Archive for 30 septiembre 2013

Texto del lunes

Ensayo
La práctica del sufrimiento

1) El sufrimiento es el camino más expedito hacia el conocimiento de uno mismo.
2) El sufrimiento vuelve zafios a los inteligentes, y cobardes a los valientes. Pero no sólo eso, también humildes a los engreídos.
3) El sufrimiento nos consagra por dentro. Enriquece nuestro espíritu. El sufrimiento —físico o espiritual— nos pone contra la pared. Nos obliga a mirarnos de forma implacable, y a transformar la relación que habitualmente tenemos con nosotros mismos. Pues la mitad del juicio respecto de nuestro ser es complaciente. Siempre pensamos que estamos a tiempo, que tenemos remedio y que nada tan bienvenido como darnos a nosotros mismos palmadas en la espalda. El sufrimiento responde que no a todo eso. Adiós a todo eso, apunta. Como indicara Robert Graves.
4) El sufrimiento —bien en su fase física, o enfermedad; bien en su fase moral—obliga a extraer fuerzas de flaqueza. Porque en efecto, el sufrimiento consume las energías. Avanza en forma despiadada y destruye todo a su paso. Mina la resistencia. Cual si fuera una maquinaria de guerra, principia por destruir las murallas más tenaces. El que sufre ve venirse abajo aquellos diques como la contemplación, la religión, la esperanza. Es el momento para desenvainar las mejores armas. Las que se fraguan en la fe.
5) El sufrimiento se traslapa con el dolor. La manta del sufrimiento arropa al dolor. Precisamente la sabiduría popular da cuenta de ese ser en uno; o mejor, de esa dicotomía. ¿O no se dice me duele, cuando lo que se quiere decir es sufro?
6) El sufrimiento va minando la salud, pero, paradójicamente, tornando más fuerte a quien lo padece. Más fuerte en lo que al alma se refiere. Pues el espíritu sale fortalecido de cada jornada sostenida por el dolor. Quien sufre, al momento de conciliar el sueño —si es que puede hacerlo— una dulce esperanza lo cobija. La ilusión de que podrá ser un hombre como cualquier otro.
7) En cuanto al sufrimiento espiritual, el que más duele es el provocado por los seres amados. Por ejemplo, la muerte del padre; por ejemplo, la infidelidad amorosa —cuando se había depositado en esa persona todo el torrente de confianza posible—; por ejemplo, la traición del amigo. Cuando por ese amigo se había apostado la mano entera.
8) El dolor físico permite ver la pasta de la que ese hombre está hecho. Porque los individuos estoicos sólo existen en la imaginería popular, o en los poemas épicos. En cuanto al hombre moderno, es cada vez menos resistente al dolor. Los analgésicos tienen la palabra en esa cuesta arriba. Esto tiene que ver con que dicho individuo le exige a su cuerpo lo mismo que le exige a su auto: que nunca falle. El dolor es síntoma de algo. Pero sólo se puede llegar al conocimiento de esa carencia si se le permite manifestarse a ese dolor. Si se le ataca o se le duerme —el hombre moderno no se puede dar el lujo de fallar en el cumplimiento de sus obligaciones diarias—, aquel dolor desaparece pero algo se pudre por dentro.
9) El hombre que sufre, cuando es inclinado a la reflexión, no quiere recuperar aquel estado de dicha impaciente; a lo más cierta neutralidad que le permita a desplazarse por los avatares de su propio pensamiento.
10) Si la mitad de la humanidad anduviera arrastrando un sufrimiento, las guerras disminuirían notablemente. Porque el sufrimiento —quizás su única ventaja, o cuando menos la más primordial— permite valorar las riquezas de la vida. Cuando el sufrimiento se domina, es porque la vida se ha impuesto. Por ahí va la lección de Cristo.

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Aforismos

El arte del aforismo

Para Mariana Torres

1) En el corazón de todo aforismo, hay un aforismo agazapado que deliberadamente no vio la luz. Es el aforismo que leen los lectores avispados. Y que los niños de brazos respiran en los brazos de sus padres.

2) Los ojos de las mujeres ocultan cuando miran.

3) Mirar hacia dentro es una tarea que sólo emprenden los necios, o los sentenciados a muerte.

4) Atrás de cada hombre que desciende bajo tierra, hay otro que sale a flote. Reforzado y curtido. Aunque apeste a inmundicia.

5) Cada idea pasa una temporada bajo tierra. Desempolvarla es tarea de hombres sabios.

6) Cada vez que un hombre escupe en la vía pública, nos recuerda que la civilización no ha arrancado.

7) Un hombre recurre a las palabras altisonantes, cuando siente que se lo merece todo.

8) El egoísmo tiene razón de peso. Un hombre es egoísta cuando le falta reconocimiento; una mujer, cuando le sobra.

9) Entre más se ahonda en el alma de los perros, más se identifica el paraíso. Es la memoria que se lleva al momento de entrar a la muerte.

10) La memoria es el ángel guardián. Cada hombre pasa lista delante de él, al momento de conciliar el sueño. Pobre de aquel que intente velar los errores. Porque son los yerros que lo conducirán al paraíso.

11) Las mujeres no leen aforismos. Piensan que nada más y únicamente las novelas las llevarán de la mano al reino del olvido.

12) Para un carpintero, cada clavo es un aforismo.

13) En mucho un jardinero semeja la vida de un poeta, que se pasa las horas buscando la semilla adecuada; para que al final falle.

14) El blanco de un aforismo es el punto en el que convergen el pensamiento y el corazón. El tiro siempre falla. Cuando acierta, el arquero vuelve los ojos.

15) Cuando una mujer decide crear un aforismo el mundo se detiene. Es la explicación de los temblores.

16) Cuando sobreviene un temblor, una mujer resolvió escribir un aforismo. En que lo piensa dos veces, el mundo reemprende su marcha.

17) Es más vulgar enterrarse la misma daga dos veces, o tres, hasta  morir, que cavarse una daga tras otra, hasta dar con el diseño justo del arma. Que en la vida todo es cosa de diseño.

18) Antes de abrir cada sobre enviado a su persona, cada destinatario —a morir— adivina el mensaje que un condenado a muerte envía a otro.

19) Un perro preserva la tristeza en los ojos, que no tiene el condenado a muerte.

20) La mujer que se relame los labios al caminar, recuerda a la bruja que habrá de morir en la hoguera.

21) Escribir es morir; pero morir no es escribir.

22) Morir no te conduce al paraíso; escribir tampoco.

23) La educación aproxima a las almas afines, que no siempre corresponden a las de los padres e hijos.

24) Conforme la música penetra vía el oído, las terminales nerviosas donde radica el alma se disponen a escuchar. Hasta que la angustia y los dolores se disipan.

25) La música hidrata en la misma medida que el agua.

26) El sonido que produce el agua es el mismo que el de la música.

27) El sonido del agua atrae el alma de los hombres y obliga a volver la cabeza.

28) El sonido del agua atrae el instinto de los animales y los obliga a bajar la cerviz y encaminarse hacia la fuente del sonido.

29) La mano escribiendo poesía recuerda la mano acariciando a un animal dormido, como quería Borges.

30) Son más los aforismos que se callan que los que se dicen. Es la materia prima del silencio.

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Poesía

Poemas forajidos

Cada minuto que pasa siento
que se pronuncia el abismo
entre tú y yo.
¿Quién ha propiciado este distanciamiento,
esta negritud que se tiende
como un túnel de incertidumbre?
¿Quién nos ha colocado en los extremos
de esta cuerda floja?
Y lo peor es que ni tú ni yo
estamos convencidos de este desastre.
Seguramente terceras personas
se están frotando las manos.
Lo que es un hecho es que todo quiero ser
menos un estorbo en tu vida.
Mírame como a un ave de paso.
Alguien que sólo deja una estela de viento.
Que menos que eso, soy.

Veme sin mirarme.
Óyeme sin escucharme.
Tócame sin sentir.
Quiero ser un incidente en tu vida.
Algo como una motita de polvo
que transcurre su existencia
sin llamar la atención de nadie.
A eso aspira mi rutina de todos los días.
A no ser nada para nadie.
Menos para ti.

Le pregunto al viento
que pasa a mi alrededor
por qué me dejaste.
Cierro los ojos,
y en mis oídos se filtra
el segundo Intermezzo
de Brahms.

Tuve la pasión en mis manos y la dejé ir.
Tuviste la pasión en las manos y la dejaste ir.
La mediocridad se quedó con nosotros.

Ayer te marqué dos veces.
Dijiste bueno, bueno, bueno.
Y colgaste.
Yo escuché tu voz
como se escucha el nacimiento
de un niño.
Cuando nada y todo está dicho.
Seguiste insistiendo y colgué.
Soy poca cosa para ti.
Como un pájaro sostenido
por una frágil rama.

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Texto del lunes

Cuento
Siempre volvemos a lo mismo

Salgo de casa a las 9 y media de la mañana. Un feliz optimismo me anima a emprender el viaje. Mi mujer se fue a trabajar a las 7 y 45 —es maestra, y tiene que agarrar su tiempo por los embotellamientos.

         Mis hijos se encuentran en la universidad, y a esta hora están en sus respectivas clases. Si no es que dormidos en sus mesas.

         Salgo, pues, y mis pasos me llevan directamente hasta la cafetería que está a unos metros, en la acera de enfrente de mi casa. Abren a las 7 en punto.

         Llego, y al momento ordeno mi desayuno. Que me sirven enseguida: huevos a la mexicana, jugo y café. Lo disfruto enormemente. A las 8 y cuarto pasa Nacho con mi periódico —cada vez resultan más escasas las noticias de mi interés, pero siempre hay. Ordeno Milenio, ordeno La Jornada. Me da igual. Diarios que leo con parsimonia.

         Cuando me percato ya transcurrió una hora. Entonces abro mi mochila, saco la libreta y prosigo la escritura de aquel cuento. O de aquel ensayo, o de aquella novela. Lo que haya dejado en ciernes.

         Me quedo una hora más. Y de pronto se me antoja una cerveza. Mejor dicho, cruza la idea de una cerveza por mis circunvoluciones cerebrales.  Pero no quiero. Sé que si la bebo ya no podré parar. ¿Cómo le hacen mis amigos, o algunos cuantos, para poder beber con mesura? Lo ignoro. Es una tentación que me rebasa. Pido pues la única cerveza que a estas alturas de mi vida soporto. Una artesanal de marca Minerva. La bebo con la desesperación de un gambusino cuando da con la veta prometida. Se me antoja una más. Pero paso. De lo contrario me quedaré ahí. Y lo único que me detiene de beber cerveza es la panza prominente que arroja tarde o temprano. Pago y salgo.

         Me dirijo entonces a Carrasco, la colonia vecina, un barrio bravo. Está a un lado de la lateral del Periférico que corre hasta Xochimilco. A la altura de la Ollin Yoliztli. Ya son las 11 de la mañana pasadas. Conduzco mis pasos hasta el bar del barrio. Se llama La Perla. Don Noé Mendoza, el dueño, me ve entrar y acude solícitamente hasta mi mesa. Soy conocido de esas calles. Compro películas. Voy a la peluquería. Como tacos de carnitas. A veces llevo auto. A veces no.

         ¿Qué quiere?, ¿lo mismo de siempre?

         Sí. Entonces pone en mi mesa una copa de JB. Vierto agua mineral y ahí principia la verdadera jornada. Anoche —y la noche de antier— tuve problemas con mi mujer porque llegué ebrio. Me preguntó de dónde venía, y me increpó que estaba llevando a la familia a la ruina —mentira, ya está en la ruina. Haciendo acopio de fuerza, le prometí que la situación iba a cambiar, que a partir de mañana —¿ayer?, ¿hoy?— yo sería otro. Me creyó y suspendió su interrogatorio/ perorata.

         Me resisto a beber. Sé que si doy un trago, doy otro. Y otro. Miro el agua mineral producir una oleada de burbujas cuando el gas entra en contacto con el trago. Se dice que los ebrios son débiles. Pero a lo mejor es más débil no quien bebe sino quien se resiste a beber. Porque es esclavo de sus preceptos, que es decir de sus debilidades.

         No ha pasado mucho de eso de la perorata de mi mujer. Apenas unas horas. Con toda seguridad, ella ha incrementado sus argumentos —siempre es igual, a lo largo de veinte años siempre ha sido igual: ¿está esperando que caiga yo fulminado por el alcohol, o que un coraje la ponga al pie de la tumba? ¿Ahora con qué me saldrá?: ¿con que debería pensar en mis hijos, en ella, en mí mismo?, ¿con que cuide mi salud? Bah, a quién le importa.

         Antes de dar el primer sorbo, aspiro el bouquet del whisky. Y me quedo con el picante aroma en la nariz. Me bebo el primer trago. Es delicioso. Como el brebaje que Jesucristo repartió a los pobres. Así les sabría. Aquella jornada en que no había más libación para disfrutar las bodas. Les sabría como JB. Cada sorbo me sabe a ambrosía. Disfruto cómo burbujea la ingestión en mi garganta, cómo se deposita el trago en mi estómago y me hace cosquillas.

         Si don Noé me ve trabajando no se acerca a mí. Es cauto. Espera pacientemente a que cierre mi libreta y me concentre en la nada. Lo que nunca sucede. Tal vez porque soy un manojo de nervios, tal vez porque vivo en la creencia de que aún tengo cosas que decir. Cosas menudas e insustanciales. Por cierto. Jamás he sabido lo que dicen los escritores. Por qué la gente se apega a los libros. Qué encuentran en ellos. Qué hace impostergable su lectura.

         Es un misterio para mí. Por donde lo vea. Es un enigma que no tiene resolución. Y como para confirmar mi incertidumbre, o más bien para darme un suspiro, extraigo un libro de mi mochila. Siempre llevo un libro conmigo —esta vez El blues de la calle Beale de James Baldwin. Que me salva la vida. Como siempre me acontece con los rusos y los gringos, que me abren horizontes y me permiten vislumbrar mi excrecencia humana.

         Así que empiezo a leer. Y a beber. Ahora sí en serio. Whisky y lectura. Whisky y escritura.

         Avanzo en el cuento que estoy escribiendo. Hasta que lo tenga en las manos, se avistará el ciérrate-sésamo. Llegue donde tenía que llegar. Si llego. Porque estoy a punto de fastidiarme y cerrar la libreta. El siguiente paso es regresar a casa. Tocar el timbre y explicarle a mi esposa el origen de mi aliento.

         Mañana será otro día. Y a las 9 y 30 ya estaré ordenando mi desayuno. Huevitos a la mexicana.

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Novela

Desgajar la belleza
Primera Parte
Capítulo Ocho

Qué excitante quedarnos de ver en ese barecito de la Roma. Como dos desconocidos. Yo llegué media hora o un poco más antes que tú. Había suficientes hombres en el antro. Con toda seguridad alguno se te acercaría. Llegaste y te dirigiste hasta un lugar discreto, apartado. Varios se volvieron a mirarte. No es común una mujer con tus características en un sitio así. Déjame decirte que además de lo bella se te notaba lo puta: a leguas se veía que andabas buscando macho.

         La promesa me la hiciste aquella vez, ya un tanto cuanto lejana, que estuvimos oyendo cuartetos. Los de Schubert. Quiero decir, no todos, sólo los más hermosos: el 12 —el celebérrimo Quaterttsatz—, el 13 —Rosamunda —, el 14 —La Doncella y la Muerte— y el 15. Unos con el Cuarteto Italiano, otros con el Cuarteto Vegh. Son obras maestras insondables. De una belleza enérgica y conmovedora. Schubert hacía música como otros hacen camisas o pan blanco. Los temas le brotaban con facilidad pasmosa. Mientras el mundo rodaba, él hilvanaba corazón y pensamiento. Porque además de la espontaneidad y frescura de sus melodías, las suyas son obras de estructura indestructible. Semejan la arquitectura poderosa de aquellos romanos, que cada vez que levantaban un edificio lo hacían pensando en la eternidad.

         Los oímos a bordo de tu auto. Con cuánta emoción evoco esos momentos en tu BMW gris perla. La música de cámara y algunos, muy pocos, automóviles, se parecen: en que nada sobra ni nada falta, en que todo está perfectamente imbricado, es decir, todo ajusta a la perfección. Cada pieza, cada parte —cada nota—, forma parte de una unidad; es justo lo que debe ir ahí. Como si aquello proviniese de una mente educada para conformar obras de arte, para hacer de la ingeniería una rama del quehacer artístico.

         Oíamos esos cuartetos —siempre Schubert, sólo una vez se colaron Debussy y Ravel— en nuestras escapadas a cualquier bar sobre la carretera de Toluca o de Cuernavaca, donde los jefes llevan a sus secretarias. Bares espléndidos en los que las bebidas te las llevan al carro. Qué mayor dicha ser un mesero como ésos. Mirar a la mujer casi encima del hombre. Acercarse casi sin avisar —¿quién va a distinguir la lamparita en la mano que portan?— y de pronto golpear discretamente el cristal. Y ya para entonces, haber visto, o entrevisto, mejor dicho, una falda levantada más allá del muslo, un seno al aire, un pene escurriendo.

         Tal vez la presencia del mesero que iba y venía con demasiada frecuencia, nos orilló a pensar en la idea de que asistieras sola a un bar con la esperanza de que alguno de los parroquianos te abordara. Lo habíamos planeado bien: si después de un par de copas nadie se te acercaba, entonces yo lo haría.

         Y así lo hicimos.

         Me detuve delante de tu mesa como cualquier extraño. Pero vamos, desde que me planté todos se me quedaron viendo. Algo había en mi actitud que indicaba lo que me proponía hacer. Me siguieron con la vista hasta que me senté a tu lado. Seguramente muchos esperaban que me rechazaras, para animarse finalmente, para desfilar de uno en uno hasta que seleccionaras al de tu antojo. Tal vez eso hubiera pasado, cómo saberlo.

         —¿Te podría invitar una copa? —te dije. Te me quedaste mirando como un ganadero mira a un semental. Me conoces cada agujero, cada rincón. Pero en tu mirada había curiosidad, morbo.

         —Bueno, ¿por qué no?

         Era mentira, pero me sentí profundamente orgulloso. Todos los que estaban ahí me miraban ahora con envidia. Ninguno se había animado, y las consecuencias estaban a la vista. Llamé a la mesera y le hice la indicación de que me cambiaba de mesa y me trajera una copa para cada uno, de lo que estábamos bebiendo.

         —No es frecuente ver a una mujer sola en un bar como estos —te confesé—. Las mujeres son demasiado recatadas o prejuiciosas, o simplemente chapadas a la antigua. Desde el momento en que vienes aquí sola habla bien de ti. Dime algo, ¿cuál es la parte de tu cuerpo que más te gusta?

         —Esa pregunta me encanta pero no tengo la suficiente confianza para respondértela.

         —Quizás pueda adivinar…

         —Quizás… —dijiste, saboreaste tu trago y se dibujó una sutil sonrisa en tu boca.

         Tú sabes lo que yo estaba pensando. Estoy seguro de que tu intuición te lo dejó ver.

         —¿Ésta es… tu parte preferida? —pregunté mientras apoyaba discretamente mi mano en tu rodilla.

         —Caliente, caliente…

         Subí más la mano. Ahora sentía el límite de tus medias. Un tenue calor parecía provenir de un poco más allá.

         —¿Ésta entonces?

         —Caliente, caliente… Te estás acercando.

         Entonces puse mi mano en tu sexo. Uf, no traías calzones. Sentí que había tocado el centro de la tierra, el botín del mundo, como le dice José María Álvarez. Más allá no había nada. Ni arte, ni sentimientos, ni conocimiento, nada.

         —¿Ésta sí…?  —dije, o mejor dicho tartamudeé.

         Nos besamos y con el rabillo del ojo vi la mirada descompuesta de más de uno. ¿Por qué no yo?, se habrán dicho. Una pregunta que se viene haciendo la humanidad desde que la vida es vida.

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Homenaje a Ravel
Dos poemas, un cuento y 13 aforismos

Dos poemas

I

La música francesa es él. Porque es
tan universal como el agua misma.
La sangre de Maurice Ravel es sangre
enamorada. Tanto como sólo

puede serlo la sangre de un artista
que no conoció el amor. Ningún otro
francés tan melódico y radical.
Tenía la esfera de la nostalgia

en las manos, y la esculpió a su modo.
Siempre bajo la óptica de la música.
La sonoridad del jazz lo sedujo.

Como todo lo imprevisible. Fuente
inagotable de ideas musicales,
Ravel batió las alas y emigró.

II

Por encima de todas las cosas amó a su madre.
Vio en ella la cristalización de la música,
y el punto en el que convergen las artes.
Su madre se merecía este amor.
Inoculó en su hijo la pasión por la belleza.
Por los placeres mundanos, por el ejercicio
del libre pensamiento.
Lo mantuvo alejado de la iglesia
y de cualquier precepto que sonase a yugo
―que son todos.
Maurice Ravel se apropió de esos ideales
e hizo suyos el de la perfección musical
y acaso el desdén por el sentimentalismo ramplón,
tan caro a los enanos de espíritu.
La música es superficie ―acotaba―,
se escucha lo de arriba ―añadía.
Y así hay que tomarla:
separada de la profundidad.
Se reía de los conflictos que marcaron a Beethoven.
Bach, Mozart y Saint-Säens
eran sus maestros.
Avistó la muerte en plena madurez,
cuando su música era el pan cotidiano.
Sobrevinieron entonces el Bolero,
la sonata para violín y contrabajo ―única
en su género―,
la sonata para violín y piano ―cuyo
segundo movimiento, blues,
abrevó de George Gershwin―,
música empapada de vida y sufrimiento,
aunque él lo negara.
El más grande orquestador habido
―al lado de Berlioz―,
murió de la enfermedad de Pick,
luego de que le fue practicada una craneomanía.
Despreció la Legión de Honor ―para
mediocres, dijo― y el Prix de Rome
―para contrahechos, puntualizó, aunque
se había cansado de pedirlo.

Un cuento

A ritmo de blues

No sabía hacia dónde lo remitía, hacia qué parte de su memoria lo llevaba ese ritmo de blues, pero él tenía que vaciarlo en música. No era cualquier música, no podía serlo una música que reflejara la tristeza del alma de un hombre.

         Se sintió perdido entre aquella muchedumbre de negros. Hacia donde volviera su vista sólo veía negros. Hombres de color que lo rebasaban por su derecha o por su izquierda. Hombres de color que iban y venían, y cuyo rostro se perdía en el límite de su mirada.

No debió haber hecho viaje a Nueva Orleans. Pero la decisión tampoco había sido errónea. Era producto de su música. Él tenía que estar donde su música se lo demandara. El éxito que había obtenido en Estados Unidos era apabullante, y su público se lo exigía.

El blues venía a sus oídos en cada esquina, en cada rincón cubierto de noche. La oscuridad parecía ser la reina de aquellas calles. Protegida por el manto del peligro. Porque había algo fuera de control. No sabría decir exactamente qué, pero lo palpaba a cada centímetro. Como si la noche hubiera descendido en forma imprudente y avasalladora. Qué diferente parecía ser la vida en París. Para él, todo en su ciudad alma mater era presagio y prodigio. Luminosidad.

Siguió caminando. Sus pasos no lo llevaban a ninguna parte. Era conocido y reconocido en las más célebres capitales de la música. En cualquier ciudad del orbe culto, su nombre despertaba curiosidad y admiración. Lo mismo en París que en Moscú, en Roma que en Londres, llamarse Maurice Ravel era motivo de celebración, y acaso fervor. Se sentía seguro caminando por aquellas avenidas y calzadas. Pero aquí en Nueva Orleans el mundo parecía haberle dado la espalda. Si su madre estuviera con él.

Todo se lo debía a su madre. Incluso la pasión por la música.

Pero ahora no estaba a su lado. Ahora cualquier cosa le podría acontecer.

Siguió caminando y se detuvo delante de una banda, a todas luces callejera. Tocaban un blues tan sentidamente dramático que los ojos se le llenaron de lágrimas. Aunque no se permitió llorar. No estaba de acuerdo en que gente extraña fuera testigo de sus emociones. Uno de la banda lo miró. Era un negro más acuciante que un personaje salido de una novela de Richard Wright —cuya autobiografía, Mi vida de negro, había leído en el avión. Lo miró con insistencia. Ravel no le quitó la vista. Algo en su interior le decía que lo mirara. Allí estaba el secreto de una música que aún no alcanzaba a descifrar. El blues tenía un ritmo que lo sumergía en una suerte de infortunio.

El recuerdo de su madre se presentó una vez más, pero ahora con más fuerza. Por encima de todas las cosas la amaba. Vio en ella la cristalización de la música, y el punto en el que convergen las artes. Su madre se merecía ese amor. Había inoculado en él la pasión por la belleza. Por los placeres mundanos, por el ejercicio del libre pensamiento. Lo mantuvo alejado de la iglesia y de cualquier precepto que sonase a yugo. Maurice Ravel se apropió de esos ideales e hizo suyos el de la perfección musical y acaso el desdén por el sentimentalismo ramplón. La música es superficie —acotaba en los cafés parisinos—, se escucha lo de arriba y así hay que tomarla, separada de la profundidad. Se reía de los conflictos que marcaron a Beethoven. En cambio Bach, Mozart y Saint-Säens eran sus maestros.

Y ahora estaba embelesado, o, más que eso, estupefacto, escuchando aquella banda. Admiraba a Gershwin, se había compenetrado de aquella música que parecía reflejarle la ciudad de los rascacielos. Pero esta música —improvisada, podría haber metido la mano en el fuego de que así era— iba más allá que cualquier presagio. Sonaba inaudita.

Como inauditos eran los ojos del negro que se dirigía a él nada más con la mirada.

En París le había tocado ver a una banda, pero semejaban personas inválidas en comparación con estos músicos que tenía enfrente. Era como si cada uno fuera poseedor de su propio ritmo. Ninguno se movía igual a otro. Los sonidos llegaban a sus oídos como salpicados. Su preocupación no era la melodía sino la disonancia. Armonías que nunca se había imaginado se desparramaban en tropel. Pero eso era la música. Una fuerza compacta a punto de desbordarse.

Sintió el golpe de la noche. Estaba en un callejón sin salida. Percibió el aroma de la droga. Buscó una vez más la mirada de aquel negro. Pero se hallaba perdida en la bóveda celeste.

Dio media vuelta y regresó por donde había llegado.

13 aforismos

1) Cuando se estrenó su Concierto para la mano izquierda —que compuso para su amigo Paul Wittengstein, quien había perdido la diestra en la Primera Guerra; por cierto, hermano de Ludwig, el filósofo— la gente —sobre todo las damas encumbradas— salió conmovida; pero no se sabe si por la música —que es profundamente bella— o por ver a un hombre manco tocar el piano. Que  a algunos les provocó pesadilla.

2) Su mayor hazaña fue la orquestación —escúchese si no su Bolero o la orquestación de Los cuadros de una exposición. Y la no orquestación —escúchese si no su Jeux d’eau.

3) Los libros de historia de la música conservan la fotografía de Maurice Ravel: impoluto, elegantísimo. Siempre de traje de tres piezas. Siempre de nudo Oxford, sostenido por el más fino calzado. Los oídos de los amantes de la música conservan la sonata para violín y piano —aquella del blues—, el cuarteto, el trío, los dos conciertos para piano, La alborada del gracioso… Que es un Ravel impoluto.

4) Maurice Ravel se habla de tú con el mar. Lo mismo trae a colación la superficie impertérrita marina, plena de quietud en la que parece que nada acontece, que el fondo marino, salvaje, de colores inauditos, donde se libra una batalla a muerte por la sobrevivencia.

5) Pese a su sello francés, nadie tan universal como Maurice Ravel. Su música suena a Rimbaud y a negritud, a Gershwin y a Mallarmé.

6) Los más disímiles extremos de la cultura tienen registro en el espectro raveliano. Como si hubiese tenido sobre su hermosa cabeza, el epíteto del tiempo.

7) Los más disímiles extremos de la belleza llevan al espectador hasta Ravel. Como si él se hubiera propuesto sumergirse en el océano de lo insondable, donde los naufragios son cosa cotidiana.

8) Cuando su madre murió, él perdió la cordura. Soltero empedernido, desde muy joven gritó al mundo el amor por su progenitora. Sin menospreciar a su padre —por quien también sentía un amor indestructible— afirmaba que a su madre le debía todo: desde el modo de tomar los cubiertos hasta la inspiración volátil. Como sea, el mundo está en deuda de aquella dama. No basta con traer hijos a este mundo.

9) Maurice Ravel coleccionaba juguetes. Nada insólito para un compositor que hacía del arte sonoro una juguetería musical. Vivía solo y los juguetes colmaban las habitaciones. Como si en ellos viera la ansiada compañía. Muchos de esos juguetes poseían una maquinaria que emitía melodías infantiles. Cada juguete era una cajita de música. Un modo poco socorrido de paliar la soledad. Pero eficaz.

10) Charlie Chaplin invitó a Ravel a participar en una película; Ravel se negó. Se ignora la razón. Sin embargo, alguien podría pensar que Ravel vio con desconfianza la montaña cinematográfica que todo lo aplasta. O simplemente no lo atraía el arte por antonomasia de las masas; que por mucho arte que sea, no deja de ser masivo.

11) Maurice Ravel le agregó una gota de desparpajo al universo de la música. Su enseñanza consistió en quitarse la camisa de fuerza de la solemnidad. Él mismo había tenido buenos maestros, en forma indirecta o directa: Debussy, Fauré. Y más tarde inocularía su ejemplo en Poulenc, y de manera simultánea en Satie.

12) La enseñanza de Ravel rebasa el ámbito de la música. También comprende su modo de asumir la celebridad. Que en su caso lo hizo como sólo un caballero de alcurnia —por más retórico que se oiga esto, así es; en lo que a Ravel se refiere hay que estar abierto a todo—, como sólo un hombre de prosapia podría hacerlo: con frialdad.

13) No hay que ir muy lejos. Hay que seguir el ejemplo de Ravel: todo con frialdad. Sobre todo la gloria hay que tomarla así. Con frialdad.

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Texto del lunes

Poesía
¿Usted cree que me hago la ilusión?

¿De veras cree que pienso
que está sufriendo?
¿En serio pensaría usted
que la imagino llorosa,
echándome de menos?
Ni de mi nombre se ha de acordar.
Pero, insisto,
¿cree que se me olvida
la pasta de que estamos hechos
estas cucarachas llamadas hombres?
Ella es un hombre.
Y yo una mujer.
Los dos somos calientes
y cautos.
Y a los dos nos gusta arrimarnos
al otro.
En la cama ajena.
En los brazos del desastre.

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