Archive for 30 julio 2013

Música

70 florines

Ferdinand Schubert cerró los ojos de su hermano Franz. Luego de arrodillarse y de externar una oración, su primer impulso fue hacerle llegar una misiva a su padre comunicándole el deceso. Pero se preguntó en qué términos debía redactar esa carta. Los últimos tiempos del compositor, su padre había permanecido distanciado de él, por, según él, la vida licenciosa que llevaba; y no nada más los tiempos más recientes, sino más atrás, cuando Schubert había decidido no seguir siendo su empleado en la escuela de música de su propiedad; eso le había causado un tremendo disgusto. Todos sus hijos trabajaban para él en una actividad que los honraba, ¿por qué Franz no se sometía a su voluntad? Era algo que no comprendería jamás.

            Tenía que pensar.

            Puso el dorso de su mano derecha en la alguna vez rozagante mejilla de Schubert.

            Había muerto a las tres de la tarde de ese 19 de noviembre de 1828, no había pasado más de una hora, y aún la piel se sentía tibia. Hombre de trabajo administrativo además de músico más o menos profesional, más o menos aficionado, lo ignoraba todo en asuntos de la salud; excepto que su hermano había padecido sífilis —tifus no, como algunos médicos se empeñaron en hacérselo creer— los últimos siete años de su vida, terrible enfermedad que lo había hecho aferrarse con desesperación a su magra existencia.

            Lo cual no se reflejaba en su música. Aunque estuviera atravesando las circunstancias más difíciles en cuanto a la pobreza; dolorosas en cuanto a la enfermedad, o melancólicas en cuanto a una tristeza insondable, Schubert era capaz de crear la música más dulce y apacible jamás escrita.

            Ferdinand contempló con ojos acicateados por la curiosidad, el libro que su hermano tenía en el buró para leer a ratos: El último de los mohicanos de James Cooper. Lector de Homero y de Goethe, de Heine y de Shakespeare, aparte de tantísimos poetas a cuya obra constantemente ponía música, también se entretenía leyendo novelas de aventuras. Y claro, recordó cuando le regaló Ivanhoe de Walter Scott —cómo habían comentado el trabajo que le había costado localizar el volumen, lo que se prestó a infantiles bromas entre hermanos.

            ¡Qué poco sabía el padre de Schubert de su hijo! De esto no tenía ni idea, reflexionó Ferdinand. Lo único que parecía importarle era que su familia mantuviera una moral severa, a costa de cualquier precio. Desde que había enviudado.

            Su padre era músico, y ni aun así parecía comprender la esencia del alma de su hijo. Esa alma suya, que reunía en torno espíritus afines, de artistas, sobre todo de poetas —y cantantes, que estrenaban sus lieder en el ámbito doméstico donde corría el vino y la gracia femenina.

            Pero no era esa ignorancia lo que influía en su ánimo para resistirse a informar a su padre; más bien era la indiferencia paternal.

            Su padre sabía de sobra la agonía pavorosa por la que había cruzado Franz. Sabía que llevaba más de una semana sin probar alimento porque su estómago lo devolvía todo; sabía que el compositor más amado entre sus contemporáneos —no necesariamente músicos, por supuesto— sufría fiebres altísimas que lo hacían perder la razón y convulsionarse. ¿Y cómo no iba a ser amado si sus melodías —príncipe de la melodía, se había ganado el sobrenombre— apenas conocidas por unos cuantos, elevaban el espíritu y tornaban en alegría el desasosiego, y en esperanza el desconsuelo?

            Eso lo sabía.

Vino a su mente cuando los hermanos y el progenitor tocaban música de cámara, Franz a la viola y su padre al violonchelo, y él y su hermano Ignaz a los violines. Sin duda, allí había aprendido Franz las bases de lo que más tarde se convertiría en uno de sus torrentes más vigorosos y expresivos, de coraje y enjundia punzantes: el cuarteto de cuerdas.

La indiferencia no era nada más hacia su hermano, también lo era para él, Ferdinand.

Su padre.

Habría querido tenerlo a su lado en ese momento. Abrazarlo y que lo abrazara. Refugiarse en él. Que el hombre llorara y que ambos encontraran alivio, el uno en el otro.

Empezó a redactar la carta.

Un deber moral lo obligó. Su padre no se había presentado en casa cuando menos para despedirse de Franz Schubert. Eso no podía quedar impune. No delante de él. No para él, se dijo con el corazón sangrando. ¿Qué podría hacer para que el hombre se conmoviera, para que se percatara de lo que había hecho? Lo que habría dado Franz por verlo. No lo pensó dos veces. El entierro saldría en 70 florines. Le diría que él, Ferdinand, pondría 40, y que en consecuencia le corresponderían a él, al padre de aquella familia, 30. Tampoco era mucho.

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Música

CARTA DE RIMSKY-KORSAKOFF A MUSSORGSKY

San Petersburgo

22 de julio de 1879

 

Modika querido:

Mi corazón yace sumergido en el dolor.  Te fuiste hace apenas dos días, y mi angustia crece minuto a minuto. Tienes que dejar la bebida. No hay cuerpo que aguante. Tu ritmo de beber es alarmante. Convivimos seis meses. Seis largos y terribles meses te ofrecí mi casa con el amor y la solicitud de un amigo. En esos seis meses fui testigo del prodigio de la genialidad en tu persona. Te escuchaba mientras tú improvisabas al piano. En esas improvisaciones vaciabas tu genio implacable. Allí estabas, beodo desde la punta de tu cabello hasta el último de tus dedos del pie. Y yo empapado en lágrimas. Escondido en la habitación vecina. Allí estabas como el más triste de los hombres. Improvisando la más hermosa música que yo haya oído jamás. Y que se pulverizó. ¿Recuerdas cuando te pregunté por qué no la apuntabas, esa vez que te acerqué papel y pluma, un domingo en la noche que no te habías despegado del piano todo el día? ¿Y recuerdas lo que me respondiste: que esa música la tenías impresa en tu cabeza? Y soltaste una carcajada que me dio pánico.

 

Mi novia Nadina Alejandrovich dice que eres artista cuando haces música y cuando hablas, cuando duermes y cuando caminas. Que todo el tiempo eres artista. Cómo no te escuchó cuando lanzaste tus diatribas en contra de Bach. ¿Recuerdas que Bach es el dios de Nadina Alejandrovich? Pues aun en ese momento eras artista. Fue la discusión más áspera que tuvimos. Me echaste en cara mi mediocridad por ser maestro del conservatorio, por componer como compongo mis sinfonías y mis óperas. Pecaste de soberbio cuando hablaste de ti en un tono que no admitía discusión respecto de tu espíritu revolucionario que inoculaba tu música. Y lo peor de todo es que tienes razón. Soy un apocado. Un pobre compositor que hace música para la complacencia de su espíritu. Pero soy feliz, profundamente feliz. Tengo alumnos que me siguen, y que pagan en forma espléndida sus clases. Mis obras se tocan y me permiten vivir bien. Tengo una casa de la cual mi novia Nadina Alejandrovich acaba de tomar posesión, y que, si Dios lo tiene a bien, pronto se verá poblada de niños corriendo de aquí para allá.

 

Modika, Modika: por el inmenso amor que le guardas a tu señora madre debes controlar el alcohol. Sé que has tenido una vida cuesta arriba. Que tus obras te las rechazan los burócratas pestilentes, como tú les llamas acertadamente. Que cada obra tuya que es rechazada no tienes más remedio que sumergir el dolor en vodka. Sé todo eso. Pero te lo digo francamente: te estás perdiendo, y tu talento se va ir al infierno.

 

Siempre tuyo,

Nikolai

 



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Música

Stalin

Leyó el oficio dos veces. La orden era específica: tenía que tocar en el sepelio del camarada José Stalin.

Se desplomó en el sillón donde acostumbraba pasar gran parte del día envuelto en la modorra. Luego de cada ensayo, David Oistrakh regresaba a casa y dormía unos cuantos minutos. Para él, un sueño reparador equivalía a una inyección de vitaminas.

            Pero ahora no quería dormir. Ahora sólo deseaba reflexionar sobre la mala nueva que acababa de darle su amigo, el pianista Sviatoslav Richter. Sentir en carne propia la muerte de Sergey Prokofiev.

            —No he encontrado una sola flor —le había dicho—. Todas las flores están en el sepelio de Stalin. Cómo se fueron a morir el mismo día…

            Sí, cómo era posible que hubiese pasado eso, se dijo el mejor violinista del mundo al tiempo en que depositaba su mirada en la fotografía de Prokofiev que tenía en la pared que pertenecía a los músicos. Estaba ahí con Shostakovich, con Kabalevsky, con Khachaturian. Todos los grandes compositores rusos le habían dedicado conciertos. El violinismo ruso se había enriquecido gracias a él, a David Oistrakh. Prokofiev mismo le había compuesto dos, que además se contaban entre los más bellos del siglo XX.

Sin duda parecía algo sobrenatural que el dictador José Stalin hubiese muerto el mismo día que Prokofiev. De haberse enterado, al compositor le hubiera dado lo mismo. En vida, había desafiado al tirano. Lo había hecho a través de su música y de su rebeldía. Para nadie era un secreto que Stalin había intentado menguar la creatividad de Prokofiev, y que Prokofiev había escrito una Oda a Stalin que fue el hazmerreír.

En realidad había desafiado a todos. Era tal su originalidad, su potencia, su vigor, que los críticos musicales reprobaban cualquier cosa que viniera de él. Como cuando estrenó su segundo concierto para piano. Un crítico había apuntado: “El segundo concierto de Prokofiev es cacofonía que nada tiene que ver con el arte de la música. Sus cadenzas son insufribles. El concierto está lleno hasta rebosar de fango musical, producido, uno podría imaginar, por el derrame accidental de tinta sobre el papel de música”.

Con las manos en los descansa-brazos, Oistrakh evocó una de las muchas imágenes que tenía de su amigo Prokofiev. Después de cada concierto, cualquiera hubiera pensado que el compositor se iba a arredrar; tan despiadadas e insensatas eran las críticas que cosechaba. Pero Prokofiev era invencible. Entre más crueles y feroces las críticas, más inmediatamente se ponía a componer, y a estrenar. Lo vio componiendo en su retorno del extranjero, aquel segundo concierto. Volviéndolo a componer mejor dicho, porque la partitura original se había quemado en un incendio. Y ni siquiera así se le veía nervioso o desesperado. Era como si las adversidades le arrancaran un rayo de esperanza, se dijo David Oistrakh, y se sonrió.

Pero ahora estaba muerto.

¿Qué podría tocar en el sepelio de Stalin: Tartini, Bach, Mozart? No quería pensar en eso. Pero sintió que la vista se le nublaba.

Enfermo de diabetes, David Oistrakh sintió que la glucosa había descendido. Entonces se dirigió a la cocina, tomó una naranja, la partió en dos y absorbió el jugo.

No podía evitarlo, cada vez que comía una naranja venía a su cabeza aquella anécdota que Prokofiev le había contado a él, a Sviatoslav Richter y a Rostropovich. Parecía una broma. Se refería a cómo, en Nueva York, se había negado a que durante el estreno de su ópera El amor por tres naranjas, los fruteros vendieran naranjas en el auditorio. Uno de ellos había mandado hacer un cartel que decía: “Esta marca suculenta y saludable inspiró a Prokofiev, y el compositor las utiliza con exclusividad en esta ópera y en su casa”.

Pero ahora estaba muerto.

No nada más los críticos y el público en general habían reprobado la música de Prokofiev; también el ala radical del gobierno staliniano. El más genial compositor soviético de la época moderna tenía que obtener la aprobación de los censores para que sus obras se escucharan. Y el hecho de que Stalin hubiera muerto el mismo día, parecía como el último atentado del tirano. Quien ahora esperaba que pusiera el arte del violín a su servicio.

Richter fue muy claro: como no había ni una sola flor en todo Moscú, él recortaría una rama del pino que crecía en su casa. Y entonces fue cuando David Oistrakh se estremeció. La idea sobrevino como una descarga eléctrica: lo único que podían hacer era tocar. Pero no para Stalin, para Prokofiev. En las funerarias siempre había piano. Cuando se lo comentó a Sviatoslav Richter obtuvo la aprobación inmediata. Se pusieron de acuerdo en que tocarían la primera sonata para violín y piano.

Que Stalin se fuera al diablo.

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Cuento

96 grados

¿Y si mi mujer me quiere matar? No sería nada difícil. Le he sido infiel un millón de veces, y soy un alcohólico irredento. Me puede enterrar mi navaja de cazador, o cualquier cuchillo de cocina, o deshacerme la cabeza a martillazos cuando esté dormido. Si no me mata ella, yo la mato.

Bebo sin que se percate. Nada más para no tener encima sus gritos. Quisiera saber si se da cuenta. Seguro que sí.

Sólo una copa.

Cualquier cosa que beba siempre habrá de estar helada. Porque sigo mis reglas. El congelador lo tengo atiborrado de botellas. Los pleitos con mi mujer son constantes. No porque deje yo de beber, sino porque odia que invada sus espacios, que van desde el congelador hasta la recámara —donde tengo alguna botella de reserva—, y más allá, hasta el garage mismo. La casa toda. De la que se ha ido apropiando como una rata de su madriguera.

He envejecido. Lo que quiero decir es que mi rostro, de ser blanco y aduraznado, se ha tornado rubicundo, chapeado como un tomate. No me importa gran cosa, porque a pesar de esta cara que revela ser portadora de un alma proclive a los excesos, a pesar de eso, las mujeres se siguen acercando a mí. Desde luego eso mi esposa no lo soporta. Cuando vamos a comer a un restaurante, lo primero que hace es pasar lista a la concurrencia. Pobre de mí si hay alguna mujer guapa a la redonda, porque entonces me obliga a que me cambie de lugar. Esto no me ocasiona mayor problema, lo que no aguanto es que apenas pido mi aperitivo derrama encima de mí sus insultos y procacidades, y delante del capitán para acabarla de amolar. Generalmente los hombres son empáticos, y todo tienen menos sorna en los labios; quizás en la cocina se burlen de mí, pero su solidaridad me hace sentir bien. Estoy seguro que muchos de ellos viven situaciones semejantes.

Me he vuelto, pues, maestro en el arte del engaño. Que no se dé cuenta. Si hubiera tenido hijos, les habría podido enseñar eso. Pero me voy a morir en blanco. Sin hijos, cualquier cosa se la acaba llevando el diablo. Hay que tener una gran meta en la vida, que sustituya la carencia de hijos. Como yo ahora. Que he decidido mi golpe maestro, algo que me saque del abatimiento en el que se ha convertido mi vida.

Matar a mi esposa. Dame fuerzas, Dios mío.

No soporto su dictadura. Todos los días se esmera en destruirme. Soy como su sparring, que conmigo se desquita de todas sus frustraciones, su ira, su estulticia.

La mataré porque de no hacerlo acabará corriéndome de mi propia casa. Es una arpía. Mi única pasión es ver su cuello cercenado por mi navaja de cazador. Pero esta pasión me tiene sumido en la más terrible desesperación. Ya no duermo. No como bien. Escucho su voz, sus risotadas burlándose de mí apenas intento conciliar el sueño, o cuando quiero ver la televisión, o de plano no hacer nada. Incluso he pensado que ella es la culpable de mis achaques: calambres, chasquidos en la mandíbula, reumas. Entre más tiempo pasa, más se agudizan mis males. Con ella muerta, volvería a ser un hombre vigoroso.

Naturalmente que me pregunto cómo matarla. Como ya lo dije, partiéndole el cuello en dos. Sorprenderla de espaldas y sesgar su yugular. Como ella lo haría conmigo si no estuviera yo más alto. He reflexionado los peros de este crimen. En primer lugar, que la policía daría conmigo en forma instantánea: si huyo, por huir, y si no huyo porque no sería capaz de resistir un interrogatorio; me botaría de la risa a las primeras de cambio: ¿cómo podría mantener la sangre fría? Nada más de recordar la sangre escurriéndole a borbotones mientras me estuvieran interrogando, sería imposible conservar el control. Ni siquiera tendrían necesidad de preguntarme ¿usted la mató?

También podría estrangularla, o llenar de agua la tina y ahogarla. Pero aquí el problema es que tendría que mirarla de frente, y esa mirada se constituiría en mi pesadilla. Estoy seguro. La odio a muerte. Ha hecho de mí un guiñapo, pero no quiero que su muerte se convierta en un símbolo de terror para mí. Que me quite el sueño. Soy un cobarde, y de ninguna manera soportaré sus ojos mientras pasan de la vida a la muerte. Dicen que esa expresión es diabólica. Y que si eres cobarde mejor ni lo hagas. ¿Que me acompañen hasta el último día de mi vida? Jamás. Por cierto, hace siglos que no he visto mi navaja. Necesito pulirla. Sacarle filo. Cachondearla. ¿Dónde estará? ¿Y si ella la tomó? ¿Si me quiere hacer lo mismo? No le daré la espalda.

Ya escuché el motor de su automóvil. Lo está metiendo al garage. ¿Y mi navaja?

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Novela

Desde la Tersa Noche

desdetersanoche

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Artículo

George Hal Bennett

Para Roberto Wong

1) 1978. Salía yo de una sesión de trabajo en el Centro Mexicano de Escritores. La institución estaba en las calles de San Francisco, en la colonia Del Valle. De pronto pasé delante de un negro que estaba recargado en un automóvil. ¡Ruvalcaba!, dijo. Me volví a mirarlo. “Leí tus cuentos. Tienes errores técnicos, que nadie más que yo te los puede corregir. ¿Te interesa?” Era gringo. Sí, respondí. Dame tu teléfono. Yo te marco. Vete. Me di la vuelta y proseguí mi camino. A las 3 de la mañana de esa noche sonó el teléfono. Yo vivía casado con Maris. Nuestra casa estaba en la Roma. Era él. El gringo. “Habla George Hal Bennett. Ven inmediatamente para corregir tus cuentos”. “Pero son las tres de la mañana” “No importa. ¿Vienes o no?” Y fui. Esa fue la primera vez que nos encontramos.

2) Años atrás, George Hal Bennett había sido becario del Centro Mexicano de Escritores. Y se había quedado a vivir en México. Vivía en el cuarto de la servidumbre de la casa.

3) Sin dejar mis cuentos, empecé a escribir una novela bajo la égida de George. Siempre me llamaba del mismo modo. Todo en él era imprevisible. Excepto el trabajo. Era incansable. Cada capítulo que escribía yo, él lo iba traduciendo —me había comprometido con su editor neoyorkino. Se detenía en los periodos gramaticales, en los párrafos. Sus observaciones comprendían lo mismo al lenguaje que a la trama, a las dimensiones de los personajes que a la adjetivación. Pero sobre todo me enseñaba a vivir. A luchar. Con su ejemplo.

4) Llego ebrio. Toco, él abre y de inmediato se percata de mi estado de embriaguez. Yo no le doy clase a escritores borrachos, dice y me echa la puerta en las narices.

5) Es el único maestro que he tenido. Y yo fui el único alumno suyo. Me lo especificó a gritos.

6) Me llama a media noche y me ordena que vaya inmediatamente. Que no toque. Que entre. Llego. Entro. Todas las luces están prendidas. Descubro gotas de sangre en la alfombre. Las sigo. Me grita ¡Eusebio, sube! Y subo. Las gotas son cada vez más copiosas. Una tras otra. Por fin llego hasta su cuarto. ¡Entra!, y entro. Está escribiendo a máquina. De su mano derecha brota la sangre. Incontenible. Salpica el mantel y su camiseta. ¿Qué te pasó?, le pregunto. Me estalló un  foco en la mano. No he podido para la sangre. Pero no puedo parar. Es lo que quiero que veas.

7) Lo vi escribir una novela en tres días. Sin detenerse. Me platicó el argumento. En tres días no dejó de escribir. Su único equipaje era una maleta en la cual llevaba adosada su máquina de escribir, papel, una muda de ropa y chochos. Cantidades descomunales de chochos. En esos tres días, no se paró más que para orinar. Yo iba a la tienda de la esquina y le compraba leche, miel y pan negro. De eso se alimentó los tres días. Adelgazó. Ya de por sí era corrioso, fuerte como un animal de cuero.

8) Llego en la noche. Trabajábamos en el comedor, que era donde se llevaban a cabo las sesiones del CME. Pero esa vez nos apoltronamos en la sala. Él enfrente de mí, con una lámpara esquinera a su lado. Entonces abrió un libro, su favorito, que llevaba a todas partes: los sonetos de Shakespeare. E inició la lectura. Sus manos gigantescas pasaban lentamente las páginas. Se veían como tarántulas sobre la blancura. Yo no hablo inglés, tradúcemelos. le pedí. Es para que escuches la música shakesperiana, repuso. Enseguida puso la Heroica de Beethoven. No una vez. Toda la noche. A todo volumen.

9) Estamos por iniciar otra sesión. En el comedor. De pronto se pone de pie y se quita la camiseta. Luego el pantalón, los calcetines. Y se detiene: “Me inhibes, dice. Delante de ti no puedo andar desnudo. Yo ando siempre desnudo. Pero tú tienes algo que me lo impide”. Se queda en calzoncillos. Hasta mí llega su olor. Percibo el sudor. El sexo. Las axilas. Y nos sentamos a trabajar. De pronto, saca unas fotos de su libro de Shakespeare. Es él, desnudo. Mírame, éste soy yo. Y naturalmente veo las fotos. Cerca de una docena.

10) Apenas entro, pone en mis manos su novela El dios de los lugares oscuros. Ese mismo día nos disgustamos. Para siempre. Quería que modificara alguna situación en mi novela. Me negué. ¿Quién es el maestro?, me preguntó. ¿Quién es el autor?, repliqué. Me corrió y me fui. Nunca lo volví a ver en mi vida. Por cierto, luego de leerlo presté el libro. Jamás me lo devolvieron.

11) Estos recuerdos vienen a cuento porque el libro regresó a mis manos, aunque otro ejemplar, desde luego. Después de más de 30 años de buscarlo. Roberto Wong, un  amigo muy querido, me lo consiguió y obsequió. Se lo agradezco.

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HOMENAJE A GABRIEL FAURÉ

DOS POEMAS Y UN CUENTO

I 

Se posesionó de la música a través de la palabra divina.
De escasos años, estaba en una iglesia cuando escuchó cantatas de Bach.
Sus padres creyeron que aquellas lágrimas respondían
al llamado del sacrificio.
Entonces fomentaron en él las actitudes que devienen
del arrobo.
Pero el destino de Gabriel Fauré no era el sacerdocio.
Sí era devoto de la paz y la contemplación.
Mas en su espíritu cohabitaban la admiración por la belleza femenina
―Marianne Viardot se llamó su amor primero,
que lo dejó por otro,
y que generó en él su sonata para violín y piano―
y el ímpetu
sacro que hace del corazón de un hombre
el mejor caldo de cultivo de la humildad.
Que Fauré experimentó con algarabía.
Con su Réquiem le hizo a Jesucristo el homenaje del corazón que sangra
―sigue habiendo el pecador que llora cuando lo escucha.
La música de cámara de Fauré se levanta
como la estatua de una Virgen al final de la jornada.
Cuando ya no hay marcha atrás.
Cuando el agotamiento ha llegado a su fin.
Agotamiento que él experimentó en carne propia
el día que sus oídos se negaron a escuchar más.
Años antes de que la muerte lo hiciera suyo.
Aún sobreviven en la campiña francesa
quienes lo escucharon tocar aquel piano negro que lo antecedía.
Cuando hablan de él, los ojos de aquellos hombres brillan con fulgor inusitado.
Como si no hubiera existido.
Como si Gabriel Fauré ocupara un sitio en el paraíso,
sólo visible para los devotos de la melancolía.

II

 

Creador de insospechadas armonías
que bien hablan de la creatividad
y frescura que poblaban su mente,
Gabriel Fauré es músico verdadero.

Toca el alma como una estrella el cielo
que se desparrama hacia el infinito.
Su brillo es inagotable, y los mismos
invidentes lo perciben. Gabriel

Fauré hace de la música el recinto
de lo sagrado, que todo hombre lleva
en el maltrecho fondo de su ser.

Quien lo escucha le da paz a su espíritu.
Como si alguien le tendiera la mano,
desde la cima cubierta de nieve.

Un niño en Notre-Dame

 Con mirada maternal, le indicó a su esposo que observara a su pequeño hijo: Gabriel Fauré.       El niño se encontraba arrodillado. A pesar de su inmensidad, la catedral de Notre-Dame propiciaba el arrobamiento. Los feligreses parecían concentrados en las palabras de Dios provenientes desde el altar. Cada quien escuchaba lo que quería escuchar.

Todos los domingos, sin faltar uno solo, la familia Fauré era la primera en aguardar el principio de la misa. Ambos padres se hallaban en la mejor disposición, con el espíritu contrito.

Aquella mañana, cuando el progenitor acudió a despertar a su hijo, no lo encontró en cama. Un casi imperceptible sobresalto lo inquietó. No era común que tal cosa aconteciera. Si alguien tenía el sueño pesado en aquella casa, era su hijo. Así que salió de la recámara y se dirigió a la suya. Entró, y contempló a su esposa acicalándose ante el espejo. Qué hermosa era.

—Gabriel no está en su pieza —dijo, con la voz un tanto imperiosa sin llegar a ser alarmante.

—No te preocupes —respondió ella—, me pidió permiso para ir a comprar panecillos. Tiene seis años y ya quiere ser útil; no vi ningún problema en otorgarle el permiso. Es tan lindo. Perdóname por no haberte dicho. Te busqué pero no te encontré.

—Estaba en la biblioteca; pero no importa, a veces me preocupo más de la cuenta.

Nada parecía distraer a aquel niño, más concentrado en sus pensamientos que una abeja en la miel.

Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

—Mira —acotó su padre—, su alma se encuentra en un estado de pureza beatífico, que con el tiempo se perderá para siempre.

—No tiene por qué ser así —reflexionó ella—, pero démosle gracias a Dios por este momento.

Poco a poco, el niño se volvió a mirar hacia el coro que se ubicaba a su espalda. Desde donde venía la música. Alguien estaba tocando el órgano —¿qué estamos oyendo, mamá? preludios de Bach, hijo. Las notas se sucedían en una suerte de parsimonia. Cada nota iba acompañada de una corporeidad que el niño Gabriel Fauré identificaba y almacenaba en su corazón. ¿Cómo era posible crear música tan linda?, se dijo en sus propias palabras. Tenía en su recámara juguetes que sus padres y su madrina Anne Marie habían puesto en sus manos. Los valoraba tanto, no pasaba un día sin que jugara con ellos. Como jugaba con su mascota, de nombre Cher. Se abstraía en oleadas de dulce voluptuosidad cuando su padre le leía poemas que hablaban de la naturaleza y del amor. Y se dejaba llevar por tierras pobladas de bosques y misterios cuando su madre tocaba el piano. Pero aquella música. La que ahora mismo estaba escuchando. Esa música que brotaba del órgano; eso era otra cosa. Nunca en su larga vida —le gustó cómo sonaban esas dos palabras, porque, se repetía constantemente, era un hombre que a sus seis años había vivido lo que un anciano a los noventa—, nunca en su ya longeva existencia se había emocionado tanto. Ese momento de dicha no lo había experimentado jamás. Apenas regresara a su casa, echaría la carrera al piano. Antes que jugar con su caballería. Bien podría esperar la batalla que tenía pensada para ese día, y de la cual escurriría mucha sangre. Correría al piano y tocaría aquella música. Una nota aquí, una nota allá,  acaso podría reproducirla. La tenía en la cabeza. Sus dedos se moverían febrilmente, y sonaría lo suficiente para que su alma se colmara de alegría. Una vez más.

Cuando la obra concluyó, le pidió permiso a sus padres para subir y conocer el órgano y al organista. Siempre y cuando no hagas travesuras —sentenció su padre—, y menos te tardes, que te puedes extraviar —añadió su madre, señalando con el dedo las escaleras que daban hacia el coro.

—Espérenme ahí, no me tardo. Ahí los veo —ordenó Gabriel Fauré.

Llegó hasta la parte más alta, y de pronto tuvo ante sí al instrumento en toda su magnificencia. No estaba el organista. Desde ahí, la vista de la nave principal era un espectáculo soberbio. No era lo mismo ver las cosas desde arriba que desde abajo. Por eso aquella música se escuchaba tan prodigiosa, porque estaba a la altura de Dios, se dijo con una sonrisa. Se acercó al teclado, extendió su mano y pulsó una nota. Nada más una, un solo sonido. Que se propagó incontenible.

Su alma se elevó.

Al mismo tiempo que escuchó los pasos provenientes desde un extremo del coro.

Sin pensarlo dos veces, se echó a correr.

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