Archive for 26 febrero 2016

Cuento

A unos pasos de su casa

Para Eugenia Montalván

Con pasos cansinos, como si viniera recuperándose de una enfermedad —o, más aún, como si todavía estuviera en un estado de convalecencia—, la señora Yolanda reenfiló hacia el tramo de escalera que la conduciría hasta su casa.

A todas luces se distinguía en ella una señora de las llamadas acomodadas; pero no porque fuera portadora de pieles o joyas, que las llevaba en su pulsera y aderezo, sino porque todo en ella —vestido, blusa y zapatos —poseía la impronta de la decadencia, o la pátina del tiempo, mejor dicho. Nada se le veía nuevo, de moda, recién comprado. A sus casi 80 años, era una anciana tan respetable como ridícula. Pintada hasta el exceso. Pero segura de sí misma, a la que nada se le podía negar. En sus ojos había altivez, decisión, fortaleza. De esa fuerza que sólo otorga la adversidad.

¿De dónde venía en ese momento, ya cerca de las diez de la noche? No había muchas opciones; pero tampoco muchas posibilidades. ¿Del dentista, al que visitaba religiosamente una vez al mes?, podía ser; ¿de la iglesia de San Agustín de las Cuevas, donde el conserje la esperaba para cerrar el portón apenas ella lo cruzara?; también era posible; ¿de aquel círculo de amigas con las cuales solía reunirse una vez a la semana para jugar canasta?; no, esa opción no entraba en las posibilidades porque se llevaba a cabo los viernes, y era miércoles.

Aquí llegó a un punto en que sintió un estremecimiento doloroso y prefirió tragar saliva. Estaba vieja, no a punto de morir pero sí lo suficientemente anciana para suscitar conmiseración. Cuando esta conciencia sobrevenía, hacía un repaso de lo que había hecho la víspera. A veces se acordaba, y a veces no. Entonces se preocupaba hasta la desesperación. No faltaron las veces que pateó el mueble más próximo.

Menos mal que su fondo financiero le permitía solventar su vida cotidiana. Llevaba consigo dinero contante y sonante para hacer frente a cualquier imprevisto. En fin. Apenas entrara a su casa —que ya faltaba poco, muy poco— se prepararía un té de boldo, vería un rato la televisión y se iría a la cama —que debía estar perfectamente tendida, sin la menor arruga, precepto, entre otros muchos, que le ordenaba a Lupita, su criada con más de 30 años de servicios ininterrumpidos.

Se detuvo al pie de la escalera —que no constaba más que de cinco escalones—, abrió su enorme bolsa, extrajo su monedero, y empezó a contar los billetes. Uno por uno. Era parte del ritual. Para hacer un recuento de lo que había gastado en el día. Como si hiciera un corte que sólo ella sabía para que le resultaba útil. Pero todas las noches lo llevaba a cabo. Y siempre al pie del umbral. Así lloviera o tronara.

Pero no pudo contar porque alguien la interrumpió. Se trataba de dos hombres, dos vagos del rumbo. De esos que suelen molestar a los transeúntes, rayar los automóviles, romper los vidrios de las ventanas, robar una prenda —una camisa, una chamarra— en cualquier venta de garage con la que se toparan. En el fondo eran incapaces de cometer un delito grave; se conformaban con pulverizar la paz callejera.

Iban ebrios. La señora Yolanda percibió su aliento.

—Presta tu monedero, pinche vieja —le dijo uno

—O aquí te mueres, cabrona puta —le dijo el otro, mientras extraía un cúter del bolsillo derecho de su pantalón.

La señora Yolanda no supo qué hacer. Entre la turbación y el pánico. Cómo la molestaban los insultos, sobre todo cuando provenían de la garganta masculina. Que era casi siempre. Ella no estaba acostumbrada a que nadie lo hiciera. Exigía ser tratada como una dama. Precisamente por eso no se había casado, aunque pretendientes había tenido, y muchos; para no ser víctima de un marido abusivo.

Un millón de veces —lo comentaba en su círculo de amigas— preferible sola, sin hijos, sin parientes, que estar expuesta a los caprichos de los cobardes. Que generalmente eran violentos y estúpidos —le decía a quien quisiera oírla.

Pero esta vez, de poco le valió poner en práctica sus ejercicios de respiración, ni siquiera pudo distinguir a un hombre del otro, como para dar su descripción a la policía. Que la escucharían, cómo no. Se quejaría de la inseguridad en el barrio.

Un par de palabras escurrió de su boca como oración postrera, cuando sintió el filo del cúter cercenar su cuello: “Dios mío”.

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Cuento

AL PADRE ALFREDO NO LE TOCA REZAR EL ROSARIO

Para Pita Cortés

Arnulfo y su compadre Jorge Alberto cruzaron miradas sin intercambiar palabras, y decidieron esperar a que el padre Alfredo asomara la nariz. Llevaban más de dos horas apostados en esa esquina. Según habían logrado averiguar, el padre Alfredo emprendía su caminata nocturna entre las siete y las nueve de la noche. Tal vez sí y tal vez no. Como sea, ellos estaban dispuestos a esperar. Era el segundo intento. La decisión la habían tomado cuando Valentín, el hijo de Arnulfo y ahijado de Jorge Alberto, había regresado de la clínica. No quiso cruzar palabra con nadie. Estaban sus padres, estaba su padrino, pero ni así. Sin bajarse la capucha de la chamarra rompe-vientos, aquel niño de 12 años entró a la casa y se dirigió directamente a su recámara. Que no compartía con nadie. Pues el resto de sus hermanos eran tres hermanas, que iban de los siete a los 15 años. Con ninguna de ellas había la suficiente confianza. Ni siquiera para soportar una mirada.

Como era de esperarse, esa vez no se dio la menor comunicación. Ya su padre había hablado con él. Simplemente, todo mundo escuchó la chapa de la recámara que se corría de lado a lado. Había cerrado con llave.

Mientras mi mujer nos prepara la cena vamos a fumar a la zotehuela, le ordenó Arnulfo a su compadre Jorge Alberto.

Y salieron.

Sabes que esto no se puede quedar así, dijo Arnulfo como para sí mismo.

Lo sé. Estoy contigo. Tú ordena.

Vamos a averiguar el horario de este desgraciado. Todos los sacerdotes tienen hábitos que siguen religiosamente. Tú por tu lado y yo por el mío. A ver qué averiguamos.

Y así lo hicieron. Había varios mozos en la iglesia al servicio del sacerdocio. Lo cual provocaba confusiones. Porque cuando esperaban que el padre Alfredo diera la cara, quien ganaba la calle era cualquiera de los mozos. Ojalá esta vez corramos con suerte. Había comentado Arnulfo mientras revisaba el funcionamiento de su navaja de resorte. Cada vez que la sacaba y accionaba el resorte, Jorge Alberto no le quitaba la vista. Como para qué. Si no tenía otra cosa que mirar. O mejor dicho, si la navaja ejercía en él una suerte de fascinación.

Llegaron al kiosko que estaba enfrente de la iglesia. Convinieron en que era mejor aguardar ahí que en la esquina. Nada ni nadie habría que los distrajera. Llevaban un plan en la cabeza. Que repasaban una vez tras otra.

Compartían una historia en común que iba más allá de cualquier presagio. Muchas broncas, muchas aventuras, muchos sueños y frustraciones, de los cuales no siempre había sido fácil salir. No sólo habían sido vecinos desde pequeños, sino habían compartido la escuela, las idas a Chapultepec cuando la expresión irse de pinta era como el ábrete sésamo de los cuentos infantiles. En la adolescencia jugaron en el mismo equipo de la preparatoria, y finalmente se repartieron la novia en la carrera de comercio.

Pues ahora estaban ahí. Uno apoyado en el barandal del kiosko, y otro sentado en la escalera parecían compartir algo más que el tiempo. Cuarentones consumados, las manos les sudaban a ambos. De educación religiosa severa, la piel se les apeñuscó cuando escucharon las campanadas de la Virgen de los Magueyes. No te preocupes, al padre Alfredo no le toca rezar el rosario. Le toca al padre Isidro. Bueno, masculló Arnulfo. Que en ese momento descubrió, envuelta en su sotana, la figura del padre Alfredo cruzar el umbral de la iglesia, y dar vuelta a la derecha. Los dos se alistaron al instante, y como atraídos por una fuerza inexplicable, fueron tras el padre.

Cruzaron la avenida Hidalgo, y enseguida la de Morelos. Siguieron sobre esa calle y pronto estuvieron en la glorieta Morelia, que era donde convergían calles y avenidas. Enfrente del parque de la colonia. Alcanzaron el extremo opuesto, y, cuando vio que nadie se aproximaba, ni vehículo ni persona alguna, Arnulfo dio la orden: “¡Ahora o nunca!”. Cada uno tiró de un brazo al padre Alfredo. Soy vicario de Jesucristo, gritó el hombre de Dios. E iba a proferir una amenaza, cuando la navaja de Arnulfo le cercenó la garganta. Lo único que escuchó fue el resorte del arma. Arnulfo limpió la hoja en la sotana, miró a Jorge Alberto, y, como si se hubieran puesto de acuerdo hasta en los detalles más nimios, emprendieron el camino a casa. La esposa de Arnulfo les había prometido una opípara cena apenas se sentaran a la mesa.

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Cuento

Servicio de taxis

Desde que le hacía la parada a un taxi, Gabriel comenzaba a relamerse los labios. Apenas se subía, miraba al taxista sin despegarle los ojos. Si era viejo o feo, en la siguiente esquina le ordenaba que se detuviera. Y furioso abandonaba el vehículo. Una vez tras otra podía repetir la prueba, hasta que se sentía satisfecho. A partir de ahí sobrevenía el Gabriel simpático y carismático.

Qué hábil era para entablar conversación. No había quien se le resistiera. Menos un taxista. Hablaba, preguntaba, inquiría. Que si había tenido una buena jornada de trabajo, que si el tráfico estaba resultando demasiado arduo, que si no se le había descompuesto el auto… Inmediatamente se presentaba. Decía su nombre y su profesión. El taxista respondía con una sonrisa forzada.

Por fin llegaba a su destino. La casa de él. Es decir, su departamento. Pues vivía en el tercer piso de un edificio elegante. A todas luces, de renta y mantenimiento elevados.
Entonces escurrían de sus labios aquellas palabras que sopesaba en el alma: ¿No gusta una copa? Permítame invitársela. Tengo lo que se le ocurra —¿lo puedo tutear?—: tequila, mezcal, vodka, whisky, brandy… La verdad lo que se te antoje. ¿Qué son cinco minutos?
De cada diez taxistas, uno accedía. Cuando decían bueno, una es ninguna, Gabriel se ruborizaba. ¡Un hombre en su casa! Caminaba de puntitas hasta la puerta de su departamento. Siempre delante del taxista, como para que su trasero pudiera ser admirado. Abría la puerta, y le hacía el gesto al taxista de que finalmente podía pasar.
De ahí en adelante todo era cortesía y sonrisa afectada. Le indicaba que se sentara en el sillón más cómodo de su sala de piel, y en el acto ponía música. Generalmente Enya o Celine Dion. ¿Y qué bebida se le antoja? O: ¿Y qué bebida se te antoja? El taxista se le quedaba mirando absorto. Asombrado de tanta atención. Pedía su trago. Y Gabriel lo atendía de inmediato.

—Espérame un segundo —suplicaba, y en efecto se desaparecía unos cuantos minutos. Salía transformado de su habitación. Vestido de bata y pantuflas. Sin más prenda. Corría hasta su pequeño bar, se servía su trago —generalmente un etiqueta negra—, y se sentaba enfrente del taxista. Con las piernas cruzadas.

Ahora más que nunca se esmeraba en su simpatía. Hablaba con gran desparpajo de cualquier tema. Pero por dentro se burlaba de su interlocutor. Sabía que lo estaba deslumbrando. Como una serpiente a su víctima. Y que realmente se necesitaba de muy poco para deslumbrar a un hombre ignorante. Aunque calculaba con exactitud geométrica hasta dónde era posible llegar. Para no provocar la ira de aquel hombre. Peligroso, sin lugar a dudas. O cuando menos así lo veía él. Porque todos los provenientes de las clases populares, para él eran poco menos que maleantes sueltos. Pero como fuera, aquellos cinco minutos de ensueño —que al final eran treinta, cuarenta— se pulverizaban. Y se quedaba solo. Una vez más. Como cada noche. A expensas de su soledad.

La verdadera experiencia vino cuando solicitó el servicio Uber. Sus amigos le habían hablado mucho de él. Que era lo más seguro del mundo. Que se pagaba con tarjeta. Que no importaba la hora que se le solicitara. Y que encima no era más caro que cualquier sitio. Por eso y porque quería vivir algo nuevo, se inscribió. Hasta nervioso se puso cuando solicitó un auto en su celular. Lo esperaría en el restaurante El Convento, en Coyoacán. A las seis en punto. Y en efecto, el mesero acudió a esa hora a decirle que su taxi había llegado. Pagó la cuenta con su tarjeta Platinum, y se dispuso a abordar el vehículo. Se asombró de la disposición del conductor. No solamente era joven, sino bien vestido, y bien parecido. Desde luego magníficamente educado. Nada que ver con los choferes de los taxis que estaba acostumbrado a solicitar. Así fueran de sitio. El empleado de Uber le ofreció una botella de agua, además de que le suplicó que le dijera qué música quería oír en el trayecto. Se sintió apabullado. Si el que conquistaba era él. Pero en fin. Le indicó el domicilio, y el auto llegó en un tiempo récord. Ni siquiera tuvo que guiarlo. Simple y llanamente, el conductor —de nombre Israel— se dejaba llevar de la mano por su GPS.

Por fin llegaron. Hizo su invitación. Pero Israel se negó a aceptarla. Alegó que lo tenía estrictamente prohibido. Que lo podían despedir. Pero ante la insistencia del pasajero, cedió. Una nada más y me voy.

Y subió. Cuando Gabriel salió del baño vestido de bata y pantuflas, Israel se había marchado. El hombre leyó en el espejo, con letras escritas en rojo escarlata: Váyase a chingar a su madre. Viejo puto y miserable. Ojalá se muera.

Gabriel se echó a llorar.

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Cuento

DOÑA FELIPA

Ese día decidí levantarme temprano, y abrir el negocio a las ocho de la mañana. Dos horas antes de lo acostumbrado. Se dice fácil pero no lo es. Tuve que poner el despertador a las seis en punto. Como vivo solo, abrir los ojos me cuesta uno y la mitad del otro. Luego vino la faena de bañarme. Con el chorrito de agua que sale de la regadera apenas alcanzo a enjuagarme. Enseguida prepararme un par de huevos estrellados —que canto victoria cuando no se revientan. Y por último, encaminarme a mi negocio —que a buen paso hago más de una hora.

Trabajo en el mercado Isidro Fabela del barrio de Carrasco, en la delegación Tlalpan. Mi negocio es un local de ropa usada. Hay de todo. Para todos los gustos. Lo mismo para el caballero que para el niño. Para la dama que para la niña. Ropa seminueva. Pantalones, vestidos, chamarras, camisas…

Pues unos cuantos minutos antes de las ocho ya estaba yo levantando la cortina. Entonces me llamó la atención una suerte de quejido lastimoso. Era doña Felipa, la dueña y cocinera del puesto de comida que está enfrente del mío. “¡Ay, Jesusito de mi corazón, mira nomás cómo vienes! Tan temprano y ya estás tomado”, le increpaba. Todos los escasos peatones que pasaban por ahí se volvían a verla a ella, y enseguida al tal Jesusito.

Que era su hijo.

Un muchachote de 15 o 16 años, tan alto y flaco como el mástil de un barco, y desgarbado como una jirafa. Su mala fama iba de boca en boca entre los locatarios. Se le conocía por su violencia y sus adicciones —alcohol y mariguana, para empezar. Era apenas un adolescente, y las chicas del barrio se echaban a correr cuando lo veían a lo lejos, a la hora que fuera. Para nadie era un secreto que los de seguridad del mercado lo tenían amenazado —más bien a la que tenían amenazada era a doña Felipa. Se le sabían delitos menores, como su afición al robo de cuanta mercancía le salía al paso, así fuera una manzana —que en un mercado una manzana es más cotizada que una cartera.

—¡Mira cómo vienes, hijito! Y no son ni las ocho de la mañana.

—¡Ya no me muelas con esa monserga! Me encontré a mis compas. Ellos me invitaron un traguito.

—¿En dónde están? Tráelos y les doy de desayunar. El departamento de vigilancia anda vigilando. Los van a arrestar por andar bebiendo a esta hora.

—Ni se los llevan ni les hacen nada. Nos tienen miedo. Cabrones coyones.

—Hijito, desayuna. Si no te va a hacer daño. ¿Qué te preparo?

—Traigo un hambre de perro. Hazme lo que quieras. Que pique. Mientras pásame una coca.

Y como si nada, sacó una anforita y vació la mitad en un vaso. En el que enseguida vertió la coca-cola. Dio un gran trago y emitió un eructo estruendoso.
En menos de un santiamén, doña Felipa puso el desayuno delante de su hijo. Que lo devoró. Dio otro sorbo a su bebida. Se levantó y se dirigió hasta donde su madre lavaba los trastes. Abrió los cajones de los cubiertos, y de repente levantó los brazos con unos cuantos billetes en las manos y clamó al cielo. Como dando las gracias a una corte celestial que solamente él veía.

Su madre lo contemplaba paralizada. Y no nada más su madre. Todos los que alcanzábamos a contemplar la escena.

—¡Hijo, no te atrevas a robarle a tu propia madre! ¡Dios te va a castigar!

—¡Me canso! —exclamó, mostrándonos a todos los mirones el tesoro que había extraído del cajón de los cubiertos.

—¡Hay que pararlo! —gritó el locatario de la verdura, y se aferró a Jesusito. Enseguida otro hizo lo mismo. Y otro. Y otro. Yo también me sumé. Pronto éramos más de diez. Pese a su flacura, el muchacho era endemoniadamente fuerte. Seguro llevaba mariguana entre pecho y espalda. Lo sacamos al pasillo. Lo tiramos al suelo —que él puso su grano de arena para desplomarse en posición fetal, como si supiera que de ese modo se protegía— y empezamos a tundirlo a patadas. Le llovían en la cara, en el estómago, en la espalda. Si bien en un principio trataba de esquivar los golpes, pronto se dio por vencido. La sangre le escurría empapando la camisa, y a la sangre le siguieron las lágrimas, y el grito de ¡mamá, mamá! ¡ayúdame!

Vino a mi mente el rostro de Jesús.

En ese momento sentí un golpazo en la sien. Era doña Felipa, que había agarrado una cuchara y a todos nos lanzaba palazos, al grito de ¡dejen a mi hijo, montoneros desgraciados!

Uno tras otro, nos fuimos retirando.

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