Archive for 28 marzo 2016

Cuento

De ida y vuelta

Para Angélica García

En unos cuantos minutos llegaría a su destino. Ya era hora. No conocía la ciudad ni el trayecto, pero el conductor le había dicho que calculara alrededor de cinco horas. Anduvo preguntando entre sus amigos. Hubo quien le habló mal de Guanajuato, de esa ciudad bicicletera para cursis y relamidos. Y hubo quien le habló bien. De esa ciudad de ensueño y encantamiento. En realidad, la ciudad le importaba un rábano. Estaba allí porque quería estar con una mujer: Cristina. Apenas la acababa de conocer —el jueves, dos días atrás—, pero de acuerdo con su experiencia se había establecido un puente indestructible entre los dos. Nada que ver con los fracasos que iban abultando su currículum en lo que a las mujeres se refería.

La había conocido en la sala Carlos Chávez de la UNAM. Se habían sentado juntos, y de pronto ya estaban enfrascados en una conversación que si algo tenía era el lugar común. Él preguntaba y ella respondía. Nada de afeites. Nada de malicia. Lo que en realidad llamó la atención de ambos fue la mirada. Había en esas ojeadas del uno al otro mensajes de promesas no muy ligeras.

Salieron del concierto —que a ambos los había empapado de aburrimiento—, y se dirigieron al Sanborns más cercano. El bar le gustaba a él. La vida de cada uno salió a la luz cuando estuvieron frente a frente. Ella era abogada, él veterinario; ella leía vorazmente, él era lector de revistas de musculatura masculina. A los 35 años de él, y 28 de ella, solteros ambos.

Cuando se percataron, ya habían consumido sus platillos y un par de tragos cada uno.

—Me encantaría conocer Guanajuato —la sorprendió él. Ella no captó el mensaje. O cuando menos no cabalmente. ¿Se estaría insinuando? Ya habían hablado de que ella vivía con sus padres, y de que no tenía lo que se decía en una sola palabra: compromiso.

—¿Te atrae mi pueblo?

—Sí. Pero más me atraes tú. Me gustaría caminar contigo por los callejones…

—Algunos son muy aburridos.

—Quizás. Pero no el del beso. Tan famoso y cotizado.

—¿Cotizado?

—Sí, ya anduve preguntando.

Quedaron de verse el sábado. Apuntaron sus celulares. Él llegaría hacia las tres de la tarde. Comerían juntos, y se pasearían en la tarde. El tiempo luce muchísimo en Guanajuato, le había dicho ella con esa sonrisa suya de la que él empezaba a enamorarse. Le reservaría una habitación en algún hotel del centro, y al día siguiente lo acompañaría a la central camionera. Retornaría a la ciudad de México hacia las diez de la noche.

El trayecto estaba por concluir. Sin duda era una locura lo que estaba haciendo. Ni siquiera tenía la seguridad de que ella lo estaría esperando. Tal vez había cambiado de opinión. Las mujeres eran tan imprevisibles. Eso sí, sus tetas lo habían dejado embobado. Esa parte de la mujer ejercía una verdadera fascinación en él. Más que cualquier otra. Apenas la víspera había soñado que las lamía. Aunque tendría que ser cauto y no sembrar en ella una sensación equívoca. Porque de que la mujer iba a estar paradita ahí, iba a estar. Faltaba poco. Ya el camión había entrado a la ciudad. Aunque un pensamiento lo invadió. Sus amigos le habían dicho que las mujeres del Bajío eran muy dadas a sembrar ilusiones. O acaso abrigaba el deseo de casarse con él. Buen tipo, buen trabajo, lindo auto. Con ingresos suficientes. En fin. No estaba en sus manos impedir que una mujer lo catalogara como un buen partido.

El camión se detuvo en el andén que le correspondía. 500 pesos había costado su boleto. La línea camionera era de las más caras; pero de las más cómodas y seguras. Así que al imaginársela en sus brazos, concluyó que el costo bien había valido la pena.

Miró hacia un lado, miró hacia el otro, y no la vio. En cambió localizó la salida general. Todos los pasajeros iban para allá. Sin duda, ella lo estaría esperando allí.

Pero no estaba. Decidió conservar la calma y buscarla acuciosamente. Le marcó, pero el celular lo mandó al buzón por enésima vez. Revisó hacia todos los ángulos que su vista abarcaba. Marcó una vez más. Cuando menos, ya había transcurrido media hora desde su arribo. Se dio cuenta de que no tenía más datos de ella. Podría tomar un taxi y preguntar en los hoteles del centro, que no habría más que unos cuantos. Se sentó a esperar. Diez minutos. Quince minutos. Media hora. Se dirigió entonces a la ventanilla de la línea. ¿A qué hora sale el próximo a México?, preguntó.

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Cuento

Te traje esto

Mientras yo mismo controlara mis manos no habría ningún problema. Porque se veía como si acariciarla fuera mi meta. Para empezar yo tengo 67 años, y ella 19 recién cumplidos. Aunque no me crean mucho, porque toda la vida he sido pésimo para calcular las edades.

Daba por perdido su correo electrónico. Aunque la evocaba de vez en cuando —muy de vez en cuando—, había apuntado el dato en un libro de cuentos. Fue una grata sorpresa encontrármelo. De inmediato le puse unas cuantas líneas. Y de inmediato me respondió.

Es una chica tan engreída como linda. Se cree —como decía mi madre— bordaba por la virgen. Es decir, que el mundo está hecho a su medida. Pero este axioma no le caía del cielo sino de su padre: un hombre cincuentón —no lo conocía yo— de quien se la pasaba hablando. Porque según ella, su progenitor no hacía más que consentirla.

Pues finalmente me temblaban las manos cuando le escribía. Procuraba ser cada vez más imprudente. Avanzar un poco más en mi seducción. Si no voy por buen camino, me va a parar en seco. Pero al contrario. Me contaba por qué había tronado con su novio —con el que se la pasaba haciéndose arrumacos en la clase. Cuán lejos estaban los hombres de su generación, del ideal que se había creado. “Seguramente se debe a que son tan jóvenes como yo misma. No tienen ni la menor idea de lo que es ganarse la vida”, se atrevió a escribir en uno de esos correos que yo guardaba tan celosamente. Y quiérase que no, me pareció que allí había un mensaje.

El caso es que nos fuimos acercando a un encuentro. Se me ocurrió invitarla a una cantina. Le dije el lugar que se trababa, y, contra lo que yo esperaba —un no definitivo, pues siempre me había dado la impresión de ser una chica muy discreta—, me dijo que aceptaba encantada de la vida. Que si no se veía mal que llevara vestido. Porque su padre le había dicho que una mujer tenía que vigilar las formas, y que no había necesidad de arriesgarse. En fin, me lo preguntó. A lo cual yo respondí exactamente como su padre le habría respondido: si vas con vestido mejor te llevo a un lugar de buen ver.

Fue de vestido. Y no fuimos a la cantina.

Qué sorpresa tan cachonda fue verla. La cité a las tres de la tarde en el André de Miguel Ángel de Quevedo. Llegué media hora antes. Ordené mi whisky. Abrí el libro de Marvin Harris que llevaba conmigo —Nuestra especie— y me dispuse a leer. Cuánta sabiduría se desparrama por sus páginas. De pronto avisté un taxi que se detenía en las puertas del restaurante. Y enseguida distinguí un zapato de tacón al calce de una pierna hermosa. Entonces apareció ella.

Me puse de pie. Se aproximó hasta mí, y me tendió los brazos al cuello. Nos besamos en las comisuras. “Hola papi”, me dijo. Pero lo verdaderamente notable fue la reacción de los comensales varones. No dejaban de mirarnos. Más bien de mirarla a ella. Pensaría que era yo su amante. Quizás. “Te traje esto —añadió, al tiempo que extraía un regalo de su bolsa— para que corrijas tus exámenes.” Me di cuenta de mi torpeza. Yo no le había llevado nada. Ante mi reacción estupefacta, le bastó reírse con dulzura. El mesero se acercó para ofrecerle algo de beber, y ella estaba a punto de abrir la boca, cuando surgió un hombre desde dos mesas más allá que a pasos agigantados se dirigía a nosotros.

—¡Hija! ¿Qué haces aquí? ¿Y este hombre?

Me levanté y lo enfrenté.

—Señor. Mi nombre es Samuel Cedillo. Soy maestro de su hija. Y estamos celebrando la clausura del curso que lleva conmigo.

—¿Y venir a un restaurante es costumbre entre maestros y alumnos?

—Pues sí. Porque además es mi cumpleaños —dije y le señalé el regalo. Con eso fue suficiente. El hombre se quedó tieso. Tragó saliva, se despidió —le dio un sonoro beso a su hija— y emprendió el camino rumbo a su mesa. Un matrimonio lo esperaba.

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Cuento

Doscientos pesos limpiecitos

Para Rosalba Velásquez

Le robé 200 pesos a Filiberto Domínguez, uno de los amigos que llevo en el corazón. Si alguien me hubiera preguntado: ¿serías capaz de robar a tu amigo? Al instante habría respondido que no. Porque antes que ninguna otra virtud de la condición humana, la amistad es para mí el valor más alto.

Pero en este caso —como acontece en lo que a la vida se refiere—, no tuve más remedio que hacerlo. Como si una fuerza interior me hubiese impelido y obligado.

Aquella noche pasé a la cafetería de Filiberto a tomar un café, cruzar unas palabras con él y proseguir mi camino. Porque para mi fortuna, la cafetería —que tiene el pintoresco nombre de Tabasco— queda a un par de calles de mi casa. Por lo que detenerme y saludar a mi amigo —tome o no café— ya forma parte de mi caminata.

Pues bien. En aquella ocasión ocupé mi mesa favorita, y él se aproximó a tomar la orden y de paso cruzar algunas palabras conmigo.

Y así llevábamos unos cuantos minutos, cuando entraron dos señoras. Filiberto se levantó inmediatamente para ofrecerles sus servicios. Y justo en ese momento lo vi: un billete de 200 pesos a los pies de la silla que había ocupado mi amigo. Esperé a que se alejara un poco más, y al instante puse mi zapato sobre el billete. Lo hice hacia mí. Y con el mayor disimulo —eso sí, con el corazón a punto de reventar— me incliné, lo recogí y lo guardé en mi bolsillo.

Seguí tomando mi café, y leyendo —cada vez con mayor interés, hay que decirlo— la novela de Henry James que llevaba conmigo. De pronto Filiberto se acercó hasta mí. ¿Qué crees?, me preguntó. Que acabo de perder un billete de doscientos pesos. ¿Dónde? ¿Ya lo buscaste? Sí, me dijo. Pero no hay nada. Ya hasta lo busqué en la banqueta. ¿En el baño? También. Ya lo revisé. Según yo, en todos los rincones. Qué raro, repuse. Por ahí ha de andar. ¿Saliste a la calle?, pregunté yo, azorado. No, no he salido. De todos modos ya busqué. Pero es que luego los billetes se vuelan. Eso sí, asentí yo.

Me quedé cosa de media hora. Un poco más. Un poco menos. Vi a Filiberto reanudar su búsqueda. Se asomaba debajo de las mesas —no más de una docena—, de las sillas, incluso aquellas clientas le dieron una manita. Yo lo mismo. Entonces lo llamé a un extremo y le pregunté: Filiberto, ¿era el dinero que tenías que llevar a tu casa? Tú me has dicho que tu señora es muy estricta en la cosa de los centavos. Sí, me respondió. Ya sé lo que me espera. Una regañiza brutal. Pero no es eso lo que me preocupa, sino el hecho de haberlos perdido. ¿Cómo puedo ser tan descuidado, tan estúpido? Cada vez estoy peor. Te voy a recomendar unas pastillas para la memoria. A lo mejor ayuda. ¿Por qué no hacemos una cosa?, acoté. Dime, Eusebio, qué se te ocurre que me pueda quitar hasta la resequedad de la boca. Mira, dije. Yo con mucho gusto te puedo prestar esos doscientos pesos, y me los pagas cuando sea, cuando tengas. Hasta me puedes pagar con cafés. ¿Cómo ves? Se me quedó viendo como queriendo descubrir algo en mi mirada. Algún indicio que sólo él y nadie más que él atisbara. ¿Pero no te voy a perjudicar? Te lo acepto pero con la condición de que te lo pague peso sobre peso. En una semana máximo. Como tú quieras, repuse a mi vez, y saqué mi cartera. Delante de él extraje un billete de 200 —llevaba dos—, y lo puse en sus manos. Rogándole a Dios que Filiberto no le hubiera hecho una marca. A veces, a la gente le da por hacer esas estupideces.

En efecto, en una semana Filiberto Domínguez liquidó su deuda.

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Carta a Vicente Quirarte

Ciudad de México, marzo 2 de 2016

Vicente, hermano:

Se agolpan en mis manos las cosas que tengo que decirte. Este 3 de marzo en que ingreses al Colegio Nacional es un día especial para ti. De los más importantes de tu vida. Pero yo no te acompañaré. Aunque sí estaré a tu lado. Me explico.

Gracias a la generosidad de tu padre, te conozco desde hace muchos años. Quizás más de 30. Tu amistad me honra, entusiasma y alegra. Lo mismo que me provoca la audición de una buena sinfonía. O la lectura de un buen libro. Te conozco y me conoces. Nos valoramos. Nos queremos. Sabes la admiración que te guardo. Tu prosa pulquérrima es para mí de las fiestas que tendré en mi alma hasta el día de mi muerte. Eres la encarnación de los recuerdos intensos —que todo hombre lleva a cuestas: tu padre, tu señora madre, tus hermanos—, de los rincones domésticos y citadinos, de los sabores que incitan el paladar. Te he abierto mi corazón, y me has abierto el tuyo —aprovecho para decirte que te he extrañado cuando no has ido a los homenajes que se le han hecho a mi padre; pero eso ahora no viene a cuento.

Estaré contigo, y en algún momento de la noche sentirás mi presencia.

Pero no iré porque soy incapaz de respirar el mismo oxígeno que las celebridades—y sus admiradores, no sé qué sea peor. No puedo. Va más allá de mis fuerzas. No sabría ni en dónde meterme para ser invisible a la mediocridad ilustrada —de la cual hay varias excepciones; tú, entre ellas. Ese mundo, noble Vicente, me resulta insoportable. Me gusta ir al Colegio Nacional, pero nada más cuando la música convoca; como los conciertos que organiza el querido maestro Mario Lavista.

Sólo soy capaz de convivir con los muertos —por eso mismo le organicé seis homenajes luctuosos al marginal Silvestre Revueltas, nuestro más grande artista. Ésa es la maldita cosa. No treparse a la diligencia del poder oficialista, sino meterle el pie.

Te confieso que la intimidad me parece la parcela idónea para festejar a un hombre como lo eres tú. Alejados del encomio, de la adulación. Sin hablar de los éxitos memorables, sino del abandono. Nuestro espíritu saldrá beneficiado. Que, por otra parte, ya nos la debemos. Tú, beber a la salud de Melville; yo, a la de Brahms.

Otro pendiente: resolver, en el terreno de la cordialidad, el mundo en pugna que nos tocó vivir. Incontables veces he tocado la puerta de tu corazón. Con la esperanza inaudita de que me abras. ¿Y cómo habrías de saberlo? No hay modo. Pero te comunico que el ámbito de la amistad es como el de la música. Que nos arropa siempre. Aunque ni cuenta nos demos.

Te ruego que me comprendas las razones por las que no estaré ahí, esta noche. Como yo intento comprenderte a ti. En la medida que lo hagamos, nuestra amistad se perpetuará. Te quiero, Vicente, casi tanto como a mi perro Koechel. Estás en mi corazón siempre.

Eusebio Ruvalcaba

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