Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (6)

1) Sea. Con una mujer de por medio. O con un mezcal de por medio. Lo demás da igual.

2) He bebido tanto. Solo y acompañado. Con amigos y con enemigos. Con hombres y con mujeres. Con música y sin música. Diablos. ¿Dónde estás?

3) He exclamado este grito a todos los cielos. Y no he obtenido respuesta. Porque carezco de autoridad, como anoche. Que fui a la Flor de Valencia. Todo mundo me atendió con tanta amabilidad. Con tanto cariño. Di gracias al mundo.

4) El amor me ha provocado terribles colisiones.

5) Estoy enamorado de una mujer. Que no se esconde. Pero que se oculta.

6) Todas las mañanas escucho un cuarteto de cuerdas de Beethoven, a quien sólo los jefes aspiran. Uno de los Rasumovsky. Que hablando de los cuartetos intermedios de Beethoven me da igual de cuál se trate. Todos son intensos. Dramáticos.

7) Cada vez quiero sentir más a Beethoven. Estoy preparando mi arsenal para escribir un libro acerca de él. Ya tengo el título: Pensemos en Beethoven.

8) Se acerca el domingo 28 de septiembre. El pianista Rodolfo Ritter dará un concierto en el Auditorio Blas Galindo a la 1 y media. Por cierto ha estado muy activo últimamente. En días recientes presentó su disco del maestro Ponce. Con la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí y bajo la dirección de Zaeth Ritter grabó los dos conciertos de piano de Ponce —aunque el segundo está incompleto, se advierte el poderío musical del compositor. Y no hace poco Rodolfo Ritter tocó en San Luis Potosí el concierto para piano de Gonzalo Curiel. Este joven y talentoso pianista se ha empeñado en tocar música mexicana escasamente difundida. Pero no sólo eso. Ahora mismo estoy escuchando su cd que lleva por título Primero piano. Se trata de un disco que en sí mismo lleva la impronta de la belleza. Contiene obras de Bach en Bach en transcripción de Busoni, de Rachmaninov, de Marcello-Bach, de Brahms [me pongo de rodillas], de Buxtehude-Prokofiev, y de Bartok. Hay que acotar lo siguiente: Rodolfo Ritter es un pianista de sólida formación, dueño de una musicalidad estremecedora. Disciplinado e inteligente, se esmera en dar lo mejor de sí cada vez que se presenta en público. Poseedor de una voluntad indomeñable, arma sus planes de estudio y de trabajo acompañado de su esposa Lhu Cortés. Apenas treinteañero —o menos—, Ritter posee un carisma que, además de su arte pianístico, contribuye a abrirle las puertas. En fin. Habrá que estar en el Blas Galindo el 28 de septiembre.

9) Y hablando del Auditorio Blas Galindo, estuve ahí el pasado 8 de septiembre. Había expectativa por escuchar la Orquesta Filarmónica de Londres bajo la batuta de su director, el pianista Vladimir Ashkenazy. El programa consistió en La Ascensión de la Alondra para violín y orquesta de Ralph Vaughan Williams, el Concierto Emperador en Mi bemol mayor para piano y orquesta de Beethoven y la Primera Sinfonía de Brahms. Los solistas fueron Esther Yoo al violín y Nelson Freire al piano. Y la verdad no estuvo a la altura. Me refiero a los solistas. La orquesta se llevó la noche. Para empezar, la obra de Vaughan Williams no dura ni 15 minutos, como si fuera un Adagio. Es una pieza hermosa, pero que da la sensación de que apenas es una probada. Ni siquiera la violinista pone a prueba sus dotes musicales. En cuanto al pianista, dista mucho de ser un concertista de altos vuelos. Su arte es modesto. Sobre todo se vio en unas cuantas notas: en ese pasaje que enlaza el Adagio y el Rondo. Es como una trampa para cualquier pianista. Parece simple, y exige vaciar toda el alma. Unas notas muy beethovenianas. En fin. El público aplaude como loco, como si hubiera sido el mejor concierto del mundo. Pero es que el público se ha vuelto muy complaciente. Todo es maravilloso, increíble, bravo-bravo. Tal vez por eso la timbalista de la Orquesta del Palacio de Minería es tan espectacular, tan poco seria, tan vulgar. Se mueve como si estuviera parada en un hormiguero. Distrae y mueve a risa. ¿No habrá nadie que se lo diga?

rodolfo ritter

Carta

Carta de Goethe a Beethoven

Señor Beethoven:

Reconozco el genio en usted. Su obra siempre ha sido una referencia. Me opongo a los exabruptos de los que usted tanto se jacta. Soy enemigo de la deplorable pasión. De la exacerbación del alma. Pero reconozco que en usted actúa como un prodigio. Porque es inherente en su persona. Antes que otra cosa. Luchar contra nuestra naturaleza es una batalla perdida de antemano. Ese ímpetu es la mecha que enciende la granada, y, paradójicamente, la pólvora que estalla el cañón en nuestras manos.

Señor Beethoven: Si le escribo estas líneas no es por decisión propia, sino por intervención de una princesa que lo admira y de quien yo me sé en deuda. No digo su nombre por razones obvias.

Pero sí voy a invocar el de Bettina Brentano. Gracias a ella, usted me humilló. Aquella vez en Baden Baden, cuando nos topamos ante el cortejo real. Yo me descubrí y me hice a un lado; usted se ciñó el sombrero y se dirigió hacia el centro de la comitiva, obligando a aquellas personas de la familia real a cederle el paso. ¿Lo tiene presente? Enseguida me soltó una diatriba. Como si fuera un pupilo en edad escolar. Y estuviera para escucharle.

La bellísima y suspicaz Bettina fue la responsable de tan ignominioso acto porque se empeñó en que usted y yo nos encontráramos y cruzáramos palabras. ¡Qué palabras!

Prefiero pasar por alto los detalles del demérito.

Vuelvo a su música. Cuando el joven Mendelssohn tocó para mí la reducción de su Quinta Sinfonía, sembró en mí el desconcierto. Me sentí apabullado. No lo resistí. Sentí que se estaba cayendo la casa. No pude continuar más ahí. Me levanté y dirigí mis pasos a la sala principal. Pero ahí tampoco podía permanecer. Su música penetraba mis oídos y me trastornaba. ¿Para eso sirve la música?, ¿en lugar de provocar tranquilidad y sosiego? Le había pedido a Mendelssohn tócame a Beethoven. Quiero escucharlo. Quiero abrevar de su genio. Pero nunca me imaginé. Fui entonces a mi alcoba matrimonial. Sólo al lado de Cristiana, mi esposa, podía encontrar la paz. La ansiada quietud. Pero el piano vibraba tan escandalosamente, que no lograba quitarme de la cabeza aquella reverberación. ¡Beethoven! ¡Beethoven! ¡Beethoven! Y Mendelssohn —a quien respeto por encima de cualquier contemporáneo— que no dejaba de tocarlo con esa desfachatez que caracteriza a la juventud. Aunque con maestría.

Muchas cosas han pasado desde aquella lamentable ocasión. Más tarde me enteraría que usted le ha puesto música a varios poemas míos. No la he escuchado aún. Pero ya le comentaré. Cosa que no tuve oportunidad de hacer con Schubert. Jamás obtuvo un juicio de mi boca. Pero usted no tiene la paciencia de él. Ni la subordinación.

El tiempo ha transcurrido. La música de Ludwig van Beethoven corre como reguero de pólvora —no de agua cristalina, con perdón suyo—.

Todo el mundo quiere tocarla. Todo el mundo quiere silbarla. Desgajarla. Y como una maldición vuelvo a escuchar su Quinta Sinfonía. Una y otra vez. Una y otra vez. En las tabernas. En las plazas. En los jardines. Es una lástima que usted no sea testigo de este homenaje del vulgo. Algo que a mí nunca me ha interesado. Desconfío y sospecho de las reacciones del pueblo. Siempre hay algo de trampa. Pero en cambio sé que a usted le subyuga. Tengo entendido que inequívocamente su alma se mostraba propensa a la popularidad. A satisfacer a los enanos de espíritu.

Cada quien lo suyo, señor Beethoven. Cada quien hizo lo suyo. Lo que le correspondía hacer.

Que Dios lo guarde.

Johann Wolfgang Von Goethe

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (5)

1) En todos los talleres de creación literaria que he coordinado, he imbuido a los alumnos a que escuchen música clásica —o de concierto, o buena música, o como quieran llamarla. Por varias razones. En primer término, porque es bella. Es hermosa como los ojos de una mujer atravesada por la melancolía. Porque a través del encabalgamiento de los sonidos el alma de un hombre genera emociones. Situaciones anímicas que crecen y se enriquecen en el corazón mismo. Pero también porque a través del desarrollo de la espiral de la música es posible advertir el modo cómo el ser humano ha enfrentado su realidad. O mejor que enfrentado, dominado.

2) La música dota al hombre que escribe de numerosos recursos narrativos. Por ejemplo, basta con desmenuzar la música de Beethoven. Pensemos en sus obras sinfónicas. Detengámonos en su tercera sinfonía, la Heroica. El modo como empieza es un surtidor de emociones. Y a partir de ahí las frases se disputan el poder. Cuentan algo. Arman una historia poliédrica en la mentalidad del que escucha. Así se debe escribir. Que el lector se sumerja en el conflicto desde el arranque mismo. Justo ahí radica el atractivo del arte en general, y de la música y la narrativa en particular: en que debe provocar conflicto. Porque donde hay conflicto hay vida. Beethoven lo sabía. Beethoven nos lo ha enseñado. Prácticamente desde sus primeras obras, hay conflicto. Incluso podríamos hablar de un conflicto en otro. O de una jerarquía de conflictos.

3) La Heroica es una sinfonía que contiene toda una escalada de conflictos. Lo cual la torna doblemente, triplemente más poderosa. Los contrastes van creciendo en nuestros oídos. Y de pronto ya nos encontramos tarareándola. O silbándola. O si tenemos un tímpano más o menos permisivo y necio, capaz de reproducir melodías aun elementales, acaso nos sentemos al piano y reproduzcamos aquellas notas que han levantado a la humanidad.

4) Cuando menos vienen a mi mente dos escritores —tres, cuatro, cinco— capaces de arrebatarle a Beethoven las ideas y componer con ese aplomo: Chejov, Dostoievski, William Styron, John Fante y Jack London. Es como si tuvieran las manos colmadas de vida, y las vaciaran al momento de escribir.

5) Más sobre Beethoven. No nos suelta. Cuando lo escuchamos nos mantiene en el límite de las emociones. Bajo su música, un hombre es capaz de declarar su amor. De escribir aquellas palabras que quería expresar, y que no las había hallado en ningún extremo de este páramo llamado existencia humana. Y si es odio lo que quiere decir, entonces la música de Beethoven lo hará desistir. Con esa música tan vigorosa el odio desaparecerá. Pues el alma de ese hombre rebosará de ideas constructivas. Cuántos hombres permiten que el odio los muerda porque tienen el alma vacía. Como un bote de basura que se ha vertido.

6) La música es suficiente porque está en armonía. Aun los sonidos que se empalman, se distinguen entre sí. Y el sonido simultáneo crea nuevos sonidos. Que en última instancia es una nueva idea. Si admitimos que a cada sonido corresponde una idea.

7) Yo escucho música desde antes de nacer. Por eso escuchar la música me regresa a la placenta de mi madre. Mis padres hacían música de cámara cuando yo estaba en el vientre mi madre. Él al violín, y ella al piano. Así le hacían. Beethoven, Brahms, Mozart, desfilaron en mis oídos con más fuerza que mis propios berridos. Pocas combinaciones —mezclas— tan dulces y dramáticas como la del violín y el piano. Yo necesito la música porque la música le da armonía, orden, estructura a lo caótico. Me da estructura a mí. Impide que me suicide. Aunque beba —yo, fíjense quien lo dice—, la música impregna mi corazón de humildad, de esperanza. Nunca la literatura me dará eso.

Música

Ludwig y Bettina

Cuando Bettina se encontró ante las puertas de la vivienda de Beethoven, decidió entrar sin escuchar ninguna voz que la autorizara. La persona que le dio las instrucciones para llegar hasta el lugar de residencia del genio de Bonn, le aconsejó que lo hiciera así. Por la simple razón de que el compositor era sordo, y jamás escuchaba los toquidos. Entró y miró con profundo interés todo lo que había ante sus ojos —dice en una carta lo que vio: en la primera habitación dos o tres pianos sin patas, por el suelo; también cofres y una silla coja. En el segundo cuarto una cama que era un jergón, con una colcha liviana; una palangana sobre una mesa de pino, ropas de dormir por el suelo. Beethoven se hace esperar: se está afeitando. Es pequeño y moreno, picado de viruela, feo, pero con una frente magnífica: una bóveda noble, una obra maestra, cabellos negros muy largos echados hacia atrás. Mucho más joven que su edad—. A los quince minutos de conocerse —léase a Romain Rolland— ya eran íntimos. Beethoven no la había visto. Cuando se hubo terminado de afeitar, fue hasta el piano. Entonces ella se acercó por la espalda y le dijo al oído: “Me llamo Brentano”. Él se volvió bruscamente y vio esa linda criatura, esos ojos azorados que penetraron su pensamiento, esa ardiente simpatía, esa alma vibrante, ese entusiasmo religioso. La impresión en el corazón de la mujer, no fue menos vehemente: “Cuando lo vi, me olvidé del mundo entero. Cuando lo rememoro, el mundo desaparece”. El tiempo transcurre. Minutos. Beethoven, sentado en el borde de una silla junto al piano, toca el teclado con una mano; primero suavemente. Luego, en un instante lo olvida todo y se sumerge en un océano de armonía.

Entre los dos se establece un vínculo indestructible. Beethoven le pregunta. En forma imprudente y sin admitir dilación. Quiere saber todo de esa mujer —Bettina Brentano— que ha caído en su casa tan sorpresivamente. Como un ángel proveniente del paraíso. Él inquiere y ella responde por escrito en uno de los cuadernos de conversaciones del compositor.

Salen a caminar. Ésa y muchas veces. Se vuelven asiduos. No pierden oportunidad de verse.

Por su lado, Goethe —que está enamorado de ella, y ella de él— arde en celos. Goethe, que le lleva alrededor de 40 años —a Beethoven le lleva 20. Que encima detesta la personalidad impetuosa del compositor. Felino sin garras, se sabe de otra parcela. Y de siempre, sabe que Beethoven lo admira. Ha recibido cartas del músico, rogándole unos minutos. Que toda su vida se negó a consentir. Tiene conocimiento de los arrebatos del viejo sordo, y se avergüenza.

Alguna vez el músico quiere conocer la casa de la familia Brentano. Pero la chica guarda silencio. Inventa cualquier pretexto. Quiere vaciar por escrito la impresión que le ha causado el genio. Ya a solas escribe: “En todo lo concerniente a su arte, Beethoven es sincero y soberano, ningún artista se atreve a comparársele. Pero en lo demás de la vida es ingenuo; se le hace creer lo que uno quiere. Se ríen de él y de sus distracciones; lo explotan, rara vez tiene dinero para lo más necesario. Amigos y hermanos lo exprimen. Su ropa desgarrada. Su aspecto es de total abandono. Y sin embargo produce una impresión imponente y magnífica. Muy testarudo, no ve casi nada de cuanto lo rodea. Cuando compone está absolutamente sordo para todo lo circundante, y tiene los ojos turbios: la armonía lo colma, es insensible a las impresiones de lo exterior. Todo lazo con el mundo está roto. Así vive en la más profunda soledad”.

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (4)

1) Pasado mañana, 3 de septiembre, cumplo 63 años. Si alguien me viera, no daría cinco centavos por mí. Estoy acabado. Vivo solo, aplastado por atroces sentimientos de culpa. Que me impiden desplegar las alas y remontar el vuelo. Hombre sin dinero ni atractivo alguno, las mujeres no ven motivo para detener su mirada en mí. Y mis amigos hombres cada vez son menos. Los cuento con los dedos de una mano.

2) La única que no me abandona es la música. Doy clases de apreciación musical en el Centro Escolar Elena Garro y en la Fonoteca Nacional. Valoro estos cursos aún más que los talleres de creación literaria que coordino en el café Katsina de Tlalpan, el Reclusorio Norte, la Sogem y la Plaza Cuicuilco.

3) Todos los días escucho música religiosamente. Hago varias cosas más. Por ejemplo bebo. Por ejemplo leo un par de líneas del Eclesiastés. De los Proverbios. De los Salmos. Del Cantar de los Cantares. Del Evangelio según san Mateo. Le llevo una gran ventaja a todos los pecadores que conozco. Nadie como yo es experto en lastimar a los seres amados. Lo hago para que se alejen de mí. Para que sigan su vida por donde mejor les parezca.

4) Dos compositores significan todo para mí. Porque me proporcionan alivio y acaso ganas de vivir: Beethoven y Brahms. El concierto para violín de Beethoven es una llama inextinguible en el corazón de la humanidad. Como lo es la tercera sinfonía de Beethoven, o la cuarta de Brahms. ¿Qué sería de los hombres sin estas obras? ¿O sin los cuartetos Rasumovsky de Beethoven, o los sextetos para cuerdas de Brahms?

5) Pero hay más música a la que recurro a la menor oportunidad. Soy capaz de no ir a trabajar con tal de escucharla: las tres sonatas para violín y piano de Brahms, o los conciertos para piano de Beethoven números 3, 4 y 5.

6) Por supuesto que hay más música. Para no ir más lejos, la de mi adorado Tchaikovsky. Pocos músicos tan inspirados como él. Como Rachmaninov. Son surtidores de melodías. Y de plano no es posible gozar la música que extasía si no se la escucha con alegría y devoción.

7) El miércoles 27 se me hizo una celebración de cumpleaños en el círculo de lectura que imparto en el Pedregal de San Ángel. Me regalaron una botella de whisky Deward’s 18 años. Qué maravilla. Me concentro, escribo y bebo un trago. Uno solo. Quiero que me dure. Ojalá pudiera decir que una mujer me ha amado más de lo que dura una botella de este nivel. Ahora mismo me voy a servir un trago. Derecho. Sin nada que contamine este sabor prístino.

8) El jueves estuvieron en mi estudio los de Canal 22. Le regalé a Huemanzin Rodríguez una copia de los Cuadernos Íntimos de Beethoven. Y mi libro intitulado Amigos casi sólo de Brahms, publicado en el sello Monte Carmelo en coedición con la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Chico Magaña, poeta y artista plástico, es el editor de Monte Carmelo. No he conocido a editor tan exquisito. Lo juro por Dios. Hace de cada libro una obra de arte. Lástima de mi texto. Como libro objeto es una belleza. Pero el contenido es más repulsivo que la boca de un indigente.

9) El 31 de agosto voy al concierto de gala de la Ofunam. Llevo a mi dulce hija. Me toca escuchar La canción del destino y el Concierto para violín de Brahms. Y por si no fuera suficiente, la Novena Sinfonía “Coral” de Beethoven. Veo a gente conocida. Como a Luz María Ortiz. Que para mí es un motivo de alegría. Me pregunto si no se reirá de mí en el fondo de su corazón.

Música

Beethoven sordo

Salió apesadumbrado de aquel concierto. Seguramente era el último al que iría en su vida. Sus cincuenta y siete años parecían pesarle más allá de lo soportable. El dolor del hígado le impedía caminar como era su costumbre. Y no había médico capaz de quitárselo. El doctor que lo tenía bajo tratamiento le aseguró que primero intentarían detener la diarrea que lo estaba consumiendo día con día. Que enseguida atacaría los terribles dolores de cabeza, y cuando todo estuviera bajo control se ocuparía del hígado. En fin. Cómo despreciaba a los médicos. Cada vez que visitaba a alguno lo insultaba, y de advenedizo de mierda no lo bajaba.

Se quedó mirando los árboles que delimitaban la calzada. El follaje se agitaba al ritmo de un viento que sacudía su melena. Era una de las muchas cosas que la gente le criticaba, y que a él, Ludwig van Beethoven, le daba exactamente lo mismo: su melena indomable. Siempre le había parecido parte de su personalidad. Mientras tuviera esa abundante y desaliñada cabellera, los comentarios de quienes lo rodeaban podían venirse abajo.

Echó a andar dificultosamente. Con las manos en la espalda. Su paso era lento pero firme. Iba contra el viento. Le gustaba sentir esa oleada estrellarse en su cara. ¿De dónde provenía ese viento?, se preguntó. No lo sabía. Era una de esas preguntas que solían inquietarlo. Como si fuera un niño. Muchas preguntas revoloteaban en su cabeza. Preguntas sin respuesta: ¿Quién soy? ¿Quién es Dios? ¿Qué es el hombre? Un frío para él premonitorio recorrió su columna vertebral. La naturaleza lo atraía en cualquiera de sus manifestaciones. En la naturaleza y en sus amigos depositaba todo su amor. A la inversa de las mujeres, la naturaleza nunca lo había traicionado. La naturaleza le había tendido la mano y él le había correspondido. A modo de ofrenda, había compuesto su Sinfonía Pastoral. Todo un homenaje para lo que la madre naturaleza le daba. Vino a su mente la melodía que se desparramaba a lo largo de aquella sinfonía, y que de pronto los alientos le disputaban a las cuerdas. Sonrío. Era una hermosa melodía.

En cambio no le resultaba tan asequible el tema de su cuarteto que ahora mismo acababa de estrenar Ignaz Schuppanzigh, con el ya famoso cuarteto que se nombraba precisamente Schuppanzigh y que había estrenado los cuartetos de Beethoven. El viejo sordo bromeaba constantemente con los miembros del cuarteto. Les había conferido grados militares. Ignaz, su amigo, era el mariscal en jefe. Cuando lo veía, le propinaba tremendas palmadas en la espalda. Beethoven llevaba consigo su cuaderno de conversaciones. No tenía ni el humor ni la paciencia para platicar así con cualquier mortal. Con Schuppanzigh lo hacía porque lo consideraba su amigo de toda la vida. Cuánto bien le hacían sus amigos. La amistad para él, era tan valiosa como el honor y como la libertad. Aunque el ejercicio de la bondad, también gozaba de un valor muy alto en su cuadro de virtudes.

El concierto había sido un fracaso. La escasa gente comenzó a abandonar el recinto apenas hubo terminado el primer tiempo. El propio Schuppanzigh se lo había dicho: “No puedo garantizarte que estos últimos cuartetos tuyos resulten del agrado del público, y menos de la crítica. Ya se habla de que son incomprensibles. La maldita crítica siempre cree que tiene la razón”. A lo que Beethoven había respondido: “Yo compongo para el público que escuchará mi música dentro de cincuenta años, y en cuanto a la crítica no sé qué daño le puede causar un piquete de mosco a un caballo de carreras”.

Pasó una diligencia, y Beethoven la detuvo. No podría ir a pie. No resistía más el dolor.

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (3)

1) Doy mi curso en el Centro Cultural Elena Garro. Hoy lunes 25 es la última sesión. Puro Beethoven. Nada más que Beethoven. Porque Beethoven no tiene fin. Se habla tanto de él. Sin embargo hay que tener algunas cosas claras. Hay que imaginárselo tocando el piano. Improvisando. Que ha sido una de sus más altas aportaciones al instrumento. Cuando él improvisaba la gente se quedaba en verdadero estado de estupefacción. No es que fuera superior a Bach o a Haendel en el arte de la improvisación. Pero es que Beethoven vaciaba su furia cuando lo hacía —la furia, por cierto, de la mano de la alegría y del amor. Y todos sus oyentes perdían el don del habla. Porque no improvisaba animado únicamente y nada más por el arte del sonido. Iba más allá. Descubría el arte del verso en la música que sus oídos tamizaban.

2) Mientras escribo, bebo. Mientras bebo, escribo. Nada del otro mundo. Escribo una novela. Cada vez me absorbe más. Cada vez me atrae más. Quisiera ser escritor y acabarla de una vez. Pero no lo soy. Con enormes dificultades pergeño una línea tras otra. Una construcción gramatical tras otra. No aspiraría a más. Cada vez que voy en la micro, evoco la novela y me doy por vencido. Es superior a mis fuerzas. Pero algo tiene de mí que no me deja en paz.

3) Eso les digo a mis alumnos en la Sogem. Llevan conmigo la asignatura de Cuento II. Cada vez que arranca la sesión, lo primero que hago es leerles poesía. Un narrador que desprecia la poesía, les digo, es un perfecto imbécil. Y he conocido a algunos. Pasamos entonces a leer el género de géneros. Borges, Luis Alberto de Cuenca, Vladimir Holan… Me da lo mismo. Lo único que me importa es que adviertan subir vía intravenosa la sangre del desconsuelo. Que es la de la poesía. Lo demás son maricadas.

4) Acaso el índice de lectura en un país tenga que ver con su índice de criminalidad. Porque quien emprende la lectura de una obra maestra —Poe, Dostoievsky, Stevenson, Tolstoi, Lovecraft, Balzac, Capote— está emprendiendo la búsqueda de su propio paraíso. Cosa que le está negada a los enanos de espíritu. Y que no puede resolverse más que cercenando el cuello de algún mediocre. Qué delicia asesinar a un imbécil. Pero el placer se disolvería en el acto. Porque nadie está autorizado a matar lo que más quiere.

5) Cada noche le pido a Jesucristo unos minutos más de vida. Lo estoy desafiando. Porque cada noche leo un fragmento de los Proverbios, de los Salmos, del Eclesiastés, del Evangelio según San Mateo, del Cantar de los Cantares —máxima expresión poética; ¿por qué no intentaron escribir en el mismo tenor Octavio Paz, Neruda, Sabines?, ¿por qué se conformaron con ser medianos?

6) Mi hijo Alonso cumplió 41 años este 22 de agosto. No saben cómo lo amo, carajo. Cualquier padre ama a su hijo —o lo inculpa de su dolor. Pero aun el padre más desvalido confía en tener en su hijo un interlocutor. Excepto si el hijo es un moco que sabe todo de poseía, de ensayo. Y desde luego de cocina. Gran Dios.

7) Voy a la Sogem vestido de víctima: reloj corriente, cero celular, cero anillo. Nada hace falta. Excepto que tu hijo te diga al oído que te ama. Por los putos machismos, la mayoría no se atreve ni a afrontarlo.

8) La ruta de San Antonio Abad a Tlalpan, es decir de la Sogem a mi casa, la hago en micro. Mientras leo los Cuadernos Íntimos de Beethoven. Viajo del lado de la acera. Para ver a las putas. Las hay para todos los gustos. A mí que en particular me atrae. Está deliciosa. Pero me temo que es hombre.

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