Archive for 30 septiembre 2016

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Dos hombres

Los tengo enfrente. Sentados en una mesa de tantas. Estamos en El Gallito. Se ve que son compañeros de oficina. Vestidos exactamente igual. De corbata. Camisa blanca. Traje oscuro. Pero uno se adivina el jefe. Algo tiene. O así es conocido aquí. Porque el mesero le toma la orden a él antes que al otro. Apunta en su comanda. Beben agua de fruta. Pese a la promoción de 2×1 en bebidas nacionales. Les traen una sopa —¿de médula, de tortilla?— que comen con desesperación. Sobre todo el subalterno. Porque uno es el jefe y el otro el subalterno. No les quito la vista de encima. Piden el siguiente platillo. No cruzan una sola palabra. Se percatan de mi mirada. Pero no se incomodan. En lo mínimo. Cada uno está jugando con su celular. Jugando o revisando sus correos. Ignoro lo que hace la gente con su celular. Ni siquiera pienso en eso. De pronto piden la cuenta. Más bien el subalterno es quien la pide. Se la llevan. La paga de inmediato. El jefe se retira. Le dice un par de palabras al subalterno. Saca un billete para la propina. Y se pierde tras el umbral de la entrada. Entonces el subalterno ordena un trago. Se lo traen. Quizás un vodka. Quizás un ron blanco. Él mismo se lo prepara. Un poco de agua mineral. Un poco de refresco de cola. Se lo lleva a la boca. Cierra los ojos. Pero no se detiene ante la acometida del alcohol. No baja el vaso hasta que concluye el contenido. Se prepara la otra. Que disfruta con sobriedad. Da un buen sorbo y deja el vaso en la mesa. Pasa los dedos por el canto. Exhala con parsimonia. Disfruta el ritmo con que lo hace. Hasta donde estoy, escucho su respiración mesurada y cultivada. Disfrutable. Levanta la mano y ordena la siguiente. Que son dos. Se la sirven como es costumbre. Una en el vaso. La otra en un caballito enorme. Se la prepara. Y la bebe. Ahora sí. Con la sapiencia del bebedor consumado.

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Madre-hijo/ Hijo-madre

Escucho las carcajadas de mi mamá.
Está sentada allá atrás.
Son inconfundibles.
Tan inconfundibles como su vestido azul
y sus zapatos.
Como su vestido
que tan trabajosamente le alcanza a cubrir
los muslos.
Como está escotado por la espalda,
es posible verle los tatuajes.
Cada nombre está acompañado de una figura.
Hay muchos nombres.
Y muchas figuras.
El mío se encuentra arriba de un águila.
Como si el águila lo fuera cargando.
Mi nombre le va bien al águila: Cornelio.
Los tacones de mi mamá son enormes.
Plateados con lentejuelas rojas.
Brillan como si fueran de plata.
¿Cuánto tiempo nos quedaremos aquí?
No lo sé.
Ojalá no me quede dormido.
Como me pasa cada noche.
Porque me gusta ver a mi mamá
cuando baila.
Es tan linda.
Quizás por eso todos quieren bailar
con ella.

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Ensayo

¿Y si Mme. Von Meck hubiera sido hombre?

Cualquiera diría que la música es neutra. Que está compuesta para el deleite. O bien para el vuelo de la imaginación. Pero si hubiese un termómetro que calibrase las emociones, hay música que genera locura. Y más en un sexo que en el otro. ¿Alguien dudaría que la música marcial permea la naturaleza de los varones, y los obliga a pensar y actuar como machos cabríos?

En el ámbito opuesto, ¿qué música volvería locas a las mujeres, sin salirse de la parcela de la música clásica? Pues digamos que no habría tantos ejemplos como acaso pudiera desearse. Música que sacuda desde la raíz misma femenina, y que provoque desde una caída de ojos hasta un efluvio vaginal. Beethoven sería el primer nombre que viene a la palestra. Aunque su cometido no fue conmover precisamente a las mujeres sino a la humanidad misma. Príncipe del romanticismo, su música cimbra y violenta. ¿Qué movía a Beethoven a crear una fortaleza musical de muros de granito capaz de pulverizar aun las voluntades más férreas, e impedir que el escucha huyera una vez capturado? Porque aun el oyente más invulnerable se dobla cuando oye la Sinfonía Heroica, o la Sonata Hammerklavier, o el Cuarteto XIII. Por citar sólo unos cuantos títulos. Esto es, se colapsa. Y agradece con las manos levantadas al cielo que exista esa música. Ese escucha se vuelve imprevisible. Neurótico. Lo que no sabe es que en el fondo de su alma, en la quilla de su temperamento, Beethoven decidió —y lo logró— que al cabo su música se impusiera a su sordera. Como un mandato del destino. Que se le recordara y honrara más por su música que por su discapacidad. Enfrentarse al tsunami era lo suyo. Que sobre todo anidara en el corazón de las mujeres, ya fue un plus.

Piotr Ilych Tchaikovsky también hizo de la música un bastión. Por encima de su homosexualidad que parecía corroerle el alma —hasta más allá de lo humano—, su música está inoculada de un espíritu de rebeldía que obliga a tomar partido. No toda su música. Pues la hay vulgar e irrelevante. Que en volumen aplasta a la beligerante, la combativa, la dispuesta a batirse a duelo. Que si bien suma menos partituras, es doblemente inmortal. Como su primera sinfonía Los sueños de invierno. O la tercera, o la cuarta, o la quinta. O desde luego la sexta, la Patética. O su concierto para violín. O su primer concierto para piano. O sus poderosos poemas sinfónicos Romeo y Julieta, La Tempestad, Francesca de Rimini

Tan no aceptaba su sexualidad, que Tchaikovsky se casó a los 37 años. Compositor acostumbrado a despertar pasiones, una tal Antonina Miliukova le escribió una carta en la que le confesaba que estaba enamorada de él, y que se conformaba con un beso. Un beso y nada más. Por toda respuesta, Tchaikovsky la matrimonió a unos cuantos días de recibir aquella misiva. Que el divorcio se sucedió vertiginosamente, era el resultado antevisto por los más allegados al músico. Amigos y parientes.

En ese ínter, Tchaikovsky recibió un sobre repleto de rublos, acompañado de una carta en la cual se le suplicaba aceptara recibir esa cantidad —que se repetiría mensualmente— a cambio de que compusiera lo que su corazón le dictara. Y ya. Sin complicaciones financieras. De ninguna especie. De ahí en adelante. Y así transcurrieron 13 años de mecenazgo.

La mecenas resultó ser Mme. Von Meck, viuda, joven, no muy agraciada, dueña de las vías ferroviarias rusas. Además de una fortuna que rebasaba cualquier cantidad imaginable. En cambio, el músico sólo tenía que componer algún capricho que muy de vez en cuando la señora le sugería. Tchaikovsky aceptó encantado. Su fuerza creadora se robusteció. No más pasar hambres. Abandonó la buhardilla donde vivía, y de inmediato se puso a trabajar. Por principio de cuentas, Mme. Von Meck le encargó una pieza para violín y piano que se intitularía Reproche. En lugar de esa miniatura, Tchaikovsky compuso y le dedicó su Cuarta Sinfonía.

Y uno se pregunta: si Mme. Von Meck hubiese sido varón, ¿habría significado la cristalización del amor para un hombre sumido en la melancolía y la desesperación trágicas, como lo fue Tchaikovsky?

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George Martin Adolf von Henselt

¿La quemaba o no? Tomó aquella partitura y la miró a la luz del fuego clamoroso que despedía la chimenea.

A su mente vino la interminable ovación que no hacía más de dos años había provocado su arte pianístico. Liszt había dicho: “El secreto del piano está en las manos de Henselt”. Anton Rubinstein: “Quedé sorprendido de su entrega pianística, especialmente en lo que se refiere a extensiones, acordes muy abiertos y saltos increíbles en el teclado”. Y Robert Schumann: “Un poderoso pianista que eclipsa a todos, que posee las manos más igualmente desarrolladas, de fuerza y resistencia de hierro, capaces de suavidad, gracia y calidad cantante”.

Para quien a lo largo de sus últimos 35 años de vida había dado únicamente tres conciertos, creó una especie de contrafama, en el sentido de que entre menos tocaba más célebre se volvía. Todo el mundo se moría por oírlo. Incluso se había vuelto costumbre que se anunciara un concierto que el enorme pianista daría. De la noche a la mañana se vendían todas las entradas, y George Martin Adolf von Henselt aparecía. Daba la impresión de que alguien lo empujaba para que traspasara el umbral de las bambalinas. Su vestir era especialmente descuidado. No sólo demodé, sino de otra talla. Al punto de que se le veía con el traje de plano largo. O corto. Él parecía no darse cuenta. Su cabeza estaba colmada de dos cosas, si es que era posible que tal fenómeno aconteciera: de música y de migraña. Pues la enfermedad la padecía desde su juventud, y no había encontrado modo de curársela. A pesar de que había consultado a los médicos más respetados de la época —el mismo Schumann le había puesto en las manos una tarjeta de su médico personal.

En fin. Que el público terminaba arrojando cojines al escenario y gritando procacidades al pianista. Alguna de esa gente habría de haber visto el deplorable semblante del maestro del teclado. El pánico que le provocaba la sola idea de presentarse, le causaba taquicardias que exigían la presencia de un especialista. En aquellos conciertos fantasmas —como se les dio en llamar entre sus más fieles admiradores—, bajaba de peso, su palidez aumentaba en forma alarmante y, lo que es peor, su memoria se extinguía a pasos agigantados. Se decía que toda esta crisis había tenido su origen en una amnesia que le había sobrevenido en un concierto durante su más temprana juventud. De pronto, a la mitad del concierto número 20 de Mozart, se había quedado paralizado, como presa de una maldición. Que la orquesta —sin director, el propio Henselt se encargaba de la conducción— guardó silencio, y un rumor desquiciante —en lugar de un silencio esperanzador, corrió entre el público. Cosa de instantes. Hasta que alguien estalló en una carcajada trepidante. Eso fue suficiente. En vez de correr hasta su camerino, George Martin Adolf von Henselt emprendió la fuga hacia la noche hasta perderse en las calles solitarias. Tuvieron que pasar muchos años para que se presentara una vez más. Más de 30 para sólo tres conciertos. Incluso le había dedicado horas de trabajo febril a la composición. Y no le iba nada mal. Una tras otra salían piezas de su pluma. De los más variados formatos. Pero la sola idea de tocarlas en público —o de que alguien las tocara— lo sacaba de quicio. Y entonces optaba por las llamas.

Pero algo tenía esta miniatura musical, Si yo fuera pájaro. Una mujer. A quien estaba dedicada: Clotilde Mafleurai. Dama de un pasado discutible —que alguna vez había estado en boca de todos—, se sentía inevitablemente atraída por el músico. Y más que por su físico —sobradamente bien parecido, pese a sus síntomas patológicos—, por sus tormentas interiores. De pronto lo inquiría: ¿por qué no se había decidido a proseguir su carrera?, ¿era un cobarde o un mediocre? Lo ponía al filo del abismo y él entraba en pánico. El mismo que lo acosaba ante el público. Se habían separado infinidad de veces, y siempre regresaban. Cómo valoraba ella esta indefinición artística por parte de su amado. Vivir al lado de un hombre que no le ofrecía más que incertidumbre le parecía tan descabellado como sublime. Había tenido a sus pies la realeza, pero eran conductas las de aquellos hombres tan previsibles y aburridas. Todo eran regalos y distinciones. La nombraban una cosa. La nombraban otra. No había un solo hombre que destilara pus. George Martin Adolf von Henselt sí. Por eso lo amaba. Por eso se sentía irrevocablemente unida a él. Porque algo tenían en común: burlarse de los preceptos. Hacer añicos las normas.

Así que le había dedicado la pieza, y sabía lo que sobrevendría si finalmente dejaba que las llamas la consumieran. Ella lo mandaría al diablo. Correría a los brazos de cualquier adinerado de la corte que la asediara. ¿Estaba dispuesto a aceptar eso? Quizás era lo que quería. Aunque por supuesto que lo negaría. Sólo aceptaría que lo había quemado por temor a trascender. Que eso —se decía él— era el verdadero motor del arte, si no imperara la mediocridad del triunfo

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La mamá de Luisito

Simple y llanamente el valet parking escuchaba a la señora. No me tardo nada. Voy a mi clase de creación literaria. Pero es que no tengo con quién encargar a mi hijo. ¿Me lo podría cuidar un momento? Como sea, vendré a darle sus vueltas. Pero señora. No tengo quien me ayude. No ha venido mi compañero. No hay pero que valga. Le prometo una buena propina. Por favor. No puedo faltar a mi clase. ¿Me lo cuidaría? Es un niño muy obediente. ¿Por qué no se lo encarga a otra persona? Luego se me acumula el trabajo. Mire, a mi hijo le encantan los coches. Lléveselo en sus idas y sus vueltas, cuando le pidan un auto, o cuando vaya por uno. ¿Cómo ve? Ai se lo encargo. Ya me voy porque se me está haciendo tarde. Una horita. Nomás una horita. La clase dura dos. Pero me salgo en cuanto lea mi trabajo. ¿Y cómo se llama? Digo, siquiera para decirle por su nombre. Luisito.

Vaya que si le gustaba la clase a la mamá de Luisito. La lectura de las grandes novelas la volvía loca. Se imaginaba que la protagonista era ella misma. Adoraba que el héroe se enamorara de ella, pero más todavía que la heroína se corrompiera hasta terminar hecha una piltrafa de mujer. Se volvía loca cuando la dama en cuestión se deshacía de sus hijos con tal de seguir la vida del hombre que amaba, así fuera hasta el quinto infierno. Su esposo no la secundaba. Te pareces a mi madre cuando veía las telenovelas —le decía—. Llega un momento en que las mujeres se vuelven insoportables. Todo se les resbala. Sus obligaciones. Sus responsabilidades. Todo. Claro está que las telenovelas pasaron de moda. Nadie las sigue paso a paso, como cuando yo era niño, pero la alharaca es la misma. Es como si estuvieras pegada a la televisión las 24 horas del día. Tu cabeza no está donde debe estar. Por eso las mujeres sufren tanto. La única ventaja es que lees. Pero la distracción es la misma. Lo único que vas a lograr es que esos libros te provoquen un desastre. Ya verás.

Pero ella no se dejaba intimidar. Al contrario, leía con mayor encono. Sus autores favoritos eran los que estaban de moda. Leía los suplementos culturales, las secciones de libros de las revistas que caían en sus manos, y siempre adquiría los de mayores ventas. O cuando menos los que figuraban en las listas de grandes éxitos.

Precisamente ese día que iba a tomar su clase de narrativa, el maestro le había dejado la reseña de una novela erótica de Mario Vargas Llosa, El elogio de la madrastra. La lectura la sumió en un mar de oleadas voluptuosas que la hicieron trastabillar. ¿De verdad era tan provocador el roce de los cuerpos? ¿Una mujer madura y un niño casi adolescente podían sumergirse en un pantano de erotismo desquiciante? O en otras palabras, ¿un niño podía provocar en una mujer adulta, secreciones vaginales hasta llegar al orgasmo?

Una vez que se vació por completo —jamás un libro le había inducido un orgasmo, aunque había estado cerca—, procedió a la escritura de su ensayo. Se esmeró. Cada palabra, cada línea llevaba la marca de todo su ser. Ella y Vargas Llosa habían hecho el amor a la vista de todos.

Así que fue la primera en levantar la mano cuando el maestro preguntó quién había hecho su trabajo, y se dispuso a leer. Las palabras caían como provenientes del cielo. Todo encajaba a la perfección. Pero sobre todo el estado anímico de ella. Se sentía tan plena. ¿Le platicaría a su marido de la experiencia? Tal vez sí. Tal vez no. Ya vería en la noche. Cuando le hiciera una relación de toda la jornada. Cuando le platicara lo bien que se había portado Luisito.

¡Luisito!

Miró la hora en el celular, y se percató de que habían transcurrido casi dos horas. Claro, el maestro había llegado tardísimo. Sin despedirse de nadie, tomó sus cosas y salió dando tropezones. Bajó la escalera de dos en dos y por fin se plantó ante el valet parking. Estaba solo. Con toda seguridad, Luisito había acompañado a otro de los empleados a dejar un automóvil. ¿Y mi hijito?, preguntó.

El hombre se le quedó mirando, como tratando de desentrañar el sentido de la pregunta. Se tomó su tiempo pero al fin respondió.

—Señora, su niño se desesperó y se fue. Me dijo que él sabía dónde estaba su salón, y que iría a buscarla. Que se iría con usted. No me va a decir que no llegó. Esos niños… Caramba. Cada día están peor.

—¿Y lo dejó usted ir solo? ¿Está usted loco? —gritó con lágrimas en los ojos.

—Señora, no me insulte. Y discúlpeme pero no es mi responsabilidad. Ni mi asunto. No soy valet parking de niños. Yo que usted mejor lo iba a buscar. Ha de estar entretenido con cualquier cosa.

—¡Pero usted estuvo de acuerdo en vigilarlo! —gritó ella, y lo sacudió de la corbata. Sus cosas se precipitaron al suelo.

—¡Déjeme! Estuve de acuerdo. A la fuerza. Usted tuvo la culpa. ¿Y sabe qué? Tengo mucho trabajo porque estoy solo. ¿Quiere usted que le traiga su automóvil? Permítame su contraseña.

La mamá de Luisito se dio media vuelta y marcó el número de su marido. Él sabría qué hacer. Una compañera de clase pasó junto a ella, y le dijo adiós con la mano. Gesto que ella respondió con una sonrisa en la boca.

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