Archive for 30 enero 2016

Cuento

UN INDIVIDUO DE NOMBRE CARLOS GUTIÉRREZ

Hay un hombre que se llama Carlos Gutiérrez. Su padre murió atropellado por un taxista ebrio. Hace más de cincuenta años. Tanto, pero cuando lo cuenta, los ojos de Carlos Gutiérrez se apeñuscan.

Carlos Gutiérrez vive de comprar y vender cualquier cosa. Por ejemplo un vecino le pide un tapete que diga Welcome. Carlos Gutiérrez se lo consigue. Así sea que se tarde semanas. No importa que el tapete sea usado. Eso a nadie le importa.

Todo mundo piensa que es el hombre más aburrido del mundo. Pero no. A sus casi 65 años, alto, de barba entrecana, bien parecido, de pronto le suceden acontecimientos extraordinarios.

Un día le encargaron algo realmente difícil de conseguir. Aun para él. Que le iba a llevar muchos desvelos. Muchas caminatas. Si es que lo conseguía. Se trataba de un cucú. Un reloj de pared que al momento de dar la hora se abría una puertecilla, brotaba un pajarito y emitía un simpático cucú. Tantas veces como era la hora que indicaba. El cliente acompañó el pedido con un dibujo para darse a explicar. No quería confusiones. “Estoy dispuesto a pagar bien —acotó—, pero quiero un cucú con estas especificaciones. No es para mí. Es para mi hijo de seis años. Padece leucemia y quiero hacerle ese regalo antes de que se agrave su estado. Por eso me urge. Lo vio en una película de animación. El reloj era un personaje. Mejor dicho el cucú”.

Carlos Gutiérrez salió con aquella encomienda en el corazón. Se le había dicho que era algo urgente, casi una emergencia, y cuando eso sucedía ponía todo su empeño. De entrada, empezó por recorrer dos establecimientos: las relojerías de viejo —que las había— y los bazares. Todo en el barrio de Tlalpan, donde vivía.

—¿Tendrá un cucú como éstos? —le preguntaba al encargado con el dibujo en la mano. —¿O no sabe de alguien que lo venda?

Pero las respuestas siempre eran negativas. ¿Cómo era posible? En alguna casa tendría que haber uno. Y que estuvieran dispuestos a venderlo. Bueno, ya encontraría la manera. Si de algo se jactaba era de que sabía convencer a la gente. Los días se convirtieron en semanas. Y las semanas en un mes. Dos meses. Hasta cuatro meses. La paciencia empezaba a apabullar el ánimo de Carlos Gutiérrez. No es que fuera impaciente. Nada de eso. Al contrario. Para surtir un pedido requería investirse de paciencia. Y como si fuera poco, tenía encima la exigencia de su mujer. Que todas las mañanas le decía que necesitaba dinero. Que para cubrir los gastos de la casa se requería peso sobre peso. Si tuviéramos hijos no sé cómo le ibas a hacer. ¿Por qué no buscas en Internet?, lo acometía la mujer babeando de coraje. A lo que él respondía: Porque ni muerto voy a meterme a esa estupidez. Yo resuelvo las cosas a mi manera. Y no voy a alegar contigo. Estás loca si quieres cambiar mi modo de pensar.

Con el ánimo en el suelo, Carlos Gutiérrez se daba cuenta de que la maquinaria del tiempo avanzaba en forma implacable. Repasó las colonias que había visitado. Barrios donde los bazares y las ventas de garage predominaban: la Condesa, la Roma, la Cuauhtémoc, Polanco, la Anzures, la Doctores… Inútilmente. Incluso hizo algo que nunca en la vida había hecho: Detener a los peatones y preguntarles si sabían de algún reloj despertador de cucú que estuviera en venta. De alguna familia que estuviera deshaciéndose de sus cosas. De alguien que hubiera caído en bancarrota. Hasta en un desahucio podría encontrarse el cucú. Y desde luego al momento de preguntar extraía de la bolsa de su camisa el dibujo, que a estas alturas ya apenas resultaba inteligible. Pero en fin. Alguien le daría razón. Aunque ese alguien, dónde diablos se encontraba.

Aún estaba en la cama con su mujer cuando tomó la decisión. Iría a hablarle al cliente. Le explicaría todo. Ya habían pasado casi seis meses. Era hora de darse por vencido. Odiaba presentarse con cara de fracasado, pero era preferible a que el niño pasara más tiempo en la incertidumbre. Si es que su padre no le había conseguido el cucú por otro lado.

Tuvo suerte. El propio cliente le abrió la puerta. Su semblante era taciturno. No reflejaba ninguna emoción.

—¿Consiguió el cucú? —preguntó de inmediato, con un dejo de esperanza en su voz.

—No, en ninguna parte. Lo busqué por los últimos rincones de esta ciudad. Y no tuve éxito. Me vine a disculpar con usted. Y a pedirle que me amplíe el plazo. Se lo ruego. Por su hijo.

—Mi hijo murió hace cosa de un mes, mes y medio. Habría tenido un poco de consuelo con ese maldito cucú. Murió preguntando por él. Ni modo. Siempre tuvo mala suerte. Su madre murió cuando lo dio a luz. ¿Le debo algo?

—Nada, nada. Gracias. Perdóneme —respondió Carlos Gutiérrez y se dio media vuelta.

Echó a andar. Caminó varios metros. Hacia lo lejos, la calle se perdía en una especie de línea sinuosa. De pronto, vino hasta sus oídos el cucú de un reloj despertador. Prefirió no detenerse ni volver la cabeza.

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La sangre se limpia con sangre

Que su madre lo estuviera viendo no le quitaba el sueño. No era la primera vez ni sería la última que golpeara a un niño por mirar a su hermana. Cuando su padre llegaba por la noche, lo primero que hacía era mostrarle el puño a su progenitor y decirle: Ya le quité otro novio a mi hermana. Entonces su padre soltaba una carcajada estentórea.

A sus trece años de edad, ésa era la vida cotidiana para David Delgado. Sus amigos —algunos lo toleraban, otros andaban con él por el terror que les causaba imaginarse aplastados bajo aquel puño implacable— se empeñaban en facilitarle la vida escolar: le resolvían las tareas, ilustraban su cuaderno de apuntes, inventaban los problemas de aritmética. Incluso resolvían el examen que le habría correspondido a él.

Todo esto lo sabía su padre. Para quien David Delgado no guardaba secreto alguno. Pero su madre no. Ella permanecía ajena a toda esta maquinaria. Simplemente se lamentaba cada vez que David Delgado le mostraba la boleta de calificaciones salpicada de dieces. “Ya no pelees, hijo. Porque algún día la maestra te va a poner cero en conducta, y va a ser como una mancha de estiércol en tu boleta.”

Pero a David Delgado estas palabras más que frenarlo lo motivaban a buscar nuevos rivales. Su padre se lo había dicho: “La dignidad de un hombre, jamás la comprenderá una mujer. Tú cuida a tu hermana y se acabó. Aleja a puñetazos al perro que se le acerque”. De trece años, su hermana María Antonieta era una niña codiciada por todos aquellos que la veían con ojos que nada tenían que ver con la inocencia. Pero ella se empeñaba en que su hermano se trabara a golpes con quien se atreviera a acercársele. Desde chicos había entre los dos esa complicidad. Nadie sabía a ciencia cierta por qué. Ni sus propios padres. Había quien decía que era normal entre hermanos gemelos. Como lo eran ellos. Pero también había el que afirmaba que eso se debía a que ambos poseían un corazón malvado. Sea como fuere, cuando David golpeaba a quien fuera con saña, María Antonieta contemplaba la riña desde lejos. Deseaba que su hermano destrozara la cara de su rival. Cosa que ya se había vuelto costumbre.

Sin embargo, un niño que se había presentado de la noche a la mañana, se había atrevido a poner sus dedos en la mejilla de la niña. La voz se había corrido como agua, y ahora todo mundo se dirigía a la calle trasera de la escuela, donde se llevaban a cabo los pleitos. Caminaba ese niño unos pasos atrás de David Delgado, quien ya se había arremangado la camisa. Iban rodeados por una turba de chiquillos. Que no cejaban de azuzarlos. Un poco atrás, María Antonieta marchaba nerviosa. Por primera vez, no acariciaba el deseo de que su hermano golpeara salvajemente al temerario. Haber sentido en su cara los dedos de aquel chico, la había hecho consciente de una sensibilidad dormida, que bien tenía que ver con su ya inminente despertar sexual. Que además le gustara el niño era otra cosa. Ni siquiera sabía su nombre. Y no por otra cosa, sino nada más porque era de reciente ingreso. Juan Carlos, decidió que se llamaría Juan Carlos. ¿Por qué no?

Los dos combatientes se pusieron en guardia. Por el simple modo de apretar los puños era evidente la superioridad de David. Con un movimiento de cabeza que revelaba un entrenamiento que iba mucho más allá de una simple afición —justo eso era lo que más emocionaba al público infantil; había quien decía que su padre lo entrenaba—, el primer puñetazo de David fue a dar a la nariz de su contrincante, que sangró en forma inmediata. El chico se sintió apabullado. Sin control de su cuerpo. Rodó por el suelo. Con David Delgado arriba de él, que lo empezó a moler a golpes. Pero entonces se escuchó la voz de María Antonieta. Se acercó con los puños al aire y golpeó a su hermano. ¡Déjalo, animal! ¡Déjalo! David reaccionó tardíamente. Todavía alcanzó a darle un golpe en la boca al ya absolutamente derrotado. Con su pañoleta, María Antonieta limpió la cara del vencido al tiempo que le decía ya Juan Carlos, ya mi amor. “No me llamo Juan Carlos”, susurró el otro. Sin saber qué hacer, David permanecía atónito. Hasta que escuchó las palabras de su hermana que lo atornillaron al suelo: Si vuelves a meterte con él, te acuso con mi mamá. Y con la directora de la escuela. Ya verás si no, idiota.

Sumido en el desconcierto, emprendió el regreso a casa

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La maestra Carito

Hasta el segundo año de primaria fui lo que se entiende por un niño rico. Es decir, el primero y segundo año los hice en una escuela particular, muy cara y muy famosa en los años cincuenta: el Franco Inglés. Y ya el tercer año mi madre me envió a una escuela oficial: la Alfonso Herrera, ubicada en la calle de Juan de la Barrera casi esquina con Atlixco. Hay que aclarar que de Mixcoac nos habíamos cambiado a la Condesa no por subir de categoría sino por bajar cuando menos un peldaño en la escalera civil. Me explico: si en el barrio de Mixcoac vivíamos en una casa enorme, con un jardín donde desarrollé todas mis posibilidades imaginativas, en la colonia Condesa habitamos un modesto departamento, sin ni siquiera macetas, muy propio de la clase media de aquel entonces.

Aún me estoy viendo. Mi madre —empleada en una farmacia de la Portales— se esmeraba en que yo me vistiera apropiadamente. La limpieza y el esmero iban de la mano en mi aseo personal. Así que no podía hacer mis argollas que había heredado de mi padre y que tenía en la azotehuela, por temor de que fuera a ensuciar mi uniforme: pantalón de gabardina azul, camisa blanca y suéter azul. Pues habría de llegar impecable a la puerta de entrada. Aunque a la salida mi madre me revisara casi tan meticulosamente como en la mañana. Esta ropa la lavo yo a mano, me decía. No la ensucies. Tiene que durar limpia toda la semana. Cuando la escuchaba decir esto, el corazón se me desplomaba. Procuraba no darle el menor raspón, no recargarme en ningún lado, no arrodillarme para recoger nada; nomás de imaginar a mi madre lavando mi uniforme las lágrimas se me salían.

Pues bien, ese lunes en que fui por vez primera al Alfonso Herrera iba más atento que si me hubiesen llevado al aeropuerto a ver despegar los aviones. Desde que crucé el umbral, sentí que el mundo se me venía encima. ¡Todos los niños me veían como diciendo me la vas a pagar, cochino marrano! Volví la cabeza y me di media vuelta para alcanzar las manos de mi madre. Pero con la firmeza de un sargento, me ordenó que avanzara. Si mi padre hubiera sido el que me dejara, otro habría sido mi destino. Débil por naturaleza, no habría soportado verme llorar —que era lo que estaba a punto de hacer. De buen talante, me habría regresado a casa para tratar de convencer a mi madre. Pero como ya estaba muerto, no se contaba con él. Había fallecido dos años atrás. Y ahora el ejemplo emanaba directamente del sargento de mi madre.

Así que luego de la ceremonia de la bandera, pasamos a ocupar el salón. Distinguí a la maestra del grupo. Se llamaba, o, más bien, le decían Maestra Carito. Desde luego la identifiqué porque nos condujo al aula. Le calculé alrededor de 80 años. Su rostro lo tenía surcado de arrugas absolutamente por todos lados. De hecho, por más que se la mirara con atención, no había en esa piel carcomida por el sol y la ancianidad un solo espacio impoluto. Lo mismo pasaba con sus manos. Blanqueadas por el gis, parecían quebrarse al menor movimiento. Su espalda también era testigo de la maquinaria del tiempo. Casi jorobada, escuálida, todo el tiempo daba la sensación de que rodaría por el suelo.

La cosa es que me despertó una ternura sobrecogedora. Mientras que el grupo se esmeraba en desplegar todas las diabluras inimaginables, yo decidí no moverme un centímetro, ni menos hablar con nadie. En ese momento nos ordenó que guardáramos silencio. Que se aprestaba a pasar lista para que todos nos conociéramos entre sí. Difícil tarea cuando sumábamos 58 alumnos. Y, por mi apellido, era el 55.

Y empezó. Con una voz casi inaudible: Abreu Bravo Sebastián… Bermúdez González Ariel… Bonilla Meléndez Alejandro… Cada alumno decía simple y llanamente, cuando escuchaba su nombre: Presente, presente, presente. Hasta que oí mi nombre: Rivera González José Ángel. Me puse de pie y dije la palabra mágica. Me volví a sentar. Cuando por fin la Maestra Carito terminó de pasar lista, le dijo al grupo: Quiero felicitar a José Ángel Rivera González porque fue la única persona que se puso de pie al escuchar su nombre. Le pido que se ponga de pie y nosotros vamos a brindarle un merecido y generoso aplauso.

Muchos años han pasado desde entonces. Por alguna circunstancia que no vale la pena mencionar, hace un par de meses, o menos, me percaté de que iba sobre Juan de la Barrera. Proseguí unas cuantas calles y estacioné el auto delante de la escuela Alfonso Herrera. Me bajé. Contemplé a mis anchas aquella fachada. No había cambiado en lo más mínimo. La Maestra Carito vino a mi mente. Sentí un pinchazo en el estómago.

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[El 11 de enero de 1905 nació mi padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. El 15 de enero de 1976 falleció. Sirvan estas líneas para recordarlo.]

EL PERRO QUE ME MORDIÓ SELLÓ SU SENTENCIA DE MUERTE

Tendría yo siete años. Tal vez ocho. Y entre mis posesiones favoritas era dueño de un perro al que no adoraba pero sí quería mucho —esto lo sé porque con el paso del tiempo tuve más perros, a los que quise en forma enfermiza. Me gustaba jugar con él, y acaso molestarlo. Se llamaba Whisky. Mi padre le había puesto el nombre. Callejero cien por ciento. De hecho, así llegó a la casa. Vio el garaje abierto y decidió probar suerte y meterse, alguna vez que mi padre abrió la puerta para meter el coche. A mi padre le pareció muy gracioso el animal, y como él y mi madre adoraban los cánidos, de inmediato lo adoptaron.

Se quedó a vivir y adoptó la casa como suya. Que encima era muy grande. Se ubicaba en la calle de Miguel Ángel número 93, por el barrio de Mixcoac. Todo parecía hecho a la medida de Whisky. El Whisky retozaba en el pasto, corría de un extremo al otro, jugaba conmigo a Rin Tin Tin. Además de comer hasta hartarse.

Pero aquella vez le entró no el pingo sino el demonio. Se metió debajo de mi cama y mi madre me ordenó sacarlo. Muéstrale un pancito para que salga. Pero yo en lugar de hacer eso, también me metí bajo la cama y comencé a tirar de sus patas. Y de sus orejas. Cada vez me aproximaba más hasta que hubo un escaso par de centímetros entre su hocico y mi cara. Entonces gruñó y se abalanzó sobre mi nariz hasta casi arrancármela. Salí llorando de ahí. El susto que se puso mi madre fue tremendo. Había un doctor en la esquina —doctor Salcedo, en la esquina de Miguel Ángel y Rembrandt— y hasta allá me llevó cargando. Yo no paraba de llorar, y ella otro tanto. El doctor me curó la nariz, que casi me dolió tanto como la mordida, y mi madre y yo regresamos a la casa —el llanto me volvió en cuanto me sentí en sus brazos.

Mi madre me estaba arropando bajo las sábanas cuando entró mi padre. Estaba hecho una furia. Con toda seguridad mi hermana le había contado. Me dijo que le mostrara la herida. “Y eso que no lo viste sangrando”, sentenció mi madre en forma imprudente.

Mi padre salió de la recámara. Iba mascullando palabras. “Te vas a morir”, alcancé a escuchar. Entre el dolor, mi inconciencia y mi sentido común, sabía que se refería al Whisky. Brinqué de la cama. Mi madre intentó detenerme pero me zafé de su brazo. Salí de la recámara y busqué a mi padre. Allí estaba. Atisbando en la tarde-noche. Le gritaba al perro pero el animal no se acercaba. ¿Sabía el riesgo que estaba corriendo? Quizás estaba más asustado que yo mismo. Mi padre recorrió el patio por completo. Hasta que dio con él. Entonces lo cargó con una sola mano. Whisky aulló cuando se sintió en el aire. Le estaba doliendo la agresión. Yo lo alcancé y de rodillas y con el llanto incontrolable, le rogué a mi padre que no lo matara. Que la culpa había sido mía. Por toda respuesta, el jefe de la familia abrió la portezuela del auto y aventó al Whisky al interior. ¿Qué vas a hacer!, le grité yo. Llevármelo de aquí. Para siempre. O lo mato. Abrió el garage, sacó el coche y se fue. En mi imaginación le dije adiós a mi perro. Al que no volví a ver nunca más.

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