Archive for the ‘Cuento’ Category

Nuevos textos de los lunes

Cuento
Domingo de Ramos

Los domingos me paraba antes que todos. Brincaba de la cama y brincaba el Blaqui. Mi perro. Hacía todo lo que yo hacía. Como que me arremedaba. Se dormía conmigo. Debajo de las cobijas. Se enredaba entre mis piernas. Ese domingo íbamos ir al cine. Mi papá lo había prometido. Iríamos a la matiné del cine Jalisco. Era lo que más me gustaba de mi colonia. Sus cines. Estaba el Jalisco, el Ermita, el Hipódromo, el Cartagena. A mi mamá no le gustaba ir a esos cines porque decía que eran horribles. Todos apestosos. Pero no era cierto. Exageraba. Como en todo. Por la misma razón me regañaba. Porque me acostaba con la misma ropa que había traído puesta todo el día. Una semana completita. Pero yo decía que eso era normal.

Ése era un domingo especial. Era domingo de ramos. Y seguro pasarían una película de romanos. Había varias. Que las veíamos siempre. Las mismas las volvían a pasar cada semana santa: El manto sagrado, Demetrio el gladiador, Rey de reyes, Quo vadis, Ben Hur

Pues ese domingo daban El manto sagrado y Demetrio el gladiador. Nomás. Con Víctor Mature. No había más que entrar al cine para sentir la grieta. Para enfurecerse con todos los romanos que se burlaban de Jesucristo. Verlo cargar su cruz les sacaba los peores instintos.

Lo primero que me sorprendió esa mañana fue ver a mi mamá en la cocina. No porque no fuera su lugar favorito de la casa, sino porque era muy temprano. ¿Qué haces aquí?, le pregunté. Pues ya sabes, hijo, preparando el desayuno. Tu papá quiere que vayamos al cine y ya se nos fue el santo al cielo. Ya no va a haber tiempo para un desayuno formal. Así que estoy preparando unas tortas. ¿Y de qué van a ser? Ya sabes, de jamón, de huevo, de salchicha, de queso de puerco… De pollo para tu hermana. Y hasta una de bistec. Ésa la quiero para mí. No, va a ser para tu papá. No, yo la quiero para mí y me la quedo. ¿Ya viste que lindo pajarito está en el árbol? ¿Cuál…?, preguntó mi mamá. Yo le señalé la rama del árbol, y se asomó a la ventana. Ése de ahí. Velo. Se lo señalé una vez más. Y en lo que se asomó se la apliqué. Tomé la torta de bistec y me eché a correr. Cuando menos el desayuno ya lo había solucionado. Escuché sus gritos. Demasiado tarde.

Digo que fuimos al cine Jalisco. Todavía no empezaba la función. Estaba a punto. Creí que iban a ser tres películas pero nada más fueron dos. Las mejores. Yo me senté entre mi mamá y mi hermana. Mi papá llegaría unos minutos tarde mientras buscaba dónde estacionar el coche. De repente la cortina se hizo a un lado, apagaron las luces y apareció el león del anuncio. Oí el chiflido de mi papá. Ya andaba por ahí. Con el chiflido no había pierde. Se lo respondí. Se aproximó y se sentó. Ahora sí estábamos todos juntos. Por fin. Mi mamá nos preguntó si teníamos hambre y todos respondimos que sí. También mi hermana. Que tenía once años y se ponía de sangrona porque ya le empezaba a preocupar conservar su línea. Según ella, comía pura comida dietética. Nadie le hacía caso a sus jaladas. Ni mi mamá.

Me tocó la torta de huevo con chorizo. Le di la mordida y casi la escupo. Estaba picosísima. Me volteé a ver a mi mamá. ¿Qué chile le pusiste?, le pregunté furioso. El más bravo. A ver cuándo te vuelves a robar una torta. Ni que hubiera sido para tanto. Me dije. Pero ni modo. Le quité la otra raja y me la comí como si fuera el último platillo de mi vida. O ésa era mi intención, comérmela. Pero se me chispó de las manos cuando le quise dar una súper mordida del tamaño del cine Jalisco. Carajo. Todo estaba en mi contra. La quise agarrar en el aire pero fue por demás. Ese día santo, domingo de ramos, Jesús me la estaba haciendo de jamón. Como si fuera el prefecto de la escuela. Como pude, me agaché y la recogí. Por pedazos. Pero tampoco me podía agachar a gusto porque la película estaba en uno de sus momentos de máxima emoción. Me agachaba y veía. Veía y me agachaba. En fin. Quién sabe dónde cayó la torta porque estaba embarrada como de una rebaba. ¿Mocos? ¿Gargajos? Quién sabe. Pero la recogí y la limpié con la servilleta. Si era un mandato de Dios, me la comería. Yo era un fiel seguidor. Lo acepté y la devoré cual muerto de hambre. De todos modos, Jesucristo estaba rodeado de limosneros y menesterosos. Así se veía en las películas. Miserables que no servían para nada. Siquiera a mí me había regalado una torta. Pisoteada. Pero al fin de huevo con chorizo.

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Texto de los jueves

Cuento

La disyuntiva

Voy conduciendo mi auto a 140 kilómetros por hora sobre Paseo de la Reforma. Según el digital del tablero, son casi las tres de la mañana. Para ser exactos, las dos 45. Estoy brutalmente alcoholizado. Le pido a Jesucristo que me proteja del alcoholímetro. Es lo único que me importa. Lo demás me vale madre. Paso volando el rojo. A lo lejos la avenida luce plena. Mortalmente iluminada para mí. Y larga. Para violarla.

De pronto descubro una patrulla. Trae la torreta encendida. Y la sirena. Se pone exactamente atrás de mí. Escucho voces amenazantes pero apenas distingo lo que dicen. Que me orille. Que disminuya la velocidad. Que me detenga. Qué sé yo.

Se me revela la oportunidad del siglo. Veo ante mí la Y entre un carril y otro. La disyuntiva. ¿Sur o norte? ¿Izquierda o derecha? Es el cruce entre Paseo de la Reforma y Periférico. Para Satélite o para Cuernavaca. La patrulla viene pegada a mis espaldas.

A la izquierda o a la derecha. Mi padre tuvo esta disyuntiva. Era funcionario en el gobierno de Calderón. En Cultura. Había gente arriba de él y gente abajo. Estaba con la derecha. Con la más hedionda y repulsiva derecha. Él mismo traía el tufo conservador. Pero de pronto las palabras del candidato a la presidencia de la oposición le dieron un giro a su vida. Lo convencieron. O lo conmovieron. No sé qué decir. Y él ya no supo qué hacer. Su pensamiento, su imaginación, todo se inclinó hacia la izquierda. La repulsa que en un momento había sentido por la izquierda, dio un viraje y se transformó. Empezó a estar de mal humor. Como diciendo qué he hecho de mi vida. Soy un pendejo. De plano ya no se hallaba. Todo le parecía insoportable. Todo le caía en la punta del estómago. Llegué a verlo vomitar. Mi madre estaba preocupadísima. Lo llevaron al médico. Estaba de mal humor las 24 horas. Como si lo persiguiera un perro rabioso. Conmigo y con mi madre se volvió áspero como una fibra metálica. Nos mandó llamar y nos dijo. Me equivoqué. Soy un hombre de izquierda. Me eché a reír. Mi madre guardó un silencio impenetrable. Voy a renunciar. Adiós a la mierda. Ha surgido en mí otro hombre. Ni modo. Así es esto. Espero que me comprendan. Si me apoyan o no, lo dejo a su criterio. Mi mamá quería decir algo. Pero se contuvo. Pasó del silencio a la complicidad. No tengo que decir que se hizo un escándalo político. Los periodistas comenzaron a asediar a mi padre. ¿Cuál era el motivo de fondo? ¿Por qué había tomado esa decisión, qué había detrás? Pero lo peor fue cuando ofreció una rueda de prensa, y soltó la sopa. Es de imaginarse el ridículo. Según me enteré, los periodistas estaban muertos de risa. Lo cabulearon. Se rieron de él en sus narices. Pero él salió muy digno. Sin voltear hacia atrás. Ni qué decir de mi madre, a quienes sus amigas, las esposas de los funcionarios, la trataron como apestada.

Faltaban menos de 200 metros para tomar una decisión. La patrulla aceleró y disminuyó la distancia. Delante de mí, a unos cuantos metros, tenía el camino. O mejor que eso, el mundo por delante. Una maniobra equívoca podría hacerme perder el control. Podría volcarme. Quebré el volante hacia la derecha. La patrulla hizo lo mismo. Pero en el último instante giré hacia la izquierda. La patrulla siguió hacia la derecha. Sostuve la velocidad. Había tomado la decisión correcta. La patrulla se amarró. Hasta donde estaba alcancé a escuchar el amarrón. Pero demasiado tarde. Los muros del paso a desnivel me devolvieron el rechinar de aquellos hules.

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Música

Ludwig y Bettina

Cuando Bettina se encontró ante las puertas de la vivienda de Beethoven, decidió entrar sin escuchar ninguna voz que la autorizara. La persona que le dio las instrucciones para llegar hasta el lugar de residencia del genio de Bonn, le aconsejó que lo hiciera así. Por la simple razón de que el compositor era sordo, y jamás escuchaba los toquidos. Entró y miró con profundo interés todo lo que había ante sus ojos —dice en una carta lo que vio: en la primera habitación dos o tres pianos sin patas, por el suelo; también cofres y una silla coja. En el segundo cuarto una cama que era un jergón, con una colcha liviana; una palangana sobre una mesa de pino, ropas de dormir por el suelo. Beethoven se hace esperar: se está afeitando. Es pequeño y moreno, picado de viruela, feo, pero con una frente magnífica: una bóveda noble, una obra maestra, cabellos negros muy largos echados hacia atrás. Mucho más joven que su edad—. A los quince minutos de conocerse —léase a Romain Rolland— ya eran íntimos. Beethoven no la había visto. Cuando se hubo terminado de afeitar, fue hasta el piano. Entonces ella se acercó por la espalda y le dijo al oído: “Me llamo Brentano”. Él se volvió bruscamente y vio esa linda criatura, esos ojos azorados que penetraron su pensamiento, esa ardiente simpatía, esa alma vibrante, ese entusiasmo religioso. La impresión en el corazón de la mujer, no fue menos vehemente: “Cuando lo vi, me olvidé del mundo entero. Cuando lo rememoro, el mundo desaparece”. El tiempo transcurre. Minutos. Beethoven, sentado en el borde de una silla junto al piano, toca el teclado con una mano; primero suavemente. Luego, en un instante lo olvida todo y se sumerge en un océano de armonía.

Entre los dos se establece un vínculo indestructible. Beethoven le pregunta. En forma imprudente y sin admitir dilación. Quiere saber todo de esa mujer —Bettina Brentano— que ha caído en su casa tan sorpresivamente. Como un ángel proveniente del paraíso. Él inquiere y ella responde por escrito en uno de los cuadernos de conversaciones del compositor.

Salen a caminar. Ésa y muchas veces. Se vuelven asiduos. No pierden oportunidad de verse.

Por su lado, Goethe —que está enamorado de ella, y ella de él— arde en celos. Goethe, que le lleva alrededor de 40 años —a Beethoven le lleva 20. Que encima detesta la personalidad impetuosa del compositor. Felino sin garras, se sabe de otra parcela. Y de siempre, sabe que Beethoven lo admira. Ha recibido cartas del músico, rogándole unos minutos. Que toda su vida se negó a consentir. Tiene conocimiento de los arrebatos del viejo sordo, y se avergüenza.

Alguna vez el músico quiere conocer la casa de la familia Brentano. Pero la chica guarda silencio. Inventa cualquier pretexto. Quiere vaciar por escrito la impresión que le ha causado el genio. Ya a solas escribe: “En todo lo concerniente a su arte, Beethoven es sincero y soberano, ningún artista se atreve a comparársele. Pero en lo demás de la vida es ingenuo; se le hace creer lo que uno quiere. Se ríen de él y de sus distracciones; lo explotan, rara vez tiene dinero para lo más necesario. Amigos y hermanos lo exprimen. Su ropa desgarrada. Su aspecto es de total abandono. Y sin embargo produce una impresión imponente y magnífica. Muy testarudo, no ve casi nada de cuanto lo rodea. Cuando compone está absolutamente sordo para todo lo circundante, y tiene los ojos turbios: la armonía lo colma, es insensible a las impresiones de lo exterior. Todo lazo con el mundo está roto. Así vive en la más profunda soledad”.

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Música

Beethoven sordo

Salió apesadumbrado de aquel concierto. Seguramente era el último al que iría en su vida. Sus cincuenta y siete años parecían pesarle más allá de lo soportable. El dolor del hígado le impedía caminar como era su costumbre. Y no había médico capaz de quitárselo. El doctor que lo tenía bajo tratamiento le aseguró que primero intentarían detener la diarrea que lo estaba consumiendo día con día. Que enseguida atacaría los terribles dolores de cabeza, y cuando todo estuviera bajo control se ocuparía del hígado. En fin. Cómo despreciaba a los médicos. Cada vez que visitaba a alguno lo insultaba, y de advenedizo de mierda no lo bajaba.

Se quedó mirando los árboles que delimitaban la calzada. El follaje se agitaba al ritmo de un viento que sacudía su melena. Era una de las muchas cosas que la gente le criticaba, y que a él, Ludwig van Beethoven, le daba exactamente lo mismo: su melena indomable. Siempre le había parecido parte de su personalidad. Mientras tuviera esa abundante y desaliñada cabellera, los comentarios de quienes lo rodeaban podían venirse abajo.

Echó a andar dificultosamente. Con las manos en la espalda. Su paso era lento pero firme. Iba contra el viento. Le gustaba sentir esa oleada estrellarse en su cara. ¿De dónde provenía ese viento?, se preguntó. No lo sabía. Era una de esas preguntas que solían inquietarlo. Como si fuera un niño. Muchas preguntas revoloteaban en su cabeza. Preguntas sin respuesta: ¿Quién soy? ¿Quién es Dios? ¿Qué es el hombre? Un frío para él premonitorio recorrió su columna vertebral. La naturaleza lo atraía en cualquiera de sus manifestaciones. En la naturaleza y en sus amigos depositaba todo su amor. A la inversa de las mujeres, la naturaleza nunca lo había traicionado. La naturaleza le había tendido la mano y él le había correspondido. A modo de ofrenda, había compuesto su Sinfonía Pastoral. Todo un homenaje para lo que la madre naturaleza le daba. Vino a su mente la melodía que se desparramaba a lo largo de aquella sinfonía, y que de pronto los alientos le disputaban a las cuerdas. Sonrío. Era una hermosa melodía.

En cambio no le resultaba tan asequible el tema de su cuarteto que ahora mismo acababa de estrenar Ignaz Schuppanzigh, con el ya famoso cuarteto que se nombraba precisamente Schuppanzigh y que había estrenado los cuartetos de Beethoven. El viejo sordo bromeaba constantemente con los miembros del cuarteto. Les había conferido grados militares. Ignaz, su amigo, era el mariscal en jefe. Cuando lo veía, le propinaba tremendas palmadas en la espalda. Beethoven llevaba consigo su cuaderno de conversaciones. No tenía ni el humor ni la paciencia para platicar así con cualquier mortal. Con Schuppanzigh lo hacía porque lo consideraba su amigo de toda la vida. Cuánto bien le hacían sus amigos. La amistad para él, era tan valiosa como el honor y como la libertad. Aunque el ejercicio de la bondad, también gozaba de un valor muy alto en su cuadro de virtudes.

El concierto había sido un fracaso. La escasa gente comenzó a abandonar el recinto apenas hubo terminado el primer tiempo. El propio Schuppanzigh se lo había dicho: “No puedo garantizarte que estos últimos cuartetos tuyos resulten del agrado del público, y menos de la crítica. Ya se habla de que son incomprensibles. La maldita crítica siempre cree que tiene la razón”. A lo que Beethoven había respondido: “Yo compongo para el público que escuchará mi música dentro de cincuenta años, y en cuanto a la crítica no sé qué daño le puede causar un piquete de mosco a un caballo de carreras”.

Pasó una diligencia, y Beethoven la detuvo. No podría ir a pie. No resistía más el dolor.

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Música

Beethoven niño

Beethoven entró a la taberna. Entre los hombres que iban de un lado a otro persiguiendo a las mujeres, entre los gritos que sacudían aún más aquel ambiente nocturno, al chico músico le resultaba doblemente arduo distinguir a su padre.

Pero de pronto lo vio.

Allí estaba, con la cabeza recargada en la mesa y una copa de vino en la mano. Su estado de ebriedad era evidente. Más que otras veces. Beethoven ya había tenido que lidiar con ese espectro. Cuando menos desde sus once años, un par de años atrás. Gracias a su fornida constitución, aunque era bajo de estatura podía arengar a su progenitor y obligarlo a caminar a su lado. Pero esta vez, el vino tomado en grandes cantidades tornaría más difícil la tarea.

Precisamente iba de la cocina al teclado, cuando los llantos de su madre lo obligaron a acercarse.

—Tu padre está en la taberna, me han venido a decir —musitó en un todo de voz apenas audible—. No sé cuánto tiempo lleva ahí; pero me dijeron que está perdido de borracho. Y como no lleva un florín encima, tendré que ir a pagar sus deudas. Gran Dios.

—Voy por él, madre —repuso Beethoven, y salió de su casa.


La nieve en la cara lo hizo reflexionar. Para cualquiera era claro que aquella situación jamás cambiaría. Pero ésta no era una situación de ahora, sino ya longeva. Su abuela paterna había sido una dipsómana incorregible. Solía caminar por su casa y los alrededores dando traspiés. Se tropezaba en un mueble… una diligencia estaba a punto de arrollarla… se atascaba en el fango… Como fuera, no había modo de sosegarla. Hasta que la familia decidió encerrarla en un manicomio. Cuando se presentaron los empleados del manicomio en su casa, se suscitó una lamentable escena, de la cual el niño Beethoven fue testigo. La abuela opuso una resistencia feroz. Lanzaba golpes y patadas a diestra y siniestra, y hubo necesidad de atarla con una cuerda sucia y rasposa. Beethoven vio eso y se lanzó a morder a los intrusos. Pero, ¿qué podía hacer un pequeño que aún no cumplía los cinco años?

Llevaba este recuerdo en la cabeza cuando abrió las puertas de la taberna. Era un adolescente precoz, y aún no bullía en su cabeza juicio de valor alguno. Simplemente las cosas eran como eran. Lo único que tenía claro era que no le gustaba ver sufrir a su madre.

Se aproximó a la mesa. Allí estaba Johan van Beethoven. Su padre. Nadie reparó en él. Vio de lejos a Christopher Ernest Kok, el dueño de la taberna. Se acercó a él.

—Señor —le dijo—, vengo por mi padre. Pero me disculpo por anticipado porque no traigo suministros para pagar el consumo.

—No te preocupes, hijo. Dile a tu madre que venga a visitarme el día de mañana y ajustamos la cuenta. Le voy a pedir que me confeccione una casaca —acotó el hombre. En su rostro sólo había comprensión.

—Gracias, señor Christopher Ernest Kok. Mi madre se detendrá en su negocio rumbo al mercado y hará un trato con usted. Yo mismo la acompañaré.

—¿Qué instrumento estás tocando ahora, muchacho? Todo mundo habla de tus habilidades. Tu padre también las tuvo. Como tu abuelo Ludwig. A quien traté, y que me honró con su amistad.

—Mi abuelo y mi padre descubrieron mi talento.

—Llevas el talento en la sangre.

—Sí, señor. Ahora iré por mi padre.

El dueño de la taberna hizo un gesto de asentimiento, y Beethoven se dio media vuelta. Llegó hasta la mesa de su progenitor, y lo sacudió de la manga.

—¡Vete a tu casa! —carraspeó el hombre.

—No, padre, vengo por usted —suplicó el hijo—. Y no me iré sin usted.

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Cuento

Angelito

Para Juan Manuel Servín

Nada lo satisfacía más que vigilar la salud de sus progenitores. Vivía con ellos. En fechas recientes había cumplido 55 años. De vida y de soltería. Se consideraba un hombre dichoso. Dios lo había puesto en el camino de la gratitud. Cuando atisbaba en el interlocutor el menor atisbo de mofa —que no faltaban—, reaccionaba con ira. Lo paraba en seco. La vida había decidido por él. Y decía: Conozco infinidad de casados que se la pasan en el pleito y la desesperación, en el desconsuelo absoluto. ¿Por qué no he de ser feliz al lado de mis padres? Les debo la vida.

No tenía otro tema de conversación. Dueño de un restaurante —que había heredado de su progenitor—, solía entretener a los clientes con esa charla que ya todos conocían. Su padre andaba rondando los 90 años, y su madre los 80. La mayoría de su clientela pertenecía al sexo femenino. Más de una había apostado por la conquista de ese individuo. A leguas se le veía el dinero. Buen auto —un Honda City—, buena ropa, buen reloj. Y encima una esclava de oro. Así que las mujeres del barrio lo miraban y lo medían. Sí. No. No. Sí. Pero él parecía ignorar todos esos coqueteos. No admitía nada que lo distrajera de su misión. Él había venido al mundo a cuidar a sus padres. Que por otro lado ellos lo aceptaban. La menor molestia se la consultaban. Llévame al doctor, le pedía su padre. Estoy perdiendo la vista. Me duelen las piernas aunque no camine. No he podido conciliar el sueño por un dolor en el pecho. Y su madre no se quedaba atrás. Hijito, mira qué saltonas tengo las venas. Es un problema de circulación. Llévame al médico. Ando con unos gases tremendos. Me da pena con tu papá. Llévame al médico. Y de paso que me dé un medicamento para la migraña. Ya no la aguanto. Y él lo hacía. Claro que sí. Si para eso había venido al mundo. Si para eso trabajaba.

Cómo le gustaba Pamela. Su clienta número uno. Apenas abría el restaurante, ella pasaba a tomarse un café. Y a veces un desayuno completo. ¿Cuándo me va a invitar, Ángel, angelito? A veces no traigo dinero y me muero de hambre. Él hacía de cuenta que no había oído nada. Sentía la erección implacable. Se acercaba cautelosamente. Y ponía la charola del pan. Sírvase lo que quiera. El pan es cortesía de la casa. ¿Nada más el pan? Pues sí. Nada más el pan. Todo está cada vez más caro. No lo tome a mal. Si estuviera en mi mano, le invitaba el desayuno completo. Pero tengo que hacer cuentas. ¿A su papi? Sí, a él. Diario. Y delante de mi mamá. Para que no se vaya detalle. Yo conocí a su papá. ¿En serio? Totalmente en serio. Era muy espléndido. Claro, yo era una niña. Pero estoy segura que me hubiera invitado el desayuno completito. Claro, a cambio de un favor. No me malinterprete. De un poco de conversación. Al papá de usted le encantaba platicar.

La erección lo iba a matar. Si ella se daba cuenta sería el acabose. Dijo con permiso y se retiró. Corrió a encerrarse a la bodega. Él mismo había hecho un orificio diminuto que daba al baño de las mujeres. Rogó a Dios que Pamela se parara a orinar. ¿Traería calzones? Y si traía, ¿serían negros?, ¿rojos?, ¿violetas? Se sacó la verga. Qué parada la tenía. Lista para masturbarse. Para tejerse una chaqueta. Como decía de niño. Esa mujer era para él. Pero tenía compromisos que cumplir antes que pensar en una mujer que encima nadie le garantizaba que fuera dulce, cariñosa, tierna. Cualidades que él apreciaba por encima de cualquier otra cosa. Esperó en vano. Pero se masturbó con un deleite indescriptible.

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Texto del lunes

Cuento

La ruta de los asesinos

Vivo en Iztapalapa. A la altura del Reclusorio Preventivo Varonil Oriente. Para llegar hasta mi casa, me bajo en la esquina de Nemesio Rodríguez y Periférico Oriente. Que a esas alturas muchos lo conocen por Puente de Garay. Es un barrio feo. Creí que me iba a costar menos trabajo adaptarme. Como si por ser un hombre de 23 años las cosas no fueran a ser tan complicadas. Pues lo son. Lo primero verdaderamente monstruoso es el tráfico. Hago dos horas de mi chamba para acá. Trabajo en una copiadora. Todo el día saco copias fotostáticas. Está en la colonia Doctores. En Doctor Erazo. Una zona muy conflictiva. Está contaminada hasta decir basta. Mi comida la hago en un puesto de quesadillas. Con un par de quesadillas tengo. Más mi refresco. Por más que doña Lupita se esfuerce en hacerlas sabrosas, las quesadillas saben a esmog. Pero tengo que comer algo. Ya con el estómago más o menos lleno, me regreso a la copiadora. Trabajo de 9 de la mañana a 9 de la noche. Con una hora para comer. Y aunque en realidad no me lleva más de 15 minutos, lo que hago es irme a dormir a un jardín. Ya tengo mi banca. Que para mi fortuna es muy común que la encuentre desocupada.

A eso de las 9 y 10 de la noche ya estoy esperando el metro en Hospital General. Ahí empieza la ruta de los asesinos. Como yo la bauticé. Todo es alevosía. Aventones y apretujamiento. Codazos. Insultos. Pero me voy aproximando a mi destino. Hacia las 11 ya estoy bajándome del camión. Camino hacia mi casa. Un pequeño cuarto desvencijado. Pero tiene baño, una mesa y una silla. Mi ropa la guardo en huacales que me encuentro tirados en la calle. Mi único compañero es el libro que llevo en mi mochila. Es una novela de Dostoievski. El príncipe idiota. No leo más que a Dostoievski. Todo el mundo está ahí. Me refiero a las emociones. La verdad no sé cómo escriban otros escritores, pero yo encuentro en el autor ruso tristeza, ternura, esperanza, desesperación. Sobre todo esperanza. Lo llevo en la mochila y eso me hace menos pesado el viaje. Porque lo saco donde puedo. Y a leer.
Ya distinguí a la bolita de todos los días. Están sentados en la escalera de mi edificio. En los escalones de la entrada. Son pandilleros de mi edad. Es un mal modo de llegar a mi casa. Me exigen que me les una. Pero no quiero acabar como ellos. Lo único que quiero es servirme un café negro y cenar mi pan dulce. Mi concha de vainilla. Siempre me ha gustado ese biscocho. Desde que era niño me acostumbré a él. Mi mamá lo ponía en la mesa todas las mañanas antes de irme a la escuela. Ella salía temprano a comprar el pan. Cosía ropa ajena para mantener a todos sus hijos. Cinco en total. Todos éramos hijos de un papá distinto. Que alguna vez uno y otra vez otro llegaban a la casa. Se estaban un rato. Ponían el radio. O veían la televisión —en Alto Lucero no había muchas televisiones. O no en ese entonces. Ahora seguramente las cosas han cambiado. Pero uno de esos hombres —el papá de mi hermano Raulito— le regaló la tv. No me debí haber ido de Alto Lucero. Nunca debí haber abandonado a mi mamá. Pero lo hice para buscar fortuna. Porque allá no había ni qué hacer para ganar plata. Todas las chambas ocupadas. Las pocas que quedaban. La tierra no daba para más. Quedarse allí significaba ser un mantenido. Un hijito de mamá. Mis hermanos se habían ido de uno en uno. Yo era el menor. Y mi mamá se aferraba a mí. Pero si ahora me viera le daría gusto. Tengo mi cuarto. El cual no sé ni cómo le hago para pagar. Tengo mi trabajo. ¿Qué más puedo pedir?

Y tengo que enfrentar a los pandilleros. Los Pinck, se llaman.Todas las noches. Pedirles permiso para pasar. Darles la morralla que traigo. Con tal de que no me pasen por la báscula, y se queden con mi concha de vainilla

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