Texto de los jueves

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Algunos amigos muertos

1) Arturo Román. Hermano de hermanos. Tuvo todo para ser un desdichado, y no lo logró. Le sobraba lo que a otros les faltaba. Antes de los 22 años, que fue cuando murió, tenía más fe en su futuro desdichado que en sus zapatos florcheim. Era tan culto como buen conversador. Aun de joven, solía atraer las miradas femeninas. Se divertía leyendo los clásicos mexicanos. Entonces me decía, tienes que leer a Carlos Fuentes. Nadie me hace reír tanto como él. Es pedante y estúpido en la misma medida. Una semana antes de que lo mataran, me esperó en la puerta de donde yo vivía. Se quitó el saco y me mostró su camisa ensangrentada. “Me quisieron matar”, dijo. Pero aún no viene al mundo el que acabe conmigo. Murió violentamente. A golpes. En Córdoba, donde había ido a una fiesta de su abuelita. Aun escucho en mis oídos: “Ven, Eusebio, vamos a divertirnos”. Y no fui.

2) Ricardo Bonada. Fue el primero que tuvo coche. Un Rambler blanco. Se burlaba de todos con ironía y desparpajo. Para él, dichoso él, no había nadie que mereciera clemencia ni respeto. Era feliz masturbándose delante de nosotros. Con una sonrisa en la boca, nos mostraba los calzones que les arrebataba a las mujeres. Y nos los daba a oler. Luego de describirnos las tetas de aquella hembra. Y sus piernas. Y su culo. Era un presuntuoso empedernido. Se fue a trabajar a Monterrey —lo que significó su muerte prematura. En un Mustang último modelo me llevó hasta la parte más alta de la ciudad.

3) Enrique González Phillips. Violinista. Hijo de Enrique González Rojo. Con él, sólo era posible vivir a la orilla del abismo. Asomado en lo que sería tu futuro. Bebíamos bestialmente. Y hablábamos de Brahms. De Paganini. De Beethoven. Las mujeres lo admiraban. Lo idolatraban. Lo adoraban. Todas ellas mujeres bellas y cachondas. Apenas Enrique se daba la media vuelta, yo iba sobre ellas. Ya me las había dejado calientitas.

4) Luis Ignacio Helguera. Tan intenso como híper fresa. Pedérrimo, nos pasábamos horas hablando de Mozart y de Prokofiev. El alcohol era la red donde caímos para protegernos del golpe despiadado de la vida. Siempre le dio miedo vivir más allá de la cuenta. Le tenía pavor al centro de la ciudad de México. Pero evocar a su tío Guillermo Helguera, primer violonchelista de la Sinfónica Nacional, lo llenaba de satisfacción. Nos metíamos a cantinas arrabaleras del barrio de San Ángel a escuchar cuartetos de Beethoven, que poníamos en su grabadora. Era amigo de la mafia cultural. Salvador Elizondo y Octavio Paz, entre los suyos.

5) Jorge Salmón. Poeta y abogado. De Zacatecas. Organizaba presentaciones para que yo fuera a Zacatecas. Él pagaba todo: avión, hotel y viáticos. Y tragos. Que cargaba a su cartera. Nunca se dio por satisfecho. Aunque jamás acepté, me invitaba a quedarme en su casa. Vivía en la parte más alta de Zacatecas. Conocía cada rincón de su ciudad. Más de una vez, la recorrimos. Enfermo del corazón, solía describirme el paso entre la vida y la muerte. Le sobrevive su esposa Georgina, a quien nunca más he vuelto a ver.

6) Ricardo Lugo. Aunque siempre fue un chamaco, lo quise mucho. Intenté encaminarlo por la concordia y la armonía, pero se ganaba la animadversión. Se decían de él cosas atroces. Y no porque presumiera de sus enfermedades venéreas. Decía que tomaba mucho, pero no era cierto. Con un par de tragos se daba por vencido. Intentó escribir, pero no era más que la imitación de otras voces. Murió apuñalado en las calles de Doctor Atl. Dios lo tenga en su santa gloria.

7) Julio Derbez del Pino. Amigo y mecenas. Me encargaba proyectos editoriales con el único fin de que yo saliera de pobre. Porque vaya que si era un hombre generoso. Chiapaneco recalcitrante y lector de Sabines, solíamos platicar de mujeres y de literatura. Le leía cuentos, y él me leía fragmentos de la novela que estuviera confeccionando en ese momento. Padre amoroso, veía en sus hijos la fuente del conocimiento. Era una maravilla comer con él. Inequívocamente, pedía el mejor vino para mí.

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Impresiones vitales (14)

Violencia en la UNAM

1) La indignación y el miedo se han apropiado de la UNAM. Lo mismo los grupos de choque que los vándalos la tienen en la mira. Punto neurálgico de la crisis política en México, los enemigos acres del entendimiento, que es decir los partidarios de la violencia, ultrajan la UNAM para sembrar el terror. Precisamente este sábado por la mañana, dos gorilas balacearon a jóvenes universitarios que vigilaban el auditorio Che Guevara. No mataron a nadie pero sí hirieron a dos. Además de matar a tiros a la perra de uno de ellos. Querían huir en su automóvil, pero los estudiantes lo impidieron. Regresaron en la noche del mismo sábado por el auto, se lo llevaron y lo incendiaron en la avenida Insurgentes. Para quemar toda evidencia.

2) La violencia genera pánico. La voz del miedo se corre como reguero de pólvora en los lugares frecuentados por el hombre de la calle. Tal como se vivió en el 68. Que había un espanto generalizado. Nadie está a salvo. La vulnerable paz está a punto de destruirse en cualquier minuto. De pulverizarse como voluta de humo. ¿Dónde quedan las medidas del Estado para beneficiar a los más necesitados? Carecen de importancia ante la violencia. Los progenitores quieren que se haga justicia. Los funcionarios regurgitan discursos para fingir una autoinmolación que nadie cree. ¿De verdad les afecta ver al país caerse a pedazos? ¿De verdad les duele que México se desmorone día tras día como un rompecabezas que se fracturara hasta un grado siniestro?

3) Yo en lo personal odio las redes sociales. Tengo mi blog, pero carezco de twiter, de feis, y de cuanta mugre me pongan por delante. Pero ésa es una cosa y otra muy distinta no reconocer la importancia mediática. Cuidado con la venganza suscitada a través de las redes. Porque la reacción crece como un Paricutín incontrolable. Y con la misma celeridad se desparrama por el mundo. En el 68 no había Internet, y de la noche a la mañana se sabía en todo el planeta de la violencia militar perpetrada en México. Es de esperarse que lo mismo acontezca en este tiempo. Y aun de forma instantánea. ¿Le importará al gobierno el daño que esta violencia puede causarle a su cada vez más desgastada imagen?

4) Uno pensaría que la violencia es cuestión de moda. Que de pronto matar se pone de moda. Herir, golpear estudiantes. Como vestirse a la usanza de los chicos condechi. Que provocar terror no es grave sino cuestión de gracia.

5) ¿Hay la literatura del horror político? Seguramente. En este momento acaso se esté gestando una novela que le dé la vuelta a la literatura mexicana. Que denuncie. Que increpe. Que llame a las cosas por su nombre.

6) Quien tiene un hijo no puede considerarse a salvo. La violencia activa la rebeldía que cada hombre lleva dentro. Ejercer la protección es un derecho humano tan alto como el amor a la libertad. El hombre viejo protege a los suyos. Sabe que a eso vino al mundo. Es capaz de tomar un arma y salir a la calle con tal de luchar por los miembros de su sangre. Sabe que cada minuto su hijo, sus hijos están en peligro. Y no puede permanecer con los brazos cruzados. Morir de un balazo se dice fácil. No son más que cuatro palabras. Cargadas de maldad. De inequidad. De injusticia.

7) Se incendia una puerta. Se incendia una unidad de transporte público. Se incendia un automóvil. Quienes lo hacen saben exactamente la fascinación que provoca el fuego en la conciencia colectiva. Es un primer paso hacia el fascismo. Pero eso sí. Que la venta multitudinaria por el insoportable buen fin no se detenga. Que la gente compre más. Y más. Y más.

8) ¿No hace falta un líder que ponga los puntos sobre las íes?

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Impresiones vitales (13)

Vecindad de la violencia

1) Da miedo este país. ¿Hacia dónde vamos? Uno crece con la sangre patria en las arterias. Y de pronto la violencia se sale de control. Brota de las alcantarillas. Impunemente. La gente prefiere cerrar los ojos. Las mujeres temen por su prole. Los hombres, por su prole y por ellos mismos. Como están las cosas, cualquiera puede morir en cualquier momento.

2) Los grupos de choque son grupos de vándalos. Entrenados. Capacitados para sembrar el pánico. Para eso vinieron al mundo. La oferta de sicarios tiene que ver con el desempleo que priva. Nada más es cosa de poner contra la pared a un padre de familia. ¿Prefieres que tus hijos pasen hambre o incorporarte a un grupo criminal? Que ése nombre y no otro merece aquella cuadrilla adiestrada en el arte de matar. De causar terror.

3) Las puertas son símbolos. Símbolos de seguridad. Símbolos de paz. Por eso las puertas de Benvenuto Cellini son clave. Tras la puerta una familia se protege entre sí. Cuando Juan Rulfo estaba en su casa, él se encargaba de abrir si alguien llamaba. Lo sé porque él me lo dijo, y porque en Jalisco es vieja costumbre. Por algo los bárbaros lanzaron aquel bazukazo contra la puerta de la preparatoria en el 68. Por algo, los inclementes incendiaron una puerta del Palacio Nacional la noche de este sábado. Saben perfectamente el impacto que provocan. Incendiar una puerta del Palacio Nacional equivale a incendiar el alma. En este caso el alma de México. El incendio de la unidad del Metrobús fue cosa de niños si lo comparamos con el incendio de una puerta histórica.

4) ¿Quién puede detener la violencia? Si lo que hacen los señores presidentes es exacerbarla con el matamoscas de las fuerzas de choque. ¿Quién puede detener la violencia? Si lo que hace la prohibición oficial de las drogas es legitimar la ola de criminalidad. ¿Quién puede detener la violencia? Si las personas caminan en la calle rogando la protección divina.

5) Hubo una época en que matar era cosa grande. Pese a lo que diga el cine hollywoodense, nadie merecía morir. Las personas merecían vivir. La vida se cotizaba. Cada minuto de vida era una pepita de oro en el aire. Se mataba por las pasiones de que hablaba Sófocles. De que hablaba Dostoievski. Matar era un acto sagrado. Una pasión habría de empuñar el arma. Como la venganza. Como los celos. Como el odio. Se le inculcaba a los hijos el respeto a la vida. Lo demás venía por inercia.

6) Cuando alguien moría en el seno de una familia, todo mundo lo hablaba. ¿Qué habría hecho aquella persona para merecer la muerte? Se desanudaba un clima de miedo. Porque la muerte era cosa temible. Y terrible. Cuando se pronunciaban aquellas palabras de Dios me ampare, lo que en el fondo se estaba haciendo era invocar la protección a que cualquier hombre se sentía con derecho.

7) Hechos como el incendio de la puerta de Palacio Nacional revelan una situación de caos. De anarquía. La gente tiene derecho a manifestar su descontento. Pero no a costa de provocar pavor, alarma y sobresalto. Porque atrás de ese grupo siempre habrá quien se manifieste con mayor ira. Con furia desatada.

8) El día de mañana quedará en la historia de este país la solidaridad entre los familiares de los asesinados. Como huella de que México tiene salvación.

9) No todo es violencia. Esta tragedia —¿o cómo se le llama a la ejecución de 43 víctimas?— tiene su lado chocarrero: la cara de José Luis Abarca. Dueño de un rostro que ni Lovis Corinth habría podido columbrar, acaso sirva como modelo para los diseñadores de películas chuscas de animación.

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Impresiones vitales (12)

El arte de escuchar música

1) Cuando se escucha música se avista la paz interior.

2) Existe la música que causa una suerte de exacerbación de la sensibilidad. Como un herpes que recorriera de un extremo al otro la columna vertebral. Por ejemplo, la llamada música concreta. O, digamos, la música tropical. Cuando se la oye, las terminaciones nerviosas se excitan, y el cuerpo se dispone a expresarse en movimientos rítmicos y sincopados, podría decirse que de modo independiente de la voluntad de quien la escucha.

3) La música pone en contacto lo mejor de las personas que la escuchan en forma simultánea.

4) Cuando se escucha música, el sentimiento amoroso se manifiesta sin dilación. Por ejemplo, a través del baile la música se encarga de aproximar a aquellas dos personas que se gustan y se desean. Tensa su sistema nervioso, y los hace imaginarse uno en brazos del otro. Al ritmo de la música, el varón toma el talle de aquella mujer y la atrae hacia sí. De lo que sigue, no se puede culpar a la música.

5) ¿Cómo articular la música?, se pudo haber preguntado John Cage —nunca Johannes Brahms. ¿Cómo imbricar un silencio con el otro, una frase con la siguiente? La respuesta es inefable, y no corresponde a estas líneas. Pero acaso la música, sus redes, se articulen como la urdimbre que ante nuestros ojos teje en silencio aquel hombre concentrado en su trabajo. O como los caminos que urden las hormigas para retornar a casa. O quizá como los hilos de agua que se enmarañan en la ventana luego de una tarde lluviosa. O simplemente como dos almas desdichadas que busquen un poco de comprensión.

6) La música que bailan las mujeres alegres se las dicta el corazón. Es el vestido que se ponen para que el hombre las valore. Es el vestido que sólo se distingue de noche, y que aumenta su valor conforme la falda sube. Las mujeres alegres van por el mundo y de pronto las detiene aquella música. Es la que escuchaban en el regazo de su madre, cuando la vida parecía colgar al alcance de la mano. Es la música con la que arrullan a sus bebés, cuando el tufo de la noche las marea.

7) Sólo en la música hay niños prodigio. Como si ése fuera el precio por la belleza, porque desaparecen pronto. La música es el río de que hablaba Heráclito el Oscuro: nadie se baña dos veces en la misma sinfonía. También es pasión invicta, lenguaje de tigres, raciocinio en que priva el encantamiento. Pero dio todo en cinco siglos. No tiene antes ni tendrá después. Porque es adusta e imprevisible, ajena a la voluntad del hombre, su creador. En ese proceso misterioso que significa la creación, la música es lo primero, al lado de los insectos, las estrellas y los ojos. E irrepetible. No habrá otro Mozart, por la misma razón que no habrá otro Zeus.

8) Algo acontece en los escritores atravesados por la música, imposible de dilucidar. No se sabe si aman la música aun más que la literatura. Si son felices escuchando Schumann o desventurados. Pero cuando escriben acerca de la música la pasión los sobrepasa. Como cuando un niño habla de sus canicas. O un anciano de su juventud. Entonces las insulsas tramas se transforman en épicas de corte homérico, y los enredos coloquiales y cotidianos en nudos shakesperianos. Algo tiene la música que vuelve astutos a los irrelevantes, e inofensivos a los viejos lobos. Habrá que leer a Thomas Bernhard, Jakob Wassermann, Stendhal… William Clark Styron. Y a Romain Rolland. Y por supuesto a Alejo Carpentier —¿o dije Thomas Mann, o Stefan Zweig?

Texto de los jueves

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500 palabras

1) Cada vez estoy más cerca de odiarme a mí mismo. Me desprecio. Me subestimo. Me ninguneo. Procuro salir lo menos posible del cuarto donde vivo. Salgo nada más para dar mis clases. Vivo en medio de la suciedad más abyecta. La mujer que visita mi cama, suele criticar mi podredumbre. No me comprende. Quiere verme desde su óptica burguesa. Nadie más lejano de un triunfador que yo. Los hombres de éxito no tienen nada que ver conmigo. Soy un gusano que se arrastra por la superficie de la piel humana. De quienes tienen un ápice de fe en mí. Siempre intento abrirles los ojos a estas personas. El país se está cayendo en pedazos. Con qué ánimos tienen fe en mí. Lo ignoro. Dejen en paz a este pobre diablo. Y córranle a manifestarse por su patria.

2) Lo único que eleva mi espíritu es la música. Doy cursos donde Beethoven es la equivalencia del alcohol. Porque sólo en Beethoven y en el alcohol encuentro el aliciente para seguir vivo. En las personas que me rodean sólo encuentro un poco de piedad. De conmiseración. Tratan con más caridad a su mascota. Y están en su derecho.

3) Ayer me metí a beber a un tugurio que navega con bandera de restaurante. Era de noche. Todo lo que pedía se había acabado. Había dos mujeres bebiendo cerveza en la mesa de junto. Me puse de pie y les invité un trago. Las dos me miraron, se miraron y dijeron que no. Gracias. Que esperaban compañía. Me asaltó entonces un temor. Una suerte de instinto de venado cuando sabe que se lo pueden comer las fieras. Regresé a mi mesa. Y me robé el cuchillo. Tenía que cruzar la calzada de Tlalpan por abajo. Por esos túneles que van de un extremo al otro.

4) Además de mis talleres de creación literaria y cursos de apreciación musical, coordino un círculo de lectura. Nos reunimos el último miércoles de cada mes. Leemos una novela y la comentamos. Aprovecho para leerle al grupo un cuento y poemas. De tantos autores como moscas hurgan en mi arroz. Desde luego, dejo mis autores favoritos. Dostoievski. Salinger. Capote. Revueltas. Chéjov. Releer es uno de los placeres punzocortantes más eficaces. Solamente en una relectura se descubren los secretos de un libro. O de un cuento. O de un poema. Siempre quise escribir un poema. He escrito algunos. Sobre todo para mujeres. Y para el alcohol.

5) El alcohol se filtra entre lo versos. Los raspa. Hasta hacerlos que sangren. El alcohol es una bendición. Te abre los ojos. Y los oídos. Beethoven se aprecia más cuando de la sangre bulle el alcohol. Lo mismo acaece con Panait Istrati. Y con unos cuantos más. También entre los músicos acontece esta brutalidad. Son pocos los músicos que nos sacuden el alma. Beethoven. Mozart. Brahms. Schubert. Schumann. Tchaikovski. Dvorák. Hay quienes se percatan de que tienen el poder del arma y la ocultan. Se vuelven fresas. Como Stravinsky.

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Impresiones vitales (11)

Gustav Mahler I/II

I

Para muchos, Thomas Mann —el autor de Doktor Faustus, novela a caballo entre la música y la literatura— es un arrogante sin corrección. No lo conocen. En septiembre de 1910, le escribió a Mahler: “Esta tarde en el hotel fui incapaz de expresarle cuán profundamente le agradezco a usted la impresión que recibí el 12 de septiembre [se refiere a la Octava Sinfonía]. Es para mí una imperiosa necesidad ofrecerle al menos alguna pequeña muestra de mi reconocimiento, por lo que le ruego que acepte usted el libro —mi último libro— que le envío adjunto [se refiere a la novela Su alteza real]. Ciertamente es una pobre compensación por lo que recibí, una mera insignificancia para el hombre que, según creo, expresa el arte de nuestro tiempo en la forma más profunda y sagrada. Sólo es una fruslería. Quizás pueda brindarle un pasable entretenimiento durante una o dos horas de ocio. Con la mayor consideración”. Es de imaginase el prestigio de Thomas Mann, que ya tenía en su mesa de trabajo el borrador de Muerte en Venecia, y que se postró así ante Mahler.

II

Seguramente Mahler es considerado un genio equidistante de todo. Hombre mesurado, aparentemente no era proclive a dejarse llevar de arrebatos que la sociedad vienesa de principios de siglo concebía como vulgaridades del alma —y que menos admitiría en un director de orquesta. Se le ubicaba, y esta reacción se esperaba de él, que fuera tan previsible como el día sucede a la noche. Pero en realidad su aspecto de gentil burgués no reflejaba lo que acaecía en el interior de ese hombre que llegó a concebir la sinfonía como la totalidad de que alguna vez habló Scriabin.

Cuando menos había dos polos que lo atraían por igual, y que de alguna manera se refleja en sus autores favoritos: Nietzsche y Dostoievski. Cuán lejanos estos hombres de letras de la vida sensata que muchos hubieran querido para Mahler. Porque él mismo no era así. Lo cautivaban los extremos. Y en ese sentido es totalmente romántico, o acaso post-romántico. Por una parte, bien podría encarnar él esta actitud del que por religión entiende fanatismo, y no referido a que fuera un seguidor irrestricto de los preceptos religiosos, sino más bien a la actitud del individuo que vive cada día apresuradamente, a cuyo servicio pone todo su ser, hasta la última de sus terminaciones nerviosas. La muerte lo atraía con idéntico ímpetu. Cualquier cosa que despidiera el tufo de la muerte lo trastornaba, y más que eso. Alma Mahler solía contar que en alguna ocasión, desde el piso 11 del Waldorf Astoria donde se hospedaban en Nueva York, les tocó presenciar el funeral de un bombero. Que por delante iba el cuerpo del héroe muerto en las llamas. Que Mahler no solamente entró en un estado de agitación umbría, sino que además utilizó el toque de tambor —que rubricaba el sepelio—en su décima sinfonía. Pero lo cierto es que nunca pudo reponerse de esa impresión. Lo había obsesionado como si hubiese visto en el bombero una suerte de personaje emblemático, que en realidad es la otra cara de la muerte.

Había otro elemento que lo inquietaba como una piedra la superficie del agua donde es arrojada. Era el misterio al que están sujetas las cosas en la vida. Intuía una fuerza atrás de ese misterio, pero no dejaba de ahogarse en sus consideraciones. ¿O no es este misterio, esta aura innombrable lo que permea, digamos, gran parte de su producción musical, si no es que toda, pero muy en particular el primer movimiento de su décima sinfonía, el célebre Adagio? Más allá de la adjetivación que se prefiera, hay una emoción indescriptible en las secuencias narrativas/ musicales de Mahler.

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Beethoven y Goethe

I

Beethoven odiaba las reacciones sentimentalistas de las personas cuando escuchaban su música. Se cuentan muchas anécdotas en este sentido. En Berlín tocó el piano para la crema y nata de la aristocracia alemana —cuando se sentaba ante el instrumento, más que tocar improvisaba. La música brotaba de sus manos como el agua del manantial, y no había alma que pudiera sustraerse al influjo de la belleza de su sonido. Aquella vez, cuando terminó, esperó la reacción del público. Después de unos segundos, volvió la cabeza. Allí estaba toda esa gente, con pañuelos en la mano enjugándose las lágrimas. Azotó la tapa del piano, y gritó a voz en cuello: “¡Yo tengo la culpa por componer música para cerdos!”. Y más todavía. Estando en el balneario de Baden para someterse a una de las curaciones que le ordenaba su médico para aliviar su sordera, se topó allí mismo con Goethe, el más grande poeta alemán. Beethoven lo admiraba muchísimo —es muy fácil ponerle música a sus poemas porque en sí mismos contienen la música celestial del alma, le escribió cuando le hizo llegar siete poemas que había musicalizado y que Goethe, fiel a su costumbre, había desdeñado—, y la sola vista de Goethe, en la administración del balneario, provocó en él una reacción espontánea. “Venga usted a mi habitación. Tocaré para usted”, le dijo, y Goethe acudió presuroso. Se dice que Beethoven se sentó al piano, y que tocó con todo su poder. Cuando terminó, le preguntó a Goethe que opinaba de su música, y el poeta, el sabio, el erudito, se limitó a responder: “Su música es… encantadora”. Beethoven estalló. “¿Es todo lo que puede decir? Me paso más de 40 años soñando con tocar para Goethe ¿y es todo lo que puede salir de su boca? Señor, la música debe hacer saltar el fuego del espíritu”. Y prosiguió, ante el desconcierto de Goethe, que dificultosamente trataba de disimular las lágrimas: “La mayor parte de la gente se emociona por algo hermoso, pero es porque no tienen naturaleza de artistas. Los artistas son de fuego, no lloran”. Y ya entrados en gastos, las cosas no mejoraron para Goethe. Al día siguiente, el compositor y el poeta decidieron improvisar un paseo por los corredores del balneario. Que se toparon con muchos visitantes al balneario que se descubrían ante el paso de los artistas. Y que entonces Goethe comentó: “Me fastidia tanta gente que me saluda”, a lo que Beethoven repuso: “No se mortifique, excelencia, que tal vez no lo saluden a usted sino a mí”. Y allí estaban aquellos pasillos que la realeza solía recorrer. Y en efecto, aquella mañana la nobleza y los artistas coincidieron en el mismo camino; aunque en sentido contrario. Cuando Beethoven avistó al grupo —que caminaban tan cordialmente, el señor emperador, la señora emperatriz, el archiduque, la princesa, el conde— le dijo a Goethe: “¡No se me despegue! Deben ellos hacernos lugar, nosotros no”. Pero naturalmente que Goethe se despegó para dejar pasar a la comitiva. Se hizo a un lado y se quitó el sombrero. Beethoven, con las manos a la espalda, arremetió contra el grupo, que terminó quitándose para que él pasara. En cuanto lo hizo, le increpó a Goethe: “Usted no debe mostrarse así. Usted hace mal. Sería mejor que les dijera francamente todo lo que piensa. De otra manera, ellos no aprenderán nada. No hay una princesa que reconozca al Dante, a no ser que le apriete el zapato de la vanidad. ¡Yo los trato de otro modo! Usted puede muy bien colgarle a alguien una orden honorífica: con eso el individuo no habrá mejorado ni el espesor de un cabello. Puede usted fabricar lo que sea, pero nunca podrá fabricar un Beethoven, un Goethe”.

II

La soberbia, entre otras cosas, le impidió a Goethe valorar a Beethoven en todas sus dimensiones. Ni aun después de muerto Beethoven, Goethe hablaba de él; ni permitía que nadie lo hiciera, cuando menos en su casa. Detestaba las maneras bruscas del músico genial, así como su falta de diplomacia. Bettina Brentano fracasó en su intento de unirlos. Amante de ambos, enaltecía la figura de Beethoven ante Goethe, favorito de la corte —Beethoven, en cambio, había admirado a Goethe toda su vida. ¿Soberbia o envidia?

¿Por qué Goethe no comprendió a Beethoven, si amaba la música? Me lo pregunto cuando leo este poema, que el poeta alemán escribió en su más clamorosa vejez: “¡La pasión trae sufrimiento! ¿Quién apaciguará al corazón oprimido, cuando lo ha perdido todo? ¿Dónde están las horas, que tan pronto han volado? En vano tenías destinada la suerte más bella… Turbado está el espíritu, confusa la voluntad. El augusto mundo, ¡cómo se escapa de tu abrazo! Flota súbita, en el aire, una música con alas de ángel, que enlaza las melodías a las melodías. Penetra el ser, de parte a parte, lo colma y lo hace desbordar de belleza eterna. Los ojos se empañan, y reconocen, en su más alta inspiración, el precio divino de de los cantos y de las lágrimas. Y el corazón aliviado repentinamente advierte que vive todavía, que late, que si quisiera seguir latiendo para darse él mismo en un agradecimiento puro a la generosidad que con él se tuvo. Así fue la revelación —¡oh, que sea para siempre— de la doble felicidad de la música y del amor!”. Goethe escribió este poema en 1823 (el poeta murió en 1832, a los 83 años), luego de escuchar a la pianista polaca María Szymanowska. Proclive a ejercer el enamoramiento como punta de lanza, vio en aquella mujer la promesa del amor más sublime. Porque Johann Wolfgang Goethe había hecho de la música y de la mujer sus seres aliados. Músico él mismo, no pasaba un día sin que pusiera las manos al piano. O mejor aún, mandaba por alguno de sus múltiples amigos intérpretes (o bien compositores) para que deleitaran sus horas. Pero según testimonios que se conservan en cartas, el nombre de Beethoven no se pronunciaba delante de él ni mucho menos se tocaba su música —por una excepción, lo llegó a hacer el joven Mendelssohn ante la reprobación de Goethe.

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