Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (2)

1) Me considero privilegiado por la música que he escuchado y el whisky que he bebido.

2) He conocido ciertas mujeres en el tope de la belleza; y —lo voy a decir, modestia aparte— han sido mías. Suerte del feo.

3) Nada enriquece tanto el alma como despechar a una mujer. Y entre más hermosa, mejor.

4) Hacer el amor en la misma cama donde la mujer que amas te fue infiel, equivale a que te crucifiquen en la misma cruz que Jesucristo fue crucificado.

5) Nada tan vergonzoso como un escritor previsible; equivale a una mujer que se humedece con sólo ver a un hombre.

6) Nada hay superior a una mujer; excepto ella misma.

7) Lo hermoso en una mujer sexagenaria es su juventud; lo hermoso en una mujer joven es su vejez.

8) Cuando un hombre viejo tiene significado para una mujer joven, debe mirarse en el espejo.

9) Un viejo y otro compiten —aun sin decírselo— por una mujer, por el trago, por ver quién hizo más hazañas en su juventud; ojalá compitieran para ver quién mantiene cerrada la boca.

10) Entre más grave es la equivocación, más te haces merecedor del perdón.

11) Me he pasado hasta tres años sin beber una gota de agua; sólo alcohol.

12) En la cama no hay ninguna diferencia entre una mujer hermosísima y una espeluznante; te acaban engañando que se vinieron rico.

13) Coger es un acto animal y un acontecimiento humano; por eso uno paga.

14) Leo Estar y no. Juegos de la memoria, de Miguel Ángel Avilés (Instituto Sudcaliforniano de Cultura). Este hombre tiene debilidad por la crónica. Prosista fluido, dueño de una imaginación tan libre como un águila que avistara su presa desde las nubes, narra con envidiable sentido del humor hazañas de su niñez. Es un deleite leerlo. Y uno se sorprende, y se pregunta cómo es posible que un escritor cuarentón tenga tan presente su niñez. Porque los textos de Miguel Ángel conmueven hasta el tuétano. Está imbuido de una nostalgia que lo torna tierno como un bendito.

15) La víspera de que mi padre muriera/ lo fui a visitar al hospital./ Tomé su mano, la besé/ y le dije —era la primera vez que lo hacía—/ le dije: Te quiero, papá./ Y él me respondió:/ Yo también, hijo./ Fue la primera vez que lo hizo./ Y la única./ Enseguida me ordenó:/ Saca mi pantalón. Búscalo en el clóset./ Lo busqué. Lo encontré. Y lo saqué./ Revisa la cartera. ¿Cuánto hay?/ Conté tres billetes de a diez./ Treinta pesos, papá./ Agárralos, son tuyos./ Es tu herencia./ Los tomé. Le besé la mano. Salí de ahí./ Caminé sin rumbo./ Y los pasos me llevaron hasta una cantina./ Me acodé en la barra./ Déme el ron más caro que tenga./ El cantinero me sirvió./ Yo bebí aquel ron. Puro./ ¿Cuánto es?, pregunté./ Treinta pesos./ Pagué./ Y salí de ahí./ Al día siguiente fui a despedirme de mi padre./ Estaba muerto. Esto aconteció el 15 de enero de 1976. Mi padre tenía 71 años. Fue el único trago que me invitó en su vida.

16) Mi hija está en Moscú./ Me manda fotos./ Una de ellas, sentada al lado de Tchaikovsky./ La cosa es que en Rusia honran a sus hombres notables./ Tchaikovsky tiene cientos de esculturas./ Pero ésta es la mejor./ Sentado en la banca de un jardín./ Está leyendo./ A su alrededor hay espacio/ para que alguien se siente./ Mi hija./ Con sus botitas. Su mochila./ Su ropa tan linda./ Su sonrisa que se prodiga/ en la foto./ De un extremo al otro./ Tchaikovsky se pondrá de pie de un momento al otro./ Y la tomará de la mano.

mija y tchaikovsky

Música

Beethoven niño

Beethoven entró a la taberna. Entre los hombres que iban de un lado a otro persiguiendo a las mujeres, entre los gritos que sacudían aún más aquel ambiente nocturno, al chico músico le resultaba doblemente arduo distinguir a su padre.

Pero de pronto lo vio.

Allí estaba, con la cabeza recargada en la mesa y una copa de vino en la mano. Su estado de ebriedad era evidente. Más que otras veces. Beethoven ya había tenido que lidiar con ese espectro. Cuando menos desde sus once años, un par de años atrás. Gracias a su fornida constitución, aunque era bajo de estatura podía arengar a su progenitor y obligarlo a caminar a su lado. Pero esta vez, el vino tomado en grandes cantidades tornaría más difícil la tarea.

Precisamente iba de la cocina al teclado, cuando los llantos de su madre lo obligaron a acercarse.

—Tu padre está en la taberna, me han venido a decir —musitó en un todo de voz apenas audible—. No sé cuánto tiempo lleva ahí; pero me dijeron que está perdido de borracho. Y como no lleva un florín encima, tendré que ir a pagar sus deudas. Gran Dios.

—Voy por él, madre —repuso Beethoven, y salió de su casa.


La nieve en la cara lo hizo reflexionar. Para cualquiera era claro que aquella situación jamás cambiaría. Pero ésta no era una situación de ahora, sino ya longeva. Su abuela paterna había sido una dipsómana incorregible. Solía caminar por su casa y los alrededores dando traspiés. Se tropezaba en un mueble… una diligencia estaba a punto de arrollarla… se atascaba en el fango… Como fuera, no había modo de sosegarla. Hasta que la familia decidió encerrarla en un manicomio. Cuando se presentaron los empleados del manicomio en su casa, se suscitó una lamentable escena, de la cual el niño Beethoven fue testigo. La abuela opuso una resistencia feroz. Lanzaba golpes y patadas a diestra y siniestra, y hubo necesidad de atarla con una cuerda sucia y rasposa. Beethoven vio eso y se lanzó a morder a los intrusos. Pero, ¿qué podía hacer un pequeño que aún no cumplía los cinco años?

Llevaba este recuerdo en la cabeza cuando abrió las puertas de la taberna. Era un adolescente precoz, y aún no bullía en su cabeza juicio de valor alguno. Simplemente las cosas eran como eran. Lo único que tenía claro era que no le gustaba ver sufrir a su madre.

Se aproximó a la mesa. Allí estaba Johan van Beethoven. Su padre. Nadie reparó en él. Vio de lejos a Christopher Ernest Kok, el dueño de la taberna. Se acercó a él.

—Señor —le dijo—, vengo por mi padre. Pero me disculpo por anticipado porque no traigo suministros para pagar el consumo.

—No te preocupes, hijo. Dile a tu madre que venga a visitarme el día de mañana y ajustamos la cuenta. Le voy a pedir que me confeccione una casaca —acotó el hombre. En su rostro sólo había comprensión.

—Gracias, señor Christopher Ernest Kok. Mi madre se detendrá en su negocio rumbo al mercado y hará un trato con usted. Yo mismo la acompañaré.

—¿Qué instrumento estás tocando ahora, muchacho? Todo mundo habla de tus habilidades. Tu padre también las tuvo. Como tu abuelo Ludwig. A quien traté, y que me honró con su amistad.

—Mi abuelo y mi padre descubrieron mi talento.

—Llevas el talento en la sangre.

—Sí, señor. Ahora iré por mi padre.

El dueño de la taberna hizo un gesto de asentimiento, y Beethoven se dio media vuelta. Llegó hasta la mesa de su progenitor, y lo sacudió de la manga.

—¡Vete a tu casa! —carraspeó el hombre.

—No, padre, vengo por usted —suplicó el hijo—. Y no me iré sin usted.

Nuevos textos de los lunes

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Impresiones vitales (1)

1) Antes de que existiera el celular, ¿en qué se entretenía la gente?

2) Al cine se le puede ver —¿adorar?— desde muchos atajos. Francisco de León escogió uno de los más inusitados y pertinentes: el de la poesía. En medio de tanto alarde literario, de pronto sorprende un libro de poesía verdadera. Me refiero a La noche mil y un veces (el cine y otros mundos) (Conaculta, 2006) de Francisco de León, que comprende un visión poética sobre el cine. Secuencias, escenarios, personajes protagónicos, una parcela dedicada al cine habitada por elementos poéticos. Pero —hay que aclararlo— no se trata meramente de poemas que versen sobre el cine, construidos con espuma de cerveza; sino de poemas de calibre .45, de esos que entran por el corazón y recorren el sistema sanguíneo a velocidades pasmosas. Más todavía: son poemas escritos desde la entraña misma de las cosas. Desde donde se origina el conflicto de la jactanciosamente llamada existencia humana. Veamos un ejemplo. “Mujer en el cine”: Las calles son otras si una mujer las camina,/ su paso las transforma./ El asfalto es piel cuando una mujer lo recorre,/ es tacto inacabado./ Decir doblar la esquina es entonces reverencia,/ sagrado es el camino que ve su andar.// Cuando una mujer entra a la sala de cine,/ su aroma la precede, es una promesa/ apenas dicha.// Su silueta permanece aunque las sombras la amenacen,/ hay en cada mujer cien historias de plata/ inimaginadas en la pantalla.// Su voz es un secreto;/ como el nombre mortal del criminal/ que tantas veces hemos soñado./ (Aquel que es tan puntual a la cita/ y aun así inesperado, el que tantas veces ha abierto/ nuestros pechos con un solo golpe,/ Certero.)// Y el final no existe: al correr el último crédito/ la mujer se pone de pie/ y comienza a escribir su historia.

3) Fiel a mis más incólumes costumbres, llevo una anforita de whisky en la bolsa de mi pantalón. Tengo una cita a comer con Daniel y Jessica. Jóvenes talentosos, agudos y corrosivos. Escritores en ciernes a quienes no conocía. Nos sentamos a degustar unos cuantos tragos y una comida excelente en el restaurante Rayuela de Tlalpan. Comentan sus predilecciones literarias, musicales y cinematográficas. Sobre todo en lo que se refiere a las musicales, me quedo al margen. Los años pasan, el tiempo corre, y lo último que me interesa es estar actualizado —apenas anoche escuché por vez primera a un señor de nombre Chopin, de origen polaco. Se hablan maravillas de su música, especialmente para el piano.

4) Mi compadre y sensible amigo Vicente Quirarte, me envía un correo desde una embarcación en altamar. Celebra sus 60 años en medio de whisky, Stevenson y su compañera Patricia Compeán. Yo a mi vez le hago llegar un fuerte abrazo. Acompañado de mezcal, José Revueltas y una mesera hermosa. Cuyo nombre olvido apenas salgo de la cantina.

5) Principio mi curso en el Reclusorio Norte. Tomo el metro de punta a punta, es decir de CU a Indios Verdes (45’) y de ahí agarro un taxi al reclu (30’) El barrio es áspero. No apto para los príncipes de la Condesa. Pero ya en el reclusorio me espera una empleada de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Voy de su lado hasta el centro escolar. Tanto ella como los internos me tratan afable y respetuosamente. Las cosas marchan. Daré dos clases: Guión 2 y Literatura infantil. Después de esta introducción, emprendo el regreso a casa. Lo mismo pero a la inversa. Me arrepiento: el metro a la una de la tarde es insoportable. Cada estación se sube un vendedor, o un payaso o un cantante (si a eso se le puede llamar cantante). Son fastidiosos. La próxima vez (el otro viernes) me regresaré en metrobús. A ver qué tal. Ya les contaré.

Cuento

Angelito

Para Juan Manuel Servín

Nada lo satisfacía más que vigilar la salud de sus progenitores. Vivía con ellos. En fechas recientes había cumplido 55 años. De vida y de soltería. Se consideraba un hombre dichoso. Dios lo había puesto en el camino de la gratitud. Cuando atisbaba en el interlocutor el menor atisbo de mofa —que no faltaban—, reaccionaba con ira. Lo paraba en seco. La vida había decidido por él. Y decía: Conozco infinidad de casados que se la pasan en el pleito y la desesperación, en el desconsuelo absoluto. ¿Por qué no he de ser feliz al lado de mis padres? Les debo la vida.

No tenía otro tema de conversación. Dueño de un restaurante —que había heredado de su progenitor—, solía entretener a los clientes con esa charla que ya todos conocían. Su padre andaba rondando los 90 años, y su madre los 80. La mayoría de su clientela pertenecía al sexo femenino. Más de una había apostado por la conquista de ese individuo. A leguas se le veía el dinero. Buen auto —un Honda City—, buena ropa, buen reloj. Y encima una esclava de oro. Así que las mujeres del barrio lo miraban y lo medían. Sí. No. No. Sí. Pero él parecía ignorar todos esos coqueteos. No admitía nada que lo distrajera de su misión. Él había venido al mundo a cuidar a sus padres. Que por otro lado ellos lo aceptaban. La menor molestia se la consultaban. Llévame al doctor, le pedía su padre. Estoy perdiendo la vista. Me duelen las piernas aunque no camine. No he podido conciliar el sueño por un dolor en el pecho. Y su madre no se quedaba atrás. Hijito, mira qué saltonas tengo las venas. Es un problema de circulación. Llévame al médico. Ando con unos gases tremendos. Me da pena con tu papá. Llévame al médico. Y de paso que me dé un medicamento para la migraña. Ya no la aguanto. Y él lo hacía. Claro que sí. Si para eso había venido al mundo. Si para eso trabajaba.

Cómo le gustaba Pamela. Su clienta número uno. Apenas abría el restaurante, ella pasaba a tomarse un café. Y a veces un desayuno completo. ¿Cuándo me va a invitar, Ángel, angelito? A veces no traigo dinero y me muero de hambre. Él hacía de cuenta que no había oído nada. Sentía la erección implacable. Se acercaba cautelosamente. Y ponía la charola del pan. Sírvase lo que quiera. El pan es cortesía de la casa. ¿Nada más el pan? Pues sí. Nada más el pan. Todo está cada vez más caro. No lo tome a mal. Si estuviera en mi mano, le invitaba el desayuno completo. Pero tengo que hacer cuentas. ¿A su papi? Sí, a él. Diario. Y delante de mi mamá. Para que no se vaya detalle. Yo conocí a su papá. ¿En serio? Totalmente en serio. Era muy espléndido. Claro, yo era una niña. Pero estoy segura que me hubiera invitado el desayuno completito. Claro, a cambio de un favor. No me malinterprete. De un poco de conversación. Al papá de usted le encantaba platicar.

La erección lo iba a matar. Si ella se daba cuenta sería el acabose. Dijo con permiso y se retiró. Corrió a encerrarse a la bodega. Él mismo había hecho un orificio diminuto que daba al baño de las mujeres. Rogó a Dios que Pamela se parara a orinar. ¿Traería calzones? Y si traía, ¿serían negros?, ¿rojos?, ¿violetas? Se sacó la verga. Qué parada la tenía. Lista para masturbarse. Para tejerse una chaqueta. Como decía de niño. Esa mujer era para él. Pero tenía compromisos que cumplir antes que pensar en una mujer que encima nadie le garantizaba que fuera dulce, cariñosa, tierna. Cualidades que él apreciaba por encima de cualquier otra cosa. Esperó en vano. Pero se masturbó con un deleite indescriptible.

Texto del lunes

Cuento

La ruta de los asesinos

Vivo en Iztapalapa. A la altura del Reclusorio Preventivo Varonil Oriente. Para llegar hasta mi casa, me bajo en la esquina de Nemesio Rodríguez y Periférico Oriente. Que a esas alturas muchos lo conocen por Puente de Garay. Es un barrio feo. Creí que me iba a costar menos trabajo adaptarme. Como si por ser un hombre de 23 años las cosas no fueran a ser tan complicadas. Pues lo son. Lo primero verdaderamente monstruoso es el tráfico. Hago dos horas de mi chamba para acá. Trabajo en una copiadora. Todo el día saco copias fotostáticas. Está en la colonia Doctores. En Doctor Erazo. Una zona muy conflictiva. Está contaminada hasta decir basta. Mi comida la hago en un puesto de quesadillas. Con un par de quesadillas tengo. Más mi refresco. Por más que doña Lupita se esfuerce en hacerlas sabrosas, las quesadillas saben a esmog. Pero tengo que comer algo. Ya con el estómago más o menos lleno, me regreso a la copiadora. Trabajo de 9 de la mañana a 9 de la noche. Con una hora para comer. Y aunque en realidad no me lleva más de 15 minutos, lo que hago es irme a dormir a un jardín. Ya tengo mi banca. Que para mi fortuna es muy común que la encuentre desocupada.

A eso de las 9 y 10 de la noche ya estoy esperando el metro en Hospital General. Ahí empieza la ruta de los asesinos. Como yo la bauticé. Todo es alevosía. Aventones y apretujamiento. Codazos. Insultos. Pero me voy aproximando a mi destino. Hacia las 11 ya estoy bajándome del camión. Camino hacia mi casa. Un pequeño cuarto desvencijado. Pero tiene baño, una mesa y una silla. Mi ropa la guardo en huacales que me encuentro tirados en la calle. Mi único compañero es el libro que llevo en mi mochila. Es una novela de Dostoievski. El príncipe idiota. No leo más que a Dostoievski. Todo el mundo está ahí. Me refiero a las emociones. La verdad no sé cómo escriban otros escritores, pero yo encuentro en el autor ruso tristeza, ternura, esperanza, desesperación. Sobre todo esperanza. Lo llevo en la mochila y eso me hace menos pesado el viaje. Porque lo saco donde puedo. Y a leer.
Ya distinguí a la bolita de todos los días. Están sentados en la escalera de mi edificio. En los escalones de la entrada. Son pandilleros de mi edad. Es un mal modo de llegar a mi casa. Me exigen que me les una. Pero no quiero acabar como ellos. Lo único que quiero es servirme un café negro y cenar mi pan dulce. Mi concha de vainilla. Siempre me ha gustado ese biscocho. Desde que era niño me acostumbré a él. Mi mamá lo ponía en la mesa todas las mañanas antes de irme a la escuela. Ella salía temprano a comprar el pan. Cosía ropa ajena para mantener a todos sus hijos. Cinco en total. Todos éramos hijos de un papá distinto. Que alguna vez uno y otra vez otro llegaban a la casa. Se estaban un rato. Ponían el radio. O veían la televisión —en Alto Lucero no había muchas televisiones. O no en ese entonces. Ahora seguramente las cosas han cambiado. Pero uno de esos hombres —el papá de mi hermano Raulito— le regaló la tv. No me debí haber ido de Alto Lucero. Nunca debí haber abandonado a mi mamá. Pero lo hice para buscar fortuna. Porque allá no había ni qué hacer para ganar plata. Todas las chambas ocupadas. Las pocas que quedaban. La tierra no daba para más. Quedarse allí significaba ser un mantenido. Un hijito de mamá. Mis hermanos se habían ido de uno en uno. Yo era el menor. Y mi mamá se aferraba a mí. Pero si ahora me viera le daría gusto. Tengo mi cuarto. El cual no sé ni cómo le hago para pagar. Tengo mi trabajo. ¿Qué más puedo pedir?

Y tengo que enfrentar a los pandilleros. Los Pinck, se llaman.Todas las noches. Pedirles permiso para pasar. Darles la morralla que traigo. Con tal de que no me pasen por la báscula, y se queden con mi concha de vainilla

Cuento

Un brillo de lástima

Hay días en que no quieres abrir los ojos. En que sabes que si te incorporas al mundo te va a ir del carajo. En que de plano la desesperanza se apodera de tus nervios. Y el desasosiego de tu sangre.

Así me sentía ayer. Mutilado. Me levanté con enorme trabajo. Me sentía desolado pero un piquete empezó a punzarme el estómago. El piquete del hambre. Con todo y la devastación interna —que me tenía cuarteado como un mural proveniente del bombardeo de Hiroshima—, mi cuerpo exigía su dosis de nutrientes.

Miré la hora. Sucede que una cueva tiene más luz que el departamento donde vivo. Siempre está oscuro. Miré, pues, la hora, y ¡ya era de noche! Había permanecido tirado en la cama más de 24 horas. Con razón el hambre estaba ahí. Como testigo implacable del descuido en que con terribles dificultades sobrevivía.

Me levanté. Me lavé la cara para despertar. Oriné, evacué y vomité la bilis que poblaba mis entrañas. Salí a la calle. La ciudad seguía ahí. Inalterable. Impertérrita. Como la bestia que todos los días engullía sus alimentos para mantenerse asesina. No sabía adónde dirigirme. No es que esperara ser bienvenido. En ningún lado. Por Dios. Pero simplemente quería alejarme. De mí mismo. Tomé una micro. La que fuera. Y dejé que emprendiera su camino. Pagué. Me senté atrás del chofer. Por fortuna había lugar.

Sin saber exactamente dónde, me bajaría y comería en el primer puesto. Podían ser tacos, quesadillas, sopes. Lo que fuera. Por fortuna México era pródigo para mantener a su población enquistada de bichos. Que podían llamarse tifoidea, salmonelosis, o como se quiera.

Iba a bajarme. Ya llevaba más de una hora trepado en aquel transporte público, cuando una mano me lo impidió.

—¿Dónde vas, hijo de tu puta madre? —dijo el portador de aquella mano.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Que me des la lana que traigas. ¿Qué no oíste que es un asalto, pendejo?

Era cierto. Era un asalto. Tres hombres armados se habían apropiado de la micro. Jóvenes. Adelante, en medio y atrás. Ni siquiera me había dado cuenta. Aunque en mis oídos reverberó una voz estridente. ¡Éste es un asalto, hijos de la chingada! ¡Suelten la marmaja! Y habían empezado a pedir carteras y celulares. Yo no llevaba nada. Ni una cosa ni la otra. Excepto un billete de 100 pesos, para mi cena. Apenas pensé en la palabra cena, el estómago me dio un vuelco.

—No, no oí nada. Pero me voy a bajar porque tengo hambre y quiero comer.

Entonces el chavo me soltó un golpe con la cacha de la pistola. En la frente. Si no me agarro me habría caído estrepitosamente.

—¿Eres un imbécil o qué?

Su voz me retumbaba en la cabeza. Las sienes me ardían. El golpe me había provocado una pérdida de la visión. Me quedé ciego por unos instantes.

—Te estoy hablando, pendejo —dijo, y me dio un puñetazo en el pecho.

Y entonces me sentí mejor. Como si ese golpe me hubiera sacado del abismo en el que me encontraba. No todo estaba perdido. Yo era yo. Al día siguiente iría a buscar trabajo. De cualquier cosa. Repartidor de refrescos. Voceador. Albañil. Me daba lo mismo. Algo encontraría.

—No sabes el inmenso favor que me acabas de hacer —le dije al asaltante. Mi voz sonó dueña de sí misma. Sin ese estado de nervios que delata al cobarde. —Acabo de regresar del infierno. Y gracias a ti.

—Estás loco —se limitó a decir.

Vi a mi esposa. Una mujer joven que había depositado su vida en mis manos. Y cuya entrega no supe valorar. La había dejado ir antes de cumplir el año de casados. La vi salir con sus maletas en la mano. Me había dado una oportunidad tras otra. Pero jamás tuve fuerzas para salir del agujero. Ni mucho menos para enfrentar su mirada.

—Mátame —le dije—, me vas a hacer un gran favor. Vengo de donde ni te imaginas. O déjame bajar. Que me muero de hambre.
Vi un brillo de lástima en los ojos del asaltante. Pasé enfrente de él. Y aproveché el alto para descender de aquel vehículo del demonio.

Texto del lunes

Cuento

Por mi familia, por mi religión, por mí mismo

Ayer decidí dejar de beber. Y no he podido hacerlo. Es una decisión difícil. En los tiempos recientes, no hay día que no beba cuando menos un par de copas. Ahora mismo tengo un trago en las manos. Puede ser whisky, vodka, tequila, mezcal o tinto. Cerveza jamás. Ni siquiera le tengo respeto como trago. Me parece para estudiantes de secundaria. Me gusta llegar a casa y servirme el trago sin mezclarlo. Estoy hablando de cuando llego cansado de una jornada agotadora. Que es todos los días. No es que trabaje en una oficina pública —o privada— sino me refiero al trajín. Independientemente de la chamba que tengas el solo hecho de trasladarte en esta ciudad, sea en metro, metrobús o lo que sea, ese solo hecho es toda una hazaña. Si a los apretones se suman los rostros, el viaje es un descenso al infierno. No hay vez que se salga bien librado. Siempre te topas con la expresión más devastada. Como decir, este hombre viene con todo el dolor del universo a cuestas. Los rostros más desesperanzados, más tristes, que ni el más capacitado cineasta se imagina jamás, los he visto en estos trayectos.

Así que llego a mi casa. Con ganas de distraerme. Prendo la televisión. Sin demasiado volumen para no despertar a mi esposa. Porque la tele está en nuestra recámara. Intento concentrarme. Pero las tramas me parecen tan fútiles. El mundo se está cayendo a pedazos. Y da la impresión de que la tv nos embarra en la cara la estulticia. Para que desviemos nuestra atención hacia el éxito. La riqueza fácilmente acumulable. Dicen. Entonces la apago y me voy a la cocina. Allí tengo mis botellas. Abro cualquiera. La que esté más próxima. A veces cierro los ojos. Para sorprenderme. Le echo hielo y vierto una buena dosis. Sin refresco. Sin agua mineral. Me lo bebo sin disfrutarlo. Empino el vaso y dejo que el líquido hornee mis entrañas. La sensación es maravillosa. Pero entonces acontece lo inexplicable. Jalo un banquito y me siento a beber en la cocina. Tengo ganas de escuchar música pero temo despertar a mis hijos. Mi esposa tiene el sueño más pesado que ellos. Jóvenes adultos. Me abstengo. Conforme el alcohol me va colmando, mi pensamiento se hunde en cavernas. Vienen a mi mente los años pasados en mi niñez. Veo a mi padre montado en su bicicleta Hércules de rodada 28. Era carnicero, y pocas cosas resultaban para él tan divertidas como repartir los pedidos. Dejaba un encargado al cuidado de la atención a los clientes, él se trepaba a su bicicleta y emprendía el reparto. Hasta que lo mataron. Lo atropelló un camión. Le hablaron de la carnicería a mi madre. Dio el grito más terrible que he escuchado en mi vida, y salió corriendo a la calle. Yo la seguí. Cuando vimos a mi papá en el arroyo no supimos qué hacer. Bueno, yo no supe. Mi mamá sí. Abrazó el cuerpo y le rogó a Dios que le devolviera la vida a mi padre. A su marido. Nunca se me ha podido quitar esa imagen de mi cabeza. Y se acentúa cuando bebo. Es una de las razones por las que he decidido despedirme del trago.

Pero no puedo. Por mi amante.

Recientemente tuve una amante. La dejé. Y a la segunda copa, el trago la trae a mi zona abismal. Me invade un recuerdo atroz. Nunca me arrepiento de la decisión de haberla dejado. Más bien, el recuerdo viene por la zona minada que tengo que atravesar para llegar hasta sus brazos.
Pero yo sé que tengo que dejar de beber. Porque si no voy a volverme loco. Les pregunto a mis amigos —los escasos amigos que tengo— que cómo le han hecho para dejar el trago. Sus respuestas son tan soberbias: “Por mi familia”, “Por mi religión”, “Por mí mismo”. Es la última letanía que un bebedor quiere escuchar. Dije que voy a dejar de beber. Y lo voy a hacer cuando esté muerto. Que ya falta poco. Gracias al cielo.

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