Archive for 27 mayo 2016

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Mozart 2/8

Escucha un ladrido, y se incorpora
de inmediato.
Sobrevienen entonces
aquellas lamidas en la cara,
cuando recién le habían regalado
a Pimperl, su mascota.
¿Qué nombre le vendría bien?
Su hermana Nannerl
sugirió uno.
Su madre, otro, que apoyó su padre.
Pero el pequeño Mozart
no había estado de acuerdo.
Él quería uno que sonara a música.
Y a eso sonaba Pimperl.
A dos notas
extraídas de ese extraño instrumento musical,
dotado de rabo y cuatro patas.
Lo cargó por encima de él,
y lo llevó a la habitación de sus padres.
Se veía hermoso con el perro a cuestas.
Los dos se veían hermosos.
Llamó a la puerta,
y apenas entró a aquella enorme recámara
su padre le ordenó que se preparara
porque hoy le tocaba bañar a Pimperl.
La sonrisa de Mozart
desapareció al instante.
¿Me puedo bañar con él?
Por supuesto, dijo su padre.
Por supuesto que no, acotó su madre.
Y dos lágrimas escurrieron espontáneamente.
Pero ahí no había nada más que hacer.
Mozart lo sabía:
cuando su madre daba una orden,
nadie protestaba.
Ni su padre Leopold,
que esta vez se limitó a bajar la cabeza.

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Mozart

En la enfermedad.
En la rutina de la existencia cotidiana.
En el dispendio amoroso.
En el núcleo familiar.
En la aplastante soledad,
está Mozart.

En el viaje de la vida diaria,
cuyo fin se avista inexorablemente.
En la naturaleza, que se levanta alrededor nuestro
y que de pronto parece desplomarse.
En el fragor de la lucha por la sobrevivencia,
está Mozart.

Nadie se explica el fenómeno Mozart.
Hay quien lo adjudica a una distracción
de Dios.
Hay quien lo atribuye a una confabulación
fuera del entendimiento.
Como un hoyo negro sideral.

Como las palabras de Homero.
Como los colores del Sanzio,
Mozart nos permite remontar el día de mañana.
Paliar nuestro desconsuelo.
Atisbar el alivio.
—mientras nos quede una sinfonía por oír,
tenemos un día más de vida.
Garantizado.

Nada más fácil de escuchar.
Es el principio mismo de la naturalidad
en la música.
Su torrente sonoro semeja el viento y la lluvia.
Se le escucha y nos investimos de esperanza.
Pues donde hay armonía con el mundo
está Mozart.

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Lo peor

Lo peor que le puede pasar a un hombre es que se enamore.
Todas las cosas cambian de perspectiva.
Su entendimiento lo utiliza como jerga
para la entrada de casa.
Aun en las cosas más insulsas encuentra la gracia
que diferencia a los hombres de los animales.
Respeta a los que apenas ayer aborrecía.
Y se carcajea de sus ocurrencias con la risa
que distingue al discapacitado cerebral.
Le pide a Dios que la noche no sobrevenga,
porque ella se ocultará en el limbo de los sueños.
Y cuando por fin su cerebro empieza a perderse
en el perímetro del duermevela,
se despide de ella empapado de sudor.
Se promete verla al día siguiente.
No se le quita de encima
la idea de que amanecerá con aquella imagen
en su cerebro.
Quién quita.
Dios premia a los fracasados
sedientos de esperanza.

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En torno al padre

1) Si cuando menos el hijo tratara al padre como al peor amigo.

2) El padre resiste; está hecho para eso. Primero se forjó como hijo. Maltratar a la madre resultaba demasiado arduo. Cuesta arriba. Pero en cambio, el hijo advirtió que el padre resistía los más duros embates. Hombre al fin, estaba hecho para lamer la yunta. De la madre no necesitaba más que ternura, una sonrisa de vez en cuando y unos cuantos besos.

3) Una vez que el hijo se torna progenitor, vienen a su mente las vicisitudes —los dolores, sería más apropiado decir— que le hizo pasar a su padre. Cuando esto acaece, significa que ya está preparado para resistir las mismas embestidas, y más fuertes aún.

4) Llega un momento en que el padre ruega por que su hijo despliegue las alas y remonte el vuelo. Aunque cada vez que lo piensa se arrepiente. Porque ante el ataque filial, recuerda a aquel pequeño que se le trepaba a la espalda y que a cuestas lo llevara a recorrer el mundo en miniatura.

5) Ante la inclemencia del hijo, el progenitor sabe que ahí está la verdadera medida de las cosas. Aunque se merezca la paz que dan los años —si es que se lo merece—, ésta no sobrevendrá jamás. Tal vez por eso, tal vez porque querían gozar de la sublime serenidad que da el saber que se está en el camino correcto, los grandes de espíritu no tuvieron hijos. Con tres ejemplos basta: Jesucristo, Beethoven y Brahms.

6) Infortunado el progenitor que se asume como ejemplo de tenacidad, de honradez, de trabajo. En la carcajada siniestra de su hijo, debe adivinar lo que opina de esa conducta irreprochable el único hombre que de veras le importa.

7) No hay padre que se cobre los desplantes de su hijo hacia él. En el fondo se arredra. Porque no está hecho para educar sino para soportar —nadie está hecho para soportar. Así hizo su padre con él. Me lo merezco, se decía al momento de conciliar el sueño. Todas las noches.

8) Ser padre significa una escalada de temores, cuando no de congojas. ¿Soy hijo de mi padre?, hay quien se pregunta con justa razón. ¿Soy padre de mi hijo?, hay quien se pregunta. Desde luego y también con justa razón.

9) Cuando un padre ve en su hijo determinada señal de herencia suya —el color de los ojos, la forma de la nariz, la caía del pelo—, lo que estará viendo será una réplica manipulada por él mismo, por su propia imaginación.

10) Finalmente termina por desaparecer el vínculo más fuerte que une a un padre con su hijo: el juego. Todo lo que significa la relación entre dos hombres —las luchas, la cascarita, los aventones, las vencidas— termina yéndose por el caño. La vejez paterna más la adolescencia que avanza soberbia y adusta, acaban por cancelar cualquier posibilidad de reconciliación.

11) Cada uno contribuye a sepultar aquel lazo lúdico: el hijo con sus nuevas amistades, sus adicciones, su desprecio por cualquier forma que huela a tradición; el padre con su cada vez más ostensible ostracismo, con el agotamiento que viene arrastrando, con sus enfermedades agolpadas, con su alcoholismo. Por cierto, las redes sociales ponen su granito de arena en este distanciamiento.

12) Bajo la óptica del hijo, un padre comete un error tras otro. Aunque no contempla que el primer error de su progenitor fue engendrarlo a él.

13) Aunque a decir verdad, y vistas las cosas desde el extremo opuesto, no hay padre que no se merezca la guillotina de su hijo. No hay padre que pueda tirar la primera piedra. Absolutamente todos cometen los mismos, terribles, nefandos, salvajes errores. Todo eso se paga. Si se piensa que traer al mundo a ese vástago fue el primer error, los subsecuentes caen por su propio peso. Porque el padre es irracional —bajo el pretexto de estarle haciendo el paro a su hijo, permite que las cosas se salgan de control—, es egoísta —si él salió del paso por sí mismo, que su hijo lo haga también—, es endémico intelectualmente hablando —no privan más que sus puntos de vista, y menos admite discrepancia o discusión alguna—, es veleidoso —su humor cambia según las copas que traiga entre pecho y espalda—, y, peor aún, es innoble —quien es así, se empeña en no ver en su hijo las virtudes que va generando aquel ser. Que necesariamente han ido cambiando al paso del tiempo. Y por último, es avaro. Siempre trae en la cartera el dinero que bien comparte con sus amigos o su amante, pero no con su hijo. En el fondo piensa: que se lo gane. ¿O no me costó el sudor de mi frente? Ahí se acaba la moral de este hombre. Ahí principia su doble moral.

14) Dichosos los hombres que no tienen que probarse como padres de hijos varones

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