Archive for 28 noviembre 2013

Música

José Rolón

Nacido en Zapotlán el Grande —tierra
de Juan José Arreola y de José
Clemente Orozco—, desde muy pequeño
vivió en El Recreo, rancho de su padre.

De su madre aprendió a tocar teclado,
y a cantar en el coro de la iglesia.
Fue de un maestro a otro hasta dominar
el arte de la música. Viajó

a París donde fue alumno de Paul
Dukas. Se enamoró de una mujer
de nombre Mimí. Pero regresó

a Guadalajara por otra chica
de ojos dulcísimos. Su hija María
Luisa honró la memoria de su padre.

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Texto del lunes

Cuento

Un parpadeo en la vida de unas cuantas personas

Alejandro encaminó el automóvil de su padre por aquella carretera de ida y vuelta. Era un viejo Ford Galaxie. La velocidad siempre lo había atraído poderosamente. Le gustaba sentir el acelerador bajo su pie, y que a medida que imprimía mayor fuerza el auto acrecentaba su marcha. Era como si tuviera el mundo en el puño. Sobre todo lo atraían las carreteras federales, sin camellón ni nada parecido que implicara mayor seguridad. Caminos peligrosos que parecían abrirle sus fauces.

            Pero esta vez llevaba un pensamiento en su cabeza.

            Había dejado de ver a Adriana un par de años completos. Porque su padre lo había enviado a trabajar a Estados Unidos. Estamos en la ruina, y te toca cooperarte para la manutención de la casa. Yo lo he hecho más de treinta años. Pero no puedo más. Estoy cansado y maltrecho. La endemoniada diabetes me tiene paralizado. No puedo trabajar ni cinco minutos. Te pido un par de años. No más. Es un tiempo prudente. Para poner a prueba a un hombre. Dos años que ni te aparezcas. Tu tío Carlos te espera. Él te colocará en un trabajo que te rinda lo suficiente. Ya me lo dijo. Vivirás en su casa. No tendrás gastos. Todo lo que ganes se irá directamente al banco. Es el único modo de salvarnos de la bancarrota. Regresas y será como recomenzar. Ya verás cómo las cosas se acomodarán a tu modo. Abriremos un pequeño taller para que te hagas cargo de él, y puedas reiniciar una nueva vida. Vete preparando. Tienes que darle el ejemplo a tu hermano. Que tu madre vea que eres capaz de sacar las cosas adelante. Porque se opone a que vayas. Quiere tenerte aquí como si fueras un chiquito. Ya sabes que eres su adoración.

            Su padre había decidido que dos años era el tiempo ideal. Ciento cuatro semanas trabajando como burro. Sin parar. Se lo explicó a Adriana pero ella se negó a aceptar. Si el amor entre ellos estaba en plenitud. ¿Por qué ponerlo a prueba? El dinero no importaba. Por encima de la plata, lo único que ganaría sería destruir la pasión que había entre ellos. Que era mucha. Él le juró que no. Mi amor es lo más fuerte. Y es lo que me dará energía para trabajar sin cansancio. Yo regresaré y nos casaremos de inmediato. Tendré veintidós años y tú dieciocho. Estaremos en el mejor momento.

            Y pronto partió.

            Se cruzaban cartas cuando menos una vez a la semana. Iban para el año. Ella le escribía y le contaba pormenorizadamente todo lo que había hecho. Excepto que era asediada por Joaquín, un joven recién cambiado al barrio. Y que empezaba a acceder al acoso. Es irrelevante, se decía a sí misma cuando pensaba en Alejandro. Y sentía sobrevenir una sensación de culpa. Pero insistía, como para darse ánimo. No hay problema. En el momento que decida cortarlo, lo corto. Además no he hecho nada de lo que pueda avergonzarme. A estas alturas del siglo XXI, unos cuantos besos no son nada. Si todas mis amigas se la pasan en el auto de sus novios. Y nadie les dice nada. Porque en el fondo, no pasa absolutamente nada.

            El tiempo restante se fue como un parpadeo. Se preguntó qué cara harían todos en su familia cuando lo vieran llegar, y sobre todo qué cara haría Adriana. Cuando regresara.

            Y había vuelto.

            Justo en ese momento se encontraba descendiendo del camión en los andenes de la Tapo. ¿A quién iría a visitar primero?: ¿a su padre? Tenían mucho de qué hablar. Como habían acordado, en dos años no había vuelto a México. Su tío Carlos lo había colocado en un taller automotriz, y había ganado sus buenos dólares. Básicamente por las horas extras. Los demás compañeros de trabajo lo miraban con asombro. ¿De dónde sacaba fuerzas ese mexicano para resistir cargas de trabajo arduas, capaces de doblar a cualquiera? Parecía que lo movía un impulso interior. Era invencible. Había embarnecido. Ahora se veía más fuerte. La otra era dirigirse a la casa de Adriana. Eran las diez de la noche. Buena hora para dar una sorpresa.

            Se decidió por su casa. Lo primero que llamó su atención fue la fachada. Su padre la había abandonado por completo. Aun de noche pudo distinguir que se encontraba en ruinas. Tocó y le abrió su hermanito. Lo abrazó y se dirigió a la sala, desde donde provenía una música de mambo. Era su padre. Que al momento de verlo, ni siquiera se levantó. Estaba ebrio. Alejandro se aproximó y le besó la mano. O cuando menos ésa había sido su intención. Que no pudo consumar porque el hombre la retiró abruptamente. ¿Vienes a reclamar tu dinero?, le dijo. Porque no hay cinco centavos de todo lo que mandaste. Para lo único que sirvió tu trabajo fue para enterrar a tu madre, y para que yo disipara mi dolor con la botella. Y con una mujer que ahorita mismo me está preparando mis frijoles. Y ni te atrevas a reclamar, porque te rompo el hocico.

            Salió como había entrado. Y emprendió la carrera rumbo hacia la casa de su novia. Las cuadras se le hacían poca cosa. Como si la casa de Adriana estuviera en la misma acera. Por fin llegó. Tocó el timbre. Salió el papá de la chica. ¿Qué quieres? Vengo a buscar a Adriana. Por favor llámela, señor. Mi hija no tiene nada que hablar contigo. Ya se casó. Con un joven prometedor. Reconozco que hiciste un gran esfuerzo este tiempo. Todos en la colonia lo supimos. Para algunos eres un ídolo. Y de paso te doy el pésame por tu madre. Pero con mi hija no tenías la menor posibilidad. Apenas te fuiste, mi esposa y yo hablamos con ella y la convencimos de que estaba en el camino equivocado. Esperándote. Así que este muchacho y ella se enamoraron y fin de la historia. Ahora es la señora de Joaquín Mendizábal. Vete de aquí y haz tu vida como puedas. Que Dios te bendiga.

            Los pasos de Alejandro lo guiaron a su casa. Pero esta vez no tocó. Buscó las llaves del garage. Que ahí estaban, debajo de una maceta. Abrió el portón y miró el Ford Galaxie. Su padre siempre lo tenía al punto. Tanque lleno. Presión de aire lista. Todos los niveles al tiro. Las llaves en el switch. Lo echó a andar, y accionó la reversa. Recorrió varias avenidas, y cuando se percató ya estaba en la carretera. Dejó que los ocho cilindros de aquella máquina fueran tomando impulso. Miró el velocímetro. ¡Estaba descompuesto! La aguja marcaba cero. Vaya error que su padre había dejado pasar. Increíble. Aceleró hasta el tope. La oscuridad lo atraía.

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Música

Richard Strauss

Cargó con una esposa demoniaca
cuya misión era hacerlo infeliz.
Aunque vivieron épocas de amor.
Considerado el músico alemán

más sobresaliente del siglo XX,
carecía de pensamiento crítico
y aceptaba ofertas del Tercer Reich.
Lo cual le costó ser exhibido ante

el mundo como un partidario nazi.
Finalmente Hitler lo avasalló.
Muy pocos mostraron misericordia.

Sus obras postreras están imbuidas
de nostalgia, dolor, melancolía.
Basta con oír su Metamorfosis.

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Texto del lunes

Música

Cuarteto para piano y cuerdas en sol menor de Brahms

Hace unos días estaba bien tranquilo, trabajando en casa, cuando recibí una llamada de Nayeli Sánchez, amiga dulcísima que siempre está en mi corazón. Ella iba en el auto con su padre y me preguntó ¿qué música venimos oyendo, Eusebio? A ver, ponle más fuerte, dije yo, que con trabajos alcanzaba a escuchar aquella música. Cuando lo hizo, identifiqué de inmediato de qué se trataba. Ni más ni menos que del cuarteto para piano y cuerdas en sol menor de Johannes Brahms. Pero no acaba ahí la cosa. Por alguna extraña coincidencia —Marguerite Yourcenar afirmaba tenerle enorme respeto al azar, y Stefan Zweig, en su autobiografía El mundo de ayer, dice que cuando el azar se atraviesa no hay quien lo venza—, por alguna coincidencia inexplicable, la música que sonó tras el auricular y que venía colmando el automóvil de Nayeli y su papá, era justo ese movimiento llamado Rondo alla Zingarese. Presto.

            Ese movimiento consta de 8 minutos y 18 segundos.

            8 minutos y 18 segundos para descubrir América. Para emprender una aventura hacia lo desconocido, allí donde el misterio y la magia se dan la mano.

            8 minutos y 18 segundos para sentir en carne propia el amor en todos sus matices, ¿o no es este movimiento una declaración de amor desesperada de Brahms por Klara Schumann, la mujer de la que siempre estuvo atrozmente enamorado?, ¿acaso no es este movimiento la reacción de un hombre que levanta los brazos al cielo y grita por un poco de compasión, se lo grita a una mujer que en forma rotunda se mantenía leal a la memoria de su marido, el celebérrimo y trágico Robert Schumann?

            8 minutos y 18 segundos. No más ni menos en la versión de Tamás Vásáry al piano, Thomas Brandis al violín, Wolfram Christ a la viola y Ottomar Borwitzky al chelo. 8 minutos y 18 segundos en los que, nota a nota, silencio a silencio, golpe a golpe, percibimos la respiración de un hombre que agoniza sin esperanzas de que su corazón sea reivindicado; aunque bien trate de incorporarse, y por instantes lo logre. Johannes Brahms era un búfalo, un viejo lobo que sabía del espíritu de las mujeres. Hay fotografías suyas rodeado de admiradoras —no en balde escribió numerosas obras para coro femenino. Pero en la misma medida sabía que el amor que se fijó como meta era poco menos que imposible. Así son los grandes amores. De eso se trata. De sufrir hasta la ignominia. Cosa que Brahms desdibujó bajo los acordes hercúleos de su música, pero que está allí: ese desconsuelo que a los trágicos hacía felices, y que el maestro asumió hasta las últimas consecuencias.

            8 minutos y 18 segundos. ¿De veras se necesita más para morir? Porque ese riesgo se corre, cuando se escucha esta música sin estar prevenido. Se vale. Es perfectamente válido. Uno no decide ni dónde ni cuándo morir, pero bien puede canalizarse la vida hacia allá. O desviarla, cuando se opta por la pusilanimidad. Mejor educarse para satisfacer el apetito de desfallecimiento que late en cada uno de nosotros. Porque la belleza es peligrosa. Cuando uno la toca, cuando se la convoca ya no hay modo de echarse para atrás. A partir de ese momento le pertenecemos a la belleza. Y no nos dejará en paz. Que conste.

            8 minutos y 18 segundos. Con eso le bastó a Brahms. Sentir cómo las cuerdas van irrigando el alma de calor humano y de una inefable melancolía. Sentir cómo el alma se va quedando maltrecha a lo largo de este movimiento, cómo termina convertida en un guiñapo, en una vil jerga apestosa y deshilachada, apenas apta para que Klara Schumann se limpiase los zapatos (eso le hubiera gustado oír a Brahms). 8 minutos y 18 segundos de atormentada tristeza.

Discografía. Este cuarteto para piano y cuerdas de Brahms exige todo de sus intérpretes, y no nada más en su movimiento alla Zingarese, sino en sus cuatro tiempos por igual. Pues allí está la versión impecable de Tamás Vásáry al piano, Thomas Brandis al violín, Wolfram Christ a la viola y Ottomar Borwitzky al chelo, o la de Derek Han al piano, Isabelle Faust al violín, Bruno Giuranna a la viola y Alain Meunier al chelo. En fin, como todo lo bueno, no hay mucho para escoger.

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Cuento

Una oleada de fuego

Esta historia comienza por el final. Cuando ya nada restaba por añadir ni por quitar. Porque el pasado no tiene final ni comienzo. Nos hacemos ilusiones de que todo en la vida lo podemos manipular a nuestro antojo. De que el tiempo está en nuestras manos. Pero eso es mentira cuando el tramo entre el pasado y el presente es un tramo salpicado de escupitajos. Cuando me la metió la primera vez vi en sus ojos el brillo del homicida. Pero lo que yo entendí fue que ese brillo nos iba a dar la fuerza motriz para serpentear las curvas de la carretera. Como si trajéramos una oleada de fuego atrás de nosotros. Porque éste era un lover diferente. Toda mi vida quise toparme con un hombre que no tuviera torceduras ni equívocos. Que su alma fuera pura como una gota de agua en donde caben todas las lágrimas. Y para mí así era el alma de Juan José Guerra. Desde que lo vi me eché en sus brazos. Es decir, que pasó de largo junto a mí. Estábamos en la fiesta del barrio. En el Pedregal del Carrasco, donde cada quien tiene su propio valor y no por el auto que trae. Eso fue lo primero que vi en él. Se bajó de una micro y lo vi caminar lentamente hacia el centro de la fiesta. Que estaba a unos cuantos metros. Pero a leguas se veía que él se las traía todas. Su modo de caminar. Bueno, no voy tan lejos, su modo de bajarse de la micro. Su ropa. Sus botas. Su cinto. Toto él era así como soñado. Desde que se bajó lo vi aguzar el oído. Claro, era la música que se desparramaba a torrentes de los amplificadores. Había cantidad de chicas ahí, paradotas. Esperando a algún macho que pusiera sus ojos en ellas. Y yo cuando vi a este bisonte, me dije él es para mí. Lo miré acercarse y me le atravesé en su camino. Le di la mano. Pero no para bailar sino para que me la besara. Y me surtió efecto por partida doble. Porque me la besó y me sacó a bailar. Así fue como lo conocí. Que no tenía yo idea de nada es otra cosa. Porque al cabo de cinco meses ya traía yo un bebé de él en mi panza. Aún recuerdo esa noche. Apenas lo veía yo venir mis piernas se abrían solitas. Cada vez era más fuerte su gesto de arrebato. Como de un relámpago. Sin exagerar. Como cuando le escoges a tu hijo el nombre. Que ése será su nombre y ningún otro, dices. Le abría mis piernas y lo abrazaba. Con todas mis extremidades. Hasta que me embarazó. Luego de mucho, muchísimo tiempo. Él estaba feliz. Cómo iba yo a saber que algo traía entre manos. O a lo mejor no traía nada. Si no era más que un desparrame de felicidad. Sin parar. Yo me desempeñaba en la cocina económica de mi mamá. Y estaba yo así, chambeando como cualquier cosa, cuando un día se presentó la policía. Dijeron que eran agentes federales. Y fue muy claro cuando me dijo el señor fulano de tal quiere hablar con usted antes de que se le tome su declaración. ¿Declaración de qué?, pregunté yo, más consternada que una hoja cuando cae al vacío impulsada por el viento. Usted venga con nosotros. Y fui. Lo juro por Dios que no tenía ni la menor idea de qué se trataba ni de qué se me estaba hablando. Cuando llegamos a la demarcación me llevaron a la celda. Allí estaba mi macho. Cuando me vio entrar me abrió los brazos y yo lo abracé. Entonces uno de las policías le dio un piquete con la macana. Dígale a la señora lo que tiene que decirle. Tiene cinco minutos. Mi amor, dijo, maté a dos mujeres. Soy culpable. Recibiré la pena que dicte el juez. Y se soltó llorando como un bebé. Y yo tenía su bebé adentro de mí. Por qué, por qué, exclamé. Pero ya no recibí respuesta.

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Poesía

El Mezcal

Para Guillermo Quijas

I
Más allá del mezcal está
la confección de la escritura,
el perfume de la lencería —cuando
aquella mujer
se desnuda frente al espejo—,
la mirada triste de los perros.

Pero todo esto es irreal,
y sólo existe en los jirones
que pueblan nuestros sueños.

Lo que existe en estado áspero
es la escritura,
la lencería, los perros.
Lo que hace el mezcal
es restregarte la belleza
de esta actitud en tu dulce cara.
Quitarte la venda de los ojos.

II
Ordenas el mezcal
y lo que estás ordenando
es una mujer que te traiga
la noche
en aquel vasito que en sus ratos libres
es veladora.

Destapas el mezcal
y lo que estás destapando
es la cloaca
de tu vida.
Sin contemplaciones
el mezcal
te va a conducir por los atajos
que te avergüenzan.
Territorio inhóspito y letal.
campo minado,
donde el tequila y el whisky
son niños de brazos.

III
El mezcal nació en cuna de oro,
pero la vida lo obligó a renunciar.
El mezcal es de sangre azul,
pero las decepciones —no
los fracasos, los fracasos no cuentan—
lo obligaron a rezumar alcohol.

IV
El mezcal nunca te decepcionará.
Es la prueba
de que has caído más bajo que él.

V
Se recomienda rociar mezcal
en el sexo
que has de beber.

VI
Hasta en los libros que hablan
sobre Oaxaca
llega el olor del mezcal.

VII
El mezcal nunca se debe beber solo;
siempre con tristeza.

VIII
El mezcal ayuda.
Hay un punto en que los hombres
se funden.
Hay un punto en que cada hombre entrega
lo mejor de sí mismo.
En el que por fin decide llamar a las cosas
por su nombre.
Ese punto no tiene nombre,
aunque algunos lo llamen muerte,
y otros vida.
Tampoco importa más de la cuenta nombrarlo.
Más bien hacer el viaje
y asumirlo.
Porque es irrepetible.
En el fondo es un tramo doloroso y miserable.
Los perros aúllan cuando un hombre
se aproxima
a este punto.
El mezcal ayuda
si te dejas llevar por él.

IX
El mezcal es un arte.
La vida es un aprendizaje.

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El texto de los lunes

Ensayo

El exceso como una de las bellas artes

Vivir en el exceso significa caer y levantarse. Una y otra vez. Una y otra vez.

Vivo en el exceso, dijo Flaubert. Cobain afirmó: Mejor incendiarse que pulverizarse. Y Wilde aseveró: Arder siempre, con lo que dio por sentado el oficio de vivir. Que no es otro que estar siempre en el exceso. Se vive en el exceso por cuanto significa vivir contra la pusilanimidad. Porque no hay muchas opciones ni las puertas están abiertas para cuando el mediocre llame. No le serán abiertas en cualquier momento. Que quede claro. Cada hombre sabe el momento en el que el camino lo tiene por delante. Y que puede remontarlo. A veces se da en la más acuciante juventud —como quería Rimbaud— y a veces cuando las canas empiezan a pintar la cabeza —como quería Richard Wagner.

No necesariamente practicar el exceso conduce a la sabiduría; el otro destino es la estulticia. El exceso exige una devoción para su práctica. Hay que llevar la artillería más pesada. Y esta artillería tiene un nombre: cultura. Porque disfrutar, digamos, la poesía de Verlaine, conduce directamente a la alcantarilla de la palabra escrita, donde las cosas se llaman por su nombre. Solamente a través de la lectura el exceso se disfruta a plenitud. Porque los grandes que nos anteceden se han encargado de mostrar el jardín de la belleza. A costa de insolarse. Cuando no morir.

Vivir en el exceso —yo diría mejor negociar con el exceso— incomoda a propios y extraños. El que vive en el exceso provoca una repulsión. Quienes lo rodean lo miran como un apestado. Como alguien en quien no es posible confiar. No lleva consigo todas las de ganar. El exceso es lo opuesto de la santidad. Quien vive en el exceso sabe que lo anteceden los grandes. Ciertos grandes, sería más apropiado decir. Pensemos en Modest Mussorgsky, ese inmenso compositor ruso. Un hombre siempre alcoholizado. Creador de extrañas y revolucionarias armonías, fue desplazado del candelabro de la fama por su alcoholismo imperante. Nadie quería cruzar palabra con él. La gente escuchaba su música y se admiraba. Pero él se presentaba y la ovación se convertía en rechifla. De hecho, es el músico más semejante a Silvestre Revueltas. Pues el exceso suele ir de la mano de la lucidez más explosiva. Quien es devoto del exceso no es ni con mucho un príncipe. Su franqueza lo expulsa de la corte. Igual que se expulsa a un perro que arroja espumarajos del hocico.

El que vive en el exceso tiene varias palabras excluidas de su jerga habitual: salud, bienestar, respetabilidad. Son términos que no figuran en el campo semántico de la parcela que le correspondió trabajar. Los practicantes del exceso no piensan precisamente en su salud. Mientras el exceso los levante del suelo y los remonte más allá de la mediocridad humana, cualquier protesta de su cuerpo les importará un bledo. Y quien vive así, el bienestar ocupará el último de los lugares en su jerarquía de valores. Todavía un poco más abajo de la respetabilidad.

Para quien se sabe dueño del mundo —que es el que hace del exceso su dieta de todos los días, porque es arduo, tarea perdida de antemano, localizar un humilde entre los proclives al exceso—, genera su propia tabla de sobrevivencia. En la que priva desbarrancarse al llamado del abismo, por encima de cualquier otro aliciente.

Pero lo que finalmente cualquiera se pregunta es por qué no es posible aprender de los auxiliares de la sabiduría, que reparten su tiempo entre el exceso y la creatividad. Léase sino el caso de Johannes Brahms. Nadie tan grande como él. Compositor a cuyo lado palidecen todos. Monstruo del equilibrio estructural. Jamás decía no. Pero siempre sabía exactamente en qué momento incorporarse a la verdad de su propio diccionario epistemológico. Aquel que llevaba bajo el brazo, en el corazón mismo.

Así las cosas, todo parecería un ejemplo de equilibrio. Nada nuevo, excepto para los improvisados. Y es aquí donde la luz roja de alerta se enciende.

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