Archive for 30 abril 2014

Cuento

Un hombre en el umbral

También me dijiste hipócrita. Te confieso que no sentí nada. Ya me habías curtido. Hace falta una persona que lo insulte a uno. Para conservar el equilibrio. De un lado te chulean y del otro te vapulean. Sólo así. Las críticas las asumo, pero no los insultos. Al rato recordaré otro que me hayas aplicado. Y te lo hago saber.

            ¿Humildad? Es algo de lo que no tienes ni la menor idea. Te quiero y te deseo pero es cuesta arriba amar a una persona que sólo piensa en sí misma. Y para quien los demás no existen. Yo no soy de ésos. El día que te remontes al limbo de la humildad te vas a sorprender. Desde ahí la acción es equidistante.

            Fuiste educada como una reina y así reaccionas. Alguien incapaz de reconocer que se equivoca. Incapaz de reconocer que hiere y lastima.

            El problema no es el insulto. La palabra en sí es lo de menos. Me has dicho puto, y vale. Me has dicho hipócrita, y vale. Lo grave es el camino que se tuvo que haber recorrido para haber llegado a ese punto. La poca estima. Nadie en la vida, ni hombre ni mujer, me había insultado como tú lo has hecho. Nadie. Eso tiene un precio que rebasa mi cartera. He perdido muchas cosas, menos la dignidad. Algo que tú no entiendes. ni comprenderás jamás.

            No entiendes nada. Estás más ofuscada que una cocinera a la que se le queman los frijoles. En una relación noble, la mujer no le dice puto al hombre. Yo jamás te he insultado. Por supuesto que reconozco que he externado cosas hirientes, pero no insultos. ¿O acaso te he dicho idiota, imbécil, zafia? Te digo que no acostumbro insultar a nadie. A ti antes que a ninguna otra. Por cierto, nunca me quedó claro por qué me dijiste que yo no soy tu amante. Ésa es de las aseveraciones que lanzas como piedras al pozo. Tampoco por qué me achacaste que no soy nada para Emiliano —que no cuentan las veces que platicamos, que le enseño los secretos del auto, que bromeamos… a ti ni en cuenta.

            Claro que me lo dijiste. “No tienes huevos, puto”. Con esa cara tan bonita. Qué se le va a hacer. Literalmente fue lo que dijiste. Imagínate si no me voy a acordar. Pero por supuesto tú ya lo olvidaste.

            De Emiliano entendí perfectamente. Tanto, que hasta lloré.

            ¿Cómo te atreves a decir que no tengo valor? Ni sabes lo que es eso. La hombría, el valor, se demuestra ganándose la vida. ¿Por qué traes a colación lo de la vieja carcomida? Si tú eres la primera en mandar al diablo el pasado —o eso quisieras.

            No estoy inventando nada. No te acuerdas de lo que dices. Como siempre, te retractas.

            No me ciega el orgullo. Lo de Emiliano lo entendí perfectamente. Si no entendiera no sería quien soy. ¿Qué cosa hiriente te dije? Te enfureciste porque me topé con Alex, y la saludé. Eso provocó tu ira fuera de toda proporción. Me dijiste puto como cualquier cosa. ¿Por qué te niegas a aceptarlo? Eres una melodramática. Tú sabes que te quiero, te amo y te deseo. Sabes que me gustas hasta la locura. Comparto contigo mi vida. Pero para ti siempre es insuficiente. A estas alturas no sé qué esperas de mí. Los celos te ciegan el entendimiento. Por eso te acuestas con cualquier otro cabrón. Como estoy casado, cualquier otro acostón te sirve para vengarte. Pero yo quiero que mi amante me sea infiel. Hay cientos de miles de parejas en esas condiciones. ¿De verdad será tan difícil? Tú me das. Yo te doy. Y en el momento que quieras dejarme porque te enamores de otro que te ofrezca seguridad y centavos —a ver dónde lo encuentras— me avisas. Y toqué otro tema. Los celos. Ahí sí vale la pena extenderse.

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Texto del lunes

Cuento

El príncipe de las equivocaciones

Vivo con poco dinero. Poco es lo que necesito. A veces pienso que todos necesitamos poco, pero nos hacen creer que necesitamos carretadas. Y por esa razón nos devastamos. Nos quebramos por dentro. Siempre para tener más. Y más. Lo que he tenido por carretadas es equivocaciones. Me equivoqué en el modo de educar a mis hijos. Me equivoqué en el modo de sobrellevar mi matrimonio. Y ahí sí no había de otra con semejante bruja que me casé. Pero ahí no terminan mis equivocaciones. Desde luego que no. Me equivoqué en la carrera que elegí. Soy ingeniero civil. Alguna vez tuve la opción de radicar en el extranjero y preferí quedarme en este país. Otra equivocación. Si hiciera un recuento, no terminaría.

         Y ahora mismo estoy a punto de cometer una más.

         Soy el príncipe de las equivocaciones. Así me pueden decir. Me va bien.

         Estoy solo en casa. En cualquier momento va a sonar el timbre. Es Rosalba. La criada. La tengo que hacer mía. Llevo semanas esperando este momento. Se me antoja muchísimo. La espío siempre que hace el aseo. Si se agacha, se me para cabrón. Cuando sirve la comida, escudriño sus pechos. Por supuesto que no puede andar escotada. Mi esposa brincaría. O peor, la correría. Con la escoba con la que Rosalba barre. Mi esposa es una bruja. Y Rosalba una diosa. Pero en el fondo sé que sí. Que tiene ganas de mostrarme sus tetas. Se ve que las tiene grandes. Enormes. Me encantaría sacárselas por encima de la blusa, que se quedaran atoradas en el brasier, y mamárselas. Es de lo que tiene ganas. Como yo. Ni modo. Tiene novio. Lo primero que voy a hacer es prohibírselo. Viene por ella. Todos los días. Huevón de mierda. La espera enfrente. Recargado en el árbol. Ella sale de minifalda. Se la pone cuando se va. Aquí en la casa no podría andar de minifalda. Mi esposa protestaría. Hay dos hombres aquí en la casa y no quiero tener problemas, le diría. Pero más miedo le daría por mi hijo Bruno. Cabrón. Está guapo y es seductor. De 19 años. Su novia cursa la universidad con él. Se me olvida la carrera. Hay tantas carreras nuevas. Ni siquiera dejan que los jóvenes piensen dos veces qué carrera seguir. Los manipulan para que elijan una carrera que a la larga ni siquiera resulta de su agrado. Nada nuevo bajo el sol. Pero la bruja de mi mujer estaría sobre Rosalba si se imaginara cualquier cosa.

         Ya sonó. El timbre está sonando.

         Me tomaré mi tiempo. Si le abro en forma inmediata se va a dar su importancia. Lo primero es hacerse del rogar. Eso es digno. Así conquisté a la bruja de mi esposa. La procuraba muchísimo, ya saben: atenciones, regalitos, sorpresas. Y de pronto le daba una desconocida. Cuando percibía yo que ya se sentía demasiado segura, la dejaba plantada. Se me olvidada alguna fecha para ella significativa. Le decía Irma en vez de Susana. Lo que fuera. Y las cosas me salían. En lugar de enojarse, su cariño —ya de por sí empalagoso— crecía hasta ser más alto que un volcán. Más ígneo. Más puro. A mí eso me daba risa. Saber que la tenía en las manos me conmovía hasta el hartazgo.

         Una vez más el timbre.

         Me tardaré un par de minutos. Le diré que estaba en el baño. Apenas entre, le pondré la mano en su culito. Capaz que se voltea y me da una cachetada. O quizás sonría y me ofrezca sus labios. El dilema está abierto. Si yo he notado cierta coquetería. Cierto jalón. Como si quisiera y no. Es natural. Le tiene miedo a la bruja. Si supiera. Haremos las cosas de tal modo que jamás se dé cuenta la vieja. Nada hay más fácil que engañar a tu mujer. Son tan vanidosas que se la viven en la estupidez.

         Allá voy.

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Cuento

Trece años

No tenía ni trece años. Pero cómo odiaba a mi padre.

            Me robaba todo el cariño de mi madre. Y no nada más el cariño. Su atención, sus miradas, sus apapachos. Porque cuando él estaba, ella cambiaba por completo. No hacía más que complacer sus caprichos. ¿Qué quieres comer, hijo? Albóndigas, respondía yo. Te las hago, hasta los dedos te vas a chupar. Pero mi padre hablaba en el transcurso de la mañana. Y le exigía chuletas con chile morita. Entonces mi madre colgaba el teléfono y yo ya sabía lo que venía a continuación: Hijo, te voy a deber tus albóndigas. Tu padre quiere chuletas con chile morita.

            Mis trece años estallaban en ira. ¿Por qué mi madre lo quería más que a mí? ¿Por qué lo complacía a él y no a mí? Me dediqué a espiarlos. Cuando estuvieran juntos. Ya fuera a la hora de la comida o en cualquier paseo que hiciéramos juntos. Que se daban con frecuencia. Como no tenía hermanos ni hermanas, los paseos salían baratos. Paseábamos los domingos. Íbamos a Chapultepec. Por ejemplo. Dejábamos el coche en la colonia San Miguel Chapultepec. Bajábamos canasta y sillitas y nos internábamos en el bosque.

            Hasta que se me metió el demonio en la cabeza.

            Me dediqué a espiarlos con frenesí.

            No soportaba los comentarios de mi padre. Hablaba hasta por los codos. Yo comprendí que se dirigía a mí. Que en sus palabras había una especie de recriminación hacia mí, o peor aún, de enseñanza. Siempre hablaba como desde un púlpito. Como si tuviera lecciones de vida que darme. Y me la tenía que soplar. Escucharlo era una verdadera tortura para mí. A leguas se veía que se la tomaba en serio. Incluso pedía la aprobación de mi madre. ¿Verdad mi cielo?, preguntaba. Y mi madre apenas se atrevía a abrir el pico para decir sí viejo, sí viejo.

            Entonces los vi. Vi el secreto. Lo que para ellos era la gloria. El nudo amoroso. Es increíble cómo no me había dado cuenta antes. En una de esas comidas insoportables, vi claramente la mano de él subir por el muslo de mi madre. ¿Cómo se atrevía a hacer eso enfrente de mí? Sentí cómo el carmesí trepaba por mi rostro. Él pareció no percatarse. Voy a creer que no reparó en lo que estaba pasando. Porque su mano seguía subiendo. Hasta que mi madre la hizo a un lado. Discretamente. Se lo agradecí. Hasta que mi corazón quedó exhausto.

            Pero es el momento de decir que mi padre podía permanecer indiferente a todo. Menos a su automóvil. Un Dodge Coronet 1966.

            Para él no había más buenas maneras y sonrisa en la cara que cuando hablaba de su automóvil. Cualquiera que no lo conociera se habría sorprendido de persona tan gentil y amable. Cuando, ya lo dije, la cosa era al revés. Era un hombre terco. Áspero. Y hosco, para acabarla de amolar.

            Así que empecé a urdir el modo de causarle un daño. Por supuesto que sin que se supiera de dónde provenía ese daño. Porque me sentía en desventaja y no quería enfrentarme.

            Su único punto débil era su auto. Hacia allá debería enfocar mi resentimiento. ¿Y si lo rayaba? ¿Y si le bajaba las llantas? Había muchas opciones. Pero me decidí por bajarle las llantas. Las cuatro.

            Como vivíamos en un edificio de cinco pisos —en realidad era una unidad habitacional de doce edificios—, todos los inquilinos dejaban su automóvil en los tres niveles de los estacionamientos subterráneos. Como pasa siempre, las cámaras estaban descompuestas y nadie se había tomado la molestia de reportarlas para que las arreglaran. Justo la administración que se encargaba del mantenimiento, siempre dejaba para más tarde la reparación, el aseo, la pintura, los detalles de la fachada. Lo mismo pasaba con los jardines, que a estas alturas yacían abandonados.

            Qué placer tan grande sentí cuando el aire se fugaba de las llantas.

            Al día siguiente estaba desayunando unos huevitos estrellados deliciosos, cuando mi padre entró a la cocina. Estaba furioso.

            —Viejo, ya te hacía rumbo al trabajo. ¿Pasó algo?

            —¡Me bajaron las cuatro llantas del coche! Imagínate. Habrá sido cualquier imbécil de la pandilla de la unidad.

            —Pero tranquilízate. Con seguridad están grabados.

            —Grabados mis huevos —dijo él, cada vez más iracundo—. ¿No sabes que las cámaras no sirven? Pues en que planeta vives… Voy a tener que salir a la calle por un mecánico. O por una grúa. No sé ni cómo diablos le voy a hacer…

            Lo vi tan rabioso. Lo sentí tan impotente y vulnerable, que al instante me arrepentí. Creo que habría bastado con bajarle una sola llanta. Lo vi tan ridículo. Encabronado se veía realmente patético. Como si el encabronamiento le quedara grande. Ignoro cómo se comportaría conmigo de ahí en adelante. Seguramente no iba a cambiar.

            Tomó aire y dijo: Voy a agarrar a estos cabrones. Enfrente de todos. Desde hoy en la noche me voy a dormir en el carro. Y los voy a descubrir. Tarde o temprano. Es gente depravada.

            —Pero mi amor —intervino mi madre—. ¿Estás seguro de lo que dices? Imagínate, durmiendo allí toda la noche. En el auto. Te vas a enfermar, viejo.

            Me sobrevinieron unas ganas de vomitar espantosas. Quise detener el bocado pero no pude. Vomité en la mesa. En mi plato. Los huevos estrellados. Mis padres se quedaron atónitos. ¿Qué diablos!, exclamó mi papá. Y mi mamá: ¡Dios mío!, córrele al baño. Pero ya no tuve fuerzas. Me limité a agarrar el plato, lo puse debajo del chorro del fregadero y lo lavé. Regresé con el trapo de la cocina y limpié lo que se había desparramado alrededor.

            —Hijo, ¿qué tienes?, ¿te sientes mal? —me preguntó mi padre sin quitarme los ojos de encima.

            —Papá, yo le bajé el aire a las llantas. Yo fui. No sé qué quería demostrarte.

            Un silencio gélido cayó sobre la cocina. Petrificados, mis papás se miraban entre ellos. Entonces mi padre me dijo, sin quitarme un segundo la mirada:

            —Lo que hiciste es incorrecto. Porque buscaste una salida cobarde para tu problema. El que sea. En lugar de hablarlo. Pero tienes hombría. Yo nunca me hubiera atrevido a hacerle algo así a mi padre.

            Dijo. Y me abrazó.

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Texto del lunes

Poesía

Las canicas

Yo era bueno, muy bueno.
Le enseñé a jugar a Pablo,
que fue mi mejor amigo.
Se me hizo costumbre
traer las bolsas llenas de canicas.
Tenía mis favoritas,
con las que había vencido a terribles
enemigos.
Ésas no las cambiaba por nada.
Había otras muy lindas,
que intercambiaba por otras aún mejores.
No tenía chiste comprarlas.
En la esquina
había una viejita
que las vendía muy baratas.
Pero comprarlas equivalía
a hacer trampa.
Los tréboles eran
las más hermosas.
Siempre me pregunté
cómo habían metido esos pétalos
dentro del vidrio.
Y por qué nunca se marchitaban.

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Poesía

Chapultepec

Cuando no tenía ensayo,
mi papá nos llevaba a mi hermana
y a mí
a Chapultepec.
Pasaba por nosotros a la escuela.
Desde que salíamos
y lo veíamos bajo la sombra,
por su cara adivinábamos
que no nos llevaría directamente a la casa.
Jugábamos en “las montañas”,
que eran las faldas del cerro.
Él, mi padre,
extendía su periódico
en el cofre del coche
y nosotros corríamos a escondernos.
Esperábamos pacientemente
a que se apareciera un tigre
o una tribu de salvajes.
Y cuando había llovido el día anterior,
entonces aspirábamos
con todas nuestras fuerzas.
Para que el olor a pasto mojado nos colmara.
Hasta que mi papá nos chiflaba.
Entonces bajábamos corriendo.
Mañana iríamos nuevamente,
nos prometía él. Y lo cumplía.

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Cuento

Como suspendida en el aire

Mi estudio es mi casa. Mi casa es mi estudio. No me pregunten cuántos metros cuadrados tiene porque de medidas no sé nada. Pero consta de una estancia. en la que hay cinco sillas y cientos de libros y discos compactos. Carece de cocina. Cuenta con una recámara y un cuarto donde tengo mi máquina de escribir mecánica. Como ya lo dije, está lleno de libros. Cinco libreros atiborrados. Cuando escribo a mano, abro la puerta —que en realidad es la puerta que da a la calle. La escasísima gente que pasa por ahí suele detener la mirada, así sea cosa de segundos, en aquella casita. Con seguridad, la música que sale de ahí les llama la atención. Tanto por el altísimo volumen a que la escucho cuanto por el tipo de música que oigo —siempre he creído que la música de altos vuelos atrae los oídos con una fuerza poderosa.

Y lo mismo en niños que en adultos. Aunque quizás más en los niños. No lo sé. A media cuadra de mi casa está una escuela primaria, y alrededor de la una y media la calle se inunda de chamaquitos que transitan con sus mochilas, sus maquetas, rumbo a casa. Yo los veo pasar. Y ellos me ven trabajar. Cuando voltean. Acaso también los atrae el golpeteo de mi máquina de escribir. Porque primero escribo a mano, luego en mi máquina de escribir y por último en la computadora.

Pero he aquí que las cosas dieron un vuelco.

Un grupo de niñas pasó y no resistió la curiosidad. Yo las vi. Primero iban hacia un extremo de la calle, y luego hacia el opuesto. Pero una de ellas en particular se detuvo más de lo normal. Sin duda se había sentido poderosamente interesada. Nos encontrábamos a muy escasa distancia. Ella en el umbral de mi casa y yo a unos cuantos metros —ni siquiera cinco— hacia el interior. Me miró, la miré. Se sonrió, me sonreí. Se dio vuelta y prosiguió su camino.

Me quedé con su sonrisa incrustada en mi cara. Dulce, tierna, conmovedora. Me habría encantado saber lo que pensó de mí. Algo en mi corazón me dijo que no habría de esperar mucho de ella. El hecho de que no la acompañara un adulto, me indicaba que viviría a unos cuantos metros. Tal vez un poco más. Pero, como sea, no mucho.

Al día siguiente me puse a escribir como loco desde la mañana. Abrí la puerta hacia las doce. No tenía otra cosa que llevar a cabo más que mi rutina: escribir y escuchar música. Aunque a veces abría una botella de vino, esta vez preferí no hacerlo. No quería que nada me distrajera. Estaba yo escribiendo un libro de reflexiones sobre la literatura universal, y aún tenía mucho camino por delante. Así que decidí concentrarme.

Transcurrió la mañana, y el medio día. Y nada. Jamás se apareció. Me recriminé. Hubo un momento en que fui al baño. Quizás coincidió. Quizás en ese instante se asomó. Y al no verme prosiguió su andar. Pero también era un poco absurdo. Por la música. Porque la música era indicativo de que yo estaba. Ya lo dije, la ponía a un nivel muy alto.

Exactamente de la misma manera transcurrió el siguiente día. Y el otro. Hasta sumar la semana toda. Finalmente llegó el viernes. Decidí no ir al Reclusorio Oriente a impartir mi clase de creación literaria. Así que ese viernes seguí mi rutina al pie de la letra. Recuerdo que hasta me había bañado. Porque yo no duermo en mi estudio. Lo hago en casa. Tengo dos hijos universitarios. Era lo menos que podía esperarse de un hombre de 62 años. Así que por el calor excesivo decidí bañarme. Y lo hice antes de abrir la puerta. Sin duda que una puerta era el símbolo. Lo digo porque cuando lo hice un escalofrío recorrió mi columna vertebral.

Ahí estaba. Su hermosísimo rostro decantado contra la acera de enfrente. Sus rasgos de pre nínfula a mi alcance. Más que paralizada, se quedó inmóvil. Como suspendida en el aire. Como una aparición. En cualquier momento desplegaría las alas y remontaría el vuelo. Entonces se sonrió. Tras esa sonrisa había un secreto. ¿Qué le había impedido ir martes, miércoles y jueves? Lo ignoraba. Yo lo ignoraba. ¿Un temor? ¿Una prohibición familiar?, ¿se lo había contado a alguien?, ¿la habían reprendido? No sabía yo nada. Pero bajo la indagación de su mirada, distinguí unos ojos ávidos, rubricados por un gesto de tristeza.

Sentí que las palabras venían a mi boca. ¿Las pronunciaba o no? Quizás lo mejor era tragármelas. Así principiaban los malos entendidos, las tragedias: por la boca. Mejor me callaba. Pero había algo en su actitud que me obligó a externar mis sentimientos. Avasalladores.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Magdalena —repuso en lo que casi fue un gemido.

—Pásale —la invité a entrar y le extendí la mano.

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Poesía

El Gordo

Era el hijo de mi tía Chati.
Siempre fue el más gordo
de todos los primos.
Era insoportable.
Presumía que su papá
lo había llevado a Disneylandia,
que veía la televisión
hasta más allá de las diez de la noche,
que iba a escuela de paga
como sus amigos.
Cómo odiaba a sus amigos.
Yo.
Todos me parecían uno copia
del otro.
Y cada uno más pedante que el otro.
El Gordo se llevaba con ellos
porque tenían trenes eléctricos
y autopistas.
Cuando El Gordo
iba a mi casa
le ponía trampas
para que se tropezara.
Pero nunca logré que se cayera.
Era el único niño que tomaba
Coca Cola
en el desayuno.
Eso provocaba que lo admirara
y, a la vez, que lo presumiera
con mis amigos.
Cuando jugábamos futbol
él usaba tacos para pisarnos,
siempre por accidente.
Aunque por suerte
era el primero en cansarse.

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