Texto del lunes

Cuento

Dos cerdos y medio

Suelo tomarme una cerveza y mis alitas de pollo en el negocio de don Luis. Una cafetería acogedora que se encuentra en el barrio. No acostumbra ir mucha gente, por lo que hay oportunidad de concentrarse en la lectura. Nadie interrumpe. Nadie te mira. Aquella vez me detuve ahí porque quedé de verme con mi hija. Cuando llegó, ya había pedido mi café. Le pedí a Osiris, el mesero y sobrino de don Luis, que me lo guardara. Que regresaría en cosa de 40 minutos. Así lo hizo. Y así lo hice. Fui con mi hija a comer a una fonda cercana. Le gusta la comida casera. Cuando terminamos, ella se fue a su casa y yo a la cafetería. Se encontraba comiendo —demasiado tarde me di cuenta de que apenas estaban comenzando— una pareja. Una mujer gordinflona y un hombre sin característica alguna. Les habían servido su sopa aguada. Un consomé de pollo, según pude leer en el pizarrón de la entrada. Yo extraje de mi mochila una revista de entretenimiento —no soporto las de política ni las de deportes—, y me propuse leer un par de artículos de periodistas a quienes valoro. Osiris me llevó el café. Estaba hirviendo. Mejor, lo disfrutaría por partida doble. Por el brebaje y por la lectura.

Y en esas estaba, cuando las carcajadas de la pareja llamaron mi atención. Intenté no volver la cabeza por mera discreción, pero eran tan estentóreas que no pude evitarlo. Estaban jugando. Él le daba la sopa en la boca. Ése era el juego. Tomaba la cuchara, la sumergía en el plato, la sacaba colmada y la vaciaba en la boca de la mujer. Como si fuera una chiquita. Desde luego, el siguiente paso era que ella hacía lo mismo. Es decir, le daba a él la cucharada en la boca. Cada vez que hacían eso, se revolcaban en la mesa de la risa. Porque la mitad del contenido se escurría. Lo que generaba más risotadas. El problema no era el juego sino el volumen de las carcajadas. Eran francamente estridentes. La gente que pasaba caminando por la banqueta, se detenía para identificar a los protagonistas del espectáculo. Cuando las gotas escurrían, el que servía se encargaba de limpiar. Tomaba la servilleta y la pasaba por la mancha. Ante esta acometida, la pareja extraía fuerzas de flaqueza y se carcajeaba una vez más, con más aplomo —y desde luego más volumen.

No me pude concentrar más en la lectura. Para cualquiera habría resultado imposible. La carcajada penetraba como polvo de vidrio en mis oídos. Tuve la intención de levantarme, pero desistí de inmediato. Sé que habría sido un desaire para Osiris —cuya hermana, y dicho sea entre paréntesis, se llama Isis. Si me marchaba, iban a pensar que no aguantaba nada. Jamás había hecho eso. Ponerme de pie por ningún motivo que no fuera haber consumido, pagar e irme. Me invadió una pena terrible. Pero qué hacía. La pareja seguía en lo suyo. Era muy extraño. Como si lo hicieran a propósito para molestarme. No. Eso no era posible. Uno al otro parecían cuchichearse. Y señalarme de soslayo. Pensé de inmediato en mí. Era muy probable que mi aspecto les resultara antipático. Nunca había pensado en eso. Yo podía caerles mal a las personas. Pésimo. Me puse rojo. ¿Quién era yo que les caía horrible? ¿Por qué me imaginaba que a todas las personas les caía bien? ¿Por mi cara? Muchos podrían pensar que mi expresión era odiosa. Que entre un cerdo y yo no había diferencia alguna. ¿Por qué no? ¿Qué tenía yo para sentirme superior? ¿Por qué no me veía al espejo sin contemplaciones?

Por increíble que parezca cada vez se reían más fuerte. Un hombre entró a la cafetería, y estuvo a punto de ocupar una mesa; pero cuando se percató del escándalo prefirió seguir su camino.

Ya lo único que faltaba era que el olor de los orines llegara hasta mi nariz. No me extrañaría nada que en eso acabara el exabrupto. O a lo mejor reconocía mis propios miados.

Carta

Carta de Brahms a Schumann

Maestro venerado: Lo acabo de conocer y ya estoy conmovido por su personalidad, su talento, su bonhomía. Creo que desde el cielo, se fraguan estos encuentros. Es como si lo hubiera sabido con anticipación. Como si al momento de llamar a su puerta, ya supiera que las puertas del paraíso me serían abiertas. me hubiesen abiertas.

Conocía yo su música. Había yo oído hablar de usted. De su fuerte temperamento. De su devoción por las bellas artes, en particular por la poesía y la música, desde luego. Se me había dicho —y ayer lo confirmé— que en su recia humanidad cohabitan sentimientos de nobleza y altura. Que en usted no cabe la mezquindad ni la envidia, la sordidez ni la ruindad. Toqué para usted porque usted me lo pidió. Y cuando estaba tocando me arrepentí de mi atrevimiento. De haber sido complaciente, que en última instancia fue una falta de respeto hacia su genialidad, maestro. Pero le confieso que jamás el hecho de tocar el piano me había producido tanto deleite, tanta emoción. Para mí significó como escalar una montaña escarchada de hielo. Porque en el fondo lo que estaba haciendo era subir hacia el conocimiento de mí mismo. Que para mí eso significa tocar el piano. O el violín. O el clarinete. O cualquier instrumento en última instancia. Aunque quizás el piano, por sus características técnicas, se preste más a esta penetración espiritual. Pero eso ya es otra cuestión, y no quiero desviarme.

Así pues, tocar para usted, usted escuchando de pie, a un lado del piano, se representó para mí como un examen militar. En el que el menor error podría ser maximizado y confundido con un descuido imperdonable. A lo que voy: así como ya mencioné que nunca había tocado el piano con tal fruición, también cabe decir que jamás lo había hecho con tal nerviosismo, o más que nerviosismo con tal pavor. Con tal aprensión.

La sesión pudo haber discurrido de esta forma hasta concluir. Pero entonces apareció su señora esposa Klara Schumann. Y ahí sí el control —mi control— se pulverizó. La mejor pianista de Europa. La esposa del gran Schumann. La mujer exquisita y sabia por naturaleza, me estaba escuchando. Permanecía atenta a mi desempeño pianístico. A lo que yo podía ofrecer como hombre y como artista. Caí en la cuenta de que su referente era usted, maestro Robert Schumann. Mis notas me sonaron humildes. Habían brotado de mi cerebro y de mi corazón, y me parecieron guijarros de un camino abandonado. Quién era yo que en ese instante merecía tanto. De dónde provenía que mantenía la atención de dos artistas inconmensurables. No tengo respuesta para eso.

Porque no nada más me escucharon y emitieron opiniones sobre mi modesto trabajo, sino que encima me ofrecieron su casa y su amistad. Ciertamente portaba yo una carta de recomendación de Franz Liszt, pero hubo en su comprensión algo más que eso. Mucho más. Me pareció ver, mejor dicho, me pareció sentir —perdón por la palabra, por la exageración, por ser hiperbólico—, me pareció sentir una comunión. Que se tendía un puente inexorable entre mi humilde persona y ustedes dos. Mi corazón gritó de alegría para enseguida hundirse en el oprobio. Habían aprobado con creces mi trabajo. Habían expresado con infinita paciencia su juicio crítico. Confieso que por vez primera me sentí compositor, un músico pleno. Porque así me lo expresaron. Se me planteó un desafío: ¿cómo mantener una mínima calidad en lo que hago? Si asumía la veredicto de ustedes en su justo valor, podría convertirme en un representando de la soberbia. Y nada más alejado de mí.

Maestro, le ruego considerar mis palabras.

Eternamente suyo,

Johannes Brahms

Texto del lunes

Cuento

La lección

Como todas las noches, a las 10 en punto saqué a mi perro a que se sacudiera la modorra. Le puse su collar y echamos a caminar sin rumbo fijo. Simplemente caminar y observar. Vagabundear a nuestro modo. Yo me había tomado un par de tequilas con coca-cola. Justamente ésa era mi medida para cuando no quería embriagarme. Porque si la rebasaba, el alcohol me hacía suyo. Y lo siguiente era echarme en sus brazos y dejarme llevar por el sopor —confieso que la presencia de mi madre me impedía emborracharme a mi gusto. Pero era una presencia que no me podía quitar de encima.

Caminé —o caminamos, mejor dicho— un poco más rápido de lo normal. La calle se encontraba casi desierta, y eso me incitaba a acelerar el paso. De por sí odiaba yo a los transeúntes. Que los curiosos —bien intencionados, y eso qué— se aproximaran y acariciaran a mi perro, era algo que no podía yo soportar. Que la gente se apartara de nuestro camino, y así el paseo resultaba de lo más agradable.
Íbamos de lo más distraídos, acercándonos a los árboles para que mi perro —Huesitos— se orinara las veces que le diera la gana, cuando de pronto un automóvil se detuvo a unos pasos. Le jalé la correa a Huesitos, y lo obligué en forma enérgica a seguir mis pasos.
Cuando intuía el peligro, algo no funcionaba bien en mí. Sentía como una oleada de nervios a punto de estallar subía paulatinamente desde mis extremidades inferiores hasta la base misma del cráneo. Pese a vivir en una colonia pacífica —aunque poco concurrida—, de pronto corrían rumores de asaltos, violaciones, crímenes indescriptibles (llegaron a arrojar una cabeza en el único lote baldío del rumbo). A mí eso me exaltaba hasta el extremo. Nunca había visto nada. Nunca había sido testigo de nada. Pero en el fondo de mi corazón sabía que cualquier cosa podía ser posible. Mi madre —mi padre no vivía con nosotros— se empeñaba en darme valor, en inyectarme ánimos: “No te preocupes, estamos seguros, nada nos puede pasar”, “Persígnate antes de que salgas a la calle. Dios cuidará de ti”. A mis 19 años caminaba con aparente seguridad. Como desafiando al destino. Aprovecho para aclarar que mi mayor dicha consistía en ver películas de violencia extrema, en las que los malditos pagaban su culpa. En las que eran muertos arteramente por la policía. Estudiaba la carrera de administración en la universidad y no había nada que me distrajera de mi empeño. Con una carrera en mi bolsillo, sería yo un hombre respetable y admirado. Pero el éxito de un hombre así está reñido con la violencia. Por eso deseaba que los malditos fuesen borrados de la faz de la tierra.

Pero en mi rumbo no entraba la violencia —maldita violencia que había creado una especie de nube brumosa que oscilaba encima de todos los mexicanos, de punta a punta de este país. Porque se veía, se respiraba, casi podría decir que se tocaba. A su lado, casi podría decir que la nube de contaminación era un juego de niños.

Cuando el automóvil se detuvo, provinieron gritos exaltados desde su interior. Mi perro se puso nervioso. Lo noté inmediatamente. Era un salchicha más tranquilo que un oso de peluche, pero la menor situación anómala le erizaba el pelo de la cruz. Y mostraba los colmillos como si fueran dos armas punzocortantes.

Se bajó un individuo y jaló a otro del brazo. Apenas pisó la banqueta, lo empezó a agarrar a golpes. Le daba puñetazos en la cara, en el estómago, donde cayeran.

Yo aceleré el paso. O eso hubiera querido hacer, pero Huesitos se levantó sobre sus patas traseras y le aventó mordiscos. Terribles mordiscos suyos que no iban a dar a ningún lado, sin puntería alguna, sin objetivo preciso, pero que provocaron que el golpeador me amenazara: “Detén a tu pinche perro, o lo mato”.

Bastó esa distracción para que el herido huyera. Salió corriendo como una estampida.

El sicario se dio cuenta de su error. Demasiado tarde.

Carta

Carta de José Alfredo a Schumann

Estimado señor Schumann: Sé quién es usted. Usted y yo tenemos afinidades no comunes, y que no todo mundo entiende. Se hablan cosas de mí. Por donde paso, la gente me mira inquietante. Porque voy dejando un rastro de música. Seguramente con usted pasaba lo mismo. No me pregunte cómo, pero a través de su música sé de su pasión por la vida. Porque eso se identifica. Excepto la suya, yo no escucho música. Cuando era joven, la descubrí gracias a una mujer. Pronuncio la palabra mujer y sé que usted se siente nervioso. Eso también me atrajo de usted. Porque esta mujer que me mostró su música me habló de su vida. De la vida de usted, quiero decir. Me dijo lo que las mujeres llaman puros chismes. Pero me pareció que había una gran dosis de verdad en sus palabras. Hasta donde uno le puede creer a una dama. Me dijo que usted había venido al mundo a sufrir. Que de joven no sabía usted si quería ser poeta o compositor, mejor dicho o pianista. Porque ambas cosas lo atraían con igual fuerza. Con la misma potencia. Tanto así, que aunque usted había tomado la decisión de ser músico, la poesía lo seguía atrayendo. Porque usted era un hombre apasionado. Y en la misma medida temperamental. Que todas sus decisiones iban marcadas por la pasión. Esa cosa que incendia la personalidad. Eso yo lo tengo. No sé si me crea o no, pero yo soy un hombre temperamental. Donde quiera que voy distingo los ojos de una mujer que me miran sin contemplaciones. Termino por acercarme a esa mujer y averiguar. ¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas? ¿Qué sueñas? ¿Qué aborreces? Y si en un principio aquella mujer se siente violentada en su intimidad, al rato se suelta y revela todos sus secretos. Yo no presumo de que escucho la música de usted. Me iban a decir presumido. Presuntuoso. Porque a la gente le encanta el chisme. Y ya me imagino si de la boca de un compositor y cantante de ranchero oyen que escurre la palabra Schumann. Usted para mí siempre ha sido una luz. Como un faro apostado en el puerto que guía a los barcos extraviados. Y que les dice por aquí es el camino. No se vayan por otro lado. Así me pasa con su música.

Sé que hay muchos otros músicos. Muchos otros compositores. Muy poca gente me abre los ojos. Porque me tienen miedo. Pero de que los hay, los hay. He escuchado el nombre de Mozart, el de Beethoven, el de Chopin, el de Vivaldi. Pero no los oigo. Para qué. A mí no me interesa ser un hombre culto. Lo que yo quiero es ser un hombre atormentado. Y la música de usted cuadra muy bien con las tormentas del alma. Que es acerca de eso que yo escribo y canto. Porque me parece que es la verdad de la vida. Los hombres que no sufren no sé a qué diablos vinieron al mundo. El sufrimiento es lo que hace que nuestra cara sea como es. Que nuestras reacciones sean lo que son. Yo inmediatamente distingo eso en las reuniones a las que asisto. Porque créame que abundan. Me sobran invitaciones. Ni siquiera tengo que gastar. Por increíble que parezca cada vez soy más famoso y cada vez gasto menos. Porque vivo rodeado de amigos que gastan en mí. Apenas me ven, ponen una botella de tequila en la mesa para mí. Eso me conmueve. Me saca las lágrimas.

En fin, maestro Schumann, le hago llegar un saludo respetuoso.

José Alfredo.

Texto del lunes

Cuento

Suerte

Para Gerardo Ayala

Estoy sentado escribiendo. Mi mujer pasa atrás de mí, y me acaricia el pelo. Hacía siglos que no hacía eso. Porque alguna vez lo hizo. Hace 20 años, cuando recién nos casamos. ¿Por qué lo haces?, me atreví a preguntarle una vez. Para que tu energía se propague en mí, fue su respuesta.
Pero esa época se ha ido para siempre. Ahora sólo existe la indiferencia, el aburrimiento, la desesperanza de todos los días.
Reflexiono en esto mientras escribo sentado a la mesa en un café de la colonia Condesa. Jamás me acerco a esta zona de la ciudad. Vivo muy lejos de aquí. Cuando menos a un par de horas, por la salida a Pachuca. Media hora más allá de Indios Verdes. Pero ahora estoy aquí porque un editor prometió revisar mi novela, siempre y cuando se la entregara personalmente. Nada de enviársela por archivo adjunto. Me pareció un poco exagerado, pero como llevo casi quince años escribiéndola, estuve de acuerdo.
Nos caímos bien. Charlamos un buen rato. Le hablé someramente de lo que para mí significa escribir, de mis casi nulas ambiciones literarias —me abstuve de decirle que los escritores que publican merecen mi desprecio, que siempre es preferible que te vaya mal en todo—, deposité en sus manos mi mecanuscrito y me dirigí hacia donde el azar me llevara. Ni siquiera sé el nombre del café, pero es lo suficientemente acogedor y solitario, con cierto sabor a café parisiense.
Me explico. Soy un bebedor incontenible de café, pero odio meterme a cualquier café para disfrutar de uno, por muy recomendado que esté. Prefiero hacer lo que ahora. Creo que quedó claro que entré por el lugar, no por el líquido.
Pues aquí estoy, en esta mesa. Junto a mí hay un par de hombres en franca y abierta charla. Tienen la actitud típica de quienes hablan de mujeres. Hay cierta discreción malsana, cierto recelo mordaz. Paro doblemente la oreja. Como si me interesara.
Uno de ellos, el más joven, apenas veinteañero, menciona el cuerpo de una mujer. Hace énfasis en sus pechos. Se esmera en la descripción; a tal grado que me provoca una erección. Enseguida el vientre, el sexo —donde se detiene especialmente en el olor—, y por último las piernas.
—¿Y las nalgas? —le pregunta el otro, que con toda seguridad le lleva como diez años; pero de quien me llama la atención una cicatriz siniestra que le cruza la cara.
Me cae mal su desfachatez. De ambos. Si antes eran cautos, la excitación termina por exacerbarlos. En cosa de minutos han ido de la discreción a la brutalidad. Porque su conversación se ha vuelto procaz. Quizás tenga que ver con que yo los estoy observando —se dieron cuenta desde hace siglos—, quizás les provoque que los esté escuchando —a partir de que se percataron, la voz la levantaron más allá del techo. No sé qué sea pero se la están cogiendo delante de mí —su imaginación despliega las alas de la sordidez.
Pienso en Odette —sí, mi esposa lleva ese ridículo nombre, digno de El lago de los cisnes. Pienso en el distanciamiento que hemos tenido. Excepto en nuestros primeros tiempos como amantes, siempre mantuvo por delante los preceptos judeo-cristianos en cuanto a la fidelidad y demás remilgos. Mientras que yo me acostaba con cuanta mujer me atrajera —mi condición de escritor inédito las atraía por el morbo—, o de plano se cruzara en mi camino y me sedujera, ella se mantenía fiel e impertérrita. Para ella no había más que ponerse el bozal de la monogamia. Era la única forma para ser felices. Su imaginación no iba más allá. ¿Pero así la amaba? Por supuesto. Siempre estuvo detrás de mi novela. Si la acabé fue por ella. A Odette le debo todo.
Llamo al mesero y ordeno mi cuenta. La pago y salgo de ahí. Dirijo mis pasos en sentido contrario a como vine. A la oficina del editor. Me lo topo en la entrada. Está a punto de salir. Espere, le digo, déme un minuto. Qué se ofrece, me pregunta. Mi presencia lo desconcierta. Lo pasma. Quiero mi original, le digo. ¿Cómo?, pregunta todavía más desconcertado. Incrédulo. Que quiero mi original, repito. El original de mi novela. Pero por qué, pregunta. No tengo la respuesta, así que digo lo primero que me viene a la cabeza: Porque prefiero vivir en el desorden. Porque es el único modo de que mi esposa no me abandone. Digo. Entonces se da media vuelta, se encamina a su oficina y regresa con el mecanuscrito. Me devuelve el documento que yo había firmado al entregárselo —resguardo, le llaman—, y me dice una sola palabra: “Suerte”, que le sale a entre dientes de la boca.

Carta

Carta de un violinista a Tchaikovsky

Maestro admiradísimo: me atrevo a interrumpirlo porque no resisto más decirle que su concierto para violín es la más hermosa obra maestra de la música jamás creada por el hombre.

Pero voy demasiado rápido.

Sucede que soy un modesto violinista. Me gano la vida tocando en una orquesta de cámara. No es gran cosa, pero no padezco pobreza. Que ya es ganancia. Toco el violín porque mi abuelo lo tocaba. Él me inculcó el arte del violín. Y me dejó su instrumento; pero no nada más eso. También su colección de discos de acetato, precisamente en los que he escuchado su concierto como cien mil veces. Con violinistas que mi abuelo admiraba mucho. Como Heifetz, Kogan y Oistrakh, para no ir más lejos. Mi abuelo hubiera querido que mi padre, es decir, que su hijo, fuera violinista. Pero las cosas no se dan como uno quiere, sino como las decide el destino. Le cuento. Mi abuelo puso a su hijo en el camino de la música. O sea a mi padre. Y para allá iba. Tocando y estudiando. Estudiando y tocando. Al grado de que se casó —de cuyo matrimonio nací yo— y empezó a tocar profesionalmente. Vivíamos todos en la misma casa. Hasta que vino la desgracia. Se metieron unos rateros, mi padre les quiso hacer frente y lo asesinaron. En ese entonces mi padre rozaba los veintidós años. Yo era un niño de brazos. No recuerdo a mi padre, aunque llevo grabada su fisonomía. Porque mi madre tenía una foto de él sobre el aparador de la sala. Le dieron dos balazos. Aparte quisieron abusar de mi madre. Pero por fortuna llegó la policía, y arrestó a los maleantes. Naturalmente que eso no le devolvió la vida a mi padre, pero ni modo. Son cosas que no están en las manos de nadie. Entonces y como era de esperarse mi abuelo se hizo cargo de la manutención de la familia, o sea de mi madre y de mí. A cambio de todas sus atenciones y su cariño, mi abuelo pedía, exigía más bien, que yo estudiara el violín. Cosa que hice con agrado. Él mismo fue mi maestro. Como lo había sido de mi padre.

Espero no estarlo aburriendo con mi carta, maestro Tchaikovsky. Pero todo esto tiene que ver con lo mismo. Con su concierto de violín.
No sabe cómo me he empeñado en tocarlo. Pero no puedo, no avanzo, lo intento y mis manos se paralizan. Creo que en ese concierto están reunidas las más extraordinarias virtudes del instrumento. Estoy pensando en el aspecto técnico y en el aspecto musical. Porque la obra tiene pasajes endemoniadamente difíciles, que exigen un dominio más allá del académico para poderlos resolver. Y para eso se requiere de una gran escuela. Como ya le dije, yo crecí con mi abuelo como mi maestro de violín. No tuve más maestros, y sí en cambio vicios como violinista. Errores que generaron incapacidad. De los cuales nunca me pude deshacer. Tuve el amor de mi abuelo, pero en la misma medida me nutrí de sus limitaciones. Alguna vez quise viajar al extranjero —en ese tiempo la URSS— para estudiar el violín en serio pero me vi limitado por mis escasos recursos. En cuanto al aspecto musical que mencioné líneas arriba, su concierto es un verdadero compendio de emociones. Porque a través de él, se toca el fondo de la condición humana. Hay amor. Hay conmiseración.Hay emoción a ultranza. Cumple todos los designios de la música: enriquecer la vida.

En fin, maestro. Tenía que contarle todo esto. Hasta pronto.

Texto del lunes

Cuento

El quiste del dolor

Doña Eduviges Rincón ordenó otra copa de tinto —pero esta vez chiquita, por favor.

Así acontecía todos los sábados. La señora llegaba a las tres de la tarde. Revisaba el menú —que nunca cambiaba— y exigía lo mismo. Cada vez lo mismo: una chuleta de carne de puerco en salsa verde. Cómo le gustaba ese platillo. Siempre exigía que la chuleta tuviera gordito, porque le fascinaba llevarse ese gordito a la boca y relamerse los labios. Cuando el mesero le explicaba que no había chuleta con gordito, entonces ella cancelaba la cuenta y se dedicaba a la búsqueda de un destino. Que tampoco podría llevarle tanto tiempo. Porque veía la sombra de la muerte.

Todos se acercaban a pedirle consejos. Hombres y mujeres. Porque digamos que era anciana. Porque digamos que desparramaba una suerte de sabiduría en torno suyo. De carisma. Como fuera, la gente se agolpaba alrededor suyo. Ante el disgusto callado de ella. Porque en el fondo odiaba esas manifestaciones. Las consideraba una muestra de vulgaridad.

Era la clienta más antigua. Nadie sabía desde cuándo acostumbraba presentarse. Siempre con puntualidad aritmética. Nadie le tomaba a mal esa constancia —¿y por qué iban a hacerlo si esa constancia significaba un día más de trabajo, que se multiplicaba gracias a la clientela que ella atraía?

—¿Cómo le puedo hacer para que mi mujer regrese conmigo?

—¿Qué puedo hacer para que mi marido deje de pensar en esa casquivana que nada más le sacó el dinero?; y, sea por Dios, creo que se lo sigue sacando…

—¿Lo acepto o no lo acepto? Oriénteme usted, por amor de Dios, doña Eduviges…

Y doña Eduviges vendía sus consejos a cambio de nada. Porque no siempre —más bien nunca— la gente solía ser generosa. Bastaba con un “gracias, doña”, o, peor “gracias, seño”, para que quedaran a mano. Se daban media vuelta. Y se marchaban. A veces hasta se sentaban a su mesa. Cosa que doña Eduviges detestaba. O a partir del consejo recibido, se retiraban a ocupar su propia mesa, y a beber ya sin ese sentimiento de que aún tengo cosas pendientes. Todo está resuelto, se decían. Y proseguían el dominó. O la fiesta. Como si el mundo no estuviera descuartizado.

Pero no todo puede proseguir hasta el infinito. Sobre todo para doña Eduviges, que la paciencia parecía habérsele terminado.

Vino a su mente la receta de la tía Felicitas, la homeópata de la familia. A base de cianuro. La tenía guardada en el cajón de las estampitas religiosas. Buscó. Hurgó. Metió mano. Delante de sus ojos desfilaron las imágenes de San Judas Tadeo, San Jerónimo, San Cristóbal, San Martín de Porres. Santa María Inmaculada, Nuestra Señora de Fátima, Nuestra Virgen de Talpa, Nuestra Virgen de Zapopan, Nuestra Señora de San Juan de los Lagos… Siguió buscando. Cuando llegó hasta el fondo, el mismísimo Jesucristo se plantó delante de sus ojos: Jesús en la última cena rodeado de sus discípulos, Jesús en la subida del Monte Calvario, Jesús en el Sermón de la Montaña. Jesús en la erección de la cruz.

Jesús era el máximo jefe. El máximo maestro. Le pareció una premonición positiva habérselo topado.

Hasta que dio con el sobre del cianuro. Cada sobre engrapado con su receta respectiva. Tanto y tanto más tanto:

“Úsese con sumo cuidado. Sobre todo cuando se presenta una pena de amor o desesperación. Basta con una pizca para aliviar dolores del alma. No se deje al alcance de la curiosidad infantil. Que el resultado puede ser fatal”.

Revisó. Contó. Había allí suficientes dosis para aliviar una buena parcela de desdicha. El mundo podía ser mejor con una dosis concentrada de cianuro. Se dijo. Menos dolor físico. Menos dolor espiritual. Menos aflicción. Menos desamparo. A sus años —62— no pudo evitar la vanidad. Ella, Eduviges, tan dueña de sus emociones. Quizás saliera en la televisión. Quizás en el radio. Ella tenía un recuerdo que extirpar a través de su clientela. El quiste del dolor. Que se fueran preparando.

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