Archive for 27 noviembre 2014

Texto de los jueves

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Liszt (1811-1886)

Si bien la aportación de Chopin es fundamental para el ulterior desarrollo del piano, el tributo de Liszt es absoluto; aunque discurre por otro derrotero: acaso más teatral, seguramente más deslumbrante. En efecto, eso es Franz Liszt: una estrella en eclosión continua.
Pero a Liszt hay que comprenderlo en su momento, pues sólo de este modo entenderemos su grandeza, con sus luces y sombras.
Nadie como él, ningún otro pianista será capaz de suscitar tanta admiración. No podía mencionarse el nombre de Liszt si no iba acompañado de una suerte de arrobo, o, más aún, de asombro desmedido, o de éxtasis místico. En música su nombre causaba la misma expectación que el nombre de Napoleón en los círculos castrenses y políticos. Donde se presentaba, la gente acudía a raudales; las familias acomodadas se disputaban su presencia. Y pagaban en oro molido la menor dedicatoria suya. Que también se prestaba a lo que fuera, con tal de demostrar su poderío pianístico. Pocas cosas lo complacían tanto como desmayarse ante su auditorio, o beber a la vista de todos entre un movimiento y otro de la obra que estaba tocando.
La vida que tuvo desde pequeño se encargó de ir tejiendo la leyenda. Cuando ofreció su primer concierto en Viena, su padre lo llevó a conocer a Beethoven; el gran compositor se había resistido a recibirlo, pero al fin accedió. Le pidió entonces que tocara algunas piezas; al terminar, Beethoven no dijo nada y se limitó a señalarles la puerta. Pues bien, al día siguiente, cuando Liszt se disponía a poner las manos en el teclado y tocar, todo mundo se percató de que Beethoven se encontraba en la sala; lo cual era absolutamente inaudito, que el gran genio asistiera a un concierto se consideraba poco menos que imposible. En fin, cuando el recital concluyó, el gentío aplaudió de pie al niño Liszt; excepto Beethoven, quien se dirigió al escenario, cargó al niño y besó aquella frente que irradiaba pureza. Las consecuencias de esta anécdota fueron de prodigio y maravilla. Las puertas se le abrieron por completo. Beethoven le había dado el visto bueno, y eso equivalía a que le hubiera bajado una estrella y puesto en las manos del pequeño virtuoso.
A partir de entonces la carrera de Liszt no se detendría. Para él no existían secretos pianísticos. Aquel instrumento, su majestad el piano, parecía más una extensión de él mismo que un objeto ajeno a su persona. A nadie le habría parecido absurda la idea de que Liszt hubiese nacido sentado a un piano. Época de grandes pianistas —Chopin, Mendelssohn, Thalberg, Moscheles y Klara Schumann, para no ir más lejos—, sin embargo nadie le hizo sombra. Incluso se sometió a un duelo célebre, en el que tuvo por rival a Thalberg —qué gran pianista tenía que haber sido este hombre para haber sostenido ese desafío—, y del cual resultó vencedor.
Desde su más temprana infancia, Liszt le dio vuelo a su vocación cuando se propuso ser el más grande pianista de todos los tiempos. Y la naturaleza parecía empeñada en ponerle todo en charola de plata, pues a su talento se unió su belleza física, que con idéntico furor causaba el mismo revuelo. Considerado por propios y extraños un Adonis, Liszt capitalizó todas estas dotes sobrenaturales en su favor; al punto de que se le escuchaba por una cosa o por la otra. Y la taquilla se agotaba en cada presentación. Además de hinchar sus cuentas financieras; se dice que llegó a cobrar por nota. Pero en la misma proporción, apoyaba de su propia pecunia a prospectos de talento, o bien pagaba ediciones y conciertos para difundir la música que consideraba valiosa y que injustamente era marginada. Muchísimos fueron los compositores beneficiados de su generosidad. Admiraba tanto la Sinfonía Fantástica de Berlioz, que él mismo realizó una transcripción para piano, la cual tocaba en sus conciertos para generar ganancias que iban a dar a los bolsillos de su autor.
En cuanto a su legado musical, dejó una obra vasta que lo mismo comprende el piano que la orquesta. Inventor del llamado poema sinfónico —el intitulado Mazeppa es pionero de la música programática, y provocó oleadas de imitadores—, así como del leitmotiv, una composición suya destaca por encima de todas las demás: su Sonata en Si menor para piano. Con esta obra, Liszt inauguró el formato cíclico en las sonatas. Es decir, la sonata da una vuelta y termina donde principia. En ese periplo, Liszt recorre las posibilidades pianísticas como si recorriese un río de sonido. Todo está ahí. Una de las grandes sonatas de todos los tiempos.

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Nuevos textos de los lunes

Impresiones vitales (15)

Un guerrero en el horizonte

Me pregunto cómo se avista un guerrero. Qué fuerza interior lleva a la mano a señalarlo y clamar miren, ése es un guerrero.
Cuando eso acontece, se tiene que pensar en un hombre presto al combate. Que se ha batido en armas. Que no huye. Que obedece las órdenes dictadas por su superior, llámese Dios. O como se quiera.

Pero es también un hombre investido de ideales. Quien se nombra guerrero con mayúscula. De ahí que un mediocre jamás podrá ser adjetivado como un guerrero. Nadie iba a creer en él. La gente pasaría de largo, y se burlaría de sus pretensiones.

La armadura de Beethoven no ofrece lugar a dudas. Consta de varias partes, lo cual lo hace indestructible:

1) Su relación con los editores. El golpe de Beethoven en el gusto de público y crítica fue instantáneo. La gente escuchaba aquella música, y no sabía cómo reaccionar más que con estupefacción. Pero con una admiración que rayaba en la devoción. Entonces los editores se acercaban al genio y le pedían música para su publicación. A lo cuando Beethoven cedía mediante la firma de un contrato y un adelanto de por medio. Siempre puso sus condiciones. Desde luego la codicia llamó a su puerta. Con la mayor parsimonia, dio la misma obra a diferentes editores.

2) Su relación con el magisterio. Desde su arranque mismo como pianista, Beethoven tuvo más imitadores que arrugas tiene el rostro de una anciana. Los jóvenes acudían en tropel hasta las casas de los maestros de piano. “¡Enséñeme a tocar como Beethoven!”, clamaban. Y, sumidos en el desconcierto, los maestros miraban a aquellos prospectos. Los métodos habidos para el aprendizaje del piano no estaban hechos para tocar la música que iba saliendo del teclado de Beethoven.

3) Su relación con la improvisación. Bastaba con admirar su mano derecha. Hubo quien lo aseguró. Allí está la maestría de este hombre. Bastaba con admirar su mano izquierda. Allí radica la genialidad de este hombre. Hubo quien lo precisó. Porque cuando improvisaba, el mundo en torno podía venirse abajo. De sus manos brotaban las ideas, las emociones. Espontáneamente. Sin corrección posible —él, que con el tiempo sería el demonio de la corrección. Era Beethoven fuera de control. A la sombra de Dios. Impelido por aquella figura. Si hay hombres que merecen nuestra envidia no son los que Cortés trajo a las tierras americanas, sino los que escucharon aquellas improvisaciones.

4) Su relación con el mecenazgo. De tú a tú. Por fin había venido al mundo alguien que reestableciera las relaciones con el poder. Puso las bases. Su genialidad causaba tal expectación —el rock star del momento— que los archiduques, príncipes, marqueses, nobles se le iban encima. Todos y cada uno querían una obra dedicada de Beethoven. Adelante, decía él. ¿Quieres este concierto, quieres esta sinfonía, quieres este cuarteto? Considéralo tuyo. Mediante un pago justo. Pero aquí hay que destacar otro punto. Las mujeres pertenecientes al ámbito del mecenazgo. Sobrinas, primas, hijas de príncipes, de duques, y de la nobleza en pleno provocaban en Beethoven una suerte de veneración. Se trataba de mujeres distinguidas y de altísima educación que veían en Beethoven a un dios de la libertad. Que aceptaban la lisonja, la dedicatoria de alguna obra maestra, pero que no intimaban con él. Que no se atrevían a ser desposadas por ese titán de la enjundia musical.

5) Su relación con el arte de la construcción. Antes que otra cosa, Beethoven fue un constructor. Todo lo que emanaba de sus manos, salía con la impronta de lo nuevo. Nuevas armonías. Nuevas dotaciones, que de la noche a la mañana volvían una antigüedad las dotaciones del pasado musical inmediato. Nuevos movimientos musicales (el scherzo beethoveniano es insólito en su poderío). Más posibilidades para los instrumentos. Renovación del piano. De su vigor y su dulzura.

6) Su relación con la soledad. Beethoven tuvo una compañera que jamás lo dejó: la bendita soledad. Arropado en las alas de la soledad, le dio forma a su obra y a su vida. Sólo en la interlocución de la soledad, encontró alivio a su tormenta interior.

Mientras el hombre sufra. Mientras la libertad no sea satisfecha. Mientras el hombre abreve de la belleza. Mientras exista la elevación espiritual, Beethoven permanecerá vigente.

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Texto de los jueves

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Algunos amigos muertos

1) Arturo Román. Hermano de hermanos. Tuvo todo para ser un desdichado, y no lo logró. Le sobraba lo que a otros les faltaba. Antes de los 22 años, que fue cuando murió, tenía más fe en su futuro desdichado que en sus zapatos florcheim. Era tan culto como buen conversador. Aun de joven, solía atraer las miradas femeninas. Se divertía leyendo los clásicos mexicanos. Entonces me decía, tienes que leer a Carlos Fuentes. Nadie me hace reír tanto como él. Es pedante y estúpido en la misma medida. Una semana antes de que lo mataran, me esperó en la puerta de donde yo vivía. Se quitó el saco y me mostró su camisa ensangrentada. “Me quisieron matar”, dijo. Pero aún no viene al mundo el que acabe conmigo. Murió violentamente. A golpes. En Córdoba, donde había ido a una fiesta de su abuelita. Aun escucho en mis oídos: “Ven, Eusebio, vamos a divertirnos”. Y no fui.

2) Ricardo Bonada. Fue el primero que tuvo coche. Un Rambler blanco. Se burlaba de todos con ironía y desparpajo. Para él, dichoso él, no había nadie que mereciera clemencia ni respeto. Era feliz masturbándose delante de nosotros. Con una sonrisa en la boca, nos mostraba los calzones que les arrebataba a las mujeres. Y nos los daba a oler. Luego de describirnos las tetas de aquella hembra. Y sus piernas. Y su culo. Era un presuntuoso empedernido. Se fue a trabajar a Monterrey —lo que significó su muerte prematura. En un Mustang último modelo me llevó hasta la parte más alta de la ciudad.

3) Enrique González Phillips. Violinista. Hijo de Enrique González Rojo. Con él, sólo era posible vivir a la orilla del abismo. Asomado en lo que sería tu futuro. Bebíamos bestialmente. Y hablábamos de Brahms. De Paganini. De Beethoven. Las mujeres lo admiraban. Lo idolatraban. Lo adoraban. Todas ellas mujeres bellas y cachondas. Apenas Enrique se daba la media vuelta, yo iba sobre ellas. Ya me las había dejado calientitas.

4) Luis Ignacio Helguera. Tan intenso como híper fresa. Pedérrimo, nos pasábamos horas hablando de Mozart y de Prokofiev. El alcohol era la red donde caímos para protegernos del golpe despiadado de la vida. Siempre le dio miedo vivir más allá de la cuenta. Le tenía pavor al centro de la ciudad de México. Pero evocar a su tío Guillermo Helguera, primer violonchelista de la Sinfónica Nacional, lo llenaba de satisfacción. Nos metíamos a cantinas arrabaleras del barrio de San Ángel a escuchar cuartetos de Beethoven, que poníamos en su grabadora. Era amigo de la mafia cultural. Salvador Elizondo y Octavio Paz, entre los suyos.

5) Jorge Salmón. Poeta y abogado. De Zacatecas. Organizaba presentaciones para que yo fuera a Zacatecas. Él pagaba todo: avión, hotel y viáticos. Y tragos. Que cargaba a su cartera. Nunca se dio por satisfecho. Aunque jamás acepté, me invitaba a quedarme en su casa. Vivía en la parte más alta de Zacatecas. Conocía cada rincón de su ciudad. Más de una vez, la recorrimos. Enfermo del corazón, solía describirme el paso entre la vida y la muerte. Le sobrevive su esposa Georgina, a quien nunca más he vuelto a ver.

6) Ricardo Lugo. Aunque siempre fue un chamaco, lo quise mucho. Intenté encaminarlo por la concordia y la armonía, pero se ganaba la animadversión. Se decían de él cosas atroces. Y no porque presumiera de sus enfermedades venéreas. Decía que tomaba mucho, pero no era cierto. Con un par de tragos se daba por vencido. Intentó escribir, pero no era más que la imitación de otras voces. Murió apuñalado en las calles de Doctor Atl. Dios lo tenga en su santa gloria.

7) Julio Derbez del Pino. Amigo y mecenas. Me encargaba proyectos editoriales con el único fin de que yo saliera de pobre. Porque vaya que si era un hombre generoso. Chiapaneco recalcitrante y lector de Sabines, solíamos platicar de mujeres y de literatura. Le leía cuentos, y él me leía fragmentos de la novela que estuviera confeccionando en ese momento. Padre amoroso, veía en sus hijos la fuente del conocimiento. Era una maravilla comer con él. Inequívocamente, pedía el mejor vino para mí.

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (14)

Violencia en la UNAM

1) La indignación y el miedo se han apropiado de la UNAM. Lo mismo los grupos de choque que los vándalos la tienen en la mira. Punto neurálgico de la crisis política en México, los enemigos acres del entendimiento, que es decir los partidarios de la violencia, ultrajan la UNAM para sembrar el terror. Precisamente este sábado por la mañana, dos gorilas balacearon a jóvenes universitarios que vigilaban el auditorio Che Guevara. No mataron a nadie pero sí hirieron a dos. Además de matar a tiros a la perra de uno de ellos. Querían huir en su automóvil, pero los estudiantes lo impidieron. Regresaron en la noche del mismo sábado por el auto, se lo llevaron y lo incendiaron en la avenida Insurgentes. Para quemar toda evidencia.

2) La violencia genera pánico. La voz del miedo se corre como reguero de pólvora en los lugares frecuentados por el hombre de la calle. Tal como se vivió en el 68. Que había un espanto generalizado. Nadie está a salvo. La vulnerable paz está a punto de destruirse en cualquier minuto. De pulverizarse como voluta de humo. ¿Dónde quedan las medidas del Estado para beneficiar a los más necesitados? Carecen de importancia ante la violencia. Los progenitores quieren que se haga justicia. Los funcionarios regurgitan discursos para fingir una autoinmolación que nadie cree. ¿De verdad les afecta ver al país caerse a pedazos? ¿De verdad les duele que México se desmorone día tras día como un rompecabezas que se fracturara hasta un grado siniestro?

3) Yo en lo personal odio las redes sociales. Tengo mi blog, pero carezco de twiter, de feis, y de cuanta mugre me pongan por delante. Pero ésa es una cosa y otra muy distinta no reconocer la importancia mediática. Cuidado con la venganza suscitada a través de las redes. Porque la reacción crece como un Paricutín incontrolable. Y con la misma celeridad se desparrama por el mundo. En el 68 no había Internet, y de la noche a la mañana se sabía en todo el planeta de la violencia militar perpetrada en México. Es de esperarse que lo mismo acontezca en este tiempo. Y aun de forma instantánea. ¿Le importará al gobierno el daño que esta violencia puede causarle a su cada vez más desgastada imagen?

4) Uno pensaría que la violencia es cuestión de moda. Que de pronto matar se pone de moda. Herir, golpear estudiantes. Como vestirse a la usanza de los chicos condechi. Que provocar terror no es grave sino cuestión de gracia.

5) ¿Hay la literatura del horror político? Seguramente. En este momento acaso se esté gestando una novela que le dé la vuelta a la literatura mexicana. Que denuncie. Que increpe. Que llame a las cosas por su nombre.

6) Quien tiene un hijo no puede considerarse a salvo. La violencia activa la rebeldía que cada hombre lleva dentro. Ejercer la protección es un derecho humano tan alto como el amor a la libertad. El hombre viejo protege a los suyos. Sabe que a eso vino al mundo. Es capaz de tomar un arma y salir a la calle con tal de luchar por los miembros de su sangre. Sabe que cada minuto su hijo, sus hijos están en peligro. Y no puede permanecer con los brazos cruzados. Morir de un balazo se dice fácil. No son más que cuatro palabras. Cargadas de maldad. De inequidad. De injusticia.

7) Se incendia una puerta. Se incendia una unidad de transporte público. Se incendia un automóvil. Quienes lo hacen saben exactamente la fascinación que provoca el fuego en la conciencia colectiva. Es un primer paso hacia el fascismo. Pero eso sí. Que la venta multitudinaria por el insoportable buen fin no se detenga. Que la gente compre más. Y más. Y más.

8) ¿No hace falta un líder que ponga los puntos sobre las íes?

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (13)

Vecindad de la violencia

1) Da miedo este país. ¿Hacia dónde vamos? Uno crece con la sangre patria en las arterias. Y de pronto la violencia se sale de control. Brota de las alcantarillas. Impunemente. La gente prefiere cerrar los ojos. Las mujeres temen por su prole. Los hombres, por su prole y por ellos mismos. Como están las cosas, cualquiera puede morir en cualquier momento.

2) Los grupos de choque son grupos de vándalos. Entrenados. Capacitados para sembrar el pánico. Para eso vinieron al mundo. La oferta de sicarios tiene que ver con el desempleo que priva. Nada más es cosa de poner contra la pared a un padre de familia. ¿Prefieres que tus hijos pasen hambre o incorporarte a un grupo criminal? Que ése nombre y no otro merece aquella cuadrilla adiestrada en el arte de matar. De causar terror.

3) Las puertas son símbolos. Símbolos de seguridad. Símbolos de paz. Por eso las puertas de Benvenuto Cellini son clave. Tras la puerta una familia se protege entre sí. Cuando Juan Rulfo estaba en su casa, él se encargaba de abrir si alguien llamaba. Lo sé porque él me lo dijo, y porque en Jalisco es vieja costumbre. Por algo los bárbaros lanzaron aquel bazukazo contra la puerta de la preparatoria en el 68. Por algo, los inclementes incendiaron una puerta del Palacio Nacional la noche de este sábado. Saben perfectamente el impacto que provocan. Incendiar una puerta del Palacio Nacional equivale a incendiar el alma. En este caso el alma de México. El incendio de la unidad del Metrobús fue cosa de niños si lo comparamos con el incendio de una puerta histórica.

4) ¿Quién puede detener la violencia? Si lo que hacen los señores presidentes es exacerbarla con el matamoscas de las fuerzas de choque. ¿Quién puede detener la violencia? Si lo que hace la prohibición oficial de las drogas es legitimar la ola de criminalidad. ¿Quién puede detener la violencia? Si las personas caminan en la calle rogando la protección divina.

5) Hubo una época en que matar era cosa grande. Pese a lo que diga el cine hollywoodense, nadie merecía morir. Las personas merecían vivir. La vida se cotizaba. Cada minuto de vida era una pepita de oro en el aire. Se mataba por las pasiones de que hablaba Sófocles. De que hablaba Dostoievski. Matar era un acto sagrado. Una pasión habría de empuñar el arma. Como la venganza. Como los celos. Como el odio. Se le inculcaba a los hijos el respeto a la vida. Lo demás venía por inercia.

6) Cuando alguien moría en el seno de una familia, todo mundo lo hablaba. ¿Qué habría hecho aquella persona para merecer la muerte? Se desanudaba un clima de miedo. Porque la muerte era cosa temible. Y terrible. Cuando se pronunciaban aquellas palabras de Dios me ampare, lo que en el fondo se estaba haciendo era invocar la protección a que cualquier hombre se sentía con derecho.

7) Hechos como el incendio de la puerta de Palacio Nacional revelan una situación de caos. De anarquía. La gente tiene derecho a manifestar su descontento. Pero no a costa de provocar pavor, alarma y sobresalto. Porque atrás de ese grupo siempre habrá quien se manifieste con mayor ira. Con furia desatada.

8) El día de mañana quedará en la historia de este país la solidaridad entre los familiares de los asesinados. Como huella de que México tiene salvación.

9) No todo es violencia. Esta tragedia —¿o cómo se le llama a la ejecución de 43 víctimas?— tiene su lado chocarrero: la cara de José Luis Abarca. Dueño de un rostro que ni Lovis Corinth habría podido columbrar, acaso sirva como modelo para los diseñadores de películas chuscas de animación.

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Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (12)

El arte de escuchar música

1) Cuando se escucha música se avista la paz interior.

2) Existe la música que causa una suerte de exacerbación de la sensibilidad. Como un herpes que recorriera de un extremo al otro la columna vertebral. Por ejemplo, la llamada música concreta. O, digamos, la música tropical. Cuando se la oye, las terminaciones nerviosas se excitan, y el cuerpo se dispone a expresarse en movimientos rítmicos y sincopados, podría decirse que de modo independiente de la voluntad de quien la escucha.

3) La música pone en contacto lo mejor de las personas que la escuchan en forma simultánea.

4) Cuando se escucha música, el sentimiento amoroso se manifiesta sin dilación. Por ejemplo, a través del baile la música se encarga de aproximar a aquellas dos personas que se gustan y se desean. Tensa su sistema nervioso, y los hace imaginarse uno en brazos del otro. Al ritmo de la música, el varón toma el talle de aquella mujer y la atrae hacia sí. De lo que sigue, no se puede culpar a la música.

5) ¿Cómo articular la música?, se pudo haber preguntado John Cage —nunca Johannes Brahms. ¿Cómo imbricar un silencio con el otro, una frase con la siguiente? La respuesta es inefable, y no corresponde a estas líneas. Pero acaso la música, sus redes, se articulen como la urdimbre que ante nuestros ojos teje en silencio aquel hombre concentrado en su trabajo. O como los caminos que urden las hormigas para retornar a casa. O quizá como los hilos de agua que se enmarañan en la ventana luego de una tarde lluviosa. O simplemente como dos almas desdichadas que busquen un poco de comprensión.

6) La música que bailan las mujeres alegres se las dicta el corazón. Es el vestido que se ponen para que el hombre las valore. Es el vestido que sólo se distingue de noche, y que aumenta su valor conforme la falda sube. Las mujeres alegres van por el mundo y de pronto las detiene aquella música. Es la que escuchaban en el regazo de su madre, cuando la vida parecía colgar al alcance de la mano. Es la música con la que arrullan a sus bebés, cuando el tufo de la noche las marea.

7) Sólo en la música hay niños prodigio. Como si ése fuera el precio por la belleza, porque desaparecen pronto. La música es el río de que hablaba Heráclito el Oscuro: nadie se baña dos veces en la misma sinfonía. También es pasión invicta, lenguaje de tigres, raciocinio en que priva el encantamiento. Pero dio todo en cinco siglos. No tiene antes ni tendrá después. Porque es adusta e imprevisible, ajena a la voluntad del hombre, su creador. En ese proceso misterioso que significa la creación, la música es lo primero, al lado de los insectos, las estrellas y los ojos. E irrepetible. No habrá otro Mozart, por la misma razón que no habrá otro Zeus.

8) Algo acontece en los escritores atravesados por la música, imposible de dilucidar. No se sabe si aman la música aun más que la literatura. Si son felices escuchando Schumann o desventurados. Pero cuando escriben acerca de la música la pasión los sobrepasa. Como cuando un niño habla de sus canicas. O un anciano de su juventud. Entonces las insulsas tramas se transforman en épicas de corte homérico, y los enredos coloquiales y cotidianos en nudos shakesperianos. Algo tiene la música que vuelve astutos a los irrelevantes, e inofensivos a los viejos lobos. Habrá que leer a Thomas Bernhard, Jakob Wassermann, Stendhal… William Clark Styron. Y a Romain Rolland. Y por supuesto a Alejo Carpentier —¿o dije Thomas Mann, o Stefan Zweig?

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