Archive for the ‘Poesía’ Category

Texto de los lunes

Delirio

Quisiera morirme ya mismo.
A la hora en que esté hablando de música.
Luego de la audición de una sonata
de Brahms, o de un cuarteto de Beethoven.
O al momento de charlar con un amigo.
Enfrente de él. Podría ser
en una mesa cantinera.
O después de haber mirado
los ojos verdes de una mujer.
De cierta mujer.
O, por qué no, luego de acariciar
la mano de mi hija.
También disfrutaría morir
a la mitad de un cuento de José Revueltas.
O de un poema de Pessoa.
O acaso dando mi taller de creación literaria.
Pero también podría morir
mientras reverbera en mis oídos
el violín de mi padre.
O el piano de mi madre
cuando tocaba Chopin para mí.
En cualquiera de estas circunstancias
me gustaría morir.
Si acaso no le parecen excesivas a Dios.
Que él decida. Yo me adapto.
Y desde ahora le doy las gracias.
Con tal de que no se tarde.
O no más de la cuenta.

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Texto de los jueves

Un poema y una carta para Eusebio Ruvalcaba

 Por César Rito Salinas, poeta de Oaxaca

Poema

¿Qué busca Eusebio Ruvalcaba al escribir sobre la muerte
de sus amigos?
Burlarse de la muerte.
La amistad es un asunto que trasciende la vida.
Una tarde me dijo
en su casa en Tlalpan,
“Cuando muera quiero que me entierren en Oaxaca”.
Eusebio es cordial con sus amigos,
se mantiene distante.
Un día celebré una de sus novelas,
“eso pasa cuando la escritura se publica”, dijo.
“La gente la celebra”.
Eusebio se burla en vida de sus amigos.
Se dice embajador del mezcal,
cuando bien sabe que cada hombre es una sombra de mosca
bajo la luz del mezcal.
Eusebio Ruvalcaba se ríe de sí mismo
al momento de empuñar la pluma,
“un músico aplica más tiempo en ensayos
que el hombre que escribe la gran obra”.
A Eusebio Ruvalcaba le apura el tiempo
y la intensidad de la vida,
escribe sonetos.
Un día dijo en público,
“con César tengo una competencia por saber quién bebe más,
quién muere primero”

Carta a Eusebio Ruvalcaba

Madrugada

El fuego que viene de muy lejos.
Que inició cuando naciste.
Beber es una necesidad que acompaña al hombre en esta vida.
Es el impulso que hace que te entregues a una mujer
que será la madre de tus hijos
o la que te recibe desnuda en la cama.
Todos los hombres que pasan por la tierra tienen sed.
Padecieron hambre, sueño y sed.
Enfrentaron la existencia con una copa en la mano.
¿Tú por qué habrías de ser la excepción?
Aquí no hay excepciones.
Sólo la sed y la soga, la medialuna o el revólver.

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Texto del lunes

Poesía

Las canicas

Yo era bueno, muy bueno.
Le enseñé a jugar a Pablo,
que fue mi mejor amigo.
Se me hizo costumbre
traer las bolsas llenas de canicas.
Tenía mis favoritas,
con las que había vencido a terribles
enemigos.
Ésas no las cambiaba por nada.
Había otras muy lindas,
que intercambiaba por otras aún mejores.
No tenía chiste comprarlas.
En la esquina
había una viejita
que las vendía muy baratas.
Pero comprarlas equivalía
a hacer trampa.
Los tréboles eran
las más hermosas.
Siempre me pregunté
cómo habían metido esos pétalos
dentro del vidrio.
Y por qué nunca se marchitaban.

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Poesía

Chapultepec

Cuando no tenía ensayo,
mi papá nos llevaba a mi hermana
y a mí
a Chapultepec.
Pasaba por nosotros a la escuela.
Desde que salíamos
y lo veíamos bajo la sombra,
por su cara adivinábamos
que no nos llevaría directamente a la casa.
Jugábamos en “las montañas”,
que eran las faldas del cerro.
Él, mi padre,
extendía su periódico
en el cofre del coche
y nosotros corríamos a escondernos.
Esperábamos pacientemente
a que se apareciera un tigre
o una tribu de salvajes.
Y cuando había llovido el día anterior,
entonces aspirábamos
con todas nuestras fuerzas.
Para que el olor a pasto mojado nos colmara.
Hasta que mi papá nos chiflaba.
Entonces bajábamos corriendo.
Mañana iríamos nuevamente,
nos prometía él. Y lo cumplía.

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Poesía

El Gordo

Era el hijo de mi tía Chati.
Siempre fue el más gordo
de todos los primos.
Era insoportable.
Presumía que su papá
lo había llevado a Disneylandia,
que veía la televisión
hasta más allá de las diez de la noche,
que iba a escuela de paga
como sus amigos.
Cómo odiaba a sus amigos.
Yo.
Todos me parecían uno copia
del otro.
Y cada uno más pedante que el otro.
El Gordo se llevaba con ellos
porque tenían trenes eléctricos
y autopistas.
Cuando El Gordo
iba a mi casa
le ponía trampas
para que se tropezara.
Pero nunca logré que se cayera.
Era el único niño que tomaba
Coca Cola
en el desayuno.
Eso provocaba que lo admirara
y, a la vez, que lo presumiera
con mis amigos.
Cuando jugábamos futbol
él usaba tacos para pisarnos,
siempre por accidente.
Aunque por suerte
era el primero en cansarse.

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Poesía

Mi abuelito

Se llamaba Eucario Néstor.
Mi madre le decía Tatito,
y, la abuela, Cayo.
Sólo una vez lo vi llorar,
cuando se murió la abuela.
Salíamos a caminar por las tardes,
antes de que su chofer lo recogiera.
Había sufrido embolias y síncopes,
y, tomado de mi brazo,
le daba una vuelta a la manzana.
Decía entonces muchas cosas:
que el piano era su instrumento favorito
y que había sido el hombre más feliz el día que mi madre
dio un concierto.
El día de su santo, que era el mío también,
me regalaba cien pesos.
“Dile a tu madre que te compre algo”,
decía mientras extendía el billete delante de mí.
Le gustaba que leyera para él la primera plana
de los periódicos,
y que en la mesa
las cosas estuvieran
bien acomodadas —la sal allá, el queso de este lado.
Alguna vez le robé dinero
porque quería ser como él,
un hombre rico.

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Texto del lunes

Poesía

El Piano

Era mi gasolinera favorita.
Porque tenía varias:
la mesa del comedor,
o la mesa de trabajo
en la que siempre hubo papeles
de música.
Pero el piano me gustaba
porque tenía tres tomas de gasolina.
Disponía debajo de él,
perfectamente acomodados,
mis carritos y mis camiones.
Alguna vez mi padre
me trajo una patrulla de Alemania,
Mercedes Benz,
roja,
con una luz azul en el techo,
que daba vueltas mientras el patrullero
movía la cabeza
y hablaba por teléfono.
También tenía sirena.
Sus llantas eran cara blanca
y las defensas cromadas.
La patrulla
siempre estaba cargando gasolina.
Pero era mentira,
porque lo que en realidad hacía era vigilar mi ciudad.
Todo esto sucedía mientras mis padres
tocaban
sonatas para violín y piano.

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