Archive for 29 julio 2016

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Mozart VI

Cuando una mujer escucha
Mozart
su rostro se dulcifica.
En su fuero interno
las cosas se reacomodan.
Descubre que el dolor está hecho
de alivio espiritual.
Y que el sufrimiento
no siempre es punzocortante.
Toca su corazón
y advierte el origen de la humanidad.
Porque en cada mujer
está el origen del hombre.
Son palabras que se imaginó dichas
por su propia madre.
Aquella vez que escucharon a Mozart
llamar a la puerta.

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Libro de Marco Ornelas

Hay poetas, qué bueno, que el amor por la música trasciende su propia poesía.

Tengo en las manos El concierto conciliatorio, libro de poesía de Marco Ornelas publicado en León, Guanajuato, por Editorial San Roque. Desde el primer poema, se advierte el apego a la música. Como si el torrente sonoro dotara de estructura a las palabras. Dice el poema: “He pasado la imagen de los jardines ecuatoriales a la partitura./ Cuando regrese del viaje, mujer,/ reconóceme por la melodía./ No fui a conquistar tierras lejanas,/ fui por un obsequio,/ a traerte aquel paisaje en estas canciones de amor”.

Y entonces uno se pregunta si se está leyendo un poemario del amor –-pues el tema de la incandescencia amorosa se filtra verso tras verso—, o un canto musical en el que se significan las mutaciones del amor a través de su esquema sonoro.

Pero no basta con decir que son poemas respetuosos de las estructuras poéticas. Es decir, de las estructuras convencionales. Gambusino incansable de la forma, de pronto Marco Ornelas recorre los límites de los linderos poéticos. Trayecto en el que audacia y espíritu lúdico se dan la mano. En el poema intitulado de eternidad se divierte de lo lindo haciendo de cada verso un peldaño hacia la eternidad. Dice:

de eternidad

alcanzó una nota

el canto de los enamorados

En el concierto del amor

Ciertamente nada hay nuevo bajo el sol. Pero eso no debe arredrar al poeta verdadero. Pero asimismo, tampoco conformarse con ventilar el sentimiento amoroso. Impelido por la exploración, Ornelas va de un límite a otro del perímetro poético. Dice:

Para descifrar los signos del amor
transformé mi pensamiento en notas musicales
donde la razón fue ruta de extravío
la música
dilucidará ahora
lo inefable

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Mozart V

Escucho la música de Mozart
y viene a mi corazón
la infancia de un niño feliz.
En mi casa siempre había
música de Mozart.
Al piano, al violín,
en tríos o en cuartetos,
la música de Mozart
me daba la bienvenida.
Era como el permiso que necesitaba
para cometer cuanta diablura
se me ocurría.
Porque si mis padres
se encontraban concentrados
en la música,
yo disponía de la casa a mi antojo.
Al lado de mis juguetes favoritos,
la música de Mozart tenía
su lugar de honor.

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Mozart IV

Mozart también ha generado envidias.
Compositores contemporáneos suyos
—y no tan contemporáneos.
Mediocres que se quebraban la cabeza
preguntándose de dónde provenía tanto prodigio.
En vez de admirar y postrarse.
Como si ese camino estuviera cerrado para ellos
—que sí lo estaba.
Seguramente veían en ese ámbito
la contundencia de lo inexplicable.
¿Por qué Dios se empeñaba
en dar tanto —todo— a uno solo,
y tan poco al resto de la humanidad?
—se preguntaban con la frente empapada
de sudor.
¿Qué había hecho Mozart para merecerlo?
Algún día —se repetían en el cuchicheo—
la humanidad ajustaría cuentas.
Siguen esperando.

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Mozart III

Nada más quiero acariciarlo.
Y lo acaricia.
El nuevo amo lo monta y se aleja.
Mozart lo mira.
Es de sus últimas pertenencias.
Ha ido perdiendo todo.
Aquellas palabras de su padre
aún repercuten en sus oídos.
Guarda, ahorra, prevé.
¿Por qué parecía antever todas
las desgracias si era un humano
como cualquier otro,
de qué poder gozaba?
Aún se le hiela el corazón
cuando mira a su corcel.
Cada vez más pequeño.
Como su propia felicidad.
Que se extingue día a día.
Uno de los muchos caprichos
que le exigió Constance.
Porque a ella le gustaba ser admirada
a bordo de la cabalgadura.
Por eso se lo exigió a Mozart.
Aunque significara un sacrificio.
Lo exigió porque sabía que su marido
le daría gusto.
Nada le negaba.
Nada que estuviera en su mano.
Era incapaz de adelantarse
a cualquier desgracia.
De la índole que fuera.
¿Y si pedía un préstamo?
Lo descartó de inmediato.
Sus amigos mecenas le aventaban la puerta.
Los que tenían dinero estaban hartos.
Ni aun su música tenía éxito.
¿Qué le diría a su esposa?
Su caballo había desaparecido.

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