Archive for 29 agosto 2013

Novela

Desgajar la belleza
Primera Parte
Capítulo Siete

—La música es color —dijiste— y te lo voy a demostrar.

            Siempre has estado poseída por el color. Tus vestidos, tus objetos personales, las cosas que te rodean, en todo hay un colorido notable. Como si en efecto los colores reflejaran no sólo un estado anímico sino una actitud ante el mundo. En tu caso, un estado de exaltación continuo. Feraz.

            Así que nos sometimos a la prueba.

            Principiamos con Beethoven. Con su concierto para violín. Pusimos la versión de Heifetz. No creo que se pueda pedir más. Desde que el concierto se inicia, con aquellas evocativas notas de los timbales, uno sabe que está a punto de emprender un viaje sublime. Se cuenta que este concierto lo compuso el viejo sordo para Franz Clement, un violinista famoso de la época. Hoy por hoy es el concierto preferido de los violinistas, lo consideran algo así como la prueba de fuego porque requiere, para su ejecución suprema, no sólo de técnica impecable sino de bruñida musicalidad. Y Heifetz lo toca como un dios. Sin lugar a dudas, pone a los pies de Beethoven su sabiduría violinística y humana. Concierto Diamante, se le ha denominado a esta obra maestra.

            Sacaste entonces tu vestido azul. Y te lo pusiste. ¿Verdad que le va bien el azul a este concierto? Te vi y comprendí esa unión inefable de sonido con el color. En efecto, le iba bien. Traías ese mismo vestido hace unos días, cuando fuiste a la casa. Pero ahora las vacaciones han terminado, los niños han regresado y tú y yo nos veremos menos. Aquellas charlas telefónicas de dos horas habrán de pasar momentáneamente a la historia. Ya no podré leerte más poemas de Eliot por teléfono. No te morirás de la risa con los poemas de los gatos. Pero sólo un tiempo. Ya lo verás.

            Puse enseguida el Turco de Mozart, su concierto cinco. Con Gidon Kremer, un mozartiano febril. Todo el encanto del divino Mozart está conglomerado en este concierto. Es una obra de arte delicada, de tersura exquisita. Y así lo toca Kremer, sin alardes virtuosísticos, como si su arte interpretativo estuviera imbuido de la gracia mozartiana. Cómo es posible encontrar en Mozart, una vez tras otra, esa alegría de vivir. Por encima de dramas y falsos lirismos, con él sobreviene inevitablemente la conciliación con la vida. Sólo los grandes ejecutantes tocan Mozart. Porque frescura y fineza habrán de someter la pasión. Por algo artistas como Rubinstein y Heifetz era lo que tocaban al final de su vida. Mozart me gusta para el blanco, dijiste. Y mudaste de ropa. El blanco sustituyó al azul. Ese vestido blanco tuyo de escote pronunciado, ceñido de la cintura y amplia falda, qué bien casaba con Amadeus. Dime, por favor, dime que harías el amor con Mozart. Quiero oírlo. Quiero oír que si él te lo pidiera lo llevarías de la mano a la cama. No, con él no. No seas necio. ¿Y ahora qué sigue?

            Tchaikovsky. Su concierto es, quizá, mi favorito. Nadie que lo escuche puede permanecer indiferente. Cuando aún era yo joven, había una señora que llevaba, hasta las puertas de la casa, queso, longaniza, crema. Tocaba el timbre, cruzaba algunas palabras con mi madre y se retiraba. Pues aquella ocasión se quedó pasmada. ¿Qué es esa música?, preguntó. Mi madre le dijo lo que era: Tchaikovsky, su concierto para violín. La pasó a la sala. Y no pudo irse hasta que hubo terminado. Yo me decía, mientras veía a la señora escuchar con los ojos cerrados: el secreto de este concierto es que le habla directamente al corazón. Como sólo la gran música puede hacerlo. Bueno, creo que el equivalente de este concierto en literatura sería Ana Karenina, una obra en la que está concentrado el amor todo. En la que no es posible pedir más. Saliste entonces de la recámara con tu vestido verde, el de esa tela casi transparente cuya falda parece volar siguiendo los movimientos de tu cuerpo. Por cierto, lo escuchamos con Nigel Kennedy. Ese dios efebo que de pronto ha venido a gobernarnos.

            Seguimos con Wieniawsky, con su concierto en re mayor. Qué obra trepidante. Por su pasión, bárbara, tremenda, pero también por ese aire arrabalero que lo distingue. Es un concierto que bien podría escucharse en los lupanares de la peor estafa. Henrik Wieniawsky era como su obra, un violinista genial; por cierto igualmente hábil con la espada. Un hombre que acometía la vida con elegancia y arrojo. Oímos su concierto con un gigante: Michael Rabin, otro igual que Wieniawsky; pues si él no murió a manos de un marido despechado en cambio se estrelló en su Ferrari, cuando intentaba romper un récord personal. ¡Rojo!, exclamaste. Levantaste los brazos y te pusiste el rojo. Pensé que si ahí estuviera Wieniawsky, o Rabin, da lo mismo, me habrían asesinado por hacerte suya.

            Ponme otro. Un concierto que me haga llorar, que me haga arder, que me vuelva loca. Pues no hay más que uno, te dije: Sibelius. Y con el violinista de todas las Rusias: Boris Belkin. Y conste que Irvin Gitlis y Viktor Tetriakov lo tocan mejor, pero Belkin está loco. Hace cosas que no hace nadie. Se come el violín como si fuera un fideo. Estoy convencido de que este concierto es patológico y que no cualquier violinista —por más escuela que tenga— lo puede tocar; aunque lo toque. Se necesita, ni modo, que por la sangre corra el veneno del genio. Y si no es así, se nota. Lo puse y el color pareció abandonarte. Corriste hasta la recámara y saliste con tu vestido amarillo en la mano. Sibelius es amarillo. Es devastador. Es sobrenatural. Soy dichosa por haber nacido después de él, y haberlo conocido a través de ti.

            Sólo nos restaba uno, el de Brahms. El más alto, aquel que resguarda las puertas de entrada al Paraíso. Es la música que escuchas cuando cruzas ese umbral. Y lo puse. Con el jefe Oistrakh, acaso el más extraordinario violinista del siglo XX. La música se apoderó de nosotros. Fue despojándonos de nuestros miedos, de la cautela, de la prudencia. Y dijiste, con esa seguridad tuya que tanto envidio: Esta música no va con ningún color. Ningún color está a la altura. Salvo el de la piel. Y te quedaste desnuda. Entonces Brahms te fue envolviendo. Como si te besara. Como si ése fuera el precio. De veras, cómo gocé ese momento. Con qué gusto te compartí.

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Poesía

Qué hacer los lunes

Por Miguel Ángel Lozano

Cuando salgo y quiero buscar la columna
del Financiero y ya no está.
Trato de encontrar al amigo, que semana a
semana en poco más de cuatro mil caracteres
me decía por dónde ir.
Aquél bróder que me enseñó que la literatura es
un juego, que la literatura es cosa seria, pero
que de cualquier forma hay que tener constancia.
El maestro que me citara media hora antes
de las clases para decirme cómo se usa el punto
y coma, y que la sintaxis es una perra.
Ahora, en el lugar de esos cuatro mil caracteres
va a haber otra cosa, válido o no, ya no voy a leer
mi columna.
Qué hacer los lunes cuando quiera buscar a mi
amigo, aunque sea en una columna.

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Texto del lunes

Poesía
El viagra en un soneto sin rima

Para Rafael Ríos

Yo no lo uso; nomás lo recomiendo.
El viagra te abre las puertas del deseo.
Es como la música tropical
cuando la baila una mujer cachonda.

El viagra se desparrama en tu sangre
tan velozmente como la lectura
del Decamerón. Bocaccio lo habría
usado a espaldas de su querida.

Sin que se le mencione, el viagra está
al servicio del talismán erótico.
El viagra supera cualquier sesión

de psicoanálisis. Y es más barato
que la más módica de las consultas.
Quizás porque su efecto es inmediato.

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Novela

Desgajar la belleza
Primera Parte
Capítulo Seis

Siempre he creído que las mujeres aman más que los hombres. Me refiero a que tienen más capacidad de comprensión, a que la ternura anima su entrega amorosa, a que para ellas la lealtad prefigura sus sueños. Nosotros, los hombres, quizás —dije quizás— seamos más intensos: nos vamos de bruces en el acto de amar, nos enamoramos y somos capaces de matar o de arrojarnos a un vacío si la mujer de la que estamos enamorados apenas nos lo sugiere. Pero carecemos de esa cálida manta que cubre el cuerpo de un ser desvalido y que se llama conmiseración. Eso que las mujeres sí tienen. Y que las hace infinitamente superiores a nosotros.

            Me considero un hombre afortunado, inmensamente privilegiado porque una mujer como tú haya depositado su amor en mi persona. No lo merezco. Ningún hombre merece tanto amor. Es una forma del abuso. Como es un abuso el amor que recibe el protagonista de Adiós a Las Vegas. Ese hombre condenado a muerte por él mismo y que en la recta final se topa de frente con el más grande amor que el destino podía haberle ofrecido. Ese hombre por cuyo corazón pasa, por un instante, la disyuntiva entre serle fiel al suicidio que acomete su vida o al amor que de pronto se le ha presentado en el ángel que es la prostituta, ese ser humano que se pronto insufla su vida —la vida de él— de un sentimiento desconocido. Que los menos llaman amor.

            Así que vimos la película. Fue maravilloso. Quería verla contigo. Dos horas con nuestras manos entrelazadas, con mi mano recorriendo tu muslo. Con mi piel sintiendo tu piel. Sintiendo la tibieza de tus muslos, de tus rodillas. Dos horas en que a cada paso de Adiós a Las Vegas, en que a cada canción, en que a cada pasaje de la insospechada música de Mike Figgis, y de la propia banda sonora, besaba tu mano, te escuchaba respirar, advertíate cada vez más conmovida.

            Qué inmenso es el alcohol cuando permite que dos seres humanos se encuentren.

            Desde que arrancó la historia supimos que no habíamos entrado en balde. Que allí íbamos a descubrir algo. Desde el principio. Ese terrible pasmo en el que Ben se sume cuando se bebe su anforita de brandy de un tirón, sin despegar la boca de la botella, cuando delante de él una mujer se desnuda en un espectáculo nocturno; cuando —ha bebido desde la mañana, desde el día anterior, desde hace dos días— en un acto heroico levanta la microbotella —250 ml de alcohol— y se la bebe como un niño haría con un agua de jamaica preparada por su madre, cuando grita —grito que el espectador no escucha, que sólo ve— con todas las fuerzas de su ser, digo que a partir de ese momento supimos que estábamos asistiendo a la destrucción de un hombre. ¡Pero qué extraordinario, qué espléndido asistir a la muerte de un semejante! Entonces nos enternecemos y apostamos porque Dios prolongue un poco más su sufrimiento. Pero Dios lo hizo suyo. Le concedió lo que él quería.

            Morir.

            Morir de una borrachera desesperada, continua y sostenida, sin detenerse, sin parar contra el reloj de la incomprensión. Pero vamos por partes. Él decide morir. Ni siquiera se sabe por qué. No hay aquí, en Adiós a Las Vegas, mensajes ni moralinas, ni dianética ni ecología ni nada que se parezca. Él decide morir y ya. Bebiendo. Bebiendo sin parar. Un mes bebiendo sin detenerse (aunque en realidad se ignora desde cuándo bebe así, con ese delirio; lo que la película retrata es su último mes —o menos— de vida). No come nada. No se da respiro. Lo único que hace entre beber y beber es dormir. Nada más. Pues este hombre encuentra el eslabón perdido entre el trago y la cruda. Descubre que entre un acto y el otro sólo hay un sorbo de alcohol. Un sorbo que engancha la fantasía con su símil. Lo descubre y no deja que ese espléndido eslabón se rompa. Porque en el momento que se rompa se puede echar para atrás. Una decisión que un hombre a la mitad de llegar a la cima del Aconcagua no puede tomar. Porque entre un alpinista y él —Ben— no hay ninguna diferencia: no habrá nadie que le aplauda cuando llegue a la cima, que es llegar a la muerte. Porque él habrá de morir en ese instante; como hará el alpinista, ante la contemplación de tanta belleza.

            Cuánto sufrimiento se necesita para encontrar al ser amado. Creo que eso es lo más bello de la película de Mike Figgis. Porque Adiós a Las Vegas no es otra cosa que la historia de un encuentro amoroso. De dos tipos que solos, cada uno por su lado, eran poco menos que nada; pero que una vez tomada la decisión de ser el uno para el otro, crecen delante de nosotros, nos modifican el mundo. Porque sabemos con ellos que ya nada podrá detenerlos. Hasta el último momento, cuando por fin hacen el amor y él muere. Ella encima de él. Cuyo significado no es otro que el del ángel conductor en la misión de guiar de la mano a su protegido. Qué estrujante es el amor de esa prostituta —Sera­­­—, su devastadora bondad. Una mujer que de los hombres sólo recibe golpes e insultos, de pronto encarna el sentimiento amoroso en su sentido más profundo y humano. Lo acompaña a él, a su hombre, en la carrera que ha emprendido hacia la muerte. No bebiendo; sólo escuchándolo, sólo mirándolo, sólo dándole ternura y cariño. ¿Quién más sería capaz  de abrir de ese modo el corazón, y darlo así a un ser  miserable? Sólo un ángel. Como lo son unas cuantas mujeres. Una categoría de la que los hombres estamos excluidos. Todos. Porque somos mediocres. Pusilánimes.

            Veía la película y advertí la fragilidad en la que está depositado nuestro amor. Supe que indefectiblemente se lo entregarías al siguiente hombre en el que descubrieras más sensibilidad, más talento, más pasión. Por eso te amo tanto. Porque sé que el día de mañana no serás mía sino de otro. Me excita la posibilidad de perderte. Me hace disfrutar más cada momento que paso contigo. Prométeme algo. Yo entendería si amaras a otro hombre. Porque eres demasiada mujer. Pero no me dejes por él. Ámanos a los dos. O a los tres, mejor, dicho.

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Ensayo

El arte de la recomendación

Para recomendar algo, me baso absolutamente en mi gusto personal

Richard Wagner

1) La mitad de las cosas buenas de la vida llega a nosotros por la vía de la recomendación. Cierto, la otra mitad la descubrimos por nosotros mismos.

2) No todo mundo es dado a recomendar. Por ejemplo, para recomendar un libro se requiere leer, y no cualquiera lee. Más bien casi nadie. Si el interlocutor lee un libro de cómo ser un político exitoso se queda callado y sólo abrirá la boca delante de otro político. Algo en su interior le dice que es devoto de la diosa estulticia y que más le vale mantener cerrada la boca; aunque para reconocer esta devoción se necesita de sensibilidad y autocrítica, y aquí sí las cosas se complican. Tal vez ese hombre no tiene más remedio que ser político.

3) ¿Cuándo una persona decide recomendar un libro?: ¿cuando la historia la obliga a que se vea reflejada en ella, cuando admira al autor, o cuando se identifica con el personaje protagónico? ¿Cuando el sentimiento lo hace suyo y advierte atrás de la acción la maquinaria invencible del consuelo? ¿Cuando antes que otra cosa la historia es la historia de un amor irrealizable, como deben ser las historias verdaderas?

4) El que recomienda es generoso —podría no recomendar nada. Sabe que contemplar una pintura de un artista determinado deviene en un estremecimiento inmediato, imposible de soslayar; entonces ese individuo quiere compartir esa emoción. Entiende que es algo digno de admirarse, y que desde luego nada tiene que ver con que se le agradezca la recomendación. Va mucho más allá. Lo que también acontece cuando se recomienda una bebida. O un platillo.

5) Aquí sí todos tienen una recomendación en la boca. En especial los varones, para el vino. En efecto, para un hombre recomendar una marca de bebida es algo así como su tarjeta de presentación. Siempre se llenará la boca al mencionar tal o cual marca de whisky o de mezcal, según donde esté. Y volverá la cabeza para descubrir en la mirada de los amigos la aprobación a su hombría. Y que no se le ocurra a nadie —mucho menos a una mujer, pero mucho menos— corregir aquella marca, cosecha o presentación, porque en ese momento el señalado se tornará una cobra dispuesta a saltar a la yugular.

6) El arte de la recomendación de boca en boca funciona mejor que cualquier publicidad. Porque en pocas cosas se cree como en la versión de un prójimo, ¿por qué me ha de mentir este hombre, qué ganaría con eso? Y cuando se recomienda con el apoyo de los ojos, ni siquiera se pone en tela de juicio aquella palabra. Está dicha por un individuo, y algo habrá de tener de validez. ¿O no son los ojos el espejo del alma…?

7) No es de lo más común que una mujer recomiende un tequila, un whisky, mucho menos un mezcal. Aunque le gusten. La mayoría se detiene por un temor equívoco. ¿No tiene un Siete Leguas blanco? Esto es inaudito escucharlo en labios femeninos.

8) Cuando se recomienda lo que sea, no es nada más ese objeto lo recomendado; también va en juego la persona misma. Es decir, se recomienda a sí misma cuando recomienda algo. Ella misma va en prenda. Por eso es doblemente triste cuando al cabo de la lectura, o la audición de aquella sinfonía, o de haber visto aquella película, aquel depositario de la recomendación diga: No me gustó, es malísima. La próxima vez recomiéndame algo que en serio valga la pena.

9) El que recomienda no teme quedar mal. Si está recomendando algo es porque de veras le satisfizo, y hasta más que eso. Por supuesto que se precisa de cierta solvencia al momento de recomendar. Un cierto conocimiento mínimo de la materia.

10) Las recomendaciones suelen acompañarse de ciertas características preverbales. Hay que escuchar —y que ver— a un individuo cuando recomienda, por ejemplo, armas; digamos pistolas; en virtud de que contadas personas tienen información de este tema, toda vez que hablar de pistolas no equivale a hablar de modas en la manera de vestir, aquel informador se siente —se sabe— privilegiado. Las armas no son cualquier tópico. El fulano habla de las peculiaridades de aquel revólver y su actitud se transforma, como los motociclistas cuando se trepan a su moto, que son otros.

11) A veces las recomendaciones son afortunadas; a veces no. Aun a riesgo de equivocarse, es posible advertir los alcances de quien recomienda. ¿O acaso se puede esperar mucho de quien recomiende un libro motivado por los premios que ha ganado el autor; acaso es posible meter la mano en el fuego por alguien que recomiende una película dirigida por Silvester Stallone, o protagonizada por Adam Sandler?, ¿y qué pensar de quien defienda, es decir de quien recomiende la última telenovela que se transmita no importa por cuál canal, actuada por mengano o zutano? ¿No es muestra irrefutable de que se quedaron pegadas las circunvoluciones cerebrales? En fin.

12) En música las cosas son menos dramáticas. Con la misma pasión se recomienda Tom Waits que Franz Schubert, Nick Cave que Robert Schumann, Astor Piazzola que Armando Manzanero. Los oídos se dejan acariciar por la nobleza del sonido.

13) No ha nacido el bromista que recomiende con el fin de causar un perjuicio —que bien podría ser tema para un cuento de Saki o del maestro Ambrose Bierce. No es difícil imaginar la trama: sencillamente recomendar el peor libro de un autor que goce de cierto prestigio; aquella persona lo leería, y, si es tímida, nunca se atreverá a externar su opinión… por temor a quedar en ridículo, o por mera cortesía.

14) Por cortesía, y, más aún, por amor, cuántas recomendaciones se admiten como tales. Aunque lo recomendado esté muy lejos de tener la mínima calidad. Pues dicho en la boca del ser amado es arduo —más que subir el Aconcagua— refutar aquella recomendación y sentenciar que aquel libro no vale para nada.

15) Es insólito que un niño recomiende. Excepto si se le pregunta. Porque prefiere tragarse lo que disfruta, sea un juego o un postre. Recomendar es compartir, y sólo comparten los hombres cuando han aprendido el valor de repartir lo que les pertenece a todos. Tal vez aquí radique el prodigio. Todo cuesta, excepto ejercer el arte de la recomendación. La vida se disfruta más de esa manera. Recomendando lo que produce sensaciones gratas, lo que provoca un enriquecimiento espiritual, una dicha que colme los sentidos. Aquí entra en juego la otra cara, la del egoísmo. ¿Cuántas personas se abstienen de recomendar por el mero hecho de engordar su soberbia? —por cierto, una manía muy extendida entre los escritores.

16) Con una estocada encima y entre su círculo de amigos, un hombre es capaz de recomendar a una mujer. Y no precisamente en términos de una carta de recomendación.

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Texto del lunes

Artículo: Víctor Roura, la sección y yo

1) Ahora que Víctor Roura no comanda más la sección cultural del diario El Financiero; ahora que he dejado de publicar mi columna —la cual apareció en forma ininterrumpida durante 25 años, y cuyo último nombre fue “Escombros personales”—, ahora que parece que las cosas han tomado un derrotero definitivo, he reflexionado en lo que esa actividad significó para mí.

2) Mi columna constaba de tres pilares: Víctor Roura, yo mismo y el lector. Menciono el nombre de Roura en primer término, porque era el primer lector. Ya fuera que llevara mi texto al periódico (era el único modo cuando no existía el Internet, y ni siquiera el fax), o que la enviara por correo electrónico, Víctor la leía antes que nadie; cuando lo hacía delante de mí, un nerviosismo recorría mi columna vertebral. Durante esos 25 años (que es el tiempo que duró la sección bajo la férula de Roura) jamás me objetó ni siquiera una coma, la sintaxis, y menos el tema, o el desarrollo de la columna. Alguien podría pensar que en algo tuvo que ver la inquebrantable amistad entre Roura y yo, pero la amistad no cuenta cuando se trata de darle el mejor acabado a las palabras.

3) Después vendría el otro sostén de la columna: yo mismo, que soy su autor y quien la escribía. Constaba de 4 mil 500 caracteres con espacios. Cantidad que en mi cabeza se adaptó al tratamiento del texto, sin que tuviera que ver si se trataba de un cuento, un ensayo o una crónica. Con esa medida en mi mente, pulsaba la primera palabra y el texto corría por sí mismo. Entreveía el final, como cuando desde la cima de la carretera se avista el horizonte.

4) Cualquier tema era bueno. Mi corrosión —algunos lo llamaban sentido del humor— se desparramaba de un extremo al otro de la columna. Era lo habitual. A todo le veía el lado tumefacto, aun a los acontecimientos más nobles. Pero aun dentro de la versatilidad característica de mi columna, había tres constantes: la música, las mujeres y el alcohol. Por una razón o por la otra, las mujeres parecían incrustarse en mi texto. Allí estaban. Hermosas o más o menos lindas; inteligentes o más o menos zafias; cultas o indoctas como María Félix en un palco del Palacio de Bellas Artes, solían irrumpir en mis líneas y localizar un sitio inamovible.

5) Digo que cualquier tema era bueno, porque la columna era libre como un ave. Los temas de pronto sonaban inusitados. Por ejemplo, y para no ir más lejos, en alguna colaboración armé una lista de las mentiras favoritas del hombre común y corriente (que si todos los japoneses saben karate, que si todas las veracruzanas están buenísimas, que si todos los niños de la calle sufren, que si todos los negros la tienen grande, etcétera-etcétera).

6) La música se filtraba como una droga. Escribí montones de palabras sobre mi padre —el maestro Higinio Ruvalcaba—, su época, su arte. Pero más aún, llamé a la palestra a mis compositores preferidos —fuera en forma de ensayo o de cuento. Y creo que mi querido Johannes Brahms se llevó las palmas. La verdad —y espero que esto no se tome como una fatuidad de mi parte—, cuando hablaba de música, las palabras parecían caídas del cielo. Se acomodaban sin ayuda de nadie. Como si el cuento estuviera —o el texto en cuestión— estuviera hecho y mi trabajo sólo consistiera en llamar las palabras a la silla de los condenados.

7) Pero dije que el lector era el tercer pilar. Porque sin ese lector esa columna no habría sido nada. Me hice de muchos, incontables amigos, a lo largo de 25 años. Sus nombres se me van de las manos, pero menciono algunos sólo para evocarlos: Jorge Alberto Montes, Juan Manuel Landeros, Rafael Ríos, Julio Derbez, Francisco Valencia, Arnulfo Domínguez, Hugo García Michel, Mario González y Rivera, Jorge Mariné, Héctor Trinidad Delgado, Porfirio Romo, Raúl Acevedo, Carlos Sánchez, Javier Toscano, Marcial Alejandro, Félix Fernández Christlieb, Valentín Almaraz…

8) Me llovían tragos desde las mesas vecinas, a la salud de mi columna. Casi fue una costumbre. Y no nada más en el DF, también en Guadalajara, en Hermosillo, en Zacatecas, en  Mérida, y muy especialmente en Oaxaca, donde se tenía a la sección como a un referente.

9) En fin, sólo me resta mencionar que cuando menos cinco libros salieron de la ya tan citada columna: Chavos: fajen, no estudien (Edit. Molino de Letras de la Universidad de Chapingo), Con los oídos abiertos (Paidós), Al servicio de la música (Lectorum), Amaranta o el corazón de la noche (Daga Editores), Desgajar la belleza (Conaculta), Una cerveza de nombre derrota (Almadía).

10) Y a modo de colofón, agradezco la opción del blog para seguir publicando mi columna —que lleva el nombre de “Texto de los lunes”. Ya sin Roura.

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HOMENAJE A EDVARD GRIEG
UN CUENTO Y UN POEMA

BAJO EL MANTO DE LA NIEVE NÓRDICA

Edvard Grieg acarició a su perro. Apenas abría los ojos, su mano descendía hasta la parte inferior de la cama y frotaba las orejas del animal, como si fuera la más pura felpa. Porque no nada más era un placer para el viejo pastor irlandés —que tenía con él más de quince años—, sino también para él, sin duda el pianista y compositor más venerado de Noruega.

         Esa tarde, Johannes Brahms acudiría a comer. La sola idea no le había permitido conciliar el sueño. Pese al intenso frío, un calor insoportable lo había despertado varias veces. Aquella temperatura era de tipo emocional, y provenía de su estado nervioso. Cada vez que se había despertado, veía a Brahms bajando de un carruaje y dirigirse hacia su casa a paso veloz, caminando sobre la nieve. Pero entonces algo sucedía, porque el rubicundo compositor se tropezaba y caía en un pantano de nieve. Se hundía paulatinamente hasta perderse en las arenas movedizas de hielo puro. Eso no podría suceder. En cualquier lugar del mundo podía fallecer Johannes Brahms, pero no en las puertas de su casa. No su compositor más querido y admirado. Desde que Brahms le había anunciado la fecha exacta en que se presentaría a comer, este sueño, mejor dicho esta pesadilla, se había vuelto recurrente.

         Recordó la vez que lo había conocido. En Berlín. Cuando fue convocado a una cena en la cual estarían presentes dos hombres de la misma altura, pero cada uno dueño de un concepto distinto de la vida y de la música: Piotr Ilich Tchaikovski y Johannes Brahms. Ahí había trabado amistad con el alemán. Ya lo admiraba. Desde que había escuchado su primera sinfonía, entonces sintió que un nuevo horizonte se abría delante de sí. El modo cómo resolvía los grandes escollos de una paleta orquestal, lo arrobaba. ¿De dónde le venía esa pasión contenida, esa fuerza lírica que iba de un extremo al otro del teclado, o bien de esa música de cámara para instrumentos de cuerda frotada, que lo hacía transportarse a instantes de éxtasis y encantamiento? Cómo quisiera conocer más obra suya, pero en Oslo, aunque pululaban por aquí y por allá colectivos musicales, los conciertos no habían alcanzado el nivel de popularidad deseada. Algún día, Noruega sería semillero de nuevas ideas musicales y centro de gravedad de la música europea.

         Lo primero que hizo fue apresurar a Nina, su esposa adorada —para quien había compuesto los lieder que todos los enamorados cantaban. Era su amor eterno. Quería que todo estuviera listo desde el medio día, cuando menos dos horas antes de que Brahms se presentara. Pero mi amor —se había atrevido a replicar—, todavía falta mucho. Además, con este clima y los caminos atascados de nieve es posible que no venga.

         En su casa le habían inoculado el respeto a la esposa. Pero esto era demasiado. ¿Cómo se había atrevido siquiera a sospechar que acaso Brahms los dejaría plantados?

         —Venga o no venga —respondió desde su rincón—, nosotros haremos de cuenta que vino. Porque si viene, nos arrodillamos. Y si no viene, me como su porción.

         Se sentó al piano a revisar la música en la cual estaba trabajando. Tenía muchas cosas pendientes, y eso le serviría de distracción. Necesitaba alejar de su mente a Brahms.

         Y lo logró. Su actividad lo atraía tanto, que el reloj había corrido sus buenas tres horas.

         Entonces se salió al porche y decidió esperar la llegada del maestro. El frío había tocado los 16 grados bajo cero. No quitaba la mirada del camino. Vivía a la mitad del bosque. Desde pequeño había convivido con los animales montañeses. A todos los protegía. En cada ser que lo rodeaba, veía una manifestación de lo divino, que iba más allá de cualquier explicación. El camino que provenía desde Oslo le devolvía una soledad inextricable. Muy poca gente lo transitaba. Por ese camino él mismo había llevado el cuerpo de su hija al hospital. Ya estaba muerta y aun así sobrevivía la esperanza. Su mujer lo acompañó hecha un estropajo de lágrimas. Era un pésimo conductor de carruajes, pero precisamente ese día le había tocado descansar a Olaf. Cuando pensaba en su hija —imposible no evocarla todos los días, sin faltar uno solo—, pensaba en su concierto para piano. Porque se lo había dedicado a ella, con la promesa de que tarde o temprano lo tocaría. La muerte se encargó de pulverizar esta promesa.

         De eso se acordaba ahora, cuando el frío repercutía en sus huesos como una tenaza al rojo vivo. Escuchó la voz de su mujer que le ordenaba que se metiera, que pescaría un resfrío si seguía allá afuera. Que Brahms no tardaría.

         Brahms… entonces las facciones de Edvard Grieg se traslaparon con la vida real. Allí estaba él. En persona. A cincuenta metros. Desde la parte trasera del carruaje, Johannes Brahms le hizo señas. Su cara reflejaba una franca alegría.

EDVARD GRIEG

Para los noruegos, es el sol que abre
la jornada de trabajo —aunque el cielo
esté poblado de nubes hostiles.
Porque las melodías de Edvard Grieg

semejan el canto de aves que vuelan
hacia el corazón de la primavera.
Hizo de Brahms su maestro incorruptible.
Necesitaba de un dios que le abriera

las puertas del paraíso. La música
de Grieg toca el alma mientras el sueño
nos hace suyos. Para que tengamos

una dulce noche. Su mujer Nina
cantaba las baladas que su esposo
componía para ella. Por amor.

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