Archive for 26 agosto 2016

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Quinteto en La mayor para clarinete y cuerdas de Mozart

Este quinteto representa no nada más un momento sublime en el repertorio del clarinete, sino de ese viejo concepto de la amistad.

Pocos compositores tan proclives al ejercicio de la amistad como Mozart. Ala inversa de, digamos, Beethoven, que por la gravedad de su carácter —por no decir lo atormentado de su existencia— se inclinaba por la misantropía, Mozart, en cambio, tendía lazos de afecto con todo tipo de personas, se tratara de músicos o de lo que hoy podríamos llamar cualquier hombre de la calle.

Y esta característica la conservó a lo largo de toda su vida, aun en momentos de profunda tristeza. Se daba por completo, sobre todo si aquella persona entendía la alegría de vivir de su corazón, que es decir su música. Bien dice Phillipe Sollers: “Mozart era el hombre más amable del mundo. Y cuando encontraba alguien que podía entender su arte, podía tocar durante horas para el hombre más insignificante y más desconocido”.

Pues bien, este quinteto —que en más de un sentido inspiraría al de Brahms, su gran sucesor— significa el apretón de manos de dos hombres: Mozart y Anton Stadler, el clarinetista que se sentía unido a Mozart por el lado de la masonería y del amor fraternal más fuerte. (Mozart compuso esta obra cuando atravesaba una dolorosa crisis financiera, y sin embargo logró prestarle a su amigo Stadler 500 florines. ¿Cómo le hizo?, ¿de dónde los obtuvo? Sus biógrafos no lo explican.) Pero no se piense que Anton Stadler era un simple ejecutante del clarinete. Su dominio técnico del instrumento —que en ese ínter abría los ojos a la modernidad como una de las grandes posibilidades en el registro de instrumentos de viento—, más una musicalidad que contagiaba al oyente, contribuyó en buena medida a que Mozart compusiera para él, o cuando menos para que él las tocara, tres obras que figuran entre las más importantes para el clarinete: el quinteto que nos ocupa, el trío para clarinete, viola y piano llamado Kegelstatt o Trío de los bolos en Mi bemol mayor K 498, y el concierto en La mayor para clarinete K 622.

Calificado como “una de las páginas más dulces y sentidas de la historia de la música, este quinteto vio la luz luego de una estadía de Mozart en el balneario de Baden, adonde Mozart acudía con su esposa Constanze para curarse en las aguas termales. En ese entonces, septiembre de 1789, Mozart, cuya existencia se apagaría dos años más tarde, vivía al límite de la desesperación, abatido por la soledad y los escollos económicos a los cuales no les veía solución posible. Sumido, pues, en la más terrible congoja, escribe esta obra maestra como un canto de gratitud, una plegaria a la sencillez y la generosidad de la vida. Desde las notas iniciales del quinteto, el escucha se sumerge en una suerte de diálogo dramático, rubricado por la limpidez y la ternura, tan caras a Mozart. Esta fusión tímbrica va aumentando en intensidad, hasta que quien oye queda inmerso en el pensamiento mozartiano, en el principio de la música misma. Acaso por eso Cioran, en una de esas frases suyas que reúnen conocimiento y experiencia, dijo de esta obra que había marcado su vida.

DISCOGRAFÍA

Las cuerdas (dos violines, viola y violonchelo) y el clarinete producen una textura sólo equiparable a los abrigos de marta de Rembrandt pintaba en sus cuadros de los señores acaudalados. Se recomienda la versión del Cuarteto Budapest con Benny Goodman (Sony), o la sin par del Cuarteto Amadeus con Gervase de Peyer en el sello Erato.

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Aforismo

Tchaikovsky hizo de las mujeres materia prima del tálamo amoroso. Sin proponérselo siquiera, desató los hilos de la caja de pandora vaginal.

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Mozart VII

Dice un amigo muy querido:
Todo Mozart es bailable.
Y acaso tenga razón.
Él mismo baila Mozart con sus nietos.
Cuando regresa exhausto del trabajo.
Cuando la sangre parece agolparse
en sus venas.
Cuando sus nietos lo miran azorados
pidiendo su cuota diaria de acción,
entonces él pone Mozart.
Y todos bailan al ritmo de una música
emanada desde el centro mismo de la tierra.
Vuelta trinos en los oídos de los niños.
Vuelta la voz de sus progenitores en los oídos
de mi amigo.

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AUTOBIOGRAFÍA MUSICAL
Scherezada de Rimski-Korsakov

Sobran ejemplos de la seducción que el Oriente ha ejercido en artistas de la más diversa índole. Músicos, escritores, arquitectos, pintores, se han dejado arrastrar por ese polvo de estrellas que colma el aire ante la mera pronunciación de la palabra “Oriente”.
De verdad que contadas evocaciones provocan tal fascinación. Me pregunto si la carencia de imaginación que caracteriza al hombre occidental es lo que lo lleva a hacer suyo el encanto del Oriente.

También los compositores han abrevado de esta magia. Por ejemplo Mozart, por ejemplo Puccini. Por ejemplo, Rimski-Korsakov.

Scherezada es una obra que, como hombres de Occidente, no nos pertenece. Su reino es de otros hombres que nada, o muy poco, tienen que ver con nosotros.

Basta con poner atención desde el acorde con el que principia. En forma instantánea, inmediata, el ya multicitado Oriente se revela ante nuestros ojos en todo su esplendor. Caemos en la cuenta de que a través de esa música aquel universo ignoto nos está haciendo suyos, se está apropiando de nuestra voluntad —y nuestro sosiego.

Armado de siete notas, Rimski-Korsakov, sin otra bandera que el arte, capturó la esencia oriental, la ató con las cinco líneas pautadas del pentagrama, y la puso a los pies de nosotros, los hombres de Occidente.

Los hombres occidentales: escépticos por naturaleza. Hombres porfiados que a todo le ponemos un pero. ¿Cuándo íbamos a dejarnos conducir de la mano por el territorio de la fantasía?

Pero Rimski-Korsakov sí que lo logra. O tal vez una mujer vuelta leyenda —Scherezada— le inspiró esta obra maestra. En ese entrecruzamiento de sus cuatro tiempos musicales, no hay otra cosa que una sensualidad que va de un extremo a otro de la obra. Una sensualidad que deja al escucha en el arrobo.

Y nos dejamos atrapar por ella. No podía ser de otra forma.

Después de la pasión voluptuosa de los dos primeros movimientos, en el tercero se cae en lo que bien podríamos llamar un suspenso narrativo, un interludio que nos lleva derechito al cuarto tiempo, en el que parece desembocar todo aquel torrente. Si habría que etiquetar esta suite, bien podría calificársela de amor sugerido, de caricia sutil.

En fin, Scherezada es una obra musical portentosa, que nos pasea por los avatares de la fantasía humana. Aun sin saber una palabra de la historia que permea por abajo del agua, nos dejamos mecer como niños de cuna.

Cuando se la escucha, hay que poner especial atención a los solos del concertino, es decir del primer violín. Es de esas piezas orquestales que permite el lucimiento de este atrilista. Hay tantos solos para su ejecución, que de pronto casi parece que estamos ante un concierto para violín y orquesta. Y conste que cada solo —que para muchos es justamente la voz de Scherezada suavizando la ira de su señor— lleva en sí la misión de cautivar, de producirnos el ensueño de una quietud bienhechora.

(Yo siempre he insistido en que no hay música para niños específicamente escrita; en que, por el contrario, un niño es capaz de deleitarse con cualquier clase de música; pero hay que verlos jugar bajo el manto de Scherezada de Rimski-Korsakov. Yo lo viví en carne propia cuando mis hijos tenían tres, cuatro años. Entonces había que verlos jugar. Parecía que entraban a otro mundo. Con esa música de fondo, todo parecía estar en armonía entre ellos. Cuando menos su semblante reflejaba cierta alegría emblemática.)

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