Texto de los jueves

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500 palabras

1) Cada vez estoy más cerca de odiarme a mí mismo. Me desprecio. Me subestimo. Me ninguneo. Procuro salir lo menos posible del cuarto donde vivo. Salgo nada más para dar mis clases. Vivo en medio de la suciedad más abyecta. La mujer que visita mi cama, suele criticar mi podredumbre. No me comprende. Quiere verme desde su óptica burguesa. Nadie más lejano de un triunfador que yo. Los hombres de éxito no tienen nada que ver conmigo. Soy un gusano que se arrastra por la superficie de la piel humana. De quienes tienen un ápice de fe en mí. Siempre intento abrirles los ojos a estas personas. El país se está cayendo en pedazos. Con qué ánimos tienen fe en mí. Lo ignoro. Dejen en paz a este pobre diablo. Y córranle a manifestarse por su patria.

2) Lo único que eleva mi espíritu es la música. Doy cursos donde Beethoven es la equivalencia del alcohol. Porque sólo en Beethoven y en el alcohol encuentro el aliciente para seguir vivo. En las personas que me rodean sólo encuentro un poco de piedad. De conmiseración. Tratan con más caridad a su mascota. Y están en su derecho.

3) Ayer me metí a beber a un tugurio que navega con bandera de restaurante. Era de noche. Todo lo que pedía se había acabado. Había dos mujeres bebiendo cerveza en la mesa de junto. Me puse de pie y les invité un trago. Las dos me miraron, se miraron y dijeron que no. Gracias. Que esperaban compañía. Me asaltó entonces un temor. Una suerte de instinto de venado cuando sabe que se lo pueden comer las fieras. Regresé a mi mesa. Y me robé el cuchillo. Tenía que cruzar la calzada de Tlalpan por abajo. Por esos túneles que van de un extremo al otro.

4) Además de mis talleres de creación literaria y cursos de apreciación musical, coordino un círculo de lectura. Nos reunimos el último miércoles de cada mes. Leemos una novela y la comentamos. Aprovecho para leerle al grupo un cuento y poemas. De tantos autores como moscas hurgan en mi arroz. Desde luego, dejo mis autores favoritos. Dostoievski. Salinger. Capote. Revueltas. Chéjov. Releer es uno de los placeres punzocortantes más eficaces. Solamente en una relectura se descubren los secretos de un libro. O de un cuento. O de un poema. Siempre quise escribir un poema. He escrito algunos. Sobre todo para mujeres. Y para el alcohol.

5) El alcohol se filtra entre lo versos. Los raspa. Hasta hacerlos que sangren. El alcohol es una bendición. Te abre los ojos. Y los oídos. Beethoven se aprecia más cuando de la sangre bulle el alcohol. Lo mismo acaece con Panait Istrati. Y con unos cuantos más. También entre los músicos acontece esta brutalidad. Son pocos los músicos que nos sacuden el alma. Beethoven. Mozart. Brahms. Schubert. Schumann. Tchaikovski. Dvorák. Hay quienes se percatan de que tienen el poder del arma y la ocultan. Se vuelven fresas. Como Stravinsky.

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (11)

Gustav Mahler I/II

I

Para muchos, Thomas Mann —el autor de Doktor Faustus, novela a caballo entre la música y la literatura— es un arrogante sin corrección. No lo conocen. En septiembre de 1910, le escribió a Mahler: “Esta tarde en el hotel fui incapaz de expresarle cuán profundamente le agradezco a usted la impresión que recibí el 12 de septiembre [se refiere a la Octava Sinfonía]. Es para mí una imperiosa necesidad ofrecerle al menos alguna pequeña muestra de mi reconocimiento, por lo que le ruego que acepte usted el libro —mi último libro— que le envío adjunto [se refiere a la novela Su alteza real]. Ciertamente es una pobre compensación por lo que recibí, una mera insignificancia para el hombre que, según creo, expresa el arte de nuestro tiempo en la forma más profunda y sagrada. Sólo es una fruslería. Quizás pueda brindarle un pasable entretenimiento durante una o dos horas de ocio. Con la mayor consideración”. Es de imaginase el prestigio de Thomas Mann, que ya tenía en su mesa de trabajo el borrador de Muerte en Venecia, y que se postró así ante Mahler.

II

Seguramente Mahler es considerado un genio equidistante de todo. Hombre mesurado, aparentemente no era proclive a dejarse llevar de arrebatos que la sociedad vienesa de principios de siglo concebía como vulgaridades del alma —y que menos admitiría en un director de orquesta. Se le ubicaba, y esta reacción se esperaba de él, que fuera tan previsible como el día sucede a la noche. Pero en realidad su aspecto de gentil burgués no reflejaba lo que acaecía en el interior de ese hombre que llegó a concebir la sinfonía como la totalidad de que alguna vez habló Scriabin.

Cuando menos había dos polos que lo atraían por igual, y que de alguna manera se refleja en sus autores favoritos: Nietzsche y Dostoievski. Cuán lejanos estos hombres de letras de la vida sensata que muchos hubieran querido para Mahler. Porque él mismo no era así. Lo cautivaban los extremos. Y en ese sentido es totalmente romántico, o acaso post-romántico. Por una parte, bien podría encarnar él esta actitud del que por religión entiende fanatismo, y no referido a que fuera un seguidor irrestricto de los preceptos religiosos, sino más bien a la actitud del individuo que vive cada día apresuradamente, a cuyo servicio pone todo su ser, hasta la última de sus terminaciones nerviosas. La muerte lo atraía con idéntico ímpetu. Cualquier cosa que despidiera el tufo de la muerte lo trastornaba, y más que eso. Alma Mahler solía contar que en alguna ocasión, desde el piso 11 del Waldorf Astoria donde se hospedaban en Nueva York, les tocó presenciar el funeral de un bombero. Que por delante iba el cuerpo del héroe muerto en las llamas. Que Mahler no solamente entró en un estado de agitación umbría, sino que además utilizó el toque de tambor —que rubricaba el sepelio—en su décima sinfonía. Pero lo cierto es que nunca pudo reponerse de esa impresión. Lo había obsesionado como si hubiese visto en el bombero una suerte de personaje emblemático, que en realidad es la otra cara de la muerte.

Había otro elemento que lo inquietaba como una piedra la superficie del agua donde es arrojada. Era el misterio al que están sujetas las cosas en la vida. Intuía una fuerza atrás de ese misterio, pero no dejaba de ahogarse en sus consideraciones. ¿O no es este misterio, esta aura innombrable lo que permea, digamos, gran parte de su producción musical, si no es que toda, pero muy en particular el primer movimiento de su décima sinfonía, el célebre Adagio? Más allá de la adjetivación que se prefiera, hay una emoción indescriptible en las secuencias narrativas/ musicales de Mahler.

Texto de los jueves

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Beethoven y Goethe

I

Beethoven odiaba las reacciones sentimentalistas de las personas cuando escuchaban su música. Se cuentan muchas anécdotas en este sentido. En Berlín tocó el piano para la crema y nata de la aristocracia alemana —cuando se sentaba ante el instrumento, más que tocar improvisaba. La música brotaba de sus manos como el agua del manantial, y no había alma que pudiera sustraerse al influjo de la belleza de su sonido. Aquella vez, cuando terminó, esperó la reacción del público. Después de unos segundos, volvió la cabeza. Allí estaba toda esa gente, con pañuelos en la mano enjugándose las lágrimas. Azotó la tapa del piano, y gritó a voz en cuello: “¡Yo tengo la culpa por componer música para cerdos!”. Y más todavía. Estando en el balneario de Baden para someterse a una de las curaciones que le ordenaba su médico para aliviar su sordera, se topó allí mismo con Goethe, el más grande poeta alemán. Beethoven lo admiraba muchísimo —es muy fácil ponerle música a sus poemas porque en sí mismos contienen la música celestial del alma, le escribió cuando le hizo llegar siete poemas que había musicalizado y que Goethe, fiel a su costumbre, había desdeñado—, y la sola vista de Goethe, en la administración del balneario, provocó en él una reacción espontánea. “Venga usted a mi habitación. Tocaré para usted”, le dijo, y Goethe acudió presuroso. Se dice que Beethoven se sentó al piano, y que tocó con todo su poder. Cuando terminó, le preguntó a Goethe que opinaba de su música, y el poeta, el sabio, el erudito, se limitó a responder: “Su música es… encantadora”. Beethoven estalló. “¿Es todo lo que puede decir? Me paso más de 40 años soñando con tocar para Goethe ¿y es todo lo que puede salir de su boca? Señor, la música debe hacer saltar el fuego del espíritu”. Y prosiguió, ante el desconcierto de Goethe, que dificultosamente trataba de disimular las lágrimas: “La mayor parte de la gente se emociona por algo hermoso, pero es porque no tienen naturaleza de artistas. Los artistas son de fuego, no lloran”. Y ya entrados en gastos, las cosas no mejoraron para Goethe. Al día siguiente, el compositor y el poeta decidieron improvisar un paseo por los corredores del balneario. Que se toparon con muchos visitantes al balneario que se descubrían ante el paso de los artistas. Y que entonces Goethe comentó: “Me fastidia tanta gente que me saluda”, a lo que Beethoven repuso: “No se mortifique, excelencia, que tal vez no lo saluden a usted sino a mí”. Y allí estaban aquellos pasillos que la realeza solía recorrer. Y en efecto, aquella mañana la nobleza y los artistas coincidieron en el mismo camino; aunque en sentido contrario. Cuando Beethoven avistó al grupo —que caminaban tan cordialmente, el señor emperador, la señora emperatriz, el archiduque, la princesa, el conde— le dijo a Goethe: “¡No se me despegue! Deben ellos hacernos lugar, nosotros no”. Pero naturalmente que Goethe se despegó para dejar pasar a la comitiva. Se hizo a un lado y se quitó el sombrero. Beethoven, con las manos a la espalda, arremetió contra el grupo, que terminó quitándose para que él pasara. En cuanto lo hizo, le increpó a Goethe: “Usted no debe mostrarse así. Usted hace mal. Sería mejor que les dijera francamente todo lo que piensa. De otra manera, ellos no aprenderán nada. No hay una princesa que reconozca al Dante, a no ser que le apriete el zapato de la vanidad. ¡Yo los trato de otro modo! Usted puede muy bien colgarle a alguien una orden honorífica: con eso el individuo no habrá mejorado ni el espesor de un cabello. Puede usted fabricar lo que sea, pero nunca podrá fabricar un Beethoven, un Goethe”.

II

La soberbia, entre otras cosas, le impidió a Goethe valorar a Beethoven en todas sus dimensiones. Ni aun después de muerto Beethoven, Goethe hablaba de él; ni permitía que nadie lo hiciera, cuando menos en su casa. Detestaba las maneras bruscas del músico genial, así como su falta de diplomacia. Bettina Brentano fracasó en su intento de unirlos. Amante de ambos, enaltecía la figura de Beethoven ante Goethe, favorito de la corte —Beethoven, en cambio, había admirado a Goethe toda su vida. ¿Soberbia o envidia?

¿Por qué Goethe no comprendió a Beethoven, si amaba la música? Me lo pregunto cuando leo este poema, que el poeta alemán escribió en su más clamorosa vejez: “¡La pasión trae sufrimiento! ¿Quién apaciguará al corazón oprimido, cuando lo ha perdido todo? ¿Dónde están las horas, que tan pronto han volado? En vano tenías destinada la suerte más bella… Turbado está el espíritu, confusa la voluntad. El augusto mundo, ¡cómo se escapa de tu abrazo! Flota súbita, en el aire, una música con alas de ángel, que enlaza las melodías a las melodías. Penetra el ser, de parte a parte, lo colma y lo hace desbordar de belleza eterna. Los ojos se empañan, y reconocen, en su más alta inspiración, el precio divino de de los cantos y de las lágrimas. Y el corazón aliviado repentinamente advierte que vive todavía, que late, que si quisiera seguir latiendo para darse él mismo en un agradecimiento puro a la generosidad que con él se tuvo. Así fue la revelación —¡oh, que sea para siempre— de la doble felicidad de la música y del amor!”. Goethe escribió este poema en 1823 (el poeta murió en 1832, a los 83 años), luego de escuchar a la pianista polaca María Szymanowska. Proclive a ejercer el enamoramiento como punta de lanza, vio en aquella mujer la promesa del amor más sublime. Porque Johann Wolfgang Goethe había hecho de la música y de la mujer sus seres aliados. Músico él mismo, no pasaba un día sin que pusiera las manos al piano. O mejor aún, mandaba por alguno de sus múltiples amigos intérpretes (o bien compositores) para que deleitaran sus horas. Pero según testimonios que se conservan en cartas, el nombre de Beethoven no se pronunciaba delante de él ni mucho menos se tocaba su música —por una excepción, lo llegó a hacer el joven Mendelssohn ante la reprobación de Goethe.

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (10)

Dos modos de escuchar música

Cuando menos hay dos modos de escuchar música. Uno cargado de imaginación y anécdotas, y el otro despojado de cualquier elemento capaz de contaminarla.

La atracción hacia la música puede venir por el lado de la narración, o bien por el lado de la pureza melódica, o, si se es más exigente, de la ondulación sonora —haya melodía o no.

Inocularle imaginación extramusical significa contaminar la música —¿o enriquecerla?

La fantasía del hombre corre a la par del gozo del arte.

La admiración se verbaliza a través de la apología, esto es, de la exageración encomiable. Si un hombre admira a Tolstoi, tendrá que contagiar su entusiasmo. Despertar en las personas que lo rodean tal devoción. Pero el modo más eficaz de encantar la atención es revelando la intimidad del artista. Poniendo sobre la mesa casos concretos, anécdotas que casen con la personalidad del admirado. La biografía del artista —la telenovela del artista— es la mejor carta de presentación, la llave maestra que abre las puertas para su conocimiento.

Planteé arriba esta dicotomía entre la música pura y la música contaminada.

Para estas líneas, contaminada significaría música en la que se han vaciado elementos extramusicales. Pensemos, como ya se dijo, en la historia (biografía novelada) de los compositores —o intérpretes. ¿De verdad impele al disfrute de la Sinfonía Heroica de Beethoven saber que el autor era sordo? ¿De verdad se disfruta más esa música por el solo hecho de imaginarnos a Beethoven atormentado por su discapacidad, el desprecio que sufrió en vida por parte de los aristócratas, intelectuales y artistas que no lo comprendieron, la lucha por el amor que jamás pudo concretar, y la incomprensión en general a que se vio sujeto?
Pero quizá no es la dimensión de lo que se cuenta —generalmente de orden trágica—, sino el disparo de la imaginación lo que propicia el acercamiento entre la música y el escucha.

El hombre gusta de algo concreto en vez de conceptos de los que le resulta difícil asirse. Si de pronto ubica a Mozart vendiendo su caballo porque al día siguiente no tiene que llevarse a la boca, esa circunstancia le permitirá disfrutar por partida doble la música del Divino. Más aún que si técnicamente, si mediante la revelación de los secretos técnicos —sólo aptos para los entendidos—, comprendiese a la perfección la música mozartiana.
Los sonidos de la música se despliegan en el aire y penetran nuestros oídos sin materialidad alguna. Sin anécdota ni acontecimiento narrativo que los respalde. Es música y ya. Entonces el escucha nutre su espíritu expoliando su imaginación. Porque la música es épica, y le permite palpar —así sea por unos segundos— el crisol mismo del sufrimiento vuelto belleza. Es su modo de nombrar al dolor. A través de la música. Este hombre que escucha, esta mujer que presta sus oídos como una gaviota sus alas, no hace otra cosa que explicarse la desdicha mediante el lenguaje de la música.

Que es el que mejor se presta para este cometido.

Por una sola razón: porque la música universaliza el desconsuelo. Quizás en esto radica su poder bienhechor: en que a través de su música, la tragedia de Beethoven es la tragedia de todos los hombres.

Como sea, la música nos conmueve y eleva nuestro espíritu hasta alturas insondables. Con o sin elementos externos de soporte.

Ivo Pogorelich

Hay que descubrirse ante la genialidad. De pronto se vive al mismo tiempo que un monstruo de la música. Que no abundan precisamente. Yo tengo a uno en la mira: Ivo Pogorelich. Pianista. Escuché su versión de la sonata en Si de Liszt. No puede ser. Conforme las notas se sucedían, caí en la cuenta de que estaba escuchando a un grande. Inmensamente grande. El propio Liszt la ha de haber tocado así. Parecía música extraída desde las profundidades de la Tierra. Las lágrimas me sobrevinieron.

Texto de los jueves

Música

Sensemayá. Silvestre Revueltas

Dotación: Orquesta Sinfónica

Movimientos: Uno solo

I

Bien podría considerarse Sensemayá, de Silvestre Revueltas, la obra musical mexicana por antonomasia. No hay quien resista su embrujo. De ritmo telúrico, su orquestación es vasta y vigorosa, aún más que la de Redes y Janitzio, esas otras dos obras maestras orquestales de Revueltas. Genio atormentado, insaciable, siempre insatisfecho, cúspide, gambusino de vetas musicales, a su lado palidecen compositores mexicanos encumbrados por el poder político, como Carlos Chávez, sin duda gran promotor de la música en México y director erudito. Silvestre Revueltas es una caja de resonancia cuya reverberación dista mucho para que se agote, a pesar de que así se intentó —no en balde, no hace mucho su nombre no existía para la historia oficial de la música en México, aunque se citaba con reverencia entre los músicos. Militante de izquierda, sin embargo mantuvo la independencia de su música. Con él las sorpresas no cesan. Se escuchan sus obras, sus poemas sinfónicos, su música de cámara —no es posible oír Homenaje a García Lorca sin que los ojos se aneguen de lágrimas— y su figura crece, en sentido inverso a como decrecen otras. Es un gigante de la música universal, y su obra se mantiene en constante evolución sin que le haga mella su trágica biografía (que tampoco se puede ocultar, no habría por qué hacerlo; el alcoholismo es parte de la existencia de Silvestre Revueltas, como su sentido del humor o su ironía implacable). Pues bien, los alcances de Sensemayá dieron un brinco de casi 80 años y se colaron hasta una película estadounidense de reciente factura: La ciudad del pecado. En efecto, en una de las secuencias de máximo impacto, cuando en la tercera historia el bueno está a punto de rescatar a la chica y acabar con el malo, en un buen tramo de acción y despliegue de cámaras, de pronto se escucha Sensemayá. Y la gente se cimbra en su asiento. La música de Revueltas colma la sala, y el espectador se pregunta de dónde diablos salió esa música que pone la piel chinita y sacude como un terremoto, que encima aun le da más dramatismo a la secuencia. Por cierto, decidí esperarme para revisar en los créditos el nombre de Silvestre Revueltas y el de su Sensemayá inmortal. Y ahí están. [Blas Galindo, compositor jalisciense, me contó la siguiente anécdota de Revueltas. En cierta ocasión se encontraban platicando, cuando Revueltas era director del antiguo Conservatorio Nacional de Música, y de pronto se acercó una chica, la cual lloraba a lágrima viva. Se aproximó al director y le dijo: “Maestro, le quiero solicitar un préstamo. Mi mamacita acaba de morir y no tengo un cinco para enterrarla. Yo veré el modo de pagarle”, a lo que Revueltas respondió: “Lo lamento mucho, pero ésta no es una institución de caridad. Con trabajos hay dinero para pagarles a los maestros, menos para hacer préstamos personales”. Entonces la joven dio media vuelta y emprendió el regreso, sin dejar de llorar. Pero en ese instante Revueltas la llamó con el clásico psss, psss. La muchacha regresó y Revueltas extrajo del saco el sobre de su quincena: “El Conservatorio no tiene dinero para prestarle —le dijo—, pero yo sí. Tómelo”, y le extendió el sobre.]

Las frases musicales del gran compositor duranguense son construcciones sólidas, indestructibles. Ante el magnetismo de su personalidad y espíritu pintoresco, la música de tan enigmático genio es compleja, imbuida de alegorías y pigmentaciones de este México dolido. Sin caer en complacencias chauvinistas, a que son dados los miopes de espíritu. En la música de Silvestre Revueltas, enjundia y ternura constituyen su verdadera urdimbre. Digo que las frases musicales son suyas, pero también las escritas. Como ésta: “De niño, y casi siempre por un fútil motivo, mi padre me imponía un castigo corporal y me encerraba en un oscuro cuarto. Al poco tiempo me traían un plato con frutas y me soltaban. Después, yo veía a mi padre y sentía por él una tristeza y una piedad infinitas; pero nunca lo he perdonado”. Como si él fuese la voz de México, su timbre es trágico.

II

México es música. México es Silvestre Revueltas. México es alegría y dolor vueltos música.

Pero no esa música nacionalista que reverbera en los oídos como el más vulgar de los sonidos. Pero no esa suerte de folclorismo autóctono que más nos aleja que nos acerca del espíritu genuino del mexicano.

México también es colorido que incendia el alma. Como lo es para nuestros oídos Silvestre Revueltas. Su música, que emana de los pregones callejeros, de las máquinas de las tortillerías, de los afiladores de cuchillos. Ésa es la música que el oído vuelve suya en la música de Revueltas.

Esa música es Sensemayá. Ritmos punzantes, verdes vorágines, amarillos antorchas, azules avasalladores, rojos ígneos, violetas inusitados.

Sensemayá.

Es la radiografía musical de México. Todo lo mexicano está allí: las cascadas y los desiertos, el cielo despejado y la bóveda umbría, el sol inclemente y la noche luminosa e iluminada. Los niños chilapastrosos y las madres sobreprotectoras, los borrachos hediendo y las quinceañeras cursis. Las hembras y los machos, los días y las horas, los minutos y los años.

Todo México está en ese poema sinfónico de escasos 6 minutos. Revueltas no necesitó más. ¿Para qué una sinfonía? ¿Para qué una ópera? Dicho en otras palabras, ¿para qué una historia, para qué una novela orquestal, pudiéndose resolver todo en un poema sinfónico, en una obra que devaste y construya todo a su paso, que en nuestro cerebro demuele las buenas costumbres musicales y crea otras. Porque eso es Sensemayá: un temblor despiadado. Un terremoto. Un movimiento telúrico imprevisible. Un fenómeno que a quien lo vive no lo puede dejar impertérrito.

Ésa es la gran música.

Sensemayá es la gran música, y no todos lo aceptan así.

Desde que Sensemayá vino al mundo, las voces discordantes no se hicieron esperar. Los envidiosos de siempre gritaron, se persignaron, metieron zancadillas a diestra y siniestra, como si una obra maestra pudiera silenciarse de ese modo, como si una obra maestra necesitara permiso para respirar. Lo que provocaron fue que los oídos distraídos detuvieran su marcha y se volvieran a ella, y que el revuelo se generalizara.

Pero lo más curioso es que cada vez que se la escucha, Sensemayá vuelve a abrir brecha. Hay quien la considera hija de Stravinsky, hay quien busca su origen en las laderas escarpadas de las sierras de Oaxaca. Pero nada de eso es cierto: su origen verdadero está en el corazón del mexicano común y corriente, del mexicano de la calle y del surco, del aula universitaria y de la industria. Porque basta con oírla una vez para que se la adopte. Basta con escuchar la música de Sensemayá una sola y única vez para que se incruste hasta el tuétano. Se oye fácil, pero no toda la música adquiere esta categoría.

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (9)

1) Leo Cometa de Alfonso Badillo Dimas. Libro de poesía publicado por la Secretaría de Cultura del gobierno de San Luis Potosí. Es un libro hermoso. Carente de pretensiones extraliterarias, Alfonso Badillo Dimas aborda sus poemas con emoción y mesura, dos virtudes que en términos poéticos no suelen marchar de la mano; sino al contrario. Lo primero que llama la atención del volumen —de la poesía de Badillo— es la estructura. De alguna manera, el cometa se convierte en el alma misma de esta propuesta literaria. Va de un extremo al otro, pasa de ser un cuerpo celeste hasta convertirse en los cometas que los niños envían al cielo. Y cuyo vuelo persiguen alucinados. De hecho, cada poema se intitula “Cometa”, y simplemente se diferencia por su numeración progresiva. Vale la pena detenerse en muchos de ellos. Como en el “Cometa 28”: Cuando por fin se agotaron/ los tubos de hilo/ que permanecían/ radiantes en la costura/ recurrí a la trenza obsidiana/ que guardaba mi madre/ colgada como una reliquia/ del oxidado clavo// Entrelazada con los colores/ de la patria/ cabello tras cabello/ se fueron anudando/ de manera invisible/ hasta formar una hebra gigante// Debieron haber rebasado/ los cien metros/ luego arranqué una hoja/ del cuaderno de raya/ bastaron dos dobleces/ y un agujero en cada borde/ con el hilo adherido/ casi al instante aquel cajón/ comenzó a flotar como una pluma/ de paloma morada. O en el “Cometa 47”: Y nos fuimos mirando/ uno al otro/ arrancamos uno a uno/ el sotol de la cocina/ dos triángulos/ formaban una estrella/ en vista de la ausencia/ del anhelado papel de china/ las grises notas/ del diario matutino/ suplían aquel encanto volador/ y se fueron fraguando dos luceros/ alertas para levantar el vuelo. Este libro —que se hizo merecedor del Premio de Literatura Manuel José Othón de Poesía 2013— posee la gracia de la poesía que toca el corazón. Hay que insistir en su estructura, que lo dota de frescura y arrojo. Lo que es de desearse es que el libro rebase la frontera potosina y que pueda conseguirse en otros ámbitos.

2) Me atrevería a decir que el número de biografías que se han hecho de Beethoven supera las de cualquier otro compositor. No es casual. Lo mismo la personalidad que la música del genio alemán atraen como el imán a los alfileres. Por donde se le quiera ver hay una suerte de fascinación. De urgencia por enterarse de los pormenores que alimentaron la vida de ese héroe de la tragedia. Su relación con las mujeres, con el poder —encarnizado en la aristocracia, que siempre procuró hacerlo suyo—, con los editores —que se arrebataban su música—, con sus colegas intérpretes y compositores, con sus parientes —por los cuales sufrió lo indecible. En fin. Temas que el lector de las biografías de Beethoven lee con avidez casi malsana. Tengo a la mano las siguientes biografías, que suelo consultar como libros de cabecera. Beethoven de Max Steinitzer (FCE), Beethoven de Marion M. Scott (Salvat), Ludwig van Beethoven de Ubaldo Vargas Martínez (SEP), Renovación en el silencio de Eduardo Blackaller (FCE), Beethoven, su desarrollo espiritual de J.W. Sullivan (Sudamericana), Beethoven de Romain Rolland (Librería Hachette, 5 vols.), El sobrino de Beethoven de Luigi Magnani (Sudamericana), Beethoven, una biografía en imágenes de Erich Valentin (Thames and Hudson), Beethoven sin leyenda de Romain Goldron, y dos volúmenes espléndidos cuyo autor no se especifica: Todo Beethoven (Planeta) y Los grandes compositores: Beethoven (Salvat). Es curioso el papel del biógrafo. Algunos se conduelen de los amigos del biografiado (como Marion Scott),. Algunos maldicen a quienes se atrevieron a hacerle daño (Romain Rolland). Se entiende. Es muy difícil reclamar objetividad cuando de Beethoven se trata.

3) ¿Ha escuchado usted el nombre de Ivo Pogorelich? En mi próxima emisión de estas impresiones vitales se enterará de algunos chismes… que siempre son bienvenidos.

Texto de los jueves

Ensayo

Maratón de sonatas

Uno se pregunta qué dota de esfericidad a las 32 sonatas de piano de Beethoven. Dónde está el secreto. Por qué escuchamos una y da la sensación de que se traslapa con la que le sigue, o con la que anteriormente acabamos de oír. Más aún que con las sinfonías, o los conciertos, o los tríos —más, pero mucho más aún que con los cuartetos de cuerda— se produce este efecto.

No hay que darle muchas vueltas. La materia prima de que está constituida la música de Beethoven es la rebeldía. Inagotable. Enhiesta. Incomplaciente. Jamás satisfecha. Pero lo verdaderamente complejo es que esa rebeldía yace en el interior de cada hombre. No en la música. Por más apartado que esté ese hombre de un sentimiento tan poderoso como la rebeldía, sentirá que su corazón se inflama cuando escucha una sonata, cualquier sonata de piano de Beethoven.

Digamos que esta continuidad épica no se advierte en las sinfonías —con esa golosina musical que es la Pastoral en medio de la Quinta y la Séptima—, menos, ya lo dije, en los cuartetos —si escuchamos la serie de los últimos enseguida de los primeros, o incluso de los centrales, nos preguntaremos si acaso los compuso la misma persona.

Pero en las sonatas acontece lo inaudito. Este carácter de indocilidad que irriga al teclado las permea en lo más profundo de su bosque sonoro. Es como si fuera la firma autógrafa de Beethoven. Seguramente voy a decir algo absurdo —por lo que pido una disculpa de antemano—, pero quizás tenga que ver con que el piano es el psiquiatra de los compositores. Quien compone al piano —la inmensa mayoría de los músicos— vuelca en ese momento su yo más insondable y subterráneo. Ahora bien, a Beethoven hay que considerarlo como un toro de lidia cuya existencia estuvo constreñida por cercas y encierros. Que su genio inconmensurable fue la verdadera cadena que no lo dejaba moverse con libertad. Sí como compositor, no como hombre. A todo le veía peros. Su vida hay que mirarla desde la óptica del dolor, de la ira incontenible. El primer obstáculo con el que se topó fue su padre. Personalidad que sembró en él pasiones adversas. ¿Cómo era posible tanto odio, golpes y diatribas? Su segundo impedimento fue la sordera. Que se atravesó precisamente cuando el mundo se le presentaba como un patio interior donde podría hacer lo que le viniera en gana. Se perfilaba como el pianista del mañana, y así lo advertía él mismo. Pero la sordera le abrió las puertas del ostracismo. Lo que lo empujó hacia la composición. No más improvisar. No más presentarse como ejecutante de sus propias obras. El resto de su vida. Sin embargo, Beethoven era un hombre condenado al sufrimiento más brutal. A superar una prueba de fuego tras otra. A luchar. Alguien con menos fuerza de voluntad. Con menos carácter y convicciones, se habría dado por vencido de un modo lastimero.

Pero le faltaba la prueba más impía e inhumana. La de su sobrino Karl.

Hijo de su hermano —que a su muerte le encargó a Ludwig la custodia del chico—, hijo de una mujer fácil —a quien Beethoven llamaba La Reina de la Noche— el genio quiso hacer de ese joven un baluarte espiritual. Y lo único que provocó fue que Karl lo odiara —aunque al final de la vida del músico se arrepintió— y que intentara suicidarse. Lo cual le provocó a Beethoven el más terrible dolor inimaginable.

Digo que quizás estos acontecimientos no tengan nada que ver en la consecución ontológica de sus sonatas.
Quizás lo que uno escucha es esta vastedad monumental melódica y armónica. Que conforme transcurre —no nada más de un movimiento a otro, sino también de una sonata a otra— va armando una figura geométrica poliédrica que en mucho semeja una esfera. Que vista desde lejos es una esfera perfecta. Sin fases. O una formidable parcela que se mirara desde el avión. Hecha de una sola pieza.

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