Archive for 29 junio 2014

Texto del lunes

Cuento

El quiste del dolor

Doña Eduviges Rincón ordenó otra copa de tinto —pero esta vez chiquita, por favor.

Así acontecía todos los sábados. La señora llegaba a las tres de la tarde. Revisaba el menú —que nunca cambiaba— y exigía lo mismo. Cada vez lo mismo: una chuleta de carne de puerco en salsa verde. Cómo le gustaba ese platillo. Siempre exigía que la chuleta tuviera gordito, porque le fascinaba llevarse ese gordito a la boca y relamerse los labios. Cuando el mesero le explicaba que no había chuleta con gordito, entonces ella cancelaba la cuenta y se dedicaba a la búsqueda de un destino. Que tampoco podría llevarle tanto tiempo. Porque veía la sombra de la muerte.

Todos se acercaban a pedirle consejos. Hombres y mujeres. Porque digamos que era anciana. Porque digamos que desparramaba una suerte de sabiduría en torno suyo. De carisma. Como fuera, la gente se agolpaba alrededor suyo. Ante el disgusto callado de ella. Porque en el fondo odiaba esas manifestaciones. Las consideraba una muestra de vulgaridad.

Era la clienta más antigua. Nadie sabía desde cuándo acostumbraba presentarse. Siempre con puntualidad aritmética. Nadie le tomaba a mal esa constancia —¿y por qué iban a hacerlo si esa constancia significaba un día más de trabajo, que se multiplicaba gracias a la clientela que ella atraía?

—¿Cómo le puedo hacer para que mi mujer regrese conmigo?

—¿Qué puedo hacer para que mi marido deje de pensar en esa casquivana que nada más le sacó el dinero?; y, sea por Dios, creo que se lo sigue sacando…

—¿Lo acepto o no lo acepto? Oriénteme usted, por amor de Dios, doña Eduviges…

Y doña Eduviges vendía sus consejos a cambio de nada. Porque no siempre —más bien nunca— la gente solía ser generosa. Bastaba con un “gracias, doña”, o, peor “gracias, seño”, para que quedaran a mano. Se daban media vuelta. Y se marchaban. A veces hasta se sentaban a su mesa. Cosa que doña Eduviges detestaba. O a partir del consejo recibido, se retiraban a ocupar su propia mesa, y a beber ya sin ese sentimiento de que aún tengo cosas pendientes. Todo está resuelto, se decían. Y proseguían el dominó. O la fiesta. Como si el mundo no estuviera descuartizado.

Pero no todo puede proseguir hasta el infinito. Sobre todo para doña Eduviges, que la paciencia parecía habérsele terminado.

Vino a su mente la receta de la tía Felicitas, la homeópata de la familia. A base de cianuro. La tenía guardada en el cajón de las estampitas religiosas. Buscó. Hurgó. Metió mano. Delante de sus ojos desfilaron las imágenes de San Judas Tadeo, San Jerónimo, San Cristóbal, San Martín de Porres. Santa María Inmaculada, Nuestra Señora de Fátima, Nuestra Virgen de Talpa, Nuestra Virgen de Zapopan, Nuestra Señora de San Juan de los Lagos… Siguió buscando. Cuando llegó hasta el fondo, el mismísimo Jesucristo se plantó delante de sus ojos: Jesús en la última cena rodeado de sus discípulos, Jesús en la subida del Monte Calvario, Jesús en el Sermón de la Montaña. Jesús en la erección de la cruz.

Jesús era el máximo jefe. El máximo maestro. Le pareció una premonición positiva habérselo topado.

Hasta que dio con el sobre del cianuro. Cada sobre engrapado con su receta respectiva. Tanto y tanto más tanto:

“Úsese con sumo cuidado. Sobre todo cuando se presenta una pena de amor o desesperación. Basta con una pizca para aliviar dolores del alma. No se deje al alcance de la curiosidad infantil. Que el resultado puede ser fatal”.

Revisó. Contó. Había allí suficientes dosis para aliviar una buena parcela de desdicha. El mundo podía ser mejor con una dosis concentrada de cianuro. Se dijo. Menos dolor físico. Menos dolor espiritual. Menos aflicción. Menos desamparo. A sus años —62— no pudo evitar la vanidad. Ella, Eduviges, tan dueña de sus emociones. Quizás saliera en la televisión. Quizás en el radio. Ella tenía un recuerdo que extirpar a través de su clientela. El quiste del dolor. Que se fueran preparando.

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Carta

Carta de Rimsky-Korsakoff a Modest Mussorgsky

Modika querido:

Mi corazón yace sumergido en el dolor. Te fuiste hace apenas dos días, y mi angustia crece minuto a minuto. Por eso te escribo estas líneas. No lo vayas a tomar como un correctivo. Mucho menos como un sermón. No es mi manera de ser. Me conoces. Y tú menos que nadie estás hecho para escuchar sermones. Aunque en el fondo de tu corazón tienes una gran devoción por Jesucristo y sus enseñanzas. En mucho me recuerdas a ese escritor que los jóvenes llevan bajo el brazo y que se llama Dostoievski. Aunque lo leen por sus tramas, más que por su mística. Estoy seguro de eso. Recuerda que soy maestro en el Conservatorio de San Petersburgo y que conozco el alma de la juventud. En fin. Te decía que tú tienes el misticismo a flor de piel. Me consta. Así son los hombres de genio. Y tú perteneces a esa noble casta. Pero no todo está de tu lado.

Tienes que dejar la bebida. No hay cuerpo que aguante. Tu ritmo de beber es alarmante. Convivimos seis meses. Seis largos y terribles meses te ofrecí mi casa con el amor y la solicitud de un amigo. En esos seis meses fui testigo del prodigio de la genialidad en tu persona. Te escuchaba mientras tú improvisabas al piano. En esas improvisaciones vaciabas tu genio implacable. Allí estabas, beodo desde la punta de tu cabello hasta el último de tus dedos del pie. Y yo empapado en lágrimas. Escondido en la habitación vecina. Allí estabas como el más triste de los hombres. Improvisando la más hermosa música que yo haya oído jamás. Y que se pulverizó. ¿Recuerdas cuando te pregunté por qué no la apuntabas, esa vez que te acerqué papel y pluma, un domingo en la noche que no te habías despegado del piano todo el día? ¿Y recuerdas lo que me respondiste: que esa música la tenías impresa en tu cabeza? Y soltaste una carcajada que me dio pánico.

Mi novia Nadina Alejandrovich dice que eres artista cuando haces música y cuando hablas, cuando comes y cuando caminas. Que todo el tiempo eres artista. Cómo no te escuchó cuando lanzaste tus diatribas en contra de Bach. ¿Recuerdas que Bach es el dios de Nadina Alejandrovich? Pues aun en ese momento eras artista. Fue la discusión más áspera que tuvimos. Me echaste en cara mi mediocridad por ser maestro del conservatorio, por componer como compongo mis sinfonías y mis óperas. Pecaste de soberbio cuando hablaste de ti en un tono que no admitía discusión respecto de tu espíritu revolucionario que inoculaba tu música. Y lo peor de todo es que tienes razón. Soy un apocado. Un pobre compositor que hace música para la complacencia de su espíritu. Pero soy feliz, profundamente feliz. Tengo alumnos que me siguen, y que pagan en forma espléndida sus clases. Mis obras se tocan y me permiten vivir bien. Tengo una casa de la cual mi novia Nadina Alejandrovich acaba de tomar posesión, y que, si Dios lo tiene a bien, pronto se verá poblada de niños corriendo de aquí para allá.

Modika, Modika: por el inmenso amor que le guardas a tu señora madre debes controlar el alcohol. Sé que has tenido una vida cuesta arriba. Que tus obras te las rechazan los burócratas pestilentes, como tú les llamas acertadamente. Que no tienes más remedio que sumergirte en el vodka cada vez que una obra tuya es rechazada. Para resistir el dolor. Sé todo eso. Pero te lo digo francamente: te estás perdiendo, y tu talento se va ir al infierno.

Siempre tuyo,

Nikolai

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Texto del lunes

Cuento

El primo de mi mujer

Era el ídolo. Salvo yo, todos en la cuadra lo trataban con un respeto que rayaba en la admiración servil. Seguramente por su uniforme de servidor urbano. Y porque era un padre ejemplar. De seis chamacos. La verdad es que ni su nombre sabíamos. Yo menos. Y eso que el uniformado era primo de mi mujer. Esto no es de llamar la atención. Toda la parentela de ella vivía en el barrio de Tacubaya. Nosotros nos cambiamos para allá —originalmente vivíamos en Aragón— desde hace más de veinte años. Eran de hueva absoluta, a cada cual más inteligente e intachable, me repetía mi mujer todos los días.

A mí esto se me hacía sospechoso. Por lo que desde que tuvimos hijos, procuré mantenerlos alejados del radio de acción de tan encomiables personajes. Ni mis tíos ni mis primos, ni mis hermanos ni mis padrinos se emborrachan ni dicen groserías, no son como los tuyos, que tienen garganta de teporochos y boca de cargadores, me embarraba mi mujer en la cara a la menor oportunidad.
Pero para mí, el más detestable era el mentado servidor urbano. Usaba un uniforme amarillo con rayas anaranjadas, gorrita con un escudo que nadie distinguía de qué se trataba, si de la policía, de los bomberos o de protección civil. ¿Alguna vez te habrías acostado con tu primo?, le preguntaba yo a mi mujer para molestarla cuando la veía tan quitada de la pena sin despegar los ojos de la televisión.

¿Cuál primo?, me paraba en seco. Pues ya sabes cuál: el admirable, el íntegro, el incorruptible. Y frente a mi adjetivación torrencial respondía un simple estás loco, eres un demente.

Pero esa duda que fue creciendo dentro de mí me obligó a tomar cartas en el asunto. Algo se traía.

Decidí seguirlo.

No desperdiciar demasiado tiempo en él, pero sí pegármele. Que me hubieran corrido del trabajo por llegar con aliento alcohólico y acosar a la encargada del conmutador, me facilitaba las cosas. En fin, el pobre tenía cara de bruto, y yo creo que lo era. Estoy seguro de que no me identificaba. Ciertamente me había visto un par de veces —en 25 años— al lado de mi mujer, pero en forma accidental; nunca nadie me lo había presentado, además de que yo procuraba eludirlo, si acaso lo venía venir por la misma acera. Se veía tan buena gente —como si acabara de mecer a un niño en el columpio—, que no sabía de qué podría conversar con él.

Así que esa mañana lo seguí. Vivía en la esquina de avenida Jalisco y la calle de la Doctora. Yo en la siguiente cuadra. Con esas enormes y toscas botas y su cinto del cual pendía una lámpara y diversas herramientas —canana, la llaman—, caminaba a paso lento. Como una verdadera tortuga. Me asombró que se detuviera a conversar con cuanto comerciante se topara: Nacho, el vendedor del periódico —en cuyo kiosko era posible conseguir desde desodorantes hasta cigarros, desde camisas usadas hasta medicamentos de venta restringida—, el juguero don Toño, famoso en el barrio por sus jugos medicinales, el vendedor de tacos de carnitas —a las nueve de la mañana se vendían como pan caliente—, el zapatero —que reparaba su mercancía en la banqueta, provocando que los peatones tuvieran que desviarse para no atropellarlo—, el pollero… en fin. Y por si fuera poco, a todo mundo saludaba con deferencia y ceremonia. Como todo un príncipe de la educación.

Me empecé a desesperar. Pero algo dentro de mí me decía que estaba en el camino correcto. Que no me diera por vencido. Que valía la pena aguantar otro poco.

Y hasta ahora no sé si valió la pena o no.

El primo de mi mujer se metió a una vecindad de esas que están por caerse en Tacubaya. Lo esperé en la acera de enfrente. En el extremo de la cuadra. No tenía ni la menor idea de lo que se iba a tardar, así que me puse cómodo en la banqueta. Tarde o temprano saldría. Y salió, como a la hora. Pero apenas lo pude reconocer, por el atuendo. Había dejado de ser ese servidor perfecto para convertirse en un hombre común y corriente, aunque esta vez de traje y corbata. Pasados de moda, como él. Salió acompañado de un par de niños —niño y niña— que lo dejaron a unos metros de la vecindad; él se volvió a mirarlos con esa actitud del padre de familia amoroso, les indicó que se regresaran, y prosiguió su marcha. Cuando se hubo perdido de vista, entré a la vecindad. Toqué y pregunté por él en varios departamentos, hasta que una mujer de pelos enmarañados y aliento de alcantarilla, me respondió. Ya se fue Juan Manuel a trabajar. No hace ni diez minutos —al fin me había enterado de su nombre—, ¿quién le digo que vino a buscarlo? Pues un amigo de la niñez, dije y me di la media vuelta.

Decidí no comentarle nada a mi esposa. Para qué. Ya de por sí este hombre tenía complicada la vida. Dos familias en una misma colonia. Vaya. Mis respetos.

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Carta

Carta de George Harrison a Johann Sebastian Bach

Maestro: No sabe el deleite que significa para mí escribirle. Para empezar, lo hago imbuido de respeto a su persona. Desde pequeño, crecí con la figura de usted como el monumento más grande de la música. Conforme fueron pasando los años, mi gusto se fue decantando y cada vez lo escuchaba con mayor atención. Y gozo. Como sea, su música siempre estaba programada. Se escuchaba —y se escucha— en todas partes. Había muchísima curiosidad en mí. Porque déjeme decirle que yo soy compositor. De otro tipo de música. También soy guitarrista. Entonces avisto en la música ese viaje infinito por el espíritu humano. Digamos que ésa es la coincidencia. La curiosidad tiene que ver con su capacidad para componer. Cualquier persona lo sabe, porque usted forma parte de esos fenómenos que sólo se dan una vez en la historia de la humanidad: obra maestra tras obra maestra, hasta sumar cientos, una hazaña que no suele repetirse. Su voz se reconoce de inmediato. Es un estilo tan diáfano, tan nítido. Tan claro como el agua misma. Para mí es una de las grandes enseñanzas. De lo muchísimo que hay que aprender de usted. John, Paul y yo lo comentábamos a la menor oportunidad. Si viera usted con qué entusiasmo y respeto nos referíamos a su música. Siempre fue motivo de admiración entre nosotros tres. Porque analizábamos su música nota por nota. O mejor dicho sonido por sonido. Para escudriñar sus secretos en el arte de la composición. Competíamos entre nosotros a ver quién se acercaba más a la fuente del conocimiento. Es decir, a sus secretos musicales. Que al final se reducían a una palabra que a usted le resulta familiar: trabajo. Trabajo y trabajo. Éramos muy jóvenes en ese entonces. Y a nosotros nos sirvió como si hubiésemos tomado un curso en el mejor conservatorio del mundo. O de plano la copiábamos, que también así se aprende. Comparaciones aparte, la gente se asombraba de nuestro repertorio. Salido básicamente de la inspiración de John y de Paul. Que, está mal que yo lo diga, era abundante y rico en recursos sonoros. Yo digo que en la música de usted hay la inspiración de todo genio digno de serlo. Pero más allá de la inspiración está la disciplina. La severidad que usted se impuso. Podía acontecer cualquier cosa, por más grave que fuera —como la muerte de su hijo Gottfried—, y usted no desperdiciaba minuto alguno. Lo que usted estaba haciendo en el fondo era darle una lección de perseverancia y empeño a la humanidad. Desde luego también figuraba el marco histórico. Pues los artistas producían copiosamente. Vivaldi, Haendel, Telemann, son tan prolíficos como una cascada inagotable. Después esa capacidad fue disminuyendo. Los maestros compositores fueron menguando su producción. El mismo Mozart sufrió esta depresión. Hasta que los músicos del romanticismo de plano no rebasaban un promedio de cien obras. Dictaron esa modalidad y se quedó para siempre. Eso también significó un desafío para nosotros. Porque había que producir pero bajo el manto estricto de la calidad. Que la abundancia marchara de la mano de la excelencia —entendiendo por excelencia la unión inseparable de melodía y poesía.

Trabajar bajo esa égida distinguió nuestra música. De eso se daban cuenta unos cuantos. La mayoría sólo veía en los Beatles un grupo de rebeldes e irreverentes. Pedían más y más. Y nosotros nos esmerábamos por extraer de nuestro espíritu el alma vuelta música. Para eso seguíamos el ejemplo que usted legó al mundo. Lo teníamos a usted como un faro en una noche en altamar.

Reciba usted mi más alta consideración.

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Texto del lunes

Cuento

Chema, el mesero

Me dicen Chema porque me llamo José María. Soy mesero en el Carro del Sol. Un restaurante bar en las calles de San Antonio. Oficialmente, abrimos de 9 de la mañana a 9 de la noche. Y más o menos así es de lunes a jueves. Digo más o menos, porque venimos abriendo como a las 10. Pero los viernes, las cosas son muy diferentes. Sí abrimos —o lo intentamos— a las 9, pero cerramos a las 2 de la mañana. Porque el lugar se pone a reventar, y ni modo de desperdiciar la oportunidad de una buena entrada para el dueño, y una buena propina para nosotros, los meseros.
La cosa está así. Trabajamos enfrente de unas oficinas del ISSSTE. Oficinas monstruosas, por cierto. Quién sabe cuántos cientos de burócratas chambean ahí. Pero toda la semana se la pasan como en una olla de presión. A la espera de que sea viernes para destramparse. Van llegando de montoncito en montoncito. Hasta que de pronto ya llenaron el salón. La música en vivo está desde las ocho. Así que muchos entran, miran atentamente alrededor, y de volada sacan alguna chica —joven o no— a la que se le cuecen las habas porque alguien le unte el miembro. Esperando como princesa a que llegue su príncipe. Cuando por fin esto ya sucedió, de inmediato me acerco —siempre que sea de mis mesas, por supuesto— y le ofrezco de beber al caballero. De preferencia algo más o menos caro. Jamás dice que no. Con tal de quedar bien con la joven.
Pues así pasó el otro viernes con un hombre. Ya mayor. De casualidad encontró lugar en una mesa ocupada por una jovencita —y digo de casualidad porque no había ningún otro sitio libre. Pidió una botella de coñac. Yo me quedé azorado. Nadie pide eso. Es lo más caro. Pero él sí. Supongo que para impresionar a la chica. Pues yo les serví. Muy sonriente, me pidió que le permitiera abrir la botella. Simplemente accedí. Le sirvió a ella coñac con pepsi-cola, y él lo tomó con refresco de toronja. A mí eso me da lo mismo. Yo qué.
Una pieza. Luego otra. Y otra más. Los del conjunto les dedicaban todas las rolas. A él y a la chica. Pronto ella se empezó a sentir incómoda. Porque él no bailaba. Sólo hablaba y hablaba. Entonces se acercó un hombre de otra mesa —poblada sólo por hombres—, y la sacó a bailar. Ella le pidió permiso a él. Él se lo dio, se paró a bailar. Y no fue una pieza. Fueron varias. Y cuando regresaron, él ya se había quedado dormido.
La noche siguió su curso. Mientras el caballero de la mesa soñaba el sueño de los justos, la chica y el hombre que la sacó a bailar lo hacían cada vez más juntos, como si estuvieran vaticinando la noche que les esperaba. Los dos eran jóvenes. Llenos de energía. De vez en vez, ella volvía su mirada a su príncipe. Le susurraba algo al oído a su pareja de baile, y proseguían la noche. Hasta que alguien se desesperó. Seguramente fue él. El hombre que la sacó a bailar. Algo le dijo. Que fue más que suficiente. Ella acudió hasta la mesa que había ocupado, tomó su bolsa —que había dejado en una silla—, le dio un sutil beso al caballero —que ni se movió—, y salió por la puerta que había entrado. Me asomé y los vi tomar un taxi.
A las dos de la mañana en punto —exagero— desperté al caballero. Con toda la decencia del mundo le pedí su cuenta. Pagó. Me preguntó por la chica y le dije que se había marchado. No le dije nada del joven con el que se había ido. El tipo salió dando traspiés. Lo perdí de vista. Pero desde entonces ha regresado todos los viernes. Para quedarse dormido.

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Carta

Carta de un organillero a Juventino Rosas

Estimadísimo maestro Juventino: Qué gusto tan grande escribirle. No soy muy bueno escribiendo, pero tampoco muy malo. Bueno, primero me presento. Me llamo Juventino, como usted, pero mi apellido es Jiménez. Me dedico a tocar el organillo. Soy organillero de profesión. Músico. Como usted. Aunque no tengo la inspiración a flor de piel. Como seguramente usted la tuvo.

Se preguntará por qué le estoy escribiendo. Por la simple razón de que me tocó a mí escribirle. Pertenezco a una sociedad de organilleros. Y nos rifamos la carta. ¿Quién quiere escribirle a Juventino Rosas?, preguntó el jefe. Y me tocó a mí. Pero no lo considero signo de mala suerte sino de buena. Estoy muy entusiasmado. Mi esposa se puso muy contenta cuando se lo dije. Porque para ella soy un inútil que no sabe hacer otra cosa más que tocar un instrumento —que, según ella, ni instrumento es— en plena calle. Puedo apostarle que sí es un instrumento. El sistema que tiene por dentro permite tocar muchas piezas. Desde luego del amplio repertorio mexicano. Piezas a granel. No es por otra cosa que la gente siempre pide las mismas. Aunque no está en nuestra mano complacer a nadie. Salvo excepciones. Porque es posible acomodar las piezas según queramos darle un orden determinado. A veces nos pagan por ir a tocar a algún evento en especial. Y entonces vamos. Nos ordenan canciones determinadas. Canciones que le gustan al que paga. Así que las podemos programar. Que queden listas con tiempo. Pero eso es muy raro. Usted mejor que nadie sabe lo difícil que es la vida para un músico. Nosotros los organilleros parece que andamos pidiendo limosna. Bueno, ya sabe cómo son estas cosas. Extendemos la mano cuando pasa un transeúnte. O uno se queda tocando mientras el ayudante recorre las filas de los automóviles con la gorra en la mano. Quién sabe en su época cómo se organizaban los organilleros. Me imagino que más o menos igual. Esas cosas no creo que cambien mucho. Pero créame cuando le digo que el organillero es el músico peor pagado de la historia. Usted sabe de esto. Porque yo he leído su biografía y dicen cosas bien duras. Me puse a leerla para poder escribirle a usted. Que era usted muy inspirado. Y que tocaba muy bonito el violín. Pero que le costó mucho trabajo que lo reconocieran. Por eso dice mi esposa que yo no soy músico. Porque no tengo ningún futuro. Que al contrario de usted y de cualquier músico que se enorgullezca de serlo, puede luchar para sobresalir. Para tener éxito y dinero. Yo le digo a mi mujer que dinero no nos hace falta. Que con lo que yo saco es suficiente. Tengo 40 años y nunca hemos pasado hambres. No puedo decir que llevemos una vida abundante de comodidades y lujos. Pero salud sí tenemos. Yo principalmente. Creo que por cargar el organillo. Porque pesa. Y hay que andar para arriba y para abajo en esta complicada ciudad de México. Pero mejor así y no al revés. Quiero decir. Imagínese si viviéramos en Guanajuato. Con tantas subidas y bajadas. Yo sé que usted nació ahí. Y que se le honra en su tierra. Pues cómo no iba a ser así. Hasta hay un municipio que lleva su nombre. Y ya hablando en confianza, le pregunto: ¿de dónde sacó usted inspiración para componer su famosísima canción de Sobre las olas? Porque vaya que si es una melodía pegajosa. La escucha uno y no puede dejar de silbarla. No hay organillero que no la toque. Porque a la gente le encanta. Felicidades, maestro. Y me despido.

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Texto del lunes

Cuento

Dilema

Mariano Sepúlveda ocultó la botella de Buchanan’s en el buró, tras los zapatos. Lo hizo lo mejor que pudo. No podía arriesgarse a que alguno de sus hijos lo descubriera. Por supuesto que no tenían por qué hurgar ahí, pero sabía que la curiosidad infantil era incontenible.

Se hizo para atrás y miró acuciosamente. Seguramente por tratarse de una botella achaparrada no se distinguiría.

Tuvo el impulso de servirse un trago. Aunque podría conformarse con mojarse los labios de su whisky favorito; le bastaría con eso.

Disfrutaba tanto ese whisky, era muy caro pero pellizcando su salario —ya muy quemado por lo que le tenía que dar a su ex esposa— le alcanzaba para comprarse una botella al mes, sin que su cartera lo resintiera.

Aunque fuera mojar sus labios. Allí estaba el vaso. Sobre el buró. Un old fashion siempre disponible. Desde el primer piso donde se encontraba, alcanzó a distinguir las voces de sus hijos. Estaban jugando en la sala.

¿Qué clase de pesadilla estaba viviendo? Ni él mismo sabía cómo había llegado hasta ahí, bebiendo por sorbos y a escondidas.
Bastaba con un trago para que se descompusiera por completo. Por eso tenía prohibido beber. Perdía el control, y dentro de él iba creciendo una violencia que no le era posible contener. Eres un mala copa, le decían sus amigos. Entre otras razones, por eso tenía que encubrirse para beber. Cuando estaban sus hijos con él. Joaquín, de ocho años, y Omar, de seis, estaban aleccionados por su madre: “Si ven que su papá toma, me llaman y de inmediato voy por ustedes”.

Lo había amenazado cantidad de veces. Pero no fue por el alcohol que lo había dejado, sino por un enamoramiento con un funcionario en la delegación donde trabajaba. Desde luego ante el juez había recurrido al alcoholismo de él, por lo que le dieron la custodia sin chistar. Así que cuando los niños pasaban algún fin de semana con su progenitor, él debía tomarlo como un favor. Como si en el fondo no se lo mereciera.

En su defensa, él dijo lo único que podía decir, lo que todo mundo esperaba oír: que dejaría de beber, pero que no lo separaran de sus hijos; que seguiría manteniéndolos; que él no pedía nada para sí, excepto que aunque fuera de vez en cuando le permitieran que los tuviera consigo.

Y cumplió. Cuando menos hasta donde más pudo.

Se sometió a una terapia que le pagaba el Estado. La psicóloga era una mujer entrada en años, más amargada que la directora de un reclusorio femenino. No hubo entendimiento posible. La doctora no quería escuchar razones sino sentimientos de culpa. Arrepentimientos. A base de amenazas, le hizo jurar que no bebería más, que era un mal ejemplo para la sociedad civil. Incluso le recetó medicamentos, con la advertencia de que si bebía sufriría un shock brutal.

Tampoco podía dejar de ir a la terapia, porque el Estado le aplicaría una multa además de que menos le permitiría ver a Joaquín y Omar. Así que decidió seguir yendo con la salvedad de que no escuchaba nada, de que hablaba por hablar; menos tomaba el medicamento.

Hizo a un lado los zapatos, extrajo la botella con terrible apremio, tomó el vaso y vertió una buena cantidad de whisky, la mitad. Sin tapar la botella ni preocuparse por volverla a su sitio, se llevó el vaso a la boca y bebió con tanto aplomo como nerviosismo. Hasta dar cuenta del contenido. De su boca escurrían hilos del whisky que se había desparramado por la ansiedad. Contempló el vaso y decidió beber un trago más. Con eso sería suficiente. E iba a llenarlo, cuando escuchó la voz inconfundible de Omar en un grito que le perforó los tímpanos:

—¡Papá, estás tomando! ¡Te voy a acusar con mi mamá!

—¡Espérate! —le ordenó al mismo tiempo que le arrojaba el vaso para detenerlo. O cuando menos hubiera jurado que ésa había sido su intención. El vaso siguió una trayectoria limpia y recta hasta la cabeza del niño. Se impactó un poco arriba de la oreja derecha. De ahí se desvió hasta estrellarse en el marco de la puerta y hacerse añicos. Omar se tambaleó, y, siguiendo su propia inercia, se precipitó escaleras abajo, dejando un rastro de sangre a su paso.

Joaquín salió corriendo de la sala —desde su ángulo de visión había visto rodar el cuerpo de su hermano como si fuera un muñeco de trapo. ¡Qué pasó? ¡Qué pasó?, preguntó a gritos. Parecían aullidos de una garganta animal. Con seguridad los vecinos llamarían a la puerta.

Mariano Sepúlveda apenas llegó a tiempo para tapar los ojos de Joaquín. No quería que mirara.
—Omarcito se cayó y se descalabró —respondió mientras ponía su mano en el pulso de Omar. No sintió correr la sangre ni pálpito alguno.

Eructó el whisky. Siempre le pasaba lo mismo con el Buchanan’s.

—Háblale a tu madre y dile que venga de inmediato. Que tu hermano sufrió un accidente. Que se cayó de la escalera —ordenó sin dejar de felicitarse por el domino que sentía crecer dentro de él.

Por su cabeza un dilema empezó a dar vueltas de un extremo a otro: Qué era más importante, ¿que se lavara la boca o que subiera a recoger los cristales?

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