Archive for 29 mayo 2014

Cuento

A la altura de mis ojos

En el metro he visto cosas. De todo. Lo tomo de ida y vuelta. Primero para ir a la universidad y luego de regreso a mi casa. Pero como me la paso todo el día en CU, cuando lo agarro de regreso ya está oscuro. Y creo que la oscuridad tiene algo que ver con la conducta de las personas. Mi papá me dice hijita cuídate. Pero hay cosas que no están en las manos de nadie corregir. O no sé. A lo mejor estoy diciendo una tontería.

Digo que he visto cosas. Vi una señora que no paraba de llorar. Tenía a su lado una canasta enorme. Llena de mandado. Miraba al techo, y las lágrimas le escurrían como si por dentro se le hubiera roto una tubería. Lloraba tanto que terminé pasándome junto a ella. ¿Qué le pasa, señora?, le pregunté. Ay, niña, nada. Que tengo unas reumas en las piernas terribles. De veras, es como una tortura. Se pasó la estación en la que iba a bajarme. Pero había tomado la decisión de acompañarla. Cuando por fin se bajó, la ayudé a cargar su canasta. Entre las dos saldría menos pesada. La acompañé hasta su micro. Me dio tanto las gracias. Hasta me bendijo. Cuando nos despedimos se presentó. Como si hubiéramos sellado una amistad. Me llamo Susana, dijo. ¡Y yo también!, exclamé, somos tocayas. Fue algo muy lindo. Cuando llegué a casa se lo conté a mi mamá. Y se conmovió tanto que hasta lloró. Ni hablar que era noche de lágrimas.

Lo otro que me pasó lo cuento pero me da vergüenza. Fui una tonta. Iba de regreso a mi casa. El metro súper lleno. De eso que apenas cabes. Me quedé parada. Entonces un chavo me ofreció asiento. Me hizo la seña. Yo se lo agradecí. Como pude llegué hasta el lugar. Él se paró y yo me senté. Todavía le dije que si le ayudaba con su mochila. Era un niño guapo. Un poco más grande que yo. Como de veinticinco. No me dio desconfianza. Me dijo que no. La cosa es que su pene quedó a la altura de mis ojos. Y que veo que se le empieza a parar. Pero una cosa exagerada. Yo no podía quitarle los ojos de encima. ¿Hacia dónde me volteaba: hacia el techo? Y justo cuando se veía que la erección había llegado hasta lo máximo, se metió la mano y se empezó a masturbar. Enfrente de mí. Fue demasiado. Le grité ¡lárgate de aquí, animal! Él me oyó, pero nadie más. Creí que se iba a apenar, pero en vez de eso hizo una cara de satisfacción que ya la hubiera querido Brad Pitt para una película. Sacó la mano toda embarrada de semen. No puede ser lo que estoy viendo, me dije. Este imbécil ya se pasó. Y como yo también llevaba mochila, se la aventé a la cara. Y ahí sí la gente se dio cuenta. Por completo. De todo lo que había pasado. Un señor que iba a la derecha de él, lo agarró de la greña y lo aventó. Fue a dar al suelo. A mí me entró el pánico. Porque una señora le pegó con su bolsa. Y otro señor lo pateó. En cosa de segundos ya se había armado la bronquísima. Entre todos lo sacaron cuando las puertas se abrieron. Le gritaron a un policía y se lo dieron como un bulto de ropa sucia. Yo ya mejor ni me moví. Aunque la señora me gritaba vaya y denúncielo. Para que lo encierren. Preferí seguirme.

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Texto del lunes

Cuento

Mis padres

Mandé borrar el epitafio de la tumba de mi padre. O mejor dicho, lo mandé cambiar. Decía “Aquí yace Manuel Castañeda. Un hombre bueno y generoso”. Ahora dice: “Aquí yace Manuel Castañeda. Un asesino de mujeres”. Porque mató a mi madre.

Siempre lo creí inocente. Era tan tierno con los seres que lo rodeaban. Especialmente conmigo. Me miraba y acariciaba constantemente. Yo tenía diez años cuando mató a mi mamá. Ahora tengo treinta. En ese intervalo de veinte años, mi odio ha crecido hasta más allá de una montaña. Cambió de amor a odio. Porque desde niño supe lo que había pasado. Se lo oí decir. Estaba hablando con su amigo Jaime. Que además es mi padrino. Vivíamos él y yo solos. Mi papá y yo. No hubo más hermanos. Como si lo hubiera planeado. No sé. Lo que sí sé es que yo fui víctima de su odio. Porque cuando un asesino ama, lo que en el fondo hace es odiar. Antes de que eso pasara, me sentía feliz a su lado. Me sabía protegido. Por él y por mi madre. Yo era el rey en aquella casa propiedad de mi mamá que alguna vez habitamos. Todo estaba a mi alcance y a manos llenas. Dulces. Fruta. Juguetes. Ropa. Tenis. No tenía más que estirar la mano y al instante las mieles venían a mí. Lo único que yo podría objetar de aquella época era que casi no podía hablar con mis padres. Los sabía muy ocupados. Muy en lo suyo. Sin ánimos de enterarse de la marcha del mundo. Entre ellos siempre estaban molestos. Y cada vez que intentaba aproximarme, ponían un candado de por medio. Como si se pusieran al cuello un freno de boca. Como a los caballos. Lo raro es que mi mamá también lo haya hecho. Que se haya aislado así de mí. Le dolía mucho. Y a mí me dolía más. Pero yo sentía que no estaba en sus manos. Se empezó a enfermar. Dejó de comer. Palideció a pasos agigantados. Parecía un animal en camino hacia la muerte.

En una ocasión decidí enfrentar a mi padre. No tenía yo ni nueve años.  Se puso híper nervioso. Como un cerdo al que fueran a matar. Dicen que se ponen así. Respondió el celular con titubeos —frente a frente nunca me hubiera atrevido—, como si tuviera un bozal en la boca. Me dijo no te metas en esas cosas —¡si lo único que yo le había preguntado era por qué odiaba a mi mamá! Y conste que sabía que la odiaba porque lo veía en sus ojos. Apenas acababa de cruzar palabras con ella, su mirada se tornaba iracunda. Furiosa. Las ascuas salían volando. De sus ojos.

Mi madre era la mujer más hermosa del mundo. Sé que las descripciones son odiosas, y que lo único que logran es alejar a la gente de aquella persona. Pero aun así, intentaré dar una idea aproximada de su fisonomía. De la fisonomía de mi madre. A quien llevaré en mi corazón por el resto de mi vida. Lo más bonito eran sus ojos. Pero no sólo eran los ojos que salpicaban dulzura; también era su sonrisa, sus pómulos, sus orejitas sonrosadas. Toda ella era una belleza. Física y espiritual. Porque había que mirarla por dentro. Siempre llena de generosidad y alivio para las personas cercanas. De candor. De consuelo.

Digo que a mí también me odiaba mi padre. O cuando menos guardaba sentimientos extraños hacia mi persona. La primera prueba de odio fue que no me dejó tener amigos, ni ir a la escuela. Aunque mi mamá se lo pidió de rodillas. Esto generó un pleito tan fuerte entre ellos, que mi padre terminó golpeándola. Lo cual se convirtió en una costumbre. Y eso que vivíamos junto a una primaria. Siempre encontraba motivos para no inscribirme. Como si le conviniera mantenerme sumergido en la ignorancia. Por supuesto que él no me enseñaba nada. Cero. Con puras idioteces mantenía sosegada la curiosidad infantil. La mía. Si le preguntaba por qué existe el día y por qué la noche, me respondía que porque Dios lo había querido así. Y si le preguntaba por qué la sangre era roja, me respondía lo primero que se le venía a la cabeza, pero de verdad cualquier imbecilidad, como por ejemplo que porque era yo pobre, que sólo los ricos la tenían de otro color; de tal modo que para mí el mundo era una cosa absurda.

Hasta que lo oí hablar por teléfono. Estaba hablando con mi padrino Jaime. Ya lo dije. Sus palabras fueron. Nunca se me olvidarán. Fueron: “Maté a mi mujer. ¿Crees que hubiera podido soportar vivir a su lado?”.

Dios me permitió vengarme. Todos los días me encomendaba. Que guiara mi mano. Nadie más vivía en la casa. Yo me encargaba de las faenas domésticas. Él no hacía nada. Vivía de la herencia de mi madre. Pero para mí era como si yo estuviera en una esfera de cristal. Apartado de su maleficio. Una burbuja desde donde lo veía interactuar con el mundo. Es maravilloso ver el espectáculo de un hombre que va a morir. De verdad es increíble. ¿Por qué mató a mi  madre? Lo ignoro. Supongo que habrá tenido que dar mucho dinero o mover influencias para que no lo entambaran. No lo sé. La cosa es que todo se resolvió en los juzgados. Firmó aquí, firmó allá. Y lo dejaron libre. Se jactaba de eso.

No tuve más que asfixiarlo.

Pero lo planeé bien. Antes le puse un somnífero en la jarra del agua de jamaica. Que yo mismo preparaba. Para que perdiera fuerzas. Porque aún se veía macizo. Y no me quería echar para atrás en el último momento. Que forcejeara conmigo y que me venciera. No podía arriesgarme.

Dejé que mis manos apretaran. Él gritó. Trató de zafarse. Se sacudió. Cuando estaba en el último tramo de vida, en el último instante, escuchó mi voz: Esto es por mi madre, dije. Pero sólo abrió los ojos desmesuradamente. Y expiró. No pudo contra mis manos jóvenes y fuertes. Apreté y apreté hasta que la vida lo abandonó. La verdad lo volvería a hacer cientos de veces. Lo primero que hice fue entregarme. Me dieron quince años. Con la opción de reducir la pena. Cosa que así pasó. El juez dijo que mis facultades mentales no estaban bien.  Cuando salí al cabo de diez años, lo primero que hice fue cambiar su epitafio. Fui al panteón. Lo vi. Y me oriné en él. No se merecía otro. Por más que mi propia madre lo había mandado hacer. Esmerada como siempre, y como una broma macabra, había escrito el epitafio cuando regresaron de su luna de miel. Alguna vez me lo dijo. ¿Habría estado de acuerdo con el epitafio que yo mandé poner? Y ahora que me lo pregunto, quizás en ese epitafio está el origen del odio de mi padre. O en la ambición por el dinero de mi mamá. O todo mezclado. A lo mejor quiso vengarse. Ajustar cuentas. No lo sé. ¿Cómo se había atrevido mi madre a mandarlo hacer cuando él aún estaba vivo? Quizás lo sintió como un desafío.

 

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Cuento

Malditos

Sean buenas o malas, odio las noticias. Que alguien me interrumpa —porque aunque uno no esté haciendo nada siempre está haciendo algo, así sea ejercitar el ocio—, digo que cuando alguien me interrumpe me exalto en el acto. Porque la privacidad es el mayor tesoro de un hombre. Esté consciente o no de lo que significa este artilugio.

No estoy hablando de más. Hace unos días —dos, para ser exactos—, el teléfono sonó insistentemente —teléfono fijo, me refiero; soy enemigo recalcitrante de toda la modernidad, llámese celulares, ipod, tablet o como se quiera. Así pues, el teléfono empezó con su necedad. Sonaba y sonaba. De por sí lo dejo sonar un rato con la esperanza de que quien esté al otro lado de la línea se fastidie. Pero no fue así. Por fin levanté el auricular y lo único que escuché fue una frase —que a mí me pareció— lapidaria: “¿Hablo con el último de los mohicanos?”.

¿Qué me interrumpieran para decirme esa estupidez? Me pareció una estupidez. Sin embargo empecé a cavilar. Ni modo, ya me habían interrumpido.

La persona que me interrumpió tenía que conocerme. Hace muchos años se acostumbraba marcar en son de broma. Alguna persona contestaba y se desparramaban los comentarios estúpidos. Bromas infantiles en boca de un adulto. Era cosa común y corriente. Cuando mi padre me ordenaba que contestara, y resultaba que era esta broma, se enfurecía. ¡Ven para acá!, gritaba ya con los ojos inyectados de ira. Nunca supe por qué le daba tanta furia que sucedieran llamadas de esa índole. Pero algo le heredé.

Quise colgarle al tipo pero no tuve tiempo. Seguramente porque no había sido un insulto en toda la extensión de la palabra. Alguien me había llamado el último de los mohicanos. Y ya. Y más que reírme, despertó mi curiosidad. Como sea no podían ser más que dos personas: Ismael o Godofredo. Una de esas personas me había interrumpido, y yo sabría de quién se trataba. Empecé con Ismael.

Hombre de cuarenta años, de naturaleza fornida y mirada agreste, me costaba trabajo imaginarlo tomando el teléfono para hacerme una broma tan pedestre. Parco en sus expresiones, yo más bien lo consideraba un hombre metódico y mesurado, dado a controlar sus exabruptos. No tenía nada en contra mía. Habíamos sido compañeros de trabajo, y si ahora lo contemplaba entre los posibles candidatos al insulto se debía sobre todo a que de pronto sí lo consideraba capaz de una provocación, siempre y cuando fuera producto de la borrachera. Con tal de tener algo que contar. A la postre. Él mismo me lo había dicho. Alguna vez en nuestro recorrido laboral —vendíamos productos médicos a la antigüita, es decir de puerta en puerta. Me lo dijo: el único modo de tener a mi novia dulce y sumisa, es haciendo una maldad y contándosela, para suscitar su admiración.

Prosigo con Godofredo. Más difícil de etiquetar: Godofredo era un sesentón a quien le sublimaban los apapachos de las adolescentes. Daba clases de geometría en una escuela secundaria y todo mundo sabía que era propenso a regalar calificaciones a cambio de una caricia desenfadada. Es decir, accidental. Es decir, de que una alumna se dejara acariciar subrepticiamente. Como si todo marchara sobre ruedas. Para Godofredo ése era el fin del camino. Porque tampoco era un delincuente. Nadie habría podido opinar de él algo semejante. Formaba parte de las corporaciones más honorables de que se tenga memoria. Su conducta era intachable. Pero acaso por eso, había en él un rescoldo de odio hacia mí. Porque veía en mi persona un hombre incapaz de violentar su propia persona. Por más hermosa que fuera una adolescente. Como si yo fuera un santo sin fisuras. Una especie en extinción.

En fin. Que quien me llamó pudo ser cualquiera de ellos dos. Ambos sabían que en la preparatoria me había ganado el mote del último de los mohicanos por mis buenas maneras. Pero aun así no estaba en mis manos dar el último juicio. Prácticamente no los había vuelto a ver. Decidí dejar descolgado el teléfono. Que Dios lo decidiera. No debía yo preocuparme por esas estupideces. Que nadie me interrumpiera, era lo único que imploraba.

Intenté conciliar el sueño, pero no pude. Por mi cabeza comenzaron a desfilar las caras de Ismael y Godofredo. Cuando menos cada uno de ellos —hasta donde sabía yo— había hecho una familia. Cosa que a mí me había sido negada. Pensé en Eréndira. Me había plantado en la puerta de la iglesia. Ella a mí. Ante la burla generalizada. Di media vuelta. Tomé un taxi y me dirigí a una cantina de la ciudad de México. Quería embriagarme. Quería diluir mi desesperación. Mi hombría burlada. Tenía toda una jornada por delante. Para platicar conmigo. Para hablar conmigo en forma desesperada. En aquella ocasión le pude haber dicho a cualquiera de mis dos amigos que fuera conmigo. Pero no lo hice. Preferí la inequívoca soledad.

Que no todo ha sido miel sobre hojuelas en mi existencia, es un hecho. Con Eréndira había vivido una experiencia atroz. Alguna vez decidimos viajar a Guadalajara. En mi auto. Llegamos y nos instalamos en un modesto hotel del centro. Nos fuimos a comer a La Alemana, un restaurante próximo a nuestra habitación. Terminamos y nos dirigimos a La Fuente y luego a La Escalera, cantinas cercanas. De allí emprendimos el viaje a un antrillo insolente cuyo nombre no recuerdo pero sí su ubicación: en la avenida Juárez, donde alguna vez estuvo un restaurante familiar La Copa de Leche. Empezamos a bailar. Hasta que me cansé. Había música en vivo. Cumbias. La cosa es que Eréndira se para al ritmo de aquella música, se dirigía a aquellos músicos y les pedía una canción. Y luego otra. Y otra más. Lo que provocaba que todos los hombres se quedaran prendidos de su culo, que lucía como si llevara pegado un centenario de oro. Si te vuelves a parar, cuando regreses ya no me vas a encontrar, le dije. Te estás burlando de mí. Y me estás haciendo quedar en ridículo. Y así fue. Por enésima vez iba hacia el grupo cuando abandoné el antro.

Al burdel más asqueroso de Guadalajara, le ordené al taxista.

No quedaba muy lejos. A un lado del barrio de San Juan de Dios. Una sola y misma cosa fue sentarme, y que las putas me acosaran. Querían trago. Querían cigarros —en Guadalajara no se puede fumar en ningún sitio, excepto en los burdeles. A todo me negué. Hasta que sentí que alguien me bajaba la bragueta, me sacaba el pene y lo mamaba. Estaba yo en una mesa alta y no distinguía quién estaba abajo. Ni me importaba. Era una experta. Lo hacía con deleite y ritmo. Cada vez con mayor frenesí. Hasta que me vine. Entonces se asomó. Era hombre. Un joven que intentaba no reírse. Mi semen escurría de su boca. “¿Cuánto me vas a dar de propina?” Todavía no lo creía, cuando ya le estaba extendiendo un billete de 200. Lo agarró, me lanzó un beso y desapareció. Pagué mi cuenta y me fui de ahí.

No me atreví a contárselo a Ismael ni a Godofredo. A Eréndira sí. Y se rió a carcajadas. Una semana antes de que me dejara plantado. ¿La mamaba mejor que yo?, me preguntó. Y no supe qué contestar.

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Cuento

ALZHEIMER

Para Juan Carlos Calvillo

Dicto estas líneas.

         Soy escritor. Era, mejor dicho. De pronto me acometía un tema y escribía un cuento. Un relato. Una novela. O un poema. O un ensayo. Aquella fuerza ponzoñosa provenía desde los fondos más ásperos de mí mismo. Yo escuchaba aquel dictado y escribía. Una palabra tras otra iban conformando un tejido tan denso como una telaraña impenetrable. No es que yo fuera inmensamente feliz mientras todo mi ser temblaba ante aquel cometido inexorable. Pero algo me decía que dentro de mí bullía con trémula llama el don de la creación.

         Hasta que las palabras dejaron de tener sentido para mí. Una a una las fui olvidando. Como si se hubieran quedado atoradas en la trampa de la imbecilidad.

         Me explico.

         La idea la tenía en la cabeza. O la imagen. Cualquiera de estas modalidades. Una materia prima en la fiebre óptica de mi cerebro a punto de convertirse en palabras. Digo que un ímpetu se apoderaba de mí, corría a la computadora y me sentaba a escribir. O tomaba mi carpeta, la abría en dos y escribía. Digamos que veía a un perro luchar a muerte con un hombre que intentaba secuestrar a su amo. Antiguamente, con esta información en la cabeza era suficiente para arrancar el cuento. Lo demás vendría enseguida, como meter las manos en agua y sacarlas empapadas. Todo parecía correr en un indiscutible orden lógico. Desde el punto de vista narrativo. Las palabras se acomodaban por sí solas. No había magia alguna atrás de la trama. Aquello era perfectamente previsible.

         Pero todo dio un giro. Una vuelta maligna y siniestra. A partir de la última vez que intenté escribir un relato. Me senté y no pude pergeñar una palabra. Simple y llanamente las palabras dejaron de ser corpóreas. Las letras se pulverizaron en mi cerebro. Podía —como lo estoy haciendo ahora mismo— expresarlas. Hablarlas. Probé —como lo estoy haciendo ahora mismo— el dictado. Pero es un mal camino. En primer lugar, porque no tengo modo de comprobar que el amanuense escribe tal y como yo le dicto. En segundo, porque mis actividades relacionadas con la escritura siempre fueron las de cualquier escritor común y corriente. Las de aquel hombre que obedeciendo al mandato de la inspiración se levanta de la cama a las dos o tres de la mañana, y se pone a contar por escrito todo lo que su alma le ordena. Es decir, a escribir. ¿En dónde iba a encontrar un amanuense que pudiera seguir este ritmo de trabajo? ¿O acaso dictarlas a un aparatito? Necesitaría estar loco. Bueno, debo ser sincero. Ya lo intenté. Pero no lo pude hacer ni una sola vez porque se me olvidó cómo se activa la grabadora. Y aquí ya llegué al fondo del problema.

         Padezco Alzheimer.

         Todo se está disipando alrededor. Como vivo solo —hasta donde sé, un escritor nunca se ha distinguido por sus boyantes finanzas—, cada vez más las cosas suelen írseme de las manos. Cuando no se me olvida cuál es la llave del agua caliente, se me olvida cómo abrir la cerradura. Hasta que me quede encerrado como un imbécil. O bien veo en torno. Y. Todos mis libros están ahí, como elementos grotescos de mi existencia. Los nombres de los autores no me dicen nada. Paso mis dedos por el lomo de los volúmenes. Como queriendo extraer algo del placer que me daban. He perdido la capacidad de leer. Cómo se hilvanan las frases, los párrafos —asunto que siempre me atrajo, pues solía argumentar en los cursos que ofrecía que ahí radicaba el meollo del encanto narrativo. En fin. Precisamente este dictado lo está tomando un joven de gran corazón que conocí en uno de aquellos cursos. Un joven que se conduele de mí. No digo su nombre porque él mismo me lo ha pedido. Algo que yo le enseñé: el ejercicio de la discreción, en aras de la modestia. Nunca creí que aquellas palabras mías tuvieran reverberación.

         Curiosamente, esta maldita enfermedad no ha tenido implicaciones en la música. Mi memoria musical sigue inmejorablemente lubricada. La maquinaria de la destrucción no la ha alcanzado. Le pido a Dios que mantenga su bendición. Hasta donde pueda. Es Dios.

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Texto del lunes

Carta

CARTA DE JOHN LENNON A BEETHOVEN

Nada más para recordarle, maestro, la deuda que tengo hacia usted, y que cada día crece y se solidifica como una montaña desde la cual se avista el horizonte.

            Sé que usted no ignora la gratitud que la humanidad le guarda a su memoria. Yo siempre he comparado su herencia con la de los grandes hombres que han paliado la terrible congoja, el atroz sufrimiento, que significa estar vivo. Su música ha contribuido como ninguna otra —me atrevo a hacer esta afirmación, aunque muchos de mis amigos la reprobarían— a hacer menos trágico el tramo de vida del ser humano en este planeta llamado destrucción. Estoy seguro que usted ya lo veía venir, esta violencia inusitada que permea la vida cotidiana de nuestro tiempo. Y que crece a pasos agigantados. Día por día. Lo mismo en forma endémica, que en el alma de cada quien.

            Pues ahora, más que nunca, la música es bienvenida. Cada compositor con su lenguaje, sus códigos, su emoción vuelta alma.

            En mi colección de discos está la música completa de usted. A mí me ha servido de inspiración y ancla. De aprendizaje. De lección de vida y de conocimiento de todos los recursos habidos en el arte de la composición.

            Le pongo como ejemplo sus sinfonías. Tres de ellas: la tercera, la quinta y la séptima.

            La Tercera. Bien llamada Heroica, es un monumento a la libertad. Cierto que el arte de la composición ha sufrido cambios dramáticos. Que las estructuras se han transformado hasta la saciedad, hasta volver irreconocibles los métodos socorridos habitualmente. Eso es normal. El arte sufre los cambios históricos que sufren todas las modalidades humanas. Lo que debe haber es un individuo que se responsabilice de estos cambios, que los nombre, los capitalice y los aproveche hasta las últimas consecuencias. Esos cambios son revolucionarios, y acontecen cada vez que el ambiente humano se convierte en un verdadero polvorín. En que sobrevienen movimientos políticos de enorme magnitud.

            Usted, respetabilísimo señor Beethoven, es un romántico. Y su Quinta Sinfonía es una catedral donde es posible sentir el romanticismo en carne propia. Sentir en cada rincón el vuelo poderosos del ala romántica. Desde que la sinfonía arranca, ya no hay descanso posible. Comprende una vastedad sonora, un torrente telúrico, proveniente desde las entrañas mismas de la tierra. Más bien, es una sinfonía indescriptible. Nosotros quisimos hacer eso —cuando digo nosotros pienso en los Beatles como grupo punzo-cortante en lo que a creatividad se refiere. Y creo que lo logramos. Que la gente oyera nuestra música, y que su vida interior se modificara, que creciera ante sí misma y ante los demás. Yo me aventuraría a decir que Help es nuestro álbum más radical. O cuando menos el más representativo de lo que nosotros queríamos hacer en música en aquellos momentos. De hacia donde tiraban los nuevos sonidos. O lo que para nosotros representaba una sonoridad más vasta y poderosa.

            Aunque la verdad yo prefiero la Séptima. Quién no lo sabe, es la diosa del ritmo. Una sinfonía que equivale a un huracán. Es una sinfonía de contrastes —contrastes que usted, maestro Beethoven, reconstruyó en el alma del oyente. Le confieso que lo que yo escucho son los ritmos del corazón. Que recorren todos los tramos de la intensidad. Es una sinfonía bellísima, de propuestas melódicas que corren por los oídos como un agua refrescante, que luego de escucharla sobreviene una alegría de vivir como escasas veces se puede sentir.

            Y nosotros también acuñamos nuestra Séptima. Es el álbum Magical Mystery Tour. Donde fusionamos tradición y experimentación, siempre en aras de su majestad la melodía.

            A sus pies,

            John Lennon

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Aforismos

RAZONES PARA ENVIDIAR A LOS PERROS

1) Porque orina donde se le da su regalada gana.

2) Porque orina sin importarle cuántos lo miran. Hombres o mujeres, le da igual. Hace de un acto íntimo un espectáculo conciliatorio.

3) Porque muerde.

4) Porque es más fácil que atropellen a un borracho que a un perro. Sabe cruzar las calles con acuciante sabiduría. A despecho de los intelectuales imberbes.

5) Porque reconoce cuando lo sacarán a su paseo callejero, sin importarle si lo merece o no.

6) Porque vive en la calle. Respira todos los días su libertad, y le tiene sin cuidado que alguien le ponga un collar y una cadena.

7) Porque lo único que de verdad le molesta es el bozal.

8) Porque no respeta la buena fortuna de los perros caseros.

9) Porque es el dueño absoluto de la calle. Orina y defeca donde quiere. Aunque de preferencia a la mitad de la banqueta.

10) Porque sabe que los perros caseros lo envidian —aunque el perro casero estime que el envidiado es él; si se viera bajo otra óptica, ese perro casero sabría que nadie podría tenerle envidia a un can incapaz de hacerle el amor a la perra de sus sueños.

11) Porque un perro paladea la traición; pero jamás la ejecuta.

12) Porque antes de dormirse, le da vueltas y vueltas a su punto de apoyo. Con lo que el agotamiento se pronuncia.

 

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Carta

Tercera carta a Johannes Brahms

Amado Brahms: Te escribo esta carta con la emoción desbordándome.
No vas a creer lo que me aconteció hace un par de horas en mi caminata matutina. Iba yo sobre la calle de Once Mártires —una de las más silenciosas del barrio de Tlalpan— cuando llegó hasta mis oídos tu Primera Rapsodia en Si Menor. Me quedé pasmado. Si bien admiro toda tu obra para piano —y no exagero cuando digo toda—, esa Rapsodia, en particular ésa, siempre me ha provocado una especie de conmoción que va de lo espiritual a lo físico. Quizás su intensidad, quizás su estructura, su lógica interna —desde sus primeros compases se advierte su grandeza, tal como si contempláramos el advenimiento de un tsunami—, su envolvente sonoridad, su oleada de voluptuosidad, que también la tiene, quizá todo esto entretejido —y más elementos que escapan a la experiencia de mi pluma—, provocan que el escucha de la obra agradezca a los cielos la emoción de música semejante. Es como si escucháramos música proveniente desde puntos ignotos en el espacio y en el tiempo.
Como te diste cuenta —siempre fuiste lector consumado; de jovencito cargabas a todos lados con la correspondencia de Goethe-Schiller—, tu Rapsodia me hace un hombre feliz y pleno (no sabes cómo está de loco el mundo en los tiempos que corren; ahora ser feliz es de las cosas más insólitas e imposibles de alcanzar; seguramente porque el hombre contemporáneo asocia la felicidad a bienes materiales). Regreso con la Rapsodia. Es una obra que mi madre tocaba. Ahora mismo la estoy mirando llamándome al piano. Yo tendría tres o cuatro años, y me encantaba jugar con mis carritos en la sala mientras ella tocaba el piano —aun desde antes, porque, y hay una fotografía de esto, desde bebé ponía junto al piano el corral en el cual transcurría mi vida, o sea, que la oía todo el tiempo—. Pues bien, quizás para educarme, quizás para hacer de mí un hombre que pudiera enfrentar la vida, me llamaba y me decía escucha esto, escucha esto otro. Tocaba entonces alguna pieza que tuviera en dedos. Cuando concluía, me señalaba el retrato del compositor —arriba de su piano Ronich tenía una galería espléndida de sus compositores favoritos— y decía: Esta música que acabas de escuchar la compuso ese señor, y añadía alguna particularidad de él, algo que lo distinguía de los demás. Y lo que tocaba de ti era esta rapsodia, aparte de otras piezas.
Quizás por eso me estremece a tal punto; aunque tampoco sería capaz de poner la mano en el fuego respecto de este juicio sobre mi madre. Porque cuando uno habla de madres amorosas, tiende naturalmente a exagerar las cosas. Tú sabes de madres amorosas.
¡Cuán ejemplar es tu madre! No cabe duda que las madres guían, impulsan, y en buena medida deciden el destino del hijo. Bajo el manto de su palabra dulce y fecunda, siempre estuvo atrás de ti, apoyándote en los momentos difíciles; por ejemplo, dándote ánimos cuando sufriste la muerte de Schumann, persuadiéndote de que no te dejaras arredrar por la desaparición de un ser fundamental en tu vida. Tuvo tres hijos y sabía exactamente dosificar su amor —aunque llegó a decir que tú eras su dilecto—, es decir no querer más a uno en detrimento de otro (como sea, tus hermanos Elise y Fritz lo aceptaban), sino entregarlo en partes iguales. Pero tú eras hombre de esencia compleja e inescrutable —como un Aquiles que esperaba la hora de combatir—, y así te justipreciaba tu madre Cristine. Como un genio y como un chiquillo.
Como no tener presentes esas líneas suyas que te escribió como solía hacerlo cuando el extrañamiento llegaba al colmo: “…”
Amadísimo Brahms: Creo que por ahora es todo. Ansío besar tu mano —como se la besaba a mis padres. Apenas muera, prometo correr a tu lado.
Tuyo siempre,
Eusebio

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