Archive for 26 octubre 2015

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UNOS CUANTOS POEMAS Y UNA PROSA

Los poemas

Mi retrato está rodeado
de insectos
aplastados.
Aplastados como una cucaracha.
Nada importa la maestría que le inoculó
Enrique Ramírez.
Menos aún su paciencia
o su estrategia
al emprender el trabajo.
Los insectos dicen no
y se acabó.
Pero yo no tengo por qué estar de acuerdo
con su opinión.

&

Con cada hombre que me topo
en el camino
sé si es huérfano de padre
o de madre
con sólo mirar sus ojos.
Así sea cosa de segundos.
El huérfano de padre
clama el amor varonil
que le permite a un hombre
dar la vida por otro.
El huérfano de madre
pide un poco de comprensión
para su corazón desvalido.

&

Sólo las nenas son prolíficas.
Los poetas perros dosifican sus poemas.
Se dan a desear.
Valoran cada letra, cada línea,
cada estrofa.
Hay que mantenerse alejado
de los poetas nenas.
En la colonia Condesa
abundan los poetas nenas.
En el Reclusorio Norte
hay que exprimir la poesía.
Cada poeta es una naranja.
Alguien cuyo jugo
se agota cuando de aquella naranja
escurre el bagazo.

&

Cuando un poeta comienza a escribir
acaba su vida literaria.
No tiene más que mirarse al espejo.

&

¿Nunca has tenido ganas de destruir
todo?
De llamar a las cosas por su nombre.
Sobre todo de agarrar a martillazos
el espejo
que cuelga en tu recámara.
Ése que refleja al peor Eusebio.
Ése Eucario Eusebio que se acaba de despertar
más crudo
que una rata de alcantarilla.
¿No has tenido ganas de partir en dos
tus poemas,
tus libros maravillosos,
tus huellas bastardas?
Sí has tenido esas ganas.
Pero no te atreves.
Puto.

&

¿La puedo tocar?
Le pregunté a la mesera
cuando descubrí una cinta adhesiva
en su frente.
No, me respondió.
Porque mi marido me dio un golpe
con su cinturón.
Y es muy celoso.
Pero si quiere, puede besarla.

&

¿No te importa llevarme dos centímetros?
O más, con tus zapatos de tacón.
O más, parada de puntitas.
Con dos centímetros de diferencia
queda tu cuello a la altura
de mis labios.
Mi verga a la altura de tus muslos.
Para mí, esos dos centímetros son ganancia.
Cuando caminamos por la calle,
se les hace agua la boca a los hombres.
Se imaginan
con toda razón
que no les va a costar ningún trabajo
arrebatarte de mi lado.
¿Y si mejor me llevas tres…
o cuatro…
o seis…?

La prosa

En el tramo de lo que este mes de octubre lleva a cuestas, le he organizado a Silvestre Revueltas seis homenajes. Pues el 4 de octubre se cumplieron 75 años de su aniversario luctuoso. Fue razón prudente para acometer esta empresa.

Los recintos donde se llevaron a cabo los homenajes fueron los siguientes: mi estudio, el auditorio Julián Carrillo (en San Luis Potosí), la Feria del Libro (en Durango), el Centro Cultural Elena Garro, la Feria del Libro del Zócalo de la Ciudad de México, y la Feria del Libro del Instituto Politécnico Nacional. Quedé a mano.

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Los 43 y la Condesa

Desayuno lo de rigor: un plátano, un jitomate, un huevo cocido y un café con leche. En la tarde tengo que presentar la antología de los 43 en la Casa del Tiempo de la San Miguel Chapultepec. A las 6 en punto. Ha habido alrededor de 20 presentaciones. Excepto a ésta, me he negado a asistir a cualquiera otra. Porque odio los reflectores. Y menos a propósito de este libro, que es sagrado. Esta vez iré porque el maestro Enrique González Rojo Arthur estará en la mesa. Es lo menos que puedo hacer, acompañarlo.

Leo, escribo y calculo el tiempo para llegar a la hora citada. Tomo el camión y me bajo en la avenida Mazatlán esquina con Michoacán. Como yo viví mi niñez en la avenida Mazatlán, el rumbo me resulta tan familiar como la palma de mi mano. Esas calles las recorría de niño rumbo a la primaria Alfonso Herrera, que estaba en Juan de la Barrera casi esquina con Atlixco. Y más tarde rumbo a la secundaria 32, que se ubicaba en la avenida Nuevo León. La decoración de las calles ha cambiado horrores. Observo un edificio en la avenida Campeche, donde vivía un amigo de la primaria. Me detengo ante una casa en las calles de Cuernavaca, donde vivía un amigo de la secundaria. Tengo ganas de entrar a la librería Rosario Castellanos. Pero me arrepiento enseguida. Ahí estuvo un cine de nombre Lido, donde solía llevar una criada a fajar. Mientras le metía la mano, le leía los subtítulos porque era analfabeta.

Prosigo mis pasos. De pronto estoy ante el Seps. Un fósil. Ha de tener 50 años. Sobre Tamaulipas. El alud de recuerdos parece jalarme de la mano. Entro. Ocupo la misma mesa que siempre he ocupado. Me miro al lado de mujeres de ojos azules, ¿o verdes?: Teresa, Angélica, Margarita, Mariana. Con Angélica vivía yo enfrente, en un modesto edificio junto a una farmacia. Las vivencias se agolpan. Besando a una. Besando a otra. Acariciando a una. Acariciando a otra. Ordeno mi whisky. Ravioles y codornices. Cuando miro la cuenta me voy para atrás. Dejo una exigua propina y me largo de ahí. Lo último que soporto en un mesero es la petulancia.

Entro al Centenario. Cantina impertérrita. De las primeras cantinas que conocí en mi vida. Alí Chumacero me guiaba. Caminábamos desde la San Miguel Chapultepec. Pido Stalishnaya. Con tehuacán y limón. Sin cascarita. Pido otro. Ya pronto será la hora de la presentación.

Me dirijo hacia la Casa del Tiempo.

En la mesa vamos a estar el joven activista Luis Fernando Borja Hernández, autor del prólogo, joven tan inteligente como arrojado. Enrique González Rojo Arthur; Jorge Arturo Borja, maestro y escritor, y yo.

Estas fueron mis palabras:

Buenas noches, señoras y señores, jóvenes:

Procuraré hablar con claridad. Antes que nada, me honra estar sentado a la vera del maestro Enrique González Rojo Arthur. Hombre integérrimo. A quien respeto, quiero y admiro.

Bien.

Para empezar, explicaré mi participación en esta antología. Carezco de autoridad moral para figurar en un libro como éstos. Porque si alguien se ha mantenido al margen de los conflictos sociales, ése soy yo. No voy a marchas, no cargo pancartas, no firmo desplegados.

Pero una cosa es no tener conciencia política y otra permanecer indiferente ante las atrocidades que sufre este México cada vez más golpeado.

En su profunda vastedad, la música me ha enseñado a valorar el dolor. Por los caminos de la belleza me ha conducido hasta el dolor. Identifico el dolor, lo olfateo, lo distingo.

El dolor precisamente decidió que yo acometiera la empresa de esta antología. La violencia, el crimen, la injusticia, la inequidad, es el pan de todos los días de los mexicanos. Y eso lastima.

Aunque yo mismo no sea activista ni político tengo derecho a hablar del dolor de los jóvenes normalistas, del dolor de sus padres, porque me duele en el alma.

Ese sentido le encuentro también al acto de escribir. A través de la palabra escrita es posible tocar la esencia de un hombre, y decir lo que se siente y se piensa. El enorme Marco Aurelio —a quien hay que tener cerca— escribió: “Una sola cosa merece aquí la pena: pasar la vida en compañía de la verdad y la justicia”. Ese principio anima esta antología.

Agradezco —es el momento de hacerlo, de gritarlo, pues no he ido a ninguna de las múltiples presentaciones que se han llevado al cabo de la antología de los 43—, agradezco la participación de todos los autores incluidos. En particular, la del maestro Jorge Borja. Sin su entusiasmo, sin su profesionalismo, me atrevería a decir que este libro no existiría. Este libro, cuya lectura no puedo emprender porque me ganan las lágrimas.

Gracias por su paciencia.

Eusebio Ruvalcaba

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DE CÓMO LA SUCIEDAD TE PUEDE LLEVAR AL EROTISMO

Tengo un montón de servilletas blancas.
Todas corrientes, mugrosas. Arrugadas.
Algunas me las he robado.
Otras no sé cómo llegaron a mis manos.
Hace mucho que me dejó de interesar la limpieza.
Yo mismo soy un desastre.
Mi pantalón está manchado.
Me lo dijo Victoria, bellísima dama.
La encargada de la lavandería.
No se le va a quitar la mancha a su pantalón,
don Eusebio.
Me da igual. Sólo quería que de su boca
escurrieran esas dos palabras:
“Don Eusebio”.

JORGE RISI

Mi amigo Jorge Risi, violinista supremo,
vive en Coyoacán.
A unos pasos del Centro Cultural Elena Garro.
Donde los lunes imparto mi curso de apreciación musical.
Meto dos libros de mi autoría en un sobre,
y le encargo a Marisol que toque y se los dé a quien abra.
Lo hace. Y para agradecérselo la invito a beber.
El trago fluye de la mesa a la garganta.
Los libros son infumables.
Tan corrientes como dos cigarros de aquella marca Alitas:
Amigos casi sólo de Brahms, se llama uno.
Embajadores de la música, se llama otro.
Me sumerjo entonces en una problemática boba.
¿Por qué escribo tanto sobre música?
Un libro tras otro. ¿Cuándo me estaré en paz?
Lo ignoro. Cambiaría todo lo que he escrito
por una sola nota de violín.
Que pudiera tocar con el alma misma.
Simple y llanamente que pudiera tocar.
Le comento esto a Marisol y las lágrimas
surcan su rostro.

LA MANZANA

Hay una fruta que se oxida más rápido que la manzana: mi alma.
Mi alma no cree en nada más ni en nadie.
Se le resbalan las páginas que leo de los Proverbios,
de los Salmos, del Eclesiastés, del Cantar de los Cantares,
de las Plegarias de Stevenson, de las líneas de Marco Aurelio.
Quizá se encuentre unos oídos dispuestos a escucharla.
Otra alma atenta y desvalida.
Como el alma que suele habitar el corazón de una mujer.
Quizá esa alma esté cerca.
Mi alma está podrida.

UNA GOTA DE MELANCOLÍA

Para Enrique Ramírez

Que te lleve la chingada es un triunfo.
Porque una vez que te sumerges en el pantano
de la chingada
se acabaron las preocupaciones.
La bocanada de la libertad te colma.
Ya no tienes que angustiarte.
Te ganaste el desdén, el desprecio.
A partir de ese momento
quien te mire a los ojos descubrirá
un brillo de melancolía.

UN VODKA

Para Eduardo Rivera

Por favor, un vodka con tehuacán, limón y sin cascarita.
No sabes pedir otra cosa.
Porque el vodka te levanta.
Vuelca en ti un resabio de vida.
Cuando te preguntan qué vodka deseas
respondes tu frase maestra: del más barato.

EL EDREDÓN

Llevé a lavar mi edredón.
Cuando menos tenía ocho meses de mugrosidad.
Manchas de menstruación, de orines. Sudor.
Sobre todo porque es blanco.
Lo cargué y lo doblé.
Al instante vino el olor de ella
—cuyo nombre no me atrevo a escribir,
sólo a pensar.
Y sació mi espíritu.
La vi juguetear encima de mí.
La vi poner sus tetas en mi boca.
La vi derramar el tequila de labios a labios.
Llegué a la lavandería.
Ciento cuarenta pesos el servicio.
Dejé el edredón.
Y me di media vuelta.
Adiós recuerdos.

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15 AFORISMOS SOBRE MUJERES HERMOSAS

1) Hay cosas peores que estar casado con una mujer hermosa.

2) Hay cosas peores que estar divorciado de una mujer hermosa.

3) La venganza de la mujer hermosa es la sumisión.

4) La mujer hermosa exige mucho —más que cualquier mujer—, y entre más consigue, menos da.

5) En la medida que una mujer es hermosa, te somete. Porque todos los mortales —en la medida que su entendimiento se los permite— aspiramos a la belleza. No a ser bellos, sino a proteger la belleza en nuestras manos. Hasta la muerte misma.

6) Hay que mantener alejadas a las mujeres hermosas.

7) Ninguna —pero ninguna— mujer bella se aproxima al hombre sin dinero. Para la mujer hermosa: sensibilidad, cultura, talento son indiferentes. Poco menos que nada. Menos aún la simpatía. Lo cual sólo les interesa a los mediocres. Afirman mientras se chupan una paleta. Y miran a su próxima mascota.

8) Si entendemos por mujer hermosa aquella en la que compiten ojos y piernas, senos y sonrisa, cabello y manos, no es difícil descubrirla atrás de ti. O más o menos oculta en tu prosapia. O dándote a oler su sexo en los calzones que guardaste en los bolsillos de tu chamarra.

9) Nada hay más lejano en la vida de un hombre que una mujer hermosa. En primer lugar porque no existen. En segundo, porque de existir provocarían guerras.

10) Una mujer hermosa causa enamoramientos inmediatos. Ojalá provocara desenamoramientos súbitos.

11) Lo peor que se le puede ocurrir a un hombre es llevar una mujer hermosa a una cantina cuando se va a reunir con sus amigos. Aquella mujer mirará sin mirar a todos y cada uno de los convocados. Hasta que se aburra. Hasta que haya dejado a los amigos, ardientes como una sartén ardiendo. En ese momento se levantará, presionará a su novio para que la lleve a casa. Y se dirigirá a la puerta moviendo su culo como una danzarina de Stravinsky. Por cierto, su teléfono lo dejará en la muñeca del más feo.

12) No hay nada más insoportable que oír a una mujer hermosa hablar sin detenerse.

13) A todos los hombres que se enamoran de una mujer hermosa les va mal. A todos los que se casan con una mujer hermosa, les va peor.

14) Las mujeres hermosas siempre están de mal humor. Sobre todo cuando el espejito está nebuloso.

15) Todas las mujeres hermosas —y todas es todas— acusan una sensibilidad exagerada. Como si la belleza les fuera a ser arrebatada. Pues ignoran cómo la belleza llegó a su rostro.

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SILVESTRE REVUELTAS (1899-1940)

Ayer, 4 de octubre, le realicé un homenaje en mi estudio a Silvestre Revueltas. Porque precisamete ayer se conmemoró su 75 aniversario luctuoso —hasta donde sé, no se habló oficialmente del aniversario. En fin. En mi estudio, se bebió y se escuchó su música: Sensemayá, Homenaje a García Lorca, Redes, Janitzio, 8 x Radio, La noche de los mayas, Cuauhnáhuac. También leí algunos textos de mi autoría. Como el que sigue:

La música en México tiene un nombre: Silvestre Revueltas. Este gran artista, compositor y violinista, nació en Santiago Papasquiaro, estado de Durango, el 31 de diciembre de 1899. Mucho se ha hablado de la infancia de Silvestre Revueltas. Él mismo, en una copiosa correspondencia y apuntes a los que era muy afecto, narra cómo su madre nació y vivió su juventud en un mineral de Durango, y cómo la sola vista del horizonte allende las montañas la hacía soñar con tener hijos artistas, que pudieran expresar todo lo que ella estaba imposibilitada de ver y conocer.

El padre de Silvestre fue, además de modesto comerciante, un hombre preocupado en suma por el futuro de sus hijos. Poeta de corazón y amigo de la naturaleza, poseído de un fino y lúcido sentido de la vida, decidió impulsar la formación musical de su hijo, cuando descubrió en él un talento excepcional. Se dice que una ocasión en que Silvestre escuchó por vez primera la música en vivo —tenía tres años y presenció la interpretaciónn de una serenata de pueblo— tuvo tal impresión que se quedó bizco por cuatro días. Y no sólo eso, pues hizo de una enorme tina de baño su juguete preferido: un tambor al que se puso a golpear hasta imitar, en su imaginación infantil, los sonidos de los instrumentos que había escuchado, y en el que improvisó sus primeras melodías.

Silvestre Revueltas inició sus estudios musicales a los seis años, bajo la tutela del maestro Francisco Ramírez. Pronto se manifestó su espíritu de líder, cuando al poco tiempo formó una pequeña banda infantil, de la que se autonombró director. Cada vez con más énfasis continuó sus estudios, aprendiendo de un solo golpe lo que a sus compañeros les llevaba tiempo y sesudas lecciones. Así, a los 11 años hizo su debut en el Teatro Degollado de Guadalajara. Desde luego, el padre compró todos los periódicos que mencionaban a su hijo. Es de imaginar su satisfacción —o la “dulce recompensa”, como decía Silvestre—, en virtud de que había puesto toda su ilusión en el concierto del niño, al grado de que, haciendo numerosos sacrificios, le compró un traje nuevo.

Sin embargo, y por las dificultades que conlleva la carrera de un virtuoso, el padre obligó al recién estrenado violinista a estudiar desde aritmética y geometría hasta teneduría de libros, y trabajar en tiendas de abarrotes y de ropa, de donde los patrones lo corrían con frecuencia, ya que, a más de soñador, Revueltas tomaba pasteles o dinero para golosinas, que eran su debilidad.

En 1913, y tras convencer a sus padres de que le permitieran viajar a México, de que él se procuraría su manutención —que le valió pasar toda suerte de hambres y penurias—, Silvestre Revueltas fue inscrito en el Conservatorio Nacional de Música, en la cátedra del maestro José Rocabruna —violinista español radicado en México— y en la de Rafael J. Tello —que impartía composición. Soñaba Revueltas, entonces, con ser un gran compositor, y que de su pluma brotaban sonidos que nadie jamás había escuchado y que estremecerían al mundo. En una carta a su madre, precisa: “Muchas veces, al caer de estas tardes invernales, me voy a Chapultepec. Y bajo el cielo nublado me pongo a soñar, un sueño de amor y poesía. Y al volver a la realidad y ver mis sueños desbaratados, me dan ganas de llorar, de morirme… Perdóname, mamacita, perdóname, son locuras, locuras que sólo a ustedes comunico, porque sólo ustedes me comprenden; los demás se reirían”.

Una vez concluidos sus estudios en el Conservatorio, Revueltas se traslada a Estados Unidos, donde vivirá situaciones que templarán su carácter y forjarán su destino; son situaciones relacionadas con el amor, la música y la ideología.

Es el año de 1917, y luego de un periodo en Austin, Texas, se inscribe en el Chicago Musical College, donde recibirá clases de Félix Borowsky. Aún no ha cumplido 20 años y se enamora perdidamente de July, una cantante de profesión, a quien la soledad parecía seguir como una sombra. Revueltas encuentra en ella la perfección hecha mujer. Es mayor que él —alrededor de 10 años— y lo acompañará en esas largas jornadas que significa ser estudiante. Los norteamericanos entran en guerra, y Revueltas palpa el estallamiento que provoca el fenómeno bélico, lo que ahonda su pasión por la libertad, traducida en música. “El pueblo americano se alista frenético —escribe. En este torbellino mundial, en el que sólo se piensa en la guerra, es extraordinario encontrar que el Musical College de Chicago está repleto de estudiantes. Y es fantástico, de estudiantes de música.”

En plenos años mozos, cuando lo acometía todo el ímpetu de su genio y su vigor, su integridad creadora sufre una conmoción. A uno de sus maestros le sometió su primera composición en forma: una obra para violín y piano. Cuando el maestro la hubo escuchado, le afirma que el suyo es un estilo netamente debussyniano. “Jamás en mi vida he escuchado música de ese compositor, e ignoro que exista algo semejante a lo que acabo de componer”, sentencia Revueltas. Sin embargo, un cúmulo de sueños se derrumban en su interior. Aunado a esto, July se ha marchado, pues no quería constituirse en un estorbo en la carrera del compositor. Por lo que le escribe a los suyos: “Mis estudios siguen bien, sólo que mi entusiasmo ha decaído por completo. Mi único deseo es ir a Durango, con la esperanza de encontrar algo de paz para mi alma. Mi vida aquí es insoportable y estéril, y yo no quiero que sea así. Quiero vivir mi entusiasmo, pero allá en la soledad. Aquí nada me alienta. Quiero sobreponerme al amor y a la vida, descansar de mi fatiga moral para tener fuerzas para luchar”.

Por otra parte, sucede lo inevitable. Cuando escucha música de Debussy le sobreviene una admiración pasmosa. Si había imaginado su propia música como “una música que es color, escultura y movimiento”, precisa en Debussy “el efecto de un amanecer, cuya gama de colores adquiere una plasticidad táctil, que se transforma en música plástica, en música de movimiento”.

Silvestre Revueltas retorna a México y ofrece numerosas audiciones, lo mismo en la capital que en el interior de la República. Familiarizarse con el público es una tarea que lo levanta, como si presintiera que en el futuro el público se convertirá en su mejor aliado.

Una vez más vuelve a sentir el afán de perfeccionamiento y decide regresar a los Estados Unidos, nuevamente al Musical College de Chicago. Ahora recibe clases de Vaslav Kochansky y de Ottokar Sevcik. En este periodo —1924— progresa de un modo notable en el violín. Paso a paso descubre los secretos del instrumento, y en escaso tiempo ocupa el lugar de concertino de la Orquesta del Azteca, en San Antonio. Aunque, ciertamente, no es su meta ser un violinista eximio. “Del trabajo rudo a la preparación de conciertos —señala. Composiciones furtivas y alientos de una nueva técnica, de formación de mi plástica. Ni siquiera me seduce el halagador progreso de mi técnica de concertino, en la Orquesta del Azteca, en San Antonio. Una obsesión de retirarme exclusivamente para componer se apodera de mí, y me parece que el resto —mis conciertos, mi trabajo cotidiano— son apéndices necesarios, pero estorbosos.”

En esas circunstancias, otra mujer aparece en su vida: Carmen, 10 años mayor que él. A los tres meses de tratarla se ha enamorado y la desposa. La experiencia resulta decepcionante, pues la mujer no le exige que produzca más y mejor música, sino que le satisfaga todo tipo de caprichos económicos cada vez más altos. A tal extremo se vuelve intolerable la situación, que en 1925 se separan definitivamente. Y quizá para paliar la soledad que toda separación implica, al año siguiente contrae matrimonio con Aurora; unión que no resiste el paso del tiempo, y no tanto porque ella frise los 40 años y él 25, sino porque el destino le tiene preparada otra misión, para la cual habrá de encontrarse una compañera óptima.

Ya Revueltas es un músico prominente, que ha digerido a la perfección tanto esfuerzo y estudios. Su actividad lo lleva de México a los Estados Unidos. En México, en 1926, da varios recitales de música moderna, con Carlos Chávez al piano, y más tarde realiza giras con la cantante Lupe Medina y el maestro Francisco Agea. Dos años después lo nombran director de la Orquesta del Azteca, y es entonces cuando Chávez lo llama para que se haga cargo de la subdirección de la recién estructurada Orquesta Sinfónica de México.

Al entrar en su tercera década, la más productiva de su vida, Revueltas se casa con una alumna suya de solfeo: Ángela Acevedo Rivera. Pronto, inmerso en el revolucionario y fecundo movimiento nacionalista, se da a la tarea de renovar —junto con los grandes músicos de su época— las anquilosadas directrices musicales, repletas de clichés que él detestaba. A partir de entonces, y en el eje de graves estrecheces económicas, Silvestre Revueltas distribuyó su tiempo entre la composición y las cátedras de violín, música de cámara y dirección de orquesta, que impartió en el Conservatorio Nacional de Música —de donde más adelante sería director efímero.

A propósito de la temporada de conciertos que dirigió en 1931, escribió conceptos como: “Hacer de nuestra producción musical una realidad tan importante que su predominio en los programas se sienta una necesidad […] Público intensificando la sala de conciertos: estímulo para la orquesta en voluntad de superarse […] La Orquesta Sinfónica de México inicia su labor de dar a conocer no sólo la música mexicana actual (sino) a nuevos directores”.

A estas alturas, su fama y prestigio han crecido desmesuradamente. Es, con mucho, el músico más polémico de México: en los círculos más disímiles se discute su música, sus actividades, su carismática personalidad. Pero su arrojo y genio deslumbrante también le provocan animadversiones. Cuando es separado de la subdirección de la Orquesta Sinfónica de México, se le promueve como director de la Orquesta de Alumnos del Conservatorio. Todo alrededor suyo es incendio, desmesura. Enemigo de las buenas costumbres, impone las suyas lo mismo desde el pódium orquestal que en la cátedra o en la calle, donde se le confunde con los personajes populares y pintorescos propios de la ciudad.

Lo más importante de la década de los treinta es, sin embargo, la extraordinaria vitalidad que caracterizó su producción musical. Va de un género a otro, y lo mismo compone poemas sinfónicos que música de cámara o para películas. Sensemayá, 8 X radio, Redes, Música para charlar, Cuauhnáhuac, Planos, Janitzio, Homenaje a García Lorca, son algunas de sus obras que le reafirman un lugar de primer nivel en la música de este continente.

1937 representó, para él, el clímax de su carrera. Como secretario general de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), fue invitado al II Congreso de Escritores Antifascistas, celebrado en España. Tiene la oportunidad de ofrecer varios conciertos con obras suyas, y la reacción de la crítica española así como de los intelectuales es unánime en reconocimiento a su talento y alcances. Rafael Alberti expresó: “Todo ese latido poderoso y bárbaro de las pirámides, de los montes, de los grandes cielos y las flores inmensas, lo antiguo permanente, el hoy grave y esperanzado, está en su música, con una sabiduría y vigor ejemplares”.

Al regresar de España, Silvestre Revueltas continúa su trabajo febril, de producción incesante. Pero ha alcanzado su cenit y su fin está próximo, pues no se concibe brillo tan enceguecedor que no se consumiera estruendosamente. En 1940, enfermo de neumonía —provocada en buena parte por la vida tan singular que solía llevar, así como por la pobreza que lo avasallaba—, luego de haber perdido a dos de sus tres hijas, muere el compositor. Cierra los ojos un 5 de octubre, luego de sufrir asfixiantes delirios, y justo en el momento en que se está llevando a cabo, en el Palacio de Bellas Artes, el estreno de su ballet El renacuajo Paseador.

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