Archive for 27 noviembre 2015

higinioruvalcaba

Texto de Eusebio Ruvalcaba que será leído en la presentación del cd.

¿Qué me deja entrever este disco que nos convoca esta noche?

Me deja entrever la cristalización de la música que mi padre, don Higinio Ruvalcaba, un artista tan genial como modesto —que nunca perdió el tiempo en autopromoverse—, dejó en el baúl de sus partituras. Cuando menos parte de esa música, que entre otras cosas comprende la transcripción para violín y piano de los Caprichos para violín solo de Paganini. Una hazaña virtuosística para los entendidos en el arte del violín.

Me deja entrever la voluntad, el tesón, el entusiasmo de la maestra Irina Shishkina por acometer la empresa de este disco. Por darlo a conocer sin contar con apoyo oficial alguno. Por recuperar la grabación que en 2005 se llevó a cabo con el maestro violinista Dmitri Zemtsov, en aquella celebración del centenario de mi padre. Y que es la música que contiene este CD. Por lo que es un volumen testimonial, histórico.

Me deja entrever la participación entusiasta del maestro Sergei Gorbenko, que gentilmente puso su arte violinístico al servicio del concierto de esta noche, así como de los señores Carlos Sales y Alfredo Antúnez, que en forma altruista, desinteresada y generosa apoyaron la realización de este sueño de los amantes de la música en general, y de los seguidores de don Higinio Ruvalcaba en particular.

Pero me deja entrever otras cosas.

Lo mismo el talento violinístico de mi hijo León Ricardo, que pondero y valoro, así como la originalidad. Me explico. Es bien sabido que la abundancia de grabaciones ha saturado la oferta musical. En los tiempos que corren todo es por miles. Y de pronto por cientos de miles. Es de imaginarse la multiplicidad de versiones que existe de los conciertos, de las sinfonías, de la música para piano… etc., etc., etc. Así las cosas. Hoy por hoy no hay modo de conseguir otra versión de este disco que bien visto es el personaje protagónico de esta noche. Es única. Lo cual la hace inestimable. Un privilegio para unos cuantos cultivados.

Asimismo, la aparición de este CD y que se haya presentado en esta sala que lleva el nombre de la maestra Angélica Morales, me hace pensar en otra cosa. Como si el disco viniera subrayado de evocaciones que colman el espíritu. Les cuento. Yo era muy pequeño. Vivíamos en el número 93 de las calles de Miguel Ángel, en Mixcoac. El 11 de enero, cumpleaños de mi padre, numerosos músicos acudían a casa a externarle su cariño y respeto. Aquella vez se presentó con idéntico cometido la maestra Angélica Morales —sin duda la pianista mexicana más talentosa. En las manos le llevaba a mi padre un regalo tan inusitado como invisible, que sólo ella le habría podido dar: la sonata Hammerklavier de Beethoven. Yo no tendría ni tres años, y me quedé dormido en mi corral mientras la maestra Angélica Morales la tocaba.

En fin. Son recuerdos que apuntalan el corazón, y que por esa razón me permito externar.

Muchas gracias.

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Presentación

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La música de las sirenas

En la ciudad de México, la música está en la ebullición misma de sus calles. Y es la mejor música. La que los mexicanos están impuestos a escuchar desde su niñez. La que los púberes acostumbran oír desde que van con sus padres a los paseos dominicales. La que escuchan las amas de casa cuando emprenden la faena doméstica. La música del claxon. La música del celular que anuncia la llamada. La música del afilador. La música de la tortillería.

La música de la llorona. Que es la voz de aquella mujer que a gritos pide desde un camión de redilas objetos para la venta: colchones, camas, hornos de microondas, televisores, y todo lo que ande por ahí: inservible o en ruinas.

La música del organillero. Allí está. Es la música que emana de ese viejo instrumento, que cada día está a punto de desaparecer. Lo toca un hombre —o más que tocarlo, lo hace sonar— moviendo una manivela, mientras otro pide dinero, a veces no tan discretamente. Le da vueltas y vueltas a la manivela —que en más de uno provoca envidia—, y la música puebla el ámbito en torno. Alrededor suyo, melodías que forman parte de la sangre melódica de la ciudad de México, escurren dulcemente por los oídos del escucha casual. Piezas como “Cielito lindo”, “Chapultepec”, “Las golondrinas”, ponen chinita la piel. Allí está aquel hombre, y aquel instrumento —que luce hermoso y gallardo en medio de la algarabía urbana.

La música de los afiladores suele crispar los nervios de los más ecuánimes. De los que no resisten el embate de los sonidos chirriantes. Es uno de los sonidos más cautivadores de la sinfonía urbana. Las tijeras y los cuchillos se forman para someterse a la prueba de fuego. Tan les duele la prueba, que sacan chispas cuando el afilador roza su filo en la piedra pomez.

La música de las tortillerías huele a comida y despierta el hambre. Hay quien pone su oído al servicio de su instinto, y en menos que lo piensa ya está en la cola de las tortillas esperando su turno para comer una tortilla con sal. Es decir, para devorar un taco de sal. Cuántas veces el tortillero no regala ese manjar. Y no es para menos. Observar el rostro del antojadizo transeúnte le mueve el corazón.

La música del tamalero. Otro canto que va dirigido a los comensales de buen apetito. Ya es de noche, aquel hombre trabajador se dirige a su casa, y aun así el pregón le hinca el diente. Verdes o rojos, de rajas o dulces, con carne de pollo o de cerdo, porta en el alma aquellos sabores. Esos tamales que su padre llevaba en las manos luego de haber remontado una ardua jornada de trabajo. Y que para los niños significaba sentirse queridos.

La música de las sirenas. Fuera de los bomberos o de las ambulancias, las sirenas se abrían paso en la fantasía de quienes las escuchaban. Sobre todo en el caso de los niños. ¿Irían los bomberos a apagar un incendio? ¿Iría la ambulancia a recoger a un atropellado que apenas conservaba un mínimo de energía para inhalar y exhalar un tenue respiro? ¡Cómo no podía viajar en la cabina del camón! ¡Cómo no podía ser copiloto del chofer de la ambulancia! Bueno, al día siguiente leería el periódico que su padre acostumbraba traer a casa. Noche tras noche.

La música de la chicharra. Es la música que apenas los niños escuchan, salen corriendo al recreo. Como cualquier música, como aquellos acordes de Beethoven, es la música que el corazón oye y que a partir de ahí se borra todo entendimiento. Y ya no hay más que travesura. Es la música que está muy adentro del alma de los hombres, y que la mayoría no vuelven a escuchar jamás. Si la música compitiera por la medalla de la tristeza, ésta se llevaría el premio mayor.

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Servicio de taxis

Desde que le hacía la parada a un taxi, comenzaba a relamerse los labios. Apenas se subía, miraba al taxista sin despegarle los ojos. Si era viejo o feo, en la siguiente esquina le ordenaba que se detuviera. Y furioso abandonaba el vehículo. Una vez tras otra podía repetir la prueba, hasta que se sentía satisfecho. A partir de ahí sobrevenía el Andrés simpático y carismático.

Qué hábil era para entablar conversación. No había quien se le resistiera. Menos un taxista. Hablaba, preguntaba, inquiría. Que si había tenido una buena jornada de trabajo, que si el tráfico estaba resultando demasiado arduo, que si no se le había descompuesto el auto… Inmediatamente se presentaba. Decía su nombre y su profesión. El taxista respondía con una sonrisa forzada.

Por fin llegaba a su destino. La casa de él. Es decir, su departamento. Pues vivía en el tercer piso de un edificio elegante. A todas luces, de renta y mantenimiento elevados.

Entonces escurrían de sus labios aquellas palabras que sopesaba en el alma: “¿No gusta una copa? Permítame invitársela. Tengo lo que se le ocurra —¿lo puedo tutear?—: tequila, mezcal, vodka, whisky, mezcal… La verdad lo que se te antoje. ¿Qué son cinco minutos?”.

De cada diez taxistas, uno accedía. Cuando decían bueno, una es ninguna, Andrés se ruborizaba. ¡Un hombre en su casa! Caminaba de puntitas hasta la puerta de su departamento. Siempre delante del taxista, como para que su trasero pudiera ser admirado. Abría la puerta, y le hacía el gesto al taxista de que finalmente podía pasar.

De ahí en adelante todo era cortesía y sonrisa edulcorada. Le indicaba que se sentara en el sillón más cómodo de su sala de piel, y en el acto ponía música. Generalmente Enya o Celine Dion. ¿Y qué bebida se le antoja? O: ¿Y qué bebida se te antoja? El taxista se le quedaba mirando absorto. Asombrado de tanta atención. Pedía su trago. Y Andrés lo atendía de inmediato.

—Espérame un segundo —suplicaba, y en efecto se desaparecía unos cuantos minutos. Salía transformado de su habitación. Vestido de bata y pantuflas. Sin más prenda. Corría hasta su pequeño bar, se servía su trago —generalmente un etiqueta negra—, y se sentaba enfrente del taxista. Con las piernas cruzadas.

Ahora más que nunca se esmeraba en su simpatía. Hablaba con gran desparpajo de cualquier tema. Pero por dentro se burlaba de su interlocutor. Sabía que lo estaba deslumbrando. Como una serpiente a su víctima. Y que realmente se necesitaba de muy poco para deslumbrar a un hombre ignorante. Aunque calculaba con exactitud geométrica hasta dónde era posible llegar. Para no provocar la ira de aquel hombre. Peligroso, sin lugar a dudas

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12:30 HRS.

La tengo incrustada en la mente.
Su nariz respingada —sobre todo cuando me regañaba—,
sus ojitos verdes,
su olor, tan fuerte como un verso de César Vallejo.
Su voz —pero no aquella voz del insulto—,
sus muslos,
sus nalgas y su trasero —aunque he conocido mejores.
Pero también tengo en mente
las veces que me engañó.
Las ocasiones que se acostó con otro
—léase Oaxaca, léase colonia Roma.
Mucha gente me aconsejó que la dejara.
Que su nombre significaba sufrimiento y congoja.
Seguramente.
La veo caminar hacia mí,
con su falda entreabierta hasta el muslo
y entonces reconozco que hicimos lo correcto.
Cuánto gocé esos momentos en que yo sabía
que estaba en los brazos de otro.
Es el modo de medir las cosas.
Sin cursilerías ni falsos dramatismos.
Está cogiendo y está chingón.
Yo me estoy masturbando
nomás de imaginármela.
Ahora mismo.
Soy un simple mortal.

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