensuciamiento, pero se le dispensa. Nadie es capaz de arrojar tantas cenizas. Ni la quema de Judas.

6) Las iglesias del Centro Histórico contienen los ayes de los guerreros mexicas muertos durante la toma de Tenochtitlan.

7) Aunque no lo sepa, cada individuo de la actual ciudad de México daría su vida por que su perfil estuviera prefigurado en un fresco del Templo Mayor. Se le retuerce la boca de la envidia. Si cuando menos tuviera delante de sí el hedor de un perro muerto en el Periférico, podría sentirse afortunado.

8) En el Zócalo se le sigue sacando el corazón a las mexicanas. De ahí la abundancia de mítines misóginos.

9) En el Centro Histórico la vecindad es emblema de estado de sitio. Hombres y mujeres, niños y ancianos nacen y mueren ahí. Sin jamás hacer visto el exterior.

10) Los habitantes del Centro Histórico devienen desde el periodo de la Colonia. Basta observarlos de reojo. Se alcanza a ver la punta de su espada, la capa disimuladamente embozada, las patas de gallo debajo de la sotana.

11) Las mujeres del Centro Histórico suelen irse de pinta a la calzada de Tlalpan. Hay quien afirma que a ejercer la prostitución; ellas aseguran que a esperar la venida de las huestes de Hernán Cortés.

12) El libro y la botella vacía son símbolos del Centro Histórico. O se acude por el llamamiento de la cultura o por la invocación insondable del conocimiento que proporciona el vino. Que en el fondo es lo mismo, pues la cultura y el vino son emanaciones directas del espíritu.

13) Cuando se camina de madrugada por las calles del Centro Histórico, se escucha un tumulto ensordecedor. Es inútil atisbar en los alrededores. Echar un ojo. No hay nada ni nadie. Y al momento de reemprender la marcha, una vez más sobreviene el estruendo. Hay quien dice que es el murmullo sordo de la caída de Tenochtitlan. Que los guerreros mexicas no se han dado por vencidos.

14) Entre los resquicios de las piedras del Centro Histórico, escurre la música de Bach ensangrentada.

15) Todo puede acaecer deambulando en el Centro Histórico. Toparse con José Vasconcelos, beber a la vera de Silvestre Revueltas en la Buenos Aires, dar con la mirada de Ramón López Velarde en la Alameda, encontrarse al padre muerto en una librería de viejo.

16) Observar el Centro Histórico desde las azoteas, no ofrece muchas variables: las gatas sedientas de amor se distinguen caminando por el filo de las bardas hacia donde se mire. De ellas venimos los mexicanos.

17) Cada vez más, el Centro Histórico se está poblando de cafés y bares estilo la Condesa y la Roma, como si el multicitado Centro no tuviera sangre propia que corriera por su drenaje. ¿Será que los inversionistas son vampiros que requieren de sangre fresca, o que es el único modo de atraer a hombres imberbes y damas sin ropa interior?

18) Cada vez que traspaso el umbral del metro Zócalo, me pregunto qué sorpresa me aguarda. Salgo a la catedral, y mis ojos se pierden en el atrio. Entonces vienen a mis oídos las percusiones de un colectivo que emula danzas prehispánicas. Y la ceremonia me evoca un tiempo en que los dioses se disputaban el reinado de Tenochtitlan. Reflexiono entonces en la soberbia. Es tan poco el tiempo para un anciano de 61 años. No me visto con faldas de años idos. Mi andar refleja un hombre que intenta sobrevivir. Pero el ahínco no viene de mi espíritu. Viene de la envidia. Soy un cero a la izquierda en el marco del Centro Histórico. Cuando el vigor de los hombres no se medía en resistencia, sino en fortaleza espiritual.

19) Los borrachos en el Centro Histórico recuerdan en mucho a las calaveras del Tzompantli. Figuran elementos del inframundo, pero son almas vivas deseosas de amor. A esa estirpe pertenezco yo —si se me permite decirlo.

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