Archive for 29 septiembre 2014

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (8)

1) Leonardo Coral me hace llegar su concierto para violín. Con Hugo Ticciati al violín, el concierto se estrenó este 19 de septiembre con la Orquesta Sinfónica de Guanajuato bajo la dirección de Francisco Orozco. Lo escucho sobrecogido. Es un concierto regido por el alma. Saturado de dificultades técnicas, la piel de quien lo oye se va erizando conforme el concierto avanza. Aunque de dimensiones breves, sin embargo siembra en el público la semilla violinística. Quién no lo sabe, los conciertos para violín no han sido pasto de la inspiración en México. Desde luego andan por ahí el del maestro Manuel M. Ponce, el de Carlos Chávez, el de Manuel Enríquez. Seguramente más, que ahora mismo no recuerdo. Pues bien, éste de Leonardo Coral tiene cartas en el asunto. Es una obra poseedora de fuerza, de vigor, de ímpetu creador. Dueño de un lenguaje novedoso —sin caer en la cada vez más sobada experimentación, por fortuna—, tiene un espíritu trepidante, que se abre paso por encima de los escollos que hacen doblemente difícil su ejecución. Pianista además de compositor, sin embargo Leonardo Coral se mueve con destreza en el arte de la composición violinística. Ningún maestro del violín lo asesoró en la conformación de la escritura musical de esta obra. Lo cual habría sido perfectamente normal —¿o acaso Joachim no asesoró a su querido Brahms cuando el autor de Un Réquiem Alemán llevó a cabo la manufactura de su maravilloso concierto? En fin los ejemplos sobran.

LEONARDO CORAL FOTO

Leonardo Coral

2) Apenas ayer domingo voy al concierto que toca el pianista Rodolfo Ritter en el Auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes. El programa es una prueba de fuego para cualquier pianista que se jacte de serlo. Un millón de veces más complicado que el que no hace mucho tocó el pianista chino Lang Lang en Bellas Artes —al cual desde luego no fui. Odio la música como espectáculo. El programa de Ritter fue el siguiente: El primer libro del Clave bien temperado de Johann Sebastian Bach. Siete preludios y fugas que pusieron en entredicho la técnica pianística y el alma de Ritter. Aún no terminaba las fugas y preludios —digamos que apenas iba en la de Do sostenido Mayor, que es la tercera—, cuando ya el público se había percatado de que Rodolfo Ritter es un pianista con maestría. Y de un temperamento bárbaro. Es decir, tiene exactamente lo que la música exige de un intérprete: dominio técnico y corazón. Algo que en las nuevas corrientes del estudio del piano se está olvidando. La técnica ha aplastado el alma del artista. La técnica se come la música. Pero Rodolfo Ritter sabe mediar las cosas. Está al servicio de la música. Enseguida vino una obra monumental para el piano de Franz Liszt: su Fantasía y fuga sobre el nombre de Bach. Cuando Ritter la tocó, el teclado parecía volar en mil fragmentos. Fue un verdadero tour de force. Como hacía tiempo no se oía en los pianistas mexicanos que suelen presentarse en público. Es tal el espíritu de Ritter, que su Liszt sonó fácil. Espero explicarme: toca con tanta naturalidad que la inmensa y complejísima obra en cuestión, bajo sus manos sonó más melódica que espinosa. Luego vino la Sonata Nº 2 en La Mayor Op. 2 de Beethoven. Como era de esperarse, esta obra fue decisiva en el concierto. Porque las obras pianísticas de Beethoven ponen a prueba no la capacidad de un pianista, sino de un hombre. Beethoven no exigía la música en la interpretación de sus obras, sino la humanidad completa. Y aquí sí, Rodolfo Ritter tocó lo sublime. Extrajo de su instrumento vida a raudales. Antes de concluir con la Barcarola en Fa sostenido Mayor Op. 60 de Chopin, el maestro Ritter tocó los Seis Preludios Op. 15 de Ricardo Castro. De verdad que es para celebrarse. Qué delicadeza, qué obras tan profundas y hermosas. Magnífico que el señor Rodolfo Ritter esté dando a conocer al público mexicano la música de sus coetáneos —pues también tiene a Ponce y Curiel entre sus compositores que da a conocer a la menor oportunidad. En fin. Un concierto para festejar bajo el manto sagrado de un buen tequila.

rodolfo ritter

Rodolfo Ritter

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Texto del jueves

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Capítulo I. ¡Ay, Bacantes!

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (7)

1) Me encantan las series televisivas. Lo paradójico es que lo mismo hay buenas que basura. Veo un capítulo que protagoniza Tom Selleck. Basada en una novela de Robert Parker. La serie se intitula como el héroe: Jesse Stone. Un policía decadente de un pueblo que lleva el nombre de Paraíso. Me cae bien la figura del policía porque es alcohólico y un fracasado en sus relaciones con las mujeres. Pero este capítulo que vi es sensacional. Va manejando su patrulla —con su perro de copiloto, el único ser del planeta que lo comprende— cuando una anciana cruza la calle. Le cede el paso. De pronto la vieja se aproxima y lo invita a que ya no beba tanto. Lo sabe porque todo el pueblo lo sabe. Ya no es un secreto para nadie. Él inventa cualquier pretexto. Entonces la octogenaria le dice: “Brahms. Cuando me ha ido mal, me siento en mi sillón favorito y escucho Brahms. Me quita los dolores del alma. Me hace sentir tan bien”. Después vemos a Jesse Stone llegar a su casa. Abre su botella habitual de whisky, se sirve un buen trago, desenvuelve un disco long play —a todas luces se ve que lo acaba de comprar— y pone los Intermezzi de Johannes Brahms tocados por algún pianista de fábula. Su espíritu se regodea en el whisky y en Brahms. El nuestro también. Curiosamente, esta música rubrica el resto del episodio.

2) ¿Qué tienen las ancianas, que prodigan así su sabiduría? Por supuesto que no lo sé. Pero cuento algo. Hoy —jueves 18 de septiembre— termino de leer por segunda vez La decisión de Sophie, sin duda la novela norteamericana más importante del siglo XX. Es luminosa, espléndida. Posee fragmentos muy a la Dostoievsky. En el último tramo, el hombre abandonado corre de una ciudad a otra en busca de su amada Sophie. Toma el primer tren. Y lleva en su rostro tal desolación que su compañera de asiento —la anciana venerable— le dice: “Hijito. Sólo hay un libro bueno”. La Biblia. Y leen los salmos. Al hombre se le llenan los ojos de lágrimas. Y el manto de la paz lo cubre. Gracias a la intervención d la anciana.

3) Hace muchos años. Como 40, o un poco más —seguramente un poco más— existía una revista de nombre Humboldt. Era de origen alemán. Aparecía en alemán y español. Comprendía artículos sobre ciencia y arte. Yo iba cada mes por mi número. En la calle de Tehuantepec. La dependienta de esa oficina —¿del Instituto Goethe, del Colegio Alemán, de la Embajada de Alemania?— era una viejitita adorable. En alguna ocasión me suplicó que la esperara, que estaba por salir. Así lo hice. Ignorante de qué se le ofrecía. Cuando por fin lo hizo, cuando traspasó la puerta de aquel edificio, fui hasta ella y me puse a sus órdenes. Venga, me dijo, quiero que conozca mi casa. La acompañé. Llegamos hasta una casa ubicada en alguna calle vecina. Platicaba, y sus palabras arrastraban el claro acento de una lengua extranjera. Me invitó a entrar. Lo hice. No había nadie. Pasamos a su sala. Siéntese. No tardo. Regresó con un par de jugos de naranja en una charola. ¿Por qué no oímos Brahms?, preguntó. Sus pupilas irradiaban un brillo fascinante. Recuerdo que puso los Intermezzi. Allí estaba una vez más esa gran música, para arropar mi corazón. Y la sorpresa fue doble, porque yo no le había comentado que Brahms era mi compositor favorito.

4) Hasta el final de su vida, mi madre —que murió a los 91 años— solía recomendarme que no dejara el camino de la belleza. Que escuchara el llamado de Brahms.

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18 motivos de reflexión

1) Todo va bien, hasta que conoces a una mujer. Y máxime si eres tan cándido como para enamorarte de ella. Entonces las cosas adquieren su verdadera dimensión. Pobre del individuo —yo el primero— que vive atenido a la inspiración de una mujer. No podrá ni levantar una barda. Ni cambiar una llanta.
2) Así como a la mujer no le hace falta la cultura, al hombre le estorba el amor propio. Porque el amor propio obstruye. Hay

hombres que lo ponen en primer término. Pero el amor propio sólo causa perjuicios. Al hombre lo obliga a competir. A meterse en problemas. A no dejarse pisotear. A defender sus esmirriados derechos. Cuando lo que debería hacer es mantener la boca cerrada.

3) No hay nada más lindo que el encuentro de dos almas desvalidas. Porque se ignorarán entre sí, y cada una pasará de largo ante la otra. Y seguirá su camino. Que con toda seguridad conduce al infortunio. Es decir, seguirán siendo dos almas desvalidas. Por los siglos de los siglos.

4) Soy creativo a pesar mío. Por mí me dedicaría a repartir refrescos.

5) Algunos hombres van con una charola a todo lo alto —reciben el gracioso epíteto de meseros; otros, con un libro bajo el brazo. Reciben el apelativo de cultos. Me quedo con los primeros.

6) Cuando se escupe en la soledad, se hace un hoyo sin fondo. Ahí es donde yo orino.

7) No hay nada más lindo que el encuentro de dos almas desvalidas. Siempre y cuando una de ellas no sea la tuya. Porque no perteneces al gremio de los desvalidos, sino de los desalmados.

8) El arte de orinar ha pasado a la historia. Antes era de lo más sencillo. Para eso están los árboles, los postes, las llantas de los automóviles y los muros de los edificios. Bastaba con acercarse —no demasiado, para no salpicar los zapatos, sobre todo cuando eran de gamuza—, prepararse, apuntar y fuego. Cuando las ganas eran imposible de aguantar —que casi siempre era el caso—, sobrevenía un descanso que bien recordaba el alivio divino. Pero ahora hay cámaras en todos lados. Y orinar en la vía pública se ha convertido en un delito. Qué envidia provocan los perros. Dueños de una libertad absoluta. A su lado, los hombres somos quienes tenemos el bozal puesto —pienso en la monogamia; pero eso ya es harina de otro costal.

9) Cuando corrijo un texto de mi autoría, me corrijo a mí mismo. Los autores insuflados de soberbia, reservan esa autocorrección para el confesionario. Y ni así.

10) Tengo que conocer todas las emociones humanas; me falta matar a alguien —aunque por ahí hay varios candidatos—, y matarme a mí mismo. Cosa que está en proceso; ¿o no se vive para irse matando paulatinamente? De ahí la expresión: con esa vida que llevas ya deberías estar muerto.

11) Para quedarse dormido, no hay nada mejor que una charla conmigo. O escuchar una sinfonía de Mahler. O leer una novela de Thomas Mann.

12) Entre hombres no nos hacemos esperar; podemos matarnos, pero eso se considera una minucia. No una falta de educación.

13) Tengo cara de pocos amigos. Y corazón de perro rabioso. Como todo hombre que se respete.

14) Estoy liquidado. Hoy es el día más feliz de mi vida.

15) Dale gracias al cielo de que te topes con una mujer que te humille. Te lo mereces y quedarás libre de culpa.

16) El peor error que un hombre puede llevar a cabo es darle entrada a la conversación con una mujer. No habrá modo de detenerla. Sobre todo si la charla gira alrededor de un chisme.

17) Hay un remedio inequívoco contra la soledad: una cerveza helada, tequila Siete Leguas blanco y el Adagio para cuerdas de Samuel Barber. Juntos. De pronto la soledad adquiere su mueca más ridícula. Se ríe del protagonista. A quien le queda una pregunta para no sentirse peor: ¿y quién no está solo? Brahms lo estuvo. Dostoievski lo estuvo. Beethoven y Jesucristo también. Así que la soledad tiene su lado bueno: soportarse a sí mismo. Tarea nada fácil cuando se vive en el corazón mismo de la pedantería.

18) Cuando un hombre cruza el umbral de su casa, más le valdría no regresar.

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (6)

1) Sea. Con una mujer de por medio. O con un mezcal de por medio. Lo demás da igual.

2) He bebido tanto. Solo y acompañado. Con amigos y con enemigos. Con hombres y con mujeres. Con música y sin música. Diablos. ¿Dónde estás?

3) He exclamado este grito a todos los cielos. Y no he obtenido respuesta. Porque carezco de autoridad, como anoche. Que fui a la Flor de Valencia. Todo mundo me atendió con tanta amabilidad. Con tanto cariño. Di gracias al mundo.

4) El amor me ha provocado terribles colisiones.

5) Estoy enamorado de una mujer. Que no se esconde. Pero que se oculta.

6) Todas las mañanas escucho un cuarteto de cuerdas de Beethoven, a quien sólo los jefes aspiran. Uno de los Rasumovsky. Que hablando de los cuartetos intermedios de Beethoven me da igual de cuál se trate. Todos son intensos. Dramáticos.

7) Cada vez quiero sentir más a Beethoven. Estoy preparando mi arsenal para escribir un libro acerca de él. Ya tengo el título: Pensemos en Beethoven.

8) Se acerca el domingo 28 de septiembre. El pianista Rodolfo Ritter dará un concierto en el Auditorio Blas Galindo a la 1 y media. Por cierto ha estado muy activo últimamente. En días recientes presentó su disco del maestro Ponce. Con la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí y bajo la dirección de Zaeth Ritter grabó los dos conciertos de piano de Ponce —aunque el segundo está incompleto, se advierte el poderío musical del compositor. Y no hace poco Rodolfo Ritter tocó en San Luis Potosí el concierto para piano de Gonzalo Curiel. Este joven y talentoso pianista se ha empeñado en tocar música mexicana escasamente difundida. Pero no sólo eso. Ahora mismo estoy escuchando su cd que lleva por título Primero piano. Se trata de un disco que en sí mismo lleva la impronta de la belleza. Contiene obras de Bach en Bach en transcripción de Busoni, de Rachmaninov, de Marcello-Bach, de Brahms [me pongo de rodillas], de Buxtehude-Prokofiev, y de Bartok. Hay que acotar lo siguiente: Rodolfo Ritter es un pianista de sólida formación, dueño de una musicalidad estremecedora. Disciplinado e inteligente, se esmera en dar lo mejor de sí cada vez que se presenta en público. Poseedor de una voluntad indomeñable, arma sus planes de estudio y de trabajo acompañado de su esposa Lhu Cortés. Apenas treinteañero —o menos—, Ritter posee un carisma que, además de su arte pianístico, contribuye a abrirle las puertas. En fin. Habrá que estar en el Blas Galindo el 28 de septiembre.

9) Y hablando del Auditorio Blas Galindo, estuve ahí el pasado 8 de septiembre. Había expectativa por escuchar la Orquesta Filarmónica de Londres bajo la batuta de su director, el pianista Vladimir Ashkenazy. El programa consistió en La Ascensión de la Alondra para violín y orquesta de Ralph Vaughan Williams, el Concierto Emperador en Mi bemol mayor para piano y orquesta de Beethoven y la Primera Sinfonía de Brahms. Los solistas fueron Esther Yoo al violín y Nelson Freire al piano. Y la verdad no estuvo a la altura. Me refiero a los solistas. La orquesta se llevó la noche. Para empezar, la obra de Vaughan Williams no dura ni 15 minutos, como si fuera un Adagio. Es una pieza hermosa, pero que da la sensación de que apenas es una probada. Ni siquiera la violinista pone a prueba sus dotes musicales. En cuanto al pianista, dista mucho de ser un concertista de altos vuelos. Su arte es modesto. Sobre todo se vio en unas cuantas notas: en ese pasaje que enlaza el Adagio y el Rondo. Es como una trampa para cualquier pianista. Parece simple, y exige vaciar toda el alma. Unas notas muy beethovenianas. En fin. El público aplaude como loco, como si hubiera sido el mejor concierto del mundo. Pero es que el público se ha vuelto muy complaciente. Todo es maravilloso, increíble, bravo-bravo. Tal vez por eso la timbalista de la Orquesta del Palacio de Minería es tan espectacular, tan poco seria, tan vulgar. Se mueve como si estuviera parada en un hormiguero. Distrae y mueve a risa. ¿No habrá nadie que se lo diga?

rodolfo ritter

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Carta

Carta de Goethe a Beethoven

Señor Beethoven:

Reconozco el genio en usted. Su obra siempre ha sido una referencia. Me opongo a los exabruptos de los que usted tanto se jacta. Soy enemigo de la deplorable pasión. De la exacerbación del alma. Pero reconozco que en usted actúa como un prodigio. Porque es inherente en su persona. Antes que otra cosa. Luchar contra nuestra naturaleza es una batalla perdida de antemano. Ese ímpetu es la mecha que enciende la granada, y, paradójicamente, la pólvora que estalla el cañón en nuestras manos.

Señor Beethoven: Si le escribo estas líneas no es por decisión propia, sino por intervención de una princesa que lo admira y de quien yo me sé en deuda. No digo su nombre por razones obvias.

Pero sí voy a invocar el de Bettina Brentano. Gracias a ella, usted me humilló. Aquella vez en Baden Baden, cuando nos topamos ante el cortejo real. Yo me descubrí y me hice a un lado; usted se ciñó el sombrero y se dirigió hacia el centro de la comitiva, obligando a aquellas personas de la familia real a cederle el paso. ¿Lo tiene presente? Enseguida me soltó una diatriba. Como si fuera un pupilo en edad escolar. Y estuviera para escucharle.

La bellísima y suspicaz Bettina fue la responsable de tan ignominioso acto porque se empeñó en que usted y yo nos encontráramos y cruzáramos palabras. ¡Qué palabras!

Prefiero pasar por alto los detalles del demérito.

Vuelvo a su música. Cuando el joven Mendelssohn tocó para mí la reducción de su Quinta Sinfonía, sembró en mí el desconcierto. Me sentí apabullado. No lo resistí. Sentí que se estaba cayendo la casa. No pude continuar más ahí. Me levanté y dirigí mis pasos a la sala principal. Pero ahí tampoco podía permanecer. Su música penetraba mis oídos y me trastornaba. ¿Para eso sirve la música?, ¿en lugar de provocar tranquilidad y sosiego? Le había pedido a Mendelssohn tócame a Beethoven. Quiero escucharlo. Quiero abrevar de su genio. Pero nunca me imaginé. Fui entonces a mi alcoba matrimonial. Sólo al lado de Cristiana, mi esposa, podía encontrar la paz. La ansiada quietud. Pero el piano vibraba tan escandalosamente, que no lograba quitarme de la cabeza aquella reverberación. ¡Beethoven! ¡Beethoven! ¡Beethoven! Y Mendelssohn —a quien respeto por encima de cualquier contemporáneo— que no dejaba de tocarlo con esa desfachatez que caracteriza a la juventud. Aunque con maestría.

Muchas cosas han pasado desde aquella lamentable ocasión. Más tarde me enteraría que usted le ha puesto música a varios poemas míos. No la he escuchado aún. Pero ya le comentaré. Cosa que no tuve oportunidad de hacer con Schubert. Jamás obtuvo un juicio de mi boca. Pero usted no tiene la paciencia de él. Ni la subordinación.

El tiempo ha transcurrido. La música de Ludwig van Beethoven corre como reguero de pólvora —no de agua cristalina, con perdón suyo—.

Todo el mundo quiere tocarla. Todo el mundo quiere silbarla. Desgajarla. Y como una maldición vuelvo a escuchar su Quinta Sinfonía. Una y otra vez. Una y otra vez. En las tabernas. En las plazas. En los jardines. Es una lástima que usted no sea testigo de este homenaje del vulgo. Algo que a mí nunca me ha interesado. Desconfío y sospecho de las reacciones del pueblo. Siempre hay algo de trampa. Pero en cambio sé que a usted le subyuga. Tengo entendido que inequívocamente su alma se mostraba propensa a la popularidad. A satisfacer a los enanos de espíritu.

Cada quien lo suyo, señor Beethoven. Cada quien hizo lo suyo. Lo que le correspondía hacer.

Que Dios lo guarde.

Johann Wolfgang Von Goethe

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (5)

1) En todos los talleres de creación literaria que he coordinado, he imbuido a los alumnos a que escuchen música clásica —o de concierto, o buena música, o como quieran llamarla. Por varias razones. En primer término, porque es bella. Es hermosa como los ojos de una mujer atravesada por la melancolía. Porque a través del encabalgamiento de los sonidos el alma de un hombre genera emociones. Situaciones anímicas que crecen y se enriquecen en el corazón mismo. Pero también porque a través del desarrollo de la espiral de la música es posible advertir el modo cómo el ser humano ha enfrentado su realidad. O mejor que enfrentado, dominado.

2) La música dota al hombre que escribe de numerosos recursos narrativos. Por ejemplo, basta con desmenuzar la música de Beethoven. Pensemos en sus obras sinfónicas. Detengámonos en su tercera sinfonía, la Heroica. El modo como empieza es un surtidor de emociones. Y a partir de ahí las frases se disputan el poder. Cuentan algo. Arman una historia poliédrica en la mentalidad del que escucha. Así se debe escribir. Que el lector se sumerja en el conflicto desde el arranque mismo. Justo ahí radica el atractivo del arte en general, y de la música y la narrativa en particular: en que debe provocar conflicto. Porque donde hay conflicto hay vida. Beethoven lo sabía. Beethoven nos lo ha enseñado. Prácticamente desde sus primeras obras, hay conflicto. Incluso podríamos hablar de un conflicto en otro. O de una jerarquía de conflictos.

3) La Heroica es una sinfonía que contiene toda una escalada de conflictos. Lo cual la torna doblemente, triplemente más poderosa. Los contrastes van creciendo en nuestros oídos. Y de pronto ya nos encontramos tarareándola. O silbándola. O si tenemos un tímpano más o menos permisivo y necio, capaz de reproducir melodías aun elementales, acaso nos sentemos al piano y reproduzcamos aquellas notas que han levantado a la humanidad.

4) Cuando menos vienen a mi mente dos escritores —tres, cuatro, cinco— capaces de arrebatarle a Beethoven las ideas y componer con ese aplomo: Chejov, Dostoievski, William Styron, John Fante y Jack London. Es como si tuvieran las manos colmadas de vida, y las vaciaran al momento de escribir.

5) Más sobre Beethoven. No nos suelta. Cuando lo escuchamos nos mantiene en el límite de las emociones. Bajo su música, un hombre es capaz de declarar su amor. De escribir aquellas palabras que quería expresar, y que no las había hallado en ningún extremo de este páramo llamado existencia humana. Y si es odio lo que quiere decir, entonces la música de Beethoven lo hará desistir. Con esa música tan vigorosa el odio desaparecerá. Pues el alma de ese hombre rebosará de ideas constructivas. Cuántos hombres permiten que el odio los muerda porque tienen el alma vacía. Como un bote de basura que se ha vertido.

6) La música es suficiente porque está en armonía. Aun los sonidos que se empalman, se distinguen entre sí. Y el sonido simultáneo crea nuevos sonidos. Que en última instancia es una nueva idea. Si admitimos que a cada sonido corresponde una idea.

7) Yo escucho música desde antes de nacer. Por eso escuchar la música me regresa a la placenta de mi madre. Mis padres hacían música de cámara cuando yo estaba en el vientre mi madre. Él al violín, y ella al piano. Así le hacían. Beethoven, Brahms, Mozart, desfilaron en mis oídos con más fuerza que mis propios berridos. Pocas combinaciones —mezclas— tan dulces y dramáticas como la del violín y el piano. Yo necesito la música porque la música le da armonía, orden, estructura a lo caótico. Me da estructura a mí. Impide que me suicide. Aunque beba —yo, fíjense quien lo dice—, la música impregna mi corazón de humildad, de esperanza. Nunca la literatura me dará eso.

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