Archive for 30 marzo 2014

Texto del lunes

Carta

CARTA DE UN ESCRITOR A JOHANNES BRAHMS

Amado Brahms: No sé qué habría sido de mi vida sin tu música.

Se habla de tu contención pasional. De tu mesura. Tú mismo se lo especificas a Klara Schumann en una carta: “La pasión no es el estado natural del ser humano; es siempre una excepción o una enfermedad. El hombre auténtico, ideal, permanece sereno en la alegría, y en el dolor y la desgracia. Las pasiones deben pasar rápidamente, o, de lo contrario, hay que expulsarlas”.

Ahora mismo me pregunto si por esa razón te venero.

Porque una cosa es el muro de contención que le imprimiste a tu música, y otra la reacción que desatas en tu escucha. Es como si esa camisa de fuerza provocara que quien oye tus obras, se deshiciera de todo prejuicio y brincara de exaltación con tu música. Que también hay eso, y mucho. Para no ir más lejos, tu concierto para piano en re menor. Es una obra absoluta y totalmente demoniaca. Como quería Vasconcelos. Una obra que no hay más remedio que escuchar de pie.

Seguramente te pareció hiperbólico mi juicio respecto de tu música. Pero lo digo muy en serio: si no hubiera sido por tu arte, mi vida se habría extraviado en el limbo de la abyección. Siempre he sido proclive a los dones que apuntalan la vida de un voluptuoso. Inequívocamente, cuando llegaba a casa en la madrugada, con el aliento a trago por delante para que derribara toda suerte de obstáculos; con las huellas en mi cara de ciertos labios femeninos, y desde luego con la cartera vacía, lo primero que hacía —que hago, son hábitos intactos en mi corazón— era poner tu música. Porque en tu música hay tal pureza —no tal pasión— que al mismo tiempo de escucharla consagraba todo mi ser, me limpiaba los ductos del corazón, impuestos a la corrosión. Y escogiera lo que escogiera, el efecto era el mismo. Ignoro si este resultado se consiga con la poesía; pero lo dudo, porque la palabra escrita exige de parte de quien la lee, acaso lo más difícil de lograr y más fácil de extraviar: la concentración. Lo opuesto de la música: que viajas empujado por sus velas contra viento y marea; no requiere más que dejarse conducir de la mano de la emoción. Que, por otra parte, tu música es génesis de emociones, principio de sentimientos. Por eso adquiere la forma bienhechora del manto que protege del dolor.

Esto lo he vivido cientos de veces. Escucharte en momentos terribles, cuando no se avista remedio alguno, cuando todo en derredor tiene el tufo del desaliento. En esos momentos, dejar que el lenguaje musical se apropie de nuestro corazón proporciona el alivio que nos permitirá esperar el día siguiente con quietud y esperanza.

De alguna manera tú eras consciente de que consumar tu arte —en el sentido de constituir un bálsamo— te exigía una entrega total. Alejado de los enamoramientos, de los sueños de todo hombre vulgar y corriente. De las pasiones que caracterizan la vida de los artistas sin control.

Y esa misión nazarena se advierte en todas tus obras, de principio a fin. Quién no lo sabe, que ninguna otra música como la tuya se encuentra tan alejada de la música de programa, de la música espectáculo. Lo tuyo va por el lado de la introspección, y —aun muy a tu pesar— de la conmoción.

En fin. Que esta carta sirva como pretexto para decirte que me sé un hombre privilegiado por escucharte todos los días, como todos los días bebo un vaso de agua.

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Texto del lunes

Poesía

Franz Joseph Haydn

Perfección y hondura van de la mano
en todos los géneros que abordó
de la música: sinfonías, tríos,
cuartetos, conciertos, música sacra.

Después de escucharlo, viene a la mente
la imagen de un tesoro de su estricta
propiedad. Donde yacían ocultos
los secretos de la naturaleza

—los caballos, las auroras, los soles—,
y de la vida. Nada le era ajeno.
Cualquier minucia le resultaba apta

para convertirla en dulces sonidos.
Siempre andaba a la búsqueda de nuevas
ideas que se tradujeran en música.

Richard Strauss

Cargó con una esposa demoniaca
cuya misión era hacerlo infeliz.
Aunque vivieron épocas de amor.
Considerado el músico alemán

más sobresaliente del siglo XX,
carecía de pensamiento crítico
y aceptaba ofertas del Tercer Reich.
Lo cual le costó ser exhibido ante

el mundo como un partidario nazi.
Finalmente Hitler lo avasalló.
Muy pocos mostraron misericordia.

Sus obras postreras están imbuidas
de nostalgia, dolor, melancolía.
Basta con oír su Metamorfosis.

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Poesía

El patio

Salía armado hasta los dientes,

o cuando menos con dos grandes pistolas

al cinto.

Me internaba al fondo

—precisamente donde mi madre

me tenía prohibido jugar—

porque la maleza alcanzaba a cubrirme

de cuerpo entero.

Había árboles,  tierra, flores y aguacates.

Desde el zaguán hasta la cochera,

recorría el trayecto a todo

lo que daba mi triciclo.

Las veces que me fui de bruces,

había sido víctima de un ataque

de pieles rojas:

una flecha había atravesado

el muslo de mi caballo

y me había arrojado a un lado del camino.

En ese mismo patio

jugué pelota con mi padre.

También teníamos columpios.

Pero nada cambiaba yo por ser

el Llanero Solitario

persiguiendo a un asaltante de diligencias,

o Tarzán rescatando

a una mujer blanca de una tribu de negros.

Lo que más recuerdo de ese patio

es la voz de mi madre,

llamándome a comer.

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Poesía

Poema amoroso

I
Te miro venir hacia mí.
El sol sigue tu caminata.
Se desparrama delante de ti.
Teje urdimbres de luz a tu paso.
Mirarte me sobrecoge.
Sé lo que vendrá.
Palabras de amor.
Miradas que se tornarán caricias.
Tu cuerpo en el mío.

II
La vanidad de las flores se estremece
a costa tuya.
Susurran secretos de envidia cuando
pasas a su lado.
Se miran entre sí sedientas de compasión.
Quisieran ser tú.
Me lo han dicho.
Vengarse de algún modo.

III
Eres Elena de Troya.
Sólo así se entiende
que una mujer
haya engendrado una epopeya.

IV
No eres la mujer de mis sueños.
La mujer de los sueños de un hombre
habita sus noches
en el limbo de lo inexplicable.
Tú eres lo único verdadero.
La única realidad posible.
Para mí.
Hacia ti voy.
Y de ti vengo.

V
Ya cambié de opinión:
sí eres la mujer de mis sueños.

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Texto del lunes

Cuento

La lección

Como todas las noches, a las 22 en punto saqué a mi perro a que se sacudiera la  modorra. Le ponía su collar y echábamos a caminar sin rumbo fijo. Simplemente caminar y observar. Vagabundear a nuestro modo. Yo me había tomado un par de tequilas con coca-cola. Justamente ésa era mi medida para cuando no quería embriagarme. Porque si la rebasaba, el alcohol me hacía suyo. Y lo siguiente era echarme en sus brazos y dejarme llevar por el sopor —confieso que la presencia de mi madre me impedía emborracharme y hacer el ridículo.

            Caminé —o caminamos, mejor dicho— un poco más rápido de lo normal. La calle se encontraba casi desierta, y eso me incitaba a acelerar el paso. De por sí odiaba yo a los transeúntes. Que los curiosos —bien intencionados, y eso qué— se aproximaran y acariciaran a mi perro, era algo que no podía yo soportar. Que la gente se apartara de nuestro camino, y así el paseo resultaba de lo más agradable.

            Íbamos de lo más distraídos, acercándonos a los árboles para que mi perro —Huesitos— se orinara las veces que le diera la gana, cuando de pronto un automóvil se detuvo a unos pasos. Le jalé la correa a Huesitos, y lo obligué en forma enérgica a seguir mis pasos.

            Cuando intuía el peligro, algo no funcionaba bien en mí. Sentía como una oleada de nervios a punto de estallar subía paulatinamente desde mis extremidades inferiores hasta la base misma del cráneo. Pese a vivir en una colonia pacífica —aunque poco concurrida—, de pronto corrían rumores de asaltos, violaciones, crímenes indescriptibles (llegaron a arrojar una cabeza en el único lote baldío del rumbo). A mí eso me exaltaba hasta el extremo. Nunca había visto nada. Nunca había sido testigo de nada. Pero en el fondo de mi corazón sabía que cualquier cosa podía ser posible. Mi madre —mi padre no vivía con nosotros— se empeñaba en darme valor, en inyectarme ánimos: “No te preocupes, estamos seguros, nada nos puede pasar”, “Persígnate antes de que salgas a la calle. Dios cuidará de ti”. A mis 19 años caminaba con aparente seguridad. Como desafiando al destino. Aprovecho para aclarar que mi mayor dicha consistía en ver películas de violencia extrema, en las que los malditos pagaban su culpa. En las que eran muertos arteramente por la policía. Estudiaba la carrera de administración en la universidad y no había nada que me distrajera de mi empeño. Con una carrera en mi bolsillo, sería yo un hombre respetable y admirado.

            Pero ahí no entraba la violencia —maldita violencia que había creado una especie de nube brumosa que oscilaba encima de todos los mexicanos, de punta a punta de este país. Porque se veía, se respiraba, casi podría decir que se tocaba. A su lado, casi podría decir que la nube de contaminación era un juego de niños.

            Cuando el automóvil se detuvo, provinieron gritos exaltados desde su interior. Mi perro se puso nervioso. Lo noté inmediatamente. Era un salchicha más tranquilo que un oso de peluche, pero la menor situación anómala le erizaba el pelo de la cruz. Y mostraba los colmillos como si fueran dos armas punzocortantes.

            Se bajó un individuo y jaló a otro del brazo. Apenas pisó la banqueta, lo empezó a agarrar a golpes. Le daba puñetazos en la cara, en el estómago, donde cayeran.

            Yo aceleré el paso. O eso hubiera querido hacer, pero Huesitos se levantó sobre sus patas traseras y le aventó mordiscos. Terribles mordiscos suyos que no iban a dar a ningún lado, sin puntería alguna, sin objetivo preciso, pero que provocaron que el golpeador me amenazara: “Detén a tu pinche perro, o lo mato”.

            Bastó esa distracción para que el herido huyera. Salió corriendo como una estampida.

            El sicario se dio cuenta de su error. Demasiado tarde.

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Cuento

Un convicto anciano y estorboso

A don Francisco Arriero le faltaban dos meses para cumplir su condena. Se había ganado el don por su docilidad, discreción y buen trato. Tenía 87 años —su edad exacta se sabía porque cuando un preso era removido de su crujía, en la entrada se pegaba un oficio donde se especificaban sus pormenores. Era un anciano cuyo cometido principal en la vida se reducía a no estorbar. Los mismos custodios lo entendían así. Cuando se obligaba a todos los presidiarios a dejar sus celdas y hacer fila en el patio, a él se le permitía ocupar un lugar privilegiado: un asiento de cemento bañado por un rayo de sol que sutilmente llegaba hasta ahí.
Había una suerte de alegría soterrada entre los presos de la cárcel. Nadie más que don Francisco Arriero merecía la libertad. Había pasado casi 70 años encerrado, sin recibir siquiera una visita familiar, y ya era hora de que respirara otro oxígeno, de que se paseara por otros caminos, de que recorriera las calles de la gran ciudad, de que vagara por los jardines, por los kioscos, por tantos y tantos puntos de atracción de la capital.
Pero don Francisco Arriero no era del mismo pensamiento.
Ese día, cuando con enorme dificultad leyó su nombre en el oficio, reflexionó en los años que llevaba recluido. 69, se dijo; 69, insistió. Creyó desplomarse. Por su memoria pasó el motivo por el que había sido sentenciado. Un crimen. Él había cometido un crimen a sus 18 años, rayando la mayoría de edad. Trató de recordar qué clase de crimen había sido. Cómo lo había consumado. Si no era un hombre violento. Nunca lo había sido. Menos de joven. Claro está que pertenecía a una pandilla. Aunque no era de los que asaltaban ni se metía a robar a las casas. Fingía una reuma que le impedía comportarse como maleante. De alguna manera, despertaba un poco de lástima, de piedad. Por eso no lo corrían. Era feliz navegando con la bandera de violento en entredicho. Salía con uno o dos de sus amigos pandilleros, estudiaba la preparatoria y dejaba que el tiempo corriera a sus anchas. Huérfano de padre —quien había muerto en una trifulca callejera—, aceptaba de su madre todas las prebendas. Que se reducían a techo y alimento, más, de vez en cuando, una chamarra, unos tenis, o algunos centavos extra para ir al cine. A pesar del ambiente sórdido del que le tocaba ser testigo cotidiano, a pesar de las abyecciones que a veces le tocaba mirar, había encontrado el modo de sobrevivir: simplemente cerrando los ojos. El mundo podía venirse abajo.
Y acaso esta vida podía haberse prolongado por años. Sin que se registrara ningún cambio notable. Porque ni razón había. Acaso hubiera podido sucederse en forma interminable. Pero aquel día las cosas sufrieron un revés.
Como siempre, Francisco Arriero llegó a su casa al filo del medio día. Encontró la puerta entreabierta. Pero ese detalle no despertó sus sospechas. Único hijo, el solo hecho de cruzar el umbral significaba para él un delicioso plato de frijoles. Cosa que de solo pensarlo, lo reconfortaba. Pero ahora su piel se  erizó como la de un animal. La maldad adquirió una claridad inusitada ante sus ojos. Enfrente de él, un hombre estrangulaba a su madre —luego se enteraría que la había violado. Ignoraba la causa, pero no iba a perder el tiempo averiguándolo. Simplemente extrajo del cinto la navaja que le habían obsequiado sus compañeros de la pandilla, y la hundió en la nuca del hombre. Quiso volverse. Quiso atacarlo, pero lo único que logró fue caerse estrepitosamente. A su alrededor comenzó a formarse un charco de sangre.
Todo aconteció en un instante. Impactado, Francisco Arriero soltó la navaja. Su madre se incorporó pero no pudo articular palabra. De su garganta sólo escurrían sonidos ininteligibles.
Como pudo, Francisco Arriero salió corriendo de ahí. Según le había dicho su abogado defensor —que al final no sirvió de nada, pese a haber argumentado que el chico no tenía antecedentes—, fue lo peor que pudo haber hecho.
Lo sentenciaron a cadena perpetua. Pena que le conmutaron a sus 87 años.
Su madre había muerto hacía décadas, y no tenía nadie que lo esperara. Pero no pasaba un día sin que pensara en la situación que estaba viviendo. Cada vez se hundía más en un silencio sepulcral. Caminaba de un lado a otro de la cárcel, ya ni siquiera se acurrucaba para recibir el manto de la sombra. Incluso había hablado con el director: “No me pueden correr. Si me corren, qué será de mi pobre vida. Aquí tengo a mis amigos. Aquí tengo mi cama y mi plato. Quiero morir aquí. Lo que me falta de vida quiero vivirlo aquí”.  Pero el director lo corrió de un manotazo en el escritorio y un simple ¡fuera!
La voz se corrió como reguero de pólvora. Los convictos que cotidianamente hacían ronda con Francisco Arriero, andaban cabizbajos y retraídos. Ante la tristeza del anciano, no había motivos para celebrar nada. Las cosas sufrieron un cambio. Hasta se suspendieron los partidos de futbol que puntualmente se llevaban a cabo en el patio. Los días fueron pasando. Quedaba uno solo para que el anciano abandonara el reclusorio. Si no quería irse, era problema de él. Si se negaba, lo echarían a patadas.
Esa tarde, los presos —en una fila interminable— acudieron a su estancia a despedirse de él. Hubo quien le besó la mano.
Al día siguiente amaneció muerto. Se suspendió la autopsia por considerarlo una pérdida de tiempo, según ordenó el director.

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Carta

Carta de John Lennon A Beethoven

Nada más para recordarle, maestro, la deuda que tengo hacia usted, y que cada día crece y se solidifica como una montaña desde la cual se avista el horizonte.

            Sé que usted no ignora la gratitud que la humanidad le guarda a su memoria. Yo siempre he comparado su herencia con la de los grandes hombres que han paliado la terrible congoja, el atroz sufrimiento, que significa estar vivo. Su música ha contribuido como ninguna otra —me atrevo a hacer esta afirmación, aunque muchos de mis amigos la reprobarían— a hacer menos trágico el tramo de vida del ser humano en este planeta llamado destrucción. Estoy seguro que usted ya lo veía venir, esta violencia inusitada que permea la vida cotidiana de nuestro tiempo. Y que crece a pasos agigantados. Día por día. Lo mismo en forma endémica, que en el alma de cada quien.

            Pues ahora, más que nunca, la música es bienvenida. Cada compositor con su lenguaje, sus códigos, su emoción vuelta alma.

            En mi colección de discos está la música completa de usted. A mí me ha servido de inspiración y ancla. De aprendizaje. De lección de vida y de conocimiento de todos los recursos habidos en el arte de la composición.

            Le pongo como ejemplo sus sinfonías. Tres de ellas: la tercera, la quinta y la séptima.

            La Tercera. Bien llamada Heroica, es un monumento a la libertad. Cierto que el arte de la composición ha sufrido cambios dramáticos. Que las estructuras se han transformado hasta la saciedad, hasta volver irreconocibles los métodos socorridos habitualmente. Eso es normal. El arte sufre los cambios históricos que sufren todas las modalidades humanas. Lo que debe haber es un individuo que se responsabilice de estos cambios, que los nombre, los capitalice y los aproveche hasta las últimas consecuencias. Esos cambios son revolucionarios, y acontecen cada vez que el ambiente humano se convierte en un verdadero polvorín. En que sobrevienen movimientos políticos de enorme magnitud.

            Usted, respetabilísimo señor Beethoven, es un romántico. Y su Quinta Sinfonía es una catedral donde es posible sentir el romanticismo en carne propia. Sentir en cada rincón el vuelo poderosos del ala romántica. Desde que la sinfonía arranca, ya no hay descanso posible. Comprende una vastedad sonora, un torrente telúrico, proveniente desde las entrañas mismas de la tierra. Más bien, es una sinfonía indescriptible. Nosotros quisimos hacer eso —cuando digo nosotros pienso en los Beatles como grupo punzo-cortante en lo que a creatividad se refiere. Y creo que lo logramos. Que la gente oyera nuestra música, y que su vida interior se modificara, que creciera ante sí misma y ante los demás. Yo me aventuraría a decir que Help es nuestro álbum más radical. O cuando menos el más representativo de lo que nosotros queríamos hacer en música en aquellos momentos. De hacia donde tiraban los nuevos sonidos. O lo que para nosotros representaba una sonoridad más vasta y poderosa.

            Aunque la verdad yo prefiero la Séptima. Quién no lo sabe, es la diosa del ritmo. Una sinfonía que equivale a un huracán. Es una sinfonía de contrastes —contrastes que usted, maestro Beethoven, reconstruyó en el alma del oyente. Le confieso que lo que yo escucho son los ritmos del corazón. Que recorren todos los tramos de la intensidad. Es una sinfonía bellísima, de propuestas melódicas que corren por los oídos como un agua refrescante, que luego de escucharla sobreviene una alegría de vivir como escasas veces se puede sentir.

            Y nosotros también acuñamos nuestra Séptima. Es el álbum Magical Mystery Tour. Donde fusionamos tradición y experimentación, siempre en aras de su majestad la melodía.

            A sus pies,

            John Lennon

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