Archive for 24 julio 2015

Poema

SILVESTRE REVUELTAS EN DURANGO

I
Nunca he salido de México.
Ahora mismo
estoy en Durango de Guadalupe Victoria.
No conocía esta ciudad.
Camino por la calle
y en mi cabeza se imbrican
escenas de las diferentes ciudades
que he conocido,
y cuyo nombre no sabría precisar.
Entradas de cantinas.
Meseros que me ofrecen una copa.
Rostros de mujeres que se desdibujan
en la cama.
Taxistas cobrándome.
Mi cabeza es un marasmo.

II
Estoy tan ebrio
que veo a mi amada Mariana
dirigirse a mi mesa.
En este momento se encuentra en la ciudad de México.
Pero apenas se sienta a mi lado
le ordeno al mesero que traiga un tequila doble
para ella.
Blanco, por favor.
Pasaremos una noche feliz.
Es suficiente que soporte el calor
que despido.

III
Vine a Durango a hablar sobre Silvestre Revueltas.
Por sus 75 años de muerto
El más grande compositor mexicano
de todos los tiempos.
Armé una presentación alternando música y literatura:

+ Sensemayá
+ Poema
+ Esquinas
+ Cuento
+ Homenaje a García Lorca
+ Ensayo
+ Ocho por radio
+ Crónica
+ Redes
+ Carta apócrifa de Silvestre Revueltas a Beethoven

En fin. Textos de mi autoría.
Vergüenza me da decirlo.
Como el mantelito
en el que escribo
esta obra maestra.

IV
Me detengo en un restaurante
tan modesto como pintoresco
del centro de la ciudad de Durango.
Sobre la calle Constitución.
Dice el pizarrón:
Aquí se comen tacos de alacrán.
Entro.
Ordeno uno.
El mesero me pregunta si también
quiero
mezcal de alacrán.
Por supuesto, respondo.
Y en cosa de diez minutos
tengo delante de mí el taco.
Saltan a la vista tres alacranes
güeros.
Sé que son güeros
porque el color es notable
y porque a la entrada del local
hay una especie de pecera de alacranes.
Alrededor de 200 alacranes
van de un lado a otro.
Hay un pequeño tronco
y suben y bajan por él.
Más un letrero que dice:
“Peligro. No tocar”.
Enseguida me traen el mezcal.
El caballito con un trago.
Y un alacrán que enseguida saco
y me lo llevo a la boca.
Pido otro mezcal.
Y otro taco.
El taco a sesenta pesos.
El mezcal a 100.
Todo en orden.
Remojo el alacrán
en el mezcal.
Lo espolvoreo de sal y de chile piquín
y me lo trago.

Durango de Guadalupe Victoria
22 de julio de 2015

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Sobre la culpa

He conocido dos tipos que no han resistido sus errores, y que la culpa los ha dejado vueltos una jerga deshilachada y apestosa: Judas y yo mismo.

Judas no me preocupa. Yo mismo, sí.

Los sentimientos de culpa son terribles porque no sólo te carcomen paulatinamente sino porque exigen resarcir el error. Acometer el ajuste de cuentas inevitable.

Estamos en 2015, y cabe acotar que todo comenzó en 2010. Cuando era un cincuentón tardío, dispuesto a enfrentar la vida hasta sus últimas consecuencias. Por el solo hecho de estar vivo. Nada me sonreía. Todo venía envuelto en un estuche de papel explosivo. Y sin embargo, me sentía irremisiblemente atraído por la vida. Yo había venido a este mundo a equivocarme. Eso me queda claro. Siempre y cuando cada equivocación se viera inevitablemente compensada. Error-acierto. Acierto-error. Ajuste de cuentas. Ése era el punto. ¿Tengo que ser más específico para explicar este asunto?

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Veinte años de matrimonio se dice fácil pero no lo es tanto. No es fácil conciliar el sueño noche tras noche al lado de la misma persona. Pero esto es la rutina. Y cualquier animal se adapta a la rutina. Empezando por mí.

Lo verdaderamente doloroso es la separación espiritual. Al paso del tiempo, ambos cónyuges se desapegan hasta que se contemplan como dos intrusos que viven bajo el mismo techo.

La separación espiritual —a uno le gusta leer, al otro no; a uno le gusta el cine, al otro no; a uno le gusta Bach, al otro no— es ciertamente grave, más que la separación física, o financiera —que también cuenta. En cuanto a la física, los besos y las caricias pueden sustituirse. Tan fácil como suplirse con una buena dosis de masturbación.

No hay ser humano que no pueda cambiarse mediante un tanto de imaginación. Que principia en la complacencia, y termina en el erotismo, exacerbado o no. Cada quien. Esta parte es linda. Exige un descaro sutil.

La separación espiritual antecede al aburrimiento. Porque las afinidades colectivas permiten columbrar la vida en común. Y enriquecerse conforme pasa el tiempo. Cuando un hombre y una mujer comparten el gusto por —digamos— Chopin, por Chejov, o por —digamos— Diane Arbus, aquella pareja será más difícil de sustituir. Cambiar un amante por otro es tan fácil como cambiar un puesto de quesadillas por otro. Pero cambiar a Manuel José Othón por otro, exige cierta carroñería. Por eso los matrimonios sumidos en la ignorancia no se divorcian.

&

Los sentimientos de culpa provocan que los demonios afloren. Y parir demonios no es lo más recomendable. Los estímulos para que brote el sentimiento de culpa son incontables. Pensemos en un hombre que abandonó a sus hijos, le bastará ver a una familia paseando por el parque en una mañana soleada de domingo, para que el sentimiento de culpa estalle en su pecho y le pulverice la existencia. O si dejó sin auto a su familia, le bastará toparse con una familia disfrutando de un paseo en carretera para que su entereza se desplome.

¿Hacia dónde van estos sentimientos? Hacia el insomnio, la gastritis, el alcohol.

¿Qué podría sugerírsele a este individuo atravesado por la culpa?

Sólo una cosa: que sonría. Eso lo conducirá a compartir aquel sentimiento abyecto. La culpa es menos pesada si se carga entre dos. Porque ambos tienen responsabilidad en partes iguales. Lo admitan o no. Nada es más fácil que echarle toda la carga a uno solo. Quizás los únicos que se salvan son los hijos. Si es que son pequeños. Se pueden lavar las manos. Que la culpa sobrevendrá tarde o temprano. Quién no lo sabe.

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Los alegres

1) A todo le ven el lado bueno. Quién fuera como ellos, que aun delante de las más atroces tormentas encuentran sublime el sonido de la tempestad.

2) Los alegres andan con la cabeza muy en alto. Entre más despiadado sea el dolor que los acosa, más son portadores de ideas luminosas.

3) Cualquier pena que acongoja, los alegres saben cómo sortearla. No los amedrentan las malas noticias —por más malas que sean, saben que son pasajeras.

4) Los alegres establecen jerarquías de los pensamientos humanos. Si aquella triste música —de nobleza mozartiana— los deja atolondrados, lo atribuyen a la confusión sonora y no a que sea propensa a la desolación. Yo sigo mi camino —dicen, cuando acaban de escuchar el adagio del concierto de clarinete—, y no vuelven más la cabeza a la fuente del sonido.

5) ¿Cómo podríamos ser de otro modo —arguyen—, cuando el allegro forma parte de las más grandes obras de la música?

6) Los alegres gimen en lugar de protestar. Nada más para provocar risa; pues hay quien ve en el gemido la lucha de un hombre por complacer a una mujer.

7) Jamás se exceden en nada. Pues tal exceso los conduciría a la introspección, y ésta a la solemnidad, y ésta a la renuncia de su condición humana.

8) El menor chiste, broma u ocurrencia los lleva a reírse cien veces más del motivo que lo provocó.

9) Los alegres se miran entre sí cuando avistan una mujer de trasero hermoso. Esperan que la risotada brote del más triste.

10) Los alegres son enemigos de la comedia. Les aburren los imitadores.

11) Cuando la noche sobreviene, los alegres andan de puntillas. No quieren despertar al que sueña pesadillas.

12) De entrada, los alegres no toman café negro —para no entristecerse; menos habrían votado por Obama.

13) Cuando Dios separó los estratos de la vida, puso a los alegres en la punta de la pirámide. Pero pronto se dio cuenta de su error. Con tanta risa y carcajadas inocultables, nadie podía tomar en serio las Sagradas Escrituras.

14) Cuando de satisfacer el apetito de los leones se trataba, los romanos enviaban por delante a los alegres. Con la esperanza de que los leones los disfrutaran sin riesgo de contraer enfermedades gastrointestinales. Pues sabido es que la carne de animal corajudo genera trastornos de tipo diarreico.

15) La música más triste de Schubert pone al alegre de excelente humor. Es la música que andaba buscando tanto tiempo para acompañarlo en sus momentos de infortunio. A partir de ese momento tiene todo en las manos: desconsuelo y música colmada de nostalgia melancólica. Suficientes motivos para pasarse una noche de agasajo. Cuando menos inolvidable. Localiza entonces a su novia, que si en ese momento está con su amante, mejor todavía. Ya no le falta nada para sentirse colmado de dicha.

16) Los alegres aborrecen ir a un parque de diversión la mañana del domingo. Ver que todo mundo está contento les provoca inquina. Prefieren detenerse en las rejas de los jardines de niños. Y desde ahí mirar el embrión del dolor.

17) No suelen escuchar el Himno a la Alegría. Lo consideran un pleonasmo.

18) Los alegres visitan los templos cuando —cosa rara— están de pésimo humor. Contemplar las imágenes de la Pasión los mueve al llanto, y de ahí a la risa hay un solo paso.

19) Los alegres se abstienen de hacer bromas. Es suficiente con la broma que significa estar vivo.

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