Archive for the ‘Ensayo’ Category

Nuevos textos de los lunes

Ensayo

Las caras del deseo

Nadie se priva del deseo. Nadie se priva de desear ni de ser deseado. Y quien lo dude habría de buscar en los recovecos más profundos de su libido.

Sentir el deseo no siempre ha sido bien visto. En el medioevo los hombres se flagelaban para acallar la voz de su naturaleza. El deseo venía imbuido de pecado. Envuelto en un paquete que muy pocos se atrevían a abrir. Aunque todo mundo tuviera ganas de hacerlo.

Pero la censura no debe ser juzgada tan a la ligera. Tiene su lado bueno. La censura promueve el deseo. Incrementa las ganas de ver, de tocar, de oler. De saciar los sentidos. Por ahí la censura es bienvenida. Cuando se impide que una mujer muestre sus piernas o cualquier parte de su cuerpo porque así lo impone la censura, provoca el vuelo de la imaginación masculina. Lo que ciertamente causará el beneficio de la exacerbación. Aunque las cosas no son equitativas para los hombres y las mujeres. Se aplica la censura a las mujeres. Son ellas las que ejercen el control de su cuerpo. ¿Pero y el hombre? ¿En qué se contiene? La norma está ahí. Y con eso basta. Para él.

Cuando el niño desea, cuando descubre en alguna de las mujeres que lo rodean el objeto del deseo, se integra a una caballería de sementales. A partir de ahí, ese niño verá en cada mujer que lo toque, que lo acaricie, o cuando menos que se aproxime, una fisura al paraíso. Tal como el poeta siente, por más viejo que esté. Ésa es la capacidad de los poetas, que vuelven a sentir en carne propia la animalidad infantil. Así que ese niño sentirá que la piel se le eriza, que tartamudea, que algo le está creciendo por dentro. Y el deseo lo guiará como el perro al ciego. Irá por donde el deseo lo conduzca. Mirará lo que tiene que ver. Descubrirá mañas, trucos, artificios para asomarse, para espiar. Pero a la vez, y esto es lo verdaderamente prodigioso, sin que nadie se lo haya dicho, advertirá que está caminando en el borde de lo prohibido. Que cada una de aquellas acciones fascinantes estará rubricada por la prohibición. Entonces, si su espíritu es grande, actuará con inteligencia y determinación; porque sobre su persona el deseo ha depositado la mano.

Para bien o para mal, el individuo aprende a convivir con el deseo. A sortearlo. Sabe que no hay modo de manifestarlo sin causar revuelo. Le quita y le pone el bozal. Le quita y le pone el collar. La cadena. En la medida que un hombre controla su deseo, estará controlando su pasión. Domeñándola. Tal como quería Marco Aurelio. U otro ejemplo: Johannes Brahms. Pero he aquí la otra cara de la moneda: cuando ese deseo sobrevive al paso del tiempo, aquel hombre seguirá sometido a la pasión con el mismo gusto que un toro a la muerte.

Un hombre esclavo del deseo es de los pocos, contadísimos, que ven la vida desde la parte más alta de la torre, tal como el vigía desde la atalaya. Porque el deseo le abre horizontes. Le permite ver las cosas desde arriba, por encima de la mediocridad que distingue a los enanos de espíritu. No hay nada más impactante que ver a un hombre poseído del deseo. Por el solo deseo, un hombre es capaz de acometer la factura de una novela, de levantar una barda perfectamente recta, poner un despacho de abogados o ganar un maratón. Porque el deseo es acicate, yunta, llama que mantiene encendida la mecha de la pasión.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo perpetuar el deseo. Aunque hay quien apuesta que el secreto radica en la alimentación, hay también quien insiste en que todo está en el arte de meditar. O de plano en la facultad emanada del ejercicio de la imaginación. El sentido común aconsejaría que en el coctel de estos tres ingredientes. La costumbre, la docilidad, lo previsible, lo aniquilan. De algún modo, el deseo es un gran señor al que le gusta jugarse la vida. Que es decir improvisar, asomarse a los abismos, urdir situaciones límite. Siempre será preferible que un hombre y una mujer que se desean jamás se toquen, si el precio es, finalmente y al paso del tiempo, el aburrimiento. Porque una vez cumplido, lo siguiente es perpetuarlo. Cada pareja sabe cómo. Entonces surgen los códigos, las señas, el lenguaje preverbal —o perfectamente, obscenamente explícito. No saben exactamente cómo, pero un hombre y una mujer se las ingenian para pulsar el deseo. O para matarlo. O, simplemente, para ejercer el dominio de uno sobre el otro. Lo cual conduce directamente a la vejez. Aunque hay otro tipo de ancianos. Que hasta a simple vista se distinguen.

Un anciano acometido por el deseo es insustituible. Aquel hombre de edad cuya mirada se extravía tras las piernas de las mujeres, o de plano tras su voluptuoso trasero, aquel anciano que les toca las caderas, que les roza los senos como en un aparente descuido, es ejemplo de grandeza humana. Es un hombre sabio, del cual hay que aprender. Porque no se ha dado por vencido. Porque se ha sobrepuesto a la ignominia que significa estar vivo. A la montaña que significa vivir. Es la mejor prueba de que la vida está ahí, enhiesta, inquebrantable, de que la sangre sigue corriendo por sus venas. Con el mismo brío. Qué poca importancia tiene que ese hombre pueda o no consumar el deseo.

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Texto de los jueves

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Beethoven y Goethe

I

Beethoven odiaba las reacciones sentimentalistas de las personas cuando escuchaban su música. Se cuentan muchas anécdotas en este sentido. En Berlín tocó el piano para la crema y nata de la aristocracia alemana —cuando se sentaba ante el instrumento, más que tocar improvisaba. La música brotaba de sus manos como el agua del manantial, y no había alma que pudiera sustraerse al influjo de la belleza de su sonido. Aquella vez, cuando terminó, esperó la reacción del público. Después de unos segundos, volvió la cabeza. Allí estaba toda esa gente, con pañuelos en la mano enjugándose las lágrimas. Azotó la tapa del piano, y gritó a voz en cuello: “¡Yo tengo la culpa por componer música para cerdos!”. Y más todavía. Estando en el balneario de Baden para someterse a una de las curaciones que le ordenaba su médico para aliviar su sordera, se topó allí mismo con Goethe, el más grande poeta alemán. Beethoven lo admiraba muchísimo —es muy fácil ponerle música a sus poemas porque en sí mismos contienen la música celestial del alma, le escribió cuando le hizo llegar siete poemas que había musicalizado y que Goethe, fiel a su costumbre, había desdeñado—, y la sola vista de Goethe, en la administración del balneario, provocó en él una reacción espontánea. “Venga usted a mi habitación. Tocaré para usted”, le dijo, y Goethe acudió presuroso. Se dice que Beethoven se sentó al piano, y que tocó con todo su poder. Cuando terminó, le preguntó a Goethe que opinaba de su música, y el poeta, el sabio, el erudito, se limitó a responder: “Su música es… encantadora”. Beethoven estalló. “¿Es todo lo que puede decir? Me paso más de 40 años soñando con tocar para Goethe ¿y es todo lo que puede salir de su boca? Señor, la música debe hacer saltar el fuego del espíritu”. Y prosiguió, ante el desconcierto de Goethe, que dificultosamente trataba de disimular las lágrimas: “La mayor parte de la gente se emociona por algo hermoso, pero es porque no tienen naturaleza de artistas. Los artistas son de fuego, no lloran”. Y ya entrados en gastos, las cosas no mejoraron para Goethe. Al día siguiente, el compositor y el poeta decidieron improvisar un paseo por los corredores del balneario. Que se toparon con muchos visitantes al balneario que se descubrían ante el paso de los artistas. Y que entonces Goethe comentó: “Me fastidia tanta gente que me saluda”, a lo que Beethoven repuso: “No se mortifique, excelencia, que tal vez no lo saluden a usted sino a mí”. Y allí estaban aquellos pasillos que la realeza solía recorrer. Y en efecto, aquella mañana la nobleza y los artistas coincidieron en el mismo camino; aunque en sentido contrario. Cuando Beethoven avistó al grupo —que caminaban tan cordialmente, el señor emperador, la señora emperatriz, el archiduque, la princesa, el conde— le dijo a Goethe: “¡No se me despegue! Deben ellos hacernos lugar, nosotros no”. Pero naturalmente que Goethe se despegó para dejar pasar a la comitiva. Se hizo a un lado y se quitó el sombrero. Beethoven, con las manos a la espalda, arremetió contra el grupo, que terminó quitándose para que él pasara. En cuanto lo hizo, le increpó a Goethe: “Usted no debe mostrarse así. Usted hace mal. Sería mejor que les dijera francamente todo lo que piensa. De otra manera, ellos no aprenderán nada. No hay una princesa que reconozca al Dante, a no ser que le apriete el zapato de la vanidad. ¡Yo los trato de otro modo! Usted puede muy bien colgarle a alguien una orden honorífica: con eso el individuo no habrá mejorado ni el espesor de un cabello. Puede usted fabricar lo que sea, pero nunca podrá fabricar un Beethoven, un Goethe”.

II

La soberbia, entre otras cosas, le impidió a Goethe valorar a Beethoven en todas sus dimensiones. Ni aun después de muerto Beethoven, Goethe hablaba de él; ni permitía que nadie lo hiciera, cuando menos en su casa. Detestaba las maneras bruscas del músico genial, así como su falta de diplomacia. Bettina Brentano fracasó en su intento de unirlos. Amante de ambos, enaltecía la figura de Beethoven ante Goethe, favorito de la corte —Beethoven, en cambio, había admirado a Goethe toda su vida. ¿Soberbia o envidia?

¿Por qué Goethe no comprendió a Beethoven, si amaba la música? Me lo pregunto cuando leo este poema, que el poeta alemán escribió en su más clamorosa vejez: “¡La pasión trae sufrimiento! ¿Quién apaciguará al corazón oprimido, cuando lo ha perdido todo? ¿Dónde están las horas, que tan pronto han volado? En vano tenías destinada la suerte más bella… Turbado está el espíritu, confusa la voluntad. El augusto mundo, ¡cómo se escapa de tu abrazo! Flota súbita, en el aire, una música con alas de ángel, que enlaza las melodías a las melodías. Penetra el ser, de parte a parte, lo colma y lo hace desbordar de belleza eterna. Los ojos se empañan, y reconocen, en su más alta inspiración, el precio divino de de los cantos y de las lágrimas. Y el corazón aliviado repentinamente advierte que vive todavía, que late, que si quisiera seguir latiendo para darse él mismo en un agradecimiento puro a la generosidad que con él se tuvo. Así fue la revelación —¡oh, que sea para siempre— de la doble felicidad de la música y del amor!”. Goethe escribió este poema en 1823 (el poeta murió en 1832, a los 83 años), luego de escuchar a la pianista polaca María Szymanowska. Proclive a ejercer el enamoramiento como punta de lanza, vio en aquella mujer la promesa del amor más sublime. Porque Johann Wolfgang Goethe había hecho de la música y de la mujer sus seres aliados. Músico él mismo, no pasaba un día sin que pusiera las manos al piano. O mejor aún, mandaba por alguno de sus múltiples amigos intérpretes (o bien compositores) para que deleitaran sus horas. Pero según testimonios que se conservan en cartas, el nombre de Beethoven no se pronunciaba delante de él ni mucho menos se tocaba su música —por una excepción, lo llegó a hacer el joven Mendelssohn ante la reprobación de Goethe.

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Texto de los jueves

Música

Sensemayá. Silvestre Revueltas

Dotación: Orquesta Sinfónica

Movimientos: Uno solo

I

Bien podría considerarse Sensemayá, de Silvestre Revueltas, la obra musical mexicana por antonomasia. No hay quien resista su embrujo. De ritmo telúrico, su orquestación es vasta y vigorosa, aún más que la de Redes y Janitzio, esas otras dos obras maestras orquestales de Revueltas. Genio atormentado, insaciable, siempre insatisfecho, cúspide, gambusino de vetas musicales, a su lado palidecen compositores mexicanos encumbrados por el poder político, como Carlos Chávez, sin duda gran promotor de la música en México y director erudito. Silvestre Revueltas es una caja de resonancia cuya reverberación dista mucho para que se agote, a pesar de que así se intentó —no en balde, no hace mucho su nombre no existía para la historia oficial de la música en México, aunque se citaba con reverencia entre los músicos. Militante de izquierda, sin embargo mantuvo la independencia de su música. Con él las sorpresas no cesan. Se escuchan sus obras, sus poemas sinfónicos, su música de cámara —no es posible oír Homenaje a García Lorca sin que los ojos se aneguen de lágrimas— y su figura crece, en sentido inverso a como decrecen otras. Es un gigante de la música universal, y su obra se mantiene en constante evolución sin que le haga mella su trágica biografía (que tampoco se puede ocultar, no habría por qué hacerlo; el alcoholismo es parte de la existencia de Silvestre Revueltas, como su sentido del humor o su ironía implacable). Pues bien, los alcances de Sensemayá dieron un brinco de casi 80 años y se colaron hasta una película estadounidense de reciente factura: La ciudad del pecado. En efecto, en una de las secuencias de máximo impacto, cuando en la tercera historia el bueno está a punto de rescatar a la chica y acabar con el malo, en un buen tramo de acción y despliegue de cámaras, de pronto se escucha Sensemayá. Y la gente se cimbra en su asiento. La música de Revueltas colma la sala, y el espectador se pregunta de dónde diablos salió esa música que pone la piel chinita y sacude como un terremoto, que encima aun le da más dramatismo a la secuencia. Por cierto, decidí esperarme para revisar en los créditos el nombre de Silvestre Revueltas y el de su Sensemayá inmortal. Y ahí están. [Blas Galindo, compositor jalisciense, me contó la siguiente anécdota de Revueltas. En cierta ocasión se encontraban platicando, cuando Revueltas era director del antiguo Conservatorio Nacional de Música, y de pronto se acercó una chica, la cual lloraba a lágrima viva. Se aproximó al director y le dijo: “Maestro, le quiero solicitar un préstamo. Mi mamacita acaba de morir y no tengo un cinco para enterrarla. Yo veré el modo de pagarle”, a lo que Revueltas respondió: “Lo lamento mucho, pero ésta no es una institución de caridad. Con trabajos hay dinero para pagarles a los maestros, menos para hacer préstamos personales”. Entonces la joven dio media vuelta y emprendió el regreso, sin dejar de llorar. Pero en ese instante Revueltas la llamó con el clásico psss, psss. La muchacha regresó y Revueltas extrajo del saco el sobre de su quincena: “El Conservatorio no tiene dinero para prestarle —le dijo—, pero yo sí. Tómelo”, y le extendió el sobre.]

Las frases musicales del gran compositor duranguense son construcciones sólidas, indestructibles. Ante el magnetismo de su personalidad y espíritu pintoresco, la música de tan enigmático genio es compleja, imbuida de alegorías y pigmentaciones de este México dolido. Sin caer en complacencias chauvinistas, a que son dados los miopes de espíritu. En la música de Silvestre Revueltas, enjundia y ternura constituyen su verdadera urdimbre. Digo que las frases musicales son suyas, pero también las escritas. Como ésta: “De niño, y casi siempre por un fútil motivo, mi padre me imponía un castigo corporal y me encerraba en un oscuro cuarto. Al poco tiempo me traían un plato con frutas y me soltaban. Después, yo veía a mi padre y sentía por él una tristeza y una piedad infinitas; pero nunca lo he perdonado”. Como si él fuese la voz de México, su timbre es trágico.

II

México es música. México es Silvestre Revueltas. México es alegría y dolor vueltos música.

Pero no esa música nacionalista que reverbera en los oídos como el más vulgar de los sonidos. Pero no esa suerte de folclorismo autóctono que más nos aleja que nos acerca del espíritu genuino del mexicano.

México también es colorido que incendia el alma. Como lo es para nuestros oídos Silvestre Revueltas. Su música, que emana de los pregones callejeros, de las máquinas de las tortillerías, de los afiladores de cuchillos. Ésa es la música que el oído vuelve suya en la música de Revueltas.

Esa música es Sensemayá. Ritmos punzantes, verdes vorágines, amarillos antorchas, azules avasalladores, rojos ígneos, violetas inusitados.

Sensemayá.

Es la radiografía musical de México. Todo lo mexicano está allí: las cascadas y los desiertos, el cielo despejado y la bóveda umbría, el sol inclemente y la noche luminosa e iluminada. Los niños chilapastrosos y las madres sobreprotectoras, los borrachos hediendo y las quinceañeras cursis. Las hembras y los machos, los días y las horas, los minutos y los años.

Todo México está en ese poema sinfónico de escasos 6 minutos. Revueltas no necesitó más. ¿Para qué una sinfonía? ¿Para qué una ópera? Dicho en otras palabras, ¿para qué una historia, para qué una novela orquestal, pudiéndose resolver todo en un poema sinfónico, en una obra que devaste y construya todo a su paso, que en nuestro cerebro demuele las buenas costumbres musicales y crea otras. Porque eso es Sensemayá: un temblor despiadado. Un terremoto. Un movimiento telúrico imprevisible. Un fenómeno que a quien lo vive no lo puede dejar impertérrito.

Ésa es la gran música.

Sensemayá es la gran música, y no todos lo aceptan así.

Desde que Sensemayá vino al mundo, las voces discordantes no se hicieron esperar. Los envidiosos de siempre gritaron, se persignaron, metieron zancadillas a diestra y siniestra, como si una obra maestra pudiera silenciarse de ese modo, como si una obra maestra necesitara permiso para respirar. Lo que provocaron fue que los oídos distraídos detuvieran su marcha y se volvieran a ella, y que el revuelo se generalizara.

Pero lo más curioso es que cada vez que se la escucha, Sensemayá vuelve a abrir brecha. Hay quien la considera hija de Stravinsky, hay quien busca su origen en las laderas escarpadas de las sierras de Oaxaca. Pero nada de eso es cierto: su origen verdadero está en el corazón del mexicano común y corriente, del mexicano de la calle y del surco, del aula universitaria y de la industria. Porque basta con oírla una vez para que se la adopte. Basta con escuchar la música de Sensemayá una sola y única vez para que se incruste hasta el tuétano. Se oye fácil, pero no toda la música adquiere esta categoría.

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Texto de los jueves

Ensayo

Maratón de sonatas

Uno se pregunta qué dota de esfericidad a las 32 sonatas de piano de Beethoven. Dónde está el secreto. Por qué escuchamos una y da la sensación de que se traslapa con la que le sigue, o con la que anteriormente acabamos de oír. Más aún que con las sinfonías, o los conciertos, o los tríos —más, pero mucho más aún que con los cuartetos de cuerda— se produce este efecto.

No hay que darle muchas vueltas. La materia prima de que está constituida la música de Beethoven es la rebeldía. Inagotable. Enhiesta. Incomplaciente. Jamás satisfecha. Pero lo verdaderamente complejo es que esa rebeldía yace en el interior de cada hombre. No en la música. Por más apartado que esté ese hombre de un sentimiento tan poderoso como la rebeldía, sentirá que su corazón se inflama cuando escucha una sonata, cualquier sonata de piano de Beethoven.

Digamos que esta continuidad épica no se advierte en las sinfonías —con esa golosina musical que es la Pastoral en medio de la Quinta y la Séptima—, menos, ya lo dije, en los cuartetos —si escuchamos la serie de los últimos enseguida de los primeros, o incluso de los centrales, nos preguntaremos si acaso los compuso la misma persona.

Pero en las sonatas acontece lo inaudito. Este carácter de indocilidad que irriga al teclado las permea en lo más profundo de su bosque sonoro. Es como si fuera la firma autógrafa de Beethoven. Seguramente voy a decir algo absurdo —por lo que pido una disculpa de antemano—, pero quizás tenga que ver con que el piano es el psiquiatra de los compositores. Quien compone al piano —la inmensa mayoría de los músicos— vuelca en ese momento su yo más insondable y subterráneo. Ahora bien, a Beethoven hay que considerarlo como un toro de lidia cuya existencia estuvo constreñida por cercas y encierros. Que su genio inconmensurable fue la verdadera cadena que no lo dejaba moverse con libertad. Sí como compositor, no como hombre. A todo le veía peros. Su vida hay que mirarla desde la óptica del dolor, de la ira incontenible. El primer obstáculo con el que se topó fue su padre. Personalidad que sembró en él pasiones adversas. ¿Cómo era posible tanto odio, golpes y diatribas? Su segundo impedimento fue la sordera. Que se atravesó precisamente cuando el mundo se le presentaba como un patio interior donde podría hacer lo que le viniera en gana. Se perfilaba como el pianista del mañana, y así lo advertía él mismo. Pero la sordera le abrió las puertas del ostracismo. Lo que lo empujó hacia la composición. No más improvisar. No más presentarse como ejecutante de sus propias obras. El resto de su vida. Sin embargo, Beethoven era un hombre condenado al sufrimiento más brutal. A superar una prueba de fuego tras otra. A luchar. Alguien con menos fuerza de voluntad. Con menos carácter y convicciones, se habría dado por vencido de un modo lastimero.

Pero le faltaba la prueba más impía e inhumana. La de su sobrino Karl.

Hijo de su hermano —que a su muerte le encargó a Ludwig la custodia del chico—, hijo de una mujer fácil —a quien Beethoven llamaba La Reina de la Noche— el genio quiso hacer de ese joven un baluarte espiritual. Y lo único que provocó fue que Karl lo odiara —aunque al final de la vida del músico se arrepintió— y que intentara suicidarse. Lo cual le provocó a Beethoven el más terrible dolor inimaginable.

Digo que quizás estos acontecimientos no tengan nada que ver en la consecución ontológica de sus sonatas.
Quizás lo que uno escucha es esta vastedad monumental melódica y armónica. Que conforme transcurre —no nada más de un movimiento a otro, sino también de una sonata a otra— va armando una figura geométrica poliédrica que en mucho semeja una esfera. Que vista desde lejos es una esfera perfecta. Sin fases. O una formidable parcela que se mirara desde el avión. Hecha de una sola pieza.

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Texto del lunes

Ensayo

El arte de la cursilería

1) Se dice que la cursilería es la belleza fallida; es decir, la belleza a la que todos aspiramos.

2) La cursilería cristaliza el sueño de los héroes sin patria; los que aún suspiran por la hazaña que los pondrá en el candelabro de lo social —conocidos como candidatos.

3) La cursilería despliega su talento en los más disímiles ámbitos; abre las alas y remonta el vuelo hasta que se pierde de vista, o escupe al mirón.

4) La cursilería apuntala el sueño de los mediocres; esto es, de los que viven a caballo entre las ideas propias y las conclusiones de esas ideas. Nada más peligroso que apostar por las ideas propias y dejar para el eterno día de mañana su aplicación, que es la práctica. De inmediato hay que ponerse a prueba. Es el único modo de probar si se es cursi o no.

5) Todos los hombres somos cursis delante de las mujeres que viven apoltronadas ante el tsunami del amor. A la espera de la noche memorable.

6) Nada hay más cursi que un hombre esperando que la mujer traspase el umbral de su casa y le diga que sí. Provocan que el varón doble las manitas —como el escritor ante el elogio.

7) La cursilería termina cuando el hombre toma las riendas; cosa que jamás acontece. Porque antes que aplicarse, el hombre debe resolver su posición ante sí mismo. Asunto que le lleva toda la vida.

8) La cursilería se convierte en heroicidad en un momento de gloria. Contados viven para contarlo.

9) Pocas cosas tan alejadas del amor y tan cerca de la cursilería como los poemas de amor.

10) La cursilería es una nube que envuelve en su vapor al hombre que desea y a la mujer deseada. La aureola de la adoración no les permite distinguir sus límites. Se reirían de sí mismos si pudieran contemplarse sin la investidura del ridículo.

11) La cursilería pone palabras melosas en la boca, cuando lo que se pretende decir es hiriente. Porque la inteligencia acaso se sirve de todas las artimañas.

12) La cursilería es la línea limítrofe entre lo insoportable y lo apenas aguantable. Una frontera que no cualquiera se decide a cruzar, o que cuando se cruza sobreviene en arrepentimiento; desde antes de cruzarla.

13) Hay un aspecto de la cursilería que las mujeres defienden: el que las hace sentirse adoradas. Situación que viene arrastrando la historia de la humanidad desde que el hombre es hombre, la mujer es mujer, y el perro es perro.

14) Todos los piropos son cursis. Así como los cumplidos dirigidos a una mujer intentan no ser serlo; para su mala fortuna terminan untados de miel.

15) La única cursilería que se salva entre un hombre y una mujer es la que no se pronuncia.

16) En la calle se suele distinguir a los cursis por su modo de comportarse. Anuncian grandes catástrofes cuando le ceden el paso a una mujer.

17) La cursilería arropa a las ideas. Las mantiene a salvaguarda. Lejos de las tentaciones. Cuando han perdido vigencia, o, mejor que eso, peligrosidad, aquella permite que vean la luz; es decir, cuando la inteligencia se ha trastocado en cursilería.

18) La academia es el mejor recurso para mantener paralizadas a las ideas.

19) Hay una etapa en la vida de todo escritor en que sin darse cuenta pondera la cursilería como una gracia. Porque la cursilería se deja acariciar como un gracioso cachorrito; hasta que entierra las uñas. Cuando ya es demasiado tarde en la vida de ese hombre de letras.

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Ensayo

El oficio del voyeurismo

1) El arte es el camino más expedito para practicar el oficio del voyeurismo.

2) Los pintores son fisgones por naturaleza. Aquellos retratistas de la intimidad —Fragonard, Ingres, David— miraban por el resto de los hombres. Y para el resto de los hombres. Llevaban a las casas de familias pudientes y conservadoras, lo que habían espiado. Aún era posible percibir en los trazos, la mano trémula.

3) Contra lo que muchos piensan, el voyeurismo no es un suceso cobarde; exige determinación y valentía; basta imaginarse al niño de cinco años que espía a su hermana por la cerradura de la puerta. Ese niño tendrá conciencia de lo que está haciendo. Sabe que se trata de un acto prohibido, y tan así que lo hará ocultándose de la autoridad.

4) ¿Qué atrae más a un voyeurista? ¿Espiar, o el peligro de ser descubierto?

5) Cuando un voyeurista es descubierto, nadie le puede quitar lo que ha visto.

6) Hay cosas que se dan por sentadas. Por ejemplo, que el pan sacia el hambre; que los celos hacen ver conflictos inexistentes. Por ejemplo, que un varón es más proclive que una mujer a practicar el voyeurismo. Es como el olor de la carne, que el hombre vuelve la vista hacia el origen de aquel estímulo, y que la mujer se sigue de largo. Tal vez porque el varón está permanentemente fuera de control. Con todo lo que esto implica, como abrir el grifo de la imaginación al menor desafío. Eso no hace al hombre superior, ni a la mujer inferior; quizá más tenga que ver con una insatisfacción radical. Inconforme por naturaleza, el varón es incapaz de adaptarse a las circunstancias que lo rodean, y mira donde no debe mirar. Acaso los ojos de la mujer sean sus oídos. Porque es difícil imaginarse a una mujer espiando por una fisura la habitación de un hombre. Aunque sería un tema lindo para una novela, o de plano una película.

7) Así las cosas, la música es de una pureza celestial comparada con el arte de la plástica. Pero cabe preguntarse si no radica ahí gran parte del misterio de las artes visuales: que en forma contundente le permitan al espectador incursionar en realidades tan cercanas como inusitadas. O mejor aún, en asomarse en la casa vecina sin correr el menor riesgo.

8) ¿Por qué una realidad determinada está permitida para algunos y para otros no? Por ejemplo, la intimidad de una mujer. El hecho de que sea exclusiva la vuelve altamente tentadora. Y todo lo que significa una tentación se enfrenta.

9) El voyeurismo es radical.

10) ¿Por qué el marido o el progenitor reacciona tan violentamente cuando descubre al voyeurista? Tal vez él mismo se siente violado en su intimidad. Está educado en el formato machista, y la mujer —sea la esposa o las hijas— le pertenecen. No le preocupa su hijo varón, porque sabe que a los hombres nadie los espía. Pero en lo que a las mujeres se refiere, es su responsabilidad.

11) Tal vez el voyeurismo tenga mucho que ver con la pertenencia de las personas. Cual si fueran cosas. Cuando un transeúnte se aproxima al automóvil estacionado y lo observa con detenimiento, si el propietario lo avista se encrespa. Ese auto es propiedad privada y así sea que esté en la calle, no está dispuesto a compartirlo. Y menos ante un voyeurista de los autos. Que vaya y que se consiga el suyo.

12) A la vista de la mujer, a la cristalización de la belleza —entiendo por belleza la radicalización del opuesto—, el voyeurista suma la función privada.

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Ensayo

El oficio del envejecimiento

1) Cada vez que una mujer hermosa pasa delante de él, el anciano agradece que alguna vez disfrutó de una belleza semejante. Y una sonrisa de profunda satisfacción viene a sus labios. Sabe que nunca tuvo una mujer así, pero burlarse de sí mismo le da solvencia.

2) Lo peor que le puede ocurrir a un anciano es que no se dé abasto a sí mismo. Ninguna de las personas que lo rodean, se lo disculpará.

3) No existe la cultura del envejecimiento en este país. Si no se tiene la suficiente solvencia como para mandarlo a un asilo, nadie sabe qué hacer con el anciano —que apenas ayer contribuía al gasto familiar, eso da lo mismo. De generación en generación se va heredando la responsabilidad. Pero es un fastidio para todos. Quita el tiempo hasta rayar en el insulto. Hay que estar al pendiente de la ingestión de sus medicamentos, de llevarlo al baño, de que permanezca sentado a la sombra de un follaje generoso. De ponerle la televisión. Y de resistir su carácter. Porque hay ancianos de un carácter acre capaz de cimbrar paredes. Cuando lo que se requiere es la paciencia que da una buena conversación. La paz que proporciona mirarse a sí mismo. Cosa difícil.

4) El anciano sensible —no es cierto que todos lo sean— suele detenerse con especial fruición en un fruto de su preferencia. Digamos una manzana. La tiene delante de aquellos ojos cansados y atravesados por el glaucoma. La mira y es capaz de conversar con ella. A su mente acudirán recuerdos que alimentan su espíritu. Evocaciones de algún fragmento de su vida. Cosas que no le dirá a nadie porque a nadie le interesa escuchar. En esa manzana él verá el poder absoluto del Creador. El interlocutor que Brahms veía en la música. No sabe a ciencia cierta la razón, pero la manzana le provoca una emoción rayana en las lágrimas.

5) Cuando el anciano muere, toda la parentela lo llora.

6) Carpentier tenía la razón en el sentido de que el envejecimiento es una regresión a la niñez. Cuanto más senecto se es, el alma se torna más ávida de ternura. Hasta alcanzar los niveles del niño, en el que no se comprende a qué se vino al mundo ni menos se logra entender las leyes que rigen la conducta de los hombres. Es eso lo que mantiene en el aislamiento a un anciano. Ante la incomprensión del mundo que lo rodea, no le queda más que el silencio más infranqueable. Porque en el silencio están las respuestas.

7) Dichoso el anciano que mantiene en alto la bandera de la corrosión, sea a través del humor o del deseo. Aunque en torno capte antipatía y desdén, él será dueño de una fortaleza interior que lo mantiene muy a salvo de la abulia generalizada. Son esos ancianos que dan lecciones de vida por su sentido del humor, que alrededor provoca envidia. O repulsa, porque no se entiende su fondo. En la misma medida, siguen con los ojos el cuerpo de la mujer hermosa. Advierten en ella el aliento de la vida. Que los mantuvo en pie de guerra en toda su madurez.

8) El anciano desintegra la armonía familiar. Ni siquiera se percata de que existe. Los demás miembros de la familia no mueven un dedo para salvar aquella nave que se está yendo a pique. Mover un dedo significaría darle a aquel humano el rango de ser humano. De alguien perteneciente a una comunidad. Inconcebible.

9) Para la familia, el perro que envejece a lado del anciano merece más respeto.

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