Archive for 23 junio 2013

Ensayo

El arte de escuchar música

1) Cuando se escucha música se avista la paz interior.

2) Existe la música que causa una suerte de exacerbación de la sensibilidad. Como un herpes que recorriera de un extremo al otro la columna vertebral. Cuando se la oye, las terminaciones nerviosas se excitan, y el cuerpo se dispone a expresarse en movimientos rítmicos y sincopados, podría decirse que de modo independiente de la voluntad de quien la escucha.

3) La música pone en contacto lo mejor de las personas que la escuchan en forma simultánea. Que puede ser el espíritu de combate, si lo que se oye es de índole marcial; de ímpetu erótico, si es wagneriano; de elevación espiritual, si es de Brahms; de levantamiento y enjundia, si corresponde al Beethoven treintañero, o de alegría pura, si es el Mozart de juguetería musical.

4) Cuando se escucha música que acicatea el alma, el sentimiento amoroso se manifiesta sin dilación. Acaso los lieder fueron escritos con ese cometido. Para degustar la ilusión del amor. Basta con escuchar El pastor entre los peñascos, La bella molinera, El canto del cisne, o tantísimos otros de Schubert para que se agradezca el dispendio amoroso que derrama la música.

5) ¿Cómo articular la música?, se pudo haber preguntado John Cage —nunca Johannes Brahms. ¿Cómo imbricar un silencio con el otro, una frase con la siguiente? La respuesta es inefable, y no corresponde a estas líneas. Pero acaso la música, sus redes, se articulen como la urdimbre que ante nuestros ojos teje en silencio aquel hombre concentrado en su trabajo. O como los caminos que urden las hormigas para retornar a casa. O quizá como los hilos de agua que se enmarañan en la ventana luego de una tarde lluviosa. O simplemente como dos almas desdichadas que buscan un poco de comprensión.

6) La música torna menos acre la muerte. La dulcifica para tranquilidad del moribundo, y de quienes lo rodean. Por eso, quienes se aprestan a morir habrían de escuchar Bach, cuya música es bálsamo para el espíritu atormentado; pero no nada más se piense en el agonizante en su último lecho, rodeado de los más allegados —incluida la mascota. También en los condenados a muerte, en los momentos precedentes a la ejecución, cuando las cosas adquieren su dimensión verdadera. Cuando lo único que viene a la memoria es la voz de la madre llamando a comer. Es el mejor momento para escuchar Bach.

7) Sólo en la música hay niños prodigio. Como si ése fuera el precio por la belleza, porque desaparecen pronto. La música es el río de que hablaba Heráclito el Oscuro: nadie se baña dos veces en la misma sinfonía. También es pasión invicta, lenguaje de tigres, raciocinio en que priva el encantamiento. Pero dio todo en cinco siglos. No tiene antes ni tendrá después. Porque es adusta e imprevisible, ajena a la voluntad del hombre, su creador. En ese proceso misterioso que significa la creación, la música es lo primero, al lado de los insectos, las estrellas y los ojos. E irrepetible. No habrá otro Mozart, por la misma razón que no habrá otro Zeus.

8) Algo acontece en los escritores atravesados por la música, imposible de dilucidar. No se sabe si aman la música aun más que la literatura. Si son felices escuchando Schumann o desventurados. Pero cuando escriben acerca de la música la pasión los sobrepasa. Como cuando un niño habla de sus canicas. O un anciano de su juventud. Entonces las insulsas tramas se transforman en épicas de corte homérico, y los enredos coloquiales y cotidianos en nudos shakesperianos. Algo tiene la música que vuelve astutos a los irrelevantes, e inofensivos a los viejos lobos. Habrá que leer a Thomas Bernhard, Jakob Wassermann, Stendhal… William Clark Styron. Y a Romain Rolland. Y por supuesto a Alejo Carpentier —¿o dije Thomas Mann, o Stefan Zweig?

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Cuento

El paquete

De manos de su amiga, Pamela recibió el paquete. Se trataba de un paquete de papel estraza, de 75 centímetros de largo por 50 de ancho, y de unos 15 centímetros de grosor. Sin nada en particular, excepto el nombre y los teléfonos del destinatario, un tal Jorge Luis Granados Blanco. Lo único que tenía que hacer Pamela, apenas llegara a Lima, era llamarlo para que lo recogiera. Sabía lo que contenía, porque ella misma había ayudado a su amiga a hacerlo: un par de vestidos de noche y un libro de recetas de cocina. Eso era todo. Al destinatario le urgía recibir el paquete porque un vestido era para su hija y el otro para su mujer. El siguiente sábado, que caía el 20 de julio, se casaba su hijo, y ellas se habían empeñado en estrenar esos modelos que habían visto en una revista. El problema era que la revista era de México y ellos vivían en Perú. Pero se habían logrado comunicar con los dueños de la fábrica, y en uno de esos acuerdos que parecen arreglados por la mano de Dios, quedaron en enviar el material a través de interpósita persona.

Sin complicación alguna, Pamela llegó a su destino el domingo 14 de julio por la noche. ¿Y esto?, le preguntó su marido cuando vio el paquete. Tengo que hablarle a ese señor —dijo, mientras con su dedo índice de la mano derecha señalaba el nombre del destinatario— y entregárselo. Este sábado se casa su hijo, y son los vestidos que llevarán su esposa y su hija a la boda. Pero ya le hablaré mañana a primera hora. Ahorita ya es muy tarde. ¿Nos dormimos? ¿Y cómo llegó a tus manos? ¿Quién te lo encargó? Mañana te cuento, ¿vale?

Bueno, cuéntame qué novedades ha habido por aquí. Estuve fuera casi un mes, y seguro tienes muchas un arsenal de chismes. A ver, suelta la sopa. Claro, agárrate, que le descubrieron una amante a David. Pero ya tenía muchos años con ella. Le tenía casa, imagínate. Nadie lo hubiera pensado. ¿No crees? Siempre quejándose de dinero, escatimando la plata para su familia, y es que todo se lo llevaba la vieja esa. Pero eso no es nada. Adivina quién salió del clóset. No puede ser, ¿alguien salió del clóset? Caramba, me voy unos cuantos días y mira nomás cuántas cosas pasan. ¿Quién?, ¿quién se destapó? ¿Te acuerdas de Virgilio? Él merito. No puedo creerlo, pero si era tan viril. Tan hombre.

Pamela empleó toda la mañana en ponerse al día con el quehacer de la casa. Por más que había dejado instrucciones, bastó con que la señora faltara un día para que su marido decidiera despacharla —estorbaba más que ayudaba, por eso la corrí—, y él mismo hacerse cargo. Y por supuesto que no hizo nada. Todo estaba hecho un asco, y no había ni por dónde empezar.

Pero no le bastó con el lunes. También se llevó el martes en la faena. Porque ese día decidió dedicarlo al jardín. Andrés es un desidioso de marca. Ni siquiera pudo regar mis rosales. A la menor oportunidad me voy a vengar. Le voy a bajar una llanta a su vehículo, con eso basta y sobra.

El miércoles resolvió quedarse en la cama. Se sentía molida. Bien podría dedicarlo a ver un par de películas que se habían quedado rezagadas. Las dos eran de George Clooney. Pero ni modo de desaprovechar la oportunidad. Así que se preparó un vodka con jugo de tomate. Y mucho hielo. Por cierto, no había revisado sus correos. Pero ya habría tiempo. Apenas tuviera un tiempo libre, se ocuparía de esa tarea, que a la larga le resultaba placentera. De paso se metería al feis y al tuíter. No fueron dos películas, fueron cuatro. Y no fue un vodka, fueron tres. Cuando llegó Andrés, la encontró desparramada, dormida como un tronco. Simplemente se desvistió, se metió en la cama y le hizo el amor. Ese truco le encantaba a ella. Se fingía dormida y lo disfrutaba por partida doble.

El jueves habría sido una pérdida de tiempo quedarse en casa. No le había dedicado el menor tiempo a sus amigas. Hizo algunas llamadas, y tomó la determinación de distribuir el día con algunas de ellas: con Alma y Eduviges en la mañana, y con Imelda y Perla en la tarde.

Ya estaba todo armado.

La pasó delicioso. Con Alma y Eduviges habló mal de Imelda y Perla, y con Imelda y Perla habló pestes de Alma y Eduviges.

Apenas abrió su bandeja el viernes por la mañana, se le vinieron encima los correos que le había enviado su amiga de México. En tono cada vez más perentorio, le reclamaba que no se hubiera comunicado con el señor Jorge Luis Granados Blanco, quien a estas alturas ya se encontraba rayando en la locura. ¿Cómo era posible que se le hubiera olvidado? Corrió al comedor, y ahí seguía el paquete: sobre la mesa.

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Música

El Estorbante

Enrico Bruno, el estorbante, como se les llamaba a los aprendices de laudería, se hizo a un lado cuando vio entrar a su maestro. Su trabajo era abrumador, desde mantener limpio el taller —lo cual era imposible— hasta lijar la madera, confeccionar un puente, limpiar las brochas con las que el maestro aplicaba el barniz. Todo tenía que estar al punto para cuando Antonio Stradivarius entraba al taller. El problema era que nunca se sabía cuándo sería esa hora. Lo mismo podía ser a las seis de la mañana que a las doce del día. Insomne crónico, la construcción de sus instrumentos de arco menos le permitía conciliar el sueño. Cada noche le prometía a Dios arrepentirse de sus pecados si le prodigaba un sueño reparador; pero al parecer su lista de pecados era muy larga porque la tranquilidad no llegaba. No duermes porque eres un viejo terco, que nada más piensa en sus violines. Si les hicieras menos caso, dormirías mucho mejor; pero esta noche te doy de comer doble ración de sopa, a ver si así duermes en paz, le increpaba su esposa Sophia.

            Como sea, ese día era especial para el taller de Antonio Stradivarius. Antonio Lucio Vivaldi había anunciado su visita, proveniente desde Venecia. La voz se había corrido. Porque una dama de alcurnia y belleza así lo había dispuesto, Vivaldi se batiría en un duelo violinístico con Giuseppe Tartini. Pocas cosas tan gratas para un italiano como darle gusto a los caprichos de una mujer. Así que Tartini viajaría desde Padua para depositar su honor a los pies de la señora; en cambio Vivaldi no tenía que desplazarse a ningún lado; excepto a Cremona, donde el taller de Stradivarius era más famoso que la popular y sagrada iglesia de Santa Isabel, donde —se decía—, al pie del altar, le había venido al Dante el nombre de su imperecedera obra.

Antonio Lucio Vivaldi había aceptado el desafío porque sabía que él mismo era la provocación del duelo. Si no hacía otra cosa más que tocar y ensayar, tocar y componer, componer y tocar —más otras cuantas licencias que le caían del cielo como la lluvia en verso. Dos meses atrás, le había escrito a Stradivarius indicándole que necesitaba el mejor violín que hubiera salido de sus manos. Que se concentrara en ese trabajo y dejara de lado todos los pendientes que en ese momento tenía en espera. Que lo suyo era urgente y no admitía dilación, pues requería familiarizarse con el instrumento antes de entrar en combate.

—¡Mira en qué estado tienes la mesa, y el instrumental sucio! —gritó Stradivarius a los cuatro vientos.

Estos desplantes le resultaban habituales a Enrico Bruno. A sus quince años no esperaba otra cosa. Si el supremo maestro luthier hubiera sido amable y tolerante, le habría parecido altamente sospechoso. Darle gusto a su maestro rayaba en la locura.

—Dame el violín de Antonio Lucio Vivaldi. Lo estoy esperando. Hoy es el día que el más grande violinista vendrá por su instrumento. Así quedamos. Tú dámelo. Para qué te informo, si no tienes la menor idea de lo que es la música. No sé cómo me atreví a darte trabajo. La cabeza que tienes sobre los hombros no te sirve ni de adorno.

Enrico Bruno obedeció. Se aproximó cuidadosamente a la vitrina en la que Stradivarius guardaba los instrumentos que consideraba terminados, tuvieran o no un comprador. Así que sacó las llaves de su mandil, y abrió la puerta. Los goznes chirriaron como si tuviesen años sin abrirse. ¿No te dije que les untaras manteca?, se quejó el maestro. Enrico Bruno no respondió nada. Pero no por falta de respeto a la voz perentoria de su maestro, sino porque la belleza del violín lo había dejado perplejo. Todo su ser se estremeció cuando lo tuvo en las manos. Su maestro era célebre por la perfección y el sonido de sus instrumentos. Jamás había recibido reclamación alguna. Los violinistas eméritos, las familias pudientes, los profesores decanos, todos querían poseer un Stradivarius. Pero —se dijo— si este violín se diera a conocer por el orbe, entonces se lo pelearían a muerte. En un duelo, en un juego de azar, en una carrera de galgos.

Iba tan concentrado que no reparó en un trozo de madera que se encontraba al paso. Se tropezó en él. Gritó, y se precipitó hacia el suelo. Toda su humanidad llevaba el trágico destino de caer sobre el violín. Cincuenta kilogramos de peso en el aire dirigidos a una obra de arte que no pesaba ni dos kilos. Nadie se hubiera atrevido a meter las manos.

Excepto Stradivarius.

—¡Estúpido muchacho! —gritó al mismo tiempo que atajaba el violín.

Enrico Bruno se dejó llevar por el impulso y se estrelló en una pata de la mesa de trabajo. Su frente sangró al instante. Unos segundos antes de que sonara la campanilla de la puerta principal.

—¡Es Vivaldi! ¡Es Vivaldi! ¡Corre a abrirle, muchacho estúpido! —le ordenó Stradivarius.

El chico corrió, abrió la puerta, y la figura de Antonio Lucio Vivaldi se apareció delante de él. Vivaldi lo miró, sonrió, y con su mano tocó aquella frente.

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Artículo

Consideraciones en torno a la novela

1) Una novela se parece a una mujer, en que provoca un vacío sin el cual no es posible vivir.

2) Cuanto más cerca está el autor de terminar una novela, más se aleja de la vida. La elaboración de la novela se ha encargado de exprimirlo como a vil naranja.

3) La novela en sí misma es descabellada y es absurda. Es una trampa.

4) No existe novela modesta. Aun la más humilde, pretende abarcar la vida toda.

5) Aun la más simple novela, es pretenciosa. En eso una novela se parece a una mujer, que aun la más humilde se cree la más bella del mundo. Porque además lo es; la mujer, no la novela.

6) Es más astuto el escritor que jamás publica una novela, que quien lo hace; porque nunca decepciona. Lo cual es un logro.

7) Escribir una novela exige concentración; escribir dos en forma simultánea, se paga caro.

8) Los escritores de novelas son animales en vías de extinción. Para sobrevivir se alimentan de telenovelas y guiones cinematográficos.

9) Cuando se escribe una novela todo se corrompe en torno. Las cosas adquieren su verdadero significado, de miseria cuando no de irrelevancia.

10) El punto final de una novela es su presentación en público; para no interrumpir el hilo del ridículo de principio a fin.

11) Novelista es quien sabe describir la caída de ojos de una mujer, y que se niega a hacerlo.

12) Una novela se debe leer a solas; si se hace entre dos, los errores se duplican.

13) Una novela se debe leer a solas; para sentir en carne propia la soledad del autor.

14) Una novela digna termina en el título.

15) Hay novelas que son un largo título. Como Ana Karenina.

16) Toda novela que se respete contiene personajes de carne y hueso, que se desplazan a donde les da su regalada gana, sin la autorización del autor.

17) Toda persona que se respete no contiene una novela.

18) Decirle a una persona “tu vida es una novela” es insultarla.

19) En la mayoría de las novelas, el humor no es llamado a la mesa. Porque robaría cámara.

20) Lo más fácil en una novela es pecar de solemnidad. No contar nada y fingir que se cuenta.

21) Contar es lo más difícil. Y más aún contar en forma continua, con las menos elipsis, con los menos recovecos, con los menos artilugios. Contar una historia a la Salinger es una aventura. Contar una historia a la William Faulkner es una proeza. Que cada quien elija. Y si no se decide por ninguno de los dos caminos, que haga su propia historia.

22) En una novela, como en cualquier línea de más de dos palabras, lo que cuenta es la hondura. Pero es la hondura lo que echa a perder incontables novelas.

23) Una novela se incrusta en la sociedad que la vio nacer, cuando llena un vacío.

24) De los 999 mil 999 usuarios diarios del metro, 999 mil 998 tienen una novela en la cabeza —que jamás verá la luz; el usuario uno que resta, escribirá esa novela.

25) Lo más difícil de escribir una novela, es no escribirla.

26) Hay libros de autoayuda que navegan con bandera de novelas; y al revés, hay novelas que sudan la autoayuda línea tras línea. Pueden leerse indistintamente. La decepción es la misma.

27) La cosa es leer, decían los abuelos; tenían razón, porque se lo pasaban pensando en la ortografía.

28) Entre menos emociones provoque una novela, menos lectores tendrá. Hasta que el género desaparezca de la faz de la Tierra.

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Poesía

Viaje mañanero

Hago sonar los hielos.
Aproximo el vaso a mi boca.
Doy el trago, y dejo que el whisky
resbale por mi garganta.
Salvo esta ceremonia,
no pido nada al mundo.
Odio viajar.
Prefiero trasladarme de mi recámara al baño
que ir a París y empaparme de su cultura.
Amo el viaje cuando es hacia dentro.
Porque no necesito moverme de mi sitio.
El alcohol es el vehículo en el que emprendo ese viaje.
A mis sesenta y un años tengo dos necesidades:
beber y escuchar música.
La música cae del cielo en forma de brisa refrescante.
Extiendo la mano y toco jirones de Brahms.
Cada semana me preparo para beber.
Me abstengo de otros gastos
con tal de sentir cómo el whisky
irriga mi sistema nervioso.
Me percato del efecto
cuando a mi memoria vienen los ojos de ella.
A mi conciencia las carcajadas de mis amigos.
Y a mi corazón, el espíritu melódico de Schubert.

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