Archive for 29 diciembre 2013

Texto del lunes

Ensayo

El arte de la vanidad

1) No basta con el personaje protagónico para que el arte de la vanidad cumpla su ciclo, exige un interlocutor que bien podría llevar el nombre de admirador.

2) La vanidad se manifiesta cuando no hay modo de ocultar la modestia.

3) Al lado de la modestia, la vanidad es un juego de niños. La modestia termina por ser más molesta que la urticaria. Hasta que se transforma en vanidad. 4) La mujer poseída de la diosa vanidad es paciente: en cada arruga se unta una crema distinta. Todas las mañanas y todas las noches. Religiosamente.

4) La mujer practica la religión mirándose al espejo.

5) Más allá de la vanidad felina, el varón es el ser vanidoso por antonomasia.

6) La vanidad provoca comezón en las partes del cuerpo que no se ven.

7) La vanidad se engulle la energía de la mente y del espíritu. El portador de vanidad piensa todo el tiempo en sus virtudes, físicas y mentales. En cómo es él. Sabe cómo habrá de pararse ante un aparador que exhiba objetos valiosos. Sabe cómo habrá de caminar para llamar la atención sin llamarla. Ahí está el arte de la vanidad en su más elevada expresión. En ser profundamente vanidoso sin demostrarlo. O mejor aún, en demostrarlo sin que se note.

8) El vanidoso consume cultura en la mayor medida que esté a su alcance. Visita exposiciones, lee, se suscribe a revistas literarias. Porque la cultura da brillo. Un brillo sutil y elegante. Ese brillo es bienvenido. No como el que se agolpa en la cara, y que revela desequilibrio y nerviosismo. Aspectos nada aceptables para un vanidoso.

9) Cada vez que el vanidoso se mira al espejo, busca algún defecto. Está muy cerca de la sabiduría.

10) La palabra vanidad no figura en el diccionario del vanidoso. Sería incapaz de enfrentar esa lectura. Pero hay otra palabra que maneja a la perfección, que lleva entre los dedos de la mano: presunción. Definitivamente, no suena tan fuerte como vanidad. Y, se dice el vanidoso en el colmo de la vanidad, no es pecado.

11) La vanidad encuentra su mejor camino. Paganini era un vanidoso cuesta arriba, si por vanidad entendemos una modalidad de la arrogancia. Aún más vanidoso era Liszt, por su rostro que en su época fue definido como el Apolo Húngaro. A partir de Vivaldi, la vanidad formó parte del arsenal artístico. Cuando Vivaldi abría el estuche de su instrumento, sacaba su vanidad con forma de violín. El prodigio tenía esa forma para él. Los poetas y narradores son menos vanidosos porque no reciben la respuesta del público en forma inmediata. Sobre todo de las mujeres, que alimentan la vanidad vía la flagrante admiración. En este tenor, la vida —llámese la sordera— se encargó de quitarle la vanidad a Beethoven. No de acentuarla. Precisamente se apareció en su vida, cuando tenía la vanidad en la mano y se disponía a cobrársela caro. Como las llagas de Cristo, hizo de la sordera un hermoso chantaje pero no por el lado de la vanidad.

12) Los padres inoculan la práctica de la vanidad en los hijos. Como ejercicio cotidiano.

13) Padres modestos generan hijos modestos. Nadie se jacta de su modestia, porque en ese momento deja de serlo.

14) Pocas cosas tan repugnantes como un escritor adiposo de soberbia.

15) La vanidad figura en las cartas de los restaurantes majestuosos. Antiguamente, las cartas que se les entregaban a las mujeres en este tipo de restaurantes no incluían los precios. Lo cual pronunciaba la vanidad del caballero.

16) La vanidad acaricia el alma.

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Ensayo

El arte del abandono

1) Abandonar al ser amado exige plantearse una estrategia de combate. En cuanto más sutil se sea, el golpe será menos fuerte y el resultado más radical.

2) Habrá de irse abandonando a aquella persona sin que se advierta. Mediante el desprendimiento, el olvido, el descuido de las cosas cotidianas. Cada vez se hará más énfasis en darle relevancia a la nada. Eso proporciona una suerte de inseguridad indefinible. Algo está pasando alrededor, se dice la persona que sufrirá el abandono. Y por más que busque, no hallará respuesta. Cuando se percate de lo que está pasando, el otro se habrá marchado.

3) Cuando el abandono se habla, no se consuma. Es decir, hablarlo exigirá una suerte de revisión sustancial y dramática. Se hablará y se hablará y cada palabra cruzada alejará el momento crucial. Por otra parte, hablando se llegará a ningún lado. El abandono irá sufriendo la metamorfosis del cambio. El abandono quedará abandonado.

4) En una situación equitativa y equidistante de los contendientes, nadie sabe quién abandona a quién. Pero lo que es un hecho es que no se les ocurre al mismo tiempo. A uno de ellos —¿al más desesperado, al más justo? En la cabeza de uno de ellos y no de ambos surge la iniciativa. Ya le ha dado vueltas. Ya se ha exprimido los sesos tratando de encontrar una solución, o acaso de prolongar aquella indefinición. Pero el único camino es el abandono. Que conducirá a la separación definitiva.

5) Durante el camino hacia el abandono se valoran las cosas. Se pasa revista a todo aquello que fue construido con determinación. Parte de la estructura se desmorona. Y no podía ser de otra manera. Es como un ajuste de cuentas de la que ambas partes saldrán golpeadas.

6) El abandono obliga al fortalecimiento inusitado. Quien abandona habrá de ir preparando el instante crítico mediante lo que acaso reciba el nombre de fortaleza espiritual. O de cinismo. Lo primero que acontezca. Como si fuera la actuación en una obra trágica con visos de comedia.

7) El abandono abre los ojos de los contrarios. Los obliga a la recapitulación. O, mejor que eso, a la reflexión. En un principio, no creen lo que sus sentidos les revela. Aunque la caída, como quería Camus, sea evidente. Surgen las preguntas por veintenas. ¿De verdad las cosas estaban tan mal? ¿De verdad no había más remedio? ¿De verdad no hay marcha atrás? Entonces las resoluciones se precipitan. Es urgente tomar una actitud, actuar. Pero el abandono lleva prisa. No deja más opción, cuando es drástico, que la resignación.

8) El abandonado pierde piso. Alrededor suyo, todo cambia. Distingue la verdadera dimensión de las cosas. En lo que dura el trecho de la aceptación, nada parece corresponder a su sitio. Como si los entes adquirieran otro peso específico. Cualquiera podría decirle que vivía a ciegas. Que en el fondo nada ha cambiado.

9) El abandono va de la mano de la soledad. Exige de sus protagonistas una buena dosis de condición física para encontrar en la caminata el paliativo del oxígeno.

10)  Cuando se supera el golpe del abandono, todo parece surgir con nuevos ímpetus. Como si brotaran de una fuente, los sentimientos se vuelven aún más vigorosos.

11) El abandono es útil en cuanto permite palpar la vulnerabilidad. ¿De eso estamos hechos?, habrá quien se pregunte. La piel más resistente se desquebraja al golpe del abandono.

12) Lo mejor del abandono es la reacción posterior, cuando ha transcurrido y su impacto comienza a diluirse al paso del tiempo. Entonces se está preparado para el siguiente.

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Música

Almschi

Alma Schindler se miró al espejo y pintó sus labios. Desde niña había estado de acuerdo con su padre, el pintor Emil Jakob Schindler: “Haz de cada hombre que se te acerque un dios; pero para eso tú misma necesitas ser una deidad”. Le gustaba verse bonita. Más bonita que su hermana Greta y que su madre.

            La evocación de su padre le produjo una punzada en el estómago. No podía ser de otra manera. Emil Jakob Schindler le había inculcado lo mejor del savoir faire, desde las lecturas de Goethe y de Schopenhauer, hasta la música de Johannes Brahms y del Beethoven más lírico. Pero sobre todo la había enseñado a disfrutar de la belleza imperial, que podía ir de la cubertería a la tapicería, de la cetrería a la cristalería, en fin, cualquier detalle que puntualizara lo que él entendía por educación.

            Tenía dos cartas extendidas en su pequeña mesa de centro. Una de Alexander Zemlinsky, y la otra de Gustav Mahler. Escrita con letra nerviosa la del primero, y enérgica la del segundo, el sentido de ambas era el mismo: enamorarla. Desde luego el corazón de ella se debatía entre los dos hombres. Por cierto, músicos; por cierto, compositores.

            Acarició sus lóbulos antes de adornarlos con dos espléndidos pendientes, regalo de Gustav Klimt —su petición de mano la había rechazado con gran disgusto de su madre, Anne Berger, modesta cantante que había renunciado a su carrera con tal de someterse a su marido. Yo nunca haría nada semejante, se dijo y se miró a los ojos como si quisiera escudriñar la posibilidad más remota de un desengaño.

            Ambos hombres darían la vida por ella; pero ella no. Cada uno la atraía a su manera.

            Alexander Zemlinski, alguna vez alumno favorito de Johannes Brahms, considerado uno de los mejores maestros de música de Viena, tomaba muy en serio su trabajo. Era su discípula de piano y de composición. Porque lo que ella afirmaba que había venido a hacer al mundo era a componer. Su alma se debatía por cuál torrente de la música se inclinaría finalmente: la composición —ya tenía en su haber una buena cantidad de lieder—, el piano, la dirección orquestal —porque ése era uno de sus sueños más queridos: dirigir una orquesta, desafiar todos los cánones, ¿de cuándo acá se ha visto una mujer directora?, le increpaba su madre.

            Feo y pobre —circunstancia que contradecía los propios preceptos de Alma—, Alexander Zemlinsky era dueño de una pasión que la chica valoraba por encima de sus defectos. No podía estar con él más de un par de minutos porque el corazón parecía salírsele del pecho. El corazón con todo y manos —“ha tocado de forma ardiente mi carne más íntima”, había escrito ella en su diario. Incapaz de obtener el beneficio de la crítica y del público, sin embargo en su música —había opinado alguien por ahí— había temperamento. Carácter que había vaciado en las cartas  que expresaban cabalmente sus sentimientos: Tú y yo creceremos juntos, y el cielo nos quedará corto, decía, y, en efecto, como para rubricar su juramente, levantaba sus ojos al cielo.

            Y lo más paradójico era que a Mahler lo había conocido delante de Zemlinsky, en el salón de la señora Bertha Zuckenkandl. Junto con otras celebridades, habían sido invitados a aquella cena. Alma Schindler se había negado a ir. Y Mahler lo mismo. Pero al final habían cambiado de opinión. Cada quien por sus propias razones.

            De aquella ocasión, Mahler se había enamorado. Profundamente. Al punto de proponerle matrimonio una semana después.

            Se sentó, pues, y leyó la carta de aquel director de orquesta ya célebre, más como director que como compositor. Principiaba con el mote que él la nombraba: Almschi. La tesitura era la de un hombre respetuoso, dueño de sus emociones. Se limitaba a dos cosas: a ponderar la belleza de ella, y a prefigurar lo que el futuro le deparaba como compositor siempre y cuando ella permaneciera a su lado. Se describía a sí mismo como un hombre en pie de guerra. Como alguien que podría poner al mundo en su mano, siempre y cuando contara con ella. Necesito un ser que me sostenga y me apoye, le había escrito con letra apretada. ¿Sería ella capaz de eso?, se preguntó. Porque todos los hombres necesitaban ayuda, excepto quien la pedía. No era digno. Había que seguirse de largo. Cuando menos en ese momento no tenía cabeza para eso. Si ella lo único que quería era salir a la calle y perderse entre las mesas de un café vienés, donde podría ser admirada.

            Enseguida extendió delante de sí la misiva de Alexander Zemlinsky. Como siempre, reparó en la letra. Tenía por costumbre escudriñar la letra de las cartas que recibía. Solía comparar aquella caligrafía con el perfil del firmante. Y nunca fallaba. Desde luego que a Alexander Zemlinsky lo conocía de tiempo atrás. A través de la clase que recibía puntualmente, se había percatado del incendio que crujía en el corazón de aquel hombre. Por un instante se puso en su lugar. No tenía la menor oportunidad. Simplemente no era una mujer que pudiese entrar en sus expectativas. Excepto porque los artistas no conocían límites. Porque si algo los motivaba era la ruptura de las cercas.

            Alma se sonrojó nada más de recordar aquel momento con Zemlinsky. Hubiera querido que no hubiese sido un instante sino una eternidad. Pero la vida estaba hecha de instantes. De momentos de intensidad, los menos, y de sosiego, los más.

            La carta continuaba en ese tenor, y concluía: Sólo necesito tu boca para triunfar, nada más.

            No pudo seguir leyendo. Una inquietud le quemaba el pecho. Tomó la carta de Zemlinsky y puso ahí sus labios. El rojo beso quedó plasmado en la firma de él. Como una aureola inexplicable.

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Cuento

Una casualidad del diablo

I

No más allá de las nueve de la mañana, dando vuelta en la esquina de Allende y Ayuntamiento, me topé con Ángel Fuentes y su hija Antonia. Habría preferido encontrarme a otras personas. Algún padre con su hija menos incisivos, pero ya no había modo de echarme para atrás. Como siempre, me dio la impresión de que venían hambrientos. Como si su semblante reflejara una dieta prolongada. No por su gusto sino a causa de una fuerza mayor.

         —¡Por supuesto que aceptamos cualquier invitación a desayunar!— dijo Ángel Fuentes, apenas abrí la boca para ofrecerles un desayuno aunque fuera frugal. A decir verdad, no sé por qué lo hice. Nunca he sido un tipo especialmente dadivoso; es más, me da lo mismo si la gente, aun la gente que conozco, come o no. Menos me importaba que ambos padecieran leucemia. Las enfermedades no me conmovían. Todo mundo andaba enfermo de algo. Parecía la moda. Y cada vez la sintomatología se tornaba más dramática y exacerbada. Como si cada lágrima, cada gesto de debilidad punzante, fuera un modo chantajista de llamar la atención. De ganar adeptos para su exitosa patología.

         Viudo desde siempre —la esposa de don Ángel había fallecido al dar a luz a su hija Antonia—, trabajador infatigable de la empresa Alpura hasta antes de que la leucemia se le declarara a su hija —por lo cual había decidido dejar de trabajar y dedicarse a ella de tiempo completo—, Ángel Fuentes vivía ahora de suscitar la conmiseración entre amigos, parientes y conocidos. No había nadie que no se sintiera conmovido ante la perorata de Ángel Fuentes. Con el rostro de su hija apoyado en el cuenco de su mano salpicada de lunares grises, don Ángel mencionaba los efectos de la leucemia en su hija, que iban desde un nerviosismo incontrolable —con el subsecuente movimiento involuntario y vertiginoso de cabeza—, la temperatura que ascendía como mercurio de termómetro puesto al fuego, hasta la absoluta incongruencia de las frases ininteligibles. Hubo incluso quien puso en tela de juicio las aseveraciones de don Ángel: “Eso que está diciendo es mentira”, o “Es un viejo payaso y atenido, mentiroso de siete suelas”.

         Pero había quienes aun sosegadamente, se conmovían. Como yo. Ante mis ojos, ambos personajes adelgazaban cada vez de modo más alarmante. Además de que se les había pronunciado una tez amarilla nada confiable, y de que hablaban entre sí recurriendo a un código que sólo ellos entendían.

         Así que tan amable como pude, le pregunté a don Ángel luego de un par de huevos a la mexicana que me supieron a gloria y de pedir la cuenta —tuve la sensación de que mis palabras eran tan audibles como una corriente de agua de las que se escuchan en el drenaje público. Le dije:

         —¿Está seguro, don Ángel, de que no me quiere vender una pintura? Por ahí alguien me enseñó un trabajo de usted…

         Se me quedó viendo como si fuera yo un vendedor ambulante de mercancía robada.

         —Para qué diablos. Mis cuadros no valen nada. Son imitaciones —respondió—. No soy más que un copista. Carezco de ideas propias. Copio los cuadros, los rostros principalmente. Porque es lo que más me llama la atención. El trabajo ha pasado antes por otras manos. Que son quienes se encargan de pintar. De poner los colores, la destreza, la emoción, al servicio del arte.

         —Pero aun así me encantaría que me permitiera entrar a su taller. Para ver, simplemente para ver. Le prometo que de esa visita algo saldrá. Por ejemplo, una compra.

         La palabra compra pareció entusiasmarlo. De ser amarillo, el tono de su cara pasó a ser pálido, y más tarde rosa incipiente. Rastreé cierto brillo en su mirada, y advertí más movimiento en las articulaciones de sus mandíbulas.

         Todos en el barrio sabían que entrar al taller de Ángel Fuentes era absolutamente imposible. Ni siquiera le entusiasmaba la idea de una posible venta. La verdad de las cosas era que vivía de la caridad. A mí me interesaba sobremanera porque de siempre había sido un fanático de la pintura. Incapaz de tomar un pincel, en cambio pasaba como embelesado las páginas de mis libros de historia de la pintura. Conocía de estilos, de épocas, de corrientes artísticas. Como simple frustrado de la pintura, sin la menor posibilidad de apreciar más allá de los detalles.

         Le insistí una vez más y pareció ceder un poco. Tal vez estaba envejeciendo —¿tendría 60 años, 70?—, tal vez temería dejar a su hija en la inopia; lo que fuera, se limitó a decir: “Vamos, pues”.

II

Lo seguí por las calles del barrio de San Fernando que me resultaban tan familiares: Allende, Independencia, Callejón San Fernando, Sabino, calles que sólo para los habitantes de ese perímetro tienen significado. Por fin se detuvo ante un condominio de la calle de Cuitláhuac. Reconocí al instante la fachada. Todos los que vivíamos por esos rumbos sabíamos que ahí se había cometido un crimen atroz. Simple y llanamente un individuo había asesinado a toda una familia. “Vivimos aquí porque nadie más quiso rentar”, acotó don Ángel cuando se percató de mi desconcierto. “No nos cobran cinco centavos de renta. En quince años no hemos pagado ni un quinto. Ya puedo decir que esta casa es de mi propiedad. Increíble, ¿no es cierto?”

         Entramos hasta el fondo de la casa. Sin explicarme la razón, Ángel Fuentes abrió cautelosamente la puerta. Se asomó como si esperara que alguien hubiese dentro. Sentí que la mano de Antonia buscaba la mía. La encontró y la afianzó. Por fin pasamos. Antonia me soltó la mano al instante. Como si temiera la reacción de su padre. Delante de mí, en medio de los utensilios propios de un taller, desfiló una galería de copias. Pinturas de Velázquez, de Durero, de Goya, y de modernos como Modigliani, Picasso, Dalí, estaban ahí, ante mis ojos. Imitaciones perfectas de obras maestras consideradas sagradas.

         —Es usted un artista genial.

         —Un imitador nunca es un artista genial. Lo único que hace un copista es arremedar.

         —Aun así. No soy experto pero me parecen copias geniales.

         —Los originales sí. Éstas son porquerías —dijo, y, ante mi estupor, tomó un cuchillo de la cocina y rasgó en dos un cuadro de Vermeer.

         —¿Sabe cuál es la única obra de arte verdadera? —inquirió, sin dejar de mirarme. Me aventuré a descubrir la respuesta en sus ojos. Pero no vi más allá de dos pupilas incendiadas por la pasión. —Ésa —dijo, y señaló a su hija, que empezó a retroceder.

         —Usted sabía que en esta casa se cometió un crimen. Me di cuenta por su reacción que no la pudo disimular. Yo vivía arriba. Solo. Prácticamente esta casa estaba abandonada. No vivía nadie. Más que la familia asesinada, y yo mismo. Yo descubrí el crimen. Y cuando lo descubrí me llevé de aquí a ella —dijo, y señaló a Antonia—, la única sobreviviente. Que entonces no tendría ni un año. Hace quince. Para borrar de su mente todo lo que había visto. Para borrarlo con mi amor. La fui a dejar a la casa de mi hermana. Regresé y llamé a la policía. Localizaron al asesino y a los dos días se suicidó. Ahora soy feliz con mi hija. Que los dos estemos enfermos de leucemia me une más a ella. Es una casualidad del diablo. Algún día la pintaré. Copiaré La maja desnuda y le pondré la cara de ella.

         No quise saber más. Di la media vuelta y abandoné aquella casa, a la cual nunca debí haber entrado.

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Texto del lunes

Música

La Carta

Yo-Yo Ma dejó su violonchelo recargado en el sillón individual de la sala. Revisó su correspondencia. Cada vez llegaban menos sobres. La electrónica se lo estaba comiendo todo. Él pedía que le enviaran sus cartas escritas de puño y letra. Le gustaba desentrañar la caligrafía —fuera en cualquiera de los idiomas que hablaba—, desafiar la lectura ininteligible, releer hasta tres veces las palabras que no conocía. Ir desgajando aquella misiva, y ponderar la inmediatez de responderla. Si desde su punto de vista era urgente, se aplicaba de inmediato; pero esta urgencia no significaba que se tratara de una emergencia; por ejemplo, cuando su madre le preguntaba —con aquella letra suya tan menudita— qué había hecho el fin de semana, que si había ido al cine o a pasear por el Central Park, le contestaba de inmediato —y de paso le comentaba cómo le había ido en su último concierto.
De pronto detuvo sus ojos en un sobre cuya letra le resultó ajena. Se adivinaba infantil. Trazada por la mano de… un niño; de lo que se percató cuando leyó el remitente. “Steve Carter”, decía, y, la dirección, escrita con faltas de ortografía.
Fue hasta la cocina y calentó un poco de sake. Aunque él no era japonés, valoraba esa bebida en toda su magnificencia. Hasta sus oídos llegaron los trinos de los pájaros que volaban de una rama a otra en su pequeño jardín. No podía vivir sin ellos. Su canto llevaba hasta sus oídos melodías dulces y gratas, que lo reconfortaban y lo ennoblecían espiritualmente.
En fin, otra carta, se dijo, y había que estar preparado. Eso formaba parte de su ritual. La disposición, con todo lo que implicaba. Leer esos mensajes no era cualquier cosa. Cada mensaje significaba para él palpar el alma de un hombre —y máxime si venía escrito del puño y letra de una persona. Cómo le criticaban eso sus allegados. O cualquier persona cercana que se enteraba de pura casualidad. Ese modo de ser suyo chocaba con el de la masa occidental. La gente no tenía tiempo de nada. Todo mundo andaba de prisa —y sobre todo en Nueva York, donde había fijado su residencia. Cada tipo con el que se topaba —fuera músico o no— se creía con el derecho de dirigir su vida, o cuando menos de criticarla. Habría preferido que criticaran su modo de tocar; pero eso le estaba negado al resto de la humanidad. Nadie se habría atrevido a decirle una sola palabra de desaprobación.
Para él, la interpretación musical no comprendía una dificultad sino un aliciente, una manera de gritar al mundo su alegría. No entendía a los músicos de rostro compungido al momento de tocar. Vino a su memoria la vez que tocó un quinteto de Schubert con Gidon Kremer. Fue una interpretación dichosa. De principio a fin. Imbuidos por el espíritu de la música, se dejaban llevar de la suave mano de Schubert. Y todo alrededor era resplandor y prodigio. Alegría pura. Pero eso acontecía muy de vez en cuando. La mayoría de las veces, las sesiones eran terribles, endiabladamente fatigosas. Excepto para él, que se le miraba colmado de júbilo.
Desde niño había sido así. Era quien más se divertía en la escuela de música. Jugaba más que estudiaba. Ciertamente, algunos maestros reprobaban este modo de asumir la vida, pero él siempre tenía palabras para defender sus puntos de vista y exponer sus ideas con claridad. Nadie lograba hacerlo cambiar de opinión. Mientras resuelva mis escalas, no hay problema alguno, atajaba él cualquier ataque por más pálido que fuera. Porque eso sí, en el campo de la música era el gladiador. Ni tocar al aire libre en el más crudo invierno podía arredrarlo —se habían vuelto famosos sus guantes de lana a los que les había cortado los dedos para poder tocar con el viento helado pegándole en la cara. Esa disciplina la había aprendido de su padre, se regocijaba en su interior; para enseguida reflexionar que no, era una disciplina del pueblo chino.
Decidió leer la carta en la cocina. Sintonizó su estación de música favorita. Era el concierto de Schumann. Se reconoció de inmediato. Era él. Precisamente el concierto que había tocado el fin de semana. La pasión de Schumann lo hacía suyo y lo engullía por completo. Sobre todo en los momentos de mayor musicalidad, en los que casi perdía el sentido.
Bebió el sake y se sirvió un poco más. Fue por la carta y rasgó el sobre. La sacó y se dispuso a leer. De inmediato, aquella letra nerviosa llamó su atención.

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Novela

Desgajar la belleza
Primera Parte
Capítulo Diez

No sé qué ha pasado. Mensajes en la contestadora – claro, mensajes en clave -, un par de telegramas, recados por el bíper. Pero no estás; ¿saliste de viaje intempestivamente?, ¿no has recibido ninguna noticia mía; pero tú no podrías manifestarte?, ¿decidiste dejarme; quién toco a tu puerta: se cumplieron mis pronósticos? Estoy absolutamente fuera de mí, como no lo había estado desde hace mucho tiempo. No me preguntes cuánto. Y digo no me preguntes, perdóname la vanidad, como si diera por hecho que estás leyendo estas líneas. Insufribles líneas.

            Estar fuera de mí no es en lo absoluto inusual. Hubo una mujer que me aconsejó mesura, discreción. Se llamaba Angélica Morales; si, la primera pianista, esa genial pianista mexicana que hace unos cuantos días murió. Y cuya muerte pasó prácticamente inadvertida. Me pregunto qué habría pasado si el muerto hubiera sido un político, un célebre narcotraficante (¿es posible ser célebre a costa de ser, es este caso, delincuente?, creo que esta figura retórica tiene un nombre en gramática); un escritor de moda, un pintor esnob, un futbolista del América. Medio mundo habría dado su opinión para la prensa, lo habrían comentado profusamente en la TV y más de uno habría sugerido la bandera a media asta. Pero no fue el caso. No importa que la maestra Angélica Morales haya sido la primera mujer que tocó completa la obra de Bach para teclado; menos aún que fuera la principal expositora – y continuadora – de la técnica de Liszt, pues Emil Von Sawer, que fuera primero su maestro y luego su esposo, había sido discípulo del pianista húngaro. Tampoco tiene que ver, nada que ver, que fuera de las primeras pianistas en grabar el Triple de Beethoven (precisamente conocí este concierto en una grabación que hizo en aquellos discos de 78 revoluciones, con Odnoposoff y Auber, dirigidos por Weingartner), ni que se le considerara acaso la más connotada maestra de piano. De acuerdo, la insufrible xenofobia de los mexicanos no perdona: que los norteamericanos la hayan reconocido y finalmente pagado lo que su trabajo y valor representaba para que educara a los jóvenes pianistas de su país, no se perdona. Qué bueno que lo hizo, qué bueno que se fue a vivir a Estados Unidos y mandó al diablo el rústico y mezquino sistema de reconocimiento al arte y al artista que se acostumbra en México.

            En fin, a lo que iba es que a propósito de varias de sus últimas presentaciones en esta ciudad, la maestra y yo solíamos encontrarnos, caminar, tomar un café, charlar. No era proclive a conocer gente, a relacionarse, a dar entrevistas; pero yo le caía bien por mi admiración acendrada por las Variaciones Goldberg; a ella le asombraba que un joven- como lo era yo en esa época – fuera devoto de Bach. Pues alguna de esas veces – yo la quedaba de ver en el lobby del hotel Génova, que le gustaba especialmente – llegué tarde a la cita; ella me estaba esperando, como la gran señora que era, imperturbable, bebiendo plácidamente su té. Apenas me hube sentado me preguntó qué le pasa, Esusebio, qué le ha sucedido. Yo traté de desviar su atención; empecé a hablar como loco de la Hammerklavier – cuando era niño, le oí esa sonata en la intimidad de una casa -, pero ella me paró en seco: “Usted tiene una pena de amor”, me dijo. En efecto; ni siquiera me acuerdo el nombre de la mujer, pero alguien me había mandado al diablo unas horas antes. No tuve más remedio que pedirle permiso para servirme un poco de alcohol en mi café; por supuesto, asintió. Saqué entonces una anforita y vacié parte de su contenido en aquella inmaculada taza. Lo bebí y de pronto me sobrevino el llanto. Ella tomó mi mano y dijo: “Sea usted mesurado, sea usted discreto; hay penas que se corrompen si se las exhibe; sea usted consecuente de sus amigos, y a quien no sea su amigo no le dé usted a conocer su dolor. Y sufra, recuerde usted bien esto, sufra por lo que vale la pena sufrir.”

            Las mujeres. Siempre me dan lecciones. Son sabias, son maestras. Pero en la misma medida son frías e inconmovibles. Por eso me pregunto, ya independientemente de la maestra Angélica Morales, me pregunto: Cómo es posible que tengan esa capacidad de contención, que sean capaces de estar como si nada luego de perder un gran amor. Que al día siguiente de que su hombre las ha dejado anden como si nada, como si la vida siguiera igual; mientras que un hombre tarda en reponerse – cuando se repone – semanas y a veces meses; mientras que un hombre golpeado por el dolor amoroso se torna menos que una jerga deshilachada y apestosa de burdel. Las mujeres. No en balde, el maestro Vicente Gallego, incisivo español de la generación novísima, escribió:

            De las muchas heridas

            que el amor nos inflige a través de los años,

            hay una que nos duele de forma distinta

            porque llega a pesar de las promesas,

            del tiempo y de sus nudos, y es la última,

            y resume a las otras, y lo desmiente todo.

            La tolera el orgullo a duras penas,

            y esa herida consiste en aceptar

            lo que me ha confirmado ese nombre que callo:

            la maldita certeza de que a ellas,

            cuando las cosas fallan, les resulta posible,

            y tan odiosamente fácil, vivir sin nosotros.

No entiendo nada. Una voz dentro de mí me dice que te he perdido, que irremisiblemente te he perdido. Te reenamoraste de tu esposo, encontraste otro hombre, decidiste seguir la senda correcta y sacrosanta del matrimonio. O acaso juzgaste demasiado riesgoso el juego de nuestro amor, con todas sus implicaciones: puede ser. O finalmente no te satisfice como hombre o como escritor (haberte insatisfecho como escritor me es inclusive; haberte insatisfecho como hombre me pone en el umbral de la muerte); pero tienes razón. Sea la respuesta que sea, tienes razón.

            Resumamos. Estoy viejo y ocho días es mucho. Te he amado y me has amado. Te amé y me amaste. Conjugamos el verbo amar como sólo tú y yo podíamos hacerlo. No me importa si tu esposo o mi mujer protestan (de todos modos habrán de hacerlo). Hicimos el amor de veras. No tonterías. Por más que hagas, no podrás volver a escuchar a Brahms sin pensar en mí, ni leer a Cernuda o a Eliot sin sentir mis manos en tus muslos. Me pregunto si te relacionaré con Bach. O con el ron. Sé con qué: con la alegría y el asombro. Con la dicha y la belleza.

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Texto del lunes

Aforismos

El bebedor solitario

1) El bebedor solitario ejerce una fuerza de atracción y de repulsión al mismo tiempo. Como si ocultara algo a los ojos de todos. Algo a lo cual aspira cualquier mortal, pero que sabe que nunca alcanzará.

2) Nada pasa inadvertido para el bebedor solitario. Más que a la expectativa, permanece a la defensiva. Su tiempo se le está yendo en oleadas de música que sólo él escucha.

3) El bebedor solitario se entretiene acomodando y reacomodando las cosas que pueblan su mesa. De pronto cambia de lugar el servilletero. De pronto mueve la sal. Aleja el vaso un centímetro. Sabe que sólo cambiando las cosas de lugar, encuentra un poco de comprensión alrededor suyo.

4) Nadie está tan acompañado como el bebedor solitario. Colecciona almas. Todas las personas que pasan de lado junto a su mesa, quieren decirle algo. Revelarle un secreto. Que él sabrá guardar. Se especializa en callar lo que le revelan las sombras.

5) El bebedor solitario avanza en el conocimiento de sí mismo como otros en el conocimiento de la anatomía humana. O de las estrellas. Pero el bebedor solitario no tiene paciencia para mirarse a sí mismo, ni para volver los ojos al cielo y contemplar la bóveda celeste. Cada minuto libre lo emplea bebiendo a solas.

6) No gasta palabras que no van a ninguna parte. El bebedor solitario. Dice lo que tiene que decir. Que se reduce a expresiones domésticas. En el tramo de un trago a otro, quisiera decir cosas que repten como alacranes. Imprecaciones que le salen del alma. Pero que de pronunciarlas otro vendría a aplastarlas. Como bichos ponzoñosos.

7) El bebedor solitario es vanidoso por antonomasia. Dice de él mismo que no necesita de nadie. Aunque por las mañanas, cuando se contempla al espejo, descubre un rasgo de humildad. Sus ojos acuosos revelan una incomprensión ancestral. Pero en la misma medida cierta vaciedad inocultable.

8) El bebedor solitario no sabe qué hacer con sus manos.

9) Cuando la noche sobreviene, se descubre en el bebedor solitario el sol que lleva oculto. En su interior más profundo, aunque siempre es posible localizarlo en el brillo apagado de sus ojos.

10) La cabeza del bebedor solitario permanece embotada de recuerdos. Unta de nostalgia el pan que tiene más próximo. Y le añade sal.

11) Si se le observa acuciosamente —y discretamente, para no provocar su enojo—, se descubrirá el espíritu de una mujer bebiendo a su lado. Consume la mitad de los tragos que ordena el bebedor solitario.

12) El bebedor solitario es un hombre de buen carácter. Con tal de que nadie se le acerque e intente establecer conversación.

13) El bebedor solitario compite consigo mismo. A ver quién bebe más.

14) El bebedor solitario no acepta la invitación de una copa. Si no bebe a solas para despertar piedad alguna.

15) Quien sea que bebe, ha querido ser bebedor solitario. Así sea un momento en su vida. Pero le sobra el espíritu de sociabilidad.

16) El bebedor solitario disfruta cada copa como si fuera la última. Porque en efecto lo es.

17) Que al bebedor solitario le tiemble la mano le da igual. Excepto si es él mismo quien lo descubre.

18) Al bebedor solitario nadie lo espera en casa. Excepto su familia. Como cada noche.

19) La máxima distracción del bebedor solitario está en ver cómo se deshacen los hielos en su trago.

20) El bebedor solitario pide lo mismo cada vez que se sienta a beber. Esa cuba, ese vodka, ese tequila, es su única compañía. Sabe que no lo traicionarán.

21) El bebedor solitario no funciona en una cantina vacía. Paradójicamente, necesita público alrededor para ser solitario.

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