Archive for 30 agosto 2015

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Consideraciones Ruvalcabianas

¿Será que en la noche los bares son más relajados? ¿Por qué la gente bebe en las noches y no en las mañanas, si en la Iliada se combate de día y no de noche? ¿Les da pavor? ¿Temen pulverizar las buenas costumbres en los que alguna vez fueron educados, hijos de otras buenas costumbres? Pocas cosas tan deliciosas como beber en la mañana. Todo parece en contra. Y uno se ataca de la risa de los pusilánimes, que bajo la neblina del alcohol se ven en todas sus dimensiones. Hete ahí la paradoja.

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A veces tengo la impresión de que todos se confabulan contra mí. Como si yo fuera la última persona que acaso mereciera un poco de consideración. Que para el caso es lo mismo, si todos nos hemos de morir.

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Si hemos de morir, mejor sería al lado del azar y no del ser amado. Para qué hacerle pasar un rato amargo, cuando puede ser tan dulce.

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Si morir hemos, abrigar en la mano la calidez del amigo. Que los últimos minutos transcurren en una especie de vaivén entre la vida y la muerte nos depara. En ese instante ya pertenecemos al infierno.

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Si hemos de morir, que sea con nuestro corazón desamparado. Siempre será mejor morir desamparado, que a la cubierta de una sensación equívoca.

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Si hemos de morir —que hemos— siempre será mejor en la ignorancia que bajo el amparo de ilusiones vagas. Nada más doloroso que errar la dedicatoria de un sentimiento de amor.

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Si hemos de morir —un poco antes, un poco después—, siempre habrá alguien que se sonría de nuestra muerte. Y alguien que palidezca.

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Odio a las mujeres intelectuales. Que siempre, inequívocamente siempre, humillan al macho. Con sus aires de grandeza.

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Digamos que cada vez soy más fresa. Todavía más. Cada vez estoy más alejado de los autos. Yo, que identificaba el modelo de un Ford Fairline por el tablero. Que reconocía el volante de un Mustang 68. Digo que cada vez me duermo más temprano. A las 11 ya estoy roncando. Cada vez abrazo más a mi perro. Él me da todo a cambio de nada. Ni siquiera implora cariño. Su sensibilidad es superior a la de cualquier ser humano.

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Diario bebo. Ahora mismo. Domingo. Estoy briago. Principio a celebrar mi cumpleaños. Este jueves 3 de septiembre. 64 años. En fin. Decía que bebo todos los días. Religiosamente. Vivo en un estudio miniatura. Donde sólo caben la música, el alcohol y yo. Más unos cuantos libros. Cero mujeres. Cuando extraño alguna, veo Las mujeres de la mafia. Y me masturbo como chamaco. Qué rico.

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Quién sabe si serías tú. Pero te vi llegar al Carro del Sol. No manches. Una maravilla con tu gorrita negra. Ibas toda de negro. Seguro tus calzones eran negros. Y lo mismo tu bra. Con dos hombres. Con tu pelito güero. Tirando a negro. O negro tirando a güero. Estos hombres te asediaban. Te acosaban. Te tocaban. Me descubriste y tus ojos se clavaron en los míos. Uno de los hombres te sacó a bailar. Te querían coger. Pidieron cerveza y tequila. Tomaste una botella y te empinaste la chela. Te querían coger. Como si supieran lo cachonda que te pones con esa combinación diabólica.

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¿En dónde radica el coraje de un hombre? ¿En su fuerza o en su temperamento?

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Me gusta ser un hombre de bajo perfil. Siempre lo he sido. Pero ahora más. ¿Quién asaltaría a un hombre de ropa corriente, despeinado, sucio, que sólo lleva en la cartera estampas de las vírgenes jaliscienses? En donde levanto la nariz es en el mundo de la música. La neta. Hablemos de Brahms, de Beethoven, de Schumann, de Schubert, y entonces mi perfil se afila.

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El alma de Paganini

1) La bravura paganiniana permea la música para violín que le sucede. Quién más, quién menos, compositores e intérpretes le brindan homenaje al príncipe de los virtuosos.

2) Los 24 Caprichos de Paganini comprenden el llanto de un niño incorregible.

3) Todo Capricho contiene la voluptuosidad de una mujer en brama. Por eso se recomienda no escucharlo hasta la saciedad.

4) Para tocar los Caprichos se requiere rayar en la locura. Tal como le aconteció al autor cuando los compuso. Nadie que se tome en serio podrá intentar tocarlos. Y se necesitó estar loco para componerlos.

5) Un Capricho es un ajuste de cuentas.

6) Quien escucha los Caprichos de Paganini sufre estragos en su organismo: la piel se le pone chinita. Los ojos se quieren escapar de sus órbitas. Los oídos se conmocionan hasta pulverizar el cerumen. Reumas recorren la columna vertebral como un herpes. La lengua se traba por no dar con el adjetivo adecuado —ese adjetivo que se merecen los Caprichos.

7) Hay quien se inclina por el Capricho XIII. Hay quien lo hace por el Capricho IX. Hay quien no cambia el XXIV por ningún otro. Como sea, un Capricho sirve de epitafio. Para que aquel escucha no descanse en paz.

8) Que resulte incapaz de tocar los Caprichos, mantiene vivo a un violinista.

9) ¿Por qué razón un violinista se empeña en tocar un Capricho de 3 minutos en vez de un concierto de 35? Lo más con lo menos.

10) Los Caprichos no acompañan la entrada al paraíso. Ni al infierno. Acompañan la entrada al alma de quien los escucha.

11) En los Caprichos jamás se va de la sencillez a la complejidad. Ni de la complejidad a la sencillez. Se toca la primera nota, y se desparrama la inmensidad sonora.

12) Un berrinche no es un Capricho. Pero el Capricho tiene elementos del berrinche. Sobre todo por el coraje. La bravura. Todo Capricho es una muestra de poderío. Todo Capricho es un alacrán.

13) Hay Caprichos que deberían adornar el pelo de una mujer.

14) Cuando un Capricho se toca a la luz del sol inclemente, se distingue a lo lejos un incendio que porfía por ver la luz.

15) Cuando sueñes que masticas un Capricho es una pesadilla. Lo que estás estrujando es tu cerebro.

16) Cuando el diamante adquiere la forma de un crucifijo, el Capricho desafina.

17) El diamante brilla con luz propia. El Capricho no; su luz proviene del arte del demonio.

18) Cuando se toca un Capricho de Paganini en forma descabellada e irregular, el demonio suelta la carcajada. Tiene una nueva víctima.

19) Los 24 Preludios de Chopin, son el polvo que suelta el arco durante la ejecución de los 24 Caprichos de Paganini.

20) Paganini estrenaba un violín cada vez que tocaba la serie completa de sus Caprichos. Un violín que tenía 200 años. Pero que bajo sus dedos avistaba la eternidad.

21) Si al gran violinista le hubieran dado a escoger entre la más hermosa dama y la ejecución de un Capricho, se habría quedado con la mujer.

22) Cuando Paganini besó la mano de Berlioz en público y le extendió un cheque por 50 mil libras, lo que en realidad estaba haciendo era componer el Capricho XXV.

23) Los violinistas pierden el alma por tocar los 24 Caprichos de Paganini; cuando en realidad lo que están haciendo es armar su ataúd.

24) Cada Capricho contiene la bomba de tiempo del que viene enseguida. Aun el XXIV. Que el siguiente está dentro del que oye.

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La metáfora

Para mhijta chula, érika coral

1) La metáfora lima asperezas entre la rigidez del adjetivo, y la estulticia del sustantivo.
2) Nadie se baña dos veces en la misma metáfora.
3) La metáfora pone las palabras en los labios del escritor infecundo.
4) Siempre serán superiores las metáforas emanadas de la sangre popular.
5) Un escritor que decante su prosa huye de la metáfora.
6) Las metáforas son al escritor crepuscular lo que los cantos de la sirena a ya sabemos quién.
7) Nada más fácil para enamorar a una mujer que una metáfora vulgar.
8) Una metáfora asusta a los niños.
9) Las metáforas espejean en los hielos del whisky.
10) Las mujeres llevan su artillería de metáforas debajo de la falda.
11) Metáfora se escribe con m de mar embravecido.
12) La metáfora hace tanto daño como una trampa para osos. O una ratonera.
13) Hay poetas adictos a la metáfora. Ojalá lo fueran al alcohol. Y aquí no hay metáfora.
14) Las mujeres prefieren que se les rocíe con una gota de alcohol, que con un chorro de metáforas.
15) Una metáfora bien puesta en el hocico del rijoso, lo calma intempestivamente.
16) La metáfora sustituye el prodigio de la lengua.
17) La metáfora sugiere que la poesía es ingeniosa.
18) La metáfora es mera hoja de parra.
19) La mujer adulta prefiere la mano a la metáfora.
20) La mujer joven prefiere la mano y la metáfora.

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El lied

Cada vez estoy más convencido de la diáfana genialidad de Franz Peter Schubert. Supo hincar el diente donde advirtió la verdura de la inspiración. Es decir, donde Beethoven había dejado un hueco. Sabía que la ruta de la sinfonía había llegado al tope —se necesitaba de un Brahms para horadar nuevos derroteros—, sabía que el cuarteto de cuerdas se hallaba atascado, sin salida de emergencia ninguna, y en cuanto a los conciertos para piano, sabía de sobra, le constaba todos los días al mirarse al espejo, que sus manos regordetas y pequeñas, que su cuerpo de corta estatura y rechoncho, no provocarían ningún impacto en el espectador. Y aquí viene otra cuestión: el compositor escribe conciertos para sí mismo, para que él mismo los toque. Para que se exhiba delante de la gente que acude presurosa a escucharlo. De ahí la dificultad extraordinaria de los conciertos de Paganini. De que los conciertos para violín más difíciles de la historia sean los de su autoría. Y lo mismo acontece con los conciertos para piano de mi amado Johannes Brahms. No es posible concebir belleza más cercana a la divinidad que los suyos. Y que exigen mayor entrega en lo que se refiere a la musicalidad. Era lo suyo. Musicalidad y dificultad. Estoy hablando de sus dos conciertos para piano. Los escollos de su concierto para violín rayan en la locura, y pese a su intocabilidad, dicho concierto es para los oídos como la dulce superficie de un lago suizo. Menos cotizado es su concierto para violín, violonchelo y orquesta. Como si Dios le hubiera dado la espalda. Así fuera por unos segundos. Perdón, regreso al lied. Cada lied de Schubert equivale al pétalo de una flor de belleza intocable. Si por la flor toda entendemos aquello inalcanzable. Los lieder de Schubert contienen la inefabilidad de la música. Lo más con lo menos. Unas cuantas notas son suficientes para palpar el nacimiento de la idea. Lo que más adelante devendrá en la cristalización del sentimiento más alto, que es el del amor.

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