Texto de los jueves

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Beethoven y Goethe

I

Beethoven odiaba las reacciones sentimentalistas de las personas cuando escuchaban su música. Se cuentan muchas anécdotas en este sentido. En Berlín tocó el piano para la crema y nata de la aristocracia alemana —cuando se sentaba ante el instrumento, más que tocar improvisaba. La música brotaba de sus manos como el agua del manantial, y no había alma que pudiera sustraerse al influjo de la belleza de su sonido. Aquella vez, cuando terminó, esperó la reacción del público. Después de unos segundos, volvió la cabeza. Allí estaba toda esa gente, con pañuelos en la mano enjugándose las lágrimas. Azotó la tapa del piano, y gritó a voz en cuello: “¡Yo tengo la culpa por componer música para cerdos!”. Y más todavía. Estando en el balneario de Baden para someterse a una de las curaciones que le ordenaba su médico para aliviar su sordera, se topó allí mismo con Goethe, el más grande poeta alemán. Beethoven lo admiraba muchísimo —es muy fácil ponerle música a sus poemas porque en sí mismos contienen la música celestial del alma, le escribió cuando le hizo llegar siete poemas que había musicalizado y que Goethe, fiel a su costumbre, había desdeñado—, y la sola vista de Goethe, en la administración del balneario, provocó en él una reacción espontánea. “Venga usted a mi habitación. Tocaré para usted”, le dijo, y Goethe acudió presuroso. Se dice que Beethoven se sentó al piano, y que tocó con todo su poder. Cuando terminó, le preguntó a Goethe que opinaba de su música, y el poeta, el sabio, el erudito, se limitó a responder: “Su música es… encantadora”. Beethoven estalló. “¿Es todo lo que puede decir? Me paso más de 40 años soñando con tocar para Goethe ¿y es todo lo que puede salir de su boca? Señor, la música debe hacer saltar el fuego del espíritu”. Y prosiguió, ante el desconcierto de Goethe, que dificultosamente trataba de disimular las lágrimas: “La mayor parte de la gente se emociona por algo hermoso, pero es porque no tienen naturaleza de artistas. Los artistas son de fuego, no lloran”. Y ya entrados en gastos, las cosas no mejoraron para Goethe. Al día siguiente, el compositor y el poeta decidieron improvisar un paseo por los corredores del balneario. Que se toparon con muchos visitantes al balneario que se descubrían ante el paso de los artistas. Y que entonces Goethe comentó: “Me fastidia tanta gente que me saluda”, a lo que Beethoven repuso: “No se mortifique, excelencia, que tal vez no lo saluden a usted sino a mí”. Y allí estaban aquellos pasillos que la realeza solía recorrer. Y en efecto, aquella mañana la nobleza y los artistas coincidieron en el mismo camino; aunque en sentido contrario. Cuando Beethoven avistó al grupo —que caminaban tan cordialmente, el señor emperador, la señora emperatriz, el archiduque, la princesa, el conde— le dijo a Goethe: “¡No se me despegue! Deben ellos hacernos lugar, nosotros no”. Pero naturalmente que Goethe se despegó para dejar pasar a la comitiva. Se hizo a un lado y se quitó el sombrero. Beethoven, con las manos a la espalda, arremetió contra el grupo, que terminó quitándose para que él pasara. En cuanto lo hizo, le increpó a Goethe: “Usted no debe mostrarse así. Usted hace mal. Sería mejor que les dijera francamente todo lo que piensa. De otra manera, ellos no aprenderán nada. No hay una princesa que reconozca al Dante, a no ser que le apriete el zapato de la vanidad. ¡Yo los trato de otro modo! Usted puede muy bien colgarle a alguien una orden honorífica: con eso el individuo no habrá mejorado ni el espesor de un cabello. Puede usted fabricar lo que sea, pero nunca podrá fabricar un Beethoven, un Goethe”.

II

La soberbia, entre otras cosas, le impidió a Goethe valorar a Beethoven en todas sus dimensiones. Ni aun después de muerto Beethoven, Goethe hablaba de él; ni permitía que nadie lo hiciera, cuando menos en su casa. Detestaba las maneras bruscas del músico genial, así como su falta de diplomacia. Bettina Brentano fracasó en su intento de unirlos. Amante de ambos, enaltecía la figura de Beethoven ante Goethe, favorito de la corte —Beethoven, en cambio, había admirado a Goethe toda su vida. ¿Soberbia o envidia?

¿Por qué Goethe no comprendió a Beethoven, si amaba la música? Me lo pregunto cuando leo este poema, que el poeta alemán escribió en su más clamorosa vejez: “¡La pasión trae sufrimiento! ¿Quién apaciguará al corazón oprimido, cuando lo ha perdido todo? ¿Dónde están las horas, que tan pronto han volado? En vano tenías destinada la suerte más bella… Turbado está el espíritu, confusa la voluntad. El augusto mundo, ¡cómo se escapa de tu abrazo! Flota súbita, en el aire, una música con alas de ángel, que enlaza las melodías a las melodías. Penetra el ser, de parte a parte, lo colma y lo hace desbordar de belleza eterna. Los ojos se empañan, y reconocen, en su más alta inspiración, el precio divino de de los cantos y de las lágrimas. Y el corazón aliviado repentinamente advierte que vive todavía, que late, que si quisiera seguir latiendo para darse él mismo en un agradecimiento puro a la generosidad que con él se tuvo. Así fue la revelación —¡oh, que sea para siempre— de la doble felicidad de la música y del amor!”. Goethe escribió este poema en 1823 (el poeta murió en 1832, a los 83 años), luego de escuchar a la pianista polaca María Szymanowska. Proclive a ejercer el enamoramiento como punta de lanza, vio en aquella mujer la promesa del amor más sublime. Porque Johann Wolfgang Goethe había hecho de la música y de la mujer sus seres aliados. Músico él mismo, no pasaba un día sin que pusiera las manos al piano. O mejor aún, mandaba por alguno de sus múltiples amigos intérpretes (o bien compositores) para que deleitaran sus horas. Pero según testimonios que se conservan en cartas, el nombre de Beethoven no se pronunciaba delante de él ni mucho menos se tocaba su música —por una excepción, lo llegó a hacer el joven Mendelssohn ante la reprobación de Goethe.

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (10)

Dos modos de escuchar música

Cuando menos hay dos modos de escuchar música. Uno cargado de imaginación y anécdotas, y el otro despojado de cualquier elemento capaz de contaminarla.

La atracción hacia la música puede venir por el lado de la narración, o bien por el lado de la pureza melódica, o, si se es más exigente, de la ondulación sonora —haya melodía o no.

Inocularle imaginación extramusical significa contaminar la música —¿o enriquecerla?

La fantasía del hombre corre a la par del gozo del arte.

La admiración se verbaliza a través de la apología, esto es, de la exageración encomiable. Si un hombre admira a Tolstoi, tendrá que contagiar su entusiasmo. Despertar en las personas que lo rodean tal devoción. Pero el modo más eficaz de encantar la atención es revelando la intimidad del artista. Poniendo sobre la mesa casos concretos, anécdotas que casen con la personalidad del admirado. La biografía del artista —la telenovela del artista— es la mejor carta de presentación, la llave maestra que abre las puertas para su conocimiento.

Planteé arriba esta dicotomía entre la música pura y la música contaminada.

Para estas líneas, contaminada significaría música en la que se han vaciado elementos extramusicales. Pensemos, como ya se dijo, en la historia (biografía novelada) de los compositores —o intérpretes. ¿De verdad impele al disfrute de la Sinfonía Heroica de Beethoven saber que el autor era sordo? ¿De verdad se disfruta más esa música por el solo hecho de imaginarnos a Beethoven atormentado por su discapacidad, el desprecio que sufrió en vida por parte de los aristócratas, intelectuales y artistas que no lo comprendieron, la lucha por el amor que jamás pudo concretar, y la incomprensión en general a que se vio sujeto?
Pero quizá no es la dimensión de lo que se cuenta —generalmente de orden trágica—, sino el disparo de la imaginación lo que propicia el acercamiento entre la música y el escucha.

El hombre gusta de algo concreto en vez de conceptos de los que le resulta difícil asirse. Si de pronto ubica a Mozart vendiendo su caballo porque al día siguiente no tiene que llevarse a la boca, esa circunstancia le permitirá disfrutar por partida doble la música del Divino. Más aún que si técnicamente, si mediante la revelación de los secretos técnicos —sólo aptos para los entendidos—, comprendiese a la perfección la música mozartiana.
Los sonidos de la música se despliegan en el aire y penetran nuestros oídos sin materialidad alguna. Sin anécdota ni acontecimiento narrativo que los respalde. Es música y ya. Entonces el escucha nutre su espíritu expoliando su imaginación. Porque la música es épica, y le permite palpar —así sea por unos segundos— el crisol mismo del sufrimiento vuelto belleza. Es su modo de nombrar al dolor. A través de la música. Este hombre que escucha, esta mujer que presta sus oídos como una gaviota sus alas, no hace otra cosa que explicarse la desdicha mediante el lenguaje de la música.

Que es el que mejor se presta para este cometido.

Por una sola razón: porque la música universaliza el desconsuelo. Quizás en esto radica su poder bienhechor: en que a través de su música, la tragedia de Beethoven es la tragedia de todos los hombres.

Como sea, la música nos conmueve y eleva nuestro espíritu hasta alturas insondables. Con o sin elementos externos de soporte.

Ivo Pogorelich

Hay que descubrirse ante la genialidad. De pronto se vive al mismo tiempo que un monstruo de la música. Que no abundan precisamente. Yo tengo a uno en la mira: Ivo Pogorelich. Pianista. Escuché su versión de la sonata en Si de Liszt. No puede ser. Conforme las notas se sucedían, caí en la cuenta de que estaba escuchando a un grande. Inmensamente grande. El propio Liszt la ha de haber tocado así. Parecía música extraída desde las profundidades de la Tierra. Las lágrimas me sobrevinieron.

Texto de los jueves

Música

Sensemayá. Silvestre Revueltas

Dotación: Orquesta Sinfónica

Movimientos: Uno solo

I

Bien podría considerarse Sensemayá, de Silvestre Revueltas, la obra musical mexicana por antonomasia. No hay quien resista su embrujo. De ritmo telúrico, su orquestación es vasta y vigorosa, aún más que la de Redes y Janitzio, esas otras dos obras maestras orquestales de Revueltas. Genio atormentado, insaciable, siempre insatisfecho, cúspide, gambusino de vetas musicales, a su lado palidecen compositores mexicanos encumbrados por el poder político, como Carlos Chávez, sin duda gran promotor de la música en México y director erudito. Silvestre Revueltas es una caja de resonancia cuya reverberación dista mucho para que se agote, a pesar de que así se intentó —no en balde, no hace mucho su nombre no existía para la historia oficial de la música en México, aunque se citaba con reverencia entre los músicos. Militante de izquierda, sin embargo mantuvo la independencia de su música. Con él las sorpresas no cesan. Se escuchan sus obras, sus poemas sinfónicos, su música de cámara —no es posible oír Homenaje a García Lorca sin que los ojos se aneguen de lágrimas— y su figura crece, en sentido inverso a como decrecen otras. Es un gigante de la música universal, y su obra se mantiene en constante evolución sin que le haga mella su trágica biografía (que tampoco se puede ocultar, no habría por qué hacerlo; el alcoholismo es parte de la existencia de Silvestre Revueltas, como su sentido del humor o su ironía implacable). Pues bien, los alcances de Sensemayá dieron un brinco de casi 80 años y se colaron hasta una película estadounidense de reciente factura: La ciudad del pecado. En efecto, en una de las secuencias de máximo impacto, cuando en la tercera historia el bueno está a punto de rescatar a la chica y acabar con el malo, en un buen tramo de acción y despliegue de cámaras, de pronto se escucha Sensemayá. Y la gente se cimbra en su asiento. La música de Revueltas colma la sala, y el espectador se pregunta de dónde diablos salió esa música que pone la piel chinita y sacude como un terremoto, que encima aun le da más dramatismo a la secuencia. Por cierto, decidí esperarme para revisar en los créditos el nombre de Silvestre Revueltas y el de su Sensemayá inmortal. Y ahí están. [Blas Galindo, compositor jalisciense, me contó la siguiente anécdota de Revueltas. En cierta ocasión se encontraban platicando, cuando Revueltas era director del antiguo Conservatorio Nacional de Música, y de pronto se acercó una chica, la cual lloraba a lágrima viva. Se aproximó al director y le dijo: “Maestro, le quiero solicitar un préstamo. Mi mamacita acaba de morir y no tengo un cinco para enterrarla. Yo veré el modo de pagarle”, a lo que Revueltas respondió: “Lo lamento mucho, pero ésta no es una institución de caridad. Con trabajos hay dinero para pagarles a los maestros, menos para hacer préstamos personales”. Entonces la joven dio media vuelta y emprendió el regreso, sin dejar de llorar. Pero en ese instante Revueltas la llamó con el clásico psss, psss. La muchacha regresó y Revueltas extrajo del saco el sobre de su quincena: “El Conservatorio no tiene dinero para prestarle —le dijo—, pero yo sí. Tómelo”, y le extendió el sobre.]

Las frases musicales del gran compositor duranguense son construcciones sólidas, indestructibles. Ante el magnetismo de su personalidad y espíritu pintoresco, la música de tan enigmático genio es compleja, imbuida de alegorías y pigmentaciones de este México dolido. Sin caer en complacencias chauvinistas, a que son dados los miopes de espíritu. En la música de Silvestre Revueltas, enjundia y ternura constituyen su verdadera urdimbre. Digo que las frases musicales son suyas, pero también las escritas. Como ésta: “De niño, y casi siempre por un fútil motivo, mi padre me imponía un castigo corporal y me encerraba en un oscuro cuarto. Al poco tiempo me traían un plato con frutas y me soltaban. Después, yo veía a mi padre y sentía por él una tristeza y una piedad infinitas; pero nunca lo he perdonado”. Como si él fuese la voz de México, su timbre es trágico.

II

México es música. México es Silvestre Revueltas. México es alegría y dolor vueltos música.

Pero no esa música nacionalista que reverbera en los oídos como el más vulgar de los sonidos. Pero no esa suerte de folclorismo autóctono que más nos aleja que nos acerca del espíritu genuino del mexicano.

México también es colorido que incendia el alma. Como lo es para nuestros oídos Silvestre Revueltas. Su música, que emana de los pregones callejeros, de las máquinas de las tortillerías, de los afiladores de cuchillos. Ésa es la música que el oído vuelve suya en la música de Revueltas.

Esa música es Sensemayá. Ritmos punzantes, verdes vorágines, amarillos antorchas, azules avasalladores, rojos ígneos, violetas inusitados.

Sensemayá.

Es la radiografía musical de México. Todo lo mexicano está allí: las cascadas y los desiertos, el cielo despejado y la bóveda umbría, el sol inclemente y la noche luminosa e iluminada. Los niños chilapastrosos y las madres sobreprotectoras, los borrachos hediendo y las quinceañeras cursis. Las hembras y los machos, los días y las horas, los minutos y los años.

Todo México está en ese poema sinfónico de escasos 6 minutos. Revueltas no necesitó más. ¿Para qué una sinfonía? ¿Para qué una ópera? Dicho en otras palabras, ¿para qué una historia, para qué una novela orquestal, pudiéndose resolver todo en un poema sinfónico, en una obra que devaste y construya todo a su paso, que en nuestro cerebro demuele las buenas costumbres musicales y crea otras. Porque eso es Sensemayá: un temblor despiadado. Un terremoto. Un movimiento telúrico imprevisible. Un fenómeno que a quien lo vive no lo puede dejar impertérrito.

Ésa es la gran música.

Sensemayá es la gran música, y no todos lo aceptan así.

Desde que Sensemayá vino al mundo, las voces discordantes no se hicieron esperar. Los envidiosos de siempre gritaron, se persignaron, metieron zancadillas a diestra y siniestra, como si una obra maestra pudiera silenciarse de ese modo, como si una obra maestra necesitara permiso para respirar. Lo que provocaron fue que los oídos distraídos detuvieran su marcha y se volvieran a ella, y que el revuelo se generalizara.

Pero lo más curioso es que cada vez que se la escucha, Sensemayá vuelve a abrir brecha. Hay quien la considera hija de Stravinsky, hay quien busca su origen en las laderas escarpadas de las sierras de Oaxaca. Pero nada de eso es cierto: su origen verdadero está en el corazón del mexicano común y corriente, del mexicano de la calle y del surco, del aula universitaria y de la industria. Porque basta con oírla una vez para que se la adopte. Basta con escuchar la música de Sensemayá una sola y única vez para que se incruste hasta el tuétano. Se oye fácil, pero no toda la música adquiere esta categoría.

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (9)

1) Leo Cometa de Alfonso Badillo Dimas. Libro de poesía publicado por la Secretaría de Cultura del gobierno de San Luis Potosí. Es un libro hermoso. Carente de pretensiones extraliterarias, Alfonso Badillo Dimas aborda sus poemas con emoción y mesura, dos virtudes que en términos poéticos no suelen marchar de la mano; sino al contrario. Lo primero que llama la atención del volumen —de la poesía de Badillo— es la estructura. De alguna manera, el cometa se convierte en el alma misma de esta propuesta literaria. Va de un extremo al otro, pasa de ser un cuerpo celeste hasta convertirse en los cometas que los niños envían al cielo. Y cuyo vuelo persiguen alucinados. De hecho, cada poema se intitula “Cometa”, y simplemente se diferencia por su numeración progresiva. Vale la pena detenerse en muchos de ellos. Como en el “Cometa 28”: Cuando por fin se agotaron/ los tubos de hilo/ que permanecían/ radiantes en la costura/ recurrí a la trenza obsidiana/ que guardaba mi madre/ colgada como una reliquia/ del oxidado clavo// Entrelazada con los colores/ de la patria/ cabello tras cabello/ se fueron anudando/ de manera invisible/ hasta formar una hebra gigante// Debieron haber rebasado/ los cien metros/ luego arranqué una hoja/ del cuaderno de raya/ bastaron dos dobleces/ y un agujero en cada borde/ con el hilo adherido/ casi al instante aquel cajón/ comenzó a flotar como una pluma/ de paloma morada. O en el “Cometa 47”: Y nos fuimos mirando/ uno al otro/ arrancamos uno a uno/ el sotol de la cocina/ dos triángulos/ formaban una estrella/ en vista de la ausencia/ del anhelado papel de china/ las grises notas/ del diario matutino/ suplían aquel encanto volador/ y se fueron fraguando dos luceros/ alertas para levantar el vuelo. Este libro —que se hizo merecedor del Premio de Literatura Manuel José Othón de Poesía 2013— posee la gracia de la poesía que toca el corazón. Hay que insistir en su estructura, que lo dota de frescura y arrojo. Lo que es de desearse es que el libro rebase la frontera potosina y que pueda conseguirse en otros ámbitos.

2) Me atrevería a decir que el número de biografías que se han hecho de Beethoven supera las de cualquier otro compositor. No es casual. Lo mismo la personalidad que la música del genio alemán atraen como el imán a los alfileres. Por donde se le quiera ver hay una suerte de fascinación. De urgencia por enterarse de los pormenores que alimentaron la vida de ese héroe de la tragedia. Su relación con las mujeres, con el poder —encarnizado en la aristocracia, que siempre procuró hacerlo suyo—, con los editores —que se arrebataban su música—, con sus colegas intérpretes y compositores, con sus parientes —por los cuales sufrió lo indecible. En fin. Temas que el lector de las biografías de Beethoven lee con avidez casi malsana. Tengo a la mano las siguientes biografías, que suelo consultar como libros de cabecera. Beethoven de Max Steinitzer (FCE), Beethoven de Marion M. Scott (Salvat), Ludwig van Beethoven de Ubaldo Vargas Martínez (SEP), Renovación en el silencio de Eduardo Blackaller (FCE), Beethoven, su desarrollo espiritual de J.W. Sullivan (Sudamericana), Beethoven de Romain Rolland (Librería Hachette, 5 vols.), El sobrino de Beethoven de Luigi Magnani (Sudamericana), Beethoven, una biografía en imágenes de Erich Valentin (Thames and Hudson), Beethoven sin leyenda de Romain Goldron, y dos volúmenes espléndidos cuyo autor no se especifica: Todo Beethoven (Planeta) y Los grandes compositores: Beethoven (Salvat). Es curioso el papel del biógrafo. Algunos se conduelen de los amigos del biografiado (como Marion Scott),. Algunos maldicen a quienes se atrevieron a hacerle daño (Romain Rolland). Se entiende. Es muy difícil reclamar objetividad cuando de Beethoven se trata.

3) ¿Ha escuchado usted el nombre de Ivo Pogorelich? En mi próxima emisión de estas impresiones vitales se enterará de algunos chismes… que siempre son bienvenidos.

Texto de los jueves

Ensayo

Maratón de sonatas

Uno se pregunta qué dota de esfericidad a las 32 sonatas de piano de Beethoven. Dónde está el secreto. Por qué escuchamos una y da la sensación de que se traslapa con la que le sigue, o con la que anteriormente acabamos de oír. Más aún que con las sinfonías, o los conciertos, o los tríos —más, pero mucho más aún que con los cuartetos de cuerda— se produce este efecto.

No hay que darle muchas vueltas. La materia prima de que está constituida la música de Beethoven es la rebeldía. Inagotable. Enhiesta. Incomplaciente. Jamás satisfecha. Pero lo verdaderamente complejo es que esa rebeldía yace en el interior de cada hombre. No en la música. Por más apartado que esté ese hombre de un sentimiento tan poderoso como la rebeldía, sentirá que su corazón se inflama cuando escucha una sonata, cualquier sonata de piano de Beethoven.

Digamos que esta continuidad épica no se advierte en las sinfonías —con esa golosina musical que es la Pastoral en medio de la Quinta y la Séptima—, menos, ya lo dije, en los cuartetos —si escuchamos la serie de los últimos enseguida de los primeros, o incluso de los centrales, nos preguntaremos si acaso los compuso la misma persona.

Pero en las sonatas acontece lo inaudito. Este carácter de indocilidad que irriga al teclado las permea en lo más profundo de su bosque sonoro. Es como si fuera la firma autógrafa de Beethoven. Seguramente voy a decir algo absurdo —por lo que pido una disculpa de antemano—, pero quizás tenga que ver con que el piano es el psiquiatra de los compositores. Quien compone al piano —la inmensa mayoría de los músicos— vuelca en ese momento su yo más insondable y subterráneo. Ahora bien, a Beethoven hay que considerarlo como un toro de lidia cuya existencia estuvo constreñida por cercas y encierros. Que su genio inconmensurable fue la verdadera cadena que no lo dejaba moverse con libertad. Sí como compositor, no como hombre. A todo le veía peros. Su vida hay que mirarla desde la óptica del dolor, de la ira incontenible. El primer obstáculo con el que se topó fue su padre. Personalidad que sembró en él pasiones adversas. ¿Cómo era posible tanto odio, golpes y diatribas? Su segundo impedimento fue la sordera. Que se atravesó precisamente cuando el mundo se le presentaba como un patio interior donde podría hacer lo que le viniera en gana. Se perfilaba como el pianista del mañana, y así lo advertía él mismo. Pero la sordera le abrió las puertas del ostracismo. Lo que lo empujó hacia la composición. No más improvisar. No más presentarse como ejecutante de sus propias obras. El resto de su vida. Sin embargo, Beethoven era un hombre condenado al sufrimiento más brutal. A superar una prueba de fuego tras otra. A luchar. Alguien con menos fuerza de voluntad. Con menos carácter y convicciones, se habría dado por vencido de un modo lastimero.

Pero le faltaba la prueba más impía e inhumana. La de su sobrino Karl.

Hijo de su hermano —que a su muerte le encargó a Ludwig la custodia del chico—, hijo de una mujer fácil —a quien Beethoven llamaba La Reina de la Noche— el genio quiso hacer de ese joven un baluarte espiritual. Y lo único que provocó fue que Karl lo odiara —aunque al final de la vida del músico se arrepintió— y que intentara suicidarse. Lo cual le provocó a Beethoven el más terrible dolor inimaginable.

Digo que quizás estos acontecimientos no tengan nada que ver en la consecución ontológica de sus sonatas.
Quizás lo que uno escucha es esta vastedad monumental melódica y armónica. Que conforme transcurre —no nada más de un movimiento a otro, sino también de una sonata a otra— va armando una figura geométrica poliédrica que en mucho semeja una esfera. Que vista desde lejos es una esfera perfecta. Sin fases. O una formidable parcela que se mirara desde el avión. Hecha de una sola pieza.

Nuevos textos de los lunes

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Periodos de mi vida

Ronero. Fue una larga y fructífera etapa. Bajo el imperio del ron, descubrí el camino de la escritura. Pero la verdad de las cosas ése no es motivo para enorgullecer a nadie; más bien para arrepentirse. Bebía entonces un ron de marca Castillo, Potosí o algo semejante. Era una asquerosidad. Las crudas eran mortales, quedabas como un estropajo; la lengua se resecaba como si hubiera perdido su poder de ensalivación, cerrabas los ojos y miles de lucecitas se encendían. Te volvías de pronto y en vano tratabas de localizar al hombre que seguía tus pasos; porque eso provocaba el ron en sus crudas: una especie de paranoia imposible de controlar. Cero control esquina con terror. Pero cuántos amigos hice. Ninguna otra bebida tiene ese jalón, o esa convocatoria, si hemos de hablar como sociólogos. Nunca vi nadie que le hiciera mala cara al ron. Sacabas el frasco y de inmediato se formaban los gorrones como si fueras a repartir billetes. A todo mundo le encanta. Algo tiene el ron de alegre y desenfadado, de incitación a la hueva y al desmadre. Y tal vez también por eso, cuando menos la mayoría de las veces, las consecuencias de beber ron son terribles. Al día siguiente se suda ron y andas dejando un aroma levantamuertos por donde pases. Pero no sólo eso. Como además de beberse con coca, un trago de ron equivale a una cucharada de azúcar, la cosa es que el estómago empieza a crecer y los cachetes y los párpados se hinchan; lo cual está muy bien cuando se bebe por encima de prejuicios bobos y se asume la condición del bebedor hasta las últimas. Pero por regla general los seudorroneros se arrepienten, y a la vuelta del tiempo se les olvida cómo el ron levanta el ánimo y pone cachondas a las mujeres. Por su efecto dulcero, el ron se trepa de volada. Mejor llegarle a los rones jamaiquinos que a los nacionales. Y, si es un buen ron, habrá que llegarle sin coca, en las puras rocas.

Tequilero. Digamos que fueron cinco o siete años durante los cuales no bebí más que tequila. A todas horas y con el menor pretexto (siempre he sido fresa y no soy capaz de beber si no hay un motivo de por medio; que las causas para beber se localizan más fácilmente que las estrellas en el cielo). Entonces ser tequilero tenía su chiste. Había ahí algo de rebeldía, de barbarie, de romperle su madre a los convencionalismos. El tequila se consideraba una bebida vulgar, de albañiles. Propio de gente sin educación. De ese nivel. Antes, por supuesto, de que el precio del agave se fuera hasta el cielo y de que se apropiara de la mesa de los exquisitos. El único tequila que consumía —hasta donde era posible; muchas veces no lo había— era el Siete Leguas. Sin ninguna enfermedad que me impidiera beber a mis anchas, el tequila siempre me dejaba un buen sabor de boca. Aunque bebiera más allá de la cuenta, las crudas resultaban no nada más nobles sino incluso benignas; pues bastaba con aspirar y exhalar profundamente para que la resaca tequilera descansara su mano sobre ti y te diera una especie de caricia sutil y evocativa. Pero el tequila tenía un problema: que las mujeres preferían —estoy hablando de hace treinta años— beber otra cosa. Las chavas que le llegaban al tequila se contaban con los dedos de la mano. Los pretextos se contaban por miles, pero el más socorrido era aquel de que para mí es demasiado fuerte, prefiero otra cosa, gracias; lo cual era más una idea preconcebida que una realidad, porque en el fondo el tequila nunca ha sido tan violento. Por cierto, dicen que hace bien, al punto de prevenir enfermedades. Y en algún momento de mi vida tuve oportunidad de comprobarlo: mi abuelo tomaba todos los días su caballito de tequila antes de comer. Vivió 89 años, y sólo hasta el final de su vida su salud se vino abajo.

Whiskero. Compraba mi frasco de Cutty Sark, llenaba mi anforita y era algo así como el genio de la lámpara maravillosa. A todas partes iba conmigo. Algo tiene el whisky de civilizado que se siente rico beberlo aun en las circunstancias más inhóspitas o descabelladas. Como que la jarra con whisky faculta de cierta probidad. No cabe duda que los elíxires etílicos vienen acompañados de un aura. Tomas whisky y hablas con corrección. La conjugación de los verbos irregulares se te facilita de forma asombrosa. La sintaxis se desenreda y aquellas frases antes abstrusas y pegajosas, ahora suenan musicales y perfectamente hilvanadas. Lo único malo del whisky es el vómito. Se anuncia con un hilito de saliva que te empieza a escurrir por la comisura izquierda, y que va tornándose cada vez más constante y difícil de controlar, y que termina por, literalmente, volver el estómago y arrojar todo lo que se tenía dentro. Es como si aquella elegancia de pronto mostrara su peor cara.

Vinero. Es lo que soy ahora. Religiosamente, todos los días bebo mi vino tinto. Media botella es suficiente para conciliar mi espíritu y exaltar mi imaginación. Desde que descorcho la tella voy sintiendo el hálito de la embriaguez. Todo parece encaminado a ese punto. Tantos años vividos, tantos tragos acodado en la barra o sentado ante una mesa de noventa por noventa, con amigos o solo, con mujeres o solo (amigas nunca he tenido); tantas tonterías dichas, tantos enamoramientos, tantas lágrimas, todo parece ir dirigido a la aspiración de ese vino recién abierto. Y enseguida a su deleite. La pregunta es: ¿hay que pasar antes por tanta inmundicia?

Vodkero. Me acompaña a todas partes porque no deja aliento a trago. Pasa algo muy extraño con el vodka: es una bebida noble, que no se trepa con violencia sino sutilmente. La bebo en los momentos más inesperados. Ahora viene a mi cabeza la vez que mi hijo León Ricardo hizo su primera comunión. Todo era alegría y arrobo, aunque sin exagerar. Yo estaba tan contento, que me metí al confesionario, abrí aquella anforita que puso en mis manos una mujer que para darme gusto no usaba ropa interior, y bebí. Cuando menos cinco tragos decendieron por mi garganta. Salí iluminado. Si hubiese bebido tequila, mi mujer se habría dado cuenta y toda aquella alegría se habría venido abajo.

Chelero. Nunca he tenido vicios de preparatorianos.

Texto de los jueves

Cuento

La disyuntiva

Voy conduciendo mi auto a 140 kilómetros por hora sobre Paseo de la Reforma. Según el digital del tablero, son casi las tres de la mañana. Para ser exactos, las dos 45. Estoy brutalmente alcoholizado. Le pido a Jesucristo que me proteja del alcoholímetro. Es lo único que me importa. Lo demás me vale madre. Paso volando el rojo. A lo lejos la avenida luce plena. Mortalmente iluminada para mí. Y larga. Para violarla.

De pronto descubro una patrulla. Trae la torreta encendida. Y la sirena. Se pone exactamente atrás de mí. Escucho voces amenazantes pero apenas distingo lo que dicen. Que me orille. Que disminuya la velocidad. Que me detenga. Qué sé yo.

Se me revela la oportunidad del siglo. Veo ante mí la Y entre un carril y otro. La disyuntiva. ¿Sur o norte? ¿Izquierda o derecha? Es el cruce entre Paseo de la Reforma y Periférico. Para Satélite o para Cuernavaca. La patrulla viene pegada a mis espaldas.

A la izquierda o a la derecha. Mi padre tuvo esta disyuntiva. Era funcionario en el gobierno de Calderón. En Cultura. Había gente arriba de él y gente abajo. Estaba con la derecha. Con la más hedionda y repulsiva derecha. Él mismo traía el tufo conservador. Pero de pronto las palabras del candidato a la presidencia de la oposición le dieron un giro a su vida. Lo convencieron. O lo conmovieron. No sé qué decir. Y él ya no supo qué hacer. Su pensamiento, su imaginación, todo se inclinó hacia la izquierda. La repulsa que en un momento había sentido por la izquierda, dio un viraje y se transformó. Empezó a estar de mal humor. Como diciendo qué he hecho de mi vida. Soy un pendejo. De plano ya no se hallaba. Todo le parecía insoportable. Todo le caía en la punta del estómago. Llegué a verlo vomitar. Mi madre estaba preocupadísima. Lo llevaron al médico. Estaba de mal humor las 24 horas. Como si lo persiguiera un perro rabioso. Conmigo y con mi madre se volvió áspero como una fibra metálica. Nos mandó llamar y nos dijo. Me equivoqué. Soy un hombre de izquierda. Me eché a reír. Mi madre guardó un silencio impenetrable. Voy a renunciar. Adiós a la mierda. Ha surgido en mí otro hombre. Ni modo. Así es esto. Espero que me comprendan. Si me apoyan o no, lo dejo a su criterio. Mi mamá quería decir algo. Pero se contuvo. Pasó del silencio a la complicidad. No tengo que decir que se hizo un escándalo político. Los periodistas comenzaron a asediar a mi padre. ¿Cuál era el motivo de fondo? ¿Por qué había tomado esa decisión, qué había detrás? Pero lo peor fue cuando ofreció una rueda de prensa, y soltó la sopa. Es de imaginarse el ridículo. Según me enteré, los periodistas estaban muertos de risa. Lo cabulearon. Se rieron de él en sus narices. Pero él salió muy digno. Sin voltear hacia atrás. Ni qué decir de mi madre, a quienes sus amigas, las esposas de los funcionarios, la trataron como apestada.

Faltaban menos de 200 metros para tomar una decisión. La patrulla aceleró y disminuyó la distancia. Delante de mí, a unos cuantos metros, tenía el camino. O mejor que eso, el mundo por delante. Una maniobra equívoca podría hacerme perder el control. Podría volcarme. Quebré el volante hacia la derecha. La patrulla hizo lo mismo. Pero en el último instante giré hacia la izquierda. La patrulla siguió hacia la derecha. Sostuve la velocidad. Había tomado la decisión correcta. La patrulla se amarró. Hasta donde estaba alcancé a escuchar el amarrón. Pero demasiado tarde. Los muros del paso a desnivel me devolvieron el rechinar de aquellos hules.

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