Archive for 28 agosto 2014

Música

Beethoven sordo

Salió apesadumbrado de aquel concierto. Seguramente era el último al que iría en su vida. Sus cincuenta y siete años parecían pesarle más allá de lo soportable. El dolor del hígado le impedía caminar como era su costumbre. Y no había médico capaz de quitárselo. El doctor que lo tenía bajo tratamiento le aseguró que primero intentarían detener la diarrea que lo estaba consumiendo día con día. Que enseguida atacaría los terribles dolores de cabeza, y cuando todo estuviera bajo control se ocuparía del hígado. En fin. Cómo despreciaba a los médicos. Cada vez que visitaba a alguno lo insultaba, y de advenedizo de mierda no lo bajaba.

Se quedó mirando los árboles que delimitaban la calzada. El follaje se agitaba al ritmo de un viento que sacudía su melena. Era una de las muchas cosas que la gente le criticaba, y que a él, Ludwig van Beethoven, le daba exactamente lo mismo: su melena indomable. Siempre le había parecido parte de su personalidad. Mientras tuviera esa abundante y desaliñada cabellera, los comentarios de quienes lo rodeaban podían venirse abajo.

Echó a andar dificultosamente. Con las manos en la espalda. Su paso era lento pero firme. Iba contra el viento. Le gustaba sentir esa oleada estrellarse en su cara. ¿De dónde provenía ese viento?, se preguntó. No lo sabía. Era una de esas preguntas que solían inquietarlo. Como si fuera un niño. Muchas preguntas revoloteaban en su cabeza. Preguntas sin respuesta: ¿Quién soy? ¿Quién es Dios? ¿Qué es el hombre? Un frío para él premonitorio recorrió su columna vertebral. La naturaleza lo atraía en cualquiera de sus manifestaciones. En la naturaleza y en sus amigos depositaba todo su amor. A la inversa de las mujeres, la naturaleza nunca lo había traicionado. La naturaleza le había tendido la mano y él le había correspondido. A modo de ofrenda, había compuesto su Sinfonía Pastoral. Todo un homenaje para lo que la madre naturaleza le daba. Vino a su mente la melodía que se desparramaba a lo largo de aquella sinfonía, y que de pronto los alientos le disputaban a las cuerdas. Sonrío. Era una hermosa melodía.

En cambio no le resultaba tan asequible el tema de su cuarteto que ahora mismo acababa de estrenar Ignaz Schuppanzigh, con el ya famoso cuarteto que se nombraba precisamente Schuppanzigh y que había estrenado los cuartetos de Beethoven. El viejo sordo bromeaba constantemente con los miembros del cuarteto. Les había conferido grados militares. Ignaz, su amigo, era el mariscal en jefe. Cuando lo veía, le propinaba tremendas palmadas en la espalda. Beethoven llevaba consigo su cuaderno de conversaciones. No tenía ni el humor ni la paciencia para platicar así con cualquier mortal. Con Schuppanzigh lo hacía porque lo consideraba su amigo de toda la vida. Cuánto bien le hacían sus amigos. La amistad para él, era tan valiosa como el honor y como la libertad. Aunque el ejercicio de la bondad, también gozaba de un valor muy alto en su cuadro de virtudes.

El concierto había sido un fracaso. La escasa gente comenzó a abandonar el recinto apenas hubo terminado el primer tiempo. El propio Schuppanzigh se lo había dicho: “No puedo garantizarte que estos últimos cuartetos tuyos resulten del agrado del público, y menos de la crítica. Ya se habla de que son incomprensibles. La maldita crítica siempre cree que tiene la razón”. A lo que Beethoven había respondido: “Yo compongo para el público que escuchará mi música dentro de cincuenta años, y en cuanto a la crítica no sé qué daño le puede causar un piquete de mosco a un caballo de carreras”.

Pasó una diligencia, y Beethoven la detuvo. No podría ir a pie. No resistía más el dolor.

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (3)

1) Doy mi curso en el Centro Cultural Elena Garro. Hoy lunes 25 es la última sesión. Puro Beethoven. Nada más que Beethoven. Porque Beethoven no tiene fin. Se habla tanto de él. Sin embargo hay que tener algunas cosas claras. Hay que imaginárselo tocando el piano. Improvisando. Que ha sido una de sus más altas aportaciones al instrumento. Cuando él improvisaba la gente se quedaba en verdadero estado de estupefacción. No es que fuera superior a Bach o a Haendel en el arte de la improvisación. Pero es que Beethoven vaciaba su furia cuando lo hacía —la furia, por cierto, de la mano de la alegría y del amor. Y todos sus oyentes perdían el don del habla. Porque no improvisaba animado únicamente y nada más por el arte del sonido. Iba más allá. Descubría el arte del verso en la música que sus oídos tamizaban.

2) Mientras escribo, bebo. Mientras bebo, escribo. Nada del otro mundo. Escribo una novela. Cada vez me absorbe más. Cada vez me atrae más. Quisiera ser escritor y acabarla de una vez. Pero no lo soy. Con enormes dificultades pergeño una línea tras otra. Una construcción gramatical tras otra. No aspiraría a más. Cada vez que voy en la micro, evoco la novela y me doy por vencido. Es superior a mis fuerzas. Pero algo tiene de mí que no me deja en paz.

3) Eso les digo a mis alumnos en la Sogem. Llevan conmigo la asignatura de Cuento II. Cada vez que arranca la sesión, lo primero que hago es leerles poesía. Un narrador que desprecia la poesía, les digo, es un perfecto imbécil. Y he conocido a algunos. Pasamos entonces a leer el género de géneros. Borges, Luis Alberto de Cuenca, Vladimir Holan… Me da lo mismo. Lo único que me importa es que adviertan subir vía intravenosa la sangre del desconsuelo. Que es la de la poesía. Lo demás son maricadas.

4) Acaso el índice de lectura en un país tenga que ver con su índice de criminalidad. Porque quien emprende la lectura de una obra maestra —Poe, Dostoievsky, Stevenson, Tolstoi, Lovecraft, Balzac, Capote— está emprendiendo la búsqueda de su propio paraíso. Cosa que le está negada a los enanos de espíritu. Y que no puede resolverse más que cercenando el cuello de algún mediocre. Qué delicia asesinar a un imbécil. Pero el placer se disolvería en el acto. Porque nadie está autorizado a matar lo que más quiere.

5) Cada noche le pido a Jesucristo unos minutos más de vida. Lo estoy desafiando. Porque cada noche leo un fragmento de los Proverbios, de los Salmos, del Eclesiastés, del Evangelio según San Mateo, del Cantar de los Cantares —máxima expresión poética; ¿por qué no intentaron escribir en el mismo tenor Octavio Paz, Neruda, Sabines?, ¿por qué se conformaron con ser medianos?

6) Mi hijo Alonso cumplió 41 años este 22 de agosto. No saben cómo lo amo, carajo. Cualquier padre ama a su hijo —o lo inculpa de su dolor. Pero aun el padre más desvalido confía en tener en su hijo un interlocutor. Excepto si el hijo es un moco que sabe todo de poseía, de ensayo. Y desde luego de cocina. Gran Dios.

7) Voy a la Sogem vestido de víctima: reloj corriente, cero celular, cero anillo. Nada hace falta. Excepto que tu hijo te diga al oído que te ama. Por los putos machismos, la mayoría no se atreve ni a afrontarlo.

8) La ruta de San Antonio Abad a Tlalpan, es decir de la Sogem a mi casa, la hago en micro. Mientras leo los Cuadernos Íntimos de Beethoven. Viajo del lado de la acera. Para ver a las putas. Las hay para todos los gustos. A mí que en particular me atrae. Está deliciosa. Pero me temo que es hombre.

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Música

Beethoven sordo

Para Jaime Aljure

“¡Hombres que me creen rencoroso, loco o misántropo, qué injustos son conmigo! ¡Ustedes ignoran la razón oculta de estas apariencias! Desde mi infancia, mi alma se mostró inclinada al dulce sentimiento de la bondad y siempre me encontré dispuesto a realizar las más grandes acciones. Pero tengan en cuenta la horrorosa situación en que vivo desde hace seis años, agravada por médicos ignorantes que me engañan con la esperanza de una ilusoria mejoría”, escribió Beethoven las primeras líneas de su testamento, se tapó los oídos y tosió. Retumbó un trueno. Y enseguida sobrevino un relámpago que iluminó las calles de Heiligenstadt, aquella pequeña población en la que el compositor solía pasar temporadas a la espera de una cura que aliviara no su sordera, pero sí los dolores que hacían estallar su cabeza. No vio ante sus ojos el fulgor del rayo inclemente. Lloró. No era dado a dejarse llevar por los resplandores de rayo alguno. Plutarco, Marco Aurelio y Cicerón lo habían ayudado a cavilar sobre el devenir trágico. Pero quizás ahora era el momento de hincar el diente en el hueso de la muerte. Llenó su copa de vino. La idea del suicidio revoloteaba en su cabeza.

Prosiguió su diatriba. Dejo a la muerte esto y a la vida esto otro. Había escrito en el ínter de un ajuste de cuentas luminoso. Tenía a su lado el legajo de papel pautado. No había escrito una sola nota. Para qué. El ímpetu por la música había desaparecido. Pero lo que más le dolía es que ninguna mujer podría reclamarle su decisión. A sus 32 años se le consideraba el más grande pianista de Europa. Así como el compositor con más futuro. Y no estaba dispuesto a que nadie lo sucediera en semejante trono. Si no era de por medio su dimisión total. Es decir, su muerte.

Bebió. No pudo recordar el brindis de la víspera. Alguien había dicho “Beethoven contra el mundo”. Alguien que ni siquiera conocía. Pero con quien se había topado en la taberna. La gente creía conocerlo. Beethoven bajó la mano en una suerte de complacencia mórbida. Estaba solo. No había nadie a quien complacer. Ni a hombres ni a mujeres. Ningún ser humano. Mucho menos a seres advenedizos del infierno. Entre más solo estuviera, mejor; a mayor aislamiento, mayor concentración. Contaba los días, las semanas, los meses que llevaba oculto. Cada día encerrado en su ostracismo. Él, que había encarnado la amistad por antonomasia. Que se enamoraba del encanto femenino. De su pluma brotaban las dedicatorias a las mujeres que deseaba. Pero estaba visto que la dicha no era lo suyo. Quizás porque siempre ponía los ojos en mujeres de la aristocracia. Era el círculo en el que se movía. Los miembros de la nobleza le habían abierto las puertas. Entraba y salía de los palacios como si fueran su propia casa. Algo que ni Mozart ni Haydn habían hecho. A él, a Ludwig van Beethoven no había nadie que le dijera los músicos entran por donde entran los criados. Pero justo esas mujeres estaban reservadas para los nobles, los hombres que ostentaban la riqueza.

Interrumpió su testamento. Lo arrojó lejos de sí. En medio del terrible dolor de cabeza, distinguió el mensaje de la música. Tomó el papel pautado y trazó una frase musical. La música venía colmada de melodía, de cuadros armónicos, de estructura. Él tenía un destino. Que no había mujer con quien compartirlo era lo de menos. La gente aclamaba su música. Escribió en el papel, a modo de título: Sinfonía Heroica. Para Napoleón Bonaparte. Y un relámpago vino a su cabeza.

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (2)

1) Me considero privilegiado por la música que he escuchado y el whisky que he bebido.

2) He conocido ciertas mujeres en el tope de la belleza; y —lo voy a decir, modestia aparte— han sido mías. Suerte del feo.

3) Nada enriquece tanto el alma como despechar a una mujer. Y entre más hermosa, mejor.

4) Hacer el amor en la misma cama donde la mujer que amas te fue infiel, equivale a que te crucifiquen en la misma cruz que Jesucristo fue crucificado.

5) Nada tan vergonzoso como un escritor previsible; equivale a una mujer que se humedece con sólo ver a un hombre.

6) Nada hay superior a una mujer; excepto ella misma.

7) Lo hermoso en una mujer sexagenaria es su juventud; lo hermoso en una mujer joven es su vejez.

8) Cuando un hombre viejo tiene significado para una mujer joven, debe mirarse en el espejo.

9) Un viejo y otro compiten —aun sin decírselo— por una mujer, por el trago, por ver quién hizo más hazañas en su juventud; ojalá compitieran para ver quién mantiene cerrada la boca.

10) Entre más grave es la equivocación, más te haces merecedor del perdón.

11) Me he pasado hasta tres años sin beber una gota de agua; sólo alcohol.

12) En la cama no hay ninguna diferencia entre una mujer hermosísima y una espeluznante; te acaban engañando que se vinieron rico.

13) Coger es un acto animal y un acontecimiento humano; por eso uno paga.

14) Leo Estar y no. Juegos de la memoria, de Miguel Ángel Avilés (Instituto Sudcaliforniano de Cultura). Este hombre tiene debilidad por la crónica. Prosista fluido, dueño de una imaginación tan libre como un águila que avistara su presa desde las nubes, narra con envidiable sentido del humor hazañas de su niñez. Es un deleite leerlo. Y uno se sorprende, y se pregunta cómo es posible que un escritor cuarentón tenga tan presente su niñez. Porque los textos de Miguel Ángel conmueven hasta el tuétano. Está imbuido de una nostalgia que lo torna tierno como un bendito.

15) La víspera de que mi padre muriera/ lo fui a visitar al hospital./ Tomé su mano, la besé/ y le dije —era la primera vez que lo hacía—/ le dije: Te quiero, papá./ Y él me respondió:/ Yo también, hijo./ Fue la primera vez que lo hizo./ Y la única./ Enseguida me ordenó:/ Saca mi pantalón. Búscalo en el clóset./ Lo busqué. Lo encontré. Y lo saqué./ Revisa la cartera. ¿Cuánto hay?/ Conté tres billetes de a diez./ Treinta pesos, papá./ Agárralos, son tuyos./ Es tu herencia./ Los tomé. Le besé la mano. Salí de ahí./ Caminé sin rumbo./ Y los pasos me llevaron hasta una cantina./ Me acodé en la barra./ Déme el ron más caro que tenga./ El cantinero me sirvió./ Yo bebí aquel ron. Puro./ ¿Cuánto es?, pregunté./ Treinta pesos./ Pagué./ Y salí de ahí./ Al día siguiente fui a despedirme de mi padre./ Estaba muerto. Esto aconteció el 15 de enero de 1976. Mi padre tenía 71 años. Fue el único trago que me invitó en su vida.

16) Mi hija está en Moscú./ Me manda fotos./ Una de ellas, sentada al lado de Tchaikovsky./ La cosa es que en Rusia honran a sus hombres notables./ Tchaikovsky tiene cientos de esculturas./ Pero ésta es la mejor./ Sentado en la banca de un jardín./ Está leyendo./ A su alrededor hay espacio/ para que alguien se siente./ Mi hija./ Con sus botitas. Su mochila./ Su ropa tan linda./ Su sonrisa que se prodiga/ en la foto./ De un extremo al otro./ Tchaikovsky se pondrá de pie de un momento al otro./ Y la tomará de la mano.

mija y tchaikovsky

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Música

Beethoven niño

Beethoven entró a la taberna. Entre los hombres que iban de un lado a otro persiguiendo a las mujeres, entre los gritos que sacudían aún más aquel ambiente nocturno, al chico músico le resultaba doblemente arduo distinguir a su padre.

Pero de pronto lo vio.

Allí estaba, con la cabeza recargada en la mesa y una copa de vino en la mano. Su estado de ebriedad era evidente. Más que otras veces. Beethoven ya había tenido que lidiar con ese espectro. Cuando menos desde sus once años, un par de años atrás. Gracias a su fornida constitución, aunque era bajo de estatura podía arengar a su progenitor y obligarlo a caminar a su lado. Pero esta vez, el vino tomado en grandes cantidades tornaría más difícil la tarea.

Precisamente iba de la cocina al teclado, cuando los llantos de su madre lo obligaron a acercarse.

—Tu padre está en la taberna, me han venido a decir —musitó en un todo de voz apenas audible—. No sé cuánto tiempo lleva ahí; pero me dijeron que está perdido de borracho. Y como no lleva un florín encima, tendré que ir a pagar sus deudas. Gran Dios.

—Voy por él, madre —repuso Beethoven, y salió de su casa.


La nieve en la cara lo hizo reflexionar. Para cualquiera era claro que aquella situación jamás cambiaría. Pero ésta no era una situación de ahora, sino ya longeva. Su abuela paterna había sido una dipsómana incorregible. Solía caminar por su casa y los alrededores dando traspiés. Se tropezaba en un mueble… una diligencia estaba a punto de arrollarla… se atascaba en el fango… Como fuera, no había modo de sosegarla. Hasta que la familia decidió encerrarla en un manicomio. Cuando se presentaron los empleados del manicomio en su casa, se suscitó una lamentable escena, de la cual el niño Beethoven fue testigo. La abuela opuso una resistencia feroz. Lanzaba golpes y patadas a diestra y siniestra, y hubo necesidad de atarla con una cuerda sucia y rasposa. Beethoven vio eso y se lanzó a morder a los intrusos. Pero, ¿qué podía hacer un pequeño que aún no cumplía los cinco años?

Llevaba este recuerdo en la cabeza cuando abrió las puertas de la taberna. Era un adolescente precoz, y aún no bullía en su cabeza juicio de valor alguno. Simplemente las cosas eran como eran. Lo único que tenía claro era que no le gustaba ver sufrir a su madre.

Se aproximó a la mesa. Allí estaba Johan van Beethoven. Su padre. Nadie reparó en él. Vio de lejos a Christopher Ernest Kok, el dueño de la taberna. Se acercó a él.

—Señor —le dijo—, vengo por mi padre. Pero me disculpo por anticipado porque no traigo suministros para pagar el consumo.

—No te preocupes, hijo. Dile a tu madre que venga a visitarme el día de mañana y ajustamos la cuenta. Le voy a pedir que me confeccione una casaca —acotó el hombre. En su rostro sólo había comprensión.

—Gracias, señor Christopher Ernest Kok. Mi madre se detendrá en su negocio rumbo al mercado y hará un trato con usted. Yo mismo la acompañaré.

—¿Qué instrumento estás tocando ahora, muchacho? Todo mundo habla de tus habilidades. Tu padre también las tuvo. Como tu abuelo Ludwig. A quien traté, y que me honró con su amistad.

—Mi abuelo y mi padre descubrieron mi talento.

—Llevas el talento en la sangre.

—Sí, señor. Ahora iré por mi padre.

El dueño de la taberna hizo un gesto de asentimiento, y Beethoven se dio media vuelta. Llegó hasta la mesa de su progenitor, y lo sacudió de la manga.

—¡Vete a tu casa! —carraspeó el hombre.

—No, padre, vengo por usted —suplicó el hijo—. Y no me iré sin usted.

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (1)

1) Antes de que existiera el celular, ¿en qué se entretenía la gente?

2) Al cine se le puede ver —¿adorar?— desde muchos atajos. Francisco de León escogió uno de los más inusitados y pertinentes: el de la poesía. En medio de tanto alarde literario, de pronto sorprende un libro de poesía verdadera. Me refiero a La noche mil y un veces (el cine y otros mundos) (Conaculta, 2006) de Francisco de León, que comprende un visión poética sobre el cine. Secuencias, escenarios, personajes protagónicos, una parcela dedicada al cine habitada por elementos poéticos. Pero —hay que aclararlo— no se trata meramente de poemas que versen sobre el cine, construidos con espuma de cerveza; sino de poemas de calibre .45, de esos que entran por el corazón y recorren el sistema sanguíneo a velocidades pasmosas. Más todavía: son poemas escritos desde la entraña misma de las cosas. Desde donde se origina el conflicto de la jactanciosamente llamada existencia humana. Veamos un ejemplo. “Mujer en el cine”: Las calles son otras si una mujer las camina,/ su paso las transforma./ El asfalto es piel cuando una mujer lo recorre,/ es tacto inacabado./ Decir doblar la esquina es entonces reverencia,/ sagrado es el camino que ve su andar.// Cuando una mujer entra a la sala de cine,/ su aroma la precede, es una promesa/ apenas dicha.// Su silueta permanece aunque las sombras la amenacen,/ hay en cada mujer cien historias de plata/ inimaginadas en la pantalla.// Su voz es un secreto;/ como el nombre mortal del criminal/ que tantas veces hemos soñado./ (Aquel que es tan puntual a la cita/ y aun así inesperado, el que tantas veces ha abierto/ nuestros pechos con un solo golpe,/ Certero.)// Y el final no existe: al correr el último crédito/ la mujer se pone de pie/ y comienza a escribir su historia.

3) Fiel a mis más incólumes costumbres, llevo una anforita de whisky en la bolsa de mi pantalón. Tengo una cita a comer con Daniel y Jessica. Jóvenes talentosos, agudos y corrosivos. Escritores en ciernes a quienes no conocía. Nos sentamos a degustar unos cuantos tragos y una comida excelente en el restaurante Rayuela de Tlalpan. Comentan sus predilecciones literarias, musicales y cinematográficas. Sobre todo en lo que se refiere a las musicales, me quedo al margen. Los años pasan, el tiempo corre, y lo último que me interesa es estar actualizado —apenas anoche escuché por vez primera a un señor de nombre Chopin, de origen polaco. Se hablan maravillas de su música, especialmente para el piano.

4) Mi compadre y sensible amigo Vicente Quirarte, me envía un correo desde una embarcación en altamar. Celebra sus 60 años en medio de whisky, Stevenson y su compañera Patricia Compeán. Yo a mi vez le hago llegar un fuerte abrazo. Acompañado de mezcal, José Revueltas y una mesera hermosa. Cuyo nombre olvido apenas salgo de la cantina.

5) Principio mi curso en el Reclusorio Norte. Tomo el metro de punta a punta, es decir de CU a Indios Verdes (45’) y de ahí agarro un taxi al reclu (30’) El barrio es áspero. No apto para los príncipes de la Condesa. Pero ya en el reclusorio me espera una empleada de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Voy de su lado hasta el centro escolar. Tanto ella como los internos me tratan afable y respetuosamente. Las cosas marchan. Daré dos clases: Guión 2 y Literatura infantil. Después de esta introducción, emprendo el regreso a casa. Lo mismo pero a la inversa. Me arrepiento: el metro a la una de la tarde es insoportable. Cada estación se sube un vendedor, o un payaso o un cantante (si a eso se le puede llamar cantante). Son fastidiosos. La próxima vez (el otro viernes) me regresaré en metrobús. A ver qué tal. Ya les contaré.

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Cuento

Angelito

Para Juan Manuel Servín

Nada lo satisfacía más que vigilar la salud de sus progenitores. Vivía con ellos. En fechas recientes había cumplido 55 años. De vida y de soltería. Se consideraba un hombre dichoso. Dios lo había puesto en el camino de la gratitud. Cuando atisbaba en el interlocutor el menor atisbo de mofa —que no faltaban—, reaccionaba con ira. Lo paraba en seco. La vida había decidido por él. Y decía: Conozco infinidad de casados que se la pasan en el pleito y la desesperación, en el desconsuelo absoluto. ¿Por qué no he de ser feliz al lado de mis padres? Les debo la vida.

No tenía otro tema de conversación. Dueño de un restaurante —que había heredado de su progenitor—, solía entretener a los clientes con esa charla que ya todos conocían. Su padre andaba rondando los 90 años, y su madre los 80. La mayoría de su clientela pertenecía al sexo femenino. Más de una había apostado por la conquista de ese individuo. A leguas se le veía el dinero. Buen auto —un Honda City—, buena ropa, buen reloj. Y encima una esclava de oro. Así que las mujeres del barrio lo miraban y lo medían. Sí. No. No. Sí. Pero él parecía ignorar todos esos coqueteos. No admitía nada que lo distrajera de su misión. Él había venido al mundo a cuidar a sus padres. Que por otro lado ellos lo aceptaban. La menor molestia se la consultaban. Llévame al doctor, le pedía su padre. Estoy perdiendo la vista. Me duelen las piernas aunque no camine. No he podido conciliar el sueño por un dolor en el pecho. Y su madre no se quedaba atrás. Hijito, mira qué saltonas tengo las venas. Es un problema de circulación. Llévame al médico. Ando con unos gases tremendos. Me da pena con tu papá. Llévame al médico. Y de paso que me dé un medicamento para la migraña. Ya no la aguanto. Y él lo hacía. Claro que sí. Si para eso había venido al mundo. Si para eso trabajaba.

Cómo le gustaba Pamela. Su clienta número uno. Apenas abría el restaurante, ella pasaba a tomarse un café. Y a veces un desayuno completo. ¿Cuándo me va a invitar, Ángel, angelito? A veces no traigo dinero y me muero de hambre. Él hacía de cuenta que no había oído nada. Sentía la erección implacable. Se acercaba cautelosamente. Y ponía la charola del pan. Sírvase lo que quiera. El pan es cortesía de la casa. ¿Nada más el pan? Pues sí. Nada más el pan. Todo está cada vez más caro. No lo tome a mal. Si estuviera en mi mano, le invitaba el desayuno completo. Pero tengo que hacer cuentas. ¿A su papi? Sí, a él. Diario. Y delante de mi mamá. Para que no se vaya detalle. Yo conocí a su papá. ¿En serio? Totalmente en serio. Era muy espléndido. Claro, yo era una niña. Pero estoy segura que me hubiera invitado el desayuno completito. Claro, a cambio de un favor. No me malinterprete. De un poco de conversación. Al papá de usted le encantaba platicar.

La erección lo iba a matar. Si ella se daba cuenta sería el acabose. Dijo con permiso y se retiró. Corrió a encerrarse a la bodega. Él mismo había hecho un orificio diminuto que daba al baño de las mujeres. Rogó a Dios que Pamela se parara a orinar. ¿Traería calzones? Y si traía, ¿serían negros?, ¿rojos?, ¿violetas? Se sacó la verga. Qué parada la tenía. Lista para masturbarse. Para tejerse una chaqueta. Como decía de niño. Esa mujer era para él. Pero tenía compromisos que cumplir antes que pensar en una mujer que encima nadie le garantizaba que fuera dulce, cariñosa, tierna. Cualidades que él apreciaba por encima de cualquier otra cosa. Esperó en vano. Pero se masturbó con un deleite indescriptible.

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