Archive for 31 enero 2014

Poesía

Renté un departamento

Nadie me quita la idea de la cabeza
de que la voy a tener en mis brazos una vez más
—como dice el cliché, tan respetable por cierto.
Pero necesito el ambiente idóneo.
No podría ser en un automóvil,
ni siquiera la habitación de un hotel.
Necesita ser la intimidad de un departamento.
Donde ella sienta que es la reina.
Y que será la reina de esa casa a la vuelta del tiempo.
Claro que se trata de un departamento
tan insalubre como mi espíritu.
Tan hostil como mis facciones.
Tan abandonado de Dios como mi alma.
Pero finalmente un departamento
en el que pueda pasearse desnuda.
En el que pueda posar para que le saque fotografías.
Con mi celular desde luego.
Un departamento que rezuma el tufo de tequila y cigarro.
A semen y sudor escurriendo entre los pechos unidos.
De ella y de mí.
Un departamento que cualquier pareja de indigentes
quisiera habitar.
Donde las cosas cambien de nombre
—y a la lámpara se le llame cobra.
Un departamento para ella y para mí.
En el que yo pague la renta.

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Varia

Carta a una pintora

Descubrí en Caravaggio un antecedente de tu pintura. Pintor que siempre me ha llamado la atención, me embelesaba su prodigiosa técnica —hasta donde puedo yo nombrar esa palabra, dada mi ignorancia—, de pronto caí en la cuenta de que lo que me atraía era su deliberada imperfección. Pintar a los santos con los pies sucios —o a Jesús mismo—, o a la Virgen negligentemente muerta, o con una prostituta que la modelara, me pareció soberbio, materia de escándalo. Allí estaba el arte. Me hizo pensar en Guarnerius del Jesù, que deliberadamente les hacía una muesca a sus violines para alejarlos de la manida perfección —que en forma instantánea y prácticamente inevitable conduce a la soberbia—, tan cara a los enanos de espíritu, y que los japoneses, al arte de alejarse de la perfección, llaman wabasabi.

            Pero la maestría de Caravaggio consistía además en pintar de este modo cuando los pintores que lo rodeaban —y que no veían en él más que un remedo de artista, un guiñapo pobre y desaliñado— eran devotos de la supremacía formal. No había uno solo que observara la fealdad con ojos devotos.

            Pues yo veo en tu trabajo ciertas obsesiones de Caravaggio. Y no me refiero nada más a las obsesiones de las que he venido hablando líneas arriba, sino en términos generales a destacar la fealdad, a extraer de tus imágenes cierta sordidez que yace subyacente, a la espera de los ojos inquisidores. Al contraste entre zonas de luz y zonas umbrías —o, mejor todavía, a la creación de zonas umbrías a partir de zonas de luz, como en los retratos a la Lucien Freud, que persigues como leona a su presa; por cierto, te recuerdo que alguna vez me prometiste que el retrato de la vieja lo pondrías en mis manos. Sea. Pero más aún, este contraste a partir de una zona híper iluminada, como en tu Autorretrato, aquel que me hiciste llegar por correo electrónico, me parece sintomático y representativo del arte de ver. De captar ese instante en que las imágenes emergen de la luz.

            Pero no he concluido. Quiero realzar otra nota de tu creatividad. Y me refiero al desconcierto. Ahora mismo estoy pensando en tu cuadro del gusano. Es absolutamente desconcertante. Siembra en el espectador el prurito del desconcierto, sin el cual no es posible la quietud del alma. Para que haya un equilibrio. Pues la incertidumbre que provoca el desconcierto debe provenir de la paz interior.

            En fin, no voy a escribir tu nombre porque estoy seguro de que tú lo reprobarías. Además de que el nombre propio es realmente asunto tan relativo. Así como hay quien se siente orgulloso del suyo, hay quien lo reprueba como un producto mal hecho. Para todos los gustos.

Eusebio, domador de palabras, hijo de Higinio, domador de violines

Judith_Beheading_Holofernes_by_Caravaggio

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Texto del lunes

Poesía

Desastre

Todas las escenas vienen a mí en absoluta desbandada.
Los escenarios se traslapan.
De pronto veo cortinas, sábanas, cobijas, toallas
—también trozos de dulzura, de sonrisas cómplices.
Marquesinas de hoteles, entradas a estacionamientos.
La cocina de tu casa, la recámara. El baño colmado de vapor.
De pronto te veo encima de mí, de pronto abajo.
Mirándonos el uno al otro. Hurgando el silencio en nuestra voz
—también fragmentos de poesía, tramos de música.
Nunca más serás mía. Hicimos lo que teníamos que hacer.
Subidos en la hamaca del amor y de la incomprensión.
Que va de un extremo al otro.
Te pienso mucho. Estaba impuesto a tu presencia.
Todas las mujeres eras tú.
Terminamos como dos personas civilizadas.
Nos dijimos adiós a través del celular.
Habíamos roto tantas veces —¿quince, veinte?—, con palabras inmundas,
con golpes en seco. Con dentelladas goteando saliva acre.
Y en el rompimiento no hubo siquiera el consuelo del alcohol.
Quién sabe qué estarías haciendo tú cuando recibí la llamada.
Yo me encontraba trabajando en un restaurante. Escribiendo, quiero decir.
Ni siquiera me dio por enfurecerme. Lo único que deseaba era colgar.
Estaba harto. Como un asesino cuando se harta de la sangre y no quiere más.
Como un asesino que ha apuñalado lo que más ama.
Tú te encolerizaste, pero no más de la cuenta.
No como acostumbras. No hubo ese torrente de lágrimas.
No hubo esos gritos destemplados. Menos esos chantajes.
Ni siquiera amagos que despidieran el tufo de la violencia.
De inmediato ordené un trago. Un mezcal. Lo bebí de un trago.
Quería apagar el incendio.

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Ensayo

La práctica de la amabilidad

Mi padre no fue un hombre amable. Seguramente a causa de provenir de una familia humilde, en la cual había que hacer cosas más importantes para ganarse el pan que fomentar las formas; seguramente porque desde niño tuvo que tocar el violín en la calle para contribuir al gasto familiar, careció de una educación refinada. Jamás lo oí dar las gracias o pedir las cosas por favor. Sencillamente eran palabras que no estaban en su vocabulario.

Creo que la educación es el aceite que permite que la maquinaria de las relaciones sociales camine sin escollos. Ser amable es ponerse en el lugar del otro. Pensar por un segundo que se es la otra persona, digamos el interlocutor. Que aquella persona merece nuestro respeto y consideración simplemente porque nos está escuchando, nos está poniendo atención, cuando sin lugar a dudas podría estar gastando su tiempo en otra cosa.

Es una persona educada, decimos, de alguien cuyas maneras nos deja un buen sabor de boca. Y aquí la palabra amabilidad se traslapa con la palabra educación. Porque la persona amable siempre es educada. ¿O puedo acontecer lo contrario, que alguien sea bien educado pero carente de amabilidad? Supongo que no, o acaso sea ésta la urticaria de un filólogo.

Una persona amable irradia respetabilidad, y la respetabilidad fomenta la aproximación. A simple vista pareciera que no. Que la gente respetable es más o menos odiosa. Que esa aura de respetabilidad es como una pared insalvable. Pero en realidad es lo contrario. Las personas amables son dignas de respeto porque podrían no serlo, podrían sumarse al gran contingente de individuos zafios que pueblan el mundo.

Pero, ¿depende de la voluntad de un hombre ser o no amable? Uno pensaría que no, que así se es, y punto. Como si la amabilidad fuese el color de los ojos, la estatura, el tamaño de las manos. La verdad es que la amabilidad se mama en el hogar. Exactamente como el lenguaje. ¿O no es cierto que los escritores abrevan de la lengua de sus padres el lenguaje que habrán de vaciar en lo que el día de mañana escribirán? Lo mismo acaece con el ser amables. Si los progenitores son amables entre sí, si son amables con las personas que visitan su casa, el hijo se percatará, desde luego inconscientemente, de las ventajas de ser así. Y lo aplicará a su vida.

Lo que es prodigioso es cuando una persona amable ejerce la grosería, la majadería. Porque entonces estará actuando. Principiará por hacer una selección de las personas con las que vale la pena ser amable, y aquellas que tratará con la punta del pie. Esta modalidad la practican bloques de individuos. Pues es su modo de divertirse. De hacerse odiar por un segmento de gente. ¿Por qué ser siempre amables?, se preguntan. ¿Por qué no poner un granito de sal a esta vida tan aburrida? Y así van, se conducen de un modo con alguien y del otro con quien no sea de su agrado.

La amabilidad, o la educación, como se quiera, es especialmente agradecible en un niño. Lo hace ver como un adulto, y eso causa gracia. Porque los niños no tienen por qué ser amables, educados sí, pero no más allá. No al grado de caerles bien a todos los que los rodean. Al revés. Más bien caen mal. Cuando un niño es demasiado amable, se piensa que algo trae. Que allí hay gato encerrado. Lo que ese niño está haciendo es darse cuenta de cómo funciona el mundo. De lo que puede obtener con unas gotas de buena educación.

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Novela

Desgajar la belleza
Parte II
Capítulo Uno

Nunca sabremos qué hay detrás de cada llamada. Escuchamos el repiqueteo del timbre, levantamos el auricular y no sabemos hacia dónde nos conducirá ese acto. Te confieso que quizás no debí contestar, que quizás hubiera sido preferible dejar que el teléfono sonara y sonara. Sé que volverte a ver, que volverte a hacer el amor, a tenerte conmigo, que volver al camino que ya recorrimos me seduce pero también me angustia. Sé que no tengo la suficiente voluntad para decirte que no. Como tú no la tuviste. Dimos todo por muerto y henos aquí de vuelta. Uno delante del otro. Tú mirándome y yo mirándote. Tomándonos sutilmente de las manos, rozándonos apenas. Buscando el menor pretexto para chocar nuestros cuerpos. Para sentirnos. En cuerpo y alma.

El viernes había bebido desde la mañana. Estuve en Chapingo, donde me invitaron a dar una plática. Sobre el oficio del escritor – pretexto nunca falta -. Independientemente de que no sea yo capaz de asumirme como “escritor”, de que este término me causa repugnancia – casi tanto como el término de “mi obra” -, pues es dicho como sinónimo de soberbia intelectual, de hombre que se lo merece todo, bueno, independientemente de eso, me atrae sin remedio hablar sobre el oficio y temas afines, sobre lo que considero la teoría del lenguaje. Porque me he percatado que una teoría del lenguaje, por más modesta que sea, apuntala el trabajo escritural. Atrás de cada palabra escrita bulle una teoría en torno a la escritura, la abstracción de lo que significa el acontecimiento de escribir. Descubrirlo le corresponde al escritor.

Dije que me invitaron a Chapingo y fui. Allá en Chapingo trabajan dos escritores que respeto: Rolando Rosas, poeta, y Arturo Trejo Villafuerte, también poeta y ensayista. Recientemente leí La esponja y la lanza, de Trejo, y Quimeras, de Rosas. Creció la imagen que tenía de ellos. Ya te mostraré poemas de Rolando. La suya es una poesía sin concesiones, inflamada de crudeza y ternura. Dice en uno de sus poemas:

En cuál sueño de cal hirviente se parte el corazón

cuando te vas y eres otra.

Es de perro este dolor y no porque no me duelas

sino por el aullido que presiento.

Porque no me rajo a la primera.

Porque aguanto una, dos, tres,

todas las dentelladas que creo que merezco.

Soy curtido en vinagres espesos

y garantizo a pesar de tantas canas.

Me dio mucho gusto encontrarme con un Trejo Villafuerte festivo. Sus ensayos me sorprendieron por eso. Son un gozo constante. Lejos de la pesadez de la erudición, del pie de página aclaratorio, de la cita insoportable. Los suyos son ensayos que dejan entrever el gusto escritural. El festejo de compartir con los amigos la fiesta de la palabra escrita. Sin lugar a dudas Arturo Trejo Villafuerte goza escribiendo.

Pero adivina de quién resultaron admiradores, ellos dos, Rolando y Arturo. ¿De quién crees? Pues de Chema, de José María Álvarez. Su nombre salió a la luz porque yo llevaba conmigo Museo de Cera. No puede ser, dijo Arturo, carajo, añadió Rolando. Arturo me dijo que alguna vez, en Barcelona, casi da con él. Que alguien le dijo José María Álvarez anda por ahí, con Jaime Gil de Biedma, en algún bar. Cuando vea usted a un hombre vestido todo de blanco, saco blanco, zapatos blancos, pantalones blancos, gazné blanco, sombrero blanco incluso, es él. Dice que salió a la calle, se metió a los bares, se fijó en los cafés. Y que de pronto vio a alguien vestido todo de blanco. Lo vio de espaldas. Allá iba, estaba por cruzar la calle. Que entonces echó la carrera, llegó hasta él, lo tomó del brazo y le preguntó: “¿José María Álvarez?, yo…” Pero ya no pudo seguir porque resultó mujer. Era una mujer con atuendo masculino. Una chica española, coqueta y desparpajada.

Ya te imaginarás. En lugar de hablar de mi libro, de leer cuentos, de hablar sobre mí – cosa que siempre me ha parecido vulgar -, hablé sobre Chema y leí poemas suyos. En un principio los chavos se resistieron pero poco a poco fueron entrando en la poesía. Por cierto, mientras yo hablaba Arturo Trejo hacía garabatos con las manos, como hacen en la televisión para que los sordomudos entiendan lo que se está diciendo. El público – los chavos, pues – estaba muerto de risa.

Por eso me viste tan borracho en la exposición de Juan Manuel Estrello. Sumado al vino tan corriente que se ofreció, sumado a tu belleza… Te quise decir tantas cosas. Que te sigo amando. O mejor aún, que te amo con más locura, con más intensidad. Desde que te vi entrar. Venías con tu marido y yo estaba con mi esposa. Pasaste de largo. ¿Qué excusa inventaste para ir? Bueno, supongo que eso fue lo de menos. Juan Manuel Estrello me parece un artista tan desgarrador, de trazos tan fuertes y dolorosos, me parece que su mundo es tan vasto y genuino; sin ambages. Creo que su arte es como él mismo: dramático, inoculado de vida y pasión.

Y tú estabas ahí. A un lado mío. Concentrada, mirando atentamente Yo provengo del corazón de la noche, tal vez la obra sobre la que recayeron más miradas y comentarios. Y tú ahí, mirando, y yo junto a ti. Apenas salieron dos palabras de mi boca: Te amo, dije, y tú lo dijiste a la vez. Cómo quise besarte, hacerte hacía mí y acariciar tu cuerpo. Poro a poro. Pasar mis manos por tus senos. Erectar tus pezones. Depositar palabras en tu boca. Pero ellos estaban cerca. Inevitablemente cerca.

Que ya estés aquí. Que hayas vuelto a mi vida me hace un hombre feliz. Inmensamente feliz. Te daría las gracias, pero no sé si se acostumbre dar las gracias por esto.

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Texto del lunes

Aforismos

Una mujer sobre un hombre

1) Pocos hombres se salvan de calificar a la mujer con el mejor de los epítetos cuando está arriba de él. La palabra puta escurre de sus labios. Pero se resisten a exclamarla. Su doble moral no los deja extraer la sangre del momento.

2) Una mujer sobre un hombre le da al hombre la leche que se quedó pendiente que le diera su madre; pero esa leche se la devolverá el hombre con semen.

3) Pocas venidas tan sublimes como la que emprende la mujer desde su trono de hembra sobre el macho.

4) Desde la óptica de enfrente, una mujer sobre un hombre recuerda la historia de la humanidad. Y de su origen.

5) La historia de la música arrancó del ritmo de una mujer sobre el cuerpo del varón. Exigiéndole que eyaculara.

6) La imagen que debería acompañar los últimos instantes de la vida de un hombre, es la de aquella vez que cogió ella arriba de él. Con sus tetas untándole la cara.

7) Una mujer sobre un hombre es una perra que aguarda que se la metan por el culo.

8) Aun cuando la acaba de conocer, antes que cualquier postura, el hombre ve a esa mujer sobre él. Para que conserve sus tetas enhiestas.

9) Cuando la mujer está sobre el hombre, sobrevienen en la cabeza del varón los momentos más aciagos de su vida. Cuando levantaba sus ojos al cielo y contemplaba la bóveda celeste a sus anchas.

10) El coito transcurre a la velocidad que la mujer le imprime. Cuando ella está sobre el macho. Es natural que así acontezca. Está en su derecho.

11) Lamer antes de penetrar es un acontecimiento que la mujer ejerce con sutil delicadeza. Cuando está arriba de su macho. Es de las cosas por las que él siempre tendrá presente la sabiduría de su dama.

12) Aunque la mujer insista, el varón debe resistir las ganas de montar a la mujer. Sentirse dominado es un acaecimiento cercano a los pocos actos memorables entre un hombre y una mujer. De tal modo que si el hombre cede y él se monta a la mujer, el coito tenderá a ser convencional y aburrido.

13) Cuando la mujer se incorpora y de su vagina escurre el semen, es el momento de sorberse a sí mismo.

14) Cuando la mujer está arriba del varón, sus muslos adquieren su verdadera dimensión. ¿Son gruesos, delgados, macizos, endebles? Las manos del hombre los recorren y los sopesan. Vienen a su mente las veces que la ha visto caminar en la calle, esperarlo, agacharse para recoger lo que sea. Tantas veces que se la ha imaginado. Con esa imaginación que tórnase estupor. Con esa ansiedad que vuélvese realidad trémula. Así la toca y la acaricia.

15) Una mujer sobre un hombre recuerda en mucho una h minúscula. Acostada.

16) Una mujer sobre un hombre le da la oportunidad al varón de probar su hombría. De que no eyacule antes de tiempo.

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Ensayo

La trilogía

1) Tres hombres vienen a mi mente, que han dado todo lo que está en sus manos para aliviar el desconsuelo humano. A costa de su propio sufrimiento. Y que no lo lograron en su totalidad, pero que han paliado tanta congoja y zozobra.

2) Cada uno de estos hombres puso lo que estaba a su alcance para hacer menos doloroso el tránsito entre la vida y la muerte, del individuo transido de dudas y congoja. De quien se sabe perdido. Sin importar el orden, el primero se llama Jesucristo, el segundo Beethoven y el tercero Dostoievski.

3) Lo que sí puede decirse es que sufrieron de forma semejante, y que apostaron todo lo que tenían para darle a la humanidad un poco de lo que habían recibido de ella.

4) La muerte, que no la vida, de Jesucristo es la que más dolor —terrible y mortal dolor— ha provocado. ¿Cómo es posible que un hombre que vino a paliar el desconsuelo, a lamer las heridas, haya atravesado tal calamidad de sufrimientos? ¿De verdad estuvo tan abandonado que nadie le dio una mano para hacer frente a la maldad de los individuos que lo rodeaban?

5) A ese hombre hay que verlo como a un mortal, no como a un dios. Para que su estatura doliente adquiera un nivel con el cual es posible compararse. Porque solamente si se le mira como a un hombre sin pretensiones divinas, su sufrimiento adquiere niveles de ignominia.

6) Beethoven siempre estuvo convencido de que traía una misión sobrenatural en las manos. Darle a la humanidad momentos de armonía y entretenimiento a través de su música. Quien lo escuchara, se encaminaba hacia su paz interior. “La música es superior a toda filosofía”, solía decir a quien se aproximara. Y era cierto. Porque si de algo sirve la filosofía al hombre es para sembrar de inquietudes su espíritu. Lo cual está bien. Y para Beethoven ése era el principio del pensamiento. Apenas el principio. Pero el final —o mejor aún, el trayecto— estaba en el devenir de ese camino. Hasta toparse con la música. Cuando se habían disipado las brumas, sobrevenía la cascada sonora. Entonces un consuelo se apropiaría del alma de ese hombre y estaría preparado para vivir y morir a plenitud.

7) Sin embargo, ni para escuchar música ni para subirse en el carro de la religión se requiere inteligencia; apenas instinto, apenas un salvoconducto que se llama sobrevivencia. Salvoconducto que en el caso de Dostoievski recibe el nombre de inteligencia, con una mínima dosis de cultura, y acaso otro poco de criterio. En otras palabras, Jesucristo y Beethoven convencen en igual medida a un niño; Dostoievski no.

8) ¿Pero por qué ubicarlo en la misma esfera que a Jesucristo y a Beethoven? ¿Qué puede tener Dostoievski que lo vuelve vulnerable como Beethoven, y salvador como Jesucristo?

9) Pues su modalidad literaria. La problemática humana que se desparrama en su narrativa.

10) Digamos que Dostoievski es un hombre antes que un escritor; y más que eso, un hombre que ha atravesado el dolor humano más inconfesable y humillante antes que la literatura le dijera bienvenido. Cuatro años en Siberia, con grilletes perennes a temperaturas de 40 grados bajo cero, le permitió palpar la angustia humana en toda su más execrable realidad. La más atroz prostituta puso en sus manos una moneda —que él guardó toda su vida—, bajo el manto de unas cuantas, contadas palabras: tome usted, pobre hombre. Una experiencia tras otra, nutrieron su ser de la única materia de la cual habría de alimentarse el alma de un escritor.

11) Piénsese en un padre que pierde a su hijo, que es el dolor más tremendo que un hombre puede atravesar. Acaso la audición de Beethoven, la lectura de Dostoievski o del Sermón de la montaña alivie su sufrimiento. La verdad de las cosas es que no tiene tantas opciones.

12) No hay que escarbar mucho para dilucidar la prueba de que Dios existe: a Beethoven, como último acto de su vida, le dio la oportunidad de componer su Sinfonía Coral; a Dostoievski, en las mismas circunstancias, Los hermanos Karamazov, y a Jesucristo morir en la cruz. Tres obras maestras investidas de sentimientos que provocan una descarga de adrenalina y de piedad.

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