Archive for 29 septiembre 2015

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Cuando tener sed era un privilegio

Soy de la época en la que tener sed
era un privilegio.
Cuando el hombre sentía el ritmo
de la vida en el palpitar de su corazón.
Que milenios más tarde
Beethoven lo convertiría en música.
Soy de la época en la que el hombre
sentía más que pensaba.
Cuando comía la carne cruda
y se llevaba a la boca los insectos
que embestía.
Cuando le hablaba de tú a las estrellas.

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Cuestión de Vida

Prefiero morir a que una mujer me salve la vida
y vivir para siempre a sus pies.
Porque vaya que si esa mujer heroína
se lo cobra caro.
De ahí en adelante, sin decir palabra
alguna
te echará en cara su salvamento.
Y aprovechará
para decirte que la tienes muy abandonada.
Que no la sacas más a la calle.
Que no le haces más el amor.
Que no la acompañas a las galerías.
Y todo por haberte salvado la vida.
Como si tu vida valiera tanto.
Tantos favores acumulados.
Y no es que precisamente te haya detenido
cuando estabas a punto de arrojarte al metro.
O haya vigilado que no te llevaras a la boca
alimento chatarra.
O acaso te haya hecho la lectura de la glucosa.
Pero está ahí. A la expectativa de salvarte la vida.
Cuando ni tú ni tu vida valen nada.

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historia de un retrato

yo soy éste.
lo único que me hace diferente
es que bebo los miados de las mujeres.
me acerco cuando están en la taza
orinando.
cuando oigo el chorro escurrir
meto la mano abajo de su panocha.
y la saco colmada de orina
como una cuchara enorme.
la bebo.
hasta la saciedad.
calmo mi sed.
sé que eso no se los hace ningún otro hombre.
la orina es deliciosa. caliente.

retrato de eusebio ruvalcaba
autor: enrique ramírez

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Cuento

Unas gotas de angustia

Para Perla Itzel, con gratitud

Llevo dos noches sin dormir. Me van a correr de la chamba de un momento a otro. Ya me lo advirtieron. Como no tengo dinero para apoyar al candidato, mi destino es la calle.

La calle de donde yo provengo.

¿Tendrán idea estos políticos de lo que significa ser callejero, como un perro? ¿Tendrán idea de lo que es para un hombre ganarse el pan, o, mejor que ganarse la vida, luchar por una ínfima ración? Claro que saben lo que significa vivir en un estado de jodidez. Quizás alguno de ellos lo sufrió. Pero más que eso, lo saben porque por ahí aprietan. Ante la sola amenaza de que van a mocharte la quincena, todo mundo acepta. Para conservar el trabajo. Yo no quise firmar la carta de aceptación. Al carajo. Prefiero que me corran, antes que sumarme a la corrupción. Si fuera mi candidato, el partido por el cual voté, me aventaba el tiro. Y quizás ni así. Porque me sentiría extorsionado. Qué fácil para ellos.

MI familia cabe en un buró: tres niños, mi esposa y yo. No tenemos gastos excesivos. De ninguna manera. Porque sé guardar. Mi abuelo me enseñó a vivir con lo mínimo. Porque gracias al cielo así vivía él. Es lo único que te puedo enseñar. Me decía en la comida. Comíamos en la cocina. Siempre vivió con nosotros. La misma casa donde ahora yo vivo. Pero él ya no vive. Mi madre sí. Y cosa rara, se lleva bien con mi mujer. Quizás porque no se hablan. Y lo digo muy en serio.

En estos tiempos ahorrar ya no es una enseñanza, es una obligación.

Con dificultades sobreviviré un mes. Sobreviviremos, quiero decir. Aunque estemos tan apretados, no soy de los que admiten que su mujer trabaje. ¿Qué podría hacer para remontar esta situación?

Veamos.

Podría matar al candidato este. Pero eso no me iba a generar plata para la manutención de mi familia. Tal vez no, pero quedaríamos a mano. Quizás no sea culpable. Quizás atrás de él hay toda una maquinaria de trabajadores que lo obligan a seguir ese tipo de preceptos. Quizás no sea culpable pero se merece una cuchillada en el cuello. Mi abuelo alguna vez me dijo que todos los político deberían morir. Asesinados por sus víctimas.

Mi abuelo tenía razón en todo.

Conseguí mi trabajo a los 30 años. Tengo 40. Me lo van a quitar. Me van a despedir. Me van a despellejar como se despelleja a un pollo. Me van a despedir sin darme gratificación alguna. Creo que me odian. No debería decir eso. Así son con todos.

Tal vez pueda encontrar chamba en el crimen organizado. Todos aquí en la cuadra sabemos que la casa de la esquina es una casa de seguridad. Quizás pueda tocar y pedir trabajo. Podría cuidar a las víctimas de secuestros. Darles de comer, asearlos,. Alguien tiene que hacer ese trabajo. Y puedo ser yo.

También podría ser un comerciante en pequeño. ¿Por qué no? A mi cuñado Jorge Arturo le ha ido bien. Vive al día, pero no se queja. Con su negocio de quesadillas. La inversión fue mínima. Ya hasta la recuperó. Y no tiene que darle nada al puto candidato. Eso podría ser. Pero no puedo arriesgarme a dilapidar mis ahorros. Corro el riesgo den quedarme sin nada. Ni siquiera para una emergencia. ¿Qué hago si uno de mis hijos se enferma y yo sin seguro? Siquiera mi lana que tengo ahorrada me salvaría.

No veo más caminos. Pero cuando menos el de la casa de seguridad tiene la ventaja de que está muy cerca. Tengo que preguntar. Arriesgarme.

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Carta a Pascal Guignard

Qué decepción. Esto es normal. Es condición humana. Quienes estamos vivos —o acaso vivos— nos decepcionamos todos los días. Del desayuno. Del transporte. De lo que leemos.

Como de leerlo a usted, señor Guignard —iba a escribir maestro, pero me arrepentí. Fui a la librería y me topé con un libro de su autoría: El odio a la música. Pese a su precio exorbitante —más allá de una botella de mediano whisky— lo compré de inmediato. Hasta el momento de pagar en la caja peso sobre peso, me consideraba yo su más devoto lector. Por un solo libro. El cual me hizo suyo, y que llevaré en el alma hasta el día de mi muerte: Todas las mañanas del mundo. Qué modo de escribir. Porque se nota la benevolencia, el cariño al (supuesto) lector, digamos la elevación espiritual de por medio. Un músico que conserva intacta su vocación pese a todas acechanzas del medio que lo rodea. Y del cual sale bien librado. Con la consecución de un amor.

Bajo el manto de esta premisa, inicié la lectura de El odio a la música. Línea tras línea, párrafo tras párrafo, página tras página, su figura literaria —gracias al cielo que no conozco su rostro— fue cayendo ante mí. En grotescos pedazos se pulverizaba —en imágenes que ni el peor Tarantino hubiese admitido. ¿Cómo era posible?, ¿es usted adicto al opio en cualquiera de sus manifestaciones, o a otro estupefaciente que aún no se consume en México? Porque créame que intentaba yo sorprenderme con la lectura de su libro. Sorprenderme positivamente. Cubrirse bajo el manto de ese título, o es usted un grande hombre investido de sabiduría o es un charlatán. Y yo buscaba la sabiduría. Odiar la música es menos grave que odiar a la patria. O que odiar al amor. O que odiar a la medicina. O que odiar al deporte. O a la política. Pero lo que encontré en su libro no fue una disertación sobre el odio a la música sino al sonido. Al arte del sonido. Y hasta donde yo entiendo, que es muy poco, no es lo mismo el sonido que la música. O cuando menos yo nunca denominaría música al sonido del motor de un camión —sonido o ruido, como usted guste. Tanta erudición que despliega usted en su libro —¿le gustan 15 mil palabras, o más?—, para qué. De verdad que leerlo constituye una experiencia muy cercana al cuaderno de la doctrina en el cual uno no entiende nada. Pero acaba entornando los ojos y clamando al cielo: ¡Cuánto sabe este señor!

Y lo peor de todo —o lo mejor de todo— es que en ningún momento me hizo usted dudar de la belleza sublime de la música. Le confieso que todo el tiempo tuve en mi cabeza: la Hammerklavier de Beethoven, el concierto Turco de Mozart, el cuarteto La doncella y la muerte de Schubert, el quinteto Furioso de Schumann, o el trío para corno de Brahms, o bien el Souvenir de Florence de mi amado Tchaikovsky. Y yo me preguntaba: ¿qué habrá llevado a este hombre a pavonearse con la cola abierta de un pavo real y enseñar su abominable trasero? ¿No habría sido mejor quedarse callado? Quién sabe. Cada quién. Creo que uno de los preceptos de los disidentes es su capacidad de divergir. Y buscándole tres pies al gato, según Guignard, puedo mandar al carajo a todos los pintores contemporáneos de Rembrandt. O a todos los contemporáneos de Dostoievski… O de Faulkner. O de quien sea. Basado simple y llanamente en que su literatura, su música, su plástica fue usada para adormecer a los hombres convertidos en insectos de un régimen totalitario. ¿Y de eso qué culpa tiene Schubert, que los nazis utilizaban para embrutecer a los condenados muerte?

Se despide de usted el último de sus lectores.

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Acercamientos ruvalcabianos

Para Jaime Aljure, con mi gratitud

1) La literatura universal nos cubre cual manto protector. Cuando la atmósfera se torna irrespirable. Cuando la violencia asedia como la cuchilla que nos rebanará el cuello, Héctor nos protege de un extremo al otro de la calle.

2) Todos tenemos una Helena en la mira. Sabemos que sólo la belleza de Helena justifica su infidelidad. A partir de Helena, las mujeres infieles caminan desnudas en su imaginación.

3) Nos sabemos astutos. Capaces de desafiar el batir de alas del ángel de la muerte. Todo tarda en llegar. Pero llega. Aun la noche envuelta de tinieblas. Nueve años lo demuestran entre aqueos y troyanos.

4) La sangre se inflama ante el desafío. Ignoramos si saldremos vivos o muertos de la batalla frontal. Pero delante hay un gran guerrero. Que no vemos. Cuyo aliento nos agobia.

5) Obviamos cualquier placer ante la vacuidad del destino. Pero tomamos nuestro lugar en la fila de la batalla.

6) El poder de convocatoria de Jesús palidece delante del de Héctor. Se necesita un héroe. No un mártir.

7) Obediencia y gallardía calificaban a los guerreros al margen de la Troya invencible. Nunca por encima de la valentía,

8) No hay sobredosis que rebase la fatuidad del cobarde. Ni los siglos borrarán la debilidad de Paris. Ni la belleza de Helena la solapa.

9) A los aqueos les bastaba con la respiración de la sangre.

10) La aristocracia del liderazgo sólo se comprende a través de la nobleza de Príamo.

11) No hay hombre que no desee a la mujer de su hermano —siempre y cuando sea más bella que la propia. Ni Héctor se salvó. Aunque no se diga.

12) Homero atravesó todas las modalidades humanas para escribir lo que escribió. Fue jinete. Fue arquero. Adornó su cabeza con un yelmo empenachado. Sintió el fragor de sus músculos. La enjundia de su alma. La desesperación de los celos. El fuego incontenible del deseo. Fue niño. Fue mozalbete. Fue caballo. Fue mujer.

13) Las ciudades envejecen a otro ritmo. ¿Cuánto tiempo habrá que esperar para que una mujer envejezca?: ¿un año?, ¿cinco?, ¿diez? —pero más allá, ¿para que un ejército de héroes esté dispuesto a morir por ella?

14) Si Helena hubiese sido escasamente agraciada, la gesta de Troya no existiría.

15) ) Hécuba aceptaba a Helena porque su hijo Paris la había robado, como se roba un tesoro embarrado de sangre. Pero si su marido Príamo hubiera sido el autor del robo, la habría echado a los chiqueros. Pese a su belleza.

16) El término épico está pasando a poder de los narcotraficantes. Son ellos los que acometen grandes hazañas. Los que se fugan vía túneles en medio de la vigilancia más sanguinaria. Pero también son quienes distribuyen riquezas, quienes salvan vidas, quienes protegen sus ciudades. Quienes usan armas de oro. Como Héctor. Como Patroclo. Como Ulises. Como Aquiles. Y nos guste o no, como Paris.

18) Héctor obsequiaba a su enemigo armas de bellísima factura, luego de un empate. Y en reciprocidad, el rival hacía lo mismo. E invocaban la clemencia de los dioses. Ambos. Con los brazos al cielo.

19) Quisiera ser escritor. Y estremecer a mis lectores. Quisiera ser escritor y narrar batallas y traiciones. Hazañas y cobardías. Tramos del infausto amor. Y el cuerpo de una mujer que todos los hombres desearan. Quisiera ser escritor y provocar espanto por el olor de la sangre. Y aturdimiento por las decisiones de los héroes. Quisiera ser escritor y enjugar las lágrimas de una madre, y arropar el corazón de una mujer abandonada. Quisiera ser escritor y trepar las murallas de una ciudad, luego de extraer las vísceras de sus defensores. Quisiera ser Homero.

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