Archive for 27 abril 2016

Cuento

Me gusta que los hombres me miren

Para una personita

Si ustedes hubieran conocido a mi madre, habrían visto un dejo de ira en sus ojos. Era como si hubiera traído un hacha en la frente. Porque siempre odió que los hombres se le quedaran viendo. Ése era el motivo. Y eso nunca lo pudo soportar, ni al final de su vida. Le producía un escozor terrible. Cuando entrábamos a un restaurante —porque eso sí, le encantaba ir a restaurantes—-, comenzaba su sufrimiento. Porque era muy bonita, extremadamente guapa, y siempre había un hombre que se le quedaba viendo. “Ya van a empezar”, me decía. “¿Cómo puede una mujer decente deshacerse de esta monserga? Es tan molesto soportar este tipo de hombres”, reclamaba. Y todo hacía, menos levantar sus ojos de la sopa. Yo me preguntaba: si ir a un restaurante le producía urticaria, ¿por qué ir a la fuerza? Si para ella representaba algo tan insoportable, ¿por qué someterse? Hasta que un día la puse, según yo, contra la pared: mami, ¿cómo le hiciste para que mi papá se te acercara? Sobre eso no quiero hablar, me respondió. Tú sabes bien que tu padre y yo nos casamos por las tres leyes, pero ni a él le admitía que me viera con ojos de deseo. Para eso existen las putas. Le decía a tu padre. Vete a mirarlas a la calle. A los hombres hay que ponerles un freno. Como lo manda la santa iglesia católica. Si nosotras no educamos a los hombres, ¿quién se va a encargar? Tú eres mujer, y ya tienes que haber sentido en carne propia el peso abrumador del machismo. Hay que ponerles un freno, de lo contrario la bestia que traen los hombres se sale de su jaula. Porque el brillo maldito y degenerado de la bestia está en todo lo que hace un macho: te mira cómo te subes a un coche, te mira cómo te bajas, te mira cómo te sientas. Los machos son tan monstruosos que te desnudan con la mirada. O con las palabras. Con los piropos. Que son vulgaridades para que la mujer caiga. Atraída por la obscenidad. Yo sé por qué lo digo. Yo sé mi cuento. Mira tú, ¿no te has fijado en el metro cómo te miran, con qué lascivia, con qué lujuria, sólo porque te vas pintando los ojos o la boca? Son horribles. Dime tú, ¿qué pensarías de una mujer que le gusta que le vean los calzones? ¿Te parece correcto? ¿Dirías que es una mujer decente? ¿Dirías que es una mujer que se da su lugar? ¿Verdad que no? Es una cualquiera. La mujer decente siempre es decente. Eso es la ley. La ley de Dios. Aquella mujer que se siente honrada. Dueña de su cuerpo. Inmaculada —que quiere decir sin mancha, ya lo sabes. Consigue marido con enorme facilidad. O tú dime: ¿a quién crees que prefiera un hombre: a una mujer fácil, o a una mujer que se da a desear? ¿Por qué crees que han disminuido tanto los matrimonios?¿Por qué crees que a los hombres cada vez les atraen menos las mujeres? Por facilotas. Porque ya el hombre no tiene que conquistar nada. La mujer está ahí, como la fruta del mercado. Enseña todo para que se antoje. Sobre todo a los machos. Para que los hombres la deseen. Ya la mujer no es como antes. Ya no es espiritual. Ya no va a la iglesia. Ya no reza. Ya no se persigna. Yo sé que tú no eres así. Ni yo tampoco lo fui. Nunca. Para mí no había nada más importante que encomendarme a Dios en las mañanas. Y por las noches agradecerle que nadie me había visto con ojos de demonio. Bueno, ni siquiera que nadie me había visto las piernas o los pechos. Así fuera disimuladamente. Porque ya te lo dije: enséñales un poquito a los machos, y les sale la bestia. Se ponen como locos. Bájate el escote tantitito y vas a ver cómo se ponen. Entonces sí. Te prometen todo. Son unos hipócritas. A cambio de un poquititito te bajan las perlas de la virgen. Tramposos. Tú como mujer te la pasas tapándote, y ellos como hombres se la pasan destapándote. Por fortuna no todos. Gracias a Dios.

—A mí sí me gusta que me vean, mamá. Me encanta. La sensación es riquísima. Siempre me gustó. Y a ellos también.

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Poema

Me exprimió y la exprimí

Fueron seis años
de una fuerza contra la otra.
No he amado a ninguna otra
mujer como a ella.
Ni ella ha amado a ningún otro
hombre como a mí.
Me lo dijo. Y se lo dije.
Cada correo. Cada llamada.
Era un duelo.
Cada encuentro. Cada beso.
Cada acostón.
Cada golpe —¿tenía que decirlo?
Era un camino hacia el infierno.
Vivíamos atenidos al desafío.
El trago dictaba la medida.
Hicimos cosas indecibles.
Ni siquiera aptas para confesarse
entre líneas.
Nos juramos amor eterno.
Ahora cada quien sigue su camino.
Como dos personas estúpidamente
civilizadas.

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Adrenalina

La capacidad de asombro

Para Bárbara

Hasta el día de ayer —miércoles 13 de abril—, consideraba irremisiblemente perdida mi capacidad de asombro. Una virtud que me ha acompañado a lo largo de mis 64 años de vida. No exagero cuando digo esto. Pues desde que era un chiquillo de meses, mis sentidos —en particular el del oído y la vista— vivían pendientes de todo lo que me rodeaba. Aun cargado por mis progenitores, cualquier estímulo me llamaba poderosamente la atención. Espero no sonar demasiado arrogante, pero el mundo estaba hecho a mi medida. Y en esa misma proporción, lo acomodaba al tamaño de mis manos. Le quitaba cosas. Le añadía cosas. Aún no tenía la capacidad de nombrar. O de nombrar el universo que me rodeaba, pero me bastaban sonidos guturales salidos de mi garganta para decir esto es esto, y esto otro es aquello.

Así crecí. Mis sentidos se convirtieron en una especie de tamiz por donde se filtraba el mundo que me rodeaba. Yo iba separando lo que consideraba lo mío. Y me atrevería a decir que tiene que ver con el placer. Pues el tacto, el gusto y el olfato —tan preciados para muchos— permanecían excluidos de mis intereses ontológicos. En cambio allí estaban el oído y la vista. Que se transformaron en la piedra de toque de mi existencia cotidiana. Gracias al cielo esos sentidos eran mis esclavos. La música era el incentivo cardinal. Como si hubiese venido al mundo a ponerme a prueba a través de mi sentido del oído, a través de mis tímpanos filtraba lo que para mí sería la belleza del alma. Era yo un niño de cinco años, cuando ya discernía la gran música de toda esa masa enfermiza y atrofiada. Mi espíritu se complacía en distinguir las armonías juguetonas de Mozart, las severas de Beethoven, las encantadoras de Brahms. No me resultaba nada difícil. Al punto que de pronto le pedía a mi madre que me tocara alguna melodía de cualquiera de estos maestros. Mi madre se sentaba al piano, y yo me complacía como una mascota cuando le arrojan un hueso. Paso a paso, el oído se fue convirtiendo en mi modo de relacionarme con el mundo. Ni idea tenía yo de que a la vez iba depurando mi sentido del gusto. Al punto de que no tardé mucho en ser un verdadero intolerante. Sobre todo en mi adolescencia, cuando no admitía yo réplica alguna a mis preferencias musicales. ¿Por qué no fuiste músico?, solían ponerme contra la pared. Y yo respondía inequívocamente lo mismo: porque mi papá no tiene paciencia para enseñarme, y yo quiero que me enseñe él o nadie. Así que mis manos sobre el teclado —porque también intenté ser pianista— tocaban lo que estaba escrito. Y hasta ahí.

Pero mi otro sentido que me permitiría ver las cosas a través del ejercicio del asombro, fue, ya lo dije, el de la vista. Pero no se piense que por el adiestramiento en separar lo bello de lo cursi. En admirar los pintores del Renacimiento —que tanto le gustaban a mi madre—, en inventariar a los artistas emanados del impresionismo, sino porque a través de la vista descubrí el mundo íntimo de la mujer. Ahí estaba. Todo para mí. Para que mi vista recorriera las piernas femeninas, los ojos con sabor a mujer.

Así tenía mi mundo construido. El oído y la vista. Cosa de ejercitarlos todos los días. Hasta que de pronto se atascaron en el pantano de la vida diaria. De la decepción amorosa. De la frustración sincopada. Ya rayaba yo en mis sesenta años, cuando me percaté de mi estulticia cerebral. Y así hubiera seguido, de no haber estrechado el corazón de una joven que al momento de darme por vez primera la mano —luego de haber impartido la materia de Cuento III, en el plantel Cuautepec de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México—, me preguntó: ¿Usted es el hijo del maestro Higinio Ruvalcaba?

Extraje fuerzas y le respondí lo único que vino a mi cabeza: —Sí.

“Ésta sabe de música”, me dije. Y un torrente de sonidos perfectamente articulados vino a mi cabeza. Me sentí imbuido de vida. Por fin podría descargar en un alma bella y afín mi amor por la música. Y por la vista.

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Aforismos

¿Por qué le pegamos a las mujeres?

1) Porque se lo merecen.

2) Porque no entienden de razones.

3) Porque son aferradas, necias, pueriles, vacías.

4) Por que encarnan a nuestra madre. Y siempre quisimos golpear a nuestra progenitora.

5) Porque nos desesperan.

6) Porque les echamos la culpa de nuestros infortunios. De nuestras bajezas. De nuestros fracasos.

7) Porque se burlan de nuestras apetencias sexuales.

8) Porque se mofan de lo que amamos.

9) Porque nos engañan.

10) Porque los hombres somos desalmados, injustos, abusivos, cobardes.

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Cuento

Una madre

—¡Dame más! —exigió el niño.

—¡No! Es lo que te mereces. ¿Crees que gano todo el dinero del mundo para estarte complaciendo, escuincle baboso?

El niño se le quedó viendo a su madre. Tenía tres años, y no entendía aquellas palabras. Aunque sí las comprendía. Ya se iba acostumbrando. Todos los días las escuchaba. Todos los días su madre las escupía.

—¡Dame más! —insistió, con lágrimas en los ojos.

—¡Que no! A ti te debo mi desdicha. Mi soledad. Mi abandono. Tu padre me amaba como a ninguna otra. Mucho más que a la puta de la Margarita. Con la puta que anda ahora. Ya te he platicado de ella. Y más me deseaba. Cogíamos donde le entraba la calentura. En el taxi. En el garage. En la sala, cuando ni mi papá ni mis hermanos, ni nadie de mi familia se daba cuenta. En el atrio de la iglesia —¡pero para qué te menciono a ti qué chingados es un atrio, ni idea tienes de lo que es eso!—, o fíjate muy bien, recargados en un coche, acostados en el cofre. Ésas eran las locuras de tu padre. Pero es que tu papá era un bárbaro. Un caliente. Pero cuando le dije que estaba embarazada, en ese momento me mandó a la chingada. Para él una mujer embarazada era como una diosa. Fíjate lo que digo. No se podía tocar. Ni siquiera con los ojos. Nada de meterle la mano. Y eso que yo me cuidaba tanto. No quería embarazarme. Traer al mundo un pinche chamaco idiota como tú. Porque sabía las consecuencias. Si me embarazaba, me iba a llevar el diablo. Cómo chingados no. Tu papá me lo había dicho un millón de veces: el día que te embaraces te dejo. Porque las mujeres son para coger. No para traer hijos. Así era tu padre. Un caliente. Así son los hombres de una pieza. Cabrones. Ojalá algún día tú seas así.

—¡Dame más! ¡Tengo hambre!

—Ya sé que tienes hambre. Me vale madres que tengas hambre. Mejor. El hambre te va a quitar las ganas de andar cogiendo a lo pendejo. Ya verás cuando pasen los años. Primero se come y luego se coge. Chúpate el plato. No seas remilgoso.

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