Archive for 29 enero 2015

Texto de los jueves

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Mujeres musicales

Las chopinianas. A la usanza de George Sand, se visten como hombre. Son poseedoras de un criterio amplísimo. No juzgan nada. Nada les parece mal. La vida tras bambalinas les da flojera sublime. Les interesa la acción comprometida. Prefieren la noche al día. Su caminata las lleva a zonas peligrosas. Pero no se arredran. La mayoría escribe prosa. Tramas en fuga. Hay que dirigirles la palabra con respeto. Sólo así se sienten comprendidas cuando el interlocutor las mira a los ojos. Cuando advierten que no hay evasión de por medio.

Las lisztsianas. Son proclives a admirar hombres que para ellas son héroes. Se sumergen en océanos de culpa. Saben que una palabra bien dicha soba el alma. Cuando tienen una cita caminan de puntitas. En el camino se arrepienten. Si están a menos de cincuenta pasos, se regresan por donde vinieron. Pero si se encuentran más cerca, se entregan. Esa misma noche.

Las mozartianas. Cuando menos se espera, son presas de ataques de melancolía. Suelen vestirse ligero, sin nada que las ate más de la cuenta. Se esmeran en pintarse los ojos de colores sombríos. Su conversación está colmada de metáforas, aunque cuando se refieren a términos escatológicos no dudan en llamar a las cosas por su nombre. Odian levantarse temprano, así como seguir la menor regla. Siempre dicen que no a la primera invitación.

Las beethovenianas. Hay en sus ojos un brillo inexplicable, como el que deja una ironía dicha a mansalva. Se adelantan a los acontecimientos. Van un paso adelante. Cuando se cruzan de piernas procuran hacerlo a la vista de todos. Sobre todo escuchan conciertos para violín. Escriben espléndidas cartas de amor, y de vez en cuando les da por ejercitar el endecasílabo aunque terminan por abandonarlo. Prefieren la lencería color vino, y el cabello largo al corto.

Las mendelssohnianas. Proclives a escuchar boleros, sólo asisten a conciertos cuando se les asegura que en el programa habrá música que les resultará reconfortante. En su estado anímico, la tristeza no las deja en paz. Se entristecen por cualquier cosa. Cada vez que timbra su celular, dan por sentado que será la llamada definitiva. Aun en jeans —pues jamás usan vestido o falda— es posible adivinar su parte generosa. No es posible mencionarles al padre muerto, porque lloran.

Las schumannianas. Llaman la atención en cualquier parte. Poseen un encanto que las sobrepasa; es decir, aunque no quieran atraen la mirada ora masculina, ora femenina. Cuando manejan no quitan el pie del acelerador. Jamás consultan el horóscopo ni pierden su tiempo leyendo lo que no les importa, o lo que consideran banal. Aunque no les den a escoger, prefieren hacer el amor con la ropa interior puesta. Por frío, no por erotismo.

Las brahmsianas. Intérpretes de la vida, acostumbran mirar el horizonte o la bóveda celeste sin parpadear. Son disciplinadas, y si algo les gusta es contemplarse por horas al espejo hasta descubrir un punto negro. No suelen aceptar invitaciones si no ven en aquel hombre un rasgo de acre inteligencia. El dinero les interesa, y mucho, si les es útil para adquirir artículos suntuarios. Jamás para ahorrar. Repelen la caridad casi tanto como ser vulgares y previsibles. Leen, pero nada de literatura mexicana que caiga en sus manos.

Las chaikovskianas. La mujer adicta a Chaikovski prefiere la noche al día. Si por ella fuera, emprendería largas caminatas por bosques sólo existentes en su fantasía exacerbada. En su imaginación, tiene singular preferencia por los jinetes elegantemente uniformados, como los que desfilan en París el 14 de julio. O los cadetes del Colegio Militar en México, en particular los pertenecientes a la escolta que le entrega al presidente la bandera la noche del 15 de septiembre. Algunas se desmayan de sólo verlos.

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Nuevos textos de los lunes

Amigos muertos / VIII

1) César Mauricio Hernández Anaya. Sus cuentos cimbraban el taller. Desde que cruzaba el umbral, la inquietud permeaba a cada uno de los integrantes. Cada quien suponía tema y trauma. ¿Y ahora sobre qué versará su texto? ¿Sobre un hombre que se viste de mujer para sobrevivir, o bien para alcanzar la felicidad? ¿Sobre una madre que encamina a su hijo en el torrente del amor? ¿Sobre un padre fracasado que estrangula a su cónyuge para obtener un triunfo? Si algo había que aprender de César Mauricio era su tenacidad para conseguir el equilibrio perfecto. Sus cuentos discurrían como fuentes de vida. Más de personajes que de atmósferas, hundía las manos en el flujo sanguíneo de sus protagonistas. Él mismo era proclive a la intensidad. Como sus narraciones. Mezclar el tinto y el mezcal lo ponía fuera de sí. Entonces arremetía contra el que estuviera más cerca. Fuerte y aguerrido, la mayoría se apanicaba por su forma de beber. Las mujeres trataban de tranquilizarlo. Le decían palabras dulces. Que él hacía suyas. Ducho en el oficio de la publicidad, de pronto se detenía en la vida que había llevado. Y se hundía en océanos de reflexión. Amaba a sus seres cercanos. Apegado a la verdad de los hechos, veía con disimulo a la diosa mentira. Murió de una congestión alcohólica. Aquella noche —que se prolongó 24 horas más— bebió tanto, que alguien calificó su muerte de suicidio. Aunque esto no se pudo comprobar.

2) Miguel Lozano. Navegaba por el mundo con un sobrenombre: el Gallo. Gallito, para sus íntimos. Yo el primero. Tenía una pasión incontenible por escribir. Narraba con enorme facilidad. Sus novelas —cuando menos dos por año— eran ejemplo de voluntad implacable. Los temas lo desbordaban. Concluía una, y en menos de que lo pensábamos ya estaba trabajando la siguiente. Nada le importaba tanto como darle el formato adecuado a sus historias. Alguna vez escribió sobre un hotel de paso. Lo que hizo fue trabajar justamente en un hotel de paso. Para empaparse de ese mundo. El peligro no lo arredraba; al contrario, lo atraía. Bebedor de Jack Daniel’s con ginger ale, desparrama cumplidos para las mujeres bellas. Siempre atento de cualquier mujer que llamara su atención, era capaz de ponerse de rodillas para atraer la mirada de aquella futura amante. Pues con seguridad se la llevaría a la cama. Aquella costumbre —que en él era una costumbre— le costó la vida. Impuesto a vivir cada día como si fuera el último —ésa era su máxima—, se enamoró perdidamente de una acapulqueña. Cada rato agarraba carretera al puerto. Su destino se advertía promisorio. Llegaba hasta la casa de aquella mujer, estacionaba su automóvil —un Mustang Cobra de 490 hp—, y con una botella de Jack Daniel’s en la mano llamaba a la puerta. No supo ni de dónde escuchó una ráfaga que lo cosió a balazos.

3) José Luis Landeros. Mujeriego empedernido, lloraba cuando oía la Heroica de Beethoven o leía Crimen y castigo de Dostoievski. Delgado, correoso más bien, de mirada inteligente y escrutadora, leía con una concentración envidiable. Alrededor el mundo podía venirse abajo, y él no quitaba los ojos de aquella página. Devoto del cine, su buen gusto era tema de conversación entre los amigos. Tenía seguidores. Dentro y fuera del taller —al que no iba, pero su fama trascendía fronteras. Siempre me sorprendió que le gustara el whisky o el vodka en vaso old fashion, sin hielo ni agua mineral. Cualquier bebida se la bebía así. Un vaso tras otro. A su lado el tiempo parecía sucederse a otra velocidad. Una mañana me acompañó a Pachuca. Lo llevé a un burdel. Mi idea era presentarle a una mujer de nombre Atzimba. Pero era la mujer equivocada. Cuando la tuvo a tiro, ella —que pertenecía a una secta satánica—lo acuchilló.

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Texto de los jueves

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500 palabras sin destino posible

1) Estoy solo en medio del vacío. Del vacío interior. A mi alrededor todo está muerto. Aun los recuerdos más llenos de vida. Mis padres, en primer término. A nadie evoco con tanto dolor. Y tanta nostalgia, como a ellos. Aunque he sufrido cosas peores que su pérdida. Como la pérdida de mi añoranza.

2) No recuerdo mi casa. La casa donde pasé mi infancia. No recuerdo celebración ninguna. Ni fiestas conmemorativas. Ni fiestas religiosas. Que no es lo mismo. No recuerdo nada. Menos a los parientes desapegados. ¿Tuve primos? ¿Tuve tíos padrinos? Lo ignoro. Sólo sé que me siento desvalido. Como un pájaro que viéramos fuera de la parvada. Extraviado en medio del azul. Pero acaso tengo memoria de un acontecimiento en mi vida. Que me llevó a no matar a mis padres. Fuera de ahí, la vida —para mí— es tan irrelevante como una mujer desnuda a quien le apesta la boca.

3) Tengo que empezar por el principio. Y no hablaré de ese acontecimiento. Del cual soy incapaz de expresar nada. Los grandes acontecimientos son inefables. Sólo el silencio los remonta. O la música.

4) Aún me dejo acariciar por una mujer como si la mitad mía fuera un hombre que acabara de abrir los ojos.

5) Los hombres nacemos con un tramo formidable a cuestas. Ponemos un pie en la tierra cuando ya tenemos la columna vertebral apostada en la ruleta. Dan ganas de odiar a todos. Porque todos se burlan de esta incapacidad. De la incapacidad de nacer libre. Ni eso. Ni así.

6) Los hombres somos perdedores. El hombre impuesto a triunfar no es un vencedor sino un perdedor. Pero aquí las cosas se tuercen. Porque a nuestros ojos el perdedor es un pobre diablo. Justamente el hombre que merece la piedad. La caricia. La contemplación espiritual. Algo que el triunfador jamás va a cosechar. ¿O alguien querría apapachar a un triunfador? Que lo apapache el demonio.

7) Cada quien arroja su moneda al aire. El que la arroja es un triunfador. Sabe que si pierde, triunfa.

8) El hombre ha caído en tal estado de inmundicia, que nada se le dificulta tanto como hablar de sí mismo, de su dolor. Del apabullamiento que significa estar vivo. De su estulticia. En apariencia, nadie tiene nada que decir.

9) Nunca como ahora, el hombre había estado tan adherido a su podredumbre. Antes solía darse fuerzas de flaqueza. Se justificaba. Volvía los ojos al cielo, y pedía comprensión. Que le caía del cielo.

10) La mitad de las cosas en la vida son mera adulteración. La ropa, el cuerpo, la sonrisa. Todo se finge. Y todo regresa al sitio del fingimiento. Nadie puede arrojar al fuego de la verdad su concepción de las cosas.

11) No sopla un viento apacible. No hay más que fulgores de relámpago. Pero se dice que así se anuncia el advenimiento del alma salvadora. A través de la caricia del viento. No de la descarga flamígera.

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Nuevos textos de los lunes

Amigos muertos / VII

1) Juan Manuel Landeros. Lector culto. Hombre paciente, acomedido, fiel a sus convicciones, sin embargo el alcohol lo ponía fuera de control. Trabajaba afanosamente en su taxi. Varias horas al día. Servicial e incapaz de cobrar más de la cuenta, atendía a las señoras bajo la férula del comedimiento y deleite. Enemigo de faltarle el respeto a nadie, no le afectaba que los clientes le hablaran con despotismo. Su taxi era una feliz librería. Vendía libros o los prestaba para la distracción del pasajero, entre un punto y otro del viaje. Pero se arriesgaba más de lo necesario. Si traía un vodka entre pecho y espalda, no admitía que nadie lo tratara con arrogancia. Entonces mostraba sus garras. Lo vi arrojarle un casco de cerveza a un incauto que se le cerró. Cierta vez, un automovilista aferrado y prepotente se le echó encima hasta arrastrarlo varios metros. Amigo personal de escritores relevantes —léase Víctor Roura, Huberto Bátiz, Roberto Escudero—, era vigilante de la amistad y el respeto. En la calle, se las sabía todas. Desde los sitios donde se consigue trago a horas inhóspitas, hasta los lugares donde se venden los mejores tacos de esta inicua ciudad. Por supuesto, tenía en mente las rutas más cortas para llegar en menos tiempo de un lugar a otro. Lo mató un marido celoso.

2) Rafael Ríos. Empresario. Su amor por la poesía lo puso al borde del abismo financiero. Levantó una librería sobre las calles de Córdoba, a unos metros de la avenida Álvaro Obregón. Fue un fracaso. En el tramo de un año, apenas vendió unos cuantos libros. Pero su veneración por los textos era providencial. Llegaba cualquier cliente y él le hacía conversación de inmediato. Se enfrascaba en charlas que podían durar años luz. No se movía de su silla —en la entrada había acondicionado un café (bar, sería más apropiado decir)— hasta que quedaba satisfecha la curiosidad del cliente, y desde luego de él mismo. Tuvo dos hijos ya veinteañeros: Claudio, pintor, y Eugenio, músico. Bueno para el tiro —decían los rumores urbanos que le rompió la madre a Ultiminio Ramos—, originario de Tlatilco, sin embargo huía de los golpes. Prefería la cordialidad —de que hablaba Pascal. Probó el jugo de las empresas y se hartó. Su negocio de venta de papel estaba por la colonia Obrera —en donde más tarde se fundó un taller literario. Sobre Gutiérrez Nájera, en el número 111, si mal no recuerdo. Un taller, por cierto, en el que si no había dinero para pagar podía liquidarse la cuenta con una botella de tinto. Lo mató un cliente insatisfecho de aquel su negocio de la librería.

3) Arturo J. Flores. Editor y narrador. De mirada acuciosa y gesto penetrante. Cine-maniaco y defensor de la pornografía, siempre se le venía de buen humor. Sobre todo cuando había dado con un cuento original de su autoría —siempre apostaba por la originalidad, sin percatarse de que es un valor irrelevante de la literatura. Lector entusiasta, infructuosamente quedaba de llevar textos memorables al taller (un ensayo de Ray Bradbury se quedó pendiente por los siglos de los siglos). Amigo personal de los escritores de la Condechi, sin embargo disfrutaba de la amistad de los escritores lumpen —quienes por cierto le tenían pavor a sus críticas. Alérgico a los gatos —¿o a los perros?— su sensibilidad echaba a andar la maquinaria de la repulsión apenas distinguía un animal excomulgado. Leía bien. Sin comerse las preposiciones. Murió al tropezarse en el filo de una alcantarilla. Cayó en picada un par de metros, pero se dio un golpe en la cabeza al cual no alcanzó a sobrevivir. Se le lloró. Alguien llevó una caja de mezcal.

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Nuevos textos de los lunes

Aproximaciones a Higinio Ruvalcaba

A los 110 años de su nacimiento, hoy 11 de enero de 2015

1) Para Higinio Ruvalcaba su violín era la forma definitiva de estar. Aunque no lo trajera en las manos —o en el inefable estuche—, el violín le daba sentido a su vida.

2) El resto de la vida carecía de sentido para él. Cualquier motivación le resultaba inocua. No pasaban de meres resplandores. Solamente le importaba la vida en la medida que podía hacer música.

3) La música arropaba la existencia de Higinio Ruvalcaba. Cada día despertaba para entregarse a la música. Como fuera, bajo el ropaje que dictara el destino. Bien a través de la música de cámara —con el cuarteto Lener o al lado de mi madre, su esposa Carmela Castillo al piano—, a través de la música sinfónica —como director o violín concertino—, o como compositor —de sus propias cadencias, de sus cuartetos o de sus canciones populares. como el fox trot Chapultepec.

4) La música no lo dejaba en paz. Si un perro aullaba, ese sonido lo remitía al abismo sonoro.

5) Para Higinio Ruvalcaba la música era sagrada; su instrumento era el sacerdote, y el estuche de su violín el templo. Por eso mismo, en el estuche traía las estampas de las tres vírgenes por antonomasia de Jalisco: la de San Juan de los Lagos, la de Zapopan y la de Talpa.

6) Su cuarteto de arcos No. 6 —compuesto en 1919, en el rancho que era Guadalajara en ese entonces, cuando era un adolescente de 14 años— es radical en extremo. De armonías extrañas, inopinadamente inusitadas e inauditas, de melodías que se adhieren a la piel como insectos, provocó la hilaridad de unos y la estupefacción de otros. Oficialmente, esta obra la estrenó el cuarteto Lener en el Palacio de Bellas Artes el 17 de noviembre de 1955; pero en la vida real, el cuarteto Ruvalcaba lo estrenó en 1925, en la azotea de un edificio ubicado en las calles de Moneda.

7) Para Higinio Ruvalcaba la música constituía una cofradía de amigos. Todos los músicos con los que el maestro Higinio se topaba en su vida cotidiana, se convertían en sus amigos. Que estaban con él en las buenas y en las malas; es decir, haciendo música, les pagaran o no. Pero música de primera, porque Ruvalcaba era implacable e impaciente; tal vez por eso siempre fue maestro, pero nunca formó alumnos. No tuvo un solo discípulo.

8) La llamada lectura a primera vista en música es extremadamente difícil. Hay que entender la música en su esfericidad para captar lo que significa cada modulación, cada matiz. Solamente los intérpretes desapegados del lado pedante de la academia son capaces de leer a primera vista con perfección, de corrido de principio a fin. Esto es, cuando leen el principio leen el final. El maestro Ruvalcaba podía acometer esta lectura con enorme facilidad, y no sólo al violín sino también al piano y al violonchelo. Cantidad de veces lo demostró.

9) Higinio Ruvalcaba nació el 11 de enero de 1905, y murió el 15 de enero de 1976. Vivió 71 años consagrados al arte del violín. Nació en Yahualica, un pueblo perdido en el horizonte de Jalisco. Su padrino, Atilano González, mariachi, le enseñó a poner las manos al violín. Al revés, de zurdo, para que causara gracia. Ésa fue su vida.

10) ¿Qué tocas?, le pregunté a mis 11 años cuando lo escuché improvisar en la cocina. Porque le gustaba ensayar (más que ensayos eran improvisaciones) en la cocina, o hacer sombra, como él decía. Improvisar y perderse en el limbo de la música jamás escuchada ni repetida —que en eso consiste la improvisación. ¿Qué tocas?, le pregunté alguna vez que mis oídos se esforzaban por reconocer aquellas armonías inauditas. “El silencio”, me respondió. “¿Y quién te enseñó a tocar así?” “Dios”, respondió.

11) Por Beethoven, don Higinio sentía una admiración rayana en la locura —o en la devoción. Aún más que por Brahms y por Mozart. ¿Cuál es su concierto para violín favorito?, se le preguntaba y la respuesta sobrevenía en el acto: el de Brahms. ¿Y cuál es el músico que quisiera escuchar toda su vida? Mozart, interrumpía. ¿Y cuál es el más grande compositor de todos los tiempos para usted? Entonces su voz se quebraba. No podía pronunciar esa palabra. Principiaba con la primera sílaba, y el llanto sobrevenía incontenible. Nunca lo escuché pronunciar la palabra Beethoven. Lo juro sobre las cenizas de mi madre.

12) Cuando daba un concierto, llegaba una hora antes a la sala. Yo le cargaba el violín. ¿Por qué llegas con tanta anticipación?, se me ocurrió preguntarle. Estábamos haciendo tiempo para que abrieran las puertas del Degollado, el principal teatro de Guadalajara. De pronto dijo: Porque yo era muy informal de jovencito, cuando era violín concertino de la Orquesta Típica de Lerdo de Tejada. El ensayo no podía comenzar hasta que yo llegara y me sentara en el lugar que me correspondía. Llegaba como media hora tarde, impecablemente vestido porque en esa época ganaba mucho dinero, y yo era todo un dandy. Tocaba como pianista en un trío en el Sanborns de los Azulejos, con Fernando Burgos al chelo y mi maestro Mario Mateo al violín. Mi padre tocaba el violonchelo en la misma orquesta. La Típica. Era de los últimos. Y una vez me dijo: “O llegas temprano o te voy a dar un castigo ejemplar”. Ni caso le hice. Volví a llegar tarde. Y estaba abriendo el estuche de mi violín cuando alguien me agarró del cuello y me llevó a rastras al baño de hombres. Ahí me aventó al miadero. Y si vuelves a llegar tarde una vez más, te va peor. Era mi padre. Don Eusebio. Tú llevas su nombre. Como ves, enemigo de la impuntualidad. Y de que se le desobedeciera.

13) Yo le cargaba el violín y le tensaba el arco —y se lo destensaba cuando acababa de tocar. Toda mi atención estaba puesta en él; no sólo cuando tocaba sino también cuando platicaba cualquier cosa, lo que fuera de su infancia. Su voz escurría temblorosa. En el camerino del Teatro Degollado de Guadalajara me dijo. Estaba yo con él, esperando que lo llamaran para tocar el concierto de Tchaikovsky. Me dijo. Aquí di mi primer concierto, en el Degollado, tenía 10 años. Fue el concierto de Max Bruch. No tenía yo traje para debutar. Éramos muy pobres. Mi mamá me hizo la ropa de unas cortinas viejas y deslavadas. Me pagaron esa misma noche. Al día siguiente me puse a jugar con mis amigos en la calle. Canicas. De apuesta. Yo tenía el dinero que había ganado en mi concierto. Ya les había dado a mi papá y a mi mamá casi todo. Pero me quedé con unos cuantos centavos. Y los estaba apostando cuando sentí unas botas junto a mí. Era mi padrino Atilano González, mariachi de San Juan de Dios. Qué haces, Higinio, me preguntó. Pues nada, jugando, respondí yo. ¿Estás apostando, chamaco del demonio? Sí, mi dinero. Y entonces se quitó el cinto y me empezó a sorrajar unos buenos fajazos. Me eché a correr. Llegué a la esquina y me topé con mi papá, que venía como si nada. Me le eché a las piernas. ¡Qué te pasa? Es mi padrino, que me viene persiguiendo para pegarme. ¿Qué hiciste? Nada, no hice nada. Pues si tu padrino te viene pegando es por algo. Y entonces que se quita el cinto, y que me da con todo. Ai sí ni modo que me echara a correr.

14) La violinista Celia Treviño fue uno de sus amores más hondos y duraderos —cuando menos le conocí una docena de mujeres—. Lo seguía a todas partes. Si mi padre se cambiaba a Mixcoac, ella se cambiaba a Mixcoac; si mi padre se mudaba a la Condesa, ella se mudaba a la Condesa. En cierta ocasión, mi padre me ordenó: Llévame al concierto de Celia, va a tocar Mendelssohn en Bellas Artes. Lo llevé. Cuando acabó, mi padre fue a saludarla al camerino. Había mucha gente formada para felicitarla. Cuando Celia vio a mi padre, se deshizo. Le indicó que se adelantara y que no hiciera la cola. Nomás vengo a darte un consejo, sonó la voz de don Higinio. Celia se puso a temblar. ¿Cuál?, preguntó. Que no te pongas vestidos sin mangas porque no sabe uno si escuchar la música o verte los pellejos que te cuelgan. Celia rompió en llanto.

Higinio

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Texto de los jueves

Un poema y una carta para Eusebio Ruvalcaba

 Por César Rito Salinas, poeta de Oaxaca

Poema

¿Qué busca Eusebio Ruvalcaba al escribir sobre la muerte
de sus amigos?
Burlarse de la muerte.
La amistad es un asunto que trasciende la vida.
Una tarde me dijo
en su casa en Tlalpan,
“Cuando muera quiero que me entierren en Oaxaca”.
Eusebio es cordial con sus amigos,
se mantiene distante.
Un día celebré una de sus novelas,
“eso pasa cuando la escritura se publica”, dijo.
“La gente la celebra”.
Eusebio se burla en vida de sus amigos.
Se dice embajador del mezcal,
cuando bien sabe que cada hombre es una sombra de mosca
bajo la luz del mezcal.
Eusebio Ruvalcaba se ríe de sí mismo
al momento de empuñar la pluma,
“un músico aplica más tiempo en ensayos
que el hombre que escribe la gran obra”.
A Eusebio Ruvalcaba le apura el tiempo
y la intensidad de la vida,
escribe sonetos.
Un día dijo en público,
“con César tengo una competencia por saber quién bebe más,
quién muere primero”

Carta a Eusebio Ruvalcaba

Madrugada

El fuego que viene de muy lejos.
Que inició cuando naciste.
Beber es una necesidad que acompaña al hombre en esta vida.
Es el impulso que hace que te entregues a una mujer
que será la madre de tus hijos
o la que te recibe desnuda en la cama.
Todos los hombres que pasan por la tierra tienen sed.
Padecieron hambre, sueño y sed.
Enfrentaron la existencia con una copa en la mano.
¿Tú por qué habrías de ser la excepción?
Aquí no hay excepciones.
Sólo la sed y la soga, la medialuna o el revólver.

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Nuevos textos de los lunes

Amigos muertos / VI

1) Gonzalo Trinidad Valtierra. Enemigo de la fama, su pasión se decantaba por el lado de la literatura. Y de la vida propiamente dicha. No sabía decir no. Iba donde se le invitara. Fuera la presentación de un libro. Una vuelta al cine. Un concierto. Lector feraz, tenía un sexto sentido para identificar un buen texto aunque nunca hubiera escuchado hablar del autor o de la obra de marras. Sus cuentos solían llamar la atención, lo mismo por el tratamiento que por la estructura o el estilo. Eran cuentos desbordados de hondura. Se engolosinaba escribiéndolos. Hasta de pronto sumar 25 o 30 cuartillas. Por cuento. Por ser tan largos, se los corregía yo línea por línea. Lo interrumpía y le hacía mis observaciones. El trago lo seducía. Mezcal o ron, cerveza o tequila, bebía con donaire y desparpajo. Rara mezcla. También escribía poemas. Aunque lo suyo era la narrativa. Alto y fuerte, se metió con la mujer equivocada. Era su novia y la novia de Samuel Segura. De los dos al mismo tiempo. En un principio todo era armonía y júbilo. Sin embargo, una situación de esta naturaleza no se puede prolongar ad infinitum. Ambos —Samuel y Gonzalo— la presionaban para que hiciera de su amor un pozo sin fondo. Al punto de que los tres tomaron la decisión de vivir juntos. Por el rumbo de Pantitlán. Ella se empezó a hartar. Se despidió. Pero no la dejaron ir. En todos los tonos les suplicó. Inútilmente. Estaban aferrados. Se turnaban para vigilarla. Hasta que los envenenó. Les preparó la gran cena. La devoraron. Se fueron a la cama. Primero uno y luego el otro, cayeron en un letargo tan pesado como una losa panteonera. Pero no se morían. Aun con vida, los apuñaló. Guardó sus cosas —vestidos y lencería— en una pequeña maleta metálica y se marchó para siempre.

2) Samuel Segura. Siempre tenía una sonrisa a flor de piel. Narrador puntual, escritor enemigo de la superficialidad, acostumbraba crear situaciones conflictivas que obligaban a crear tramas —y traumas— alejados del facilismo. Llegaba con su cuento, y todos lo escuchábamos con atención. Sabíamos que atrás de sus palabras sobrevendría un buen texto. “Donde hay conflicto hay vida —decía—, y donde hay vida hay literatura.” Pero no sólo le atraía la palabra escrita. En idéntica medida la música y el cine. O el videoarte. Como se quiera. Da igual. De pronto se empecinaba en un documental. Acosaba a su personaje, y lo grababa. Se empapaba de la vida y la obra del susodicho, y de algún modo lo mostraba en una desnudez fatídica. Que provocaba risa o lástima. La música le causaba menos desaguisados —o malentendidos. Baterista, iba con su grupo lo mismo a antrillos de poca monta que a residencias de colonias lujosas, donde tocaba para jóvenes que en ocasiones ni siquiera pagaban. Aunque se hubieran comprometido a hacerlo. Amante de los perros, no podía vivir separado de un can. Nada importaba cómo había llegado a su regazo. Lo que él quería era acariciar a un ser amado. Cuando escribía, aquel perro se echaba a sus pies. O cuando se dormía, abrazaba su almohada hasta que el perro se metía debajo de las cobijas. Pero una de esas tocadas significó su ruina. Conoció a la mujer que compartiría con Gonzalo Trinidad Valtierra, y que terminaría envenenándolo. “Estoy viviendo una experiencia que enriquecerá mi vida”, me comentó cierta vez. Una tarde cuando el sol se había tornado umbrío. Le dije que estaba de acuerdo, pero que no llevara las cosas hasta las últimas consecuencias. Me dijo que todo estaba bajo control. No le creí.

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